2.

Duerme soñando
Con tus ojos tan plenos, despiertos
Con tu corazón lleno y radiante
Alucinante, tan lleno de amor

Duerme soñando, El Gran Silencio


Le gustaría que al decirle a Chifuyu «oye me gustas gustas, un chingo» no hubiera nadie más presente. Sobre todo porque conoce a sus amigos y sabe perfectamente que son unos animales capaces de arruinar cualquier momento sensible; quizá hasta lo harían en venganza, por las veces que él ha arruinado sus momentos. Quien sabe. No planea arriesgarse.

Por eso el plan del karaoke se arruina en cuanto ve a Mitsuya entrar con la puerta.

Lleva a su subcomandante atrás, un tal algo, alguien, no sé, seguro tiene un nombre, pero Baji no se lo sabe. Siempre mira a Mitsuya como si fuera un perrito deseoso de amor, pero Mitsuya, tan metido en las relaciones ajenas, ni se da cuenta de que lo siguen con la mirada con tal ternura.

—Ey, Baji. —Sonríe al invitarse él solo a sentarse a su lado—. ¿Trajiste a Chifuyu a que te cantara serenata? ¿O vienes a darle serenata tu? ¿Le vas a cantar a sus ojitos verdes?

Chifuyu se sonroja y Baji decide que el curso lógico de lo que está pasando es clavarle a Mitsuya su codo en las costillas.

—No sabíamos que iban a estar aquí —dice Mitsuya, ignorando el golpe—. Mikey quería un descanso y Draken dijo que igual si lo dejábamos destrozar unas cinco canciones seguidas le volvían las energías. —Pasa una mano por el hombro de Baji—. ¿Te he dicho que creo que las chicas de su grupo los… no sé… espían o algo? Por ver si se, ya sabes, agarran a besos.

Chifuyu se atraganta con su bebida.

Baji alza una ceja.

No-me-digas.

—En serio. O sea, ven que Draken lo lleva cargando a todas partes.

—¿Y exactamente qué estamos haciendo mientras especulamos sobre la vida romántica de los jefes? —pregunta Baji.

—No más. Estaba haciendo una apuesta. Sobre cuales de las papas casadas de la ToMan lo aceptarán primero y… ¿quieres participar?

—¿Papas casadas? —es lo primero que dice Chifuyu. Baji no sabe si está sorprendido por la información o si es uno del equipo de Mitsuya: que dice que Draken y Mikey no se dan cuenta de su matrimonio porque son unos imbéciles.

—Ya sabes, como los jefes, o como… —y ante eso le dirige una mirada traviesa a Baji, que no planea dejar que Mitsuya arruine lo único bueno que planea hacer en la vida además de no hacer llorar a su mamá.

Pero antes de decidir si le va a dar un puñetazo en la cara o a clavar un codo en las costillas, se atraganta con su bebida también e interrumpe lo que está ocurriendo en la mesa.

—¿Quién está intentando asesinar a Baji?

Ah, bendita sea. Nunca había agradecido la presencia de Draken como en ese momento. Mitsuya es descarado, pinche animal, pero tiene límites y seguro que no les va a decir que son papas casadas en sus caras. Especialmente cuando dudan si quiera que Mikey guste de la gente.

—Su refresco —responde Mitsuya.

—¿Y Mikey? —pregunta Baji.

Draken señala a Mikey al lado del encargado de poner las canciones. Debe ser un chico todavía de preparatoria o que acaba de salir de ella y Mikey parece bastante interesado en pedirle que trate bien a la ToMan.

—Uhm, me pregunto qué canciones destrozará hoy —comenta Mitsuya—. A qué tortura nos someterá.

—Mientras no sea pop de nuevo…

—Pop rosa. Ugh. —Mitsuya finge vomitar.

—¿Por qué rosa? —pregunta Hakkai.

—Porque me recuerda a los algodones de azúcar de ese color —responde—, son empalagosos, insoportables. Ahora imagina una canción que sepa a eso en la boca de Mikey. —Recarga la cabeza sobre la mesa—. Una chingada tragedia, te lo digo.

Mikey canta horrible.

