Como habrán notado, esta historia ya está cerca de su final.
CAMPAMENTO MESTIZO
CAPÍTULO 19
Repartí mi día a día en tres actividades fundamentales: Estar en mi taller, entrenar y pasar tiempo con Shizuru.
Una vez que le encontré el modo al Hierro Estigio, trabajarlo se convirtió en una de mis mayores prioridades. Tenerlo en mis manos me hacía sentir un poder… indescriptible, era un metal mucho más especial que el bronce celestial. Elaborar objetos a partir de él era un reto incluso para las manos más hábiles; mis hermanos ni siquiera conocían su existencia, ya ni se hablase de que lo manejaran, por eso tuve que hacerme responsable de trabajarlo yo sola. No me mal entiendan, no me sentía superior, simplemente, tenía más motivación que cualquier otro hijo de Hefesto a lo largo de toda la historia.
A momentos sentía las manos en carne viva, también que mis dedos no podrían seguir moviéndose, bastaba con recordar lo que pasaría si no terminaba, con eso podía continuar trabajando hora tras hora. Durante ese tiempo, también vigilaba el progreso de mis hermanos, quienes al igual que yo trabajaban a marchas forzadas, les hacía observaciones y una que otra corrección antes de volver a encerrarme en el taller.
Ahora, en lo referente al entrenamiento. Nina me hizo morder el polvo vez tras vez, hasta que mi desesperación se convirtió en la determinación que alimentaba a mis ambiciones, entonces, mi espada pudo hacer más que solo bloquear a la suya. Experimenté nuevos niveles de dolor con ella, no, me corrijo, experimentamos, porque Shizuru se había unido a las practicas, bajo el argumento de que no dejaría recaer toda la carga sobre mis hombros.
Regamos el campo de entrenamiento con nuestro sudor, y con una cantidad considerable de sangre también. Era increíble la medida en la cual Nina podía impulsarnos para potenciar nuestras habilidades de pelea.
Además del combate, le pedí ayuda con otra cosa, le pedí que me transportara por las sombras dentro de los límites del campamento, que lo hiciera, aunque eso me causará serios mareos, vómitos y dolores de cabeza monstruosos, la idea no le gustaba, por eso de que era nocivo para mí, pero confió en mi juicio y lo hizo.
Shizuru entrenó duramente su don, golpeando incesante contra su propio límite para expandirlo. Le vi sufrir, le vi llorar por culpa del dolor que eso le provocaba, muchas veces tuve que atraparle antes de que cayera al suelo ya desmayada. Pero no le frené, ella me pidió que no lo hiciera, y así como ella confiaba en mis decisiones que parecían suicidas aunque no lo eran, confié en las suyas.
Recibimos un último mensaje Iris, de parte de Afrodita, ahí Shizuru le pidió algo a su madre, algo que yo le dije que íbamos a necesitar, no creía que nos lo concedieran, era como tirar los dados esperando un número que ni siquiera existía. Sin embargo, contra todo pronóstico, la petición fue concedida.
Después de eso ya no supimos nada de los Dioses, al menos no por sus bocas. Porque el cielo relampagueaba y el mar bramaba enfurecido, como si pelearan entre sí, suceso que no estaba muy lejos de ser cierto. Si alguien merecía una ofrenda en ese sitio, definitivamente era Poseidón, por ponerse de parte de los semidioses y mantener entretenido a su hermano.
De ese modo, pasaron 3 meses. Una de las ventajas de ir contra el reloj de los Dioses, era que para ellos, seres inmortales, lo que era un valioso tiempo para nosotros, para ellos era solo un pestañeo que no tomaban en cuenta.
Sentía que el calor de las fraguas estaba a nada de fundir mis propios huesos, el cansancio pesaba en mis parpados y tenía un hambre tal que incluso podría haberme comido a uno de los monstruos que querían comerme a mí, pero… estaba cerca, muy cerca de terminar aquello en lo que depositaba toda mi esperanza.
Llevaba un buen rato sin que la vida me soltase una sorpresa, y la soltó en ese momento, como un puñetazo directo a la cara.
