4.

Deja que salga la Luna
Deja que se meta el Sol
Deja que caiga la noche
Pa' que empiece nuestro amor

Deja que salga la luna, José Alfredo Jiménez


Cada que Mitsuya abre la boca y el tema tiene que ver con Baji y Chifuyu, todos tienen que escuchar alguna pendejada.

Es la penitencia que todo el alto mando de la Toman tiene que cumplir por ser su amigo y porque Baji todavía no se le haya declarado a Chifuyu.

Lo último es una joya.

Mikey tuvo un ataque de risa y luego le sugirió a Mitsuya que lo bordara y se lo regalara a Baji. A la mejor podía usarlo cuando le dijera que quería que lo besara o lo que sea que hiciera la gente enamorada.

«¿Sabes qué deberías decirle, Baji?». Contuvo las ganas de taparse los oídos para no escuchar. «"Se ve que tienes ganas de sentarte en mi pinocho". Con eso cae rendido».

Corte a Baji intentando golpear a Mitsuya, Mikey en el piso teniendo un ataque de risa y Draken intentando detener la inminente pelea. De fondo, con las rizas de Mikey: «pinocho». Y Hakkai, mirando de lejos, con cara de adoración a Mitsuya, que hizo la pregunta que a todos les pasó por la cabeza: «¿Cómo se le ocurrió semejante mamada?».

Por supuesto que Baji no quiere llegar con Chifuyu y decirle que si se le quiere sentar en el pinocho. Eso es material para después de decirle que le gusta mucho y bien, no antes. Pero Mitsuya, que lleva días obsesionado con los genitales —y lo único que le falta es hacer un pito de crochet para regalar entre sus amigos— insiste en que seguro Chifuyu «arde en deseos incontenibles de sentarse en el pitote de Baji». Esa fue la expresión.

Mitsuya, ¿así hablas cuando las chicas del club de costura están cerca o no saben que tu hocico de delincuente vive soltando vulgaridades?

—Ey, ¿en qué estás pensando?

Si dice algo sobre pitos lo va a matar. Mitsuya no conoce la palabra autocontrol.

—Estás muy callado, Baji-san.

—Mmm.

—¿Acaso piensas en Chifuyu?

Supone que sus mejillas enrojecidas lo delatan porque Keisuke Baji siempre está pensando en Chifuyu Matsuno. Todo el tiempo. Piensa en su rostro, en su cabello rubio oxigenado al que se le ven las raíces. En los ojos claros y amables y grandes y seguros. En la manera en que aprieta los puños y en cómo le demuestra a los mayores que es una amenaza digna de ser tenida en cuenta.

—Mmm. Ustedes bailan, ¿no?

—¿Quién te dijo imbécil de…?

—Draken y Mikey. Que los encontraron el otro día. —Mitsuya se encoge de hombros como si no fuera gran cosa—. ¿Qué? ¿Todavía ninguno se ha arrimado el pito así? Si es lo mejor de bailar pegadito. Lo puedes sentir. Se lo puedes arrimar. Así ya no tendrías que decir nada, Baji. Que tu pitote lo diga por ti.

Mitsuya, cállate el hocico, tú no has bailado pegadito con nadie; igual y Hakkai quiere, pero ni le haces caso.

Todas las palabras se le quedan atoradas en la garganta y, en su lugar, lo que vuela es su puño.


A veces se quedan hasta tarde leyendo en las escaleras del edificio. Sobre todo cuando lo que leen no tiene nada que ver con la tarea de la escuela —que hacen en la recamara de Baji, inclinados sobre el escritorio, mientras Chifuyu corrige su caligrafía— sino novelas eróticas que Draken le robó a una de las chicas de la casa de citas —porque no se las habían prestado: era un mocoso— y que ahora se distribuían entre un montón de adolescentes que hacía dos días habían tenido su única clase de biología sobre el sistema reproductor. La novela es mala, pero Chifuyu se ríe cada tanto con las descripciones ridículas. Hay vértices y espadas de carne y toda clase de asquerosidades que pretenden ser eufemismos y hasta ellos, pendejos de secundaria, entienden el esfuerzo sobrehumano que debe ser suspender el realismo un momento para adentrarse en un universo lleno de hombres altos, guapos, musculosos —en la mayoría de los casos— y mujeres bajitas, virginales, a las que se les sonrojaba hasta el trasero cuando el protagonista hacia «algo» —lo que fuera—. Baji tiene ganas de lanzar el libro al basurero y prenderle fuego —especialmente una vez que pasan el capítulo tres y la trama deja de fingir que existe—, pero Chifuyu se ríe y su risa es hermosa, así que lo deja seguir hasta que sale la enésima espada de carne mencionada y ninguno de los dos puede más.

