Capítulo 4

—¡Hijo de puta! —fue lo primero que dijo Tenten al leer el contenido de la carta que ella acababa de dejar sobre la mesa, en la cafetería. Y fue como despertar abruptamente en mitad de una pesadilla.

Ese no era el lenguaje que Tenten solía utilizar, conservaba siempre una actitud mucho más happy y despreocupada ante todo, pero entendía perfectamente el sentimiento que la había llevado a reaccionar de aquella manera. Ojala lo hubiese hecho ella. Sin embargo, desde que había leído la carta se había quedado en estado catatónico. No podía creer lo que sugerían aquellas diez líneas mecanografiadas en papel grisáceo, como una sentencia de muerte. ¿Cómo era posible que hubiese estado tan ciega?

—¿Has hablado con él? ¿Te ha dado algún tipo de explicación? —fue el turno de Karin, quien, aunque parecía mucho más tranquila que Tenten, lo desmentía con el ritmo frenético de su tacón aporreando contra el suelo.

—No, no lo he llamado aún.

Sus amigas la miraron sin comprender.

—Es que... no me lo podía creer. Ayer me pidió que me casara con él...

—¿Que hizo qué? —preguntó Tenten, alucinando, mientras miraba alternativamente a sus amigas—. ¿Por qué soy siempre la última en enterarse de las cosas?

—Llámalo ahora. Sé que ha sido una sorpresa, que debe costarte creer que un tipo aparentemente inofensivo como Hidan pueda haberte hecho algo así. Nos ha tenido engañadas a todas. Pero no solo tiene que darte una explicación, tiene que solucionar esto, ¡ya!

Sakura volvió a tomar el papel entre sus dedos y releyó las líneas: su banco le daba un ultimátum, un plazo de ocho semanas para regularizar el pago de las tarjetas de crédito por valor de veinticinco mil dólares que Hidan había solicitado a su nombre hacía varios meses. Como contable, Hidan se había ofrecido años atrás a ocuparse de la contabilidad de Sakura, y ella, que odiaba aquella rutinaria y nada creativa tarea, se había mostrado más que contenta de delegarla en él. Para entonces ya llevaban un par de años saliendo y confiaba en él lo suficiente como para hacerlo. Jamás pensó que fuese capaz de estafarla, que pediría tarjetas a su nombre y agotaría los saldos, dejándola con una deuda imposible de cubrir en aquel momento, después de la compra y la reforma de la casa. La carta finalizaba con una última advertencia: como su flamante casa era el aval que se había usado para solicitar dichos importes, sería embargada de no cumplir con el último plazo establecido por el banco, pues, según ellos, ya se habían agotado todos los avisos previos a la ejecución del periodo de liquidación. Una cosa tenía clara: ella no había recibido ninguna notificación previa. Hidan había estado ocupándose de quitarle la correspondencia también. Recordó su insistencia por ver si había algo de correo para él la noche anterior.

—¡Voy a matarlo! —sentenció.

Tomó su teléfono y marcó el número de Hidan, mucho más resuelta a solucionar aquel tema cuanto antes. No iba a perder su casa, su forma de vida, por aquel...

—¡Hidan! —gritó al escuchar su voz al otro lado de la línea telefónica, pero inmediatamente se dio cuenta de que se trataba del mensaje de su contestador—. ¡Maldito cabrón! —dijo, más para ella misma que para él. Dejó que terminase el mensaje y comenzó a hablar. Para entonces la furia se había apoderado de ella—. Hidan, maldito gusano cabrón. ¡Da la cara inmediatamente! Acabo de descubrir lo que has estado haciendo con mis cuentas, más te vale ponerle solución inmediatamente sino quieres que... —la interrumpió el pitido que le informaba de que el tiempo de mensaje se había agotado. Se quedó mirando el aparato en su mano, como si no lo reconociese. El dolor y la rabia que la poseían en partes iguales amenazaban con hacerle estallar la cabeza. Si tuviera a Hidan cerca en ese momento le haría daño físico, de verdad.

Su estado de descontrol se hizo evidente cuando intentó inspirar, y no encontró aire con el que llenar sus pulmones. Se mareó y tuvo que sujetarse con fuerza a la mesa.

—¿Cariño, estás bien? —le preguntó Karin, tomando una de sus manos.

—No, pero lo estaré. En cuanto ponga las manos encima de ese gusano y acabe con él —contestó ella cuando pudo respirar. Cerró los ojos y comenzó a recitar uno de sus mantras—. Inspirar. Uno, dos, tres... Aummm

—Creo que ha perdido el norte —dijo en un susurro Tenten a Karin.

Esta le propinó una patada por debajo de la mesa y miró a su amiga con preocupación. Sabía que ni Tenten, que hacía apenas un par de meses que acababa de crear su propio negocio, ni ella, con sus recientes y crecientes gastos médicos, estaban en disposición de poder ayudarla económicamente. La única que podría hacerlo era Temari, pero, como si le leyese la mente, Sakura abrió uno de sus verdes ojos y levantó un dedo a modo de advertencia.

