CAMPAMENTO MESTIZO

CAPÍTULO 14

Mi cabeza era un caos absoluto y mis emociones un revoltijo de mierda. Podía sentir como si mis lagrimas me quemaran las mejillas mientras que una combinación muy mala se apoderaba de mi interior.

Ira, rabia, rencor, tristeza, desesperación.

Todas se debatían quien debía dominarme, y como no llegaban a ningún acuerdo, consideraban seriamente convertirme en una bomba de tiempo, y quien logrará hacerme estallar primero ganaría.

Al borde de un colapso emocional, seguía aferrándome a Shizuru, desesperada por no perderme en mi propio infierno.

Literalmente podía sentir como la cordura se me escapaba a raudales.

Sabía que necesitaba pensar en otra cosa, lo que fuese, sin embargo, en mi mente solo había lugar para la ira que ansiaba carcomerme.

Ardía en ira y odio contra un Olimpo que nos daba la espalda de la peor manera.

Quizá habría conservado esa conclusión si cierta semidiosa sombría no hubiese estado ahí. -Esa es una decisión equivocada-. Su voz fría fue como un puñetazo al estómago. -Al sentir esa ira-. Me veía con una extraña expresión, no era lástima ni compasión. -Precisamente estás colaborando a que la profecía se cumpla-.

Quise gritar.

En su lugar, sonreí amargamente, saboreando mis propias lágrimas.

-¿Haga lo que haga, será el mismo destino?-. Conseguí que las piernas dejaran de temblarme, teniendo la fuerza necesaria para ponerme de pie con Shizuru en brazos.

-Me he hecho la misma pregunta los últimos años-. Tuve la acertada corazonada de que más bien quiso decir: Toda mi vida.

Ahí me pregunté si todos los semidioses éramos odiados por el destino, o si mi mala suerte sobrepasaba los limites divinos.

-¿Vas a seguirme?-. Le pregunté al verle caminar tras de mí, mi voz sonó vacía. No respondió, aunque era obvio que sí. -¿Por qué debo permitirte venir conmigo?-. Lo sé, no estaba en condiciones de oponerme a nada, mucho menos de llevarle la contraria a la maldita hija de Hades, pero toda esa situación había reactivado mis impulsos suicidas.

Se aseguró de caminar a la par, ni un paso adelante ni uno atrás. -Acabó de salvar lo que te importa más que tu propia vida-. No era un reproche, créanme, me habían hecho bastantes en mi vida como para poder diferenciarlos. -Y sé que no eres imbécil-. Nina tenía una particular forma de hablar, podía decir cosas que en cualquier otra boca sonarían a insulto, pero que en la suya eran solo comentarios.

-Mierda-. Fue lo único que me vino a la mente.

Quizá fue porque tenía razón, o el hecho de que sabía que ella podía aparecer y desaparecer donde quisiera a su antojo, fuese cual fuese el motivo, no puse peros y me resigné a regresar con ella al campamento.

Por supuesto, en la entrada todos se alertaron al ver a Shizuru desmayada, agregándole el detalle de que una figura encapuchada parecía ser mi nueva sombra. -Refuercen la vigilancia-. Le dije a Alyssa, sus ojos me veían con incredulidad. -Perros del infierno-. Mi voz ausente de vida le preocupó aun más.

-¿Quién…-. Claro, quería preguntarme quien demonios era Nina, todos los campistas observaban con cierto miedo, temerosos de que la hija de Hades apareciera un arma capaz de matarnos en cuestión de segundos.

Aclararé algo: Jamás me había gustado recibir órdenes, menos aun darlas, sin embargo, más que esas dos cosas juntas, me desagradaba mucho, mucho más que cuestionasen mi juicio, tomando en cuenta que no nos habíamos extinguido gracias a él.

Admito que no debí verle de esa manera, con unos ojos frívolos y expresión de muerto en vida, ella no tenía la culpa de mi estado. -Refuercen la vigilancia-. Repetí. -Y que nadie nos moleste-. No dije más, simplemente, ya no tenía palabras, para nadie.

Alyssa no se lo tomó personal, y más tarde aceptó mis disculpas, ella sabía perfectamente que mi actitud de mierda se había debido al impacto de tener al amor de mi vida inconsciente en mis brazos.


Nos encerramos en mi cabaña.

Con mucho cuidado, puse el cuerpo de Shizuru en la cama, me preocupaba demasiado que continuará inconsciente, pero respiraba con normalidad. ¿Qué por que no corría como loca a la enfermería? Bueno, Nina tuvo la bondad de decirme que el desmayo era producto del repentino viaje por las sombras, no obstante, no habría secuelas de ningún tipo. Era cuestión de tiempo y reposo para que Shizuru abriera los ojos.

Me senté en el borde de la cama, sostuve su mano, acariciando sus dedos.

Nina estaba a dos metros de distancia, vi que su brazo aun estaba manchado de sangre.

