3.
Un sabroso y buen danzón
A media luz el corazón
Y en el kumbala todo es
Música y pasión
Kumbala, La maldita vecindad
La última ocurrencia de Mitsuya es que Baji no es un ser humano, sino una fuerza incontrolable de la naturaleza. Por eso, agrega, no entiende como no se ha agarrado a besos a Chifuyu hasta entender entero el mapa de sus labios. No tiene sentido, sigue. Anda, agárrate a Chifuyu y plántale unos buenos besos, ya es lo único que les falta y después los podemos llevar para que los proclamen marido y mujer. «Pero nadie va a ser la mujer, hijo de puta», responde Baji. «Y por qué no; ¿qué?, ¿piensas que las mujeres son inferiores acaso?», se ensaña Mitsuya, a quien el punto le ha pasado por las nubes. «Y no andes insultando a mi jefa que yo no me meto con la tuya».
El que es una fuerza de la naturaleza antes que ser humano es Mitsuya y su bocota.
«Somos dos hombres, imbécil, pendejo, ¿cómo va a ser uno la mujer de la relación».
«Ni sé, yo pregunto; ni pinche idea como funcionan estas cosas».
Porque si tuviera idea estaría él fajándose a Hakkai, quien lo sigue a todos lados con ojos de cordero a medio morir. Sólo así dejaría de molestar al prójimo. Increíble que el club de costura y varios hermanos menores no le proporcionen la cantidad adecuada de chisme.
Pero no, Mitsuya tiene muy bien asumido su papel de celestina: uno que nadie le pidió que interpretara, pero igual ahí está, chingando a su madre.
La cosa es que Baji no ve el punto en adelantarse e ir con prisa. Chifuyu no va a desaparecer de un día para otro y él disfruta genuinamente los pequeños momentos. No necesita los consejos de Mitsuya sobre como debería besar a Chifuyu ni todas sus elucubraciones sobre como prefiere Chifuyu que lo besen: porque a la mejor es de los que prefiere los besos lentos y delicados, medio tiene la pinta, quien sabe; chance es de los que prefieren los besos salvajes, esos que parecen un ataque y un examen de garganta a la vez, donde uno acaba mordiendo los labios del otro. Baji intenta con todas sus fuerzas no sonrojarse cada que Mitsuya se pone a recitar teorías nuevas y también intenta no sacarle todos los dientes del hocico de un puñetazo, porque hay que ver, pinche güero oxigenado que se mete en los que no le importa. Peor es cuando Draken alcanza a oír a Mitsuya y llega a invadir el espacio personal de la concurrencia, pasándole a nada uno un brazo por los hombros. «¿Qué? ¿Ya es hora de discutir otra vez de como Baji sueña con darle a Chifuyu como cajón que no cierra?». Y entonces sí alguien tiene que detenerlo, porque no tienen ningún derecho a referirse así a Chifuyu, pinches animales salvajes que son, parece que nadie les presentó la civilización. No es hasta que lo calman que Mikey —otro pinche entrometido y a Baji ya lo está llevando la que lo trajo— sonríe con esa sonrisa de niño inocente que parece que no ha roto ni un plato y en realidad ya rompió toda la vajilla y dice: «honestamente, Baji-san, ¿qué clase de salvajadas crees que le dicen a Chifuyu cuando tú no escuchas?».
Baji acaba intentando pelear con todos a la vez. Pero si no es un contrincante para Mikey, el hombre más fuerte de todo Japón, menos lo es contra Mikey, Mitsuya y Draken a la vez.
Pinches pendejos, hijos de la chingada, puta madre, desde que descubrieron que Chifuyu es un tema sensible para Baji —que está que se trepa por las paredes pensando en besarlo— no paran de joder cada que tienen oportunidad. Lo peor de todo: no le dan ideas para seducirlo.
Comentan técnicas de seducción sacadas de mangas shojo —cortesía de Mitsuya y de lo que Draken oye a Emma decir mientras finge que no le pone atención—. Vuelven a la discusión pendeja de quien debe asumir qué papel porque los mangas shojo que discuten son el culmen de la cultura hetero.
«¡Qué somos dos hombres, hijos de puta!»