No han dejado de decírselo nunca —mientras están ellos, nadie más de la ToMan va a oír como le dicen al jefe que es un inepto para juntar una nota con la siguiente—, pero Mikey tampoco nunca ha dejado de insistir en secuestrar los micrófonos en un karaoke. Así que, cuando su voz empieza a destrozar la canción romántica de turno ya no les queda más que reír.


Al final no se le declara a Chifuyu mientras Mikey asesina canciones de amor. Era obvio.

(Y no entiende la ceremonia que rodea a la acción de «declararse», es todo demasiado engorroso cuando él sólo quiere plantarle unos besos bien dados y rogar porque un intento de relación funcione).

Antes de los besos bien dados hay que decirle al otro «oye, mira, me gustas» mientras se omite el «a veces sueño que fajamos» y se agrega el «me gustaría que fuéramos algo algo, ya sabes, no nomás amigos que van juntos al baño y comparten yakisoba todos los días, todos los días».

De regreso caminan juntos a casa.

—Me quedé con curiosidad de oírte cantar —comenta Chifuyu.

—Mikey acaparó el micrófono.

—Pero tengo curiosidad. Tú ya sabes cómo canto, Baji-san.

—Tsk.

Quería volver a oírlo. Por eso había juntado los pocos yenes que tenía y lo había invitado, ofreciéndose a pagarle alguna bebida, un refresco, lo que fuera. Nunca tenían demasiado tiempo ni demasiada oportunidad de salir a comer y gastarse lo que sus padres les daban para sobrevivir a la semana. Se preguntaba como sería la voz de Chifuyu con una melodía de fondo, si es que acaso armonizaba.

—Me pregunto si cuando cantas haces llorar abuelitas —insiste Chifuyu, con cizaña. Baji le da un codazo, aunque lo hace casi gentil, no como los que le da a Mitsuya cuando lo hace enojar—. A la mejor un gatito se muere cada que…

—¡Ey!

—Sólo digo. Nunca te he oído cantar.

—No lo hago mal —asegura Baji.

Es una aseveración valiente, porque no tiene ni idea. Pero, como asegura Mitsuya: «tú le harías creer al diablo que eres peor que él si te lo propusieras, pinche animal» (a Mitsuya le gusta adornar con «pinche animal» las frases que le dirige a Baji, sólo para acentuar lo que él llama su salvajismo natural; Mikey sólo opina que los animales son más civilizados que Baji y que Mitsuya debería evitarse andarlos insultando con semejante y desproporcionada comparación).

—A ver.

—¿Ahorita?

—Ahorita.

—¿Ahorita ahorita?

A la mejor Chifuyu se refería a ahorita en un rato, cuando llegaran al edificio; ahorita que dejaran de caminar; ahorita en diez pasos, no ahorita ahorita ya, expresión de la inmediatez más absoluta.

Sonríe como Baji se imagina que sonríe el diablo cuando responde:

—Ahorita ahorita. Ya.

—No me sé ninguna canción —dice Baji.

Mentira cochina, se sabe muchas. En su casa suena todo el tiempo un popurrí esquizofrénico porque a su papá le gusta la moda de los ochenta y su mamá oye la radio en una estación que pone música de cuando la civilización todavía no existía y los dinosaurios caminaban sobre la tierra. Y después está la música de Baji: algo que sus padres llaman una suerte de sonidos neuróticos cuyo propósito es matar a alguien de una migraña mientras el cantante destroza sus cuerdas vocales.

—Inventa una, como yo. —Chifuyu sonríe y, carajo, tiene sonrisa bonita. Amable, agradable. Uno lo ve y no cree que sea un orate capaz de derribar a alguien del doble de su tamaño de unas cuantas patadas y un par de puñetazos. Puede ser hasta angelical, si se lo propone. No le sale todo ese complicado acto de ser malo malote malísimo, salvo en usar un arete y tener el pelo pintado, rubio de bote, más decolorado que las nalgas de Baji que vieron el sol por última vez hace más de diez años—. Esa vez. Inventé una.

—Me di cuenta.

—Bueno, pues, demuestra tu talento.

—Tsk. —Baji decide algo en ese momento. Todas sus neuronas se murieron y sólo quedó la encargada de hacer que sueñe que faja con Chifuyu—. Sólo si bailamos de nuevo.

—¡Estamos a mitad de la calle!

Baji lo jala del cinturón y vuelve a pegarlo a él, como aquella vez.