En serio que agradecía el acto, pero… -¿Por qué salvaste a Shizuru?-. En nuestro mundo no existían las casualidades.

-Ya te lo dije-. Ser acercó y jaló una silla al lado de la cama, sin sentarse. -No eres la única queriendo evitar tu profecía-. La determinación de sus palabras me golpeó con fuerza.

Tuve que retener el impulso de levantarme y destrozar todo a mi paso, en cambio, abrí y cerré mi mano libre compulsivamente. Para cualquiera, sería obvio que tenía los nervios a flor de piel, y me importaba un carajo que lo supieran. -¿Cómo sabes sobre eso?-.

No se lo había dicho a nadie, no quería ni saberlo yo misma.

Mi evidente acusación ni le inmuto. Solo ella sabía que horrores había presenciado para terminar siendo así de inexpresiva. Pareció meditar su respuesta un par de segundos, pensando la manera de evitarme una crisis nerviosa, bueno, una más grabe. -A estas alturas ya debes saber quien es mi padre-. Hice una mueca.

-Sí-. Hija de Hades, vaya calamidad. -Pero eso no me hace entender que está pasando-. Me pasé la mano por el cabello. -Ni porque mi profecía es una mierda-. Negué con la cabeza. -Ni mucho menos porque apareces e intervienes a "mi favor"-.

Si ella hubiese sido mi amiga, habría entendido que pusiera en juego su pellejo por el mío, pero a duras penas sabía su nombre, y no parecía que ella fuese a colaborar para conocernos más.

-Kuga, solo somos peones en un tablero divino-. Por primera vez, escuché una emoción en su voz, y era la de repudio.

Alcé la cabeza. -Ellos nos hacen-. Mencioné a los dioses, con un rencor similar al suyo. -Y nosotros nos juntamos-. Pero desde el inicio nunca habíamos tenido atención paternal. ¿Qué había cambiado entonces? ¡Necesitaba respuestas!

-Si estás aquí apuesto a que ya rompiste más de una regla-. Escupí las palabras, harta de las explicaciones a medias. -Así que abre la boca-. Y que le partiera un rayo si no lo hacía.

Me dio una larga mirada, evaluándome, tal vez quería comprobar que no terminaría de perder la cabeza, ¿el problema? Mi cabeza estaba en su lugar, lo que se me había acabado era la paciencia.

Se quitó la capucha y se sentó, a apenas medio metro de nosotras. -Todos los dioses son arrogantes, tú y yo lo sabemos-. Eso de ser dioses no los hacía perfectos, pero parecían ignorar tal detalle. -Pero los tres grandes sobrepasan esa arrogancia. Y así como no han tenido compasión con sus hijos-. Hice una mueca, no me gustaba por donde iba la cosa. -Tampoco la tuvieron entre ellos-.

-Desterraron a uno-. Dije sin animo alguno.

-A los dioses les falta sentido común-. Tuve que darle la razón. -Expulsaron a mi padre del Olimpo, enviándole al Inframundo-.

Quise preguntarle si ella había estado viviendo ahí, mejor me tragué mi duda. Mi infancia de mierda no parecía tan mala al pensar en la suya.

Le hice una seña de que continuara.

-Mi padre-. Cabe recalcar que era obvio no quería pronunciar: Hades, supongo que se debía al poder que poseían los nombres en nuestro caótico mundo. -Él… está enfermo de envidia y rencor que le ciegan irremediablemente. Anhela más que nada derrocar a sus hermanos-.

Fruncí el ceño, enfadada ante esa idea tan absurda. -Nadie puede contra Zeus-. O sea, era el amo y señor del Olimpo. -Y tu padre será muy el rey del Inframundo, pero también está cierto rey de los mares, con un tridente legendario-. Yo había estudiado a fondo todo lo posible acerca de las armas y artefactos de los dioses, Hades no podría derrocar a sus hermanos, ni en un millón de años.

-Él está convencido de lo contrario-. Un escalofrío recorrió mi columna, deteniéndose en cada vertebra.

-Los dioses quieren matarse entre ellos, eso no es novedad-. Desde el origen de los tiempos, su historia había estado llena de crueles carnicerías. -¿Qué carajos tengo que ver yo aquí?-.

-Mi padre quiere una armadura capaz de soportar el rayo de Zeus, y un arma capaz de vencerle-. Un escalofrío peor que el anterior, se me secó la boca. -Y cree que tú eres quien les creara-.

-¿Por qué… traicionaría al Olimpo, por quien quiere quitármelo todo?-. No era apegada a mi padre, mucho menos al resto de los dioses, pero de ahí a traicionar todo un equilibrio natural… ¡Que no me jodieran!

-Porque originalmente, tú no sabrías que él era el culpable-.

La profecía se repitió en mi cabeza.

-Quiere enloquecerme…

Todo comenzaba a tener sentido.

