Capítulo 5
Sakura miraba una y otra vez toda la información que le había enviado el abogado del tío Harold y se preguntaba por qué las cosas no podían ser más sencillas. Conocida su situación económica y tras asumir la muerte de su tío, decidió que tal vez el destino le estaba enviando otro de sus mensajes, esta vez en forma de suculento cheque que le permitiese cubrir la deuda con la que la había dejado el gusano de su exnovio. Pero no había sido así. El tío Harold no tenía un chavo, un dólar, una mísera moneda que dejar a su sobrina. Su única posesión consistía en un rancho rústico en medio del desierto australiano, a más de doscientos kilómetros de la ciudad más próxima, Alice Springs. Las fotografías que le había enviado el abogado, junto con las copias de la escritura de la propiedad y algunos datos sobre la misma, no eran muy nítidas. Apenas se distinguía una construcción de madera y piedra en medio de un desierto de tierra roja.
«Está bien», pensó. «No hay dinero, pero hay una propiedad». Esta debería valer algo. Y así era, tenía toda la razón. Una conversación más con el abogado de su tío le aclaró que la propiedad no solo tenía valor, sino interesados en comprarla. El baile que se marcó entonces en el salón de su casa y la liberación instantánea que sintió al oír aquellas palabras no tenían precio. ¿Sería posible que el destino la estuviese premiando definitivamente por haber tomado la decisión correcta al terminar con Hidan? ¿Había alguna posibilidad de que, después de todo, fuese a tener un poco de suerte?
El abogado estuvo más que encantado de tramitar los acuerdos preliminares con los interesados en la compra: reserva y anticipo sobre la venta de la casa, a cambio de un sustancial porcentaje en la venta. Ella tan solo tendría que hacer un viaje relámpago a Australia, para comprobar el estado de la propiedad y firmar la documentación necesaria para la transacción antes de que los nuevos dueños llegasen seis semanas más tarde. Eso le daba a ella otras dos semanas para cubrir su deuda con el banco. Era todo perfecto.
O, al menos, eso pensó Sakura mientras hacía sus maletas, avisaba a sus amigas, daba indicaciones a Clementina sobre su correo y el riego de la única planta que tenía en el apartamento. No pensaba estar más de una semana fuera de casa. Una vez firmados los papeles no tendría nada más que hacer allí. De manera que preparó una única, pero, eso sí, gran maleta con sus cosas, entre las que estaba su ordenador, su secador y plancha para el pelo, y una caja de herramientas con abalorios y demás utensilios que utilizaba en sus creaciones, ropa y complementos.
Cuando llegó al aeropuerto JFK, su ánimo era de impaciencia y esperanza. Estaba deseando dar por finalizada la pesadilla de los últimos días. Quería recuperar su vida. Dejar de sentirse en la cuerda floja. A pesar de haberse levantado con tiempo suficiente para realizar todas las tareas previas a su marcha y llegar al menos un par de horas antes a la hora de embarque su vuelo, cuando lo hizo ya casi todos los pasajeros habían realizado el check in. Imaginó lo que hubiera dicho Temari si hubiera llegado tarde a coger el vuelo que acabaría con su pesadilla e hizo una mueca. Por suerte no tenía que recibir una de sus regañinas.
A las 15:25 en punto ocupaba uno de los estrechos asientos de clase turista del vuelo más barato que había encontrado a través de internet e intentaba acomodar sus largas piernas para no chocar con el asiento delantero. Resopló, consciente de lo duras que iban a ser aquellas primeras quince horas de vuelo hasta Shanghái. Ni las intermitentes conversaciones de su acompañante de asiento, una mujer de mediana edad, divorciada y que había decido tras su liberación conyugal gastarse el dinero de su ex en recorrer el mundo, ni el flirteo insistente de uno de los auxiliares de vuelo, muy mono, demasiado joven y excesivamente sonriente, consiguieron amenizar el largo y pesado viaje. Cada vez que su ánimo desfallecía, cerraba los ojos y comenzaba con sus mantras. Al cabo de unos minutos, normalmente lo que conseguía era quedarse dormida. Cuando finalmente aterrizaron solo pensaba en escapar del avión. La escala en Shanghái fue de cuatro horas y treinta eternos minutos, a los que sumó otras insufribles diez horas con cuarenta y cinco minutos hasta Melbourne. A esas alturas, ya estaba convencida de que aquella no era una salida que le ofrecía el destino a su situación, sino algún tipo de penitencia que le estaba haciendo cumplir por todas y cada una de las malas acciones que hubiese cometido en su vida, como comprar en puestos de imitación, llevar prendas de piel natural o colarse en la cafetería para recibir su imprescindible café matutino, tonteando con el camarero, con el que no tenía intención de salir jamás. Al menos la escala en Melbourne era de veinte horas, en las que se dedicó a dormir, revisar su documentación, hacer dos pulseras, ver la tele y llamar a sus amigas, que estaban ansiosas por saber cómo iba su viaje. Cuando entró de nuevo, al día siguiente, en el último vuelo, se sentía como si estuviese entrando al matadero. En esta ocasión solo tuvo que mantener ocupada su inquieta mente durante casi tres horas.