—¿Y qué? —pregunta—. ¿Importa?

—Alguien podría vernos.

—¿Y qué podrían hacer? —Baji se ríe y la carcajada suena bien alto—. Somos de la Toman, podemos contra cualquier pendejo que ande solo a estas horas.

Pero Chifuyu está rojo.

—Yo llevaré de nuevo, si no sabes bien —dice Baji y lo hace moverse un poco. E intenta tararear algo, pero es muy evidente desde el primer momento que es un fracaso para el noble arte del canto. Destroza las notas, no se sabe si de su boca sale un do o un la, si pretende cantar grave o más agudo. Su voz se estrella por todos lados en vez de viajar con calma por el viento; parece que choca con el suelo, como si hubiera caído de nalgas tras un cuádruple mortal hacia atrás accidentado—. No hay pedo. Es fácil.

Cadera con cadera, pegaditos. Así se siente rico bailar y Chifuyu lo sigue, paso a pasito. Se están haciendo maravillosamente buenos en eso, aunque sea sólo la segunda vez.

Y a medio baile Chifuyu suelta una risita.

—Sí harías llorar a las abuelitas con tu voz —dice.

—Pendejo —responde y luego sigue tarareando y bailando y piensa.

«Me gustas gustas, quiero comerte enterito».


Baji entiende a qué se refiere la gente cuando dice que alguien le anda calentando el anafre un día que ve a Chifuyu pelear a lo lejos. Se ve pequeño, inofensivo. Los chicos mayores suelen no hacerle mucho caso porque les parece un bicho de jardín cuando lo ven sin el uniforme de la ToMan; ni siquiera lo reconocen. Hasta que Chifuyu se acerca a decirle a alguien que deje de ser un rematado imbécil pendejo imberbe que debería callarse el hocico si no quiere que se lo rompa. Nadie le hace caso: Chifuyu no parece tan temible hasta que lo es.

Hasta que cierra el puño y sonríe de lado —en un gesto que Mitsuya dice que le aprendió a Baji, porque «claro, ustedes además de estar casados y necesitar una hipoteca con urgencia también comparten una única neurona que ya se quedó idiota de tantos golpes», seguido de «a quién le dices mono neuronal hijo de la chingada», todo dicho de corrido, sin ninguna puntuación discernible— y lanza el primer puñetazo y entonces Chifuyu ya no parece tanto un inofensivo bicho de jardín.

Baji entiende perfectamente en ese momento por qué los de prepa dicen «es que me calienta el anafre» en ese momento, cuando no sabe si abanicarse o ir corriendo a ayudarlo para que acabe con el imbécil de turno y sus amigos pendejos más rápido y puedan irse a comprar un plato de yakisoba para compartir ambos, como todos los días y Mitsuya no falle en decirles pinche pareja casada.

Baji nunca había pensado nada de esa insistencia.

Hasta que sí.

Hasta que es demasiado evidente que le gusta bailar pegadito con Chifuyu y oír su voz y piensa en agarrarle la mano y a veces también piensa en que le calienta el anafre, un poquito. En que quiere decírselo y quiere que salga bien, pero sus labios siempre parecen quedarse pegados.

«Me gustas un chingo, la neta, yo quiero ir contigo a dónde sea».


La ventaja de vivir en el mismo edificio es que cada tanto Baji le manda un mensaje —mientras tenga crédito en el celular, pero siempre guarda unos cuantos yenes para poder escribir aunque sea un par de caracteres— cuando se acaba el yakisoba en su casa y Chifuyu aparece con uno —uno solo, siempre—, para compartir entre ambos. Lo han vuelto tradición.

Chifuyu llama a su puerta y su madre lo deja pasar y ellos gastan horas y horas en su cuarto.

A veces lo ayuda a terminar la tarea. Especialmente cuando tiene que ver con redacciones y los kanjis de Baji parecen escritos a propósito con la mano izquierda. Todo para que Mitsuya diga que se esfuerzan demasiado en la escuela como para ser delincuentes y Baji le responda —mientras le da zapes con alguno de los cuadernos enrollado— que se calle, señor presidente del club de costura.

O quizá es que Chifuyu no necesita esforzarse demasiado para estar en el promedio y Baji no quiere que su mamá llore porque repitió algún año otra vez.

