Descargo de responsabilidad: Dragon Ball pertenece a Akira Toriyama. Esta historia está hecha sin ánimo de lucro, solo con fines de entretenimiento. La imagen de la portada es propiedad de su respectivo autor.
Posible Ooc
—¿¡Pero qué!?—el grito, lleno de asombro y sorpresa, retumbó por la casa y llegó hasta Milk, que terminaba de colgar la ropa. Asustada, corrió hacia dentro del edificio.
—¡Gohan! ¿Estás bien, cariño? ¿Qué ha pasado?—la mujer llegó hasta la puerta de su propia habitación, donde Gohan miraba con asombro la grieta vertical que atravesaba la pared hasta desaparecer tras la cómoda.
—No, perdona, mamá, no quería asustarte, solo...—apoyó unos dedos sobre la marca circular desde la que se extendía la grieta.—Escuché un cuadro caerse aquí y cuando llegué vi la grieta. Es enorme, ¿cierto?
Milk no dijo nada mientras observaba la fractura, y más concretamente, la depresión en la que nacía. Gohan apartó el mueble con cuidado y siguió, asombrado, el recorrido de la grieta de un centímetro de amplitud hasta que terminaba a un escaso medio metro del suelo.
—Por Kami, mamá, esto es un problema serio. Tendremos que llamar a alguien para repararlo, no sé mucho de arquitectura, pero podría causar problemas...¿mamá?—al contrario de lo que esperaba, no hubo quejas de Milk sobre la grieta, o sobre tener que gastar dinero en llamar a un albañil.—Lo único que me extraña es de dónde vino. ¿No la has visto antes, mamá?
—...no, hijo.—la voz de la mujer fue muy tranquila, calmada.—Tienes razón, será mejor que llame para que lo arreglen.
Gohan la miró una vez más. Los ojos de su madre parecían de pronto muy cansados, y toda su figura se volvió más frágil cuando suspiró. Por un momento, se sintió un intruso, como si hubiera visto algo que no debería ver. Como si esa grieta significase algo más para su madre, algo que él no sabía y que ella no quería que supiese. Milk se frotó la sien y suspiró de nuevo antes de salir de la habitación, murmurando en voz baja diferentes presupuestos.
El adolescente se quedó unos segundos más en la habitación. Volvió a rozar la pared con suavidad, y delimitó el círculo en que la pared se hundía. Agrietada, maltratada, no había que ser muy inteligente para saber qué era eso, y Gohan lo era de sobra; la marca de un puñetazo. No era la primera vez que veía este tipo de huellas, pero no esperaba verlas nunca en su casa. No era de su padre, desde luego, porque además de llevar seis años muerto, si él diera un puñetazo no habría agrietado la pared, habría destruido ese lado de la casa. Goten era muy pequeño para hacerlo, y él aún no tenía ese tipo de pasatiempo. Su madre, en cambio, no había parecido sorprendida por la grieta; más bien, fue como si saborease algo desagradable, un mal trago que no podía rechazar. Sintió un nudo en el estómago cuando volvió a trazar la forma del golpe, y se preguntó cuánto tiempo llevaba allí esa grieta, oculta a la vista de su madre. Miró el cuadro tras el que estaba el golpe y, muy en su interior, temió levantarlo.
—¡Gohan! ¿Cuánto tiempo más vas a quedarte ahí? Ven a ayudarme con el huerto—la voz de su madre, tan exigente y mandona como siempre, le llamó desde el piso de abajo, atrayendo de nuevo su atención. Salió con prisas de la habitación, respondiendo a gritos que ya iba. Todo estaba como siempre. Todo estaba bien.
Cuando Milk bajó de la habitación, no sabía ni que murmuraba mientras su cabeza vagaba. Se sentó en la cocina y hundió la cabeza entre los brazos. La carga que normalmente ignoraba le pesaba sobre los hombros, y todo por aquella dichosa grieta. Errores de juventud, se dijo a sí misma a la vez que sonreía con resignación. Debería haberla reparado ese día...
