Capítulo 12

Los golpes y martilleos incesantes en la casa despertaron a Sakura aquella mañana, la octava que amanecía en el desierto australiano. Se estiró en la cama con pereza. Excepto la primera noche que pasó allí, las siguientes habían sido una autentica nulidad en cuanto a descanso se refería. Tal vez porque, a pesar de que el personal iba y venía, y los materiales y el gasto en dinero bajaban considerablemente, no veía mejoría alguna en la obra. Ciertamente, ella no sabía nada de obras. Tal vez las cosas fuesen bien, tal y como le aseguraban I.U. y su jefe de obra, Obito, pero ella solo sentía que corrían los días en su contra, y el hecho de estar de brazos cruzados sin poder hacer mucho más que observar cómo trabajaban los demás no ayudaba en absoluto. Había intentado en varias ocasiones que le asignasen una tarea que ella pudiese realizar, pero en todas las ocasiones le dijeron que lo único que podía hacer allí era molestar y entretener al personal. De manera que la mayor parte del día se veía recluida en su caravana, meditando, haciendo alguna pulsera o escribiendo en su ordenador artículos para su blog, que no podía subir al mismo por falta de conexión a internet. Afortunadamente, un pequeño generador daba electricidad a la caravana y aún podía utilizar su portátil y cargar su teléfono, aunque tenía poca suerte con la cobertura, que iba y venía como el viento.

Otra cosa que la tenía trastornada era el revuelo hormonal que le provocaba I.U. cada vez que lo veía. Solo le faltaba babear a su paso y eso la desquiciaba. Pensaba que su experiencia con Hidan la habría curado de espanto durante una buena temporada con respecto a los hombres, pero parecía que aquel en concreto se las había ingeniado para romper aquellos muros que tan convenientemente ella había levantado. Otra de las razones por las que se mantenía en la caravana era para huir de él. Sí, aquello la hacía parecer cobarde y patética, pero no era de piedra. Aquel tipo la revolucionaba hasta convertirla en una gata en celo. Era una mujer sexual, siempre lo había sido, y también había sabido contenerse con anterioridad sin problemas. Pero aquel hombre era testosterona con patas. No tenía un centímetro desaprovechable. Lo veía desde la ventana de la caravana pasearse con sus camisetas ajustadas y sus vaqueros desgastados, de un lado a otro, con ese halo de seguridad, esa forma de andar... Su forma de mirar... Su cuello... ¿Cuándo la visión de un fuerte cuello masculino se había vuelto algo tan erótico? Resopló con frustración, la de saber que se iba a ir de allí sin catarlo. No podía hacerlo. Lo último que necesitaba en su desastre de vida era una aventura que complicara sus posibilidades de que todo saliese bien. Y eso sería lo que pasaría. ¿Acaso no había sido así siempre? Cada vez que decidía tener algo con un hombre, los resultados eran desastrosos. Los hombres complicaban la ecuación y ella no debía complicar esta. Tenía que salvar su casa, la de Nueva York, y su vida, su estabilidad.

En los últimos días había llegado a pensar en seguir los pasos de Karin y hacerse una fecundación. Su amiga había entendido mucho antes que ella que, si lo que quería era ser madre, no necesitaba un hombre. Y a ella los hombres no le habían dado más que problemas. Lo más lógico era cumplir su sueño de ser madre sin buscar un padre.

Miró de nuevo por la ventana y vio a I.U. beber agua de una botella. Se derramó parte del contenido sobre el rostro y el cuello e Sakura tragó saliva hasta que le dolió la garganta. «¡Dios, me estoy volviendo loca!», pensó y decidió salir a dar un paseo por los alrededores y buscar cobertura para poder llamar a alguna de sus amigas. Salió de la caravana dando un portazo y, con paso resuelto, comenzó a caminar, alejándose de la casa con el móvil en la mano.

Itachi vio a la señorita Haruno salir de la caravana como una exhalación. La imagen era pintoresca. Llevaba el cabello suelto, un top de tirantes, unos pantalones cortos deportivos y unas zapatillas de peluche. Se rio para sus adentros y se preguntó adónde iría con aquellas pintas. En las pocas ocasiones, en esos días, en las que le había regalado el placer de su presencia, lo había hecho siempre perfectamente arreglada. Demasiado para el lugar en el que estaban, pero en aquella ocasión lo sorprendía saliendo prácticamente en pijama. Tuvo curiosidad y decidió seguirla a cierta distancia, lo que no duró mucho, pues a escasos cien metros ella se detuvo junto a unas rocas y escaló hasta ellas elevando el brazo en busca de cobertura. En ese instante comenzó a sonar la melodía de su teléfono móvil. Miró la pantalla y con una gran sonrisa tomó la llamada.

—¡Buenos días, cariño! —la oyó decir a su interlocutor.

Se tensó instantáneamente al escuchar el saludo que le ofrecía al tipo del teléfono. Lo siguiente en escuchar fue su sexy risa inundando el ambiente como si con ella exhalase feromonas al aire, y lo que se tensó en ese momento fue su entrepierna, instantánea y dolorosamente. «¡Mujer del demonio!», pensó. ¿Por qué tenía que ser tan sexy?

—¡No puede ser! ¡De verdad! No te creo, solo intentas darme envidia porque yo estoy aquí presa, en mitad del desierto —siguió ella, hablando mientras reía sin parar—. Torturarme de esta manera tendrá sus consecuencias, pienso vengarme con creces.

