6.
Suelta el listón de tu pelo
Desvanece el vestido sobre tu cuerpo y
Acércate a mí
El listón de tu pelo, Los Ángeles Azules
Bailar pegado con Baji es adictivo igual que es adictivo perseguir a los imbéciles que merodean por los lotes abandonados en busca de pelea y les dicen que bailan «como niñas». Chifuyu no se detiene hasta que tiene a uno en el suelo y le dice, con una sonrisa en la cara: «conozco niñas que pegan más fuerte que tú, idiota». Les gusta insultar a las niñas de gratis, como si fuera cualquier cosa, como si luego no acabaran llorando por los rincones porque no les hacen caso y claro, piensa Chifuyu, pinches animales, cómo les va a hacer caso una mujer, si están orates, pendejos, si las insultan cuando creen que no están cerca.
Aun no entiende que hay de insulto en decirles que bailan como niñas, pero entiende hacia dónde va el insulto.
A que deja que Baji ponga la mano en su cintura y deja que sus cuerpos se peguen y deja que Baji lleve el baile, aunque todos los maestros del mundo quieran enseñarle «a llevar». Pero a él no le interesa.
Él quiere ponerse enfrente de Baji y decirle «ora, agarra el pedo, quiero que me abraces tan fuerte que truenes mis costillas, quiero que mi cuerpo se ajuste al tuyo, quiero que me beses como quieras, como se te antoje, como se besan en los mangas de las señoras, esos que luego trae Draken». Lo dejaría hacer lo que quisiera con tal de que se lo pidiera antes. Lo que sea, con tal de que lo toque. Lo que sea, con tal de que sus dedos se queden para siempre aferrando su cintura.
Apenas si lo entiende.
Chifuyu sabe que le gustan los chicos. Son muy guapos. Y nunca se ha fijado en ninguna chica, aunque también son guapas, malditas ellas. Pero no se fija. Él ve a los chicos. Altos, siempre más altos que él, para que puedan abrazarlo y acunarlo entero. Luego la cosa se empieza a poner específica. Le gusta el cabello largo y sedoso, como para enterrar allí sus dedos y asombrarse con la suavidad. Le gustan los colmillos puntiagudos, de esos que parece que dejan marcas de vampiro en el cuello al besar (y sin querer sueña con esas marcas, con los chupetones, con el beso, con la sensación de lo que nunca ha sentido todavía). Le gustan los ojos pícaros y vivaces, esos ojos sin paciencia pero que desbordan pasión. Las manos con los dedos largos que se aferran a su cintura hasta que están pegaditos; dedos bien firmes sobre su piel.
Keisuke Baji lo está arruinando, baile a baile, pelea a pelea.
Algunos de sus amigos llaman a Baji «el marido».
Chifuyu se enoja las primeras veces que lo escucha, pero cuando queda claro que no lo dicen con malicia y que no les importa en lo más mínimo que Chifuyu esté desesperado porque Baji lo atrape contra la pared y se lo coma entero, los deja ser. «El marido». «Y tú eres la esposa, claro». «¡Somos dos tipos!». «Uno siempre tiene que ser la esposa». «¡No es cierto, animal!». «Léelo, lo dicen hasta en el yaoi». «Pues no sé qué basura estás leyendo, pinche animal».
Y Chifuyu pasa una semana entera leyendo manga que claramente no es para él, con escenas que no debería estar leyendo y que lo hacen desear enterrar la cara en las almohadas repetidas veces. Y lo encuentra todo ridículo. «La esposa, pinches pendejos». Todo irracional. Escenas que no tienen sentido. Sonrojos pendejos. Y piensa, con las mejillas rojas, que si Baji quisiera decirle «esposa» lo dejaría, aunque fuera para reírse y rogarle que lo besara después.
Pero aquellos mangas están lejos de ser un manual para romancear a alguien.
Chifuyu no tiene ni idea de cómo acercarse a Baji y decirle, ora, hay que imitar a un shojo, que me atrapes contra la pared, que mi única elección sea ahogarme en ti y rogarte que me beses.
Ora, pues, ahorita.
Ahorita ahorita ya.
Quiero que me beses como si el mundo ya no fuera existir mañana, desesperados, como si quisieras atragantarte conmigo. Y luego que me beses despacito, como si no hubiera nada más en el universo que tú y que yo y que el beso.
Más que nada sueña con besos.
