CAMPAMENTO MESTIZO
CAPÍTULO 18
Mi vida entera ya era un problema, pero ir a la ciudad siempre significaba más problemas. Al ir allá, además de preocuparme por mantenernos con vida, tenía que intentar no arrastrar a los humanos normales a una muerte segura, porque la neblina hacía que viesen el peligro de un modo distinto, pero este seguía ahí.
Dejando ese detalle de lado.
Me rompí la cabeza pensando en cual sería el lugar al que Hefesto quería que fuera. Consideré decenas de talleres, también ferreterías, incluso tiendas artesanales, rechacé esas ideas casi de inmediato, eran puntos demasiado obvios, y si él no me había dicho el lugar, creía que era por temor a que alguien más estuviera escuchando.
Eso o todo era un engaño.
A veces odiaba no saber con certeza de quien desconfiar.
En fin, cuando llegó el día, tenía en mente un solo lugar, uno en el que había pasado mucho tiempo cuando era pequeña. Deseaba de todo corazón que no fuese ahí, de serlo, ¡Que detestable era Hefesto!
Subí al auto en la parte trasera, con Shizuru, ya deben sospechar que la conductora era Mikoto, y en esa ocasión también éramos cuatro en el equipo, pero la cuarta acompañante era Mai en lugar de Nao. Les pedí que nos acompañaran porque tenía el presentimiento de que necesitaríamos el apoyo extra, aquel lugar era uno de los preferidos de los monstruos, para cazarnos, incluso desde antes de la era de Cacería de Semidioses.
Creo que estaba algo perdida en mis recuerdos. -¿Qué estamos yendo a buscar?-. No capté que Mai me lo estaba preguntando a mí. -¿Natsuki? ¿Estás bien?-. No respondí.
Saben… tenía tanto tiempo sin pensar en mi infancia, que creía que ya no tenía importancia, tal vez me equivoqué, supongo que una etapa traumática no se olvida del todo, además, no había hecho la gran cosa por superarle, y técnicamente solo le había sepultado bajo una adolescencia aún más caótica.
Shizuru logró que reaccionar tocando mi hombro. -Natsuki-. Sacudí la cabeza. El pasado, esa parte en específico, no me servía de nada, menos en esos momentos.
Únicamente debía importarme el presente.
-Lo siento, ¿Qué decías, Mai?-. La perspicaz mirada de Mikoto me echó un vistazo por el espejo retrovisor.
Les había dado la dirección para poder llegar allá, sin embargo, ellas no sabían que había ahí, todas eran originarias de otras ciudades, y pese a que íbamos a veces para conseguir suministros, nunca fuimos a esa área. Pero la manera de verme de Mikoto me dijo que ella ya tenía una clara idea de a donde nos dirigíamos.
Después de todo, ambas éramos huérfanas.
-Te preguntaba que vamos a buscar-. Mai tuvo la gentileza de no hacer preguntas más personales.
-Sí… digamos que ni yo lo sé-. No tenía ni idea de que aspecto tendría algo capaz de templar Hierro Estigio. -Pero es una de esas cosas que seguramente saltaran a la vista-. No les habíamos dicho que el paquete venía por cuenta de mi viejo, así, si nos estaban engañando, solo Shizuru y yo experimentaríamos una vez más las mentiras de los dioses, quería evitarles el mal trago a mis amigas.
-Si traes refuerzos, quiere decir que consideras peligroso esto-. Mai mantenía el arco en su mano. Sentimos que el auto se detuvo, vio por la ventana. -Ay mierda-. Ella raramente decía majaderías.
Habíamos llegado.
Bajamos del auto.
Aun con la dislexia que sufríamos por ser semidioses, las letras del edificio eran entendibles, lo suficiente al menos para darse una idea de lo que decía: Orfanato Garderobe.
La primera palabra era la importante.
Existía un solo lugar peor que las escuelas para los semidioses, y ese era precisamente un orfanato. Ahí podían devorarte sin que nadie indagara demasiado en tu muerte. Un festín para los monstruos.