—Ni se os ocurra contar nada de esto a Temari, ¿entendido? O todo lo que tengo pensado hacerle al malnacido de Hidan, os lo haré también a vosotras —les dijo muy seria.

—Pero... —quiso protestar Tenten.

—¡Pero nada! Yo lo solucionaré, sola.

Pero tres días más tarde seguía sin encontrar una situación a aquel desastre. Hidan estaba desaparecido. Sin duda, aquel enfurecido mensaje en el buzón le había dado la oportunidad de huir sin tener que enfrentarse con ella. Lo buscó en el trabajo, y su primera sorpresa fue descubrir que hacía tres meses que había sido despedido. Se preguntó qué habría estado haciendo él todo aquel tiempo y cómo es que ella no había sido capaz de verlo. Tampoco encontró rastro de él en su apartamento. Visitó a un amigo policía en la comisaría y este le confirmó lo que ella ya intuía: había sido el desfalco perfecto. Ella misma había autorizado a Hidan a operar en sus cuentas y en su nombre. De ninguna manera podía demostrar que no hubiese sido ella la que hubiese mandado solicitar aquellas tarjetas, pero sí era la única responsable de hacer frente a los pagos. Estaba arruinada.

Solo tenía ocho semanas para hacer frente a los pagos. Ocho semanas y ninguna posibilidad de conseguir el dinero por ella misma.

Se dejó caer sobre el escritorio que tenía en su habitación, sobre los papeles que llevaba días analizando y por fin se permitió abandonarse a un llanto roto, lleno de rabia y frustración. Todos los hombres eran unos gusanos. No había ni uno decente. El que no se la había jugado con otras mujeres le robaba todo cuanto tenía. Si esas eran las sorpresas que le tenía preparado el destino, que se las metiera por el...

El sonido del teléfono interrumpió sus destructivos pensamientos. Sobresaltada, comenzó a buscarlo entre los papeles del escritorio, una tarea imposible por la gran cantidad de ellos que tenía esparcidos. Comenzó a despejar el escritorio con enfado, lanzando todo su contenido con rabia y desesperación. Los papeles salieron volando hasta el suelo, y su teléfono entre ellos, que chocó con violencia contra la moqueta de su cuarto. Pero aun así no cesó la llamada. Se limpió las lágrimas con las manos y sorbió ruidosamente antes de suspirar y coger con resignación el aparato del suelo.

—Diga... —contestó con desgana.

El silencio al otro lado del teléfono le anunció que ya habían colgado. ¿Sería Hidan atreviéndose a dar la cara? Desechó la idea al instante. Iba a lanzar el aparato sobre su cama antes de ponerse a recoger el desastre que acababa de organizar cuando el aparato volvió a sonar y vibrar en su mano. Tomó la llamada y esperó.

—¿Señorita Haruno? —preguntó una voz suave y masculina al otro lado de la línea telefónica—. ¿Señorita Sakura Mebuki Haruno? —volvió a preguntar ante su silencio.

Nadie la había llamado así en años. Desde que su padre... No quería pensar en ello. Simplemente no le gustaba el «Mebuki» y se aseguraba de que nadie conociese su segundo nombre.

—Señorita Haruno, ¿está ahí?

Se dio cuenta de que tenía que decir algo y, frotándose la frente, finalmente decidió contestar.

—Sí, soy yo. ¿Quién es? —preguntó con un tono que evidenciaba las pocas ganas que tenía de mantener aquella conversación.

—Disculpe, señorita Haruno. Le llamo en conferencia desde Australia. Mi intención no es molestarla, pero tenía que ponerme en contacto con usted cuanto antes.

—Y la urgencia se debe... —lo instó a proseguir. Nada podía empeorar su situación, de manera que lo dejó continuar, aunque nada la preparó para las palabras que le dijo aquel hombre.

—Lo siento mucho, señorita, pero me pongo en contacto con usted para notificarle el repentino fallecimiento de su tío Harold.

Sakura se quedó muy quieta sujetando el teléfono con fuerza, aunque no fue consciente de este hecho hasta que los nudillos comenzaron a dolerle. Solo había visto un par de veces al tío Harold, cuando era una niña. Cuando su padre aún estaba con ella. Antes de que se marchara y las abandonara a ella y su madre. Por entonces Sakura tenía doce años. Lo necesitaba más que nunca, pero él se marchó sin mirar atrás para formar otra familia. El tío Harold era el único hermano de su padre. La única familia por su parte que podía haberlas ayudado a su madre y a ella cuando más lo necesitaron, pero no fue así. Con su padre también acabó cualquier contacto con su tío. No entendía por qué le notificaban a ella su muerte.

—No lo entiendo. Mi tío y yo nunca tuvimos una relación cercana. Estoy segura de que debe haber otros familiares...

—Señorita Haruno, me pongo en contacto con usted porque su tío la ha nombrado única beneficiaria de su herencia.

Las palabras del hombre retumbaron en su cabeza. Incapaz de saber cómo debía asimilar esa información, se dejó caer en la cama, agotada.