—Qué ridículo, Baji-san —acaba por decir Chifuyu, cuando su risa se va apagando—, no puedo más. Fue suficiente. No más vértices, por favor.

(Porque tuvieron que consultar un diagrama del «cuerpo femenino» para comprobar por qué la palabra vértice podía ser algo relevante en una novela erótica no adecuada para la edad de ninguno de los dos).

—Bendito seas, estaba pensando que iba a tener que quitarte el libro de las manos y lanzarlo desde la azotea —bromea Baji.

Después de todos los eufemismos de mierda, hasta como habla Mitsuya le parece más correcto. Incluso se emocionaría si Mitsuya le da un pito de crochet o le llena de pitos las libretas para ver si sus profesores lo regañan. Le aceptaría hasta que, en vez de sus usuales corazones con «Baji y Chifuyu» —que Baji siempre rompe, por si caen en las manos equivocadas—, lo hicieran en pitos. Toda vulgaridad es mejor que vértices y espadas de carne.

Chifuyu se ríe de nuevo.

—Es que es muy raro. Siempre me pregunté cómo era…

—¿Qué?

—Coger. Para las chicas. Digo. —Se pasa una mano por el cabello, nervioso—. Siento que la plática de las abejitas no lo cubre demasiado bien. Ya sabes que dos abejitas se quieren mucho y tienen hijos y eso.

—… ¿Qué?

—Tampoco es que lo vaya a experimentar, entonces…

—… ¿Qué?

—Con las chicas, digo, Baji-san.

Y como estúpido, porque así es Keisuke Baji, pregunta, otra vez:

—¿Qué?

—No me gustan las chicas, Baji-san…

Y Chifuyu se da cuenta de lo que dice muy tarde. Enrojece e intenta alejarse, pero Baji lo agarra por una muñeca y se lo impide. Chifuyu no voltea a verlo en ese momento y Baji quiere golpearlo.

(También, honestamente, quiere hacer un carnaval y festejar aquella confirmación de algo que ya suponía pero que Chifuyu jamás había verbalizado de aquella manera tan íntima).

—Baji-san, no…

—A mí tampoco me gustan las chicas —dice él; es lo que le parece apropiado para zanjar el tema.

Y el mundo entre ambos desaparece. En las pandillas no se habla de eso. Todos saben que Hakkai está perdido por Mitsuya pero nadie pronuncia la palabra orientación seguida de la palabra sexual jamás. Hacerlo implicaría demasiadas conversaciones incómodas, demasiados padres que dicen a la hora de la comida cosas sobre los «degenerados esos», demasiados idiotas mayores que usan otros insultos cuando ven a otros que son como ellos. Así pues, aceptarlo en voz alta, en las escaleras, uno frente al otro, los mete en terreno desconocido. «No me gustan las chicas» como admisión de que son el otro al que muchos adultos a su alrededor temen e incluso odian. «No me gustan las chicas», para aceptar que hay un término que los define. Una palabra demasiado grande. Flota en el aire, sin que la pronuncien. Pero no importa, porque ellos la escuchan.

La voz de Chifuyu es débil.

—No lo sabía, Baji-san.

—Yo lo suponía. —Baji carraspea y, cuando nota que quizá le falta contexto a esa frase, agrega—: De ti, quiero decir.

—¿No importa?

—No.

—¿A tu madre? ¿Le importa?

Baji niega con la cabeza. La ha oído hablar del tema. Hay un rango amplio desde: «no es mi asunto» hasta «la gente tiene derecho a vivir su vida como le dé su gana» que pasa por «si molestas a alguien por eso, Keisuke, te juro que te doy con la chancla allí donde estés». No le ha expuesto su caso, no sabe cómo hacerlo, pero sabe que no le va a importar el día que lo haga.

—No —dice—, para nada.

Chifuyu sonríe, un poco más seguro.