«Pero bueno, Baji…, uno tendrá que ser la cucharita pequeña si quieren cucharear».
Ay, no.
Esa frase de Mitsuya acaba por despertar una fiera en Baji, que se imagina con Chifuyu en sus brazos, acurrucado contra él. Oh, no. Eso es saltarse muchos pasos. Primero necesita decirle me gustas en serio un chingo de corrido, con las palabras atrabancándose unas con otras en su boca. Y luego besarlo. Quiere saber si le gusta besar lento o si va a dejar que Baji le muerda los labios un poquito. Le da igual, porque Baji quiere besarlo de todas las maneras posibles y fajar en todos los lugares que se le ocurran. Y luego decirle «ven a mi casa, hacemos pijamada y sé la cuchara chiquita porque quiero saber que se siente tenerte entre mis brazos».
Pero paso por paso. Uno a la vez.
La última idea que tiene es escribirle una carta, pero eso acaba representándole problemas. Como todos sus planes cuando se trata de Chifuyu, chingada madre.
Primero: Baji es un animal para la gramática; mentiría si dijera que no le produce placer destrozarla algunas veces. Pero quiere que lo entiendan, especialmente cuando escribe a sus abuelos o a Kazutora. Y Chifuyu es básicamente un soldado de la gramática. Cuando lo conoció era el delincuente con mejor ortografía de la región —otras materias se le dan más o menos, pero en japonés nunca falla—: aretes, cabello rubio oxigenado, peinado como si trajera el chicharrón en la cabeza —eso había oído decir a la madre de Chifuyu mientras el adolescente se excusaba con un «pero, mamá, así son los peinados del barrio»—, pero con buena ortografía y la gramática de los dioses. Segundo, ya que en eso estaba: Baji también es un animal para dibujar bien los kanjis.
La opción es pedirle a Mitsuya que revise, pero se niega a sufrir esa clase de humillación pública cuando el muy pendejo no sea capaz de quedarse callado y necesite contarle a todo el mundo la cantidad de cursilerías que Baji es capaz de escribir en una carta.
Mikey y Draken están descartados. Los muy «si compras unos lentes serás más inteligente» que acabaron en «es más divertido verte golpear a cuarenta idiotas que comprar lentes» nada más porque a Baji justo ese día le dieron ganas de darle su merecido a todos los pendejos que se le cruzaron enfrente no parecen una opción muy recomendable para corregir nada.
A Hakkai no le tiene confianza y seguro le iría con el chisme a Mitsuya —quien, Baji supone, juntaría las manos y con gesto maquiavélico diría: «a huevo, chismecito».
Pah-chin nació pendejo, el pobre —y con la desgracia de parecer un señor de cincuenta hasta cuando estaba en los cuneros—. No le pueden decir que seguro lo tiraron de chiquito porque ni aplica. Tampoco es que haya lamido los barrotes de la cuna llenos de plomo. No. Así es. Lo suyo viene de fábrica. Su inteligencia no es académica. La emocional también se le da mal. Y la intuición, peor. Pero sabe dar golpes y para eso sí es listo. Igual, descartado.
Su mamá: descartada. Baji tiene una reputación qué mantener, no puede andarle enseñando cursilerías cuando todavía ni sabe si el tipo en cuestión le va a decir que sí.
A Muto no le tiene confianza para estas cosas. De Smiley y Angry no tiene referencias lejos de que su barrio los respalda y no está por ponerse a buscarlas.
Así que acaba con un diccionario básico de japonés en la mano y un manual de gramática y se aplasta a escribir. El producto final es algo que él considera medianamente leíble. No deshizo el lenguaje japonés tantas veces (aunque se imaginó un par de veces a varias de sus profesoras en la primaria: «Baji Keisuke, eres una desgracia gramatical»).
El plan, si le preguntan a él, le parece perfecto.
Chifuyu sabe que escribe cartas. Se sienta con él durante horas a corregirlas y contiene todas sus ganas de hacer rollo un cuaderno y darle de zapes la quinta vez que se equivoca en el mismo kanji.
Se conocieron así.
Es un buen detalle.
Eso, por supuesto, considerando que todo salga bien.