-Para que tú te ensucies las manos por él-.

Enfurecí.

Me paré de golpe. -¡NO SOY SU MALDITA HERRAMIENTA!-. Ni de él, ni de nadie.

Lloré de rabia e impotencia.

¿Toda esa mierda había sido para arrebatarme la cordura?

Llevarnos al borde de la extinción, reducirnos a la miseria de no saber si viviríamos al minuto siguiente, querer quitarme a Shizuru…

Por segunda vez en el día, mis rodillas dieron contra el suelo. El peso de la realidad hacía todo por aplastarme.

Sollocé en silencio, no me importaba que Nina me viera.

¡No era justo!

¡NO LO ERA!

Nosotras no habíamos hecho nada para merecer eso, no habíamos pedido involucraros con los dioses, mucho menos ser su descendencia.

Golpeé el suelo.

Una, dos, tres veces.

Sentía mucho dolor en tantas maneras diferentes, tantas que no puedo explicarlo.

Y sentía una culpa incalculable, al saber que efectivamente, Shizuru estaba en peligro mortal solo por haberme conocido. Era como si mi nombre fuese una maldición, la peor maldición sobre la faz de la tierra.

Entonces Nina consideró apropiado hacerme una pregunta de doble filo. -Al enterarte de la profecía, ¿consideraste alejarte de ella, por su seguridad?-.

Vi a Shizuru, inconsciente en aquella cama.

Pasé saliva.

¿Considerar apartarme? ¿Alejarme de la única gota de felicidad en mi mar de mierda?

Hice mis manos puños.

-Aunque me hubiera ido al otro lado del planeta-. Cayó otra lágrima, producto de mi revoltijo emocional. -Shizuru habría seguido siendo la mujer que amo-. Para cuando me enteré de la profecía ya estaba enamorada, y no había marcha atrás.

Al amarle, ya se cumplía esa parte de la profecía.

-Es un no-. Nina ya esperaba eso.

-No le dejaría-. Confirmé. -Por nada ni nadie-.

Ahí supe lloraba en gran parte por comprender la magnitud de mi egoísmo. En verdad, jamás había visto como una posibilidad poner distancia para salvarle. Era una idea inimaginable.

Como yo seguía en el suelo, sin aparentes intenciones de levantarme, ella se acuclilló, para quedar a mi altura. Sus sombríos ojos se clavaron en el mío. -Dime, Kuga-. Era como si en su mirada habitaran cientos de almas en pena. -Si mi padre viniera y te dijera, que mantendrá a salvo a Shizuru, que ningún monstruo volverá a acercársele-. Se acercó más a mí, su aliento dando contra mi rostro. -Que la Cacería de Semidioses terminaría…-. Deje de llorar. -Sí tú haces lo que el tanto anhela-. Sus palabras eran una completa bomba. -¿Aceptarías?¿Le creerías?-.

¿El fin de la Cacería de Semidioses?

¿Seguridad para aquellos que amaba?

¿Una vida sin muerte para Shizuru?

Convertirme en el enemigo del Olimpo para eliminar lo que amenazaba al amor de mi vida…

Era un sacrificio que… podría hacer.

Pero…

Sonreí amargamente.

-No le creería, ni por un instante-. Si esa hubiese sido una opción alguna vez, estoy segura de que el maldito me habría chantajeado con eso desde el inicio. -El Rey de los muertos no tiene piedad por los vivos-.

Cualquier cosa similar a esa promesa sería una mentira.

Una cruel y completa mentira.

Se levantó. -Es bueno saber que no le creerías-. Le vi ponerse la capucha y asegurar que aun tenía su espada donde mismo.

-¿En serio te marchas ahora?-. No tenía energía para reprocharle como se debía, pero la intención se dio a entender.

-Volveré pronto-. Aseguró. -Nuestros destinos ya están demasiado cruzados-. Quería gritarle que eso era porque ella los había enlazado hasta un punto ridículo.

Mi futuro ya me deparaba cientos de tragedias, y venía ella, con su herencia maldita, siendo la hija del rey del inframundo, a añadirse a mi vida.

-Eres un jodido misterio-. Solté sin pensarlo.

Díganme loca, en verdad que el adjetivo me quedaba en ese momento de todas maneras, pero le vi expresar algo similar a una sonrisa, una llena de tristeza e ironía, pero una sonrisa a fin de cuentas. -Consecuencia de vivir 19 años en el Inframundo-. Con eso, desapareció.


Una hora después, seguía sumida en mis caóticos pensamientos, en el suelo de mi cabaña, con Shizuru aun inconsciente.

-¡Natsuki!-. Mikoto llamaba a mi puerta. -¡Natsuki!.- Y dado a que no obtuvo respuesta, pensando lo peor, echó mi puerta abajo.

