CAMPAMENTO MESTIZO

CAPÍTULO 17

Vale, desde hace mucho tiempo atrás, cuando éramos solo unas mocosas de hecho, sabíamos que Mikoto era la hija favorita de Ares, la espada que este le obsequió y el power up que nos salvó una vez, eran prueba de eso. Pero aquel día, el día que Afrodita entró en contacto con nosotras, tuvimos que abrirnos a la idea de que otros Dioses también tenían hijos favoritos.

Nuestros ojos seguían incrédulos. Incluso a través de la llamada Iris, podía sentirse su aura divina.

Ese "Mamá" que dijo Shizuru no me ayudó a salir de la fuerte sorpresa.

-Shizuru-. En verdad que me planteé la idea de que quizá ocupaba anteojos, porque vi cariño en la expresión de Afrodita. -Kuga Natsuki-. Tuve que frotarme mi ojo, debía estar alucinando.

La Diosa más bella de todas, la madre de aquellos que cuando llegué al campamento me menospreciaron por ser hija de Hefesto, el Dios más feo del Olimpo, la que esperaba, que por mi aspecto, me considerara algo poco menos que escoria…

Esa Diosa, me miró con respeto.

-Gracias por cuidar a mi hija-.

No podía creérmelo.

-¿Qué… qué está… pasando?-. A Shizuru le temblaban las manos, le tomé la mano derecha y entrelacé nuestros dedos.

-Hija…-.

-¡Me abandonaste!-. Sostuve con firmeza su mano, podía sentir su enojo. -¡Nos abandonaron y dejaron que nos masacraran!-. Yo también habría estado gritando si el de la llamada hubiera sido Hefesto.

En mi mente, los Dioses eran seres con serios problemas de auto sobrevaloración, seres que se metían en la cama de los mortales, y que no poseían la capacidad de empatizar con nosotros. Debido a eso, era difícil creerse la expresión de pena en el rostro de Afrodita.

-Lo sé-. Bueno, al menos no tuvo el descaro de negarlo. -Pero ahora tienen que escucharme, tenemos poco tiempo-.

¿Poco tiempo, decía?

Las malditas manecillas querían cortarnos la cabeza, prácticamente, desde que nacimos, así que el que ella viniese con que la falta de tiempo era un nuevo problema, nos molestó a ambas.

Aun así, no éramos idiotas, e íbamos a escuchar lo que uno de los Olímpicos consideró lo suficientemente importante para manifestarse ante nosotras.

-El día que inició la Cacería de Semidioses, los Dioses no intervenimos porque Zeus nos lo prohibió. Al mismo tiempo que los monstruos atacaron el Campamento Mestizo, Hades le declaró la guerra a sus hermanos-. Mientras nos decía aquello, escuché que había fuertes sonidos de golpes y rugidos de fondo, entonces caí en cuenta que el lugar desde el cual llamaba no parecía exactamente el paraíso que la diosa de la belleza escogería. -Después tampoco nos fue posible ayudarles, porque en medio del caos, Zeus se enteró de una profecía-.

-No…-. Lo dije inconscientemente. Tuve miedo, de que en efecto, esa profecía fuese la mía, y que por lo tanto, mi nombre fuese la maldición no del siglo, sino que del milenio.

-Su furia careció de comparación alguna, la presión ejercida por Hades le hizo desconfiar de todos, y creer que el semidios de esa profecía quería ir por su cabeza-. Hizo una corta pausa, el fantasma del recuerdo… carajo, sus ojos lucían atormentados. -Solo había un semidios que encajaba con la profecía, uno al que los hombres lobo le habían arrebatado un ojo, dejándole con una sola visión. Zeus decidió matarle antes de que sucediera-. Me vio con compasión. -Decidió matarte, Kuga Natsuki, pero eras la favorita de Hefesto, y el interfirió a tu favor-.

La cabeza me daba vueltas.

-Eso a Zeus no le gustó, y ordenó que el mismo Hefesto te matará. No conforme con eso, sospechó que había otro semidios no explícito en la profecía-.

-"Perderá lo que más atesora…"-. Repetí esa maldita línea de la profecía.