—Creo que mis padres no lo entienden tan bien. No… No dirían nada. Nada tan malo. No son desagradables. —Tuerce la boca, intentando encontrar el sentido de sus palabras—. Pero. Mmm. Se pondrían tristes, creo, les parecería algo triste. O algo… diferente. No-normal. Por eso digo que les parecería… triste.

—Pero no lo es.

Baji frunce el ceño.

Quizá es muy simple, porque a él le gusta Chifuyu y no se le ocurre cosa más feliz que aquella, ahogarse en su amistad y hacer planes para declarársele que nunca llegan a término.

—No, no lo es —repite Chifuyu—. Sólo digo que. Mmm. Pasaría eso. Necesitarían más tiempo. Por eso no… No lo digo. En voz alta. Seguido.

Y Baji piensa que quizá podría decirle ahí mismo «me gustas un chingo, ándale, vamos a salir» pero también le parece manipulador, porque no siempre Chifuyu acepta estar tan vulnerable frente a él, no siempre su voz está a punto de temblar sin que Chifuyu pueda controlarla. Quizá pensaría que está aprovechando el momento para volverlo acerca de él. Así que, en vez de declararle su amor, sólo dice:

—A mí me parece bien.

—¿Qué?

—Que te gusten los chicos.

—A mí también me parece bien. —Chifuyu suelta una risita—. Que me gusten los chicos. Son muy guapos, Baji-san.


Objetivamente, Chifuyu Matsuno tiene un algo como para considerarlo guapo. Sus rasgos son finos y su piel permanece suave a pesar de los golpes. Tiene un porte que inspira a escucharlo y la manera en que se peina, con todo el cabello hacia abajo haciéndose un curioso flequillo en medio de los ojos, le resulta atractivo a Baji. Pero cuando se pregunta cuándo le empezó a gustar, no puede situarlo. Un día Kazutora escribió de vuelta y puso en la carta: «hablas mucho de ese tal Chifuyu Matsuno» y allí fue cuando algo hizo click dentro de su cerebro y Baji descubrió el suplicio que era tener un amor platónico.

De un día para otro le pareció que su amistad se había prendido fuego a sí misma y ardía toda, completa, enorme y Baji ardía con ella. Descubrió, además, que estaba dispuesto a hacerse cenizas en ese fuego.

Y desde entonces ha pasado un tiempo.

Baji ha aprendido a manejar las pequeñas cosas, las sonrisas. Y su única forma de descubrir la paciencia ha sido Chifuyu. Todos preguntan por qué no sé da prisa, pero a él no le importa. Sabe que entre un baile y el siguiente se agachará y le dirá «me gustas» a Chifuyu. Tiene planes, pero no los sigue, persiguiendo el momento, persiguiendo su risa, su sonrisa.

Desde aquella admisión en las escaleras —«me gustan los chicos»— todo arde. Todo el tiempo.

«Se llama estar calenturiento, pendejo», le dice Mitsuya, cuando intenta explicárselo.

En perspectiva, es su culpa por intentar explicarle algo a Mitsuya.

Pero su amistad está ardiendo, todo el tiempo. Y él quiere arder con ella para ver si renace de sus cenizas como ave fénix.


—Baji-san.

Están en su casa, inclinados sobre su escritorio, comparando respuestas de un ejercicio de japonés. Como siempre, la caligrafía de Chifuyu es limpia y pulcra, los trazos de los kanjis perfectos. Baji escribe mucho más desprolijo, pero al menos cada vez pone menos una palabra por otra.

—¿Qué?

—¿Qué tipo de chicos te gustan?

Casi se atraganta con la pregunta.

Puede hacerlo muy específico.

Rubios oxigenados. Que se les vean poquito las raíces, por abajo, en el cabello que es más corto. Bajitos, flaquitos. Con un flequillo en triángulo entre los ojos. De ojos claros y profundos. Los chicos que bailan y a los que no les importa que un maestro imbécil les diga que no deben bailar como chicas. Chicos con buena caligrafía y buena voz para leer en voz alta, incluso novelas eróticas. Chicos con los que comparte el yakisoba y casi todas las comidas que compran. Chicos a los que les gustan los gatos. Chicos que son subcapitanes en la Toman. Chicos que se llaman Chifuyu Matsuno.

«Tú».

—No sé. —Y se inclina más sobre la página para evitar el sonrojo.

