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Recorriendo la ciudad


El avión había aterrizado en la capital de Francia a las seis de la tarde. Fue un vuelo directo de doce horas, tiempo suficiente que la pareja aprovechó para conversar, para degustar la exquisita comida que servían en primera clase, para ver una serie en Netflix que los tenía muy intrigados y para descansar.

El aeropuerto Internacional París-Charles de Gualle les dio la bienvenida. Bajaron del avión y se fueron a recoger las maletas, luego se dirigieron al registro a chequearse. Todos en el lugar los habían recibido muy cortésmente.

Al salir los estaba esperando un automóvil exclusivo del hotel. Subieron al vehículo y apreciaron por primera vez las majestuosas calles de la ciudad del amor.

La arquitectura era impresionante y cada rincón por el que el coche iba pasando les impactaba aún más. Fue un trayecto placentero, se habían tardado aproximadamente, media hora en llegar hasta el alojamiento, el cual se encontraba ubicado en el XVII Distrito de París en la calle Rue Beudant.

Era una de las zonas más concurridas de toda la ciudad, pues a su alrededor se hallaban muchos sitios turísticos.

El auto se estacionó en el parqueadero del hotel. Un camarero se acercó hasta el vehículo y ayudó a bajar a Tomoyo mientras otro joven se encargaba de las maletas. Al ingresar al edificio fueron recibidos por un cordial recepcionista.

—Bienvenidos al Paris j'Adore Hotel & Spa, señorita Daidōji y señor Hiragizawa. Es un placer contar con su presencia —dijo el joven con una enorme sonrisa—. La suite está en el último piso, es la número 23 —comentó cuando les entregaba una tarjeta electrónica para poder ingresar a la habitación.

—Gracias, muy amable —enunció Eriol recibiendo lo que el recepcionista les estaba entregando.

Tomoyo se encargó de firmar los papeles de la reservación, después de que todo estuviera en orden fueron guiados por uno de los camareros hasta la recamara.

—¿Algo más en lo que les pueda ayudar? —preguntó el joven amablemente.

—Así está bien, gracias —respondió Daidōji con una leve sonrisa.

El joven asintió, esperó a que la pareja ingresara a la habitación, metió las maletas, hizo una pequeña reverencia y se marchó dejando solos a la feliz pareja. Ambos se quedaron sorprendidos por la hermoso del lugar, definitivamente, Tomoyo se había lucido eligiendo ese hotel para su estadía en la ciudad.

—Amor —llamó Eriol a su novia, quien se encontraba en el bar sacando una botella con agua de la pequeña refrigeradora—. ¡Es precioso! ¡Muchas gracias!

—Es lo mínimo que te mereces —expresó con una sonrisa antes de ingerir el vital líquido—. Quería que todo fuera perfecto en este viaje.

—Esto es más que perfecto. ¡Es increíble! —exclamó con gran emoción mientras recorría la enorme habitación.

La suite contaba con un bar, cocina, un pequeño comedor, una sala, un amplio dormitorio, en el que se encontraba una gigantesca cama con un columpio que colgaba del techo, un baño enorme con una tentadora tina, además, en el balcón, se encontraba un sauna con unos cómodos sillones. Todo era precioso, era una recamara para no salir por días.

Otro factor importante era la belleza del hotel, ¡por los dioses era espectacular! Definitivamente Tomoyo se había esmerado en darle lo mejor a su amado.

—Me alegra mucho que te encante —musitó al sentarse en la cama mientras recostaba la espalda en las suaves almohadas de plumas—. Esta cama es deliciosa.

—Es más deliciosa contigo recostada en ella —comentó con una sonrisa de medio lado cuando se acercaba a su amada—. ¿Qué dices si probamos lo cómoda que es?

Tomoyo rio con fuerza, ella sabía perfectamente a lo que su pareja se refería, pero estaba tan agotada, que lo único que deseaba era pedir servicio a la alcoba para que les llevaran la cena, luego podría descansar en los brazos de su amado. Tenían una semana en París, ya habría tiempo de sobra para estrenar cada rincón de la enorme habitación.

