CAMPAMENTO MESTIZO
CAPÍTULO 21
FINAL
Apenas pusimos un pie en el campamento, fue más que obvio que ya no estaba bajo ataque, no quedaba ni un solo monstruo, con la caída de Hades, todos habían desaparecido.
Desactivamos nuestras armaduras.
Y escuchamos los gritos de victoria de todos los semidioses. Nos recibieron entre vítores que cada vez resonaban con más fuerza, nuestros amigos corrieron hacia nosotras y nos alzaron por sobre todos.
-¡Lo hicieron! ¡Lo hicieron!-. También gritaron mi nombre. Odiaba que los monstruos lo usaran como un insulto, pero viniendo de mis compañeros, exclamado con tanta alegría y respeto, me hacía sentir, si es que era posible, todavía más satisfecha con lo que hice.
Alcé la mano en forma de puño. -¡HOY HA TERMINADO LA ERA DE LA CACERÍA DE SEMIDIOSES!-. Mi grito aumentó su emoción.
Después de casi 7 años en una constante pesadilla, todo había terminado, comencé a reír, hace tanto que no reía con esos ánimos, con tantas ganas de vivir.
Mi felicidad solo pudo crecer al ver que Shizuru también reía. Estábamos hechas mierda, pero su expresión se veía tan tranquila que también me tranquilizaba. -¡Nuestro futuro es solo nuestro, Shizuru!-. Nuestros amigos nos bajaron para que pudiera abrazarla.
-¡Como debió serlo siempre!-. Aunque gritábamos, sentía una paz interior inigualable. No dejó de sonreír en ningún momento, se acercó a mi oído. -No olvides que tenemos una boda pendiente, mi prometida-. ¡Como iba a olvidarlo! Mis músculos ya casi no daban para más, de un instante a otro iba a derrumbarme, pero le cargué.
-¡Como olvidarlo, si tengo la mejor prometida del mundo!-. Seguía con la cara bañada en sangre, no le importó, me besó haciéndome olvidar que estábamos casi moribundas, y saben, era maravilloso que pese a que nuestro beso sabía a sangre, ya no había ni una pizca de culpa en nuestros labios.
Tenía entre mis brazos el motivo que me hizo pelear y pelear sin descanso contra el destino, esa era recompensa más que suficiente.
Aunque también necesitaba con urgencia un descanso.
-Ara, creo que necesito dormir-.
Bueno, las dos lo necesitábamos.
Nos fuimos a nuestra cabaña, y así, como estábamos nos tiramos en la cama, me acurruqué en el pecho de Shizuru, ella me abrazó, y nos quedamos dormidas, disfrutando el poder hacerlo sin tener que mantener un ojo abierto en todo momento. Ambas dormimos tres días completos.
Desperté primero, recibí la agradable noticia de que durante ese tiempo, nada había atacado el campamento, nada apareció en los radares, no hubo ni un solo rugido proveniente del bosque. Sabía que tarde o temprano regresarían, vaya, desde el inicio, antes de esa horrible etapa, antes de que naciera, los semidioses éramos la comida favorita de los monstruos, pero al menos estábamos teniendo un bien merecido respiro. Además, tenía la certeza, de que cuando volvieran a rondar ahí afuera, serían los monstruos de antes, no los que parecían estarse alimentando de la vitalidad del propio Hades para ser ridículamente fuertes. Creía con firmeza que el mundo recuperaría su equilibrio.
Unos minutos después despertó Shizuru, le sonreí. -Creo que ahora sí sería buena una ducha-. De seguro la sangre seca me daba un aspecto de porquería.
Mientras nos duchábamos, recordé algo tan crucial que era ridículo que no lo hubiese pensado antes, tenía una sola muñequera, porque Hades me había desarmado y arrojado mi espada al bosque. Eso me preocupó demasiado, no porque temiera entrar en otra lucha ahí en plena ducha, sino porque, maldita sea, ese era un objeto que en las manos equivocadas podría hacer un daño incalculable.
