Capítulo 2

Sakura llegó a casa unas cuantas horas más tarde. No había anochecido, pero faltaba poco. El día regalaba sus últimos rayos de sol y, al mirar por la ventana de su apartamento en la planta veintitrés, la espectacular imagen de Nueva York bañada de naranjas y purpuras le erizó la piel. Adoraba aquella ciudad de acero y cemento. No se imaginaba en ningún otro lugar en el mundo. Le encantaba su vida, ajetreada, loca y ligeramente glamurosa. Su apartamento era pequeño, como los de la mayoría de las personas que vivían en aquella enorme y cosmopolita ciudad. Pero, a pesar de sus diminutas dimensiones, era coqueto y acogedor. Nada que ver con el estado en el que se lo había vendido Temari, que había sido la inquilina anterior.

Cuando Temari y Naruto se comprometieron y su amiga decidió irse a vivir con él a Knoxville, antes de que esta pusiese el piso a la venta Sakura se ofreció a comprárselo. Utilizó todos sus ahorros en entregar una buena entrada y acondicionar el pequeño apartamento, que ahora era una exquisita muestra de coquetería y elegancia.

Lo recorrió con mirada satisfecha. Su carrera como bloguera y diseñadora de joyas también iba viento en popa. Tenía casi un millón de seguidores que cada semana se dejaban aconsejar por ella y su análisis de las últimas tendencias en moda. Su trabajo como diseñadora le permitía expresar su creatividad y poco a poco se estaba convirtiendo en una marca consolidada. Todo iba sobre ruedas. Después de toda la inversión económica que había hecho en su nueva vida, iba al día con los gastos, pero no podía quejarse. Tan solo una faceta de su vida le quitaba el sueño cada noche: su vida amorosa, o la inexistencia de la misma.

No echaba de menos a Hidan, no podía hacerlo cuando durante años había sido consciente de que él para ella era poco menos que un complemento. Le tenía cariño. Pero el cariño se le coge a cualquier persona que forma parte de tu vida durante mucho tiempo. Hidan nunca le despertó mariposas en el estómago, ni le hizo hervir por dentro. Durante mucho tiempo se convenció de que así debía ser. Lo mejor para ella era tener una relación segura, en la que nadie fuese a abandonarla, nadie pudiese hacerle daño. También pensó que las relaciones como la suya eran a lo que deberían aspirar todas las mujeres. Pero entonces apareció Naruto en la vida de Temari.

Sakura vio el brillo en los ojos de su mejor amiga, feliz hasta decir basta, y cómo luchaba por su relación, y entonces se dio cuenta de que había sido una cobarde. Tuvo una visión de lo que sería su futuro si seguía con Hidan y no le gustó lo que vio.

Había sido un buen revulsivo, y supo desde ese momento que algo había cambiado en su interior de manera definitiva. Quería lo que Temari y Naruto tenían. Tal vez no lo consiguiese nunca y pasase el resto de su vida sola, soñando con lo que podría haber sido su vida. Una vida que anhelaba desde niña, con un marido y al menos un niño que llenase sus días de sonrisas infantiles, miradas desafiantes y manchas de chocolate en su inmaculado sofá de cuero blanco.

Al llenar su mente con las imágenes de su bebé imaginario, algo se le encogió en el interior. Ese había sido su mayor sueño y anhelo desde niña, ser madre, y se preguntaba cómo iba a conseguir cumplirlo. Temari y las chicas le decían que tenía que dejar de imaginarse el futuro como algo fijo, como una fotografía estática de su vida, y empezar a visualizarla como un abanico de opciones que estaban por llegar. Decían que la vida iba a depararle millones de sorpresas y tenía que estar dispuesta a disfrutarlas con la mente abierta. Tal vez tenían razón y debía dejarse llevar por las sorpresas que le trajera el destino. Desde luego, aquella opción sonaba mucho más apetecible que la de pasar el resto de sus días aferrándose a algo que tal vez no llegase a tener nunca.