Y ese día Chifuyu deja caer la bomba.

—Fui a clases de baile —dice y mira al suelo.

—¿Eh?

—Fui a clases de baile. Fue gracioso. Un par de chicas dijeron que no querían ver delincuentes allí. —Y suelta una risita graciosa—. Creo que en su mente no hacemos otra cosa más que pegarnos.

—¿Eh?

—Estuvo entretenida, pero rara…

—¿Clase de baile?

Chifuyu se encoge de hombros.

—Me sobraban unos cuantos yenes. Tampoco es como que pueda volver pronto.

—¿Por qué?

—Tú bailas bien.

—Pero es instinto y observación.

Tienes talento —repone Chifuyu—. Yo sólo intento… no sé, seguir algo. —Parece que algo dentro de sí se avergüenza de haber tomado esa clase pero a Baji le da igual—. Fue diferente.

—¿Diferente?

—Me dijeron que tenía que llevar. Porque soy el chico y eso.

—¿Y aprendiste?

Chifuyu, entonces sí, suelta una carcajada.

—Eso no. Soy malísimo. —Y luego un silencio y Chifuyu mira a su cuaderno como si lo que acabara de escribir allí fuera lo más interesante del mundo—. Me distraía porque pensaba en ti. En que bailamos… —Enrojece de nuevo—. Bueno. Diferente. Las chicas de la clase son más… Ehm. Serias. Sí. Eso. Serias. —Se atraganta con las palabras—. Y pensaba que quizá quería ser ellas. Bailar como ellas. No porque haya un rol intrínseco o algo, ¡no! También había chicas que se negaron a escuchar al profesor y bailaban como él decía que tenían que bailar los chicos. —Baji alza una ceja ante todas las palabras y las mejillas sonrosadas de Chifuyu—. Pero con las que me tocaron. Ehm. Pensé. Que. Bueno… Quería ser ellas. Contigo. —Hace una pausa y respira hondo—. Oh, carajo, olvida todo lo que acabo de decir.

Pero Baji sólo sonríe de lado, enseñando uno de los colmillos.

—Ah, ¿sí?

—¿Qué?

—Te gustó bailar conmigo.

—Algo.

—Podemos volver a tu clase esa —dice—, aunque digas que es estúpida.

—¿De verdad?

—Sí. Practicar.

—Pero tú bailas bien.

—Es sólo instinto y observación. No tiene mucha ciencia. Podría mejorar con técnica.

Y bailar pegadito a él de nuevo. Quizá acaben metiéndose en problemas con ese maestro que dice como bailas las muchachas y cómo los muchachos y quizá no puedan volver si insisten en hacer lo que les sale de los huevos, piensa Baji, pero da igual. Suena como una actividad divertida.

Una cita, aunque no la llamen así.

—Mejorar. Con técnica —repite Chifuyu, haciendo pausas exageradas que adereza con silencios. Y enrojece.

Baji casi diría que Chifuyu está a punto de implosionar y lo único que se le ocurre es seguir provocándolo.

—¿Qué? ¿Te gusta bailar pegadito?

El sonido que Chifuyu intenta reprimir no tiene equivalente humano.


En cuanto juntan entre los dos los yenes necesarios para volver a la clase de Chifuyu, vuelven. Presentación y despedida, pero se la pasan bien.

El profesor se empeña en que bailen con chicas. «Es que es una pareja de baile natural, hombre, mujer». Baji se contiene para no partirle la cara porque no quiere que lo corran antes de tiempo. «Siempre tenemos menos chicos, así que, ay, las pobres niñas, tienen que bailar entre ellas…». Lo dice como si fuera la mayor tragedia desde la caída del Imperio Romano, pero las chicas parecen muy contentas de bailar entre ellas. Y además les parece divertidísimo que Baji y Chifuyu quieran aprender a bailar en pareja siendo dos chicos. Y lo dicen con voces chillonas y emocionadas, porque parece que es un fenómeno que no ocurre demasiado por allí y se empeñan en que los dejen bailar en paz y cuando es muy obvio que Baji no va a soltar a Chifuyu, el profesor no tiene más remedio que dejarlos bailar en paz, aunque haga un suspiro hastiado, exagerado y se aleje quejándose de estos jóvenes de hoy. Baji está seguro de que escucha algo por las líneas de «la juventud degenerada».