Sudé en frío, fui una idiota al tardar tanto en recordarlo, es más, casi sentí el impulso de salir corriendo desnuda para buscarle, Shizuru como que me leyó la mente.
-Tranquila, iremos juntas a buscarle-. Acarició mi solitaria muñeca. -Recuerda que siempre eres cuidadosa con tus posesiones, y solo tú puedes activarlas-.
-Eso no es cierto-. Le vi palidecer, ella también era consciente del desastre que esa espada podría causar. -¡No me expliqué bien, lo siento!-. Puse mis manos en sus hombros, estaban tan tensos que me sentí aun peor por el malentendido. -¡Me refería a que también tú puedes activarlas!-. Recuperó el color.
-Natsuki…-.
-Lo siento-. Sonreí nerviosa -¿Te he dicho que te amo?-. Le había metido un susto enorme sin querer.
-Sí, pero me gusta escucharlo-. Nunca me cansaba de que me besara. -Anda, hay que ir por lo que es tuyo-.
Ya descansadas, aseadas y vestidas, salimos de la cabaña con la intención de no regresar hasta tener esa muñequera de vuelta en mi muñeca. En la entrada, vi a Nina.
Fuera del aspecto sombrío y las ojeras que siempre le habían caracterizado, daba la imagen de haberse recuperado, aunque iban a quedarle unas buenas cicatrices recuerdito de su padre, pero eso no le importaba.
No saludó. -Tengo algo que es tuyo-. De su bolsillo sacó la fuente de mis preocupaciones. -Le encontré en el bosque, después de evitar que Cerbero me masticara-. Y me la arrojó.
Cuando atrapé mi muñequera, me la puse sin demoras, con ella de regreso, mi alma podía estar en paz. Es que, les juro que ya me imaginaba de nuevo en boca de los Olímpicos, pidiendo mi cabeza por dejar esa cosa al alcance de un loco que odiase al Olimpo.
-Gracias-. Lo sentí, sentí que Nina tenía la intención de marcharse. -No tienes que irte-. Si antes no tenía muchas opciones de hospedaje, no me imaginaba a donde iría luego de que causáramos la caída del Inframundo.
Ya estaba acostumbrada a sus largas miradas. -La guerra terminó, no hay motivos para quedarme-. Shizuru le dio un apretón a mi mano. -Y dudo mucho que tus amigos quieran un constante recordatorio de Hades en el campamento-.
Miré a mi prometida, entendí que pensaba lo mismo que yo. Puse una mano en el hombro de Nina. -Tú también eres mi amiga-. Tengo la idea de que para ella no tenía sentido que yo, la más afectada por su padre, le considerara mi amiga. Vi vacilar su expresión, entre el agrado y la confusión. -Y mis amigos siempre tendrán un hogar en el Campamento Mestizo-.
Nina decidió quedarse.
Unos días después, recibí un mensaje Iris de Hefesto, con dos propósitos, el primero fue…
-Corren algunos rumores, de que dos de los tres grandes rompieron su juramento, y han tenido descendencia-. Vaya, entonces no solo Hades encontró atractiva a una humana.
-¿Y a mí en que me incumben esos rumores?-. Pregunté con fingido desinterés. Que no me jodieran, acabábamos de salir de un lío de magnitudes épicas, y no planeaba meterme en otro sí podía evitarlo.
-Llevas las riendas del campamento-.
-¿Y qué?-. A Hefesto le causaba gracia mi completa falta de respeto por los Dioses. -Eso no quiere decir que conozca a todos los semidioses, menos aún a su progenitor divino-. Tenía un montón de mocosos que nunca habían sido reconocidos. -Ahí afuera debe haber otros-. En verdad pensaba eso, quien sabe, a lo mejor hasta había otro campamento. -Quizá en algún lugar están esos que dicen los rumores, en caso de que sean ciertos-. Metí las manos a los bolsillos de mi chaqueta.