'Habían pasado tres meses desde la muerte de Goku. Milk, sentada en la cocina, ojeaba con cansancio las facturas; el profesor de Gohan, los libros, la luz, el agua, el gas, la comida...Contaba con el apoyo de su padre, claro, pero a Milk la avergonzaba tener que depender del dinero de su padre para alimentar a su hijo. Los campos cercanos a la casa llegaban, escasamente, para cubrir sus gastos, ¿pero qué pasaría cuándo naciese el pequeño Goten? Acarició su barriga en silencio. Sintió que los ojos se le humedecían, pero no se permitió llorar. No había llorado desde que Gohan llegó a casa, pálido y cansado, los ojos vidriosos y una línea inexpresiva en la boca. Le había dicho el mensaje de Goku, y sin esperar una reacción se había abrazado a su cadera, como un niño pequeño, hundiendo la cara en su estómago en completo silencio. Y Milk había escondido todo lo que sentía en un cajón, muy dentro de ella, porque en aquel momento era su pequeño quien estaba mal. Le había acariciado el cabello con cariño, una y otra vez, hasta que al final Gohan habló.
—Mamá.—susurró, temeroso.—Lo siento. Lo siento. Lo siento tanto, mamá...
—¿Qué pasa, Gohan? ¿Por qué te disculpas?—y ella se había separado de él para arrodillarse y poder ver los preciosos ojos de su hijo inundados en lágrimas.
—Perdóname, mamá. No me odies, por favor. No me odies, no me odies, mamá, perdóname...—ahogó un sollozo y los hombros le temblaron en consecuencia. Milk, con el corazón roto, le acarició la mejilla e hizo que sus ojos encontraran con los suyos. Puso todo el amor que sentía por él en esa mirada.
—¿Qué tengo que perdonar, Gohan? Mi niño, mi hombrecito valiente, ¿cómo podría odiarte?
—Por mi culpa, mamá...S-Si yo hubiera sido más fuerte...si hubiera terminado todo antes...
—Gohan...—Milk hizo amago de abrazarle, pero Gohan negó con fuerza y bajó la vista, con las lágrimas ya resbalando por sus mejillas.
—Por mi culpa, mamá...Si hubiera derrotado a Cell, si hubiera sido más rápido, entonces papá...papá no...—un sollozo interrumpió la oración y el adolescente se sacudió en brazos de su madre, de nuevo un niño asustado. Más aterrado de ver el odio en su rostro que de enfrentarse al monstruo.
—Gohan.—la voz de Milk recuperó el tono autoritario que Gohan conocía tan bien. Instantáneamente levantó la cabeza. Su madre fruncía el ceño, apretaba los labios, pero las manos que apretaban sus hombros seguían allí y sus ojos...estaba más seria de lo que jamás la había visto.
—Gohan, puede que yo no haya estado en la pelea...y que no comprenda del todo lo que me has contado, pero si algo tengo claro, es que tú no tienes la culpa de nada. Y no tienes ni idea de lo aliviada que estaba cuando volviste, porque, y escúchame bien, nada me importa más que tú. Llevo días sin dormir, aterrada de que Goku volviese sin ti, porque aunque todos digan que eres el más fuerte de todos, Gohan, tú sigues siendo mi niño, y no sabes el miedo que he pasado pensando que podría perderte.
Gohan hipó, pero ahora los ojos de su madre también estaban húmedos, y si una lágrima se resbaló por su mejilla, ella no hizo ningún gesto para secarla.
—Así que deja de decir estupideces y abraza a tu madre.
Y lo hizo. Gohan se abrazó a ella como si la vida le fuera en ello, y aspiró su olor a hierba y especias, a hogar, y le llenó la túnica de lágrimas y mocos. Pero nada de eso importaba, porque los brazos de Milk le rodeaban en un agarre de acero, desafiando a cualquiera a que se atreviese a quitarle a su niño, y guiados por ella entraron en la casa, se acurrucaron en la gran cama de matrimonio, y Milk lo arrulló hasta que se durmió.
Durante un mes, habían dormido juntos, abrazados en aquella gran casa vacía, asustados del silencio sin los ocasionales ronquidos del padre y del esposo. Milk había estado allí para Gohan, se había hecho fuerte para él, porque aunque su marido no estuviese allí, ella debía estarlo, debía seguir adelante, por él, por su hijo, y por la pequeña vida que crecía en su interior.
