Lo que queda de mí

Capítulo 10

Por Lu de Andrew

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Ella caminaba a través de las calles, sin prestar atención a su alrededor. Acababa de recibir telegrama de su madre, pidiéndole, casi exigiéndole que regresara a San Francisco.

Y sabía que ella tenía la culpa. Pero había estado tan emocionada un mes antes, con la noticia tan maravillosa que tenía, que no tardó en contarle a su mamá. De ahí su petición vehemente de que fuera a la ciudad con ellos. Solo que aún no le decía nada a Albert, y no podía llegar y decirle lo que le pedía su mamá.

Y es que, desde hace dos meses que tomó la decisión de quedarse y luchar por su marido y su matrimonio, despidió a su madre, ganándose su enojo. Su madre volvió a su casa a la ciudad, negándose a hablarle por haberla "corrido" de su casa.

Por eso, cuando el Dr. Martin le confirmó que estaba embarazada, un mes después de eso, lo primero que hizo; fue mandarle una carta a su madre dándole la noticia esperando que al enterarse que iba a ser abuela, la perdonara. Y así fue, solo que ahora, con tres meses de embarazo, su madre le decía constantemente que saliera de "ese pueblo dejado de la mano de Dios", y que, si no lo hacía, ella enviaría a alguien por ellos.

Pero no le había dado a Albert la noticia. Y eso fue porque unos días después de que su madre se fuera, recibió una visita.

Elisa Leagan la visitó, sin que nadie se enterara, porque ya estaba al tanto del precio que su esposo ya tenía sobre ellos, y aunque le había preguntado a él, no quiso decirle el porqué de pronto tanto odio hacia ellos. Pero Elisa sí lo confirmó.

Le dijo que era porque lo habían encarado al enterarse de que el antiguo amor de su esposo, estaba en el pueblo y se veían constantemente. Le habían dicho que su esposa no merecía el trato que le estaba dando, y hasta le dijo que, era muy probable que por eso le hubiera puesto un ultimátum, pues quería que ella se fuera con su mamá y así ser libre para estar con el amor de su infancia. Ella había quedado en shock, no podía creer que fuera verdad, pues no había indicios de que Albert pasara mucho tiempo en el pueblo. Pero cuando le dio la identidad de la mujer que, según ella había amado en el pasado y seguía haciendo, la puso a pensar.

Era Candice White, o Stevens, la dueña del salón de té. La madre del chico que tanto protegía, y que trabajaba en su rancho, al que le daba muchas responsabilidades, y a la vez muchas concesiones. Al que le rogó que regresara a trabajar, al que le subió el sueldo y lo trataba como si fuera de la familia. Tal vez deseaba que fuera su hijo, al fin y al cabo, era una extensión de ella. Ese día que se fue Elisa, le dejó muchas dudas que, con el transcurso del tiempo, prestando más atención que de costumbre, se dio cuenta era muy probable que lo que le dijera fuera cierto. Desde entonces se habían convertido en amigas, ella sabía dónde se escondían, y era ella quien los iba a buscar y les proporcionaba alimento y ayuda económica. Su marido casi siempre estaba en los campos trabajando, y los empleados hacían lo que ella ordenaba. Aunque se aseguraba de ir cuando no estuvieran los empleados de confianza para que no notaran nada raro y le informaran a Albert. E iba a pie, pues no estaba muy lejos, se escondía en esa cabaña que casi se caía de lo vieja que estaba. Una cabaña que, según ellos le habían dicho, había sido de un guardabosques hace muchos años. Y no los delataría, irónicamente, era con quien más confianza sentía. Incluso más que con las mujeres prominentes del pueblo.

Ahora había decidido que ya era hora de decirle a su marido, y poner las cosas en claro con esa mujer. No había vuelto a poner un pie en su negocio desde esa plática, y ahora era temprano por la mañana. Le exigiría que dejara en paz a su marido y luego le diría a Albert que, si la quería, y quería que su hijo naciera en un ambiente tranquilo y civilizado, se tenían que ir de ese lugar. Estaba segura que lo haría, porque no abandonaría a su hijo. Podía dejar el rancho en manos de su padre, George, quien pronto se reuniría con ellos pues les había dado su espacio como recién casados y mientras se construía su casa, no muy lejos de la casa principal. Así que no se quedaría sin cuidado, y su padre viviría donde siempre había anhelado.