-Creyeron sin duda que esa era… la pareja del heredero de las fraguas. Y ordenó que también le asesinaran-. Miró a Shizuru. -Se refería a ti, Shizuru. Zeus quería que las matáramos a las dos-.

¿¡Qué tan enfermo de poder estaba ese Dios!?

-Hefesto y yo nos negamos, aunque sabíamos que sí eran ustedes… dijimos… dijimos que los de la profecía podían ser otros mestizos, cualquier otro-. Sus ojos ensombrecieron-. Y entonces, él… decidió que todos los semidioses debían morir-.

Entenderán que me haya quedado sin palabras.

El relato continuó.

-Él podía decir eso, porque no tenía hijos en el Campamento Mestizo, no tenía idea de lo que hablaba, era una locura. Una cosa era que no les prestásemos atención, y otra muy diferente, eliminarlos. A muchos de los Olímpicos nos asqueó su decisión y nos opusimos a ella-.

Shizuru apretaba mi mano con fuerza, no por enojo, yo sabía que no, se aferraba a mí, como si esa historia fuese capaz de hacerme desaparecer.

-Eso resultó en que el Olimpo cayese en una guerra interna cuando ya teníamos una contra Hades. No podíamos intervenir en su guerra, cuando nosotros no terminábamos con la nuestra-.

De entre todo lo que podía decir, abrí la boca para… -Carajo, nos estás diciendo-. Sí, sí, tuteé a una Diosa, total, ¿Qué iba a hacerme? Si ya estaba más que jodida. -Que de los tres grandes, uno me quiere usar como chivo expiatorio, y otro me quiere…-. Miré a mi novia. -Nos quieres bien muertas-.

-Sobre eso…

-Dime que no estoy también en la mira de Poseidón-. Era lo último que me faltaba para oficialmente ser la chica con la peor suerte del planeta.

-Poseidón se puso de parte de los Semidioses-. Vaya, eso no lo veía venir, al parecer, el complejo de genocida no era de familia. -Es él quien mantiene ocupado a Zeus mientras el resto intentamos que los monstruos del Tártaro no tomen el Olimpo-.

Era mucho para asimilar.

-¿Por qué ahora?-. Después de casi ser muda por la impresión, Shizuru vio a su madre con un fuerte rencor. -¿Qué les hizo decirnos esto?-. También le miraba con desconfianza, esperando la trampa que venía con esa historia.

-El deseo de que vivan-. No sabía si enojarme y reclamar al mundo, si llorar de rabia e impotencia, o reír con histeria por la ironía de esas palabras.

Entonces alguien más apareció en la llamada. -¡Tenemos que movernos! ¡Ares no podrá contenerlos más tiempo!-. Era Hefesto.

-Tengo que irme-. Dijo Afrodita. -Shizuru, confía en mí-.

-¡Hey viejo!-. Mi padre no esperaba verme. -¿¡Eras tú, en el sueño!?-. Pero entendió de lo que hablaba.

-¡No! ¡No era yo! ¡No confíes en esos sueños!-. Bloqueó un ataque que iba directo a Afrodita. -¡Quieren destruir tu mente! ¡No seas su herramienta!-.

Una tercera figura apareció de espaldas. Aun sin mostrar su rostro, era tan imponente que acojonaba verlo. -¡Tenemos que irnos, ahora!-. Supuse que era Ares.

-¡Shizuru, intentaré llamar de nuevo!-. Afrodita desapareció en compañía de los otros dos Dioses.

El mensaje se cortó.

-Creo que si necesitaré una armadura que funcione contra Zeus-.


Tenía tres cosas claras.

1: Hades era el culpable de todo, pero quería que yo también me ensuciará las manos por él, y además, que cargará con las consecuencias.

2: No sabíamos si podamos confiar en ese mensaje Iris, hasta donde podíamos pensar, también podría ser un engaño, así que cuando Afrodita le dijo a Shizuru que confiara en ella, y Hefesto me dijo que no confiara en esos sueños, nos terminamos sintiendo como victimas de un sucio juego mental.

3: Tendría que trabajar a una marcha aún más forzada de lo esperado.

Al final de esas conclusiones, opté por desconfiar de los que querían causarme dudas, y deposité toda mi confianza en mi propio instinto, el cual me decía que entre mis cercanos no había ningún traidor.