Se abrió un circulo negro a mis espaldas, para esas fechas, ya era capaz de sentir la energía que esas cosas desprendían, por eso no volteé. -Hey Nina-. Saludé, no hubo respuesta. -¿Nina?-. Miré sobre mi hombro. -¡Demonios!-. No solo fue el hecho de que su cuerpo tardará en salir del círculo, fue el estado en el que lo hizo.
Cayó al suelo, había demasiada sangre. -¡Nina! ¡No cierres los ojos! ¡Nina, joder!-. Enfocó su mirada en mí, vi sus intenciones de hablar. -¡Cállate! ¡No gastes energía!-. Le cargué, su sangre empapó mi ropa.
Salí corriendo hacía la enfermería del campamento.
Fue Mai quien me recibió.
Tenía el brazo derecho roto, pero eso era lo de menos, y eso que era una fractura realmente fea. El principal problema era que a ese ritmo iba a desangrarse. Desgarré su ropa, ella luchaba por mantenerse consciente.
-¡Dioses! ¿¡Qué le ha pasado!?-. Mai estaba tan impactada como yo.
La hemorragia se debía a tres grandes y horribles cortes, que hacían parecer su carne una masa sanguinolenta en lugar de un cuerpo como tal, uno de ellos, el que vimos primero, estaba en su abdomen, era un milagro que aun tuviese sus órganos dentro.
-¿¡Qué ha pasado!?-. Shizuru entró corriendo a la enfermería.
-¡Ayúdanos con Nina!-. No podía contrarrestar la hemorragia y atenderle al mismo tiempo, ni siquiera con las manos de Mai en acción.
Los otros dos cortes los tenía en la espalda, formaban una X, una grotesca X que desprendía un aura de salvajismo y brutalidad. Me costaba imaginar que le había hecho eso, ¿Qué era capaz de herirle a ese grado?
Fuese lo que fuese, Nina había acudido a mí y no iba a permitir que muriera, no, le debía mucho a esa mujer. Su sangre en mis manos era algo con lo que me habría costado demasiado vivir.
Entre las tres, hacíamos lo que podíamos, le dimos ambrosía, temíamos que la cantidad fuese demasiada, y preferimos arriesgarnos con pequeñas porciones que no eliminaban el problema, pero que sí cerraban sus heridas lo suficiente para no desangrarse. Desgraciadamente, la sangre que ya había perdido era mucha.
Sabía lo que era estar en su lugar, entre la vida y la muerte, mi estado había sido igual de desesperanzador cuando los hombres lobos me destrozaron.
-Usen mi sangre-. Iba muy en serio con eso de que no la dejaría morirse.
-No sabemos si son compatibles, Nat-. Mai lucía muy preocupada, perdía la esperanza, ella ya casi veía un cadáver en esa camilla. -Tu sangre es...-. Le interrumpí.
-Lo somos-. Contesté. -Ella misma me dijo su tipo de sangre y es el mismo que el mío-.
-Natsuki, ocupa mucha sangre-. Ahora estaba preocupada pero por mí.
Lo sabía, joder, ¡Lo sabía! ¿Y qué? -Saca la necesaria-. No era solo que me sintiera en deuda con ella, para mí, Nina ya era mi amiga, y yo no le daba la espalda a mis amigos.
Mai negó con la cabeza. -No puedo dejar que tú te pongas en peligro-. Su tono maternal me golpeó con guante blanco, la entendía, se oponía porque me quería, sin embargo…
-Toma de la mía también-. Shizuru intervino, con una seguridad que mató a la oposición de Mai. -Si tomas de las dos, Natsuki no estará en riesgo-.
Déjenme decirles porque era tan complicado ese tema. Si hubiera sido cualquier otro de los campistas una donación sanguínea no habría sido nada del otro mundo, no obstante, nuestro tipo de sangre, el de Shizuru y el mío, era uno de los más inusuales, tiempo atrás, había más semidioses que lo compartían con nosotras, pero teníamos años sin encontrarnos con uno. Eran una gran coincidencia que Nina fuese del mismo tipo, una coincidencia que fue su salvación.