—Cariño, claro que la probaremos, vamos a cenar aquí y después nos iremos a dormir —sentenció con la mirada fija en los orbes azules—. Te juro que solo porque tengo muchísima hambre pediré de comer, sino me iría directo a dormir —masculló abrazando fuertemente una almohada, como si esta se tratara de un suave peluche.

—No estarías para nada agotada si hubiéramos usado la magia para llegar hasta aquí —arguyó acercándose a ella para depositar un tierno beso en sus labios.

La azabache recibió con amor el gesto de su novio, podía estar muy cansada, pero siempre tenía suficiente energía para perderse en el dulce sabor de sus besos.

—Eriol —susurró con ternura—, sabes que para mí es importante que vivamos como cualquier persona normal, si hubiéramos usado nuestros poderes nos habríamos perdido la experiencia vivida en el vuelo, acaso, ¿no disfrutaste esas horas a mi lado?

—Mi amor todo el tiempo que paso contigo es inigualable, pero lo decía para que no estuvieras muerta de sueño como lo estás ahora —musitó al ver como sus hermosos ojos se iban cerrando.

—Porque no llamas a recepción para que nos traigan algo para la cena. Solo descansaré un momento —balbuceó entre bostezos.

Eriol acarició su precioso cabello. Tomó el teléfono de la habitación y marcó el número de la extensión del restaurante, ordenó una deliciosa cena para dos. Al colgar se concentró en acunar a su novia, parecía un hermoso ángel cuando dormía. La acercó más a su cuerpo para que descansara mientras llegaba la comida.

Estuvieron así por aproximadamente veinte minutos, tiempo que tardó la comida en llegar a la suite. Eriol apartó a la azabache de su pecho con cuidado, se levantó de la cama y se acercó a la puerta para recibir los alimentos. Agradeció al camarero obsequiándole una buena propina, el joven la aceptó y se marchó haciéndole una leve reverencia.

Hiragizawa ingresó el carrito que habían llevado, pensó en despertar a su novia para que pudiera cenar, pero al observarla, aferrada a la almohada, con una enorme sonrisa en los labios, le causó tanta ternura que prefirió volver a la cama para seguirla protegiendo entre sus brazos.

Besó su cabello y aspiró de su embriagante aroma, apoyó la cabeza sobre la de ella y cerró los brazos alrededor de su cuerpo.

—Gracias por todo. Ten dulces sueños mi amor, te amo…

Cerró los ojos y se dejó llevar por la paz del momento. Tenían muchos lugares por conocer, varias calles por recorrer y muchas experiencias por vivir, pero en ese instante nada era más gratificante que estar así, uno al lado del otro.


Era el tercer día en las emblemáticas calles de la ciudad del amor.

«El día anterior habían aprovechado para visitar varios de los museos más importantes de todo París, uno de los que mayores recuerdos les dejó por sus majestuosas obras de arte fue el museo del Louvre, el cual alberga pinturas famosas como: La Gioconda también conocida como Mona Lisa de Leonardo di ser Piero da Vinci. Así como muchas otras que son reconocidas a nivel mundial.

La capital de Francia es conocida por su historia, su arquitectura y por el misticismo que encierran ciertos acontecimientos como las Catacumbas parisinas.

Todo el día se la pasaron aprendiendo sobre ese hermoso país. Ambos eran personas tan cultas que siempre que llegaban a un nuevo lugar lo primero que hacían era investigar y, conocer sus raíces para enamorarse aún más del sitio que estaban visitando.

Por la noche disfrutaron del impresionante espectáculo de baile de can-can, ofrecido por uno de los lugares turísticos más reconocidos en el mundo el Moulin Rouge. Los movimientos antiguos mezclados con los modernos en una icónica danza seductora, interpretada por cortesanas del siglo pasado, era un lujo digno de apreciar para todos aquellos que tenían la oportunidad de visitar esa bella ciudad.

Ese sin duda fue un día lleno de emociones».

En esta oportunidad estaban terminando su visita por la avenida de los Campos Elíseos, en la que se podía apreciar el extraordinario Arco del Triunfo. París era sin duda un lugar maravilloso. Cada rincón por el que pasaban tenía tanta historia que una semana se les haría muy corta. La pareja había prometido volver con más calma por un mes al menos para conocer todo lo que les hacía falta.