Volvió a mirar por la ventana y decidió que iba a disfrutar de uno de esos pequeños y valiosos momentos de la vida. Desde el tejado podría ver toda la ciudad bajo aquel manto mágico de colores imposibles y decidió subir para empaparse de toda esa energía y calma. Tomó las llaves de su apartamento y, justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, vio que Clementina, la portera, le había dejado el correo sobre la mesa de la entrada. Le había dado una llave al mudarse allí, para que pudiese recogerle los paquetes con materiales que recibía a menudo para la confección de sus diseños. Había varias cartas de proveedores, invitaciones a eventos, un par de catálogos de moda y un par de cartas del banco. Decidió llevarse todo consigo y revisarlo arriba.

La terraza era, sin duda, el mejor lugar en el que pasar aquellas últimas horas del día y las calurosas noches en verano, lejos del asfalto caliente, lejos del bullicio de aquella ciudad que no daba un respiro con su frenético ritmo. Nada más salir, vio además que Clementina, una mujer que rondaba los cincuenta y se comportaba con los inquilinos como una madre atenta y amorosa, había decidido acondicionar la terraza con plantas aromáticas y flores de vivos colores. Una sencilla mesa y unas cuantas sillas de plástico completaban el improvisado conjunto. Le gustó. Al día siguiente le daría las gracias con una de sus últimas creaciones: una pulsera en cobre con incrustaciones de ámbar, que la mujer había admirado cuando aún estaba a medias. La terminaría esa noche para ella.

Se aproximó al filo de la terraza y divisó la ciudad que, desde esa altura, era un auténtico espectáculo. Inspiró y atrapó en sus pulmones tanto oxígeno como pudo. Elevando los brazos, comenzó a repetirse uno de los últimos mantras que había aprendido de su recientemente adquirido maestro de meditación. Le había enseñado varios, pero este servía para cargarse de energías y positivismo. Se suponía que debía entregarse a la recitación de dichos mantras cada vez que lo sintiese necesario, pero ella solo lo hacía cuando estaba segura de que nadie la vería y la tomaría por una loca.

—Sabía que subirías aquí esta noche —le dijo una voz que reconoció inmediatamente.

Sobresaltada, abandonó su meditación y miró a Hidan con una mezcla de sorpresa e incomodidad.

—¿Qué haces aquí, Hidan? Acordamos en que me darías el espacio que te pedí.

—Ya lo sé, nena, pero te echo de menos.

«Ojalá pudiese decir lo mismo», pensó Sakura, pero no era así. Había odiado verse sola, pero no había echado en falta a Hidan. De hecho, en más de una ocasión se había sentido aliviada: no había tenido que fingir que le apetecía hacer alguna actividad con él, ni buscar una excusa para disfrutar de unos momentos sola que le permitiesen recobrar algo del oxígeno que sentía en la opresora farsa que era su relación.

—Hidan, será mejor que te marches —le dijo cuando vio que él comenzaba a andar con la intención de acercarse a ella. Su tono fue lo suficientemente contundente como para que Hidan detuviese sus pasos de inmediato.

—Nena, en serio, creo que este mes ha sido tiempo más que suficiente de separación. Sabes que deberíamos estar juntos. Yo te conozco, sé lo que quieres...

—De verdad, Hidan, no veo necesario mantener esta conversación. Te dije que me había dado cuenta de que esto no es lo que quiero. No tiene sentido que ambos estemos perdiendo el tiempo.

—Sé lo que dijiste y he estado pensando en ello —la interrumpió él, aventurándose a dar un paso hacia ella—. Todo esto ha sido culpa mía. Conocía tus sueños: tus ganas de casarte, de formar una familia... y tardé demasiado en decidirme. Sé que te cansaste de esperar, pero, de veras, cariño, yo estoy dispuesto a darte eso y mucho más —dijo él, arrodillándose ante ella.

Sakura sintió como se le detenía el corazón en seco en el pecho. ¿Estaba él a punto de hacer lo que parecía? La incredulidad hizo que abriese la boca, pero las palabras no salieron de ella. Las frías manos de dedos largos de Hidan sorprendieron a Sakura, aprisionando las suyas en un movimiento rápido que no le dio tiempo a prever.

—Por favor, Sakura... Cásate conmigo —le dijo él con voz temblorosa y afectada, y el corazón de Sakura volvió a latir.