Capítulo 11

La sostuvo entre sus brazos unos segundos y ella volvió a intentar tragar saliva. Con el rostro masculino a tan solo unos centímetros, se preguntó cómo sería capaz de sobrevivir a aquella obra. Él parecía pensar algo similar mientras la miraba con intensidad y, sin soltarla, le preguntaba:

—¿Cómo?

—¿Cómo...? —repitió ella sin entender.

—¿Cómo se llama? —le hizo notar él que aún no le había dicho su nombre.

—Sakura. ¿Y usted?

Itachi sopesó un segundo su respuesta y finalmente respondió.

—I.U.

—¿I.U.? ¿Qué clase de nombre es ese?

Él se limitó a encogerse de hombros y sonrió. Sakura sintió que jamás podría volver a usar las piernas si él seguía sonriendo de esa manera.

—Gracias por ayudarme a no caer, I.U. —le dijo ella aún con las palmas de las manos apoyadas en su pecho.

—Ha sido un placer, Sakura —contestó él sin soltarla.

Sakura se dio cuenta de que si seguían manteniendo aquel contacto, no llegaría a explicar al contratista lo que necesitaba de él... con respecto a la casa. Con desgana se soltó del abrazo del hombre. Se paró a pensar un momento en su situación. En su delicada y terrible situación. Una situación a la que la había llevado un hombre. Tenía que recomponer su vida y la única salida consistía en arreglar aquella casa. Y acostarse con el contratista, que era lo que le pedía cada célula de su cuerpo, no creía que fuese a ayudarle a conseguirlo. Muy al contrario: podía poner en peligro la obra.

—Lo siento, aún estoy un poco aturdida por el viaje. Han sido muchas horas y muchas sorpresas las de estos últimos días...

Itachi se preguntó cuáles habrían sido aquellas sorpresas. ¿La muerte de su tío? ¿Qué él le dejase la casa? Aquella mujer lo intrigaba. Y él sí tenía un claro objetivo en mente: recuperar la casa. Pero tal vez había otra forma de conseguirla. Tenía que hablar con ese abogado y descubrir cuál era la situación real en la que se encontraba la señorita Haruno.

—Sé que lo que estoy pidiendo es mucho, pero es mi única salida. Necesito acondicionar la casa antes de seis semanas. Las obras serán arduas, lo sé. Pero aún se aprecia la belleza de esta construcción. Los pilares de madera, la altura de sus techos, la chimenea de piedra... —le dijo ella sin apartar la mirada de la construcción, y en su tono se vislumbraba cierta admiración.

—Conozco la casa —la interrumpió en tono seco.

Sakura lo miró interrogativamente.

—Cuando era niño, pasaba por aquí a menudo para jugar con los hijos del dueño que tenía entonces —se apresuró él a aclarar.

—No sabía que había tenido otros dueños... En realidad no sabía de la existencia de esta casa hasta hace unos pocos días.

—¿No conocía a su tío? —le preguntó Itachi, al que se le había despertado el interés sobre las circunstancias que habían llevado a la señorita Haruno hasta allí. Solo sabía que había llegado desde Nueva York, y aquella no era información suficiente para enfrentarse a ella. Si la casa le pertenecía legalmente, tendría que encontrar el resquicio legal para quitársela y, para eso, cuanta más información obtuviese, mejor.

—Solo lo vi un par de veces, cuando era niña —dijo ella, encogiéndose de hombros sin mirarlo, aparentemente concentrada en la construcción, pero su pose se volvió más defensiva. Se abrazó a sí misma y pasó las palmas de las manos por sus brazos como si de repente tuviese frío. Aquellos recuerdos no le gustaban.

Itachi se preguntó más sobre aquella mujer. En su profesión era muy importante analizar el lenguaje corporal de la gente, y el de ella era como leer un libro abierto. Un libro del que le intrigaba conocer el final.

—¿Es por eso que quiere vender la casa? ¿No guarda un buen recuerdo de su tío?

A Sakura se le erizó la piel. ¿Cómo había llegado él a aquella conclusión? Lo miró con algo parecido a la tristeza tiñendo de gris su mirada verde. Volvió a encogerse de hombros y suspiró con fuerza.

—Eso da igual. Es pasado. No hay más camino que el que dirige tus pasos hacia delante —le dijo, forzando una sonrisa.

Él la miró aún con mayor interés.

—Bien, Sakura, entonces dígame, ¿qué quiere de mí? —le preguntó él, volviendo a iluminar su rostro con una atractiva sonrisa que devolvió el calor al cuerpo de ella.