La voz de la señorita Haruno sonaba cada vez más juguetona y sexy y estaba a punto de volverse loco, no solo por los efectos que ella tenía sobre él, sino por el hecho de que ella tuviese esa conversación con otro tipo. De repente se dio cuenta, agazapado en las rocas como estaba, de que su actitud hacia ella estaba totalmente fuera de lugar y de lo ruin que era escuchar una conversación privada de esa manera. Estaba a punto de marcharse a hurtadillas cuando ella volvió a hablar.

—No intento darte envidia —le dijo Temari a una Sakura celosa y excitada que se alegraba y sentía envidia en partes iguales por la noticia que acababa de darle.

—Sí lo haces, Temari, cariño, sabes que la que se merece una luna de miel en Hawái soy yo, no tú. ¿Desde cuando te gusta a ti el agua, la playa...? ¡Ese es mi territorio! Tú eres más de Ruta 66 o viaje a tierras irlandesas.

—Lo sé, pero mi futuro marido tiene algunas cosas que hacer allí y hemos decidido aprovechar el viaje para relajarnos unos días tras la boda.

—Es una gran idea, de verdad. Irme en la maleta de la parejita de recién casados no estaría bien, ¿verdad?

Las risas al otro lado del teléfono animaron el corazón de Sakura.

—Me temo que no. Pero, mira, aún no hemos decidido cómo celebrar la despedida de soltera. Podríamos hacer un viajecito a la costa y que te quites el capricho de playa. Tú decides, ¿playa o los cuerpos esculturales de los boys?

Las risas de Sakura fueron entonces las que inundaron la línea telefónica.

—No me hables de cuerpos esculturales. No sabes el hambre que estoy pasando frente al escaparate de dulces más impresionante que he visto en mi vida.

—¿Qué me dices? ¿Has visto algún tipo cañón entre los canguros?

—¿Cañón? Temari, es impresionante. I.U. es el hombre más sexy que he visto jamás. No sé cómo podría describírtelo. Es... Bueno, me dan ganas de lamerlo enterito cada vez que me lo cruzo, y me está matando verlo a todas horas por aquí. Ya no sé cuánto tiempo más aguantaré escondida en la caravana.

Ante esta última declaración I.U. casi se cayó de las rocas, atragantándose. ¿Ella pensaba que era sexy? La reacción de su entrepierna ya era feroz. ¿Se imaginaba recorriéndolo con la lengua? Si supiese lo que ella le hacía a él, que llevaba cinco días con sus noches imaginando cosas que hacerle a la señorita Haruno...

—¡Estás loca! ¿Cómo voy a acostarme con él? Temari, ya sabes lo que pasa cuando incluyes a un hombre en la ecuación. Sobre todo en mi caso. No quiero volver a caer en eso. ¡No pienso acostarme con él! Estaría totalmente a su merced.

—No tiene por qué ser así con I.U. ¿Vas a rechazar a todos los hombres que se crucen en tu vida? ¿Piensas vivir el resto de tus días como una monja? —le preguntó Temari, riendo.

—¡Claro que no! Está claro que tarde o temprano tendré sexo con alguien, pero no será con él. No estoy tan loca. I.U. es peligroso. Es de esos tíos que vuelven tu mundo del revés.

—Sí recuerdo que una vez me preguntaste si es que nosotras nos reservábamos para los patanes de los sábados por la noche.

—¡Vaya! Ya salió la señorita Mariconsejos. No es lo mismo, y el tiempo me ha dado la razón. ¿Te lo recuerdo, futura señora Namikaze? Pero, bueno, sabes que estoy en un momento complicado de mi vida. Un momento en el que no necesito un hombre que vuelva todo patas arriba. ¡No voy a acostarme con I.U. y es mi última palabra! —declaró con contundencia.

—Tú misma —le respondió Temari entre risas, cosa que empeoró aún más su estado, porque era la forma en la que su amiga le hacía saber que no le creía en absoluto.

—Bueno, guapa, me voy. Voy a esconderme de nuevo en la caravana —dijo a una Temari que no dejaba de reír.

—Está bien. Te dejo, pero tenemos que seguir hablando de la despedida de soltera.

—Tú tranquila, que ya me ocuparé yo de darte la despedida de soltera que mereces —le contestó, dando a entender que se vengaría por sus risas.

—¡No serás capaz! —le dijo Temari, que dejó de reír inmediatamente.

—Como si no me conocieras... Un beso, niña. Te quiero —se despidió de ella.

—Y yo a ti, pelirosa. Un beso —oyó que le decía Temari justo antes de colgar.

Se apartó el aparato del oído y bajó ambas manos. Respiró con profundidad y sonrió. Temari siempre le cambiaba el estado de ánimo. Pero estaba loca...

—Acostarme con I.U. ¡Menuda estupidez! —dijo, suspirando, antes de bajarse de las rocas y tomar el camino de vuelta a la caravana.

Itachi se quedó unos segundos allí oculto mientras veía como se marchaba ella en dirección a la caravana, cumpliendo con su palabra de volver a esconderse. Escuchar aquella conversación había sido muy revelador. Había notado cierta tensión entre ellos, pero había estado tan concentrado en el tema de la recuperación de la casa y de las reacciones de su propio cuerpo en presencia de la señorita Haruno, que no se había percatado de que aquellas mismas reacciones las sufría ella también. Una enorme sonrisa se paseó por sus labios. Ella lo deseaba, lo deseaba tanto como él a ella. Pero había declarado que no pensaba tener nada con él. ¿No sonaba aquello a desafío? Volvió a sonreír. Sí eso era lo que parecía exactamente, un excitante desafío.