Claro, claro, eso debe hacerles pensar: A ver Kuga, entonces, ¿Cómo es que falló tu armadura? ¿Cómo salieron lo niños del campamento? ¿Por qué te atacó Medusa justo cuando estabas vulnerable?

Lo adjudiqué todo a Hades, era un dios, no era imposible que lo logrará.

Era más fácil culparlo y centrarme en lo verdaderamente importante: Dedicarme al trabajo.

Solo podía desear que no me estuviera equivocando.


Nina me contó todo lo que quería saber acerca de los viajes por las sombras, también me hizo varias demostraciones, le estudié a fondo. Poseía toda la teoría, el objetivo era conseguir ponerlo en práctica.

Me encerré en mi taller, al punto de rayar en la locura, comía solo lo absolutamente necesario y eso porque Shizuru me obligaba a hacerlo. Pasaba horas interminables maldiciendo y corrigiendo planos, con la mirada de mi novia encima de mí, le preocupaba que colapsara, ya que apenas y dormía unos pocos minutos al día.

-¡Maldición!-. Alcancé a cubrirme con los brazos cuando hubo una pequeña explosión. -De nuevo-.

-Natsuki tienes que descansar un poco-. La mano de Shizuru en mi hombro parecía una súplica.

-Casi lo consigo-. Estaba convencida de que estaba a un máximo de dos intentos más para llegar a la meta.

-Por favor, tomemos algo de aire fresco, despejara tu mente-. Medité sus palabras. Todos mis sacrificios eran para mantenerla a ella a salvo, pero sabía que aunque las dos estábamos ahí encerradas, me extrañaba, no podía pasar por alto eso.

¿Cómo iba a dejar de lado a la mujer que era mi todo?

¿De que me habría servido salvar nuestro mundo, si descuidaba nuestra relación?

-De acuerdo-. Su sonrisa fue la señal de que eso era lo correcto.

Durante mi encierro de dos semanas, había hecho algunas pausas pequeñas en las cuales salía para verificar que el campamento estuviera bien. En ese momento, llevaba cuatro días sin salir, o sea, cuatro días sin ducharme, y no fue hasta que sentí la brisa nocturna que caí en cuenta de ese dato, y de que Shizuru soportaba ese olor al estar encerrada conmigo.

Me prometí a mí misma que no regresaría ahí abajo sin asearme antes.

Caminamos un poco por el campamento, en silencio. -¿En qué piensas?-. Le pregunté haciendo que nos detuviéramos, cerca de donde se guardaba la comida.

-En que haremos con nuestras vidas, cuando terminemos esto-. Entramos al lugar, busqué entre las alacenas lo que quería.

-Me alegra que pienses a futuro-. Ella permaneció a unos pasos de la puerta.

-Te esfuerzas tanto porque lo tengamos, que sería un pecado no hacerlo-. De la alacena del fondo, tomé algo y lo metí en una bolsa negra. -Ara, ¿Qué llevas ahí?-.

-Lo sabrás cuando regresemos a la cabaña-. Le sonreí. -Pero antes, es justo y necesario para el medio ambiente que tomé una ducha-. Honestamente, sí que apestaba.

Shizuru rio. -Me parece buena idea, si me dejas ducharme contigo-. Me gustaba ver esa chispa de vida en ella, esa picardía en su mirada.

-Tenemos niños en este campamento-. Sonreí con un poco de burla. Teníamos cabaña propia, pero al igual que en el campamento original, los baños eran los mismos para todos.

-Pero ellos ya están dormidos-. Tomó mi mano.

-¿Cómo podría negarme a tus deseos?-.

Rápidas, nos dirigimos a las duchas, me aseguré de atrancar la puerta, uno de los campistas mayores podría tirarla de una patada, pero se suponía que captaran la idea de que cerrado significaba que no debían entrar.

-Espera, la ropa-. No tendría caso asearme si me volvía a poner la misma ropa sucia.

-Lo tengo cubierto-. Señaló a un rincón donde había una pequeña mochila con ropa para las dos.

Dejé que me quitara la playera. -Lo tenías planeado-. A esa mujer no se le escapaba ni una.