Eran las 14:05, hora local, cuando por fin aterrizaron en el aeropuerto Connellan. Al bajar por la escalerilla estuvo a punto de besar el suelo que pisaba, aunque después la encerrasen por loca. La verdad es que bastante desquiciada se sentía ya. Y entonces miró a un lado y a otro.
Estaba en mitad de la nada.
¿Dónde estaba la ciudad? Le habían dicho que Alice Springs era una ciudad grande. Pero el único y bajo edificio que tenía ante ella era el del pequeño aeropuerto de una sola terminal. Una única pista en medio del inmenso desierto rojo. Cincuenta y tres horas y diez minutos de viaje para encontrarse en medio de la nada. Se pasó la mano por el cabello y el rostro con desesperación y se dio cuenta de que tenía la boca seca. El calor no era acuciante: la temperatura se mantenía, según el termómetro de la pista, en unos agradables veintidós grados, que la sorprendieron para estar en pleno invierno australiano, pero el ambiente era seco hasta decir basta. Al cabo de unos minutos, reaccionó y fue hasta la zona de equipajes, cuando vio a un hombre rubio, de un tamaño descomunal, descargar su maleta y echarla sin miramientos en un carrito portaequipajes. Salió corriendo tras él antes de pensar que aquella mala bestia podría partirla en dos con solo mirarla.
—¡Ey, ey! ¡Deje mi equipaje ahora mismo!
El hombre ni se giró a mirarla, como si fuese una mosca molesta. Volvió al ataque.
—¿Me oye? ¡Le he dicho que deje mi equipaje inmediatamente! —repitió, mientras daba unos toques en la inmensa espalda del hombre con una de sus uñas moradas, de perfecta manicura.
El hombre miró por encima de su hombro mientras se quitaba unos pequeños auriculares blancos de las orejas, ocultos bajo la rubia melena que le llegaba hasta los hombros.
—¿Quiere algo, señorita? —le dijo finalmente, mirándola de arriba abajo boquiabierto. Los ademanes educados del hombre la sorprendieron. El tipo vestía unos pantalones cortos de color caqui, ajustados a su pelvis, y un chaleco en verde camuflaje sin mangas y abierto por completo, dejando a la vista su torso musculoso y una buena cantidad de tatuajes de dudoso buen gusto. La expresión de sus vivaces ojos era de pura sorpresa. Tenía la piel curtida y bronceada, estaba claro que pasaba muchas horas bajo el abrasador sol australiano. Y algunas arruguitas rodearon sus ojos al repasarla de arriba abajo y sonreír complacido con la visión.
Sakura se sintió un poco incómoda con el escrutinio, a pesar de haber hecho ella lo mismo con él. Y cruzó los brazos frente a su camisa de seda blanca, con gesto desafiante.
—Ha cogido mi maleta —le dijo en tono comedido. En un enfrentamiento entre los dos, estaba claro quién tendría todas las de perder.
—¿Su maleta? —repitió el hombre sin entender.
—Sí, mi maleta —dijo ella, impacientándose. Fue hasta el carrito y comenzó a tirar del asa de su gran maleta marrón de piel, pero no consiguió moverla ni un centímetro sobre la pila de equipaje.
—¿No pertenece usted al grupo de turistas? —le preguntó sorprendido el enorme individuo.
—No, no pertenezco al grupo. Y ahora, ¿sería tan amable de bajar mi maleta del montón?
—¡Claro! Sin problema. Pensaba que todo el vuelo era del grupo de turistas —le dijo el hombre, tirando del asa de la maleta y haciendo que esta descendiera del montón con suma facilidad.
—Pues ya ve que no. En fin... Gracias.
—Killer B.
—¿Cómo? —pregunto ella sin entender.
—Killer B. Me llamo Killer B —se presentó él, ofreciéndole su enorme mano.
Sakura se lo pensó dos veces. Si ese hombre hacía la más mínima presión le ropería cada pequeño hueso de la mano, pero, finalmente, y no queriendo agenciarse los primeros enemigos en aquel inhóspito lugar, le estrechó la mano que le tendía. Killer B apenas presionó la suya y le ofreció una sonrisa.
—Y entonces, señorita, ¿qué la trae por aquí?