Y, como siempre, cuando se trata de confiar en que los imbéciles de la ToMan no van a arruinarle la vida condenándolo a morir sin novio, todo sale mal.
Mitsuya encuentra la carta.
Bueno, no tanto como «encontrarla por casualidad» sino después de saquear los bolsillos de Baji enfrente de Draken y Mikey porque lo vio meter algo en su pantalón y creyó que era dinero que después podría usar para comprar alguna estupidez en alguna máquina expendedora.
—Uy, Baji, qué es esto.
Alza la carta.
—¡Deja eso, imbécil!
—¡No, no, quiero leerla toda! —Y empieza—. «Chifuyu». Ay, ¿no le dices «mi amorcito»? Qué decepcionante.
—«Cariñito» suena mejor —interviene otra voz.
—Mikey, cállate, no sabes nada de romance.
—Vimos cinco películas el fin de semana, Ken-chin. Creo que lo sé todo.
Draken sólo pone los ojos en blanco. Pues bueno. Ahora tendrá que asumir que todo el conocimiento romántico de Mikey viene de cinco películas y resúmenes de mangas shojo aunque no sepa si a Mikey le gusta «algo». Algo. Algún ente. Ya ni siquiera hablan de personas cuando se trata de él. Quizá esté enamorado de sus propias patadas voladoras.
—¡Uy, podrías decirle «amorcito corazón», Baji! —Por supuesto, la idea ganadora es de Mitsuya.
—Cállate, animal. ¡Y regrésame eso!
—Seguro que le gusta. O sea, te mira total como alguien a quien le gustaría que le dijeras «amorcito corazón» —insiste Mitsuya—. O quizá le gustaría que le dijeras de cualquier manera. Hasta «vínculo sexoafectivo» sería aceptable para Chifuyu con tal de que se lo digas tú.
—Lo conozco mejor yo que tú, cállate, pendejo.
—Créeme, el significado de sus miraditas… —y agita los párpados en una representación exagerada de enamoramiento o infatuación—; uy, ese nos lo sabemos todos.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo me mira, según ustedes, cabrones?
—Con cara de que quiere que le lleves serenata. —Mikey. Será el único decente de los tres.
—Con cara de que quiere que le arrimes el pito. —Draken, siempre fino para temas románticos.
—Con cara de que si lo dejas como cajón que no cierra te daría las gracias. —Mitsuya, otro finísimo individuo y delincuente. Levanta la carta después de eso—. De hecho, a ver, ¿no se lo escribiste? —Revisa todos los kanjis de Baji de arriba abajo después de eso—. No, no, qué decepción, qué clase de declaración es esta, Baji, tienes que decirle que sientes que te prende muy cabrón el anafre. De todas las maneras posibles.
Ninguno de ellos ha besado a nadie.
Draken no por falta de pretendientes, sólo falta de ganas. (Mira a Mikey con ojos de que quiere decirle todas las cursilerías del mundo). Mitsuya porque es una maldita cucaracha con más experiencia en las vidas ajenas que en su vida romántica propia. Mikey porque seguro ni sabe cómo besar a nadie. De niño se tapaba los ojos para no ver los besos de las películas gringas y decía: «fuchi, qué asco».
Pero todos se sienten con la necesidad de opinar.
—Yo que tú —sigue Draken, con el dedo en la llaga— agregaría que quieres darle duro contra el muro.
—O macizo contra el piso. —Mitsuya no tiene piedad.
Baji quería verse fino, sensible, capaz de controlar sus instintos de adolescente calenturiento.
—O ya sé —sigue Mitsuya—: te lo llevas a la playa. Le dices que en tu moto caben los dos pa' que se abrace a ti. Y luego, en el oído, bajito, le dices: «sin pena en la arena».
La carcajada de Mikey desconcierta a Baji un momento y evita que su puño acabe en la cara de Mitsuya.
—¿Cuál es el chiste?
Bendito Chifuyu. Si supiera de qué están hablando ni se acercaría a preguntar cuál es el motivo de la comedia.
—Nada, nada, una carta. —Por suerte Draken no es mononeuronal y tiene la sensatez de no exponer más a Baji.
—Una carta de amor —clarifica Mitsuya—. ¿Tú cómo te declararías a alguien? Es que a la mejor necesitamos ayuda.