Aunque las manos de Baji le dan otras ideas que no puede contarle a nadie y acaba ahogado en ellas.
Mientras tanto, bailan.
Pegadito, lo que se les antoje. Melodías más rápidas, más lentas; varían los ritmos y las épocas, varía la música. Pero la mano de Baji en su cintura se mantiene, apretando con fuerza, quitándole la respiración poco a poco.
Baji tiene dedos largos, fuertes. Chifuyu se los ha visto mil veces, se ha quedado viéndolos como idiota, hasta que alguien le da un zape y le dice «wey, no te pases, no seas tan obvio». Va a llegar un momento en el que todo el mundo en la Toman sepa que Chifuyu está pendejo por Baji, que lo trae de su imbécil, arrastrando por el pavimento y ni enterado está. «Ándale, date cuenta», quiere gritar, «me traes de tu pendejo y yo aquí estoy, idiota por ti, si quieres me arrastro, no hay pedo, no hay problema, no más dame un beso pa' saber que se siente».
La manía ridícula de algunas niñas de poner su nombre y el del imbécil que les gusta empieza a cobrar sentido para Chifuyu cada que ve a Baji y se queda todo idiota, clavado en su piel y en sus ojos, mirando sus pómulos, sus manos, sus brazos, cómo cierra el puño, cómo se ríe, como enseña los colmillos picudos que tiene. Chifuyu es consciente que una vez se le olvidó cómo respirar cuando Baji se quitó la liga de la muñeca y la puso entre sus dientes para amarrarse el pelo en una coleta y poder pelear. Se hubiera desmayado si su cerebro no se hubiera dado cuenta de que estaba idiota y hubiera empezado a inhalar y a exhalar otra vez.
No sabe si ese fue el momento en el que supo que todo se había ido a la fregada, pero es probable.
Piensa todo el tiempo que Baji le gusta y quiere poder pararse de puntitas y sonreír a medias para después, sin vergüenza alguna, pedirle un beso.
(Lo suplicaría, si fuera capaz).
¿El único problema? Baji no dice ni pito. No más baila con él y le da gusto y Chifuyu no sabe si sólo es demasiado buen amigo o sí de veritas quiere algo con él.
Ya sabe que le gustan los chicos también.
Pasan demasiado tiempo juntos. Comen del mismo ramen instantáneo todo el tiempo, el mismo yakisoba. Han llegado hasta a compartir palillos y eso ya cuenta como un beso indirecto.
Pero Baji no dice nada, no da señales.
Y a Chifuyu se lo está llevando un poquito la chingada, porque le ganan los nervios y no sabe si leyó bien todas las señales. Se lo está llevando la verga y él todavía no sabe cuál es el destino.
«Di algo, Baji-san, lo que sea, yo no más quiero saber si me quieres comer a besos también».
Comerse a besos a alguien.
Acción de besar a algún sujeto hasta que se les cansen los labios y no puedan más. No hay definición de diccionario, pero Chifuyu se inventó esa que va acorde a sus deseos.
—¿Yakisoba? —pregunta Baji, tras pasarse el bocado.
Chifuyu hasta ese momento había estado viéndole los labios carnosos como un pendejo incapaz de concentrarse, con los palillos alzados, sin atinar a meterlos en el contenedor.
—Eh. Claro. Gracias.
Está mil veces más correcto desde el último día en la playa.
Ahí Chifuyu estuvo a punto de irse al demonio, lanzarse al mar de cabeza y decirle «ya bésame, cabrón, que no vez que me traes como quieres; neta, en serio, si me dices que yo sea tu tapete me pongo para que me pises y adiós todas las pláticas sobre relaciones sanas e igualitarias, yo nomás sueño con tenerte encima y que atrapes mis manos mientras me besas bien lento, lento, así, despacito, cabrón; me vas a besar, ¿sí o no? Ponte pilas, cabrón, si no voy a llegar y te voy a exigir un beso».
Pero cuando vio a Baji reírse, concentrado en él, apretándole la mano y luego cuando lo vio en la playa, a medio decir y no decir algo, tuvo un presentimiento.
«Creo que quieres decir algo».
Planea darle un par de días.
Y después todo al demonio. Ya no va a poder vivir con la incertidumbre. Que le diga de una vez si se lo va a comer o no a besos.
—Está bueno —dice Baji.
—Sí.