Pero ahora era tiempo de cortar una serpiente por la cabeza. Si por ella fuera, se encargaría de sacar a Candice del pueblo. Pero sus planes no eran quedarse a vivir ahí, y, además, tenía el apoyo del banquero, su madre, el alcalde, su esposa y demás miembros importantes del lugar. La querían y hasta la habían hecho parte del concejo, no creía que sirviera de nada la campaña de desprestigio que propuso Elisa.

—Buenos días, señora Stevens — dijo Karen, encontrando a Candy afuera de su casa. Por la hora, todavía faltaban un par de horas para que abriera su negocio. Candy la vio con evidente sorpresa.

—Buenos días, señora Andrew. Me da gusto volver a verla. ¿A qué debo su visita?

—Quisiera que me permitiera unas palabras con usted. Se trata de mi esposo — el tono cortante y hasta cierto punto grosero, hizo fruncir sus cejas a Candy.

No tenía idea de qué se trataba, pues no había vuelto a cruzar palabra con Albert desde que se despidieron esa tarde hace dos meses. Solo vistas esporádicas de lejos, pero ni siquiera un saludo, pues nunca se habían encontrado cara a cara. Y aunque al principio le dolió un poco, sabía que eso era necesario. Especialmente tras la plática que había sostenido con Tom. Después de hablar con Albert y aceptar trabajar nuevamente para él, habían hablado largo y tendido. Su hijo le había hablado de su preocupación por ella y que saliera lastimada, pues sospechaba que aún estaba enamorada de él. Ella le aseguró que no había de qué preocuparse, y desde entonces, se había dedicado a salir con Terry y darse una oportunidad. Estaba tranquila sabiendo que Albert era feliz con la vida que llevaba, y ella también era feliz con la vida que se había forjado. Así que, aunque su corazón aun latía salvajemente cuando lo veía de lejos, podía sonreír sabiendo que no la odiaba, que contaba con él, y que ambos, a pesar de estar separados, habían cumplido sus sueños. Así que, sí, esa era su realidad. Por lo que estaba genuinamente interesada en saber qué quería Karen Andrew y por qué la veía como si quisiera desaparecerla de la faz de la tierra.

—Podemos hablar en mi oficina — por fin contestó, dejando de divagar en su mente. La guio hasta el lugar y le ofreció un asiento.

—Prefiero estar de pie, gracias.

—Vaya, veo que no será una plática amigable.

—Por supuesto que no. Vengo a exigirle que deje en paz a mi marido — Candy la miró con evidente sorpresa.

—¿Cómo dice?

—Ya estoy enterada de lo que hubo entre ustedes, y también que quiere iniciar en donde lo dejaron.

—No sé de dónde sacaste esa información. ¿Exactamente qué piensas que hubo entre nosotros?

—Pues, tuvieron algo…íntimo.

—¿Y eso te lo dijo…?

—Una persona que los conoció en esa época — Candy se sentó y vio a la esposa de Albert. Estaba genuinamente enojada, y no entendía quién pudo haberle dicho semejante ridiculez. Solo conocía a un par de personas que serían capaces de difamarlos de esa forma, principalmente porque siempre insinuaban lo mismo. Y esos eran Elisa y Neal, pero nadie sabía dónde estaban, ¿o sí?

—Pues esa persona te informó mal. Solo hay dos personas que pueden decir algo tan bajo, y en estos momentos nadie sabe dónde están. Porque todos los que nos conocieron en ese entonces, y puedes preguntarle a quien quieras, te dirán que fuimos novios, en una relación limpia, y estuvimos a punto de casarnos. Algo salió mal y yo tuve que irme del pueblo, ahí terminó nuestro compromiso. Eso fue hace casi dieciséis años, hasta que nos volvimos a encontrar y a hablar hace unos meses. Coincidimos en un lugar, platicamos, y si bien no quedamos como amigos, tampoco como enemigos. No hemos vuelto a cruzar palabra, ni siquiera un saludo de lejos, desde esa ocasión. Así que no sé cómo puedes decir que deje en paz a tu esposo.