Esa noche tenían reservaciones en un crucero privado por el río Sena, el cual los deleitaría con una exquisita cena para dos mientras disfrutan de una deliciosa botella de champagne.

Habían regresado al hotel para prepararse, debían estar en el barco a las ocho en punto y tenían el tiempo suficiente para vestirse elegantemente para la ocasión.

—Mi amor, ¿me ayudas con la corbata? —preguntó Eriol a su novia cuando intentaba hacerse el nudo.

—Claro, ven aquí —contestó la azabache desde el baño, ella se encontraba en el tocador maquillándose los ojos—. Esta noche te ves muy guapo, mi cielo —comentó después de anudar la prenda al cuello de su pareja.

—La que se ve preciosa eres tú, creo que mejor cancelamos la reservación y nos quedamos aquí, no quiero que alguien observe con ojos de deseo a mi novia —esbozó arqueando una ceja—. Tendré que colocar un hechizo sobre ti para que nadie te vea.

Tomoyo frunció un poco el ceño, luego rio a carcajadas. Eriol podía llegar a ser muy celosos y posesivo, sobre todo cuando se vestía con esos largos y elegantes vestidos que ella misma diseñaba para que se amoldaran a las definidas curvas de su cuerpo.

En esa oportunidad había optado por utilizar un precioso vestido negro que combinaba a la perfección con el traje de su amado, tenía un pronunciado escote de corazón que exaltaba sus grandes y redondos senos, a pesar de ser largo poseía una abertura en la pierna derecha que llegaba hasta el muslo, parte de su anatomía que se podía apreciar cuando ella caminaba.

Tomoyo Daidōji, definitivamente, era una mujer muy elegante y sensual. Eriol se sentía orgulloso de confirmar cada día que ella era suya, le encantaba lucirla, pero de vez en cuando, como en ese preciso momento, en el que contemplaba lo hermosa que se miraba, no podía evitar sentir muchos celos. En una ciudad como esa podría encontrarse con cualquier tipo de individuos que intentaran llamar su atención y él no quería eso. Lo que realmente deseaba era arrancarle ese vestido, arrastrarla hasta sauna y hacerle el amor toda la noche. Estar entre sus brazos valía más que cualquier crucero romántico.

—Deja de ser tan celoso —expresó regresando la vista al enorme espejo que tenía enfrente para terminar de arreglarse—. Mi amor, soy tuya. Nunca amaré a nadie más que no seas tú.

—Lo sé, pero… —susurró acercándose a ella por la espalda, rodeándola con los brazos por la cintura—. No puedo evitar sentirme así cuando mi novia es la mujer más sensual del planeta.

—Y mi novio es el hombre más maravilloso que existe —dijo ladeando el rostro para depositar un casto beso en sus labios—. Ahora deja que termine de maquillarme para poder irnos. —Lo miró por el espejo hacerle un puchero —. Quita esa cara de berrinche, no nos vamos a quedarnos aquí para realizar tu fantasía —advirtió con sarcasmo.

Eriol sabía que no podía engañarla, ella era muy intuitiva y había heredado de su madre el poder leer los pensamientos, motivo por el cual al inglés le costaba mucho ocultarle cosas, hasta prepararle una sorpresa le resultaba complicado, pero no imposible, Hiragizawa tenía sus métodos así como Tomoyo los suyos. Los dos eran tan parecidos y a la vez tan diferentes que se complementaban a la perfección.

—Debes admitir que mi idea es muy buena —musitó besándole el lóbulo de la oreja—. Dime que no deseas lo mismo.

—Cla-claro que te deseo y mucho, lo tienes comprobado, pero también deseo que aprovechemos nuestros días aquí. Mañana es tu cumpleaños y tenemos mucho por celebrar —arguyó separándose de los brazos de su pareja para terminarse de acomodar el peinado, también aprovechó para darse un último vistazo en el espejo—. Estoy lista.