Mai se encargó de la transfusión.
-Gracias Shizuru-. Era consciente de que lo había hecho por mí. -Te juro que no era mi intención ponerte entre la espada y la pared-. En ningún momento pensé en orillarle a dar su sangre.
-Lo sé-. En menos medida que yo, pero su ropa también estaba manchada con la sangre de Nina. -Solo… sigues queriendo salvar a todos-.
-Lo siento-. Murmuré. Mi terquedad por querer ayudar a veces era contraproducente. -Yo…
-Está bien, no te disculpes-. Sus labios formaron una pequeña sonrisa. -Es parte de tu encanto-.
Cuando Nina estuvo estable, Shizuru y yo salimos del lugar, Mai iba a quedarse esperando que despertara.
Fuimos a darnos una ducha rápida, luego nos retiramos a nuestra cabaña.
Ver a Nina así de herida causó que pensara todavía más en algo que daba vuelta en mi cabeza. -Shizuru-. Me había quedado de pie en la puerta. -Si en la pelea final… yo estuviera por caer, y te pidiera que huyeras, ¿lo harías?-.
La profundidad de su mirada al verme me dejó callada. Con tranquilidad pero firmeza, caminó hacía mí y tomó mi mano. -Esas son el tipo de cosas que no podría cumplir, aunque tú seas quien me las pidiera-. Extendió mi palma, tenía montones de cicatrices ahí y en el resto de mi mano, les delineó con caricias. -La mayoría de estas han sido por cuidarme-. En comparación de las mías, sus manos eran muy tersas, pero también tenía cicatrices. -En batalla, lo que te pase a ti, me pasará a mí también-. Dejó de acariciar mi mano, me rodeó con sus brazos. -Estamos juntas en esto Natsuki, hasta el final-.
Bajó conmigo al taller.
Cuando le di los toques finales a mi obra y le metí por última vez a la fragua, Shizuru hizo una pregunta muy importante.
-¿Qué hace tan especial al Hierro Estigio?-. No lo había hablado con nadie.
-Nuestro bronce celestial convierte monstruos en polvo dorado, los elimina temporalmente, regresándolos al Tártaros. El Hierro Estigio absorbe la esencia de los monstruos e impide que se regeneren, los borra del mapa por completo-.
-Es una gran ventaja-.
-Sí, pero no la que más me interesa-. Fruncí el ceño, por reflejo. -El bronce celestial no daña aquello que no pertenece a nuestro mundo-.
-Los humanos son intocables-.
-No con el Hierro Estigio, este es capaz de exterminar tanto mortales como inmortales, humanos, semidioses, monstruos… ni siquiera lo Dioses son inmunes-.
-Natsuki…
-Pero además, hay otra razón, con él, puedo acceder a ciertas propiedades que de otro modo serían imposibles-.
-El que describes es demasiado poder-. Me sentí mal por escuchar la preocupación en su voz. -¿Tu cuerpo podrá soportarlo?-.
-Es el poder que necesitamos-. No quería mentirle, no estaba 100% segura de las consecuencias que quizá pudiese ocasionarme usar el Hierro Estigio. -Y mi cuerpo resistirá lo que tenga que resistir-.
-Tienes prohibido morir Natsuki-. Ese día, contemplé como mi novia se debatía en si romper o no su juramente, ese de nunca usar su dónde conmigo, para ordenarme que no actuara como una kamikaze. -Por favor-.
Ni yo supe como pude sonreír. -No planeó morirme, tú lo dijiste, estamos juntas en esto, no voy a dejarte-. Ella jamás me habría perdonado si la dejaba sola, aunque fuese para protegerla, aunque lo hiciera por amor.
-Promételo-.
-Lo prometo-.
Rogué a lo que sea que me estuviera escuchando poder cumplir mi promesa.
Mikoto entro corriendo al taller. -¡Ya despertó Nina!-. Fuimos con ella.
En aquella camilla, echada boca abajo por el dolor en su espalda, Nina todavía desprendía un aura intimidante, volví a preguntarme que fue capaz de casi matarla. -Kuga-. Sus ojos dejaban claro que estaba exhausta, arrastraba la voz.