Su risa era la mejor melodía, me relajaba como ninguna otra cosa, además claro, de su voz. -Quizá-. Nos desvestimos.

Podíamos estar en medio de una guerra que involucraba a toda la mitología griega, en un campamento de refugiados, pero… teníamos baños decentes ¡Y agua caliente!

El vapor se esparció, el calor era agradable.

Por extraño que parezca, era la primera vez que tomábamos una ducha juntas. -Puedes quitártelo, cariño-. Estaba desnuda, sí, pero aun traía el parche puesto.

Obviamente ella conocía mi cuerpo completo, todas mis cicatrices, pero de ellas, la que más culpa le provocaba era la de mi rostro, y debajo del parche estaba la mayor y peor parte de esa cicatriz.

-No es necesario que lo veas, amor-. Cuando me entregué a ella la primera vez, y la siguiente, lo hice con parche incluido.

-No me molesta, esta es la cara de la mujer que amo-. Para que voy a mentirles, ducharse sin esa cosa en la cara era mucho más agradable. -Y sé que tú te duchas sin el-. Me sonrió. Amaba su sonrisa, amaba tanto a Shizuru.

Me quité el parche y ella acarició mi mejilla.

-Dejaras que me limpie primero, ¿no?-. Bromeé, en parte jugando, en parte no queriendo oler a muerto mientras lo hacía con mi novia.

-Creo que puedo ayudarte con eso-. Shizuru me recordó que su herencia divina no era únicamente la belleza, sino que también el amor… y la lujuria.


Salimos de los baños con unas sonrisas tan grandes como el deseo de Hades de jodernos. Dioses, sin la necesidad de dormir, Shizuru me había quitado todo el estrés y cansancio, tenía la energía recargada y la mente despejada.

Ya en la cabaña, le mostré lo que saqué de la alacena.

-Ara, que recuerdos-. Le di una fresa.

Hasta la fecha, recordábamos con mucho cariño el campo de fresas. -Ahí fue…

-Nuestro primer beso-. Completó. Díganme ridícula, acababa de tener sexo con ella, y ese comentario en conjunto con su sonrisa, hicieron que me sonrojara. -Es lindo ver que algunas cosas nunca cambian-.

Por un momento, sentí como si volviera a tener 14 años, su mano acariciando la mía me trajo al presente, con la Shizuru de 21 años que era mi todo.

Colocó una fresa entre sus labios y me invitó a morderle.

Le seguí el juego.

Un rato después, tras acabarnos las fresas, tuve un momento de iluminación. -¡Ya lo tengo!-. Me levanté de la cama. -¡Ya sé como hacer que funcione!-.

-Entonces, vamos al taller-. Gracias a Shizuru.


Mi alegría fue enorme al ver que había logrado terminarlo, solo faltaba probarle, pero tenía la seguridad de que funcionaria.

Era el primer paso, el segundo sería mucho más ambicioso, más arriesgado.

Acompañada de Shizuru, fui a la cabaña de Mikoto, ahí dormía ella, Mai, Nao, Midori y… de vez en vez, cuando se paseaba por el lugar, Nina. Ese día mi sombría conocida estaba ahí, aunque por poco no le alcancé.

-¡Nina!-. Cerró su circulo negro.

-¿Sí?-. Volteó a verme.

Los demás seguían sin confiar en ella, de hecho, por eso se quedaba en esa cabaña, los chicos se quedaban más tranquilos con las hijas de Ares vigilando de cerca a la de Hades.

Aunque abundaba la desconfianza en su contra, yo ya había comenzado a fiarme de Nina. Incluso pensé que podríamos llegar a ser amigas.

Shizuru estaba más tranquila que el resto cerca de ella, por eso de que era capaz de percibir los sentimientos ajenos, y como de Nina no sentía hostilidad ni nada similar hacía nosotros, ya no le miraba como esperando que cometiera un genocidio.

-Necesito que me ayudes a probar esto-. Mostré un pequeño artefacto, del tamaño de mi palma, tenía forma circular con el centro hueco.

