Ingo era un hermano horrible y el lo sabía. Un buen hermano no debía de tener un ardiente deseo por su pequeño hermano gemelo. Aquel que siempre estaba ahí para el, dispuesto a iluminar sus largas jornadas de trabajo con su entusiasta sonrisa.
Ningún buen hermano tendría que abstenerse de tocar a su hermano por miedo a llevar su toque fratenal a unas caricias llenas de deseo por su cuerpo. Queriendo mancharlo y marcarlo como suyo.
Sus celos también eran demasiado para ser considerados normales. Cuando veía a Emmet siendo más amable de lo habitual con algún pasajero hacía que su pecho ardiera por sus sentimientos posesivos.
Aún así, el seguía siendo su hermano y debía ser fuerte, tenía que resistir esas lascivas tentaciones y encerrar esos deseos en lo más profundo de su corazón, por el bien de Emmet.
Pero esos ardientes deseos terminaron consumiendolo desde el interior.
El conocía a Emmet mejor que nadie más, sabía que nunca se negaría si Ingo llegaba a su departamento compartido con un delicioso pastel acompañado de una taza de té. El se lo bebería todo, contento porque su hermano lo consintiera de tal manera.
—Realmente te luciste esta vez ¿Acaso buscas conseguir algo mimandome así?
Sus palabras eran una clara broma, sin saber lo verdaderas que estas eran. Ignorante a la droga que Ingo había puesto el té que con tanto entusiasmo terminó.
Aun así, Ingo simplemente tomó de su propia bebida antes de contestar. —Solo era un pequeño capricho para nosotros, Elesa me había comentado que trabajamos demasiado y que merecíamos darnos un gusto de vez en cuando.
—Entonces fue ella quien te metió la idea, supongo que debería de agradecerle la próxima vez que la veamos.
—No te emociones de más, esto solo fue una recompensa por nuestro esfuerzo por cumplir nuestro deber como jefes del metro.
Emmet resopló ante su afirmación pero no discutió con el. Siguieron conversando un poco más mientras terminaban lo que quedaba del pastel. Pero con cada minuto que pasaba el animo de Emmet iba decayendo, arrastrando más sus palabras mientras más somnoliento se volvía.
—Creo que estabas más cansado de lo que aparentabas, fue un dia de trabajo más pesado de lo habitual. -Ingo se levantó de su asiento y se acercó a Emmet quien empezaba a tambalearse en su silla.- Permíteme llevarte a tu cuarto.
Pasó el brazo de Emmet por detras de su cuello y con una mano en su cintura lo levanto de su asiento para llevarlo a cuestas hasta su recámara. Emmet aún a punto de perderse es su sueño solo pudo atinar a decirle un último cumplido antes de caer dormido.
—Realmente soy afortunado por tener a un hermano como tú...
Un nudo en la garganta de Ingo le impidió responder, su pobre hermano no tenía ni idea del riesgo en el que se encontraba y la culpa golpeó a Ingo tan fuerte como un tren yendo a toda velocidad.
Pero ya era muy tarde para dar marcha atrás.
Con cuidado, Ingo recostó a su hermano en su cama. Su respiración era calmada y cortos suspiros salían de sus labios al dormir. Realmente tenía al hermanito más encantador de todos.
Comenzó a desabrochar su uniforme, empezando por su camisa blanca, dejando al descubierto su pecho desnudo y su piel inmaculada.
La mirada ardiente de Ingo se clavó en el mientras acariciaba su pecho con su mano descubierta, era tan suave y tersa, no podía esperar a devorarlo por completo.
Comenzó con sus pezones, lamiéndolos y enganchándose a ellos como un bebé hambriento. Los sonidos que salieron de Emmet aún dormido fueron de lo más caliente para el, motivandolo a no detenerse.
Su mano bajó hasta los pantalones de Emmet, desabrochandolos y acariciando su pene por debajo de su ropa interior. Entre sueños su querido hermanito empezaba a sufrir de escalofríos recorriendo su cuerpo por sus pervertidas acciones.
Pero no estaba preocupado por eso, el no se despertaría, no hasta la mañana siguiente cuando Ingo ya hubiera limpiado todo rastro de su crimen, Emmet nunca lo sabría y seguiría creyendose afortunado por tener un hermano mayor como el.
Emmet a veces podía ser demasiado confiado para su propio bien.
Los días siguieron de la misma manera desde ese día. Emmet se despertaría sintiendose más cansado que cualquier otra cosa, pero solo lo atribuiría a su hábito de moverse tanto entre sueños. Ambos hermanos trabajarían con entusiasmo y diligencia para que todos los pasajeros llegarán a su destino.