-Hija…-. Sentía raro que me dijera así, fruncí el ceño, eso le divirtió y se rio. -Usaste Hierro Estigio, los demás Olímpicos quizá no saben como se consigue ni de donde proviene, pero yo sí, y sé que alguien tuvo que ayudarte a obtenerlo-.
-Creo que la edad ya te está afectando, viejo-. Escuché otra carcajada.
-Quizá tengas razón y los míos sean solo desvariaos de un herrero ya pasado de siglos-. Por la mirada que me dedicó, lo supe. -Daré por hecho que son solo rumores-. Él sabía que Nina estaba conmigo, pero no diría nada, a nadie.
El segundo propósito del mensaje fue decirme que él y Afrodita irían a hacernos una visita.
El día que Shizuru y yo estuvimos frente a ellos fue muy extraño, a los cuatro nos rodeaba un aire de familiaridad que no tenía sentido alguno, si nunca habíamos pasado tiempo de caridad juntos, además, era demasiado irónico que así como yo contrastaba mucho con Shizuru, nuestros respectivos padres divinos tuviesen una diferencia tan marcada.
Nos miramos mutuamente.
Venga, no íbamos a olvidar la tragedia, sin embargo, tampoco pasaríamos por alto que al final, sí nos ayudaron, claro que habría sido mucho mejor si lo hacían antes, pero mejor tarde que nunca, o eso decían.
Shizuru dejó de ver con rencor a su madre, este hecho, bueno, he de decir que Afrodita expiró un aire más tranquilo después de eso. Quien diría que esos entes tan absurdamente soberbios, si tenían unos cuantos sentimientos.
Me crucé de brazos. -¿Y bien, que los trae por aquí?-. Admito que la mirada de Afrodita me ponía un poquito nerviosa, si no le decía nada grosero, era por ser mi futura suegra.
Hefesto se quedó callado, viéndome con diversión, genial, si el viejo había notado mi nerviosismo, seguramente esa Diosa también, quería que me tragara la tierra. -Sabemos que planean casarse y…
Interrumpí. -¿Quién les fue con el chisme?-. Inevitablemente entré en modo paranoico.
La paranoia también le llegó a mi prometida, por la costumbre de desconfiar de todo, y me abrazó protectoramente.
El gesto le pareció tierno a Afrodita, nos sonrió. -Soy la Diosa del amor-. No sé como eso pudo calmarnos. -Y la madre de Shizuru, así que lo sé y punto-.
-Ara, ¿y por qué nuestro compromiso los trajo aquí?-. Punto para Shizuru, por preguntar lo que me carcomía la cabeza.
-Es nuestro regalo para ustedes-. Dijo Hefesto.
-Su boda corre por nuestra cuenta-. Tardé unos segundos en procesar las palabras de Afrodita.
¡Una boda organizada por Dioses!
Al cabo de un par de días, Shizuru se fue con Afrodita para ir arreglando los detalles de la boda, yo… miren, podían pedirme que planificara y manejara una resistencia clandestina de semidioses, pero que no me pidieran pasar tres horas viendo el color de unos manteles o las flores para la decoración, porque no era lo mío, mi prometida lo sabía, y por eso mejor dejó que me quedara en el campamento.
Quería creer que a esas dos tal vez les viniese bien algo de tiempo de caridad juntas, solo esperaba que no terminaran discutiendo, no me apetecía saber como se desarrollaría una pelea entre dos mujeres acostumbradas a tener la razón siempre.
Honestamente, lo que hice con ese tiempo libre fue dormir a pierna tendida, en serio que era maravilloso poder echarme una siesta en cualquier momento. Desperté cuando alguien llamó a la puerta, me estiré antes de ir a ver quien era, como pensaba que sería una de mis amigas, solo me eché mi chaqueta sobre los hombros.
-¿Qué?-. Dije confundida. Ahí en mi puerta estaban Mikoto, Mai y Nao, pero también todos los mocosos del campamento, por reflejo, iba a cerrarme la chaqueta, no quería asustar a los pequeños.
Los gemelos que salvé en el rio hablaron. -¡No!-. Les miré desconcertada.