Nina casi siempre tenía una expresión neutral, vi un poco de desconcierto. -¿Qué tengo que hacer?-. Metió las manos a los bolsillos de su gabardina. Aunque los demás dijesen mil cosas negativas sobre ella, nadie podía negar que había hecho todo lo que podía para ayudarme.

-Activar-. A esa cosa no iba a ponerle botón de encendido, no estaba tan loca, solo mi voz podría prenderle o apagarle. -Solo tienes que hacer lo de siempre, ya sabes, abrir uno de esos macabros círculos negros-.

Si funcionaba, sería un logro épico.

Si fallaba, bueno, probablemente íbamos a volar en pedazos.

Pero quien no arriesgaba, no podía ganar.

Nina asintió con la cabeza.

Supuse que ya estaba en eso.

El centro del artefacto se cristalizó, algo así como lo que le pasaba a Cristal Plateado cuando le cambiaba a modo plata.

La cara de Nina dejó en evidencia que no entendía lo que pasaba. -¿Qué…

-¿Y tu circulo?-. Pregunté, suprimiendo una sonrisa.

-No aparece-. Dijo. Noté que hacía un gran esfuerzo mental para realizar algo que generalmente, hacía con la mayor naturalidad del mundo. -Lo intento pero no puedo-.

Ahí sí sonreí.

¡Había funcionado!

-Este artefacto bloquea los viajes por las sombras-. ¡Adiós a los malditos perros del infierno! Créanme, esas cosas eran realmente molestas. El casi infarto que me habían provocado con Shizuru, los niños que habíamos perdido por ellos, y el meñique que le arrancaron a Mikoto, eran prueba más que suficiente. -Este pequeño es suficiente para abarcar todo el campamento-. Claramente, a Nina no le agradaba la idea de perder esa habilidad tan suya, así fuese de modo temporal. -¡Pero hey!-. Eso ya lo tenía más que previsto. -Activar modo N-. Mi sonrisa creció. -Inténtalo ahora-.

Le vi fruncir el ceño, pero hizo lo que dije.

Su don se manifestó, frente a ella estaba su característico circulo negro. -No iba a dejar a mi aliada sin su poder-. Cuando dije que comenzaba a fiarme de ella, no bromeaba. -Todo en este mundo deja un rastro, una huella, encontré la tuya-. No le había analizado hasta el hastió por nada. -Y le implementé aquí. Esto bloqueará a todos los viajeros de las sombras, excepto a ti, Nina-.

Por primera vez, le vi sonreír, una verdadera sonrisa. -Eres una maldita genio, Kuga-. Y supe que hacía bien al confiar en ella.

Mientras mi nuevo artefacto estuviera encendido, el campamento estaría a salvo de los perros del infierno.

¿Recuerdan que teníamos que usar accesorios con sangre mortal? Bueno, hice versiones en miniatura del bloqueador, y los implementé a esos mismos accesorios. Lo que antes solo funcionaba como un camuflaje contra monstruos, pasó a ser también un repelente de sombras.

Cuando se lo di a Mikoto, lo adoró. -Sabía que harías algo magnifico-. Me palmeó la espalda.

-Y aun falta lo mejor-.

Tenía que trabajar en la segunda fase de ese artefacto, aunque para eso necesitaba algo que todavía no tenía.


Nao había cumplido su tarea, aunque tuvo que hacerlo en partes, consiguió todo lo que le pedí. Entre esas cosas venían dos autos nuevos, para agregarlos a los que ya teníamos, y una motocicleta.

Le dije a Midori que relevará a Alyssa en la muralla durante una temporada, necesitaba que ella y los gemelos trabajaran conmigo o no terminaría a tiempo. Les encomendé adaptar los vehículos para nuestro uso.

Fui repartiendo tareas para poder centrarme en lo que solo yo podía llevar a cabo.

Volví a pedirle ayuda a Nina. -¿Qué quieres qué?-. Yo no le veía nada raro a mi petición, aun así se la repetí.

-Entrena conmigo-. Mierda, si iba a ir contra Hades, lo más cercano que tenía para hacerme a la idea, era su hija.

-¿Estás segura?-. A ella no parecía convencerle la idea.

-¿Tengo cara de que me guste bromear?-. Suspiró.

