Capítulo 10

Cuando Sakura vio la polvareda de tierra acercarse por el camino que llevaba hasta la casa, se apoyó en la cadera el cubo en el que había estado cargando las sábanas y, con la mano libre sobre sus ojos, intentó vislumbrar el vehículo con mayor claridad, algo difícil teniendo el sol de frente, cegándola. Solo cuando tuvo al recién llegado a pocos metros llegó a advertir que se trataba de la vieja pick-up desconchada y el atractivo hombre que el día anterior la había dejado sin respiración. La sorpresa hizo que se le cayese el cubo al suelo y, sin entender muy bien por qué, las manos comenzaron a sudarle como cuando era niña y la profesora la llamaba a la pizarra para preguntarle la lección. Inmediatamente una idea se pasó por su mente: aquel debía ser el contratista que le mandaba el abogado, y ella iba en camiseta de los Yankees y tacones. Se pasó la mano por el cabello trenzado y con bastantes mechones sueltos e intentó estirar la escueta camiseta, pero aquello no tenía arreglo. De manera que optó por entrar apresuradamente en la caravana y ponerse algo decente con lo que recibir a su nuevo operario.

Itachi detuvo la camioneta frente a la caravana, junto a la vieja casa en la que había vivido la mayor parte de su infancia. Apenas se podía reconocer en aquel montón de escombros la obra que con tanto amor y esfuerzo había llevado a cabo allí su padre, décadas atrás. Estaba claro que el viejo Haruno había dejado morir la casa. Apretó los dientes justo antes de salir del vehículo. Era evidente que tendría que sacar a la señorita Haruno de la caravana. Al acercarse a la casa, había podido apreciar a la pelirosa de interminables piernas, que había salido huyendo como un conejillo al interior del vehículo. Durante un segundo, ante la visión de la espectacular mujer con tan solo una camiseta y unos tacones, nada apropiados para el desierto, tuvo la sensación de estar ante un bonito espejismo. Recordaba cada una de las facciones del viejo Haruno y, desde luego, su sobrina no se parecía en nada a él. No había contado con enfrentarse a una mujer tan atractiva, pero el hecho de que aquella mujer fuese capaz de detener el tráfico con la visión de sus piernas desnudas no cambiaba el hecho de que había ido hasta allí para obligarla a abandonar su propiedad.

Salió de la camioneta y con paso resuelto llegó hasta la puerta de la caravana, que golpeó con el puño cerrado y ganas de pelea.

—¡Un momento! ¡Enseguida salgo! Es que no esperaba que llegase usted tan pronto —le gritó una voz femenina desde dentro.

Inmediatamente oyó un golpe y una maldición salir de los mismos labios, dejándolo parado en el sitio. ¿Ella lo esperaba?

—Señorita Haruno, he venido hasta aquí para...

—Sí, lo sé. Lo manda el abogado —volvió a gritar ella desde dentro y continuó—: Sabía que vendría, solo que no lo esperaba tan pronto, si me da un minuto, salgo y vemos la casa. Como puede ir viendo ya, tenemos mucho trabajo que hacer y poco tiempo.

Las palabras de la mujer lo volvieron a dejar parado tras la puerta. Con el puño apoyado sobre la superficie metálica, se preguntó a quién estaría ella realmente esperando aquella mañana. Decidió indagar un poco más.

—¿Qué quiere decir con poco tiempo? —preguntó cauto.

—Imaginé que el abogado de mi tío le habría explicado la situación. En fin —resopló—. No hay problema. La cosa es que yo no esperaba encontrar la casa en estas condiciones. Y tengo cobrada ya una señal por su venta.

Itachi apretó los puños hasta dolerle los nudillos. Aquella mujer acababa de pisar su propiedad y ya estaba tratando de venderla. Era igual que su tío.

—Los compradores esperan encontrarla en unas condiciones muy distintas a las que está ahora mismo. Por suerte, tenemos seis semanas para solucionar eso. Quiero arreglar la casa. Necesito arreglarla en ese tiempo, de lo contrario estaré en serios problemas.

Sakura esperó oír algún comentario al otro lado, pero solo obtuvo silencio. Apoyó la palma de la mano en la puerta metálica un segundo esperando que el hombre al otro lado le contestase. Pero no fue así. Imaginó que él debía pensar que estaba loca al pensar que una obra de esa envergadura pudiese realizarse en seis semanas. Una parte de ella también lo pensaba, pero se negaba a escuchar a esa parte. Y necesitaba convencer al único contratista de la zona de que era posible hacerlo. Se apresuró a ponerse un pantalón corto de vestir y una camisa con mejor aspecto que su atuendo anterior. Por desgracia casi todo su calzado se resumía a una colección de tacones o unas monísimas zapatillas de estar en casa de conejitos. Temari y ella se las habían comprado iguales, cuando se encapricharon de ellas un día de compras. De hecho, entre risas, compraron un par también para Karin y Tenten. Miró los peluches blancos nacarados y se dio cuenta de que estaba delirando. No era momento para pensar en sus amigas. Tenía que salir y no podía hacerlo ni en zapatillas ni descalza, así que optó por unos tacones. No había vuelto a oír nada al otro lado de la puerta y temía que el contratista hubiese decidido que estaba loca y estuviese pensando en marcharse.