No dice nada porque no quiere que su declaración le salga atragantada y luego Chifuyu lo vea morir ahogado en medio de un ataque de tos porque a Baji su propia saliva se le fue por el lado que no era.

—¿De veras?

—No lo he pensado.

—Hum.

—¿A ti?

Chifuyu enrojece.

—No sé.

—¿Tampoco?

—Tampoco lo he pensado.


Mikey vuelve a decir que quiere ir a un karaoke y allá van. A un karaoke. Draken lo deja destrozan todas las canciones pop del momento y veinte años atrás mientras el resto mira, Baji intenta terminar una redacción con Chifuyu leyendo por encima del hombro y Mitsuya intentando hacer de celestina.

—¡Ey, Mikey! —grita Mitsuya, por encima del resto de las voces y de la música—. ¡Deja que Baji cante algo!

—¡¿Qué?! ¿Yo qué?

—Anda, llevas haciendo tarea desde que llevaste y yo muero por oírte cantar «amorcito corazón, yo tengo tentación… de un beso mordelón». —Y lo peor es que el muy cabrón entona y lo hace decentemente. Pero se calla cuando parece que Baji va a saltar por encima de la mesa para asesinarlo lenta y dolorosamente—. ¿Qué? ¿Esa no te gusta?

—Hay buenas en el repertorio. —Draken hojea el cuadernillo que el encargado les dejó cuando les asignó el cuarto—. «Deja que salga a luna, deja que se meta el sol…, deja que caiga la noche…». —Y lo peor es que a su voz grave le queda—. ¿No? ¿Esa no?

—Serás…

—¿Qué? Ardo en deseos de oírlo, Baji.

Chifuyu alterna la mirada entre los tres y abre mucho los ojos.

—¿Me estoy perdiendo de algo o…?

—No, no de nada. Solo decíamos que a la voz de Baji le quedan las canciones, ya sabes, románticas. Viejitas. De esas buenas. De serenata.

También le quedan a la voz de Draken y nadie le está diciendo que se las cante a Mikey a ver si así descubren si a Mikey le gustan el resto de los seres humanos —en el sentido de gustar que es muy cercano a que a uno se le prenda el anafre—; no, a él es al que joden.

—Anda, Baji. Si quieres algo más movidito seguro que está por ahí «qué voy a hacer, si de veras te quiero…». —Mitsuya le guiña un ojo pícaro y traviesa, bien metido en el trabajo de celestina que nadie le pidió que realizara—. ¿No? ¿Tampoco esa? —Se inclina hacia adelante en la mesa—. ¿Qué? ¿No tienes a quien cantárselas?

Y Baji ahí sí lanza a un lado el cuaderno de la redacción de tarea e intenta saltar la mesa para agarrarlo a puñetazos.

—¡Serás cabrón, hijo de tu puta madre!

Chifuyu grita algo en el fondo e intenta detenerlo agarrándolo de la chaqueta que lleva puesta y Baji alcanza a escuchar como a lo lejos, la queja de Mitsuya. «¡No te metas con mi jefa, cabrón!». Es como un eco extraño que llega a sus oídos. «¡Si yo no ando metiéndome con la tuya!».

Todo termina con Chifuyu abrazándolo por la cintura con todas sus fuerzas para impedir la pelea.

—Baji-san —lo oye decir, de manera completamente inocente—, nunca te he oído cantar una de esas.

Y es como si hubiera hecho click en un interruptor extraño de Baji, uno que había permanecido sin descubrir hasta el momento. Porque por supuesto que quiere inclinarse y cantarle en el oído amorcito corazón, yo tengo tentación, de un beso mordelón o entonarle yo sé que no hay en el mundo amor como el que me das, y sé que noche con noche, va creciendo más y más. Puede aprenderse enterita la canción que dice y si vivo cien años, cien años pienso en ti, si es que Chifuyu le dice que le gusta y que quiere oírla. La que pida. La que sea.

—¿Cuán te gusta? —pregunta, como pendejo, ya sin intentar golpear a Mitsuya. Todos los demás se quedan muy en silencio.

Y la voz de Chifuyu tiembla poquito cuando canta un pedacito.

—Deja que caiga la noche pa' que empiece nuestro amor. —Y no entona tan mal, el cabrón, pero sus mejillas se ponen rojas de la pena y su voz se desvanece tan rápido como llegó al mundo. Aunque quisiera, no podría seguir.