Suspiré. -Bienvenidas al sitio en el que crecí-. Antes de vagar de tutor en tutor, pasé mucho tiempo en ese orfanato, al que había ingresado cuando mi madre falleció. -Ni se les ocurra verme con lastima, eh-.
Shizuru y Mai guardaron silencio. No les culpé. Si los lugares hubieran sido al revés, posiblemente tampoco habría sabido que decirles.
Sentí un golpe amistoso en el hombro, de parte de Mikoto. -El mío era mucho más feo-. Sonrió, devolví la sonrisa. Era bueno tener amigos que te entendían.
-Vamos-. Nunca pensé que regresaría a ese sitio, pero no iba sola.
Shizuru se aseguró de caminar a mi lado.
Entramos al edificio sin dificultades, éramos sigilosas, casi fantasmas, y tal como recordaba, el lugar contaba con poco personal, nadie nos notó. En su mayoría, en aquellas paredes predominaba el color blanco, con uno que otro cuadro que siempre consideré feos. Podían escucharse los gritos de los niños jugando en el patio, y también en el comedor.
-¿Cómo estás?-. Shizuru sostuvo mi mano. A ella, por aquellas fechas en las que hablábamos tardes completas mediante mensaje Iris, le había contado sobre mis días ahí. Sabía que el personal me trató bien, demasiado bien para los problemas que llegué a provocar sin querer, pero también sabía que en esos mismos pasillos, mis compañeros se metieron conmigo incontables veces, siempre tenían un motivo para hacerme menos, a veces mi dislexia, otras porque no me gustaba hablar mucho, también porque encontraba más agradable armar cosas que estar con el resto, el punto es que cada día encontraban una razón para molestarme.
Pero a mis 20 años, entendía que no es que yo no encajara con el mundo, más bien era que ese mundo jamás habría encajado conmigo, porque no era el mío.
Mi mundo estaba lejos de esos pasillos, allá, en el Campamento Mestizo, junto con Shizuru y los demás semidioses que eran mi familia.
-Estoy bien-. Di un ligero apretón a su mano. -Esto no es nada-. Ese pasado no iba a ser mi carga.
-Oigan chicas, no me gusta interrumpirlas en su momento cursi-. Miramos a Mai. -Pero… ¿no se les hace muy solitario este sitio?-.
Odié que tuviera razón. Entré en un estado paranoico, ¿Y si todo eso era una trampa? Tensé los puños. ¿Había sido una idiota al creer en las palabras de Hefesto? Es más… ¿Ese si había sido Hefesto? ¿Y si fue Hades quien habló conmigo?
-Natsuki-. La voz de Shizuru fue suficiente para tranquilizarme y volver a pensar con la cabeza fría.
Aun se escuchaban los gritos de los niños jugando, agudicé el oído. -Revisemos el lugar, rápido-. Tampoco podía descartar que Hefesto y Afrodita quisieran ayudarnos.
Mai preparó una flecha, Mikoto desenfundó su espada. -¿Nos dividimos o un solo grupo?-. No alcancé a responderle.
Escuchamos pasos, pasos muy pesados.
Un hombre apareció en nuestro panorama, aparentaba unos 35 años, vestía traje y mantenía una expresión ruda, que en conjunto con el piercing que tenía en la nariz, no combinaba con su ropa.
Nos vimos mutuamente.
Y desplegué mi armadura justo cuando me embistió en un veloz movimiento, con la fuerza suficiente para romperme todas las costillas, por fortuna, el bronce celestial evitó las fracturas, aunque sí que me costó respirar después de eso, y era seguro que tendría un enorme moretón. De una patada lo aparté de mí y blandí mi espada en su contra.
-¡KUGA…-. Casi no se le entendió a su grito. -NATSUKI!-. Ya que se convirtió en un rugido bestial. Pero todos aquí sabemos que gritó mi nombre. Debo agregar que su aliento apestaba, y me dio en la cara, sentí nauseas.