—Yo… está persona me aseguró que los conocía de cerca y que…

—El caso, Karen es que, en ese entonces, el pueblo era muy pequeño y todos nos conocían de cerca. Y creo que puedo asegurar que solo hay dos personas que podrían asegurar algo tan vil como eso. Pero es imposible que alguno de ellos te haya dicho algo porque nadie sabe dónde están, ¿no es así? Especialmente con la recompensa que está ofreciendo tu esposo.

—Yo no hablé con Elisa — Candy levantó las cejas, pues claramente no nombró a Elisa —. Quiero decir que…que…ella me dejó una carta. En ella me informó todo lo relacionado con ustedes.

—¿Y no te mencionó que quería a Albert para ella?

—¿Cómo?

—Durante todo nuestro noviazgo, ella y su hermano quisieron, de una u otra manera, separarnos. Cuando no inventaban cosas para que mis papás se opusieran la relación, inventaban algo para amenazar su trabajo y me obligaran a terminar con él, o simplemente ideaban planes para hacer que hubiera malentendidos entre nosotros. Y cuando no les salían sus planes, armaban líos, robaban cosas, solo para culparme. Eran tan retorcidos porque nos querían para ellos. Y no creo que hayan cambiado con el tiempo. Por eso te recomiendo que, si es cierto que te envió una carta, sea la única interacción que tengas con ella, y si sabes dónde se encuentran, díselo a Albert, por alguna razón los está buscando. Y es tu esposo, debes confiar más en él que en dos completos extraños.

Karen en realidad se sorprendió con lo que acababa de decir Candy. Elisa ciertamente solo le había descrito su relación como algo mórbido, algo rayando en lo vulgar, aunque sin entrar en detalles. Y claramente no le había dicho acerca de su enamoramiento por Albert. Y era obvio que nadie, ni la anciana chismosa que era dueña del lugar donde confeccionaba sus vestidos, había mencionado o insinuado algo así.

Pero los celos de saber que la mujer que tenía enfrente, había sido el amor más grande en la vida de su esposo, la hacían que no pensara con claridad. Porque estaba plenamente consciente de que cuando conoció a Albert, e incluso cuando se casó con él, su corazón estaba cerrado a cal y canto en lo que correspondía al amor. Y aunque él le había asegurado que la quería, sabía que no la amaba. Claro ella también había estado como él, y también había llegado a quererlo, no lo amaba, pero, ¿era su esposa y tenía todo el derecho de luchar por su marido no?

Aunque ella ni siquiera le habla a Albert, le recordó su consciencia, pero decidió ignorarla.

—Confío en mi esposo, pero no negará que es demasiado extraño que no me haya hablado de usted.

—Tal vez sea porque no tiene, y no le ve, ninguna importancia. La importancia se la das tú, haciendo caso de chismes infundados, de alguien que siempre envidió lo que teníamos. Además, como mencioné, fue hace dieciséis años.

Karen la miró fijamente durante unos segundos. Se dio cuenta que le había dejado de llamar: señora Andrew, y hasta la había comenzado a tutear. Había algo en toda esta plática que le molestaba.

—¿Sigue enamorada de él?

Candy la miró apenas unos segundos. Parpadeo. Parpadeo.

—Debes estar tranquila. Estoy consciente que esa puede ser una preocupación para ti, pero, ese río ya se secó. Es decir, míranos, dieciséis años han pasado. Él ahora es tu esposo, ha cumplido su sueño, regresó a este lugar, y no tuvo nada qué ver el hecho de que pensara en volver a encontrarnos. Yo también he cumplido mis sueños. Me…casé, tengo un hijo maravilloso, un negocio en crecimiento, estoy saliendo con alguien muy especial. No hay nada en común entre él y yo, ahora.

—Y también está el hecho de que pronto será padre — no era intención para Karen hablarle de su secreto, pero quería que supiera que cada vez estaban más alejados.

Candy no tuvo ninguna reacción, eso fue hasta que comprendió la afirmación de la mujer frente a ella. Aspiró profundamente, y mostró lo que parecía una sonrisa genuina. Pero Karen se dio cuenta que sí la había sorprendido. Ella sonrió aún más.

