Capítulo 13

Sakura estaba a punto de llegar hasta la caravana cuando vio que por el camino de entrada a la propiedad aparecía un microbús pintado en amarillo y verde que reconocía perfectamente. Al instante se alegró de ver de nuevo a Gran Killer B y sin pensarlo fue a su encuentro cuando este detuvo el vehículo a pocos metros de la caravana.

—¡Vaya! Ya veo que has puesto todo en marcha —dijo el hombre, admirado del gran movimiento que había en la obra.

—Sí —le dijo ella con una gran sonrisa—. Según parece va todo viento en popa —afirmó, mirando la construcción.

En ese momento I.U. apareció por el lateral de la casa. Él la miró fijamente y ella tragó saliva antes de volverse hacia Killer B. No quería pensar en aquel hombre después de la conversación que acababa de tener con su amiga.

—¿Y qué te ha traído por aquí, Gran Killer B? ¡No te esperaba!

—He venido a traerte un regalo—dijo el hombre con una gran sonrisa.

—¿Un regalo? ¿Para mí, por qué? —preguntó ella con la impaciencia de una niña pequeña.

—No es nada, la vi ayer, un tipo quería deshacerse de ella y pensé que te sería de gran utilidad para moverte por aquí, ir al pueblo...

—¡Me estás matando! ¡Dime qué es! —le dijo entre risas ella, dándole un golpecito en el brazo.

I.U. la veía hablar, riendo relajadamente con aquel tipo enorme, desde la entrada de la casa. Y no le gustó lo que vio. Parecía que había bastante confianza entre ellos. Al menos ella parecía encantada de que él estuviera allí. ¿Quién era el tipo? ¿Y qué habría ido a hacer allí? En ese momento lo vio dirigirse a la parte trasera del microbús y soltar de unas barras una bicicleta color mostaza atada con unas cuerdas. En cuanto la puso en el suelo, la señorita Haruno se acercó a él, observó maravillada la bicicleta y abrazó al hombre, que la rodeó con su enorme brazo. Itachi tensó las mandíbulas hasta creer que se las partiría. Ahora sí que necesitaba saber quién era el tipo en cuestión. No sabía que la señorita Haruno hubiese dispuesto de tiempo, en su corta estancia en Australia, como para hacer amigos con los que tener semejante confianza. El tipo parecía un poco mayor para ella, debía rondar los cuarenta y tantos, pero estaba en evidente buena forma física. Y con las mujeres nunca se sabía, igual a ella le gustaban mayores.

—¿Quién es ese? —le preguntó una voz a su lado.

Itachi se giró para ver a su primo Obito que miraba al recién llegado con interés.

—Eso me gustaría saber a mí, ¿quién es? Y sobre todo, ¿qué ha venido a hacer aquí? Parecen muy... amigos.

—¿Puede ser el comprador interesado en la casa que me comentaste? —le preguntó Obito, susurrando a su oído.

—No, llamé al abogado con el pretexto de estar interesado también en la compra y me dijo que ya había un comprador, como me dijo la señorita Haruno, pero él añadió que era un hombre americano que no vendría hasta dentro de unas semanas.

—A lo mejor es su novio —dejó caer Obito.

—No. No tiene novio —fue su escueta respuesta.

Obito lo miró sorprendido por el tono, después miró a la chica. La señorita Haruno debía tener unos treinta años. Como bien habían advertido todos los de la obra, era una mujer hermosa y muy atractiva, hasta el punto de tener en alerta a las mujeres y novias de los que trabajaban en la obra, no muy contentas por el hecho de que la jefa fuese una mujer tan llamativa, según comentaban los chicos. Él, con sus cincuenta y seis años, ya era perro viejo como para ir tras las faldas de una jovencita como aquella, pero no había imaginado que Itachi, con los intereses que tenía en la propiedad y que solo él conocía, se hubiese fijado en ella hasta el punto de sentirse celoso por el recién llegado.

—¿Estás celoso? —le preguntó abiertamente. Quería saber a qué tenía que atenerse con su primo.

—¡No! —lo miró con ojos desorbitados—. ¡Vaya cosas dices, Obito! ¿Cómo voy a estar celoso? Mi único interés en cuanto a la señorita Haruno, reside en la casa. Necesito volver a colgar en la puerta el cartel de Propiedad de la familia Uchiha, y lo haré, sea como sea. Pero no quiero moscones que me puedan impedir llevar a cabo mis planes, ¿está claro? —le dijo con gesto serio.

—Como el agua. Ya eres mayorcito. Tú sabrás lo que haces —le contestó, apoyando la palma de la mano en el hombro tenso de su primo. Lo observó una vez más, concentrado en mirar a la pelirosa, y se marchó en dirección al interior de la casa a proseguir con su tarea.