La clase continúa aderezada con comentarios que nadie pidió. «No, es que bailan muy… mira, muchacho, eso no es adecuado para tu edad, cuando estés más grande». Pero Baji no suelta a Chifuyu y Chifuyu no se aleja y ellos bailan pegadito pegadito. El profesor acaba harto pero ellos aprenden dos maneras nuevas de dar vueltas.

Podría inclinarse y decirle a la oreja que le gusta, verlo ponerse rojo como jitomate y adoptar esa actitud de avestruz que quiere enterrar la cabeza en la tierra.

No lo hace todavía, aunque días que Mitsuya le dice «qué esperas, cabrón, na'más le prendes el boiler y ni te metes a bañar, animal; el Chifuyu se te queda viendo como cordero a medio morir».

Pero Baji también disfruta ese momento, el segundo entre el será y no será cuando es obvio que ambos se están divirtiendo y disfrutando de esa cercanía. No se lo dirá en medio de una clase de baile, con un profesor al que obviamente se le atraganta la idea de que dos hombres bailen juntos, frente a todas esas chicas que voltean a verlos cada tanto y sueltan risitas mal disimuladas. Esperará a que estén lejos de todo los dos, quizá cuando vayan caminando a casa y nadie pueda interrumpirlos.

También porque cuando le diga quiere decirle también «déjame darte un beso» y esperar que Chifuyu diga que sí y hacerlo levantar su barbilla con dos dedos —como ha visto que hacen en las películas— e inclinarse un poco y besarlo lento primero, hasta acostumbrarse a sus labios.

Cuando el profesor de baile alza la vista al cielo y suspira pidiéndole a una divinidad que no le hace caso, Baji se acerca al oído de Chifuyu.

—No vamos a volver, ¿verdad?

Y Chifuyu suelta una risita.

—Claro que no. Pero es divertido.

Y Baji aprieta la mano en su cadera y Chifuyu se le embarra todo lo que puede y los dos se ríen cuando escuchan el último «esta juventud degenerada» de la noche.


Van regresando a casa y Chifuyu todavía tararea algunas canciones. Lo hace bien; podría incluso aprender a cantar si quisiera. Su voz en el aire suena armónica, hermosa, tranquila. No parece que hace llorar abuelitas, espanta palomas y hace que la vecina de abajo llame a la policía.

Chifuyu lleva puesto un solo audífono de un par barato que compró seguramente para salir del paso. Hay un par de canciones en su celular que suenan con calidad de sonido dudosa porque les redujo el tamaño lo más posible en las aulas de cómputo de la escuela para que su celular soportara tales archivos. Lo lleva para evitar que se le olvide la canción a medias. Empieza tarareando bajito y acaba haciéndolo más alto, como si agarrara confianza.

Baji se queda viéndolo como un imbécil y agradece que no haya nadie allí. Draken probablemente tendría tacto y le diría que se le están metiendo los moscos en el hocico, pero Mitsuya, quien no conoce de tacto alguno, le diría directamente que se está comiendo a Chifuyu con los ojos y que lo mira como si estuviera pensando darle como un cajón que no cierra. Para ser honestos, Mitsuya es un animal. Opina de la vida amorosa de toda la Toman y no se ha fijado en que su segundo al mando lo sigue como perro faldero allá a donde vaya.

Pero cada uno sus problemas.

Igual Baji ni piensa en eso todo el tiempo. No sabe cómo exactamente uno le da como cajón que no cierra a otro. Se le escapa la ingeniería de todo eso.

Tendrá que preguntarle a Mitsuya si tiene una revista con ejemplos, ya que le gusta andar de hocicón.

Pero tiempo al tiempo.

Baji ve a Chifuyu y piensa en que no va a llegar muy lejos si no se confiesa o si no le dice que le quiere agarrar la manita. Con alguna expresión menos infantil, pero eso. Si no confiesa que quiere ser su primer beso —porque está seguro de que Chifuyu nunca ha besado a nadie—; besarlo bien. Lentito hasta tener aprendida la forma de sus labios, como lo hacen en las películas tras horas de cortejo y acercamientos en falso.