Pinche cabrón hijo de la chingada. Le encanta meter el dedo en la yaga y dejarlo ahí hasta causar una infección severa.
—Eh…
Chifuyu los voltea a ver a todos con cara confundida mientras, lentamente, se va poniendo rojo como un jitomate demasiado maduro. Baji jura que el sonrojo llega hasta las orejas. Y ahí es cuando dice basta.
Esos tres idiotas, a quienes se les podría construir un monumento a la estulticia, pueden meterse con él todo lo que quieran. Pero no avergonzar a Chifuyu. Así que lo agarra de la muñeca y empieza a caminar para alejarse de ellos, aunque su carta siga en las manos de Mitsuya y la mitad de su plan esté medio arruinado.
—Ignóralos —dice, de malas—. Vamos por yakisoba, mejor.
Mikey sigue riéndose cuando se alejan. Draken le guiña un ojo cuando Chifuyu no puede verlo y luego hace una serie de señas obscenas que ilustran perfectamente cómo opinan que Baji debería declarársele. Y en el fondo, Mitsuya, como buen chingaquedito, canta algo que suena mucho como amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso que se prenda en el calor…
Se quedan sentados en una banqueta comiendo un yakisoba para los dos, una tradición que tienen desde la primera vez que Baji lo llevó a su casa.
—¿Qué se les metió ahora con las declaraciones románticas?
Baji se encoge de hombros. «Y yo que voy a saber».
—A la mejor uno está enamorado —dice.
Y por uno se refiere a él, que está enamorado hasta las trancas de Chifuyu, hasta parece que le hicieron un amarre para que sólo pueda pensar en él todo el día. Lo ve de reojo y lo ve sonrojarse de nuevo. Carajo, se ve adorable. Le encantaría agarrarle las mejillas y estirarlas o besarle la boca y meterle la lengua entre los labios o de plano poner sus labios en su cuello y clavarle los dientes hasta dejar un moretón.
Pero tiene que pisar el freno, que antes necesita que Chifuyu consienta que le haga todo eso.
—No veo a ninguno enamorado —dice Chifuyu—. Mitsuya ni se da cuenta de que Hakkai suspira por…
—¿También sabes eso?
—Lo sabe toda la ToMan, Baji-san —replica Chifuyu—. Algunos tenemos ojos, ya ves.
—Ya veo.
Chifuyu vuelve a tener las mejillas sonrojadas. Así que Baji decide hacer una estupidez y probar las aguas, no vaya a ser que se lance a la alberca sin ver y descubra que no tiene agua.
—¿Y tú qué? ¿A ti te gusta alguien?
El color sonrosado de las mejillas de Chifuyu vuelve a ser rojo jitomate profundo de esos que están a dos días de pudrirse y es el momento perfecto para comerse uno. Quizá no fue la mejor pregunta del mundo.
—No sabía que te interesaba mi vida romántica, Baji-san —dice Chifuyu, finalmente, más lento.
«Me interesa todo de ti, carajo, puta madre, ¿qué no ves? Pienso en recorrerte todo el cuerpo con los labios y en qué cara pondrás cuando te excitas y cómo son tus sonrisas de pendejo enamorado. Si aquí la única regla era no encularse, yo ya estoy enculado hasta el fondo; es más, si supiera cantar te lo cantaría, carajo, Chifuyu».
Todo eso se le queda atorado.
Traga saliva y pretende tener paciencia.
La verdad es que Baji llegó muy tarde al reparto de aquella virtud y por tocarle, no le tocó ni el reintegro; acabó siendo un mechacorta. Anda también falto de sentido común —aunque le complace tener un poquito, aunque sea— y en general de sensatez. Pero no le va tan mal en la vida.
—Me interesa si quieres contarme, idiota.
Chifuyu sigue tan rojo como hace unos momentos y mira sus zapatos como si fueran la cosa más interesante del mundo.
—En realidad es un secreto.
—Entonces te gusta alguien.
—Es un secreto, Baji-san.