-Pero dame una espada-. Todos sabíamos que ella siempre traía la suya, pero… -Tú mejor que nadie sabes lo que podría pasar si uso la mía-. Asentí con la cabeza.

Salimos del campamento, no queríamos ojos curiosos sobre nosotras, ni tampoco terminar causando destrozos innecesarios. Aunque no fuimos muy lejos, ponernos en riesgo era lo último en nuestra lista.

Al empezar, noté que sostenía la espada con una ligereza desconcertante, y su postura, en lugar de verse firme como la de la mayoría de los semidioses, lucía desgarbada.

Gracias a los dioses no me dejé llevar por esa impresión.

Durante años había entrenado con Mikoto, sometiéndome voluntariamente a la ira de Ares, el modo de mi amiga era implacable y sentía que moriría al final de los entrenamientos, creía que ningún otro semidios podría hacerme sentir así.

¡Me equivoqué!

La adrenalina que experimenté con Nina llegaba a ser aterradora, sobre todo porque no utilice mi armadura.

Quería llevarme al limite sin ninguna de mis ventajas.

Mejorar por mi cuenta para luego potenciarme aun más con lo que iba a crear.

El poder que ella emanaba no era un mero farol, su fuerza era monumental, y con cada movimiento suyo que bloqueaba, sentía que mis músculos se entumecían.

-¿¡Dónde rayos estrenaste!?-. Su estilo de combate era aplastante, bestial.

-¡En el inframundo!-.

Shizuru, que había estado vigilando el entrenamiento, nos detuvo al percatarse de que yo no podría resistir mucho más tiempo. Le agradecí la intervención.

Dimos por terminada la sesión, acordando repetirle.

Tenía que entrenar.

Debía ser mejor.

Por Shizuru.


Estaba en el taller, conversando con Shizuru, cuando una vez más, un mensaje Iris se hizo presente. Apareció justo frente a la fragua.

-¿Y ahora qué?-. Dije harta de recibir noticias que me hacían sentir más desgraciada. Shizuru me abrazó por la espalda, recargando su cabeza en mi hombro.

-Estoy contigo-. Eso me dio fuerzas.

Solo deseé que no fuese de nuevo Afrodita, para decirnos que Poseidón había cambiado de opinión y que también me quería matar.

-¿Quién eres?-. En la llamada no se veía nadie. -¿¡Quien eres!?-. Repetí sin paciencia. Ya no me preocupaba que me partiera un rayo por insolente, vaya, si no había pasado cuando era el blanco de Zeus, definitivamente no pasaría.

Hefesto se dejó ver.

-Hija…-. Tenía un revoltijo emocional, y muchas ganas de gritarle, pero me lo guardé, ya que… necesitaba algo, algo que si en verdad era su favorita, quizá él pudiera darme. -Quiero ayudarte-. Cayó en cuenta de la presencia de Shizuru, y el como ella me abrazaba. -Ayudarles-.

Sabía que ese mensaje Iris podía cortarse en cualquier segundo.

Fui directo al punto.

Nina ya había estado entregándome lo que le pedí, sin embargo, no podía comenzar a trabajarlo.

Miré a los ojos a mi padre. -Si en verdad quieres ayudarnos-. Shizuru me abrazó con más fuerza. -Dame algo capaz de templar Hierro Estigio-.

Se suponía que este únicamente podía templarse en el rio Estigio, allá en el Inframundo.

Pero yo creía con firmeza que existía otra manera, y si alguien sabía cómo, ese era mi padre.

-Hecho-. Creí… creí ver cierto orgullo en su mirada. Fue imposible no preguntarme, si ese Dios me tendría un cariño genuino, o si al igual que el resto, simplemente quería usarme a su conveniencia. En caso de ser lo segundo, no importaba, mientras que yo también sacara lo que quería de ese trato. -Lo tendrás-. Volteó hacía su derecha, al parecer otra lucha estaba por iniciar. -Dentro de dos días, ve a la ciudad, sabrás donde-.

El mensaje se cortó.

¿Qué sabría dónde? ¿Hefesto me creía adivina? ¿O también le gustaba jugar a los enigmas?

Shizuru besó mi mejilla. -Lo resolveremos Natsuki, siempre lo hacemos-. Tuve fe en sus palabras.