Es el que compran casi siempre, como si no supieran que es el mismo yakisoba de siempre; su sabor no ha cambiado en años.
—Muy bueno.
—Es el de siempre, Baji-san —remarca, para que no sigan en aquella idiotez de decirse las cosas obvias.
Y mientras se pregunta si sería capaz de pegarle los labios a la oreja y hacer que se le parasen los pelitos de la nuca diciendo: «Baji-san».
¿Cómo aprende uno a hacer voz sensual como las de los dramas de amor?
«Baji-san».
Quizá sí sería capaz.
—Sabe más bueno que de costumbre entonces.
—Ah, ¿sí? —Chifuyu no tiene ni idea de donde viene eso. Le sabe igual que todos los días que lo compran.
—Sí.
—Ah.
—Es que lo estoy compartiendo contigo.
Están casi allí. Casi, pero todavía no.
«Lo sé, Baji-san». Cualquier alimento sabe mejor si lo comparten ellos dos.
No hay muchas fiestas. Algunas chicas las hacen, pero no los invitan mucho. Ellos son chicos raros, con uniforme de pandilla, que se reúnen en un templo y se pelean con otras pandillas. Sus ideas sobre pasársela bien es romperse la madre mutuamente en estacionamientos o en terrenos baldíos, correr cuando alguien grita que se acerca la policía y, en general, vivir en los márgenes.
No es un mal lugar para vivir.
Al margen de todo. De todos. Hay increíble libertad allí donde eres invisible y nadie mira. Porque es verdad que nadie mira a lo que consideran un caso perdido.
Chifuyu recuerda a varios profesores que le devolvieron exámenes. «Buen trabajo». Muchos se detenían en el pendiente en su oreja, en el cabello rubio decolorado —aunque ya no lo lleva como lo que su mamá calificaba «el chicharrón en la cabeza»— y miraban allí un largo rato, intentando consolidar la imagen de un pandillero con la de un estudiante no tan malo y que se distingue especialmente en japonés, sin lograrlo nunca—. Siempre agregaban: «no desperdicies tu futuro». Chifuyu sabía traducir eso del idioma adulto. «Ve a la universidad, deja que tu cabello vuelva a su color natural, entierra tu vida en una oficina y muere allí». Ir a la universidad no suena tan mal si logra entrar a una institución pública —porque incluso así habrá que contar los yenes, uno a uno—. «No arruines tu futuro». Quizá tienen que contenerse las ganas de agarrarlo y arreglarlo ellos mismos.
No entienden, sobre todo, porque es amigo de un «bueno para nada». Para ellos, Keisuke Baji no pasa de aquella descripción. Inútil bueno para nada, «seguro tú redacción haría llorar a tu abuelita si viera como escribes los kanjis» en voces de maestras histéricas; seguro que de pinche chacal no o bajan, pero tampoco lo dicen porque tienen que mantenerse en los límites de la profesionalidad.
No se les ocurre que Baji se queda dormido en las escaleras más escondidas de la escuela porque durmió poco intentando estudiar algo que no le interesa en lo más absoluto. «Necesito pasar», dijo. El mínimo aprobatorio, no necesitaba más. Pero ahora Chifuyu le cuida el sueño, aunque nadie se atrevería a meterse con un capitán de la Toman.
Pero Chifuyu se sentó en lo alto de las escaleras y Baji se acostó a un lado y puso su cabeza sobre sus piernas, pretendiendo que no había nada raro en aquel gesto cuando nunca lo habían hecho antes.
Lo mira allí, dormido en sus piernas.
Mira el cansancio. Las partes que no se ven demasiado seguido de Baji.
El deseo de que su madre no tenga ningún motivo por el que llorar. El Baji que se sienta con lentes a estudiar sobre el escritorio de su recámara, aunque odie hacerlo. Se sacaría un diez en partirle la madre a los demás, pero en japonés tiene problemas; los kanjis se le confunden unos con otros y no puede arreglar eso a puñetazo limpio, como todo lo demás.
Pocas veces puede permitirse atisbar al Baji que está cansado y es vulnerable. Parece que varios años como capitán de la Toman lo han hecho encerrarse bajo una coraza más impulsiva, pero con menos sentimientos. Sabe que tiene que proteger a los suyos de las otras pandillas, especialmente de las de preparatoria. La primera división es su responsabilidad. Nunca deja que los golpeen en vano.