Al entrar a la cabaña y verme en aquel estado, no tardó en atar cabos. -Apareció de nuevo-. Afirmó con seguridad, asentí con la cabeza. -Demonios-. Me ayudó a ponerme de pie, tenía las piernas acalambradas.

Si los demás no estaban ahí, llenándome de preguntas, era solo porque Mikoto les había dicho que ella se encargaría del asunto, fuera lo que fuera. Tomamos asiento en el borde de la cama, vio de reojo a Shizuru. -¿Qué les atacó?-. Procedí a contarle lo sucedido con los perros del infierno, y la intervención de Nina, sin embargo, omití mi charla sobre la profecía.

Maldije internamente.

¿Por qué lo seguía ocultando?

Si ya lo sabía la hija de Hades, ¿Por qué no decírselo a quienes tenían mi completa confianza?

Ahhh sí… tal vez temía que se enojaran por esconder algo así durante 6 años.

Agité la cabeza.

-Vaya…-. Tenía las manos en su mentón, con los codos apoyados en sus rodillas. -No sé si sea bueno o malo tenerle "de nuestro lado"-. Supongo que ella también suponía que Nina era una especie de doble agente, solo que no teníamos idea de para cuantos bandos jugaba, ni a cuál le era realmente leal. -Creo que solo nos queda jugárnosla, como siempre-. Concordé con ella.

Apostarlo todo y hacer lo necesario para no quedarnos sin nada.

-Oye Mikoto…-. Pensé seriamente decirle toda la verdad.

-¿Qué pasa?-. Sus ojos dorados me infundían confianza, y aun así…

-Tenemos que reforzar la seguridad-. No tuve valor para decírselo.

-Veré que podemos hacer-. Hizo una mueca pensativa, después vio su mano izquierda, contemplando la ausencia de su meñique. -Jodidos perros del Infierno-.

Todos odiábamos a esos malditos, y en ese momento conseguí la motivación que me faltaba para construir algo capaz de eliminarlos. Si ya había replicado a mi manera el fuego celestial de la espada de Mikoto, quizá pudiera hacer lo mismo con los viajes por las sombras.

-Esa expresión-. No le presté mucha atención.

-¿Eh?-. Ya hacía planos mentales, conjeturas, nuevas teorías para comenzar los prueba y error.

Deben estar pensando, ¿Esta tipa no estaba en una crisis existencial, rota emocionalmente, a un paso de la locura?

¿Qué puedo decir…? Mis inventos eran mi refugio, crear nuevas cosas era lo que salvaba mi poca salud mental restante.

-Es la cara que pones-. Sonrió con emoción. -Antes de crear algo magnifico-.

Debo admitirlo, la confianza que Mikoto depositaba en mí, avivó mi pisoteado espíritu. Definitivamente, aún tenía mucho por lo que luchar.

¡El destino no iba a ganarme!

En verdad que debió cambiarme la expresión, y el estado de ánimo, porque… -Esa es la Nat que conozco-. Golpeó mi hombro. -No dejaremos que nada nos supere-.

Por cosas así, la consideraba una hermana. -Gracias-.

-No lo agradezcas-. No me abrazó, porque bueno, ya saben, eso no era lo nuestro, pero su sonrisa era suficiente. -Has sido nuestro soporte mucho tiempo Nat-. Y era increíble que no me hubiese roto todavía. -Déjanos ser el tuyo de vez en cuando-. No espero una respuesta, me dio una palmada en la espalda y salió de la cabaña, volviendo a poner la puerta en su marco.

Decidí que les diría la verdad.

Pero primero le debía esa verdad a una persona en específico.

Agotada por ese sube y baja emocional, me recosté en la cama, a la espera de que Shizuru despertara. Una hora y media después, abrió los ojos.

-¡Natsuki!-. Intentó levantarse de la cama, se lo impedí. -¡Natsuki!-. Lucía bastante asustada.

-Aquí estoy, aquí estoy Shizuru-. Le abracé. -Estoy contigo-.

Se aferró a mí con la misma necesidad que yo a ella horas atrás. -Natsuki-. Repetía mi nombre entre temblores.

-Todo está bien-. Acaricié su cabeza. Técnicamente había decenas de cosas mal, el mañana pendía de un hilo y la vida se nos caía a pedazos, pero con eso no iba a tranquilizar a mi novia. -Estás viva, estoy viva, estamos juntas-. Besé sus mejillas. -Es lo único importante-. Pegó su cabeza a mi pecho, escuchando mis latidos.

-¿Qué… que pasó?-. Me rompía el corazón su llanto.

Una mujer como ella, siempre tan segura, temblando de miedo, no había ocasión en la que no me costará asimilar verle así.

-Nos atacaron-. Ahí fue imposible no llorar también. -Y creí que te había perdido-. Al sentir mis lágrimas en su rostro, volteó hacia mí, sus ojos contra el mío. -Al creer que moriste, quería morirme también-.

-No digas eso-. Sus manos estrujaron mi ropa.