—Sé que debe parecerle una locura... —dijo, abriendo la puerta de la caravana y topándose directamente con el rostro del hombre a pocos centímetros. Inmediatamente las palabras se agolparon tras sus labios, que entreabrió en busca de oxígeno. Hacía unas horas, cuando lo había visto por primera vez, su cuerpo había reaccionado como hacía años no lo hacía ante un hombre. Y en ese momento entendía por qué.

Se encontraba ante el hombre más guapo y más atractivo que hubiese visto en su vida. «Dios, dan ganas de recorrerlo con la lengua», pensó. Un anuncio con piernas de Marlboro, una marca de colonia y el cuerpo de bomberos al completo. Nunca antes un rostro le había parecido tan masculino y bello a la vez. El hombre tenía una mirada ónix indefinido que atrapaba como un potente imán. Su rostro era de proporciones perfectas. Los pómulos marcados, al igual que la perfecta mandíbula, parecía dibujada con un cincel. Los labios carnosos, en su justa medida y un hoyuelo en la barbilla que incitaba a besar. Las manos comenzaron a sudarle de nuevo y la excitación se anidó en su vientre como la respuesta más primitiva y física que hubiese experimentado jamás. Se sujetó a la entrada de la caravana antes de caer de bruces y hacer el mayor ridículo de su vida.

—De repente me apetece un cigarro —dijo, dejando salir la idea más absurda de todas las que se paseaban por su mente en aquel momento.

Él la miró, enarcando una ceja, y ella intentó tragar una saliva inexistente.

—Yo no fumo —fue la respuesta de él, que la observaba con extremo interés.

—Yo tampoco.

Itachi sabía que había ido hasta allí a decir a aquella mujer unas cuantas cosas. La primera, algo que tenía que ver con que ella se marchase inmediatamente de su propiedad. Sin embargo, en aquel momento no conseguía recordar exactamente qué era lo que quería decirle. Observó a la preciosa mujer ante él. Una pelirosa escultural. Llevaba la larga melena rosácea trenzada a un costado del rostro, Enmarcándolo con aquellos mechones sueltos de apariencia salvaje. Su mirada verde pacífico también lo era. Emanaba la energía de una gata salvaje: una mujer decidida y aventurera. Algo que contrastaba con creces con el aspecto de niña pija de ciudad que le ofrecía con aquella camisa fina, los pantaloncitos cortos y los altísimos tacones. Y se preguntó qué mujer sería en realidad: ¿la gata salvaje o la señorita pija de ciudad? Deslizó la mirada por sus largas y torneadas piernas y la respuesta física e instantánea de su cuerpo ante la visión estuvo a punto de dejarlo en evidencia ante ella. Decidió centrarse en otras partes de la anatomía femenina, pero conforme deslizaba su mirada por el cuerpo menudo y exquisitamente formado de la mujer la cosa se iba poniendo peor para su entrepierna, así que decidió concentrarse en el rostro de la joven. Sus miradas verde y negro se cruzaron y durante un segundo pareció que hasta las chicharras del desierto guardaban silencio para que él atendiese al latido frenético de su corazón.

El teléfono de la señorita Haruno sonó con la melodía de una de sus canciones favoritas, Every time you turn around de Daughtry. Apresuradamente ella se giró, buscando el aparato en el interior de la caravana y dándole con aquel gesto la oportunidad de apreciar todo lo que su trasero tenía para ofrecer. Itachi soltó todo el aire que contenían sus pulmones en un gran suspiro y se pasó la mano por el cabello hasta la nuca.

—¿Sí? —preguntó ella, tomando finalmente la llamada—. Sí, tranquilo, ya está aquí —dijo a alguien al teléfono mientras se giraba a mirarlo a él—. Gracias por enviármelo tan pronto. Estaba a punto de enseñarle la casa para ver la lista de tareas a realizar en estas seis semanas. Le llamo más tarde —dijo ella y dio por finalizada la llamada, cortando a su interlocutor —. Perdone, era el abogado de mi tío, imagino que para avisarme que usted venía esta mañana, pero ya que está aquí, le pongo yo al corriente de todo.

La voz de la mujer sonó algo acelerada y nerviosa, y él sonrió sin poderlo evitar.

Sakura se quedó mirando la sonrisa de él como si fuese el único manantial de agua fresca en cien kilómetros a la redonda. Se agarró la cabeza intentando tomar algo de aire con el que recomponerse. Tendría que haber echado un polvo con su monitor de yoga, pensó. Ahora no estaría tan desesperada por desnudar al único contratista de la zona.

—Bueno... —comenzó a decir, utilizando su casi nula capacidad de concentración en intentar hilvanar las palabras necesarias para hacerse entender ante el hombre—. No sé cuánto le habrá contado el abogado...

—Nada, no me ha dicho nada —le dijo él con una voz grave y sexy.

—Ya. Bueno... No pasa nada. Yo le explico ahora la situación. Por cierto, me llamo... —comenzó a presentarse mientras bajaba los escasos dos peldaños de la caravana, intentando mantener el equilibrio, aunque sentía sus piernas como si fueran de gelatina. Pero no tuvo suerte, y terminó por tropezar. Los musculosos brazos del contratista la detuvieron antes de caer al suelo, ofreciéndole como pista de aterrizaje su ancho y fuerte pecho.