Capítulo 6

Ella dudó si dar ese tipo de información a un completo desconocido, miró a un lado y a otro y vio que tampoco había muchas personas a las que preguntar. Fue entonces cuando se percató de la identificación que colgaba del cuello del gran Killer B: una cinta roja, una chapa con su nombre y el anuncio de que pertenecía al personal del aeropuerto.

—He venido a solucionar unos asuntos...legales. Solo estaré unos días.

El gran Killer B asintió como si comprendiera perfectamente.

—¿Usted podría decirme dónde estamos?

El hombre la miró sorprendido.

—Quiero decir, ¿sabe decirme a cuánto estamos de Alice Springs?

—¡Claro! A cuatrocientos sesenta y tres kilómetros —le dijo con una gran sonrisa. Parecía aliviado de que la pregunta fuese fácil.

—¿Cuatrocientos sesenta kilómetros? —gritó ella, negándose a creer que aún le quedase esa enorme distancia hasta la ciudad, más otros doscientos hasta la localización del rancho.

—Y tres —puntualizó Killer B. Cuando ella lo miró alucinada, él aclaró—: Cuatrocientos sesenta y tres.

Sakura resopló profusamente, incapaz de aceptar tanta mala suerte. Finalmente se resignó a la última jugarreta del destino.

—Bien, Killer B, ¿podría decirme quién puede llevarme hasta Alice Springs y después a Grover Rock?

—¿Por qué quiere ir a Alice Springs y después volver hasta Grover Rock? —le preguntó el hombre sorprendido.

—¿Cómo que volver?

—Claro, Grover Rock está a mitad de camino entre nuestra situación y Alice Springs.

Las palabras del gran Killer B eran como música para sus oídos.

—Yo la puedo llevar hasta allí. Soy uno de los conductores, guías, mecánicos y abastecedores oficiales del aeropuerto.

Sakura se abalanzó sobre el hombre y lo abrazó con fuerza, aliviada. El gran Killer B ni se inmutó.

—¡Gracias, gracias a Dios, y a usted, Killer B!

—De nada, señorita —le dijo el hombre, cogiendo de nuevo su equipaje—. ¿Sabe? Es usted una mujer extraña, encajará bien aquí —añadió él, dirigiéndose ya hacía su vehículo.

Sakura lo miró unos segundos. En medio de la pista, con sus tacones, su blusa sin mangas de seda, sus pequeños pantalones morados y el bolso colgando del brazo, se apresuró a salir tras él.

—¡Que solo estoy de paso! —le dijo, corriendo con sus tacones tras el gran hombre de enormes zancadas que poco después llegaba hasta su vehículo.

Killer B conducía un microbús destinado, como bien le había informado él, al transporte de turistas desde el aeropuerto. Aquel viaje lo realizaba para transportar a una única ocupante: ella, que se sentó junto a la ventana en uno de los asientos más próximos al de Killer B. Estaba claro que el vehículo llevaba años, muchos años recorriendo aquellas carreteras de asfalto y arena, y que hacía bastante que había pedido su brillo inicial. Los asientos de cuero ajado en gris indefinido contrastaban con un interior y exterior pintado en amarillo y verde vibrante. Un aparato de aire acondicionado, un tanque de agua en medio el vehículo y una pequeña nevera lo transformaban en el vehículo perfecto para aquellas carreteras.

A pesar de que pensó que aquellos últimos kilómetros de viaje iban a ser una tortura, Sakura acabó por disfrutar del final del viaje, tal vez por verse ya próxima a su destino, o por las impresionantes y sobrecogedoras vistas del desierto australiano. Killer B no abrió la boca, salvo para hacerle notar alguna particularidad del camino y ofrecerle agua del tanque en dos ocasiones. El resto del tiempo se mantuvieron en un cómodo silencio que ella agradeció, agotada. Nunca había imaginado que viajaría a Australia. Y le encantaba viajar, pero aquel no estaba entre sus destinos deseados. Relacionaba el pequeño continente con el desierto, y ella era una chica de playa. Le gustaba el mar, la arena fina y blanca, tostarse al sol con un cóctel en la mano. Las olas, el submarinismo, el surf y las noches de playa estrelladas. Aquel ambiente, aunque no sin cierto encanto salvaje y sobrecogedora belleza, era desértico, estéril, seco, inhóspito... El último destino que hubiese elegido para pasar unos días, mucho menos unas vacaciones. Pero aun así estaba dispuesta a disfrutar del viaje, por lo menos de la parte que le restaba de él.