No sabe por qué presiona. Quizá porque quiere ponerle una mano en la espalda y atraerlo hacía su cuerpo, tenerlo tan cerca que le eche encima todo el aliento y decirle «la neta la neta me gustas un chingo tú». Le da miedo que a Chifuyu le guste otro pendejo. Que lo que Mitsuya, Draken y Mikey dicen sobre como lo mira no sea del todo verdad.
—Si te gustara alguien —empieza y lo hace como suposición porque no soportaría que a Chifuyu le gustara alguien más—, ¿se lo dirías?
Chifuyu no alza la vista de sus zapatos al responder.
—Cuando sea el momento preciso.
¿Y cuándo, chingada madre, es el momento preciso?
Baji no vuelve a escribir otra carta. Lo intenta, pero todos los kanjis parecen burlarse desde el papel. Le da miedo que Chifuyu no lo quiera a él. Que se sonroje por otro. Todas las frases le empiezan a parecer ridículas. De repente decirle que quiera aprenderse el mapa de sus labios hasta conocerlo entero le resulta una frase demasiado cursi, ridícula, incluso pendeja. Quién le dice eso a alguien sin quedar como un intenso ridículo.
Sea lo que sea, la carta no vuelve a salir.
Los trazos mal hechos de Baji se ríen de él a carcajadas desde el papel y decide deshacerse de esa idea.
Cada que ve a Chifuyu piensa en decírselo, pero por algún motivo nunca le parece que sea el momento adecuado, preciso. No importa cuantas veces pregunte Mitsuya si ya le confesó su «amor eterno» a su «amorcito corazón» —citas textuales— o si más bien lo que necesita es agua de calzón para que Chifuyu se quede prendado de él para siempre. A veces le ríen la gracia, pero algo dentro de Baji se tuerce cuando piensa que, pase lo que pase, nunca obligará a Chifuyu a quererlo.
«No seas imbécil, pinche animal», dice Draken cuando se le ocurre medio verbalizar eso, «todos pueden ver que Chifuyu te quiere simplemente porque le da la pinche gana».
No han parado de molestarlo con sus barbaridades. Que cual es la mirada de que uno quiere que le den como cajón que no cierra, que si los ojitos así significa que se la pasa pensando en él, que sí el rubor de las mejillas traiciona a cualquiera. Baji está a punto de declarar que el romance ha muerto la última vez que Mitsuya pregunta si acaso no se muere por sentársele a Chifuyu en la cara. (Baji tiene que preguntarle a Draken qué chingados significa lo de sentarse en la cara, total vive en un prostíbulo y ha oído cosas de toda clase).
Y mientras se come todos sus sentimientos cuando camina al lado de Chifuyu para ir a la escuela y cuando vuelve.
—Baji-san.
—¿Qué?
—¿Leíste el libro?
—¿Cuál libro?
—Vamos, compartimos profesor de literatura. El de literatura, idiota.
—Pues no.
Se le ocurren cuarenta cosas más entretenidas que leer lo que deja el profesor de literatura. Por ejemplo: pensar en Chifuyu, pensar en declarársele a Chifuyu, decirle a Mitsuya que si no deja de decir dobles sentidos el emperador de Japón va a tener que declarar que el romance ha muerto, pensar en Chifuyu sonrojado, golpear a alguien, pensar en Chifuyu abrazándolo por detrás en la misma moto, golpear a Mitsuya si es que no se calla el pinche imbécil, pensar en Chifuyu ofreciéndole siempre y sin falta la mitad de su yakisoba.
—Podemos leerlo juntos.
—¿Tampoco lo has leído?
—Lo empecé, pero… —Chifuyu se encoge de hombros—. Puedo ir a tu casa y podemos leer sentados un rato en la mesa de la cocina.
—Bueno.
