Capítulo 9
Sakura se despertó aquella mañana con la sensación de que una manada de rinocerontes la había atropellado. Tenía doloridos cada hueso, cada músculo y cada centímetro de su cuerpo. Al abrir los ojos, la desorientación tampoco la ayudó a acomodarse a su nueva situación. Durante unos segundos creyó que estaba en casa, después de haber pasado la noche de fiesta con sus amigas, habiendo bebido alguna copa de más. Después, las interminables horas de vuelo llegaron a su mente, llevándola a pensar que era muy probable que se encontrase aún haciendo escala en algún punto intermedio de su viaje. Pero, finalmente, la cordura y las imágenes de la caída del día anterior en las rocas se abrieron paso en su mente, recordándole definitivamente que estaba en la pequeña caravana que le había encontrado Gran Killer B.
Había dormido profundamente. No sabía desde qué hora. Cuando Killer B se marchó, viendo que el sol se ocultaba rápidamente, decidió que lo mejor era instalarse y acomodarse en la caravana. Estuvo revisando cada cajoncito y puerta que encontró, y eran muchos. Encontró productos de limpieza bajo el pequeño fregadero. Llenó este de agua de una de las garrafas y estuvo limpiando tenazmente cada rincón del pequeño espacio. Sus amigas decían que tenía una compulsión por la limpieza, pero estaba segura de que ninguna de ellas se hubiera acostado sin haber limpiado aquel sitio antes. Cuando hubo dejado cada milímetro del interior impoluto, colocó las provisiones en los muebles, sacó su neceser de aseo y lo dejó colgado de un gancho frente al váter. El baño era lo peor: tan pequeño que apenas entraba de costado. Se suponía que allí era donde debía ducharse. Sobre su cabeza, una pequeña alcachofa así lo anunciaba, pero no sabía como iba a levantar los brazos siquiera para poder hacerlo. Después, fue directamente a la zona de comedor. Se sentó en uno de los bancos y respiró con fuerza. Tenía que decidir si dormiría en la planta alta de su recién estrenado palacio, o convertiría en cama los bancos y la mesa. Lo sopesó unos minutos y finalmente decidió que aquella noche dormiría dentro. Al manipular los bancos, se dio cuenta de que estos tenían fondo hueco y dentro de ellos había unas sábanas, un par de mantas y un saco de dormir precintado. Anotó mentalmente lavar aquellas sabanas al día siguiente, pero, mientras tanto, esa noche usaría el saco de dormir. Montó la cama y dejó el saco sobre él. Después anduvo paso y medio y, llegando a la cocina, se preparó un sándwich de queso y abrió un refresco de naranja y mango. Killer B había pensado en todo. Para entonces, estaba tan cansada y dolorida que ni siquiera la necesidad de revaluar su situación consiguió que se mantuviese despierta. Se tomó un par de aspirinas, aseguró el cierre de la caravana y se metió en el saco. Apenas tardó un par de segundos en caer dormida en un profundo y dulce sopor. Segundos antes de perder por completo la consciencia, unos intensos ojos negros la miraron.
Y ahora abría los ojos a aquel nuevo día y al desafío que tenía por delante. No quería detenerse a pensar en qué pasaría si no conseguía acondicionar la casa a tiempo. Además de lo que ya debía al banco, se encontraba con la deuda de una fianza cobrada y gastada en una casa que no se podría finalmente vender. No, no podía pensar en ello. «Tengo que conseguirlo, no hay otra posibilidad», se dijo, desechando la posibilidad inmediatamente de su cabeza. Se pasó las manos por la larga melena rosa y se la trenzó a un lado, sujetándola con una goma del pelo. Se bajó de la cama y, con los pies descalzos, fue hasta el diminuto baño. Se miró en el pequeño espejo de su bolsa y se sorprendió de no tener tan mal aspecto como esperaba. Haber dormido tan profundamente le había sentado bien. Se lavó los dientes y la cara y puso a calentar agua en una pequeña cazuela. Solo tenía café soluble, pero, desde luego, era mucho mejor que nada. Abrió las ventanas, tal y como le había explicado Killer B que tenía que hacer, y dejó que el sol entrase a raudales, inundando el pequeño espacio. Decidió abrir la puerta y, mientras se calentaba el agua, buscar la manera de colgar las sábanas y ropa que quería tender. Se puso los tacones del día anterior, para acompañar a la enorme camiseta que había utilizado para dormir sobre la ropa interior, y bajó los escalones con cuidado de no volver a caer. Miró a un lado y a otro y la enorme inmensidad del desierto la hizo sentir pequeña, pero extrañamente reconfortada.