Así que casi nunca se le atisba de aquella manera, con tanta calma, dormido sobre las piernas de alguien.
Cuando despierta, Chifuyu no alcanza a ocultar que estuvo mirándolo.
Pero no le importa.
Que Baji se de cuenta, a ver si así le llega el memorándum a la cabeza y le explota ahí, en la choya. «Ya bésame, anda, cabrón. O te voy a besar yo y no voy a tener piedad y va a ser todo tu puta culpa, chingada madre, no más porque no me besas».
Pero sólo se despereza.
—Chifuyu.
—Baji-san.
Siente que será incapaz de dejar atrás el honorífico al referirse a él. «Baji-san» es la señal de que lo respeta y eligió seguirlo.
—¿Llevamos aquí mucho tiempo?
—Algo.
—¿Es hora de ir a clase?
—Aún no. Tenemos un rato.
Eso parece darle energías, se despereza más rápido. La vida le vuelve al cuerpo mejor cuando no tiene que dirigirse a un salón de clases para descifrar todos los kanjis y conceptos que los mismos profesores que no creen en su futuro le ponen en el pizarrón.
—Bien —y se levanta—. Me gusta este espacio vacío. Nadie viene.
Todas las escuelas tienen esos lugares. Salones que no se ocupan para dar clases, sino que son bodegas de sillas y mesas. Escaleras cuyos rellanos no llegan a ninguna parte y que ningún delegado de clase recorre vigilando; los lugares en los que todo el mundo se escabulle para dormir o para besarse. Sentarse en el piso y buscar la boca del otro, alejados de todas las miradas. O bien, siempre están los patios, demasiado grandes, con sus esquinas aleladas, y, si hay suerte, árboles frondosos. Las escuelas siempre son una romería de escondites y a Chifuyu también le gusta el que han encontrado esa vez.
—¿Qué quieres hacer aquí, Baji-san? —pregunta Chifuyu.
—No sé. Dormir. Comer. O… —Parece dudar y frunce el ceño. Pero al final se decide y le extiende la mano a Chifuyu, que sigue sentado entre un escalón y otro—. ¿Bailas?
Chifuyu toma su mano.
—No hay música, Baji-san.
—No importa. Puedo cantar.
—¿Y si nos oyen? —pregunta Chifuyu al tiempo que se para y ambos suben el par de escalones que todavía les faltan para llegar al rellano.
Baji le pone la mano en la cintura y lo atrae hacía así.
(Y a Chifuyu le cuesta respirar; se siente en llamas, con la piel pegada a Baji, a su camisa, tan cerca que puede sentir su respiración; tan próximo que quiere que se lo trague entero, que lo engulla a besos, no importa cómo).
«Ándale, Baji-san, no seas así, cómeme a besos».
—¿Y qué importa? —pregunta Baji y, al inclinarse un poco, en dirección a su oído, añade—: Que nos oigan, si quieren oír.
A Chifuyu le cuesta tragar saliva con aquel tono de voz, aquella inflexión que se percibe en las palabras de Baji.
Puta madre.
Baji está a punto de deshacerlo. Lo tiene en la palma de su mano. Podría pedirle cualquier cosa y Chifuyu le diría que sí. Lo que sea, no importa cuán irrazonable sea.
Y su voz empieza a cantar y lo hace moverse, pegadito a su cuerpo. Chifuyu entiende allí mismo lo que es morirse y renacer, arder entero. Siente que su piel está prendida en fuego, ardiendo, ardiendo. Le suplicaría que lo besara ahí mismo, que le mordiera un poco el labio, que siguiera besándolo hasta alcanzar su cuello y que dejara allí una marca para que todos pudieran ver, para que todos supieran que lo habían atravesado sus picudos colmillos. Se le acabaría la voz de decir «por favor» y quedaría sólo un tono chillón y suplicante; perdería todo su honor y embarraría su dignidad en el suelo con tal de conseguir un solo pinche beso de Baji. Se pararía de puntitas para alcanzarlo o dejaría que Baji lo acorralara. Le diría que tomara de el lo que quisiera, que se lo tragara entero, pero que tan solo le tuviera un poquito de piedad y lo besara ya, ahí, en chinga, rápido, por favor, te lo suplico, Baji-san, ten piedad de mí porque estoy ardiendo.
«Te quiero, Baji-san».
Puta madre, tiene que decírselo.