Chifuyu hace una parada en su casa —cosas de vivir en el mismo edificio— para tomar el libro y decirle a sus papás que estará con Baji. Resulta curioso ver como no tiene una de las peores familias disfuncionales. No está todo el tiempo atendiendo hermanos menores, como Mitsuya, que tiene que asegurarse que todo el mundo llegue vivo a la mañana siguiente —quizá por es vive y se alimenta del chisme—; como Mikey que sólo tiene a su abuelo —y Baji evita pensar en su propia culpa en las carencias familiares de Mikey—; como Draken, que vive prácticamente solo. O como era Kazutora, con los moretones que se esforzaba en esconder porque no se los había ganado en peleas limpias. La vida familiar de Chifuyu es bastante normal. No es la mejor. Sus padres no le ponen prácticamente atención y trabajan todas las horas del mundo intentando conseguir algún ahorro para que Chifuyu logre ir a la universidad —algo que de todos modos se ve bastante lejano—,así que el muchacho sólo hace lo que quiere, a la hora que quiere y sus padres se resignan a ser los papás de un delincuente medio del tres al cuatro —según su mamá, que intentó por todos los medios quitarle «ese chicharrón ridículo del cabello» y le dio las gracias a Baji cuando Chifuyu por fin dejó de pararse el cabello; «es que dijiste un día que se veía bien con el flequito en los ojos, Baji-kun»—. Pero tiene dos papás que a veces le ponen atención los domingos y que se preocupan por al menos asegurarse que su hijo siga vivo cada noche.
Algo inusual para más de la mitad de los pandilleros.
Quizá por eso Chifuyu parece más centrado y menos orate que la mayoría, aunque de todos modos le deben faltar varias neuronas después de tantos golpes.
Terminan sentados en la mesa de la cocina mientras Chifuyu lee en voz alta un cuento. Usualmente Baji no tiene problemas para concentrarse en la voz de Chifuyu, pero ese día no es de los buenos.
Ese día se fija en sus manos sosteniendo el libro, con los nudillos callosos después de tanto golpe, en los dedos delicados que tantos han cometido el error de subestimar. Todos ven al subcomandante de la primera división y piensan: «ay, qué poquita cosa». Hasta que Baji se cruza de brazos y ladea la cabeza. «A ver, "poquita cosa", que dicen que les partas su madre». Y Chifuyu nunca decepciona y de paso va y le prende el anafre.
Se fija en sus brazos delgados con los mismos con los que ha dejado noqueados a muchas bolas de idiotas. En sus piernas. En su rostro de niño bueno y sereno. Matsuno Chifuyu, sueño contigo, carajo, todas las noches. Es eso o no me dejas dormir, hijo de la verga. Ya perdí el sueño.
—¿Baji-san?
—¿Qué?
—Que si estabas escuchando…
—Eh…
Chifuyu suspira.
—Volveré a empezar está página.
Pero Baji le pone una mano al libro para detenerlo.
—Mejor no.
—¿Mejor no? Si no quieres reprobar.
—Más tarde. Puedes seguir leyendo más tarde.
—¿Y qué quieres hacer?
Baji levanta la mano del libro.
—Distraerme.
—¿Distraerte cómo?
—Mi mamá me escuchó hurgando en su música.
—¿Y?
—Me trajo un disco.
—¿Y?
—¿Quieres escucharlo?
Es Chifuyu quien pone las palabras en su boca.
—Baji-san, ¿quieres bailar?
Hace tiempo que no lo hacen. Se divierten, claro, pero Baji dejó de intentarlo como método de declaración porque siempre acababa perdido con la cadera de Chifuyu pegada a la suya y la piel tan cerca y el aroma del otro justo en su nariz. Por eso la carta. Le daba más espacio. Pero tuvo que quedársela Mitsuya y todavía no se la ha pedido de regreso después del fracaso con la segunda
—Sí —admite.
—Bien, dejaré que me pidas un baile —decide Chifuyu.
—Podrías pedirlo tú.
—Pero el que quiere bailar eres tú; pídelo tú, Baji-san.
Y Baji deja escapar un resoplido y le ofrece una mano.
—¿Bailas?
—Quizá. —Chifuyu medio le sonríe de lado y parece que se esconde algo de pena en su expresión.
—¿Quizá?
—Pregúntamelo bien, Baji-san.
Y Baji no tiene ni puta idea a qué se refiere Chifuyu con eso, pero decide adivinar y seguir su intuición.
—¿Bailas pegadito?
Y Chifuyu, con todo y el sonrojo que él mismo se provocó, responde:
—Sí.
Notas de este capítulo:
1) Después de haber convivido con adolescentes hombres durante toda mi adolescencia, sé que no estoy exagerando al decir que sí hablan así sin haber dado ni medio beso.
Andrea Poulain