Eriol tragó saliva, ¡Dios, se veía preciosa! En verdad quería mandar todo al carajo y encerrarla en esa habitación para tenerla temblando bajo su cuerpo todos esos días que quedaban del viaje. Sacudió la cabeza y pestañeó cuando se dio cuenta que ella lo observaba con el ceño fruncido, era evidente que ya le había leído los pensamientos, así que lo más sensato sería irse a la dichosa cena para regresar y darle vida a su deseos.

—¡Eres la mujer más hermosa del mundo! Y yo él hombre más afortunado por tenerte a mi lado —expresó con emoción al tomar la mano de su novia para besarle el dorso, posteriormente entrelazó los dedos a los suyos—. Nos vamos, mi amor.

—Vamos. Esta será una noche inolvidable —comentó la amatista con una enorme sonrisa en los labios.

—De eso no tengo duda —musitó Hiragizawa cuando salía con ella de la habitación.

El reloj marcaba la hora exacta en la que debían tomar el coche que los llevaría hasta el lugar de su cita romántica.


El recorrido hasta el río Sena fue muy agradable, la pareja disfrutó del paisaje nocturno de París en el trayecto hasta su destino.

Al llegar fueron recibidos por el capitán del barco y su tripulación. Tomoyo se había encargado de hacer la reservación de todo el crucero para que estuvieran completamente solos. Detalle que agradó muchísimo al inglés cuando se enteró, pues él pensaba que estarían acompañados por otras parejas.

—Bienvenidos, suban por favor —indicó un joven marino, el cual se encargó de guiar a la pareja dentro de la nave.

—Señorita, señor, es un placer contar con su presencia. Por aquí, pasen. —Un mesero relevó al marino después de que este les diera un tour por el barco—. Esta es su mesa.

Eriol se quedó asombrado. En la proa los esperaba una mesa decorada con pétalos de rosas y una espumante botella de champagne. El joven ayudó amablemente a los dos a sentarse. Les ofreció una copa de la dulce bebida, les sirvió y se retiró dejando a la pareja a solas mientras llegaba el primer platillo.

—Mi amor —susurró Hiragizawa al tomar la mano de su novia—. Esto es extraordinario. ¡Te luciste!

—Te dije que era lo menos que te merecías —musitó acercándose hasta él para acariciar la mejilla—. Me alegra mucho que te guste. Te das cuenta porque deseaba tanto que no perdiéramos la reservación.

—Definitivamente no me lo hubiera perdonado —comentó masajeando el dorso de la mano de Tomoyo y tomando con la otra su copa de champagne—. ¿Brindamos?

—Por supuesto. Brindemos por ti, porque mañana pases el mejor cumpleaños de tu vida —expresó feliz, llevando la copa al centro de la mesa.

—Pasemos —corrigió el ojiazul guiñándole un ojo—. Desde que estas a mi lado todos mis cumpleaños han sido maravillosos.

—Deseo que este lo sea más. Quiero que recuerdes este viaje como experiencia inolvidable. ¡Salud! —exclamó con entusiasmo.

—Salud, mi amor.

Chocaron sus copas y bebieron del líquido rosa con burbujas. El barco era de primera clase, su política era brindar un servicio de alta calidad, por eso se había encargado de llevarles una botella de su mejor reserva.

El mesero volvió con la entrada, era un Bisque de Homard. Se trataba de una sopa velouté cremosa, elaborada de un concentrado de jugo de crustáceos los cuales llevaban; cangrejo, langosta, gamba. Era una de las comidas más cotizadas de la cocina francesa.

—Buen provecho —pronunció el mesero antes de retirarse.

—Sabes que me encanta probar platillos nuevos, este en especial tiene un olor delicioso —comentó Eriol al dejarse envolver por el aroma de la sopa.

—Es exquisita, según tengo entendido —afirmó Tomoyo antes de llevarse la cuchara hasta la boca—. ¡Está deliciosa!

—La considero una de las mejores entradas que he comido en la vida —arguyó Hiragizawa con una sonrisa en los labios.

Degustaron del platillo en silencio, deleitándose de cada uno de los sabores.

La noche era preciosa, el río era todo un espectáculo al que se le sumaban los lugares se podían apreciar desde sus aguas. En ese momento se encontraban observando el museo de Louvre. Sitio que ya habían tenido la oportunidad de conocer.

