Capítulo 7
—¡Esta no es la casa! Se ha equivocado, Killer B —dijo a su conductor, mirando a través de la ventana el desecho de maderas y roca al que la había llevado el hombre. Aquella no podía ser la casa. Estaba en ruinas. No se parecía lo más mínimo a la construcción de las fotografías. Las sacó de su bolso para demostrar a Killer B su equivocación—. ¿Ve? Esto son unas ruinas. Lléveme a la casa de mi tío —dijo ella, reclinándose en el asiento.
Se cruzó de brazos y resopló, volviendo a mirar al frente. No quería ni volver a mirar aquel montón de escombros, eso significaría...
—Señorita, lo siento, pero este es el sitio. Lo he comprobado.
—¡Pues vuélvalo a comprobar!
Su voz resultó más chillona de lo que pretendía y Killer B elevó una ceja, tal vez sopesando si la iba a tener que sacar del microbús en volandas. Volvió a mirar de lado la construcción y el alma se le cayó a los pies.
—No puede ser esta... no puede ser esta... —dijo en un susurro quedo.
Killer B observó a la preciosa mujer que tenía en el asiento y se preguntó cuánto tardaría en romper a llorar. Estaba claro que había sufrido una gran decepción. La casa estaba en unas condiciones deplorables. De hecho, se alegraba de que ella no fuese a insistirle en dejarla allí, pues no creía que fuese seguro. Con certeza metería el pie en algún sitio que no debía.
—¿Está completamente seguro? —le preguntó ella, guardándose su congoja, más calmada.
Su tono resultó tan tranquilo que Killer B la miró sorprendido. Esperaba el llanto de una señorita de ciudad fuera de lugar, pero la chica había tardado menos de dos minutos en recomponerse.
—Sí, estoy seguro. Señorita, ¿ve aquellas rocas de allí? —le preguntó a Sakura, mostrándole un montículo de piedras con formas curiosas. Parecían amontonadas unas sobre otras a punto de caer.
—Otra vez estamos con las rocas —dijo ella, poniendo los ojos en blanco.
—Las rocas no se mueven. Están allí desde el inicio de los tiempos. Desde el dreamtime, el tiempo de los sueños. Son sagradas. Están protegidas por los dioses.
Sakura miró a Killer B parpadeando un par de veces. No se le habría ocurrido imaginarlo jamás como un gurú espiritual. Y ahí lo tenía: enorme, con esa pinta mezcla de boy scout y motero de una banda, con sus pantalones demasiados ajustados, chaleco, torso desnudo y tatuajes, mirando a las rocas y empapado de las creencias indígenas y sus dioses.
—Bueno, lo que quieres decirme es que es esta la casa y punto —le dijo ella resuelta.
—Más o menos, sí —contestó él, encogiéndose de hombros.
—Bien, pues voy a verla —le dijo, definitivamente convencida de que no solucionaría nada sentada, mirándola desde el microbús. Seguro que además Killer B estaba deseando perderla de vista.
—No creo que sea seguro adentrarse en la casa. Si por dentro está la mitad de mal que por fuera... Podría ser peligroso —apuntó el hombre.
—Tranquilo, Killer B, iré con cuidado. Puede bajar mi equipaje. Me quedo aquí.
Y allí estaba ella de nuevo, sorprendiéndolo. Cuando le había dicho en el aeropuerto que encajaría bien allí, lo había dicho en serio. Aquella señorita tenía una mirada decidida y hasta temeraria que sin duda eran las cualidades que harían que alguien fuese a un lugar como aquel. Lo necesario para permanecer en ese desierto. Pero, aun así, ella no estaba acostumbrada a aquellas condiciones de vida. No le parecía buena idea. La observó dirigirse a la entrada de la casa con paso resuelto, aunque por el camino, en un par de ocasiones, la vio trastabillar sobre el terreno con los tacones. En cada ocasión se enderezaba, estiraba la postura y continuaba hasta llegar a la puerta. Al llegar junto a esta, sacó una llave de su bolso. La había guardado en una cajita muy mona en celeste brillante. Miró la llave, guardó la caja en su bolso y fue a abrir la puerta después de resoplar un par de veces. Pero al apoyar la palma de la mano en la madera, esta cedió a su contacto y la puerta se abrió sola. Sakura se quedó sorprendida y miró a Killer B a sus espaldas.