«¿Nos vemos en las escaleras?», decía el mensaje. No recibió respuesta y tendrá que suponer que Baji lo leyó. Casi nunca se mandan mensajes. Cuestan y a ellos no les sobran yenes para poner crédito en los celulares.
Se ven todos lo días de todos modos. Caminan juntos a la escuela. Regresan juntos y a veces se cruza una pelea a la mitad del camino. Compran yakisoba que comparten entre ambos sentados en aquellas escaleras tras un largo día. No necesitan mandar mensajes de texto que de todos modos Chifuyu se tarda en escribir mucho más de lo necesario. Malditos kanjis. («Es porque insistes en escribir todo bien, sin errores», dice uno de sus amigos; Chifuyu lo ignora).
Pero está esperando en el mismo rellano de las mismas escaleras en las que siempre se ven. Está desierto. La gente ya regresó de sus trabajos y el cielo está oscuro. Afuera hay unos pocos pandilleros, invadiendo parques, templos o estacionamientos. Muchas veces, Baji y Chifuyu son parte de ello. Pero hoy no; hoy Chifuyu sólo espera sentado en el piso del rellano de las escaleras, esperando que Baji haya leído su mensaje.
Baji tarda un rato en bajar.
—Podrías haber subido a mi casa, imbécil —dice—; estaba intentando hacer la estúpida tarea de japonés.
—No tenemos que entregarla en toda la semana —se excusa Chifuyu.
—Me toma el triple de tiempo que a ti y tenemos reunión estos días y seguro Mikey y Draken van a querer pelearse con alguien o el estúpido de Pah-chin va a hacer una estupidez o…
«… tú vas a decidir que no te miraron demasiado bien y vas a golpear a alguien y nos vas a arrastrar a todos». Pero no lo dice en voz alta.
—Mmm.
—Además mi mamá está preparando soba y le queda muy bien y… Ya sabes que te adora, Chifuyu.
Y Chifuyu se sonroja. Es cierto que Baji no es el preferido de sus padres en muchas cosas (aunque su madre sigue agradeciéndole que le haya quitado la manía de hacerse el chicharrón en el cabello, ese peinado ridículo), pero en general lo tratan con educación porque Baji se esfuerza por, enfrente de ellos, comportarse como un ser humano y no como un pinche animal que nunca conoció ninguna clase de civilización.
—Tengo algo que decirte, Baji-san.
No puede guardárselo más. Si no abre la boca, el fuego que siente en la piel va a acabarlo.
—¿Y?
—Tenía que ser a solas. Completamente a solas.
Baji sonríe de lado al oír aquello. ¿Sabrá lo que le espera? Pero en vez de responder a su propia pregunta, Chifuyu se queda viendo como un imbécil el colmillo increíblemente puntiagudo que sobresale entre los labios de Baji. ¿Cómo se sentirá una mordida en su cuello con esos colmillos? ¿Será todo lo que desean quienes sueñan con vampiros? ¿Dejarán marca? A Chifuyu no le importaría llevar el moretón y la marca de aquellos dos colmillos en su cuello, sería una clase de trofeo.
Pero se está adelantando.
—¿Qué es, Chifuyu? —pregunta Baji. Lo mira con atención y Chifuyu siente que esos ojos lo están atravesando desde un plano diferente y lejano. Atentos, certeros. Son ojos que perforan el alma y la dejan atravesada de par en par; como si quisiera desvelar todos sus secretos, aunque en el caso de ambos no importa, porque Chifuyu desnudaría su alma para entregársela a Baji.
—Estoy ardiendo —dice y baja la vista. No es el mejor comienzo, ni siquiera es un inicio digno. Es sólo algo, dos palabras que no tienen sentido en el gran esquema de las cosas en que sus amigos ya llaman a Baji «el marido» y en el que Chifuyu sueña con sus besos y se despierta sudado deseando que fueran realidad. Pero la primera palabra es siempre la más difícil y Chifuyu ya dijo dos; el tiempo está de su lado. Y alza la vista y clava los ojos en Baji—. Siento que estoy ardiendo y lo siento, pero no puedo seguir esperando…
—¿Esperando? —interrumpe Baji, pero Chifuyu apenas lo nota.
