5.
Yo no sé si tú, no sé si yo
Seguiremos siendo como hoy
No sé si después de amanecer
Vamos a sentir la misma sed
Para que pensar y suponer
No preguntes cosas que no sé
Yo no sé mañana, Luis Enrique
Ahora cada que se encuentra con Chifuyu hay algo entre ellos. Algo que quema, una especie de electricidad que amenaza con matarlo a toques.
Mitsuya insiste: «calentura, beibi». Con esa entonación como la que usan las chicas que van a escuelas privadas y caras y sueltan algunas palabras en inglés aquí y allá. Pero no es sólo eso. No es sólo sentir que se le prende el anafre al ver a Chifuyu hacer literalmente cualquier cosa. Pelear con otros. Pegarle puñetazos a los imbéciles que intentan meterse con él. Agacharse a recoger algo en el piso. «Vamos», suena la voz de Mitsuya detrás de él, «acepta que lo que quieres es darle como cajón que no cierra. Chance y él también quiere lo mismo, ¿no? Duro contra el muro». Y se pone a hacer señas obscenas y Baji tiene que dejar de mirar a Chifuyu a lo lejos para intentar golpear a Mitsuya.
Baji cree que es gradual el descubrir que Chifuyu se ve bien en todo lo que se ponga. Pantalones bombachos con cualquier cosa, el uniforme escolar, el uniforme de la Toman.
—Lo vas a gastar tanto si sigues mirándolo —interviene Draken—. ¿Todavía no le dices?
Baji niega con la cabeza.
—No hay prisa, nos la pasamos bien.
Y Draken se encoge de hombros. Se queda en silencio, calculando su respuesta. De todos ellos, Draken es el que tiene más neuronas para hablar de sentimientos; Baji lo ha visto hacer que Mikey se incline para disculparse cuando le hacen daño a alguien relacionado a la Toman, cuando —rara vez— aparecen los padres de alguien y le gritan que deje de meter a sus hijos en problemas.
—Eso está bien —dice Draken—. Pasarla bien. Digo. Aunque eventualmente tendrás que decirle o te comerá por dentro.
Baji suelta un bufido.
—¿A ti te come por dentro?
—¿Qué?
—Sabes a qué me refiero.
No es ciego. Ve lo que ocurre entre Draken y Mikey y a veces Emma, que sigue a Draken, buscando su aprobación por cualquier medio. Y Draken que observa a Mikey mientras el otro no nota. Y Mikey que parece lejos de todo, con una mirada soñadora clavada en el futuro, muy lejos de todos ellos. Por eso era el líder, entre otras cosas. Baji lo pensó bien. Era el hombre más fuerte del mundo y sus ojos también llegaban más lejos que los del resto.
—Yo no estoy seguro, imbécil, de que resulte —responde—. A ti Chifuyu te mira como si quisiera comerte entero.
Baji vuelve a bufar.
—Aquí nadie ha ligado, nadie sabe cómo es eso.
—Leemos shojo basura, Baji —responde Draken—. Es una guía.
—No creo que sea una guía muy fiable.
—Te puedo conseguir yaoi, Baji. Si quieres una guía con dos tipos, digo…
—¡Serás pendejo!
—¡Las chicas con las que vivo lo leen! —se excusa Draken—. Y lo comentan.
—Yaoi. Imbécil.
—Hay buenas historias, ¿sabes? Románticas y todo. A veces hasta lloran cuando comentan las historias unas con otras.
Baji sacude la cabeza.
—Dudo que sean una guía fiable de la realidad. Estamos hablando de… no sé, visiones guajiras del romance. Lo que sea. No planeo seguir un manga shojo de romance cualquiera. Menos de lo que lee Mitsuya. Eso es shojo basura.
—¿Hablan de mí?
El rey de roma, el mismísimo. Tiene buen oído y es un chismoso.
—Quizá.
—¿Se atreven a criticar mi gusto en manga cuando leen las mismas cosas que yo?
En realidad, todos leen lo mismo porque nadie lo compra. La mitad del tiempo tienen problemas incluso para comprar un solo amuleto en cualquier templo, así que leen lo que Mitsuya pide prestado con las chicas del club de costura que tienen algunas colecciones. Se pasan mangas de todo tipo, pero lo que más se repite es el tipo de romance que Draken y Baji llaman basura sin pelos en la lengua. Sospechan que es lo que le gusta a Mitsuya, porque hasta parece haber un patrón.
