Capítulo 8
—Necesito que me consiga un contratista, ya mismo —le dijo Sakura al abogado de su tío. Lo llamó en cuanto obtuvo cobertura en su móvil, subiéndose a una de las rocas más altas junto a la casa.
—¿Piensa arreglar la casa? —le dijo el hombre asombrado.
—¿Cree usted que aceptarían los compradores quedársela en este estado? —preguntó ella haciendo equilibrismos sobre la roca.
—Según lo que me cuenta, no, sinceramente —le confirmó el abogado—. Pero, señorita, una obra como la que describe no solo supondrá mucho dinero, sino bastante tiempo...
Sakura pensó que eran muchas pegas para una persona que se suponía estaba deseando llevarse una suculenta comisión por la venta.
—Los compradores me dejaron una buena cantidad como reserva, ¿cierto?
—Sí, así es.
—Bien, y aún quedan seis semanas para que vengan a ver la casa y firmar la venta definitiva, ¿verdad?
—Cierto, pero usted se va en pocos días. Una obra como esa supondría trabajar en la propiedad todos y cada uno de los días de esas seis semanas. ¿Cómo piensa controlar usted la obra desde Nueva York?
Sakura se hizo la misma pregunta. No podía dejar allí trabajando a los operarios y viajar a Nueva York confiando en que las cosas saliesen bien. Ya había dejado demasiadas cosas en manos de otras personas y el resultado había sido nefasto. Se quedó mirando su pulsera de oro blanco con incrustaciones de piedras de colores. La había diseñado ella misma hacía un año. Llevaba cuatro piedras de diferentes colores, una por cada amiga. Giró la pulsera sobre su muñeca, viendo el juego de luces y destellos que la hacía resplandecer a la luz de aquel mágico sol, y se detuvo en la piedra verde azulada que simbolizaba a Temari. Sabía lo que ella le diría: «Lucha. No hay más dirección que la que lleva tus pasos hacia delante».
—Señorita Haruno, ¿sigue ahí?
—Sí, sigo aquí. Y aquí me quedo. Envíeme el dinero y a un contratista mañana mismo —le dijo con la convicción de estar haciendo lo correcto.
—Pero, señorita...
—Mañana mismo. No hay tiempo que perder. Solo tengo seis semanas. Imagino que usted está tan interesado como yo en que se lleve a cabo esta venta —se hizo un silencio al otro lado, pero ella continuó—, de manera que deje de pensarlo y haga lo que le pido —le dijo Sakura con contundencia. Colgó el teléfono y aspiró todo el aire que pudo, llenando sus pulmones por completo.
Se sentía pletórica y feliz. Imaginaba que era por el subidón de adrenalina que le confería el hecho de haber tomado una decisión. Desde luego, no la más sencilla, pero sí la que haría que recuperase su vida. Quizás se encontrase ante la situación más arriesgada que hubiese tomado jamás, pero se sentía increíblemente bien. Abrió los brazos en cruz, cerró los ojos e intentó empaparse de la energía de aquel sol que ya comenzaba a caer y otorgaba al paisaje un aspecto mágico, ancestral, hasta místico. Se sentía en la cima del mundo. Llena de paz, buenas energías y un objetivo en mente por el que luchar.
Volvió a aspirar con todas sus fuerzas y entonces sintió como algo se introducía en su boca, llegando hasta su garganta. Se ahogaba y comenzó a toser como si le fuera la vida en ello, se agarró el cuello sin dejar de expectorar e intentar respirar al mismo tiempo. En aquel angustioso momento, como si no hubiese nada peor que le pudiese pasar, uno de sus tacones resbaló haciendo que perdiese el equilibrio sobre la redondeada roca. En cuestión de segundos, y mientras seguía intentando respirar, se vio caer por las rocas, golpeándose el trasero con todas y cada una de ellas, hasta que llegó al suelo, de culo. Un grito salió de su garganta y con él la pequeña mosca que se había introducido en ella, cayendo en su mano.