-No tienen que verlas-. Quiero que quede bien claro que yo no sentía vergüenza alguna por mis cicatrices eh.
-¡Tú no tienes que ocultarlas, no por nosotros!-. Cada uno tomó una de mis manos. -No nos dan miedo-. Entendí que querían que diera unos pasos, bajé los escalones.
Ese "No nos dan miedo" hizo que mirara a Mikoto, tenía la acertada sospecha de que ella les había dicho a los mocosos la razón de que no expusiera mucho de mi cuerpo. Me sonrió en gesto de disculpa, no me enojé, si les dijo, un buen motivo habría tenido.
-¿Ah, no?-. Les seguí la corriente a los gemelos.
-¡No!-. Vi a mis amigas suprimir las ganas de reír. Esos chicos eran muy energéticos. -¡Porque eres nuestro héroe!-.
Entonces todos los mocosos corrieron a abrazarme. -¡Gracias por cuidarnos!-. Sonreí, era imposible que existiera una gratitud más genuina que la suya.
Luego del abrazo fueron dándome unos dibujos que ellos habían hecho, les recibí manteniendo una pequeña sonrisa, eran niños pequeños así que la mayoría no eran precisamente obras maestras, sin embargo, había 3 en verdad muy bien hechos, en todos me retrataban a mí, en la mayor parte con mi armadura de bronce, en otros como solían verme en el campamento, y en uno, uno de esos tres que tenían futuro como artistas, aparecía con mi armadura alada.
Ese día me habían visto cubierta de sangre, y lo habían pintado así, pero podía ver en ese dibujo la ilusión con que lo habían hecho, mi yo del papel tenía una mirada feroz y un aire de que podría contra el mundo entero. Ese niño, los demás, creían que era capaz de hacer incluso lo imposible.
Lo contemplé, casi sentí mi ojo humedecerse, rayos, sí que me habían conmovido.
-Natsuki-. Mikoto echó su brazo sobre mis hombros. -Eres su esperanza-. Ella también sonreía. -Inspiraste a la nueva generación de semidioses-.
-Bueno, la nuestra y la nueva generación existen gracias a ella-. Nao me dio un puñetazo amistoso.
Mai me miró con orgullo. -Natsuki, los niños quieren escuchar la historia de su héroe-. Seguía sin creerme un héroe, solo era una semidiosa que quería mantener vivos a los suyos. -Tu historia-.
En el mundo de los humanos comunes y corrientes, había sido un perfecto ejemplo de mala conducta, todo lo que los adultos detestaban en un niño.
En nuestro mundo, era lo que los niños querían llegar a ser algún día.
-Vengan mocosos-. Me senté en las escaleras. -Les contaré como inició esto. Fue exactamente el día de mi decimocuarto cumpleaños…
El tiempo se paso volando, y llegó el día de mi boda. He escuchado que algunos, en esa fecha tan especial, son devorados por los nervios, no era mi caso. Sentía una paz interior absoluta, sentía que era algo destinado a suceder, para mí, no había otra manera de continuar con mi vida, más que enlazándola por completo con la de Shizuru.
Mi prometida tenía 22 años, yo 21, y aunque para algunos quizá éramos demasiado jóvenes para contraer matrimonio, nosotras estábamos convencidas de que no había tiempo que perder.
Quería con todo mi ser poder llamarla mi esposa.
Estaba terminando de arreglarme frente al espejo, cuando la puerta de la habitación se abrió.
-Natsuki-. Vi a la recién llegada a través del espejo, alcé una ceja, confundida.
-Afrodita-. Me di la vuelta. Por un segundo temí que hubiese cambiado de opinión, y que creyese que no era digna de casarme con su favorita. -¿Pasa algo?-. Oculté mi temor lo mejor que pude.
Aunque igual lo notó, sonrió de modo maternal. -Tranquila-. Seguía siendo extraño, que Afrodita sentía por mí un aprecio y afecto que no sentía ni por los hermanos de Shizuru.