—Cállate, imbécil.
—¿O es que estaban hablando de cómo Baji no le dice a Chifuyu que le quiere hacer un examen de garganta? Con la lengua. O… digo. También puede ser con el pito. No me sé tus gustos.
Si estuviera bebiendo algo, Baji se hubiera atragantado.
—¿Con esa boca le hablas a tus hermanos, imbécil hocicón?
—¿O sea que si quieres inspeccionarle la garganta a Chifuyu con el pito?
—¡No estoy diciendo eso! ¡¿Por qué estamos hablando así de Chifuyu?!
—Porque Chifuyu no está, porque tiene cara de que quiere que le des duro contra el muro y porque nos estamos hartando de esto. Son un viejo matrimonio pero sin los besos —insiste Mitsuya—. Al menos que nos dieran un espectáculo.
—No les vamos a dar un espectáculo…
—¿Lo vas a hacer o no? Puedo seguir sugiriendo frases románticas.
Draken, que los mira hablar sin decir nada, se suelta a reír con eso.
—Tus frases nunca son románticas, idiota.
—Es sólo que no sabes apreciar el finísimo romance del que hablo —decide Mitsuya—. Díselo. «Chifuyu, quieres pedir una hipoteca conmigo». ¿No es difícil?
—¡Esa no es una declaración!
—¡Es el paso siguiente para una pareja casada!
—¡No estamos casados!
Acaban riéndose. Y sí, quizá Baji decide allí que ya basta, que ya es tiempo, que es suficiente de prender el boiler y no meterse a bañar. Ya no aguanta pensar en todas las maneras en las que podría besar a Chifuyu y no sabe qué hacer con la tentación de recorrerle la piel con los dedos.
Es tiempo.
Es cierto que se la pasan bien, pero podrían pasársela mejor.
Mitsuya no se la pasa de sugerir frases.
—¡Tengo la ganadora! «Chifuyu, es mi placer comunicarte que deseo darte lento hasta el espacio…». ¿Baji, por qué no estás escribiendo mis ideas? —Mitsuya alza una ceja.
—Es horrible.
—Eso no es crítica constructiva. Además, a Chifuyu seguro le gusta coger lento.
Baji contiene las ganas de decirle que nadie sabe cómo le gusta coger a esa edad porque nadie ha cogido, a menos de que hablar de eso todo el tiempo, a toda hora, en todo momento y en todo lugar, cuente.
—Bueno, es que es eso o violento contra el asiento. —Mitsuya sonríe. Le falta vergüenza. Llegó tarde a la repartición justo como Baji llegó tarde a la repartición de la paciencia y el sentido común, aunque está convencido de que lidiar con tantas estupideces le está enseñando valiosas enseñanzas de vida—. O en cuatro como el gato, pero no sé si Chifuyu me parece de las personas que se vayan a poner en cuatro…
—Que asco.
—¡No es asqueroso, son procesos biológicos normales!
—Tenemos un gato, imbécil. No voy a hacer esa clase de alusiones.
—¡¿Harás otras?! —Mitsuya se emociona ante la perspectiva de que sus dobles sentidos y pésimas frases puedan ser usadas en un contexto serio—. Porque podemos probar fuerte bajo el puente.
—No.
—Con potencia frente a la audiencia suena muy a exhibicionismo y creo que no es buena idea…
Baji se lleva las manos a la cara. «De nuevo», piensa, «¿por qué estamos hablando de esto cuando todos somos unos imbéciles que no han dado su primer beso?». Alza un poco el libro que tiene entre las manos y sobre el cual debería estar haciendo algo de tarea que lleva horas ignorando.
—Mira, aunque está picante contra el estante, pero no sé si entiendo bien…
Baji le lanza el libro a la cabeza a Mitsuya.
—No le voy a decir nada de eso, idiota.
Baji decide que no debe de complicarse demasiado. Compra un poco de comida —siempre para compartir— y aparece temprano en casa de Chifuyu justo en el día que tienen libre. Llama a la puerta y espera que sea él quien atienda.
Cuando finalmente abre la puerta, extiende el itacate.
—¿Quieres ir hacia la playa? Hace un buen día.
Y a Chifuyu se le ilumina la mirada.
—Claro.