—¿Todavía te quedaste con ganas de bailar más?

Chifuyu se encoje de hombros.

—Me daba más pena —reconoce—, con las chicas y las risitas esas.

Baji se carcajea porque Chifuyu suele enrojecer cuando algo le da vergüenza y están juntos, pero no suele apenarse por nada más.

—¿Y aquí?

No hay nadie en la calle. Es el lugar más abierto, pero más solitario. La única ventaja que tiene los miembros de las pandillas es ser relativamente invisibles, especialmente sin las chaquetas. Miembros de otras pandillas se fijan en ellos, pero poco más. La gente los ve de reojo y se alejan. Chicos con el cabello rubio oxigenado de bote, sin dinero para mantener el tinte a los que a veces se les asoman las raíces, con decolorados medio disparejos hechos en casa, peinados extravagantes, que ignoran una y otra vez las normas de sus secundarias y preparatorias sobre acudir con colores más naturales y uniformes de cabello. Los hay de todo tipo. Platinados, rubios miel, amarillos, rubios claros, claros como el de Chifuyu que dejó el undercut de su cabello en su color natural. O si no están pintados tienen el cabello largo. Las orejas perforadas. «Casos perdidos», dice la gente. Mientras no haya pelea y la policía no pueda arrestar a nadie, son completamente invisibles. Todos se alejan.

—Quizá —dice Chifuyu y le ofrece la mano.

Baji la toma.

—Pero no dejes de tararear.

Y Chifuyu vuelve a empezar con la canción desde el principio. Le sale la voz y lo inunda todo.

Baji está a punto de decirle en ese momento, mientras da un pasito seguido de otro. «La neta, la neta, pa' que nos hacemos. Me gustas y creo que te gusto. Y me gustas un chingo, no mames, me traes de cabeza, nada más pienso en ti y en un montón de mamadas que involucran como hacerte feliz». Piensa que ese es el momento exacto y que no hay ni habrá otro más tarde.

Pero una voz los interrumpe y Baji nunca ha tenido más ganas de ser capaz de romperle su madre a Mikey. Pero nunca ha podido: no es el más poderoso de la ToMan por nada. Da patadas nucleares que han noqueado a gente del doble o el triple de su tamaño.

—¡Ey, Ken-chin! ¡Están bailando! ¡También quiero!

Y Chifuyu enrojece cuando se sabe descubierto, pero no deja de tararear y ni Mikey ni Draken juzgan lo que está pasando cuando terminan por acercarse.

—Eh, esa rola me gusta —comenta Draken, al reconocer lo que está tarareando Chifuyu.

Es el primero en agacharse y mover los pies, seguir la música. Mikey y él bailan solos. Agachaditos. Dan vueltas. Es un estilo que Baji no ve casi nunca, porque las fiestas son aburridas y muchos chicos no bailan. Pero a algunos los ha visto en las naves cerca de la playa, cuando está solos. Llevan sus grabadoras y sus discos y bailan un rato. Mikey y Draken son buenos bailadores.

Lo único malo es que Baji y Chifuyu ya no están solos.

Y Baji quiere que lo estén cuando su boca por fin se ponga de acuerdo con su corazón y farfulle me gustas un chingo la neta, así, sin comas ni nada, porque la intensidad que siente no amerita ni puntuación.

Se lo guarda, porque no hay prisa.

Quedan días y noches y Chifuyu bailando para rato, su cadera pegada y sus manos en las suyas y su manera de dar las vueltas y sonreír nervioso cuando no atina el paso del todo. Su mirada que sigue a Baji allí a donde esté. Sus ojos claros y su cabello rubio decolorado.

—Me gusta esto —dice Chifuyu, interrumpiendo brevemente su tarareo.

Baji y sonríe y lo hace dar una vuelta.

A mí también. Pero no es necesario decir las palabras de las que ya está lleno el ambiente.


Notas de este capítulo:

1) La otra libertad creativa que me voy a tomar es que los niños de la ToMan bailan como latinos. Draken y Mikey le saben a bailar wepa, claro que sí. Y cumbias rebajadas, como los kolombianos (con k, no me equivoqué, Google es su amigo).

2) Se usarán todas las expresiones populares necesarias para salvar esta compañía. Si necesitan algún significado, pregunten.


Andrea Poulain