-¡Carajo!-. Aun no me recuperaba del primer golpe e iba a embestirme de nuevo, pero Shizuru le pagó con la misma moneda, embistiéndole de lleno por el costado derecho, quizá ella no pesaba la gran cosa, sin embargo, reforzada por su armadura su golpe fue monumental. -¡Retrocedan!-.
Lo vi en sus maliciosos ojos.
Esa cosa estaba a punto de rebelar su verdadera forma. Al mismo tiempo que cambiaba, crecía y crecía sin parar, perdiendo por completo su figura humanoide.
-¡Mierda!-. Sé que gritaba mucho esa palabra, ¿me culpan? Frente a nosotras estaba ¡Un maldito Jabalí de Calidón!
Un jabalí ridículamente grande, tan grande que destrozó las escaleras y parte de la pared más cercana, poseía un pelaje negro y pestilente, en serio, un poco de jabón no les habría venido mal en el tártaro, también tenía unos ojos rojos que me daban la sensación de que devorarían mi alma, y un par de colmillos más grandes que yo.
Una flecha se abrió pasó entre los escombros y el caos, acertando en el ojo derecho del monstruo. -¡Nosotras nos encargamos!-. Mai puso otra flecha en su arco.
-¡Encuentren esa cosa!-. Mikoto se lanzó directamente contra la bestia, con ese estilo temerario que tanto su novia como la mía odiaban vernos usar, su espada raspó contra aquellos colmillos amarillentos, las chispas saltaron.
Detestaba dejar a mis amigas en aprietos, y lo detestaba todavía más cuando esa cosa seguía rugiendo lo que tenía toda la pinta de ser mi nombre, no obstante, confiaba en sus habilidades. Salí corriendo junto con Shizuru, para registrar el orfanato, así tuviese que ver cuarto por cuarto, no planeaba irme con las manos vacías.
Escuché un estruendo ensordecedor, seguramente esa cosa golpeó una pared, de un modo brutal que agrietó parte del techo, esas grietas se esparcieron por distintas zonas del edificio. Pasamos corriendo por una de las habitaciones de los niños, hubo otro estruendo, más grietas, vi algo que quise ignorar, tenía que ignorarlo y seguir adelante en la misión.
-¡Natsuki!-. Pero no pude hacerlo, joder, el techo iba a colapsar en ese sitio y ahí había una niña que lloraba, aterrada, en posición fetal. No podía simplemente dejarle así. -¡Natsuki!-. ¡No podía! Regresé sobre mis pasos, entré corriendo al cuarto.
Dos segundos después el techó se vino abajo, debajo de mí estaba la niña, por eso me encargué de recibir todos los golpes del concreto, sabía que mi armadura lo resistiría, aun así, con o sin resistencia, dolió bastante, esos serían mínimo dos moretones más, seguros. Sin decir nada, tomé a la mocosa, la saqué del cuarto y afuera, se la aventé a uno de los empleados que me veía con la boca abierta, no sé que habrá visto, pero sus ojos iban de mí a Shizuru. -¡Salgan de aquí! ¡Ya!-. El polvo de los escombros me cubría casi por completo, y me dolía el cuerpo como el infierno. -¡AHORA!-. Grité, listo, ahí murió mi escasa paciencia. Echó a correr con la niña en brazos.
-¡Cariño, no es momento de ser una heroína!-. Shizuru agarró mi muñeca y me sacó de ahí a jalones.
-¡Ya lo sé!-. Simplemente no podía hacerme de la vista gorda, no con los niños. -¡Por acá!-. Le guie por los pasillos, vimos a más de una persona, que a paso apresurado sacaba a los mocosos del orfanato. -¡Aquí!-. De una patada abrí la puerta de la que fue mi habitación.
Estaban las dos literas que recordaba, unas pequeñas mesas de trabajo y algunos juguetes regados por el suelo, pero no había nada que pareciera provenir del Olimpo.