—Me alegro mucho saberlo. Estoy segura que deben estar muy felices. Albert siempre deseó tener una gran familia. Estará feliz de hacerlo realidad.

Y así la sonrisa de Karen se desvaneció. ¿Acaso esta mujer quería restregarle en la cara que conocía muy bien a Albert? Porque probablemente todo lo que le había dicho Elisa era mentira, pero había sido peor, ellos se iban a casar. No se fiaba de ella y su apariencia inocente y noble.

—Gracias.

—Ahora, espero que haya quedado muy claro que ni siquiera existe una amistad entre Albert y yo, así que, si no te molesta, necesito preparar todo para abrir el salón. Si deseas aclarar algo más, con gusto te atenderé cuando me encuentre más desocupada.

—Oh, no. Creo que ya fue suficiente con la plática que tuvimos.

—Muy bien. Te acompaño a la puerta.

—No es necesario, gracias. Prefiero salir por el frente.

—¿Por la puerta del salón?

—Sí — de esa manera no habría chismes de verla saliendo de la casa de Candy.

Candy la acompañó hasta la salida, pero antes se detuvo en el mostrador donde estaba atendiendo Jade, pidiendo a Karen que le permitiera un momento.

—Jade, ¿podrías preparar una canasta de nuestra selección más especial para la señora? Por favor —vio como lo comenzaba a hacer la muchacha, y se dirigió a Karen —. Es un regalo de mi parte, considéralo una felicitación por la feliz noticia que compartiste conmigo.

—Pues gracias, pero no es necesario.

—Yo no lo creo así. ¡Oh! También agregaré roles de canela, se verán muy simples a lado de lo demás, pero son los favoritos de Albert, ¿no es así?

Karen ya no resistió más y salió del lugar muy enojada. Candy al verla, borró la sonrisa de su rostro, se había dado cuenta que la esposa de Albert solo le dijo que estaba embarazada para hacerle daño. Por eso le recordó dos veces que ella lo había conocido muy bien, y primero que ella. Hizo todo lo posible para no salir corriendo de la habitación, pero sí le había dolido saber la noticia.

—Lo siento, Jade. Ya no es necesario.

Con un intento de sonrisa, se alejó a su oficina para poner en orden sus sentimientos.

Mientras tanto, Karen casi corrió hasta donde la esperaba el hombre que la llevaría hasta su casa. Estaba furiosa. ¿Cómo se atrevía esa mujer a recordarle lo bien que conocía a su marido? Ella no había hecho nada malo, tenía todo el derecho del mundo a exigir que se alejara de su marido. Especialmente después de toda la historia que tenían detrás. Porque ella sabía cuánto la había amado Albert, y ella… en eso se dio cuenta de algo. Candy no le había dicho claramente que ya NO amaba a su marido, solo le dio vueltas al asunto. ¿Cómo no lo vio antes?

Cuando llegó al rancho, lo primero que hizo fue ir en busca de Albert. Lo encontró en su despacho, ocupado con algunos documentos. Pensó en reclamarle, preguntarle por qué nunca le había mencionada que se iba a casar con la madre de su empleado, pero desechó la idea, porque tendría que decirle quién le habló de todo ello, y había prometido no traicionar a los Leagan. Porque a pesar de todo lo que escuchaba hablar de ellos, era cierto que ella no los veía que fueran tan "malos", como medio mundo aseguraba. Seguramente era una exageración. Así que solo le hablaría del bebé, y tratar de convencerlo para que se fueran de ese lugar.

—Albert, ¿podemos hablar? — Albert levantó la mirada. Dejó los papeles frente a él y se puso de pie.

—¿Ha pasado algo malo con tus padres? Te veo intranquila — dijo preocupado. La tomó de los brazos y le dio un abrazo.

—No es nada de eso. Es que tengo una noticia, me acabo de enterar — le contestó con la voz amortiguada en su pecho.

—¿Qué pasa? Me estás preocupando.

—Bueno, no sé si te has dado cuenta que últimamente me he sentido un poco mal.

—Sí.

—Bueno pues fui al doctor.

—¿Y qué te dijo, Karen? ¿Estás enferma? — ahora estaba realmente preocupado. La alejó un poco de él, para verla a los ojos.