Pero eso no significaba que no tuviese momentos de debilidad.
Agotada por los recuerdos, Milk se levantó y salió al patio. El sol brillaba con fuerza y, a lo lejos, distinguía las plantas creciendo, los campos arados y sementados que ahora le daban el fruto de su esfuerzo. Una brisa le acarició la mejilla y Milk fingió que eran los dedos de Goku, las caricias torpes y descuidadas que le daba cuando ella reclamaba algún cariño de su parte. El sol le recordaba a él, todo en esa casa le recordaba a él, y podía verlo en los ojos de su hijo. Eso la asustaba, y la enorgullecía a partes iguales. No era una vida de luchas y heridas lo que deseaba para Gohan, no. ¿No sería perfecto si nunca volviese a pelear? Si estudiase y acabase una carrera. Si ganase mucho dinero, se casase con una mujer que lo amara tanto como ella lo hacía, y viviera feliz con uno o dos hijos. Feliz. Era su sueño. Había sido su sueño desde que nació Gohan. Sé listo, sé bueno, sé feliz, le había susurrado cuando la enfermera dejó al pequeño bulto en sus brazos. Y ahora otro venía en camino.
Pero en ese entonces, ella era más joven, tenía más esperanzas y a Goku a su lado. No le daba miedo caer, porque sabía que él vendría a buscarla. Pero ya no. Ya no podía caerse, no podía pedirle a Gohan que la sostuviera. No podía fallarle al pequeño, a Goten. Al niño que solo los tendría a ellos porque su padre estaba muerto.
La ira, la confusión, la rabia y el rencor volvieron a sacudirla, luchando para romper la presa dentro de su alma. Si Gohan estuviera en casa, eso no pasaría. Él la calmaría con su infinita admiración por Goku. Pero Gohan no estaba. Estaba aún en la cara academia de la ciudad donde lo prepararían para entrar en el instituto.
Sí, pensó Milk, ¿por qué no deshacerse de ese sentimiento? El dolor por la muerte de su esposo volvió el hermoso día insoportable, la calidez del sol intolerable. Con la rabia quemándole las venas, entró en la casa como un vendaval. Respiraba agitadamente y no dudó en ir a la cocina, donde todas las facturas seguían burlándose de ella desde la mesa. Recordó la mirada de su padre, su ofrecimiento de que Gohan y ella se mudasen con él, su mirada comprensiva, y eso la enfureció aún más. De un golpe, barrió las hojas de la mesa y se inclinó sobre ella temblando. Las emociones de tres meses de autocontrol la recorrieron, y la mujer dejó escapar un grito estrangulado antes de taparse los ojos con las manos. La ira la impulsó a soltar un fuerte puñetazo en la mesa, rompiéndola por la mitad. Miró las dos mitades con satisfacción, pero no era suficiente. Sus nudillos endurecidos ni siquiera habían sangrado por el golpe. Dos patadas después, la mesa yacía destrozada en el suelo y Milk sentía la adrenalina, la salvaje excitación de luchar. ¿Era esto lo que Goku sentía? ¿Aquello a lo que era adicto hasta el punto de abandonar a su familia, pese a todo lo que la amaba? La mujer se sentía un torbellino, perdida en la ira para no caer en la tristeza, mientras golpeaba cada mueble ante su vista, recorriendo la casa, ciega de dolor, astillas volando por doquier y los satisfactorios crujidos de la madera en sus oídos. Hasta que la sonrisa feliz de su yo más joven la saludó desde la foto enmarcada en su mesilla. Desorientada, Milk miró la imagen de su boda, un Goku en traje que se frotaba la cabeza mientras sonreía de forma tonta con una joven Milk aferrada a su brazo, claramente ilusionada y esperanzada ante el futuro. Si lo hubiera pensado, no lo habría hecho. Pero no estaba pensando.
—¡Es tu culpa!
Golpeó la imagen con todas sus fuerzas, un único puñetazo que la aplastó contra la pared. La foto cayó al suelo mientras ella miraba al vacío, respirando como un toro. El dolor vino poco después, a medida que la sangre goteaba de sus nudillos despellejados, peligrosamente cerca de la foto. Aquello la despertó.