«Desnudarte despacito y descubrir qué escondes bajo esa camiseta ajustada», pensó. El calor comenzó a hacerle arder las mejillas y se obligó a responder:

—Ummm... La casa. Necesito que arregle la casa. En seis semanas.

—No sé si podrá hacerse —le contestó él, sopesando de veras la posibilidad de una obra de esa envergadura. Él era muy niño cuando su padre aún estaba terminándola. Pero se apreciaba el trabajo de su viejo en cada pequeño detalle de la construcción. Una parte de él quería ver la casa reconstruida, aunque no supiese cómo hacerlo. Él no era contratista. Era instructor de buceo y rescate. Uno de los mejores. Jamás había cogido un martillo o usado un cinturón de herramientas. Pero hacerse pasar por contratista no era un problema, sobre todo porque el único de la zona era pariente suyo. La señorita Haruno solo tendría que ver cómo avanzaba la obra. Y según le conviniese a él, esta iría rápida o lenta, muy lenta. Tal vez la única forma de devolver el patrimonio de aquella casa a su familia era jugar sucio, como lo había hecho el viejo Haruno al arrebatársela. Y la mejor forma de hacerlo era ocuparse él personalmente de la obra.

—Lo haré —le dijo antes de pensar dos veces su decisión.

—¿Sin mirar la casa? —le preguntó ella sorprendida, pero en su mirada ya comenzaba a bailar una mezcla de ilusión y esperanza.

—Sí, ya le he dicho que conozco la casa. No le aseguro nada, va a ser una ardua tarea, pero haré todo lo que pueda. Necesitaré hacerme con un buen equipo de operarios, los materiales...

—Lo que necesite.

—Bien. Pues volveré en unos días.

—Mañana.

Él la miró enarcando una ceja.

—Necesito que vuelva mañana con los operarios, los materiales y cuanto necesite. No puedo esperar varios días y poner en riesgo que no se termine la casa dentro del plazo.

I.U. la recorrió con parsimonia. Era una mujer curiosa aquella señorita Haruno. Sin duda, tenerla tras él con el látigo podía ser en partes iguales un placer y un grano en el trasero.

—Es usted una mujer dura. Encajaría bien aquí —le dijo él, sonriendo y comenzando ya a caminar hacia su camioneta.

Sakura rio con aquella risa sexy y ligeramente ronca, sorprendiéndolo y maravillándolo a la vez. Nunca la risa de una mujer le había parecido tan fascinante. Su mente divagó, siguiendo una imagen: ella bajo su cuerpo, desnuda, con el rostro envuelto en mechones rosáceos y aquellos ojos de gata salvaje. Riendo bajo su piel, enredando sus interminables piernas en torno a sus caderas... Gruñó para sus adentros y se dio cuenta de que aquellas semanas iban a ser una deliciosa tortura. Una que pensaba disfrutar minuto a minuto.

Entró en la camioneta y puso el motor en marcha antes de acabar arrojándose sobre Sakura e intentar arrancarle un par de risas más como aquella. Mientras salía de la propiedad, no pudo evitar observarla por el espejo retrovisor. Una suave brisa mecía los mechones rebeldes de su cabello. Ella se los apartó del rostro y volvió hacia la caravana con un movimiento de caderas difícil de ignorar. Itachi se removió en el asiento de la camioneta, consciente de la reacción instantánea que ella provocaba en su cuerpo. Iba a ser complicado concentrarse en la obra y su plan si cada vez que la tuviese cerca iba a reaccionar como si no hubiese estado en años con una mujer. La mejor manera de mantener sus hormonas a un lado era centrarse en recuperar la casa. Y para eso tenía que hacer algunas cosas. La primera, hablar con el contratista de la zona. No le iba a costar convencer a Obito de que lo ayudase, eran primos segundos, pero familia al fin. Él contaría con personal, contactos con los almacenes de materiales y cualquier cosa que necesitasen. Otra cosa era hablar con el abogado de la señorita Haruno. Tenía que contactar con él y sacarle información manteniendo su identidad oculta. Y, para terminar, llamaría a Izu. Eran socios en la empresa de buceo, y tenía que pedirle que se hiciera cargo de su parte del trabajo durante aquellas semanas, aunque sabía que no le haría ninguna gracia. Igual que a él permanecer allí, se dijo, pero una sonrisa se dibujó en sus labios al recordar a la señorita Haruno y sus pantaloncitos cortos. Sin duda iban a ser unas semanas interesantes, muy interesantes.