Hubo otro estruendo, junto con un chillido de cerdo que me hizo desear ser sorda. Nos echamos atrás justo a tiempo para quitarnos del camino del jabalí, que rompió la pared frontal del cuarto, lucía enloquecido, sacaba espuma por la boca, de hecho me salpicó.
-¡Lo tenemos bajo control!-.
-¿¡Es broma!?-. En el lomó del tocino mutante, Mikoto luchaba por no caerse. -¿¡Desde cuando montas monstruos!?-.
-¡Sigan buscando!-. Le perdimos de vista cuando en medio de su forcejeo, ambos atravesaron la pared contraria.
-¡Ya casi lo tenemos!-. Mai pasó corriendo entre los huecos. -¡A la derecha Mikoto!-.
-Esto es una locura-. A esas alturas creía que sí que me habían engañado, me dije estúpida yo solita. -Espera…
-No tenemos mucho tiempo para esperar, cariño-. Ella tenía razón, los chillidos delataban que esa cosa venía de regreso para devorarme, o bueno, mejor dicho, para intentar llevarme a rastras ante Hades. -Piensa Natsuki, piensa-.
Los gritos de todos ahí me estaban fastidiando como hace mucho no lo hacía nada, eran tan, tan molestos que…
Abrí los ojos por la sorpresa.
Lo entendí.
Lo entendí al recordar que de niña me molestaba aun más el ruido, que solo toleraba el sonido de los engranajes y las herramientas en pleno trabajo, pero como no me dejaban usarlas y debía hacerlo a escondidas, me iba a donde el ruido no me provocaba una migraña, a donde nadie me vigilaba. El lugar en el que pase más tiempo no fue en mi habitación, fue…
-¡La azotea!-.
Shizuru no preguntó nada, confió en mí y me siguió, aunque yo solo me guiaba por suposiciones. No había forma de que Hefesto supiese aquello, de aquel rincón en la azotea, al menos… que en verdad le importara mi existencia, y que me hubiera estado echando un ojo de vez en vez cuando era una mocosa.
Las escaleras debían llevarnos hasta allá, pero el jabalí les había destrozado, con ellas, no llegaríamos a ningún lado.
-¿No hay escaleras de emergencia?-. Un niño nos vio desde el otro lado del pasillo, nos señaló no con miedo, con asombro.
-¡Sal de aquí!-. No replicó, salió corriendo. Giré hacia Shizuru. -Escaleras de emergencia-. Me esforcé por recordar. -Sí, sí, les llegué a usar-.
Tuvimos que salir del edificio, en la parte trasera había una escalera metálica pegada a la pared, sonreí sin darme cuenta, un par de veces me regañaron por usarla, decían que era peligroso, y que una niña no debería arriesgarse de esa manera. Ahí estaba más de 10 años después, en un verdadero riesgo.
Subí primero, los peldaños estaban oxidados, si aplicaba fuerza de más, tal vez se romperían. Shizuru me siguió. La altura era poca, bueno, poca para nosotras comparándole con otras experiencias, el edificio tenía 7 pisos, debía ser pan comido.
Íbamos por el cuarto piso cuando la pared que estaba por debajo de mí se rompió, o sea, adiós a la parte de la escalera que ya había pasado, yo, ¡solo yo!
Shizuru iba a caer junto con los escombros.
Mi cuerpo se movió automáticamente, una parte de mí siempre tenía su atención en ella. Con la mano izquierda, alcancé a tomar su muñeca derecha, su mano se aferró a la mía.
Quedó suspendida en el aire mientras el jabalí chillaba. -¡Cállate!-. Mikoto quería atravesarle con su espada, pero esa cosa tenía la piel casi tan dura como su hueca cabeza. Por lo menos, ya era ciego, Mai le había dado en el otro ojo.
Maldije.
Mi olor era lo que le guiaba hacia mí, y por eso Shizuru colgaba a cuatro pisos de altura.
Balanceé mi brazo para arrojar hacia arriba a Shizuru, el movimiento causó que temblara el resto de la escalera, maldito oxido, maldita suerte. -¡Sube!-. Sí los peldaños se desmoronaban prefería que mi novia no estuviera en ellos.