—Podemos llevar sólo una moto. Por la gasolina y eso.
También quiere que lo abrace, no va a decir que no.
—Claro —accede Chifuyu—. Mi mamá hizo galletas, espera. Podemos compartir.
Baji sonríe. Es lo suyo. Podría decir que todo empezó cuando Chifuyu llegó y se le paró enfrente y acabó corrigiéndole su redacción o cuando Baji lo encontró en medio de una pelea que iba a perder. Pero en realidad su amistad con Chifuyu comenzó cuando lo invitó por yakisoba a su casa y encontró solo una. Desde entonces, se toman la mitad de una cada que compran, sin falta. «Chifuyu, ¿quieres comprar peyoung yakisoba?». «¿En dos porciones, Baji-san?». «Por supuesto». Es la tradición sobre la que está cimentada su amistad.
Chifuyu regresa con una pequeña bolsa de galletas.
—¿Vamos?
—Vamos.
Han manejado así muchas veces. Chifuyu detrás de Baji con las manos en su cintura. Pero Baji nunca había sido tan consciente de las manos de Chifuyu en su cuerpo cuando están así; sus dedos aprietan allí donde se han aferrado a él. Sólo puede pensar en aquel toque con el que Chifuyu se asegura para no caerse de la moto y Baji es consciente de que Chifuyu le está entregando su seguridad entera y confía en él.
Uno no se sube a una moto con cualquiera, piensa Baji, recordando como Mikey, Draken y él se negaron a ir con alguno de los otros hasta que se aseguraron de que sus amigos no iban a matarlos ni causarles un accidente. Aprendieron rápido, por supuesto, en las calles, con motos armadas, robadas, revendidas, compradas a pedazos. Aprendieron a manejar en los talleres de sus hermanos mayores —muchos de quienes se salían de las pandillas acababan montando talleres porque no había más oportunidades para ellos y nunca lograban del todo alejarse del mundillo—. Terminaban por atender a delincuentes adolescentes casi toda su vida, que les regateaban hasta lo que era imposible de regatear, enseñándoles a manejar y a no matarse en la moto.
Pero Chifuyu se subió con él a la moto desde la primera vez que se lo propuso. Nunca lo había visto manejar, recuerda Baji. No sabía si iba a matarlo o no. Simplemente dijo «está bien» y decidió confiar en él desde el primer momento. Había sido su salto de fe.
Y ahora, con las manos de Chifuyu en su cintura. Apretando. Sólo separadas de su piel por su camisa y una playera delgadita.
Y desearía que no hubiera nada entre su piel y los dedos de Chifuyu.
Chifuyu se quita los zapatos al acercarse a la playa. Hunde lo pies en la arena y parece disfrutar de la sensación.
Baji se queda unos pasos atrás, dejándolo disfrutar un momento. Lo ve de lejos unos segundos antes de aproximarse y se contiene para no pasarle el brazo por los hombros porque le parecería interrumpirlo. Chifuyu alza los ojos hacia el cielo y cierra los ojos unos segundos. Sus dedos de los pies se mueven un momento en la arena, enterrándose en ella. Baji se pone a su lado.
Entiende aquella sensación de Chifuyu. Tienen la playa cerca y pueden ir siempre que tengan suficiente dinero para la gasolina de las motos o para pagar el transporte. Es el modo en el que se alejan de las calles llenas de casas apiñadas unas con otras, todas pequeñas, enormes edificios de departamentos pequeños que sus padres podían permitirse pagar y en los que a apenas cabía una familia entera. Aunque no lo notaran —o pretendieran no hacerlo, subidos en las motos, con sus uniformes de pandilleros—, era un ambiente que acababa por aplastarlos.
En la escuela tenían poca fe en ellos. De la mayoría se oía un rumor que sonaba fuerte a sus espaldas. «Esos delincuentes no llegaran a nada».
Lo decían de muchos, incluso aunque no fueran estudiantes.
Con ese pelo largo, con ese pelo pintado, con esos uniformes, con ese estilo, con esas actitudes.
Es una lástima, les dicen las paredes que suelen caminar, listo pero delincuente.