No es por presumir, sin embargo, era una locura el hecho de que yo había vencido a Hades, plantado cara a Zeus, era la hija favorita de Hefesto y poseía el afecto de Afrodita, mi nombre pasaba de boca en boca allá en el Olimpo, cuando había semidioses que ni siquiera habían sido reconocidos. A veces hasta a mí misma me costaba creerme mi vida.
-Vengo a darte mi regalo-. Eso me sorprendió más que su presencia.
-¿Qué la boda no era ya el regalo?-. Volvemos, me daba igual ser impertinente con una Diosa, pero no con mi suegra. -¡No es como que este despreciando lo que sea que vayas a darme!-. Me apresuré a aclarar.
Me relajé cuando ella rio. -Mi hija se enamoró de una chica en verdad adorable-. Demonios, la madre también tenía el poder para sonrojarme. -Mi regalo es algo que siempre debió ser tuyo, pero que te arrebataron y hoy quiero que tengas de vuelta-. No entendí de que hablaba.
La boda iba a tener lugar en una plataforma aérea, a 2000 metros sobre el mar, los invitados accederían a ella mediante las escaleras flotantes que se colocaron en un precipicio. El suelo, que parecía de cristal, permitía que vieras el océano a tus pies, y las nubes rodeaban el lugar, además, de la orilla de la plataforma salía agua, creando una cascada espectacular, que daba un efecto insuperable.
Mi viejo decía que no, pero yo estaba segura de que las mesas y las sillas eran de plata. En la decoración, los colores consistían en una gama de azules, y las flores eran tan magnificas, que hasta a mí me gustaban. La música era interpretada por ninfas y era tan bella, que creo que incluso un sordo habría podido disfrutarla.
Pero para mí, lo más hermoso y perfecto de aquel día, era Shizuru, verle en su vestido de novia era equivalente a estar en el paraíso.
Ella estaba en el altar, esperándome.
Descendí, había llegado hasta ahí volando con mi armadura, tuve mucho cuidado al aterrizar, estaba un poquito desorientada, pero me sentí de maravilla al estar frente a mi casi esposa.
Sentía el corazón latiendo a un ritmo frenético.
Shizuru ya sabía que planeaba llegar de esa manera, lo que le desconcertó, fue que no desactivaba mi armadura. -¿Natsuki?-.
Estaba nerviosa, aunque no era por estar a punto de casarme.
Le dije adiós al yelmo.
Le siguió el resto de la armadura.
-Te amo, Shizuru-.
Sus ojos se humedecieron, por ver a los míos, sí, los míos.
Se arrojó a mis brazos. -¿Cómo… cómo es posible?-. Paso sus dedos por mi rostro, donde durante 7 años, estuvo mi cicatriz.
Sonreí por y para ella. -Regalo de Afrodita-. Volver a verle con mis dos ojos era… no tengo las palabras adecuadas para describirlo, magnifico apenas y expresaba una pizca.
Shizuru lloraba de alegría, limpié sus lágrimas. -No llores, es nuestro día amor-. El amor con el cual me miraba lo era todo para mí.
La mejor parte del regalo de Afrodita, no fue el desaparecer las cicatrices que me dejaron los hombres lobo, tampoco el tener mi ojo de regreso, no, la mejor parte, fue ver desvanecerse la culpa que tanto tiempo atormentó a Shizuru.
Ver la calma llegar a sus carmines ojos, ver que sería libre de esa carga, saber que no sentiría que fue ella quien me destrozó cada vez que me viera a la cara, cada vez que hiciéramos el amor.
-Te amo Natsuki-.
Con una felicidad más grande que el Olimpo, procedimos a llevar a cabo la ceremonia. No fue necesario pronunciar los votos, ya los habíamos hecho, demostrándonos mutuamente que estaríamos juntas, pasara lo que pasara, y que nuestro amor podría resistir cualquier cosa.
Fue Mikoto quien nos entregó los anillos.
Cuando Shizuru tomó mi mano y me lo puso, y viceversa, supe que había sido suya, desde el momento en el que me vio por primera vez cuando llegué al campamento.