—Todo el tiempo. Cuando vamos en tu moto. Cuando te sientas a mi lado. Cuando comemos juntos. Cuando pones tu mando en mi cintura y… —Chifuyu traga saliva— bailamos. Cuando nuestros cuerpos están pegaditos, Baji-san. —Y para ejemplificar algo le pone una mano en el hombro y le ofrece la otra y lo jala hasta acercarlo hasta sí y de nuevo ahí están, pegados uno con el otro y Baji no dice nada; mira, tan solo, con esos ojos que se asoman a lo más profundo del ser—. Estoy ardiendo, Baji-san. Como si toda mi piel estuviera prendida en llamas, Baji-san. Así que…, por favor, Baji-san, si voy a arder, necesito tener la certeza de que lo dije en voz alta.
Y Baji no deja de mira; no se aleja, no cambia la expresión. Está.
—Creo que planeabas decirlo, Baji-san, así que lo siento. —Chifuyu, de nuevo, traga saliva—. Si no lo digo ahora, seré sólo cenizas.
—¿Qué…?
Chifuyu respira hondo antes de pronunciar las palabras realmente grandes.
—Me gustas un chingo, Baji-san.
Y entonces sí, después del suplicio, de la piel que arde, de ver a Baji y sentir cómo trae el anafre prendido todo el tiempo, viene el silencio.
Y no hay nada más.
Chifuyu no logra sostenerle la mirada demasiad tiempo. Siente que acabará partido en dos si esos ojos lo siguen atravesando y en vez de eso se concentra en los zapatos de ambos que, de repente son una cosa tremendamente interesante. Sólo queda su respiración agitada y luego nada y después de la nada el silencio y la piel de Baji tan cerca de la suya.
Y el silencio que se extiende sobre y entre ellos, lo llena todo. Chifuyu siente que el mundo se ha apagado. No se escucha el rumor de los grillos cantando al viento, ni el ruido que hacen los palillos al chocar con los platos mientras las familias de los departamentos aledaños cenan; no suena el rumor de las hojas de los árboles golpeadas por el viento, no suena su respiración, no suena la música que ya está acostumbrado a oír.
—Estaba esperando. —Cierra los ojos, porque de repente le parece estúpido haber sentido que estaba ardiendo todos esos días, esas semanas—. Estaba bastante seguro de que lo dirías, de que querías. —Aprieta los ojos, porque no quiere sentirse humillado o ridículo; sus sentimientos son sus sentimientos—. Cuando me dijiste que también te gustaban tan solo los chicos pensé que… —se interrumpe y su voz se desvanece en una frase que se estrella en el piso antes de terminar—. Por eso esperé, Baji-san. Así que ahora, por favor, por favor, chingada madre, di algo. Ya rompí yo una barrera, Baji-san.
»Es tu turno.
Escucha un suspiro a medio camino bufido. Un algo.
El cabello de Baji le cae en los hombros cuando el otro se inclina y pone los labios cerca de su oreja.
—Quiero besarte —escucha.
—¿Cómo?
—Cómo tu quieras —responde la voz de Baji. Tiene un tono que parece que es el de un sueño.
—Dímelo —insiste Chifuyu.
—Poner mis dedos en tu barbilla —empieza Baji. Chifuyu se atreve a alzar la vista y lo ve morderse un labio en un gesto que es tan poco Baji que duda sobre si no está hablando con un impostor.
Pero, de todos modos, él tampoco es usualmente ese manojo indescriptible de nervios y sonrojos, por lo que entiende.
—Para que hacerte alzar un poco la cara —sigue Baji— y acercarme lento. Besarte lento, al principio, hasta que tus labios se acostumbren a los míos, hasta que… —carraspea— descubra cómo funciona eso de besarse.
Chifuyu contiene la respiración y se ríe de repente, del puro absurdo que le resulta todo aquello.
—¿Qué pasa?
—Al final va a resultar que eres más delicado que yo, Baji-san —murmura Chifuyu, conteniendo la risa, consciente de que hace todo aquel momento más incómodo—. Yo sólo quiero que me beses. Como sea. No importa. Lento o más rápido, da igual; quiero que muerdas mis labios y mi cuello y que tus manos aprieten mi cintura y… —Chifuyu deja de respirar un momento, incapaz de contenerse más; el aire vuelve de sopetón de repente y entonces es consciente de lo cerca que está Baji de él. Lo mira a los ojos—. Sólo bésame, por favor, Baji-san, por favor.
A la verga todo; él sólo quiere que lo besen.