No pueden huir muy lejos. Muchos de ellos, efectivamente, nunca pisarán una universidad ni harán una carrera exitosa. Baji cuenta con los dedos de las manos quienes lo lograrán de todos ellos. Mikey no tiene esas aspiraciones, nadie tiene ni idea de a donde se dirige; Draken tiene una oportunidad, pero Baji sabe que seguirá a Mikey hasta el fin del mundo, nunca estará demasiado muy lejos de ese mundillo; Mitsuya tiene una oportunidad.
Chifuyu. Chifuyu tiene todas las oportunidades del mundo. Baji sólo espera allí para verlo.
Por eso huyen a la playa. Allí, solos, no los persigue la expectativa de ninguno de los mundos en los que caminan. El mar es inmenso e insondable y mucho más grande de lo que cualquiera de ellos puede imaginar. Las olas vienen y van y borran todas sus marcas en la arena. Sus pasos. Su todo. Es un buen lugar al que huir.
Chifuyu se da la vuelta, buscando los ojos de Baji.
—Me gusta venir aquí contigo, Baji-san.
¿Cómo decirle que por las noches suena con sus labios en sus orejas diciendo «Baji-san» en todos los tonos posibles?
Pero no.
—¿Nos acercamos al mar?
«Baji-san». Se bebe la luz de Chifuyu como un abandonado en un desierto.
—¡Una carrera hasta la orilla, Baji-san!
Y sale corriendo, el muy tramposo, antes de que Baji tenga tiempo de reaccionar si quiera. Se apresura poque Baji es capaz de dar zancadas más largas y Chifuyu tiene que esforzarse si quiere ganarle alguna vez.
Pero esa vez Baji tiene algo más en mente, así que lo deja alejarse un poco, sólo lo necesario. Va tras de él pronto, no le cuesta alcanzarlo. Tampoco le cuesta lanzarse sobre él y tirarlo allí donde la ola alcanza la arena. Acaban ambos un poco enterrados en la arena suave que está constantemente en contacto con el agua, con la ropa empapada y llena de arena.
—¡Baji-san!
Pero Chifuyu ríe y Baji entiende que no es una queja.
Sonríe como un niño pequeño que acaba de conocer el mar y sólo por eso Baji sabe que ha valido la pena aguantar el suplicio que suponen sus dedos tan cerca de su piel, Chifuyu detrás de él en la moto, con su vida en las manos. Chifuyu prendiéndole el anafre así, no más existiendo, siendo Chifuyu Matsuno.
Y llega la ola siguiente que rompe contra la costa y los termina por bañar enteros, desparramando sobre sus cuerpos su agua.
Baji ha oído en la clase de literatura que el mar ha inspirado a grandes poetas y novelistas. Sobre el mar, han dicho sus maestros mientras él insiste en ignorarlos, se han escrito folios enteros. En japonés o en cirílico, en inglés, en todos los alfabetos del mundo. Cuánto se habrá escrito del mar en lenguas muertas y cuántas frases se perdieron con él para siempre. Aquella vastedad le resulta abrumadora a Baji. Quiere ser él, Chifuyu y las olas, nada más. Ellos solos contra el infinito del mar, sin todas las pendejadas que hayan podido llegar a decir poetas y novelistas, locos todos, que seguramente se perdieron para siempre mirando las olas romper en muchas costas distintas.
Rompe otra ola y ellos siguen allí y Chifuyu sigue riéndose y Baji se bebe aquella expresión. Quiere verla para toda la vida. Alzar la vista y encontrarse con Chifuyu empapado de aquella alegría y aquella inocencia.
Allí, tirados en la playa, con el agua mojándolos una y otra vez, donde su única ancla es estar medio enterrados en la arena.
A Baji se le olvidan todas las pendejadas que ha pensado o que lo ha hecho pensar Mitsuya —y Draken y Mikey y el resto—. Se le olvida la calentura —aunque no se le pasa, porque las manos de Chifuyu están sobre su cuerpo y su playera mojada— y se le olvida todo, hasta quien es. El conocimiento se le escapa entre sus dedos que tocan a Chifuyu.
—Baji-san, estamos empapados.
—Y no te veo con prisa por remediarlo —remarca Baji, sin moverse ni un ápice.
—No, la verdad no.
Y la ola los interrumpe. Los obliga a hacer una pausa. Allí, entre el agua y la arena, no pueden decepcionar a nadie. Las abuelas no cerrarán los ojos ni pondrán expresión de desaprobación al verlos, allí no oirán nunca «ay, mijos, no se anden peleando». Sus mayores no intentarán cambiarles el estilo para adecuarlos a la imagen homogénea que tienen de lo que debe ser El Joven Japonés, con mayúscula, como título que les queda soberanamente grande.