El banquete se hizo a lo grande, el vino venía del mismísimo Dioniso, y la comida era un manjar legendario hasta para los Olímpicos. Hefesto y Afrodita sí que se lucieron organizando todo, esa boda, sería recordada durante mucho tiempo.
Llegamos al momento de partir el pastel, nos ofrecieron un cuchillo, intercambié una mirada cómplice con Shizuru. -Tenemos algo mejor-. Desplegué mi espada.
Mi esposa… ¡Que genial era poder llamarla así!
Ahhh… en lo que estaba, mi esposa también tomó la empuñadura, y juntas, partimos nuestro pastel, que por cierto, era más alto que nosotras.
Era un cambio monumental, de pasar de usar esa espada para luchar contra el Rey del Inframundo, la usé para eso, resultaba hasta gracioso. Rei, disfrutando de las ironías de la vida.
Por fin fue hora de nuestro baile.
Puse las manos en su cintura y sus brazos rodearon mi cuerpo, pero no duramos mucho en la pista de baile. Desplegué mi armadura, sin el yelmo, ya que ella no quería dejar de verme, y nos elevé aun más en el cielo.
Contemplamos la plataforma desde unos 10 metros más arriba. El cielo nocturno nos rodeaba, podía sentir como que si estiraba la mano, alcanzaría a tocar las estrellas.
Claro que ni haber tenido la galaxia entera en la palma de mi mano habría sido mejor que tener a mi amada Shizuru entre mis brazos.
Nos besamos.
Acarició mi mejilla. -Siempre has tenido la mirada más bella de todas-. No me cansaba de verle a los ojos.
-Extrañé tanto poder verte así-. Suspiré, sí, sí, como idiota enamorada, lo admito.
-¿Cómo es que se enamoró de mí la mejor mujer del mundo?-. Ahí arriba solo existíamos ella y yo.
-Creo que esa pregunta debería hacértela yo a ti-. Sentía que nada era capaz de borrarme la sonrisa en aquel momento.
-Te amo-. Dijimos a la vez.
Estaba en la entrada del campamento, tenía mi mano entrelazada con la de Shizuru, frente a nosotras estaban nuestros amigos.
-Volveremos pronto-. Tras nosotras había un auto, que yo misma equipé para nuestro uso.
-Váyanse tranquilas, nosotros cuidaremos el campamento mientras no están-. Confiaba en las palabras de Mikoto.
Ahí afuera los monstruos ya habían comenzado a rondar de nuevo, buscando a que hincarle el diente, pero podríamos mantenerlos a raya sin problemas. De todos modos, las viejas costumbres nunca se olvidaban, y era mejor estar precavidos.
-Úsalo si nos necesitan-. Les había dado un pequeño artefacto, al presionarlo, se activaría el que tenía integrado en mi muñequera, dándome su ubicación exacta.
-Claro-. Sonrió. -Pero incluso las leyendas vivientes necesitan unas vacaciones, anda-.
Subí al auto con Shizuru, ya dentro, puse una mano en el volante, mientras que mantenía la otra entrelazada con la de ella. No teníamos un destino fijo, se decidiría sobre la marcha.
-¿A dónde quieres ir primero, Shizuru?-.
-Mientras sea con mi Natsuki, a donde sea-.
Aunque habían sido efectos colaterales de mis esfuerzos por cuidarla a ella, ya había salvado a los semidioses y al Olimpo.
Quizá pronto el mundo iba a volver a lanzarme de cabeza a otro lío igual o más grande que el anterior.
Pero era momento de ser un poquito egoísta, y dedicarme únicamente a la mujer que amaba, era momento de cumplirle a Shizuru su deseo de tenerme solo para ella, así fuesen unos días. Después de todo, antes que una semidiosa, era su esposa.
Como les dije al inicio, soy Natsuki Kuga, y lo crean o no, esta ha sido mi historia.
FIN.
Y bueno, hemos llegado al final de este fic, disfruté mucho escribiéndolo, y fue feliz sabiendo que a ustedes les gustó.