Poco más de dos horas después divisaron a lo lejos las primeras construcciones de Grover Rock, una pequeña población de una centena de viviendas salpicadas a ambos lados de la carretera. Tenían casi la apariencia de un viejo pueblo del oeste. Al pasar ante las primeras edificaciones, Sakura vio a algunos lugareños sentados en sillas de madera frente a los establecimientos con rótulos pintados, que ocupaban la primera fila junto a la carretera.

—¿Dónde la dejo, señorita? —le preguntó el gran Killer B, sorprendiéndola.

—Pues no lo sé muy bien. Voy al rancho de mi tío, pero... No veo ninguna construcción que se parezca a la de la foto.

Killer B detuvo el microbús a un lado de la carretera y le pidió la instantánea.

—Déjeme ver —el hombre tomó la fotografía entre sus grandes dedos y observó la imagen con minuciosidad—. Creo que reconozco estas rocas que hay detrás de la casa, ¿las ve? —le dijo señalándole la imagen.

Sakura miró la fotografía y se preguntó cómo era posible que el hombre reconociese en la imagen unas rocas parecidas a otros miles que habían visto durante el camino y no reconociese la gran casa que había junto a ellas. Finalmente se encogió de hombros, no sabiendo qué responder.

—Voy a asegurarme. Espéreme aquí. Enseguida vuelvo —le dijo el hombre, saliendo del vehículo y dirigiéndose a un par de hombres sentados frente a una tienda de víveres.

Vio como Killer B les preguntaba por la localización y los hombres se levantaban de sus sillas para indicarle cómo llegar. Mientras tanto, ella decidió echar un vistazo al pueblo. Se fijó en las personas que transitaban por la calle. Abundaban los sombreros, las camisas y vaqueros, pero también los pantalones estrechos como los de Killer B, los vestidos floreados y las botas tejanas. Una figura llamó especialmente su atención. Un hombre al borde de la carretera, de cabello oscuro y gran tamaño, miró a un lado y a otro antes de cruzar en su dirección. Llevaba unos vaqueros desgastados y ajustados a sus estrechas caderas, una camisa celeste con las mangas dobladas hasta los codos y sombrero vaquero de piel clara. Los primeros botones de su camisa, abiertos, dejaban evidenciar un pecho fuerte y bronceado. Tenía la mandíbula definida y un irresistible hoyuelo en mitad de la barbilla. Mientras se acercaba a su posición Sakura sintió de nuevo como se le secaba la boca. La forma de moverse del tipo, la seguridad de sus pasos, el derroche de testosterona... Era como verlo a cámara lenta, como un anuncio de Marlboro viviente. De repente le apeteció un cigarro y se sorprendió así misma mirándolo como si fuese comida. Y entonces él, a escasos metros, llegó hasta una vieja pick-up descolorida y, antes de entrar, reparó en Sakura. Sus miradas se cruzaron y por unos segundos le pareció apreciar en los ojos del desconocido el negro más increíble y fascinante del profundo océano. Parpadeó un par de veces. Entonces él, con una devastadora sonrisa, se introdujo en el vehículo, arrancó el motor y se marchó, levantando una nube de polvo anaranjado tras su vehículo.

—Ya sé adónde vamos. Tranquila, estamos a escasos diez kilómetros del rancho. Está a las afueras del pueblo. La gente de aquí es muy amable, seguro que la harán sentir como en casa —le dijo Killer B, entrando en el coche y arrancando el motor.

Sakura tardó varios segundos en reaccionar. Aún tenía en la retina la imagen del hombre de la pick-up. Parpadeó confusa y respondió:

—Solo voy a estar aquí unos días, unos pocos días.