-¿Qué te atacó?-. Tenía que saberlo, prepararme por si esa cosa venía a intentar terminar el trabajo. Pensé en los rugidos que me describió Mai meses atrás.
-No fue un monstruo-. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, cada uno de mis huesos. -Mi padre ya lo sabe-.
"A ustedes mi padre los quiere muertos, pero si se entera de que estoy aquí, a mí me matará el mismo."
Apreté mis puños, tensé la mandíbula.
La mano de Shizuru en mi hombro y la perspicaz mirada de Mikoto me recordaron que debía mantener la cabeza fría.
-Sabe de mi traición-. Siempre tendría la duda de como es que ella pudo vivir en el Inframundo, la duda de porque de todos los Dioses, Hades fue el único que sí crío a su hija. Y por lo que supe tiempo después… él en verdad se sintió traicionado por Nina. -Pero no sabe del Hierro Estigio-.
-¿Cómo sobreviviste el tiempo suficiente?-. Aguantarle un round a un Dios ya era casi imposible, huir de él también era bastante complicado.
Su mirada se tornó aun más sombría. -Esa es la peor parte-. Le dimos otra porción de ambrosia. -Creo que tuvo misericordia conmigo-.
No podía entender la relación entre Hades y su hija, simplemente no podía.
Ni ellos mismos la entendían.
-Viene para acá-. Eso lo veía venir. -No tardará en llegar, buscando llevarte con él Kuga, y matando a todos los demás en el proceso-.
Estaba realmente furiosa.
-Que venga-. Suprimí las ganas de gritar. -Esta vez no perderemos nosotros-.
-¡Preparen todas las defensas!-. Grité a todo pulmón. -¡Alístense para la batalla!-. Había campistas corriendo de un lugar a otro. -¡Hoy se define nuestro futuro!-.
-Nunca creí que una hija de Hefesto me dirigiera en la pelea más importante de mi vida-. Nao también bramaba instrucciones a los campistas, nos habíamos cruzado y aprovechó la casualidad.
-¡Eleven los muros!-. Giré hacia ella. -Y yo no creí luchar junto con mi mayor dolor de cabeza-. Intercambiamos sonrisas antes de que se fuera corriendo para preparar otros puestos. -¡Quiero la muralla a su máxima capacidad!-.
A una velocidad impresionante, Alyssa activó todos los mecanismos, me complació escuchar el sonido de los engranajes. Ante mí, la muralla que antes medía 7 metros aumentó su altura hasta 12, y su grosor al doble.
Los gemelos llegaron hasta mí. -¿Y bien?-.
Sergey tomó la palabra. -De la línea 1 a la 7 están listas-. Luego habló Tate. -De la 8 a las 14 están a punto de activarse-.
-Preparen también de la 15 a la 21-. Marcharon a cumplir mi orden.
Vi a Midori. -¿Los más pequeños están resguardados?-. No repetiría la masacre de 6 años atrás, no dejaría que devoraran primero a los que todavía ni sabían usar bien su espada.
-Sí-. La determinación de Midori era enorme. -No llegaran a ellos-. Aun recordaba como sufrió ella cuando aniquilaron la cabaña más numerosa, la suya, sin que ni ella ni nadie pudieran hacer nada.
-Sé que será así-.
-Están cerca, ya puedo sentir la muerte de la guerra-. Esa fue Mikoto.
Durante todo ese tiempo, solo Shizuru y yo habíamos usado armaduras de cuerpo completo, los demás luchaban a lo mucho con escudos. Ese día vi a Mikoto con la coraza y el casco de un guerrero griego, sonreí, los había hecho especialmente para ella.
Por supuesto, le había ofrecido algo que cubriese todo su cuerpo, pero ya sabía que lo rechazaría, la ardiente sangre de Ares en sus venas hacía que no necesitara de eso.
-Sí-. De una forma más tenue que ella, pero también lo sentía. -Ese día sobrevivimos, hoy viviremos-.
-¡Mikoto!-. Le llamó Mai, para ella había hecho todo tipo de flechas, eso junto con el hecho de que su carcaj nunca se quedaría vacío, me tranquilizaba un poco.