Es increíble lo rápida que te volvías cuando la muerte respiraba en la nuca del amor de tu vida. Antes de escuchar otro chillido, ya estábamos en la azotea.
A leguas se notaba que hace mucho tiempo que nadie ponía un pie en ese sitio. Las palomas se habían esforzado en marcar el terreno como suyo. Shizuru mostró una mueca por el olor, sí, sí, esas nuevas palomas tenían que estar enfermas del estómago, porque juró que no apestaba a muerto cuando yo iba ahí.
Fui a un rincón escondido, en el que a veces guardaba las cosas que no quería que los demás niños llegaran a quitarme.
Hefesto no me había mentido.
Y yo había acertado con el lugar.
Sonreí.
-¡Sabía que tendría aspecto divino!-. Algo proveniente del Olimpo no podría no tenerlo.
Era una botella, su contenido era líquido espeso, de color plateado brillante, relucía tanto que estuve segura de que brillaría en la oscuridad. Apresurada, agarré la botella, esperando no tener tan mala suerte como para que se terminará rompiendo.
Shizuru también sonreía. -Tu instinto nunca nos falla-. El suelo comenzó a temblar.
-Creo que el tocino nos encontró-.
Se abrió un hueco del cual salió el jabalí, aunque ya no resultaba intimidante, más bien daba pena ajena, tenía el lomo lleno de flechas, también los costados.
-¡Estamos hartas!-. Del agujero también salieron Mai y Mikoto. -¡Muere!-.
La segunda saltó para tomar impulso, y sosteniendo su espada con ambas manos, le encajó justo entre los ojos del monstruo, hundiendo la hoja por completo. -¡Regresa al averno!-. Le dijimos adiós al tocino deforme, se convirtió en polvo dorado.
Al ya no tener objetivo, las flechas regresaron al carcaj de su dueña, Mai estaba toda despeinada. -Díganme que consiguieron lo que vinimos a buscar-. Levanté la botella al aire, esa era una victoria enorme para nuestro bando.
-Ara, deberíamos irnos-. El ruido de las sirenas se oía cerca.
Nos fuimos de ahí, no sin antes hacerme la promesa mental de que habría una donación anónima para el orfanato Garderobe, ya que a ciertos semidioses les sobraba algo de dinero, que un caritativo banco les dio.
Al traspasar las puertas del campamento, nos recibió la sonrisa burlona de Nao. -Lucen horribles, ¿Qué les paso?-.
-Tres palabras: Jabalí de Calidón-. Como ya no tenía una mega carga de adrenalina corriéndome en las venas, sentí el dolor de la embestida que esa cosa me dio y de los golpes del concreto, sería mejor revisar que no me hubiera astillado algo. Además, sentía el polvo de los escombros metido en la garganta.
Nao se rascó la cabeza. -Ohhh… entonces creo que no les hará gracia la cena de hoy-. Señaló a unas grandes fogatas, donde los campistas estaban asando a dos cerdos.
-Al tártaro, tengo mucha hambre-.
Esa noche disfruté de la comida con mis amigos. En el fondo, tenía la sensación de haber obtenido un poquito más de esperanza, y creo que les transmití eso a ellos, fue agradable escuchar sus risas.
Cuando amaneció sentía el cuerpo renovado gracias a la magia del néctar. Salí de la seguridad de la muralla, acompañada de Shizuru. Fuimos al arroyo más cercano.
-No perdemos nada con intentarlo-. Quiso darme ánimos. En la mano tenía un dracma de oro.
-Hace mucho que no hago un mensaje Iris-. Sin mencionar que nunca intenté contactar a un Dios.
Quitando todo lo caótico del asunto, me gustaba estar en el arroyo con Shizuru, era lo más cercano al lago de antes que conocíamos. -Lo sé-. Metió los pies al agua e hice lo mismo. -El último fue conmigo-. Unos pequeños peces se acercaron a nuestros pies.