La mano de Baji en su cintura se tensa un poco más, sus dedos largos se clavan un poco en la piel e Chifuyu. A esas alturas queda claro que ninguno de los dos sabe muy bien que está haciendo. Lo han visto en películas, en los dramas, en los mangas. Casi siempre entre un chico y una chica, pero hay excepciones. Chifuyu alza un poco su rostro y Baji está a milímetros.
—Me gustas un chingo, no mames, quería decírtelo desde hace un montón —le dice Baji—. Me gustas gustas, bien.
—Baji-san —interrumpe Chifuyu, incapaz de esperar un segundo más—. Bésame. Por favor.
El tono chillón; «como gata en celo», dirían sus amigos. Desesperado, prueba de toda su calentura, de todas las veces que ha soñado que Baji lo atrapa debajo de sí y lo besa y le besa el cuello y lo muerde y le pasa su lengua por la curva de su cuello haciendo que el Chifuyu onírico se estremezca en sueños.
No le quita los ojos de encima mientras se acerca y parece que sus narices van a colisionar, hasta el último momento. Y entonces sus labios se estrellan, uno contra otro; Chifuyu comprende que se tardó en cerrar los ojos y lo hace entonces porque los de Baji amenazan con atravesarlo y dejarlo desangrándose. Se concentra en la sensación de los labios de Baji contra los suyos y quizá tarda también en abrirlos y en comprender las mecánicas de un beso. Hay demasiada baba y demasiada inexperiencia, pero aquello es un beso. Su primer beso. Primer Beso. En mayúsculas. Un recuerdo que casi todo el mundo guarda y evoca mucho más rosa y bello de lo que en realidad es. Pocos mencionan que los dientes chocan o están a punto de chocar; todos evitan mencionar el exceso de salida, el no saber qué hacer con la lengua.
Es todo lo que Chifuyu había imaginado y más y más desastroso y más inexperto, pero es lo que pensaba sobre los labios de Baji. Es como estar en el cielo y sentirse arrastrado al infierno de vuelta. Es todo y es nada y es sentir perder la gravedad que lo mantiene pegado al piso.
Cuando se separan, Chifuyu no puede evitar la risa nerviosa; los brazos de Baji lo rodean.
—Baila conmigo —escucha—, por favor, Chifuyu, baila conmigo.
Y él todavía tiene al fantasma de la risa danzando cerca cuando responde:
—Siempre.
Tuvieron que juntar todo su dinero para conseguir varias horas en el karaoke y dejan a Mikey destrozar canciones pop de amor. Nadie, nunca, jamás en ninguna parte del mundo cantará peor que él y por eso esperaba con la carita empapada que llegaras con rosas. Ya lo oyeron destrozar unas cinco veces y te voy a escribir la canción más bonita del mundo, pero él sigue. Parece que ese será todo el repertorio del día.
Hasta que Baji se harta, observa Chifuyu, quien sabe leerlo como si fuera un libro abierto.
Mitsuya no para de mandar indirectas en tu dirección.
«Te ves feliz, Baji, muy feliz, ¿me endientes?»
«¿También tu pinocho está feliz, Baji?»
—Ey, Draken, quítale el micrófono a Mikey, carajo —pide Baji.
—¿Planean morir?
Y de fondo, la voz de Mikey destrozando una diva sin nombre, un montón de ilusión, eres facturas y alcohol.
—Queremos oír algo más —dice Baji.
—¿Queremos? —Mitsuya es incapaz de mantener su bocota cerrada—. Eso es mucha gente, Baji.
Baji lo ignora como mejor puede —aunque de todos frunce el ceño— y voltea a ver a Chifuyu:
—Qué quieres.
—Si nos dejan.
—¿Cuál?
Chifuyu tararea, con las mejillas rojas:
—Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida.
Y Baji sólo voltea a ver a Draken.
—Esa te sale bien, ¿no? Podríamos descansar de lo que sea que… —y señala a Mikey, que agarra el micrófono cual cantante experto— es eso.
—¿Y por qué no tú?
—Tengo otros planes.
—¿Otros planes? —Mitsuya, de nuevo—. ¿Acaso tu pito…? —No termina de decir la barbaridad que estaba a punto de salir de su boca porque Smiley le pega un zape.
—Te sale bien, Draken. Tienes la voz perfecta.
—¿Y por qué tendría que hacerlo?
—Porque te lo estoy pidiendo.
—En ese caso, podría romperte la mandíbula.