—Me gusta aquí, Baji-san.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Otra ola. Más agua, más arena. Más todo. Más vastedad.
—Baji-san.
—¿Ajá?
—¿Quieres saltar las olas?
Se arremangan los pantalones bombachos que llevan puestos y se quitan los calcetines empapados y llenos de arena. Chifuyu, tras un momento de duda, también se quita la camiseta que lleva puesta para dejarla al sol a que se seque un poco.
Carajo, como desearía decirle así directo: «me prendes el anafre bien cabrón», pero esa no es la manera en la que quiere declarársele. Tiene esperanzas en ser más claro, en no soltarlo en frases inconexas. Quiere ser más elocuente. Decir «me gustas un chingo y quiero hacer bien las cosas porque lo ando pensando desde hace tiempo y yo no más quiero besarte»; lo piensa así todo el tiempo, sin las comas ni los signos de puntuación porque se le atragantan no más de pensar en Chifuyu y en lo bien que encaja su cuerpo en sus brazos.
«Me gustas un chingo no mames Chifuyu me traes colgando de un hilo ya no sé qué hacer». Sin la entonación que le darían cuatro comas extras. Todo seguido, de golpe, como su enamoramiento. «Chance y resulta que quiero bailar pegadito contigo pa' siempre». Bailar pegadito, así quiere describir su relación. Bailar pegadito sintiendo la mano de Chifuyu en su hombro y su cuerpo bien cerca, moviéndose al mismo compás. Porque saltar las olas se parece un poco a bailar, aunque no sea pegado. Como allí, en ese momento, saltando las olas. Sentir la mano de Chifuyu en la suya y el movimiento de su cuerpo al saltar. Ganarle al mar es un poco como danzar. Saltar en el momento preciso, igual que uno se mueve en el segundo exacto, con la melodía.
Incluso tiene música el mar. Suena el rumor de las olas y el viento que golpea en su superficie. El estruendo que deja el mar al romper contra la costa.
Chifuyu salta primero y Baji lo mira apenas el tiempo necesario, lo observa en el aire, como un niño contento, justo antes de saltar él mismo y replicar su imagen.
La risa de Chifuyu se contagia y Baji piensa que es una pregunta que quisiera pasar la vida contestando. Es la risa de la inocencia, la risa de un niño que ve a lo lejos y no sabe lo que depara el destino.
El mar los ayuda a olvidar un rato. Olvidan sus uniformes escolares de segunda mano, sus casas pequeñas, sus padres ojerosos de tanto trabajar; se les va de la mente la comida barata, las cenas sin carne de ningún tipo, los libros rayados que reciben. Ante el mar todo el mundo es igual y todos se parecen.
Quizá por eso el maldito enano de las patadas voladoras, Mikey, se pone tan filosófico frente a él y suena con crear una nueva era en todo Japón. El agua es inmensa y todos se ven pequeños a su lado. El mar se lo come todo. Le importa poco la diferencia entre un adolescente pandillero y un adulto respetable.
El mar no se burla. El mar no opina.
El mar está allí y es partícipe del amor de Baji. Sólo está. No es celestina ni crítico, nada de «ay, mijo, pura canción romántica, quién te gusta», nada de «ándale ya dile que se te para el pito cuando piensas en él», nada de «tiene cara de que quiere que le des duro contra el muro». El mar está allí, en su terrible infinito y ellos saltan sus olas y se funden con él y por un momento el mundo es eterno.
Hasta que Chifuyu se cae a medio salto y, al intentar sostenerlo, Baji cae con él y acaban enterrados entre conchas y arena de nuevo, sin poderse reír porque si no el agua salada les quema la garganta. El mar es implacable y aterrador, también. Pero ellos son jóvenes y temerarios y se levantan escupiendo agua, riendo y sacudiéndose conchas del cabello.
Ahí, piensa Baji. Ahí es.
Agarra su mano.
Atráelo hacia ti.
Evoca todas las palabras que llevas años pensando. Ahí, con el agua hasta el chamorro y el torso desnudo, el cabello desaliñado, la lengua con gusto al agua salada.
Pero no queda nada.