-Quería que me despedazaran viva-. Mi dolor hablaba por mí.

-¡No lo digas!-.

-¡Sin ti no puedo vivir!-.

Si me hubiera soltado un puñetazo, lo habría entendido, pero se saltó esa parte y se fue directo al beso. La desesperación con la que me besaba era capaz de convencerme de que pretendía arrancarme los labios.

Me aventó hacia atrás y se colocó sobre mí, pegaba su cuerpo contra el mío, como temiendo que si dejaba un minúsculo espacio, otro monstruo apareciera entre nosotras.

-No morirás-. Dijo entre un beso y otro.

-Lo haré si tú lo haces-. A duras penas se me entendía entre mis jadeos, pero captó el mensaje.

-No-. Metió su mano bajo mi playera, tocando mi espalda para pegarme más a ella, si es que se podía.

-Sí-.

Vale, el romance no era lo nuestro en ese momento, ¿nos culpan? Nuestros instintos reclamaban que se cumpliesen nuestras necesidades.

Sus ojos me mostraban una mezcla de amor infinito con lujuria sin par. -Natsuki, ¿eres mía?-. Ahí estaba, ese tono posesivo que me reclamaba como suya, y que me agradaba, mucho.

Besó mi cuello.

En otra situación, otro tiempo, me habría sonrojado. -Solo tuya-. Mi respuesta le hizo sonreír.

No entendía como una mujer podía gustarme tanto, aunque tampoco era como si en verdad quisiera comprenderlo.

Me sacó la playera.

Una vez más, toda ella desprendía algo que embriagaba mi cuerpo por completo.

Su esencia manipulaba mis sentidos de un modo único, bloqueando mis percepciones del resto del mundo para que solo me enfocará en ella, aumentando drásticamente las sensaciones que podía provocar en mí.

Un delicado toque me hizo gemir.

Y es que en verdad que cada porción de mi piel, de un instante a otro, era extremadamente sensible, como si la suya fuese un afrodisiaco, literalmente.

-Déjate llevar-. Su aliento en mi cuello me hizo estremecerme. -No haré nada que no te vaya a gustar-. Repito, jamás supe si ese efecto era por estar completamente enamorada de ella, por ser hija de Afrodita, o una combinación de ambas.

Se quitó su playera también, seguido del sujetador, esa imagen era un regalo de los cielos. -Eres hermosa-. Dije deslumbrada, en medio de mi ensoñación, creía con firmeza que la palabra hermosa no era suficiente para describirle.

-¿Te gusto?-. Su sonrisa causaba que yo también sonriera.

Estábamos en el ojo del huracán, lo sabíamos, y no nos importaba.

-Me encantas-. La jale hacia mí para besarla, quería ese algo tan adictivo propio de sus labios. -Me fascinas-. Con gran facilidad me quitó el sostén. -No tienes idea de cuanto-.

Su piel contra la mía dio como resultado una extraña combinación, por un lado me daba una sensación de paz inigualable, y por el otro, hacía que me recorriera una excitación que necesitaba atender con urgencia.

Pasó su mano por las cicatrices de mi hombro, donde aquel hombre lobo me había desgarrado, luego fijo su mirada en donde alguna vez estuvo mi ojo derecho.

Ahí estaba, ese destello de eterna culpa en su mirada.

-No pienses en eso-. Vaya, sé que no pensar en ello cuando todo mi cuerpo era un recordatorio… bueno era algo difícil, pero podíamos intentarlo. -No lo hagas-.

Acarició mi antebrazo derecho, también mi costado izquierdo, poco después entre mis omoplatos, todos los sitios que los hombres lobo habían marcado para siempre.

-Te amo-. Esas palabras, viniendo de ella, eran magnificas. -Te amo-. Repitió besando las cicatrices de mi rostro. En cada toque suyo, por mínimo que fuese, sentía su amor.

Me sentía amada por Shizuru.

Y eso era suficiente, es más, eran motivos de sobra para oponerme al Olimpo.

Me quitó el resto de la ropa, más temprano que tarde mandó a volar lo que quedaba de la suya.

Probablemente, el campamento podría haberse estado incendiando en ese minuto, y yo no lo habría notado ni por casualidad.

Ese día, sin necesidad de encarar a la diosa Afrodita, comprobé que Shizuru no tendría problema alguno para superar a su madre.

No les contare los detalles sobre la experiencia más maravillosa de mi vida, esos nos pertenecen a Shizuru y a mí.


Horas después, sin muchas ganas de separarnos, tuvimos que vestirnos y salir de la cabaña, ambas teníamos tareas pendientes y bueno… no era como si nos sobrara personal en el campamento. Aunque déjenme decirles algo, la sonrisa de Shizuru era enorme, expiraba tanta felicidad, que nadie sospecharía que estuvo a un pelo de morir ese mismo día.