Y finalmente al llegar a casa se relajarían con una rica cena preparada por los dos y a veces Ingo prepararía un rico té para acompañar.
Y cuando Emmet empezara a sentirse cansado y estuviera a punto de caer dormido Ingo lo tomaría y lo llevaría a su cuarto, después de todo, ese era su deber como el hermano mayor.
Pero algo había empezado a cambiar. Ingo conocía a su hermano tan bien como conocía los túneles del metro de Ciudad Nimbasa por lo que no pasó desapercibido el sutil acto en su hermano. Fingiendo estar desprevenido pero mirando con cautela el té que Ingo ponía en frente de el.
El lo sabía, se había dado cuenta de la droga que el ponía en su bebida cuando su deseo por el lo quemaba más haya de las palabras. Pero aun así el se lo bebía todo, fingiendo ignorancia sobre lo que Ingo le haría al tenerlo entre sus brazos.
Eso lo hacía sentir enfermo. Pensar que Emmet sabía de sus lascivos crimenes lo hacía sentir asco de si mismo. Hubiera sido más facil lidiar con sus pecados si tan solo Emmet siguiera siendo ajeno a estos.
Pero ya era muy tarde para detenerse, su perversos sentimientos habían tomado el control de su corazón y si Emmet no los detenía aún a sabiendas de lo que pasaba entonces el tampoco le pondría ningún alto a esta enfermiza situación.
Las piernas de Emmet descansaban sobre los hombros de Ingo mientras este azotaba su pelvis contra el culo de su hermanito aún dormido. La calidez de su interior rodeando su pene era simplemente adictiva, no quería otra cosa que llenarlo con su semilla, estropearlo y reclamarlo como suyo.
Siguió embistiendo con movimientos desesperados a la vez que Emmet gemía de manera inconsciente. Su mente estaba nublada por el placer y excitación. Hasta que finalmente llegó a su punto más alto y terminó corriéndose en su interior.
Su caliente semen se escurría de su culo, manchando las sábanas debajo de el cuando salió de su interior.
Ingo se tomó un momento para recuperarse, su respiración era agitada y su vista aun estaba desenfocada. Respiró profundamente en un intento por calmar los erráticos latidos de su corazón.
Cuando finalmente se calmó levantó su mirada, encontrandose con los ojos cristalinos de su hermanito.
Su corazón se detuvo en ese instante, haciéndose para atrás hasta casi caerae de la cama. —Emmet... Tú... ¿Cuándo...?
—Nunca estuve dormido en realidad, supongo que me he acostumbrado a ese somnífero del que tanto abusaste. -Emmet se sentó en la cama, viendo a su asustado hermano mayor con una sonrisa en su rostro.- Realmente cruzaste la linea hace mucho tiempo ¿No es así?
Ingo se quedó pasmado ante sus palabras y no pudo hacer otra cosa que arrodillarse ante el con su frente pegada al colchón mientras se lamentaba.
—¡Lo lamento! ¡Lo siento tanto por todo lo que te e hecho! Se que no merezco tu perdón... ¡Pero me arrepiento tanto de todo!
El gemelo menor lo miró con una calida mirada antes de comenzar a acariciar su cabello como si lo estuviera consolando. Pero las palabras que salieron de su boca eran todo lo contrario a un consuelo.
—Ingo, tú sabes que lo que lamentas no son tus acciones, es el hecho de que te descubriera, de lo contrario, nunca te hubieras detenido ni mucho menos disculpado.
Sus palabras atravesaron el corazón de Ingo como dagas cubiertas de veneno, y lo peor, era que no podía decir nada para contradecirlo pues el sabía que lo que decía era verdad.
—Realmente eres un mal hermano... -Ingo cerró los ojos con fuerza mientras intentaba contener las lágrimas al escuchar tales palabras venir su adorado hermanito.- Me usaste como tu muñeco para obtener tu propio placer, debería de alejarme de ti lo más que pudiera y odiarte de por vida... Pero aún si quisiera no podría hacerlo.
Por primera vez Ingo pudo levantar la cabeza para ver la cara de Emmet. Quien ahora lo miraba con un amor que no se merecía.
—¿Cómo dices?...
—Te amo demasiado Ingo, así como te deseo de una forma en no se debería de querer a mi propio gemelo. Pero simplemente no puedo no quererte de la forma en la que lo hago.
Ingo en ese momento no pudo resistir más y se abalanzó a los brazos de Emmet, aferrándose a el mientras seguía disculpándose profundamente por haber hecho todo mal.
Emmet solo pudo soltar una risita al ver a su siempre serio hermano mayor en ese estado, pero no dijo nada al respecto, al menos por el momento.
—Cielos, eres un desastre... Supongo que ahora me tocará encargarme de ti...