Dio unos cuantos pasos y vio que cerca de la caravana había un viejo poste de madera de unos dos metros y decidió inmediatamente que ataría una cuerda del poste a la caravana y así podría tender su ropa. Pero antes tenía que tomarse su café. Se lo preparó y dejó la ropa en remojo. Salió a atar la cuerda y volvió a por la ropa, que comenzó a colgar después de aclararla. No tenía mucho espacio y llenó casi por completo la caravana de salpicaduras de agua, pero finalmente pudo hacerlo todo. Entró a por la última sábana y se dispuso a continuar con su tarea, cuando el sonido de un coche acercándose la sorprendió.
Itachi estaba furioso. Definitivamente furioso. Había hecho un viaje de mil cuatrocientos noventaisiete kilómetros desde Darwin para recuperar lo que hacía tanto tiempo había pertenecido a su familia. Por fin iba a recobrar aquella maldita casa que tantas desgracias les había traído. Él jamás habría querido volver a pisar aquellas tierras, y no lo habría hecho de no haber sido para cumplir la promesa que le hiciera a su viejo en sus últimos momentos de vida. Habían esperado mucho tiempo, muchos, muchos años. Para su padre, los últimos veinte de su agónica vida. Y ahora, cuando pensaba que todo acabaría, no iba a ser así. El día anterior había llegado a Grover Rock con la única intención de visitar la casa y colocar el cartel de propiedad privada a nombre de la familia Uchiha. Solo tenía que recoger la escritura de la casa. Y entonces le dieron la noticia: el viejo Harold Haruno tenía una sobrina a la que había dejado en herencia el rancho. La gente de aquel pueblo aún guardaba un gran cariño y respeto por el apellido Uchiha, con lo que no tardaron en darle todo tipo de información. La mujer en cuestión, una neoyorkina a la que nadie había conseguido ver aún, había llegado el día anterior dispuesta a hacerse cargo de la propiedad.
No se lo podía creer, realmente no había contado con ese inconveniente. Llevaban veinte largos años esperando que el viejo Harold estirase la pata. Y cuando finalmente lo hacía, dejaba una desconocida heredera. Durante todos aquellos años, habían estado tranquilos, solo esperando a que el viejo muriese y pudieran ejercer su derecho, por fin, sobre la propiedad. Una cláusula que su padre había añadido al contrato de cesión de la propiedad era la única que les había permitido soñar con recuperar algún día la casa que tanto sudor, trabajo y lágrimas se había llevado de su padre.
Cuando murió el viejo Harold Haruno, todas las esperanzas y sueños, durante tanto tiempo reprimidas, salieron a la luz, ofreciéndole la posibilidad de cumplir por fin con los deseos de su difunto padre. Recordó los últimos momentos de este, un tipo duro, sencillo, sin grandes pretensiones, más que la de dar a sus cuatro hijos varones todo lo que pudiese conseguir con el trabajo de sus manos. Y así lo había hecho durante toda su vida. Fue así también como comenzó a soñar con la casa que más tarde comenzó a construir para todos ellos: un rancho a las afueras del pueblo, que se había llevado cada gota de sudor y cada noche de desvelo de su padre.
Pero su viejo tenía un único y terrible defecto. Cuando bebía, no sabía parar, y solía terminar haciendo alguna estupidez de la que más tarde se arrepentía. Así perdió la casa, en una estúpida partida de póker, con el único hombre del pueblo que le habría aceptado el pago de la deuda con el rancho: Harold Haruno.
Él, como el menor de los hermanos, en ese momento tenía doce años. Y tuvo que ver como su padre, abatido, abandonaba la casa de sus sueños y, a partir de ahí, se hundía con desesperación en la más absoluta de las vergüenzas. Consiguió convencer a su padre para que se marchasen de allí y comenzasen una vida en Darwin, lejos del desierto, de la casa, y los recuerdos.
Si una cosa tenía clara, era que no iba a permitir que ninguna descendiente del malnacido y caradura Haruno se quedase con la casa de su padre. Él no tenía intención ninguna de vivir en ella, pero la quemaría hasta los cimientos antes de consentir que siguiese en las manos de un Haruno.
Aquel pensamiento, el de arrasarlo todo, hasta la última piedra, era el que tenía en mente cuando vio a la pelirosa de infinitas piernas que, sobre unos altísimos tacones, tendía unas sábanas en un improvisado tendedero junto a una caravana.