Ella subió a la muralla de bronce para hacer sus habituales rondas, de vez en cuando, o sea mínimo un par de veces al día, usaba su lanza para incinerar lo que sea que se acercará demasiado al perímetro.

Saben… tenía la teoría de que con el paso de los años, el reflejo del fuego había hecho más rojos sus ojos, ridículo, lo sé. De seguro solo era el recuento de la guerra grabado en su mirada.

Justo le vi activar su armadura y lanza antes de retirarme a mis propias labores.

Entré al campo de entrenamiento donde se encontraba Mikoto con los más pequeños del campamento, al verme llegar guardaron silencio, contemplándome con algo que interpreté como asombro.

-Pensé que no vendrías-. Mikoto me ofreció una pequeña sonrisa cómplice.

-Me toca ayudarles a entrenar-. Dije tranquilamente. Estaba segura de que ella notaba mi evidente cambio de ánimo, y que sospechaba con mucha certeza el motivo.

La mirada de los niños seguía sobre mí, no disimulaban ni un poco, no me enfadé por eso, sabía que les intrigaban mis cicatrices. -Son una marca de guerra que simboliza mi victoria-. Estaban impactados, y eso que solo veían las del rostro, porque llevaba puesta una chaqueta que cubría todas las demás. -Recuerden esto-. Me acerqué a ellos, uno retrocedió intimidado, Mikoto le dio un leve empujón. -Yo estoy aquí, viva-. No sonreí, no era lo mío, menos en el campo de batalla, así fuese uno de entrenamiento. -La cosa que me hizo esto, no-. Tenía toda su atención.

-Kuga Natsuki, la asesina de lobos-. Dijo Mikoto.

Susurraron entre ellos, como si no pudiéramos escucharlos. El más bajito tomó valor para hablarme. -Tú…-. Les diré algo, a la mayoría de esos niños los había salvado yo, pero no me reconocían porque no me habían visto el rostro, siempre usaba mi yelmo de lobo. -¿Eres fuerte?-.

Active mi armadura. -Trabajo en serlo-. Las expresiones de asombró no se hicieron esperar.

Mikoto arrimó al grupo una caja llena de espadas de bronce. -Hora de practicar-. Ellos dudaron de inmediato, probablemente porque hasta ese minuto solo habían entrenado con espadas de madera.

Motivados por mi amiga, tomaron las espadas, les costaba alzarlas por la diferencia de peso, y cuando les dijimos que atacaran, se negaron a hacerlo, los mocosos… temían lastimarnos.

Negué con la cabeza, no era que se creyeran muy buenos, todo lo contrario, temían ser tan malos que terminaran sacándome el otro ojo.

-No se preocupen-. Aclaré activando mi yelmo. -Ninguna espada traspasara mi armadura-. Decidí, que por ser la primera vez, no sacaría a Cristal Plateado, dejaría eso para las futuras prácticas.

-¿Qué esperan?-. Mikoto los empujó hacía mí. -¡Denle con todo!-.

Así pasaron un par de horas, nos detuvimos cuando los pobres ya no podrían moverse ni un solo cm más. Desactivé el yelmo y me pasé la mano por el cabello, lo tenía empapado de sudor, no por el ejercicio, que va, era por el clima, era una tarde endemoniadamente caliente, y mi armadura no contaba con aire acondicionado, el sistema de ventilación solo evitaba que muriera cocinada ahí dentro.

Nuevamente, el niño más bajito se dirigió a mí. -Oye… ¿también tendremos armaduras así?-. Parecía emocionado con la idea, me nació una sonrisa.

-Lo siento mocoso-. Hizo un puchero al notar que le daría una negativa. -Pero solo existen dos de estas en el campamento. La mía-. Le desactive, el mecanismo seguía asombrándolos. -Y la de mi novia, Shizuru-.

Justo al terminar la frase, se sintió una ráfaga de calor y hubo un potente destello. -¿¡Qué fue eso!?-. Gritaron los niños, impactados.

Miré con una gran sonrisa a la cima de la muralla. -Esa es mi chica-. Hubo otra llamarada. -Manteniéndonos seguros-.

Jamás me cansaba de ver a Shizuru.


Tras asegurarme de que mi novia no necesitaba refuerzos, me fui a las regaderas, necesitaba una buena ducha para evitar oler a medio muerto. Al salir de los baños, alguien estaba esperándome.

Alcé una ceja. -De todos los lugares, ¿este, en serio?-. Negué con la cabeza, su sentido común estaba algo descompuesto.

Nao se encogió de hombros. -Me dijeron que estabas por acá y decidí aprovechar-. Me arrojó una bolsa negra.

-¿Y esto qué es?-. Conociéndole, podrían ser muchas cosas, y más de la mitad serían cosas nada agradables. A esas alturas del partido, a veces aun le daba por fastidiarme.

-Ábrelo, Tuerquitas, ¿o acaso quieres un envoltorio de regalo?-. Sí, sí, arrastraba ese apodo conmigo, hay cosas que nunca se superan, esa por ejemplo.