Se encontraban charlando cuando el mesero volvió con el platillo principal. En esta ocasión se trataba de Coq au vin. Una comida típica francesa, este era un estofado de carne, cocinado con abundante vino tinto, lleva algunas verduras y, se acompañaba con pan y una buena copa de vino.

—La tripulación desea que su cena sea inolvidable, es por eso que nos tomamos el atrevimiento de traerles una botella de nuestro mejor cabernet para que puedan acompañar su comida principal —comentó mostrándoles la botella añejada de vino, tomó dos copas y sirvió el líquido—. Bon Appetit.

El joven hizo una reverencia y volvió a marcharse, dejando solos a la pareja para que pudieran disfrutar los alimentos. Les habían puesto música de fondo, gesto que el inglés apreciaba muchísimo, ya que uno de sus pasatiempos era tocar el piano.

Bon Appetit, mi amor —dijo Eriol probando la comida.

Bon Appetit, mi cielo —respondió Tomoyo con una sonrisa en los labios—. Debo confesar que me estoy enamorando de su gastronomía.

—Y yo me estoy enamorando más de ti. No sé cómo podré superar toda este viaje cuando sea tu cumpleaños —esbozó pensativo.

—Oh, no tienes que superarlo, mi mejor regalo siempre serás tú. No necesito nada más.

—Tú también eres mi mejor regalo, mi amor —afirmó con una enorme sonrisa en el rostro.

Siguieron comiendo despacio, en silencio, deleitándose de los placenteros sabores. Era verdad lo que muchos decían, la cocina francesa era una de las mejores en el mundo.

Al terminar, tomaron un poco más de vino. Eriol le pidió a Tomoyo que se acercaran al barandal de la proa. La luna los estaba acompañando, esa noche resaltaba con un brillo majestuoso. En ese momento la embarcación se encontraba pasando por la catedral de Notre Dame, sitio que todavía les faltaba conocer.

Hiragizawa tenía a su novia abrazada por la espalda, con sus manos alrededor de su cintura. La música era suave, con un volumen moderado, pero el ideal para que pudieran disfrutar de un romántico baile.

Eriol comenzó a moverse al ritmo de la melodía, su novia le siguió los pasos colando una de las manos sobre las suyas en su cintura, la otra la llevó hasta su mejilla.

—Te amo, Eriol… —susurró la amatista ladeando el rostro para observar a su pareja.

—Te amo, mi amor —musitó el inglés antes de obsequiarle un profundo beso en los labios. Un beso lleno pasión y de amor, que habían presenciado los únicos testigos de su unión, la brillante luna y el recuerdo de la catedral que dejaron a su paso.

Se separaron por falta de aire y se contemplaron profundamente el uno al otro.

El mago atrajo más el cuerpo de su novia, pegándola con fuerza contra su pecho. Quería detener el tiempo y congelar ese preciso momento que estaban viviendo, pero no podía hacerlo sin su consentimiento.

Volvieron a la mesa cuando el joven mesero llegó con el postre. Iban a cerrar esa exquisita cena con un Gâteau Saint Honoré. Un clásico de la pastelería francesa, se trataba de profiteroles con crema, nata y caramelo.

Tomoyo había pedido exclusivamente que fuera ese postre, ya que su novio amaba la nata con caramelo, ella quería de una u otra manera endulzarle más la vida.

—Esto es la especialidad de nuestro repostero, ¿algo más que deseen los señores? —inquirió el joven antes de retirarse.

—Todo está perfecto, muchas gracias —contestó Tomoyo con una sonrisa.

—Permiso.

El chico se fue y la pareja comenzó a comer su delicioso y dulce platillo. La expresión en el rostro de Eriol lo decía todo, lo estaba disfrutando y eso hacía que la azabache se sintiera feliz. El postre era exquisito, pero la verdadera exquisitez era el brillo en la mirada de su pareja.

—Mi amor —musitó Eriol con ternura.

—Dime cariño —respondió Daidōji con dulzura.

—Te amo —dijo con todo el amor que había en su corazón.