Itachi se quedó allí, observando a la pareja charlar animadamente. Ella se subió a la bicicleta y dio un par de vueltas a la caravana entre risas. Esa maldita risa que lo alteraba de forma inexplicable. Al cabo de un rato, bajó de la bici, la apoyó contra la caravana e invitó a pasar al grandullón a su interior. Media hora más tarde, el tipo seguía dentro del pequeño habitáculo, con ella. Itachi no se había movido del sitio. Solo contaba los minutos para que saliesen de allí. Había tenido tiempo también para imaginar todo tipo de cosas, incluso para preguntarse qué hacía él allí parado como un perro guardián. Al cabo de unos minutos decidió que, tal y como le había explicado a su primo, estaba furioso ante la posibilidad de perder la ventaja que le confería ante ella, saber que la señorita Haruno se sentía atraída por él. Ni más ni menos. No estaba celoso. Aunque tuviese ganas de tirar abajo la maldita puerta de la caravana. Se sentó en unas vigas de madera robusta que habían llevado aquella mañana para sustituir las podridas y, con los antebrazos apoyados en los muslos, resopló con fuerza. No podía dejar que ella se liara con un tipo de allí. ¿Y si se enamoraba? ¿Y si decidía quedarse en la casa a vivir? Ya no podría recuperarla. Tenía que hacer algo, cualquier cosa, para impedir lo que fuera que estaba sucediendo en el interior de la caravana. Se levantó como un resorte, decidido a ir a la caravana, cuando vio que la puerta se abría y el grandullón salía, solo. Ella no apareció. Detuvo sus pasos y vio como el tipo se subía al microbús y se marchaba de la propiedad sin mirar atrás.

Sakura se levantó de la pequeña mesa para recoger los vasos de zumo de mango y naranja que acaban de tomar Gran Killer B y ella durante su charla. Había sido una agradable visita. Killer B era un hombre muy amable y se había esmerado en que ella se sintiese cómoda allí. La cuidaba como un hermano mayor. Sonrió acordándose de las anécdotas que este acababa de contarle sobre el último grupo de turistas que había recogido hacía un par de días del aeropuerto. Y entonces vio sobre el banco la gorra de Killer B, que se había quitado al entrar en la caravana.

Se dirigió a la puerta corriendo para ver si aún estaba a tiempo de dársela antes de que se marchase, pero entonces vio a I.U. a pocos pasos, dirigirse hacia ella con aire decidido.

—Hola, ¿has visto...?

La pregunta de Sakura quedó suspendida en el aire, sin finalizar, cuando I.U., terminando de acortar la distancia que había entre los dos, rodeó su rostro con ambas manos sin previo aviso. Su gesto la dejó perpleja. No podía moverse, tan solo sentía el calor de las manos de él atravesarle la piel de las mejillas. Su rostro a escasos centímetros, compartiendo su aliento entrecortado y excitado. Él se tomó un segundo eterno en el que Sakura perdió la noción de dónde estaba. Solo fue consciente de lo cerca que se encontraba del hombre al que deseaba. Él miró sus labios con ganas, con hambre, casi los rozó con los suyos, pero se detuvo ante ellos, provocándole la mayor de las torturas. Avanzó subiendo los escalones y obligándola a entrar de espaldas en la caravana.

—¿Qué...? —quiso preguntar ella.

—Shhh —dijo él frente a sus labios, y los apoyó lentamente sobre los suyos. Ejerció la presión justa para que ella sintiese cada centímetro de sus labios perfectos y llenos sobre los suyos, palpitantes de deseo. Pero no lo dejó ahí.

Sin darle tiempo a encontrar la lucidez, introdujo la lengua entre sus labios y los abrió para él. Ella no mostró resistencia, al contrario, lo saboreó recibiéndolo con su lengua, jugando con ella, enlazándola con la suya, convirtiendo el néctar de su saliva en el único sabor al que quería abandonarse. Sakura gimió y él se apartó para ver su rostro encendido de deseo. Sus preciosos ojos verdes brillaban borrachos de las miles de sensaciones que lo atormentaban también a él, y entonces se detuvo. Apartó las manos de su rostro, dejando una impronta de fuego en su piel. Ella lo miró sin comprender.

—Lo siento, no aguantaba un minuto más sin besarte —le dijo con voz ronca, justo antes de girar sobre sus talones y abandonar la caravana.

Durante el corto trayecto de regreso a la casa una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios henchidos.

Sakura se dejó caer en el banco a su espalda, con la mirada perdida en la puerta y los sentidos a punto de estallar bajo su piel.