—No, no, no, no.—jadeó desesperada, dejándose caer en el suelo y aferrando el marco. Ignorando sus dedos arañados, quitó con cuidado cada trozo de cristal hasta que la foto volvió a ser visible. Estaba un poco arrugada, pero intacta. Milagrosamente intacta, sin rastro de rojo o de rasguños. Milk sollozó de alivio y se la llevó al pecho, abrazándola con todas sus fuerzas.
—Lo siento, Goku, perdóname, lo siento tanto...Es culpa mía, mi amor.—Milk cerró los ojos con fuerza y lágrimas a medio formar adornaron sus pestañas.—No puedo, mi amor, no puedo, no puedo ser tan fuerte cuando no estás, no puedo criar a nuestros hijos sola, no puedo vivir sin ti...
Milk no recordaba bien cuánto tiempo pasó en el suelo, arrodillada, acurrucada en torno a la foto como un animal herido. Mezclando palabras de disculpa con rabia, insultos, exigencias, y nuevo el dolor. En algún momento, se le agotaron las palabras. Luego lo hicieron las lágrimas. La mujer se vació por completo, libre de la tristeza, de la ira, del resentimiento. Lo único que le quedaba era el dolor, el dolor sordo y silencioso que ahora parecía ahogarla. Milk se dejó envolver en ese dolor por unos segundos. Como cuando era pequeña y se sumergía en el agua, jugando a aguantar la respiración. Mirando el mundo azul, las sombras de los peces a su alrededor, un universo sin ruido en el que solo podía pasar unos segundos como invitada. Aguantaba con los ojos bien abiertos, los labios fruncidos y las mejillas hinchadas, mientras el escozor y la presión crecían en su pecho. Y entonces, cuando ya no podía más, entonces salía del agua, los ojos cerrados, para luego respirar hondo y abrir los ojos a un mundo que parecía mejor, más brillante, más hermoso.
Milk podría abandonarse a ese dolor durante días. Aguantando la respiración, fingiendo que el mundo se había detenido a su alrededor. Pero...sus niños. Sus dulces, fuertes y maravillosos niños. Sus niños no merecían quedar huérfanos de madre cuando ya lo eran de padre. Se merecían todo lo bueno de este mundo, y como el infierno que Milk se lo daría, aunque tuviera que pelear contra el mismo destino para hacerlo. Aunque tuviera que hacerlo sola. Su mundo sería más hermoso porque ella lo haría así. Milk abrió los ojos e inspiró hondo, el aire entró en sus pulmones tras un minuto conteniendo la respiración. Y ella, de nuevo, estaba allí. Seguía allí. Aunque el dolor la ahogara por momentos, encontraría el camino a la superficie.
Milk siempre fue una buena nadadora."
Aquel momento de debilidad quedó en el olvido pronto. No tardó en limpiar la casa, dejándola como nueva. Eso sí, durante los siguientes meses tuvo que trabajar aún más duro para reparar los destrozos que había dejado tras de sí, y que sus habilidades de 'manitas' no pudieron arreglar.
Cogió otro marco para colocar la foto de nuevo en su lugar, sobre la cómoda. Eso sí, evitó mirar el puñetazo marcado en la pared. En frío, la avergonzaba bastante. ¿Cómo podría inculcarle decencia a sus hijos si ella misma destrozaba la casa? Por último, trató sus heridas. Los nudillos enrojecidos, con pequeños cortes a su alrededor, le recordaban a las largas sesiones de entrenamiento de su infancia.
Para cuando Gohan llegó, nadie podría decir que había ocurrido algo. Porque, se dijo a sí misma Milk con fiereza, no ha pasado nada. Milk se llevaría, junto a otras cosas, ese secreto a la tumba. Con ese pensamiento grabado a fuego en el alma, se levantó y se palmeó las mejillas con fuerza. Inspiró y expiró; no tenía tiempo de lamentarse. Pronto sería hora de comer y tanto Gohan como Goten probarían los vegetales frescos de su huerto personal. Solo lo mejor para sus pequeños.
Por la ventana de la cocina, el sol brillaba con fuerza, aún rodeado de nubes. Sería un buen día.