Con el ceño fruncido, abrí la bolsa. -Te dije que consiguieras cosas para los mocosos-. Dentro había un nuevo par de botas, muy similares a las que usaba, pero en buen estado.

-Y lo hice-. Sacó un cigarrillo de su pantalón, junto con un encendedor. -Pero encontré esas por casualidad-. Lo puso en su boca y lo encendió.

-Sí claro, casualidad-. Le di una ácida sonrisa, ella no iba a admitir que les había buscado específicamente para mí. -Gracias-. A decir verdad, no podría haber seguido arreglando mis botas con más cinta adhesiva, así que su regalo me caía de maravilla.

-Como sea-. Comenzó a caminar. -Nos vemos en la cena-.

Repentinamente tuve el impulso de hacer una preguntita que llevaba 6 años sin repuesta. -Nao-. Volteó a verme. -¿Por qué me odiabas tanto?-.

Se expresión pasó por sorpresa, confusión, una especie de… nostalgia, quizá vi mal, muy mal, el punto es que ese tren emocional concluyó en una mueca burlona. -Kuga-. Metió las manos a sus bolsillos. -Esa respuesta siempre ha estado frente a tus narices-. Se fue de ahí con una risa que no supe interpretar por más que me rompí la cabeza analizándolo.

¿La respuesta frente a mis narices?

Quedé más que confundida.

Pero bueno, eso me ganaba por querer agregarle más giros a la montaña rusa que había sido ese día.

Aunque, por otro lado, tiempo después entendí lo que dijo, y sí, era algo absurdamente obvio, lo dejo a su imaginación, apuesto a que ustedes tardan menos que yo en deducirlo.

Saltemos a otra parte de la historia, a la cena de esa noche.


Estábamos todos reunidos bajo un techo al aire libre, la brisa nocturna tenía el encanto de no apestar al aliento de los monstruos. En mi mesa, tenía a Mai y Mikoto enfrente, a Alyssa a la izquierda y a Shizuru a la derecha, también estaban los gemelos, y Nao, discutiendo con ellos de una técnica de espada.

Suspiré, la pelirroja tenía razón, pero ellos no darían el brazo a torcer, y como resultado, ninguno de los tres iba a callarse pronto.

Terminé mi comida, sin embargo, aun tenía hambre, ciertos ojos rojizos se percataron de eso, y empujó su plato hacia mí. -Gracias-. No demoré en devorarlo todo. No piensen que soy una desconsiderada que acostumbraba dejar sin comida a su novia. Un día plagado de emociones como ese, siempre le robaba el apetito a ella y multiplicaba el mío.

Me observó manteniendo una sonrisa, no sé como podía verme con esa ensoñación, cuando siendo sincera, carecía de modales al comer, supongo que el amor funciona de maneras misteriosas, efectivamente.

Al arrasar con todo lo comestible, ambas nos levantamos, poco antes de que los gemelos asesinaran la poca paciencia de Nao y está golpeara la mesa, haciendo temblar todos los platos.

Solo habíamos dado unos cuantos pasos cuando dos mocosos se pararon frente a nosotras, ¿adivinan quienes eran? ¿Sí, no? Bueno, da igual, iba a decirlo de todas maneras, eras los niños que habíamos salvado el día anterior, el par de gemelos.

El llorón se ocultaba tras el que era, por mucho, más tranquilo, este fue el que me vio con ojos llenos de agradecimiento. -Gracias por salvarnos-. Diría que me parecieron tiernos, si no fuera por eso de que tras años viendo monstruos nada me parecía tierno, únicamente estaba lo capaz de dejarte ciego, lo horrendo, lo feo y lo no tan feo, en mi mente, ellos entraban a esa última categoría.

-Un gusto haberlos sacado del menú-. Fueron mis únicas palabras, como ya no estaban en peligro mortal, mi tacto había sido considerablemente reducido.

Yo ni me enteré, pero Shizuru me dijo que al irnos de ahí, ambos me veían como si fuese un superhéroe.

Joder, sí supieran que hacía todo lo posible por no convertirme en el villano de esa historia. ¡Maldita profecía del demonio!


Shizuru me pidió que nos apartáramos de todos unos minutos, sin ir a encerrarnos a la cabaña, el único lugar que se me ocurrió fue la muralla.

Ahí arriba el viento nos mecía el cabello a las dos. -Vaya, algo bello entre tanta mierda-. El cielo estaba lleno de estrellas, que incluso yo, reconocía como una obra maestra de la naturaleza.

Pasaron dos minutos en silencio.

-Tengo que decirte algo-. Lo mencionamos al mismo tiempo. -Tú primero-. Eso de la sincronización de pareja no me gustaba cuando de hablar se trataba.

-¿Me dejas hablar primero?-. Quería decírselo antes de perder el valor.