—No. Yo, solo…estoy embarazada.

Él se quedó quieto unos minutos. Y finalmente la tomó en brazos y dio un par de vueltas con ella. Estaba exultantemente feliz. No podía creerlo, siempre había deseado una gran familia, ahora comenzaba a hacerse realidad su sueño. Por una centésima de segundo, pasó por su mente la mujer con la que deseó eso, pero lo alejó de inmediato, ahora esta era su realidad, y estaba feliz con ello.

—¡No puedo creerlo! ¿Por qué no me dijiste para que te acompañara?

—Es que, la verdad sospechaba algo así, y quería que fuera una sorpresa para ti.

—¡Oh, créeme! Fue una gran sorpresa — no podía borrar esa sonrisa de su rostro, lo hacía ver más guapo de lo normal. Y Karen supo que lo tenía donde lo quería para que salieran sus planes.

—Albert, yo creo que estaría bien si el bebé naciera en la ciudad. Ahí los médicos están mejor preparados.

—¿Mejor preparados que el doctor Martin? Cariño, el doctor ha traído niños a este mundo en las condiciones más ilógicas. Estarás bien con él.

—Oh, claro. Es solo que, también estoy un poco preocupada por lo que sucede alrededor. Los dos días de lluvia interrumpidos que tuvimos, y tu dijiste que no era común, si seguía así, podría derrumbarse el río.

—Pero se calmó. Y eso fue hace más de una semana.

—Lo sé, pero, ¿las incursiones de los indios? Pueden llegar hasta aquí, eso me preocupa mucho.

—No tienes de qué preocuparte. Nunca han avanzado tan lejos, y el pueblo es terreno neutral para los conflictos entre el ejército y las tribus, todos lo saben. Aquí, y en el pueblo, estás bien — ella sonrió a regañadientes.

—Bueno, si te soy sincera, también está el hecho de que desearía que mamá estuviera conmigo. Ella me daría muchos consejos, y me ayudaría en las últimas semanas.

—Tienes razón — se quedó callado unos momentos. La sola idea de tener a su suegra en su casa nuevamente, hacía que le comenzara un dolor de cabeza, pero al ver la mirada esperanzada en los ojos de su esposa, supo que podía ceder un poco —. Podrías decirle que venga a pasar los últimos meses contigo.

Karen hizo una mueca, sin que Albert la viera, ¿qué más podía decir, para convencerlo de irse a la ciudad? Estaba absolutamente convencida que una vez instalados, y con el bebé recién nacido, podría convencerlo para quedarse a vivir ahí, y olvidar ese horrible pueblo.

—Está…bien — dijo. Aunque internamente ya estaba pensando en qué hacer para convencerlo para irse.

—O, ¿sabes qué? En dos meses aproximadamente, tengo programado un viaje a Nueva York, podrías acompañarme. De paso compras un nuevo guardarropa, escogeremos algunas cosas para la habitación del bebé, entre otras cosas. De regreso, podremos pasar un par de semanas con tus padres y ahí veremos qué haremos.

—¡Oh, Albert! — le abrazó fuertemente —. Esa será una excelente noticia para mamá y papá. Debo escribirles y contarles todo.

—Me parece perfecto, pero a todo esto, no me has dicho cuántos meses tienes.

—El doctor dice que tengo tres meses, así que cuando viajemos, tendré cinco, aun podré viajar cómodamente.

—Empezaré a hacer los planes para que todo este preparado.

—Bien.

Él regresó nuevamente a su escritorio y tomó asiento. Estaba exultante de alegría, pero sentía que algo le faltaba. Tal vez era ese sentimiento de ver que su esposa estaba más preocupada de irse para estar con su madre, que delirantemente feliz por su hijo. O tal vez estaba loco.

Ella se subió las escaleras, haciendo planes para decirle a su madre que por fin había encontrado la manera de convencer a Albert para quedarse a vivir en la ciudad. El bebé ciertamente había llegado en una muy buena hora.

Sonrió triunfante. ¿Quién diría que una cosita tan pequeña, tendría el poder de hacer lo que ella no pudo?

¿Candice Stevens?

Hasta nunca.

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CONTINUARÁ...