—Chifuyu…
Empieza con las ganas de seguir, pero de su boca nunca salen más palabras hasta que el otro ladea la cabeza.
—¿Baji-san?
Me gustas te quiero pa' que nos hacemos somos perfectos. Está en la punta de su lengua, atragantado sin puntuación que valga.
Nunca había contado con que Chifuyu Matsuno podía cegarlo y dejarlo mudo.
—¿Baji-san? —pregunta de nuevo, con una mueca de curiosidad—. ¿Quieres almorzar algo?
Me gustas un chingo no mames no más quiero abrazarte tronarte las costillas una a una. Sin pausas, sin comas, una palabra tras otra en su cerebro. Pero no sale nada. Así que respira hondo y se concede una tregua, porque sabe que lo mejor es no forzar las declaraciones de amor.
—Vale.
Pero está cerca, lo presiente cuando Camino detrás de Chifuyu y le parece que el pelo descolorido con peróxido y pintado con tinte rubio barato brilla como el sol si la luz da en el lugar indicado.
Sacuden la ropa una vez que está seca y vuelven a vestirse un rato después. Comparten la comida sentados en la arena y apenas si hablan, cansados y hambrientos. Baji sigue un poco mudo, recriminándose el no haber dicho nada. Es como su cerebro hubiera decidido inventarse todas las excusas posibles en el mundo para que Chifuyu le diga que no. Nunca había estad tan cerca y nunca antes su mente había recordado la posibilidad de un «no». Quizá había escuchado demasiado a Mitsuya y se había creído la historia de la hipoteca, las deudas a más de veinte años con el banco, y su matrimonio hipotético con Chifuyu.
Estar tan cerca es, de hecho, vertiginoso.
—Baji-san.
—¿Sí?
—Estás muy callado.
—No digas obviedades, cabrón.
—Nomás digo. ¿Qué piensas?
Baji abre la boca y la cierra tras un momento.
—No sé.
—¿No sabes? —Chifuyu suelta una risa corta y divertida—. Al menos eso es algo. Si tuvieras la cabeza vacía, hubieras dicho «nada». Nada, mi camarada. Cabeza vacía. Ni pájaros hay.
Y Baji se ríe sin querer.
Comprende que si una parte de su amor por Chifuyu llegó por el baile, la parte más antigua anidó en su ser con la risa y la confianza.
—¿De dónde sacas esas cosas?
—Mi papá. A veces dice eso. «Nada, mi camarada».
Palabras viejas que un día fueron dichas por jóvenes iguales que ellos. Jóvenes que, sin embargo, acabaron entrando al aro y ahora son adultos trajeados con maletín. Baji le tiene miedo a aquella perspectiva del futuro; teme que logren hacerlos entrar al aro, que los corrijan y que se los trague una máquina que los escupa iguales a todos.
Con Chifuyu se le olvida el miedo y ríe de nuevo.
—Idiota.
—¿Entonces, en qué piensas?
—No sé —repite Baji.
En que lo quiere, en el futuro, en el mar, en bailar. En todo a la vez, lo contrario a la nada y tan parecido a ella.
Chifuyu hace a un lado los restos del almuerzo. Ya no quedan más que dos o tres galletas, así que vuelve a guardar todo para no dejar la playa llena de basura.
—Baji-san.
—¿Qué?
—Quiero decir algo —dice Chifuyu. Mira a la arena y no a Baji, que apenas si adivina su expresión—. Algo importante —y el énfasis le resuena; Chifuyu pronuncia la palabra con una lentitud deliberada y hasta exasperante—. Sin embargo, Baji-san, tengo la idea de que algo en ti quiere decirlo primero. Así que esperaré. Un poco más. Sólo un poco. ¿Vale?
—¿Decir…?
Pero Chifuyu lo interrumpe antes de que tenga tiempo de seguir.
—¡No es necesario que lo entiendas! Sólo escúchalo, ¿vale? Esperaré un poco más antes de decirlo. Y mientras tanto, Baji-san, podemos seguir bailando pegadito.
Notas de este capítulo:
1) Y henos aquí, cinco oportunidades de Baji después. Y miren que Chifuyu se lo está poniendo en bandeja, pero a veces la vida es asín.
2) Y bueno, el siguiente capítulo es el último y toca el punto de vista de, sí, lo adivinaron, Chifuyu.
Andrea Poulain