No quería perder a nadie más.
-Ve con ella-. Dije. -Aprovechen su compañía los últimos momentos antes del caos-.
Golpeó mi hombro. -Lo mismo-. Señaló con la mirada a quien iba bajando la muralla.
Shizuru había verificado que todas las defensas de los muros estuviesen en optimas condiciones, así como el estado de la barrera invisible. Caminó hasta llegar a mí, con una sonrisa coqueta, como si no estuviésemos en esa situación de mierda. -Contigo al mando me siento segura-.
-Es bueno saberlo-. Miré sus manos. -Funcionan bien, ¿cierto?-. Aun pensaba de vez en vez en el fallo que tuvo mi muñequera.
-Tan bien como siempre-. Le tenía muy cerca. -"Mientras los tengas, sabrás que siempre cuidaré de ti"-.
Le dije eso cuando se los di. -Lo recuerdas-. Joder, fui victima de uno de mis odiosos sonrojos, porque yo recordaba muy bien que ella dijo que lo tomaría como un compromiso, pero como lo mencionó cuando éramos unas mocosas…
-Perfectamente, amor-. Acarició mi rostro. -Así como recuerdo que tomaría estos anillos como un compromiso-. Me besó, sus labios, toda ella, me transmitió el amor que me tenía. -Por eso-.
Juro por todo lo bueno del mundo, que no vi venir lo que hizo después.
-Cuando terminemos esta guerra-. Toda mi sangre fue subiendo a mi cabeza, para provocarme el mayor sonrojo de mi vida, cuando Shizuru hincó una rodilla en el suelo. -¿Serías mi esposa, Kuga Natsuki?-. Me mostró un anilló que era sencillo pero hermoso.
Ni siquiera la guerra que me respiraba en la nuca me provocó tantos sentimientos como esa propuesta. Verle ahí, viéndome con la sonrisa más hermosa del universo, mientras me preguntaba si quería ser su esposa, era… ¡Lo más increíble que podría pasarme!
¡Al carajo eso de ser una semidiosa!
¡Que Shizuru en verdad quisiera unir su vida a la mía, era lo más asombroso y genial de mi existencia!
Digo, ya era más que obvio que le amaba y me amaba, de eso no había ninguna duda, pero dioses, había algo especial en eso de que podría llamarle esposa.
Me agaché también solo para abrazarle y cargarla. -¡Claro que sí!-. Rei de felicidad, sosteniéndola por la cintura mientras ella se abrazaba a mi cuello. -¡Quiero casarme contigo, Shizuru!-. Le bajé.
Ella también rio. Me puso el anillo. -Ya lo sabía, pero quería confirmarlo-. Nos besamos con una felicidad que opacaba al caos de la guerra en puertas. -Eres mía Natsuki-. Amaba ese tono posesivo. -Te amo-.
-¡Te amo, Shizuru!-. Volví a cargarle y le di vueltas.
-Creo que mi prometida está emocionada-. ¿Ya dije que amaba su sonrisa? ¡En verdad que la amaba!
-¡Prometida, que hermosa palabra!-.
Un aviso interrumpió nuestra felicidad.
-¡ESTÁN DERRUMANDO LOS ÁRBOLES!-. El grito de Alyssa, en la cima de la muralla, alertó a todos.
-¡ESTÁN AQUÍ! ¡A SUS PUESTOS!-. Grité.
Los bestiales rugidos nos lo confirmaron, se escuchaban lejanos, sin embargo, no cabía duda de que eran cientos.
Los gemelos me trajeron la motocicleta que habíamos adaptado. Subí a ella. -Shizuru-. Subió conmigo, sosteniéndose a mí con una sola mano.
Activó su armadura y desplegó su lanza. -Estoy lista, Natsuki-. Miré mis muñequeras, no eran las mismas, esas eran negras, más oscuras que la noche misma.
-¡Ahora!-. Alyssa abrió una pequeña puerta.
Sí, íbamos a salir, directo a la boca del lobo.
¡Temerarias hasta el final!