-Seguramente no contestará-. Saqué los pies del agua, para recostarme y poner la cabeza en su regazo. Con paciencia y cariño, acarició mi cabeza, jugando con mi cabello.
-Creí que la pesimista de la relación era yo-. Inclinó el rostro para besarme. -La vida no deja de sorprendernos, quizá nos de otra sorpresa hoy-. Tenía más ganas de besarla que de platicar.
Aunque fue como si ella tuviese boca de profeta. No tuve que echar mi dracma al agua, mientras nos besábamos, entró un mensaje Iris. -Es lindo ver que mi hija profesa el amor-. Sorprendidas volteamos hacía el agua, la imagen de Afrodita nos contemplaba con una sonrisa. Dioses, imagínense la vergüenza que viví al sonrojarme frente a ella.
Por nuestra última experiencia, Shizuru procuró no ver con tanto rencor a su madre, créanme, se esforzó. -¿Encontraron lo que Hefesto les envió?-.
-¿Y tú como sabes eso?-. Fruncí el ceño. La verdad creo que le caía muy bien a mi suegra, porque en lugar de enojarse por mi insolencia, me vio con una sonrisa pícara.
-Quizá tengamos una relación muy problemática, pero es mi esposo-. Casi había olvidado que nuestros padres divinos estaban casados. Aunque su matrimonio estaba entre los peores del Olimpo, y casi todos, hasta los semidioses, sabíamos que Afrodita prefería a Ares. Pero vaya, eso no era asunto nuestro. -Él me pidió que les diese este mensaje: Tres gotas harán que el agua pueda templarlo-.
Eso era justamente por lo que quería contactarlo, quien diría que me enviaría la respuesta sin pedírsela, y con la madre de mi novia.
Para mí era muy raro hacerlo, pero… -Gracias-. Agradecí la ayuda.
Me dio una mirada de aprobación antes de enfocar su atención en Shizuru. -Hija-. Se tensó un poco ante la palabra, la abracé y se relajó. -Tu don aún puede crecer, puede ser mucho más fuerte-.
Con eso el mensaje se cortó. Me hice a la idea de que a los Dioses no les daba por despedirse.
Tenía que comprobar que ese extraño liquido plateado funcionara, una vez más, me encerré en mi taller, con la diferencia de que estaba sola. Haría algo sencillo, algo que sirviera como prueba sin gastar casi nada del Hierro Estigio que con mucho trabajo Nina había estado consiguiéndome.
Me puse los guantes e inicié el trabajo.
El objetivo era hacer una pequeña daga. Mi fragua no iba a fallarme, sabía que haría su parte, el momento de la verdad estaba en templarle.
Sentía el sudor bajándome por la sien cuando tomé la botella, al destaparle… esto es raro hasta para mí, al destaparle salió una brisa, una fría brisa que parecía un lamentó. Era un material hermoso y macabro a la vez, lo segundo tenía sentido, si se consideraba que supuestamente, eso podía reemplazar el agua de un rio que estaba en el Inframundo. Fruncí el ceño, lo que sea que fuese, no quería que entrase en contacto directo con mi piel.
Con mucho cuidado, ladeé la botella sobre el agua que usaba normalmente, tal como me dijeron, dejé caer tres gotas. El agua adquirió un color plateado muy similar al de la botella, pero ese no resplandecía.
Pasé saliva, estaba lo que le seguía a nerviosa. Si eso no funcionaba, más de la mitad de mi plan se me venía abajo.
Saqué la daga de la fragua, y le sumergí en lo que denominé Estigio Plateado, no era el nombre más original del planeta, pero el caso era poder identificarlo.
Como todo lo que me salía mal tendía a explotar o prenderse en llamas, por instinto, me cubrí la cara, no sucedió nada catastrófico, bajé los brazos. Observé el agua con atención y esperé prudentemente.
Perdonen mi falta de modestia, pero cuando saqué la daga del agua y vi que había funcionado, me sentí una de las mejores semidiosas de la historia.
El plan seguía en pie.