—Bueno, al menos quedamos en que eso sí era romance y no mamadas —interviene Pah-chin, ajeno a que todo el mundo tiene los ojos clavados en Baji y en Chifuyu. Ajeno al silencio.

—Bueno, pues —dice Baji, pretendiendo tener aplomo e ignorar que además de Chifuyu tiene una audiencia más grande de lo que pretende—. Pues esa será.

Mitsuya casi se atraganta con el refresco cuando Baji se quita de encima los brazos de Chifuyu y se acerca hasta Mikey, que le da el micrófono sin decir nada, pero con los ojos muy abiertos —y usualmente hace berrinche cuando alguien más quiere cantar mientras es su turno eterno—. Nadie se atreve a llevarle la contraria a Baji o decir algo de burla, quizá temerosos de romper el hechizo.

Baji no sabe si canta bien o mal. No mira demasiado a Chifuyu, tampoco. Se concentra en las letras de la pantalla. Apenas es consciente de que tiene los ojos claros de Chifuyu clavados en su persona, muy abiertos, muy grandes, muy luminosos. Deja que salga la luna, empieza la canción. Y Baji contiene la tentación de buscar el cielo en techo de la habitación y sigue con aplomo. Deja que se meta el sol.

Y la audiencia desaparece y lo único que queda es la melodía, Chifuyu y sus ojos luminosos que lo miran sin que Baji se dé cuenta apenas.


—La canción del otro día.

Se supone que van a hacer tarea, pero Chifuyu parece tener otras prioridades.

—¿Sí?

—¿Sabes bailar eso? —pregunta.

Bueno, de todos modos la tarea no es hasta la semana siguiente (sólo que Baji prefiere tenerla hecha antes y asegurar el mínimo aprobatorio, por si la Toman acaba metida en alguna pelea o problema).

—No mucho —reconoce.

Ritmos más movidos sí. Lo de la clase a la que fueron, también. ¿Cómo bailan Mikey y Draken, agachados? También. Pero al ritmo de las canciones románticas antiguas, eso no tanto. Aunque supone que la teoría no cambia, si uno sabe seguir bien el ritmo.

—Ah —dice Chifuyu. Abre y cierra la boca un momento, como si estuviera considerando algo—. ¿Podemos intentarlo?

—¿Qué?

—Bailarla, Baji-san.

A Baji se le reinicia el cerebro con eso. Ni uno de los chanclazos con los que lo ha amenazado su madre cuando está al borde de las lágrimas —y hace que a Baji le duela el corazón hacerla llorar— le ha dado un reinicio en la vida de tal magnitud. Ni Mitsuya preguntando por enésima vez en la semana «¿y cuándo le piden una hipoteca al banco como el matrimonio que son?» ha conseguido ponerlo en aquel estado.

—¿Baji-san?

—Eh, sí, claro.

No piensa lo que responde. Sólo lo dice y luego se ve obligado a actuar en consecuencia. Se pone en pie y hecha hasta una esquina la silla del escritorio y le tiende la mano a Chifuyu.

—Creo que primero hay que poner la canción, Baji-san.

—Puedo cantarla.

—¿En serio?

—Me la sé.

Desde el día del karaoke, la ha oído una media de veinte veces por día, tantas que su mamá ya le dijo pinche chamaco, escucha otra cosa. Tiene las letras grabadas a fuego en las entrañas.

—¿Y si te desconcentras mientras bailamos?

—No lo haré.

A estas alturas de la vida, cantarla es puro reflejo muscular. La oye cada segundo que Chifuyu no está en su departamento. Ya fue su mamá a preguntar: pinche chamaco, ¿quién te gusta?

—Bien.

Chifuyu pone la mano en su hombro y Baji pone la suya en su cintura.

—¿Baji-san?

—¿Sí?

—Pegadito. —Hay una pausa en la que Chifuyu baja la mirada y la clava en el piso, donde se encuentran sus pies descalzos—. Por favor. —Hay un énfasis en esas dos palabras que amenazan con volver a reiniciar el cerebro de Baji y arrancarle todos sus recuerdos para desperdigarlos por el universo. No sabe si imagina o realmente hay allí una nota de desesperación.