Pero Baji se inclina y susurra algo en su oído que Chifuyu no alcanza a escuchar. Tiene sospechas de lo que está pasando o de lo que va a pasar, pero está pretendiendo que no entiendo nada.
Todavía está en las nubes después de haber pasado una semana besando a Baji en todos los lugares donde pueden esconderse a hacerlo: los escondites que hay en la secundaria, los almacenes cerca del puerto, sus respectivos cuartos cuando sus padres no están en casa. Chifuyu tiene un par de marcas en el cuello que la sudadera que lleva puesta le cubre a duras penas y que Mitsuya no ha dejado de intentar mirar con más detenimiento desde que llegaron.
—Me vas a deber una —dice Draken y se levanta y le quita el micrófono a Mikey y le dice algo al oído cuando hace un puchero de niño pequeño porque estaba a punto de destrozar dime dónde has ido, dónde esperas en silencio amigo, quiero estar contigo, regalarte mi cariño.
La otra canción Chifuyu sólo la ha oído en la soledad de su habitación, en un walkman que compró de segunda mano, después de robar los casettes de su mamá y probar unos cinco hasta encontrar la canción que quería.
Es cierto que le queda a la voz grave de Draken, pero preferiría oírla con Baji. Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida. Tiene algo poderoso en aquella letra. Y aunque no los dejen. Aunque tengan que ganarse su felicidad a puño limpio. Si nos dejan, nos vamos a vivir a un mundo nuevo.
Baji le extiende la mano entonces.
—¿Bailas?
—¿Ahorita?
—¿Por qué no?
Pero en su voz y sus ojos está la pregunta, esperando que le diga que sí. Enfrente de todos ellos. De casi todo el alto mando de la ToMan. De todos aquellos capitales y pandilleros, muchos de los cuales nunca los han visto hacer eso.
—Sí.
Al fin y al cabo, aquel mundo pequeño y construido a golpes es su mundo.
Se pone de pie detrás de Baji y deja que le ponga la mano en la cintura mientras él busca su hombro. Suena un silbido en el fondo y esta vez es Angry quien le da un zape a Mitsuya, observa de reojo.
Baji lo hace pegarse a él.
Sonríe como un demonio. Para ser alguien que no pudo declararse hasta que Chifuyu se puso casi contra la espada y la pared y le dijo que le gustaba un chingo, ahora está demasiado confiado en sí mismo.
Chifuyu lo disfruta.
Si nos dejan, buscamos un rincón cerca del cielo. Bailar con Baji es increíblemente sencillo; después de tanta práctica, sus pasos lo siguen a la perfección. Si nos dejan, haremos con las nubes terciopelo.
Y de repente Baji se aproxima un poco más a su cara.
—¿Puedo? —pregunta, en un murmullo que apenas si puede escucharse por encima de la voz de Draken y la pista de música.
—Sí.
Y lo besa.
A Chifuyu le cuesta concentrarse en los labios de Baji porque en el fondo ocurre una erupción de reacciones. Todos parecen unos animales orates animales en ese momento. Chifuyu intenta ignorarlo al tiempo que descubre que los labios de Baji tienen un tenue sabor a peyang yakisoba. Pero se vuelve imposible cuando la voz de Mitsuya se sobrepone a todas las demás.
—¡Lo sabía! ¡Ya era hora, malditos imbéciles! ¡Cabrones!
Y Baji y Chifuyu se separan y Chifuyu se ríe un poquito. Baji pega su frente a la suya.
—Te quiero un chingo —murmura. Su mano en la cintura de Chifuyu se aprieta un poco y actúa como un ancla para que ninguno de los dos se separe del otro.
Chifuyu cierra los ojos y respira hondo y todavía entre el ruido y los gritos y la voz de Mitsuya y la de Draken y la risa de Mikey y la música, responde:
—Te quiero, Baji-san.
Notas de este capítulo:
1) Terminamos. Gracias por acompañarme en el camino. Quería escribir cosas bajifuyu con mucho fluff y comedia porque de verdad que lo necesitan.
2) Las referencias musicales delatan mi edad. Creo que todas las canciones mencionadas ya habían salido en el 2006, además. (Son Rosas, La Playa, Pop y París de La oreja de Van Gogh). Además de Si Nos Dejan del gran José Alfredo. Libertades creativas.
3) Espero que les haya gustado mucho.
Andrea Vega