Tomoyo sintió las mejillas arder, Eriol le decía todo el tiempo que la amaba, pero existían entornos como este en los que esas palabras tocaban más su corazón, al punto de hacerla estremecer.

—Yo también te amo. Te amo como nunca amaré a nadie más —expresó la amatista con sinceridad—. Mi mayor deseo es hacerte feliz.

—Pues lo estás logrando —murmuró al ponerse de pie e invitarla a ir con él nuevamente a la barandilla.

La azabache limpió sus labios con la servilleta y tomó la mano de su pareja, caminaron juntos hasta la proa, al llegar Eriol volvió a abrazarla. Tenerla entre sus brazos era lo que más amaba y quería que estuvieran así por siempre.

Observaron el paisaje nocturno, percatándose que estaban pasando por la emblemática Torre Eiffel. Un monumento que aún no habían tenido la oportunidad de conocer, ya que Eriol le pidió a su novia que lo dejaran como uno de los últimos lugares de su viaje.

—¿No te parece impresionante? —preguntó Tomoyo al recostar la cabeza en el hombro de su amado.

—Lo es y te aseguro que tendremos un hermoso recuerdo cuando vayamos a visitarla —afirmó con determinación el mago.

—¿Por qué estás tan seguro? —cuestionó la amatista con una ceja arqueada.

—Solo lo siento, es todo —respondió encogiéndose de hombros, gesto que hizo para restarle importancia a sus palabras—. Mi amor, yo quería…

—Quieres detener el tiempo, ¿cierto?

—Así es, pero solo si tú también lo deseas —arguyó con un tono de sensualidad en su voz.

—Hazlo —dijo sin titubear—. Quiero complacerte en todo, además, también deseo hacer el amor contigo en este maravilloso barco —musitó en su oído antes de besar el lóbulo de su oreja.

Esas palabras avivaron el fuego que Eriol tenía contenido dentro de su cuerpo, la necesitaba y la deseaba como a nadie más en el universo. Desde que se estaban arreglando para la cena quería arrancarle ese vestido y ahora estaba a pocos segundos de poder hacerlo.

Chasqueó los dedos y pronunció un conjuro.

El tiempo se detuvo para todos excepto para ellos; el agua dejó de correr, el barco se dejó de mover, la música paró de repente y, frente a ellos, como paisaje, quedó la estampa de la Torre más hermosa de todo el mundo. Eriol giró rápidamente el cuerpo de su novia, la vio con deseo, después se apoderó de sus labios, besándolos con pasión y amor. Acarició con sus fuertes manos las hermosas curvas de Tomoyo. La tomó por los muslos y la levantó, haciendo que ella enrollara sus piernas alrededor de su cintura.

—Voy hacerte el amor en todos los rincones de este barco…

Eso fue el detonante para que Tomoyo perdiera el poco raciocinio que aún le quedaba. Agarró con sus manos el rostro de su novio y con una pasión desenfrenada volvió a besar sus labios, el sabor dulce mezclado con amaderado del vino era lo más exquisito que había probado.

Quería perderse entre sus brazos.

En ese momento en el que todo se había detenido, volvería a entregarse a él en cuerpo y alma, como tanto amaba hacerlo. Lo sintió bajar los labios hasta su cuello, eso fue lo último que su débil cordura recordó.

La noche era joven y el barco muy grande, cada una de sus secciones sería testigo del amor tan sincero que ambos se profesaban.

Continuará…


¡Hola!

¿Cómo están?

Qué preciosa la cuidad del amor, ¿no les parece?

Debo confesar que disfruté mucho viajando en mi mente hasta los lugares que nuestros protagonistas están visitando. París es una ciudad emblemática con tanta cultura, misterio, aventura y sobre todo amor, ese que se respira al caminar por sus preciosos rincones.

Al parecer nuestra parejita ha disfrutado mucho su viaje y aún les queda cerrar con broche de oro el tan esperado día del cumpleaños. Ya veremos que tiene pensado nuestra querida amatista para su amado.

Gracias por sus comentarios son muy importantes para mí.

Nos seguimos leyendo.

Con amor.

GabyJA