Sólo puede reaccionar para hacerle caso y atraerlo más hacia sí y sentir su cuerpo pegado al suyo.

En realidad, Baji sólo le saca a Chifuyu siete centímetros. Sin embargo, tan cerca, esos siete centímetros lo hacen pensar que Chifuyu puede ser diminuto. Además es más flaco de la espalda y eso le recuerda que podría caber perfectamente entre sus brazos.

—¿Baji-san?

—¿Qué?

—¿Vas a cantar?

Cierto, eso.

Entona la canción; bajito al principio, hasta que su voz agarra confianza. No sabe si da todas las notas, pero el ritmo está allí y aprovecha eso para dar los primeros pasos, buscando la confianza. Chifuyu siempre se deja llevar. Pegadito. Su cuerpo. Al de Baji.

Deja que salga la luna, deja que se meta el sol. Nunca antes le habían parecido tan intensas esas canciones, pero su mamá ya se lo había sentenciado: «lo entenderás cuando te enamores». Deja que caiga la noche. Enamorarse. Qué palabra enorme. De por sí el amor le parecía algo alienígena, fuera del mundo, fuera del sí, fuera de todo sentido. Pero allí estaba, con el cuerpo de Chifuyu pegado al suyo, marcando sus pasos. Deja que caiga la noche, pa' que empiece nuestro amor. Cada día qué pasa entiende menos cómo decirle «me gustas un chingo, me gustas bien, me gustas y quiero agarrarte la manita y plantarte unos besotes y decirte mi rey al oído cuando nadie escuche, me gustas y te quiero enterito en mis brazos, me gustas y sueño contigo, sueño que te ríes, sueño con la curva que forman tus labios al sonreír, me gustas y quiero besarte lento y delicado, me gustas y quiero morderte los labios y pedirte permiso pa' dejarte chupetones». Se le escapan las palabras de entre los dedos mientras lleva a Chifuyu y sus labios todavía entonan la canción. Deja que las estrellitas me llenen de inspiración. Y le parece que Chifuyu tiembla poquito debajo de él. Casi siente el impulso de poner su barbilla sobre la coronilla del otro y atraerlo todavía más así y abrazarlo fuerte y decirle allí mismo todo lo que trae atorado. Para decirte cositas muy bonitas, corazón. «Me gustas un vergo y quiero decirte mi amor, cariño, corazón, bebé; decírtelo al oído, delicado, bonito». Y quiere besarle el cuello, a ver si los mangas shojo no mienten y Chifuyu se sonroja ante la sensación. Quiere oír a Chifuyu diciéndole «por favor» una y otra vez, con ese toque desesperado de hace rato. Deja que salga la luna, deja que se meta el sol, deja que caiga la noche.

La canción no se detiene hasta el final.

—¿Baji-san?

Chifuyu no lo suelta, no lo mira. Se aferra a él un momento más, incluso de haber terminado.

—Gracias —musita Chifuyu.

No lo dicen mucho. Están acostumbrados a proyectar cierta imagen de malotes, a que se los asocie con las peleas y la agresividad y nunca con la delicadeza o el romance. Los «gracias» que existen entre ellos son más tácitos, aprendidos. Saben leerlos en las expresiones, en las sonrisas, en los ojos.

—Gracias por estar.

Y a Baji le parece una formula y una razón extraña para dar las gracias. Él y Chifuyu son y serán.

«Ya sé que no hay en el mundo, amor como el que me das».

De todos modos, Baji responde.

—No hay de qué.

Y entonces Chifuyu lo abraza y el gesto es tan íntimo que no se atreve a romperlo. Es allí cuando evidentemente comprueba lo bien que Chifuyu Matsuno encaja en sus brazos.

Siente que debería decir algo más, pero el silencio también parece apropiado. Keisuke Baji y Chifuyu Matsuno se abrazan y el aire parece cantar. Deja que salga la luna, deja que se meta el sol, deja que caiga la noche.

«Gracias por estar».


Notas de este capítulo:

1) Que no falten las referencias a Jose Alfredo Jiménez, Pedro Infante y la época de oro del cine mexicano. Pero, en fin, estos niños cantan canciones en español por motivos artísticos. Claro que sí.

2) La lengua materna de los hombres adolescentes son los pitos y el doble sentido, no lo digo yo, lo dicen mis recuerdos de secundaria.

Andrea Poulain