—No solemos cerrar las puertas por aquí. Las serpientes, arañas y otros bichos entran igual sin llamar.
La piel de Sakura se erizó inmediatamente. Tragó saliva, miró al frente y se dispuso a inspeccionar con cautela la casa. No podía acongojarse en aquel momento. Aquella desastrosa casa suponía la única posibilidad de recuperar su vida. Tendría que bajar el precio a los compradores, pero aun así podría cubrir sobradamente su deuda. Miró a un lado y a otro. El interior no daba tanto miedo como el exterior, pero estaba claro que la propiedad no estaba en condiciones de ser habitada. Había maderas partidas en techo, suelo, ventanas, escalones... El suelo crujía a su paso, aunque fuera de puntillas. El tamaño de la vivienda era impresionante: una casa grande y espaciosa, de techos inmensamente altos. La recorrió con la mirada y la imaginó con unos cuantos cientos de miles de dólares en reparaciones y no le costó vislumbrar la grandeza y esplendor de otros tiempos.
—Es bonita —dijo en un susurro, admirada.
Killer B volvió a mirarla sin saber qué pensar de ella. La vio sonreír ligeramente y supo lo que ella diría a continuación.
—Deje aquí mi equipaje, Killer B, me parece que he llegado al sitio que buscaba.
—Debo insistir en que no lo haga.
Sakura lo miró sorprendida.
—La casa es bonita, o lo fue, hace mucho tiempo. Pero no es un lugar seguro. Cuando le comenté lo de las serpientes y demás bichos, no estaba bromeando. El suelo está podrido. Las ventanas están rotas, el tejado también. No creo que haya agua ni electricidad. Dentro de unas horas se hará de noche y le aseguro que el último sitio en el que querrá estar será en esta casa destartalada, y sola.
Tuvo que reconocer que todo lo que le había dicho era cierto. La casa estaba en unas condiciones deplorables. Y no se había parado a pensar aún en lo que supondría pasar una noche allí. Él tenía razón, pero no tenía muchas más salidas. No iba a marcharse, tenía que solucionar el tema de la casa, que estaba claro que no sería tarea fácil. Tampoco podía estar malgastando el dinero en hoteles...
—Lo siento, Killer B, pero es lo que tengo que hacer. Me las apañaré. Me lo tomaré como una acampada.
—¿Ha acampado usted mucho en el desierto australiano, señorita?
Sakura chasqueó la lengua contra el paladar.
—No. No lo he hecho, pero sí lo hice de niña unas cuantas veces con mi padre... En fin. Estoy segura de que algunas cosas recordaré. No debe preocuparse —dijo, con un movimiento de su mano que pretendía quitar importancia a la desoladora perspectiva que se le presentaba, más para convencerse a ella misma que al gran Killer B, que la seguía mirando con el ceño fruncido.
De repente, el rostro masculino sufrió una transformación: parecía que Killer B se había visto iluminado por alguna grandiosa idea.
—¿Insiste en permanecer en esta casa, verdad? —le preguntó.
Sakura asintió vigorosamente, reafirmando su postura.
—Bien, espéreme aquí. Volveré en aproximadamente una hora. ¿Podrá no meterse en líos hasta entonces?
—Por supuesto, Killer B, ¡me ofende! —le dijo ella, fingiéndose agraviada.
—Bien —dijo Killer B, riendo—. Espéreme aquí —repitió, y salió a grandes zancadas de la propiedad. Segundos después lo oía arrancar el motor del microbús y volver en dirección al pueblo.