-Adelante-.

Después de 6 años ocultándole mi profecía, finalmente se la conté, me costó bastante hablarle de cada uno de los detalles involucrados sin que se me trabara la voz, al terminar, el silencio entre ambas era… indescriptible.

Por un efímero instante, sentí el impulso de saltar, total, ya tenía las piernas colgando en el borde, solo era cuestión de inclinarme hacia adelante.

-¿Estás enojada?-. Pregunte con temor a un sí.

-No-. Respiré aliviada. -¿Por qué no me lo contaste?-.

-Por miedo-. Susurré, bajando el rostro. -Miedo a no poder evitarlo-.

-Natsuki…

-Jamás había sentido tanto miedo y dolor, nada que siquiera pudiera asemejársele a lo de esta mañana-.

-Natsuki…

-Sentí que era mi culpa-. Me declaró culpable de haber comenzado a llorar. -Sentí que no pude mantenerte conmigo-.

Me tomó violentamente del cuello de mi chaqueta, atrayéndome a ella, su beso detuvo mis lágrimas. -Al tártaro el destino-. El enigmático resplandor de sus ojos, que era muchas cosas a la vez, logró calmar mi tempestad interior. -Al tártaro con el Olimpo y los Dioses-.

No se lo dije, pero mi ojo le pidió a gritos otro beso de esos que me ataban los pies a la tierra, y al mismo tiempo, me daban alas.

Estaba totalmente en las manos de Shizuru.

-Sabes…-. Me abrazó acunándome en su pecho. -La vida tiene un sentido del humor enfermizo-. Su calidez me relajaba, escuchar sus latidos era la cura a todos los males, o al menos, a los míos. -Lo que te iba a decir está relacionado con esto-.

Recuerdo que cerré mi ojo con fuerza. -Por favor, dime que no has estado escondiendo una profecía catastrófica durante 6 años también-. Soltó una carcajada, mezcla de alegría, con tristeza, angustia, y una cuarta emoción que no pude identificar bien, pero que me parecía… culpa.

-No tengo ninguna profecía-. Solté el aire que ni siquiera sabía había estado reteniendo. -Es… algo que soñé-. Volví a aspirar hondo, esto de los sueños era un tema delicado para nosotros los semidioses. -Lo tuve mientras estaba desmayada-.

-Tengo la sensación de que no va a gustarme- Me aferré a sus brazos sobre mi pecho.

-Tenía una idea sobre quien era quien aparecía en mi sueño, pero después de escucharte, estoy segura de que es él-. Rogaba que ese él no fuera el él que estaba pensando. -Era Hades-. Tuve un leve temblor, me abrazó con fuerza.

-¿Y qué quería?-.

-Ofrecerme un trato-. Una pésima sensación se clavó en mi pecho.

-Shizuru…

-Me ofreció… terminar con este infierno, terminar con la era de la Cacería de Semidioses-. Recordé las palabras de Nina, tenía un nudo en el estómago. -A cambio de una sola cosa-. Yo ya sabía cual era la condición antes de que la dijera. Le costó horrores el puro hecho de pronunciarlo, como si las palabras le llenaran de ácido la boca. -Entregarte a él-.

La brisa nocturna se hizo mucho mas fría.

¿Realmente existía esa posibilidad para salvarle?

¿O Hades solo jugaba con nuestras mentes?

-Yo…-.

Si eso fuese real….

Si ella lo quisiera…

Si en verdad Shizuru necesitaba que yo…

-No pienses ni por un segundo que llegué a pensarlo-. Se aferró con tanta fuerza a mí, que podría haber sido doloroso, si yo no hubiera deseado que me abrazara incluso con más fuerza. -Nunca-. Una lágrima suya cayó en mi rostro. -Jamás-.

-No llores Shizuru-. Me giré para besarle. -No llores-.

-Soy un monstruo-. Susurró a casi nada de mis labios. -Un monstruo egoísta-.

-¿Monstruo? Acabas de decirme que jamás me entregarías-. El rojo de sus ojos, opacado por el llanto, era una imagen que me desgarraba.

-Precisamente por eso-. En ese momento, nuestros besos sabían a dolor. -¿Lo recuerdas? Te lo dije esta mañana-. Sabían a culpa. -Que si eras tú o el mundo entero-. Sabían a tragedia. -Me quedaba contigo-.

Ella lloraba y se decía monstruo, porque me elegía a mí, por sobre literalmente, la vida de todos los semidioses, todos nuestros amigos y conocidos.

-Ahora lo digo yo, Shizuru-. Quise asegurarme de que ese beso supiese únicamente a amor y esperanza. -Al tártaro el destino-. Que supiera que yo era suya, ella mía, y eso no iba a cambiarlo nada ni nadie. -Al tártaro con el Olimpo y los Dioses-.

Si Hades quería un pedazo de mí, que viniera, pero iba a irse con las manos vacías.