—¡Puaj, qué asco! —dijo, mirando al bichejo, aplastado y mojado en su palma, que sacudió para deshacerse de él—. ¡Oh, Dios! ¡Qué dolor! —se quejó al sentir cada musculo de su espalda y trasero doloridos. Había sido una buena y estrepitosa caída que, además, la había hecho caer sobre la arena rojiza, que ahora tenía por todas partes.
—Le dije que no se metiera en líos —le dijo Killer B, que llegaba en ese momento. Detuvo el vehículo junto a ella, bajó del microbús y fue ayudarla a levantarse.
—En realidad, lo de los líos es algo que va innato en mí —dijo ella, sacudiéndose el trasero dolorido con las palmas de las manos y una evidente mueca de dolor.
—Ya lo veo, ya. Por eso creí que era buena idea darle otra opción a la de permanecer en la casa. Mire lo que le traigo —le dijo Killer B mientras ella cojeaba por haber perdido en la caída uno de sus tacones, y la acompañó a la parte trasera del microbús, donde había una pequeña caravana remolcada.
Sakura se quedó sin palabras.
—No se haga ilusiones, no es nada del otro mundo. Pero es segura y está acondicionada para el desierto. Si mantiene las mosquiteras cerradas no entrarán los bichos —le dijo mientras le mostraba los cierres de las dos ventanas de las que disponía. Abrió la puerta y le mostró el interior. Un habitáculo diáfano con todo lo necesario para establecerse allí. Una pequeña cocina, un diminuto baño, y una mesa entre dos bancos.
—Los bancos se convierten en una cama, pero además, tiene otra arriba —le explicó señalando sobre sus cabezas. Le mostró cómo abrir la trampilla que llevaba a un cofre en el techo. Al hacerlo, este se convertía en una tienda de campaña sobre la caravana.
—¡Vaya, es impresionante! —dijo admirada—. Muchas gracias, Gran Killer B —le dijo, abrazándose de nuevo a él, como en el aeropuerto. Estaba sinceramente agradecida y emocionada. Aquel hombre apenas la conocía desde hacía unas horas y se había preocupado por ella, ofreciéndole un lugar seguro en el que quedarse para que pudiese cumplir con su misión.
Killer B se sorprendió de nuevo por la efusiva reacción de la chica y se quedó petrificado, sintiendo enrojecer sus mejillas.
—No ha sido nada —le dijo, intentando disimular su rubor.
—Sí lo ha sido —contestó ella con una resplandeciente sonrisa—. ¿Y cree que podré usarla durante seis semanas?
—¿Seis semanas? ¿No iba a quedarse solo unos días?
—Ese era el plan inicial, pero me temo que en tan poco tiempo no puedo resucitar esta bonita casa —dijo Sakura, observando la construcción con una mirada que él no supo descifrar.
La vio segura, con determinación y a punto de enfrentarse a un buen reto. Se alegraba de haberla ayudado. Era una mujer extraña, pero admirable.
—No hay problema, podrá utilizarla todo el tiempo que necesite, señorita.
—Sakura, por favor. Llámeme Sakura, Gran Killer B.
—Gran Killer B para mí estará bien —le dijo él, mostrando una gran sonrisa satisfecha mientras henchía el pecho—. Y ahora, tengo que marcharme. Me he permitido comprarle algunas cosas en el pueblo. Unos pocos víveres y garrafas de agua —añadió el hombre, saliendo de la caravana y desenganchándola del microbús—. Lo tiene todo en el fregadero. Las llaves de la caravana están sobre la mesa.
—Muchas gracias, de verdad —repitió ella. Sacó unos cuantos billetes, lo suficiente para cubrir el viaje y las compras hechas por Gran Killer B. Él cogió el dinero sin mirar el importe y lo guardó en uno de los bolsillos de su chaleco.
—Bienvenida a Australia, Sakura —le dijo él desde la ventanilla justo antes de perderse por el camino de vuelta al pueblo, dejando a su paso una buena polvareda anaranjada.
