Capítulo 14

¿Qué había sido eso?, se preguntó Sakura durante las dos horas siguientes, recluida en la caravana. Él había ido a besarla. Le había dicho que no aguantaba un minuto más sin hacerlo. Las miles de sensaciones que la poseyeron al sentirlo aún la tenían absorta y en un mar de dudas. Había sido el beso más intenso, inesperado y alucinante que le habían dado en su vida. Solo había durado unos segundos, pero habían sido más que suficientes para dejarla completamente excitada y aturdida. El corazón se le había desbocado sin control, la excitación se convirtió en un zumbido espeso que no le había dejado escuchar más que el sonido frenético de su corazón bombeando a cada recóndito lugar de su cuerpo la más desconcertante de las sensaciones que hubiese sentido jamás.

Aquello exactamente era lo que había intentado evitar desde la primera vez que lo vio. A eso era a lo que se refería cuando había hablado con Temari. Ella lo sabía, lo supo desde que sus ojos se posaron en I.U. Él era el tipo de tío que podía volverla loca. Solo necesitaba mirarlo en la distancia, agazapada en su caravana, espiándolo como una quinceañera, para que todas sus hormonas se revolucionaran ante la presencia del macho alfa. I.U. era mucho más de lo que ella podía soportar. Un hombre que te tocaba y te hacía hervir entera. Y llevaba muchos años sin sentir aquello. Hidan había sido tibio, tranquilo, confiable, algo perfectamente controlable... Nada parecido. I.U., podía hacer que ella perdiese la cabeza, que dejase de pensar, que anhelase cosas que no debía ni podía anhelar en él. Lo sabía. El beso apenas había durado un suspiro y, sin embargo, llevaba ya horas rememorándolo en su mente, deleitándose con cada detalle, reviviendo su contacto en la piel, la invasión de su boca por la lengua experta de I.U., que la había acariciado de manera íntima y exquisita. Aquel recuerdo la llevaba a un anhelo, el de sentir el cuerpo masculino sobre ella, poseyéndola lentamente. Acariciar su pecho fuerte, recorrer con las yemas de sus dedos su espalda, aferrarse a sus nalgas masculinas y apretarlo contra ella... Un gemido salió de sus labios mientras su sexo reaccionaba a las imágenes. ¡Dios! ¡Estaba perdida! Aquello era exactamente lo que había estado intentando evitar.

Pensó que si se mantenía en la caravana, si evitaba verlo, estaría a salvo de cometer una estupidez. Pero él había ido a por ella. ¿Y qué iba a hacer entonces? La vocecilla de su diablesa interior le gritaba que fuese a por él, lo tirase sobre su cama y lo devorara como estaba deseando hacer. Ella había sido siempre la leona, no la presa. Tal vez sus reacciones ante el escultural cuerpo de I.U., se debían a la sequía que había sufrido durante tantos años. Tal vez si dejaba que él la pusiese al día, no se volvería loca, solo... satisfecha. Una sonrisa endiablada y sexy se paseó por sus labios al sopesar aquella opción. Pero inmediatamente su otra voz, la que pertenecía a la cordura sabía que no sería así. Ella no tenía rollos. A sus casi treinta y dos años solo había tenido relaciones. Con toda su fachada de mujer liberal y hasta frívola en ocasiones, no era así. Siempre había buscado la relación perfecta para conseguir la foto perfecta, la de la casa, el marido y los hijos. Y con esa intención había caído una y otra vez en relaciones que la habían llevado de un fracaso a otro. Pero con I.U., no podía tener ninguno tipo de relación. Nada que la llevase a conseguir su sueño. I.U. era una puñetera locura, una deliciosa y excitante locura.

Se tocó los labios, que horas antes él había besado, y recreó en su mente el encuentro una vez más. Suspiró con el anhelo de una quinceañera tonta y se sobresaltó al escuchar unos golpes en la puerta de la caravana. ¿Sería él de nuevo?, pensó, levantándose como si la hubiesen pinchado en el trasero. Se quedó muy quieta al otro lado de la puerta sin saber qué debía hacer, hasta que los golpes se repitieron con mayor fuerza. Sin pensarlo abrió la puerta, esperando encontrarlo al otro lado.

—Ah... Hola, Obito, es usted.

—Lo siento, señorita Haruno, no quería molestarla, pero tenemos un problema.

—¿Un problema?

—Sí. Necesitamos una pieza para solucionar la avería en la fontanería del baño de la planta baja. La que íbamos a poner está defectuosa.

—Bien, pues vayan a por una nueva.

—No podemos. I. U. se fue hace rato con la camioneta y no contesta al teléfono.

—¿I.U. se ha ido? —preguntó, saliendo de la caravana y asomándose a un lado y a otro.

—Sí, hace casi dos horas. No contesta al móvil y necesito esa pieza para continuar con el baño. Podemos terminar otras cosas mientras, pero eso quería dejarlo zanjado hoy o corremos el riesgo de fugas.

Sakura sopesó la situación un momento. No sabía si estaba más preocupada porque faltase una pieza o porque I.U. hubiese desaparecido tras el beso.

—Está bien. ¿Qué número calza, Obito?

Minutos más tarde, equipada con las botas de Obito, un par de números mayores que sus zapatos, una cantimplora, una gorra, y una riñonera que habría sido el orgullo de toda la década de los 80, se dirigía en su nueva bicicleta al pueblo para ir a buscar el reemplazo de la pieza. A pesar de no estar acostumbrada a montar ya, pues hacía años que no subía a una que no fuese la del gimnasio, el camino no se le hizo en absoluto pesado, gracias a unos agradables veinte grados y a que su mente no se detuvo a pensar ni un minuto en lo que estaba haciendo. Solo podía pensar en el beso, lo que le había provocado, y en la marcha de I.U. de la obra. Si él la abandonaba por haberla besado, estaba perdida. Habría tirado por el retrete cualquier posibilidad de recuperar su casa y su vida. Definitivamente, los hombres no eran más que un cubo enorme lleno de problemas. Resopló y pedaleó aún con mayor fuerza y en veinte minutos estaba ya vislumbrando la entrada del pueblo. Recordaba las casas de cuando había llegado allí, pocos días antes. A su mente llegó también, sin invitación, la imagen de I.U. cruzando la calle. Fue la primera vez que lo vio, cuando su cuerpo reaccionó ante él con necesidad desesperada.

Decidió concentrarse en la tarea de localizar un local de suministros que le había indicado Obito que encontraría al final de la calle y se dirigió allí directamente, consciente de las miradas y expectación que estaba levantando entre los escasos transeúntes de la calle. Por fin divisó la pequeña nave pintada en azul grisáceo que buscaba. Al detener la bicicleta ante su puerta, un grupo de mujeres salieron del local contiguo, una tienda de comestibles bastante mona, pintada en color verde lima. Las mujeres la miraron con descaro y cuchichearon entre ellas. No sabiendo muy bien cómo reaccionar, decidió desaparecer entrando en el almacén de suministros. Apenas diez minutos más tarde salía de allí con la pieza y una cesta de plástico negra que ató con unas bridas a la parte trasera de su bici. Cuando estaba a punto de marcharse, y viendo que las mujeres que la observaron a su llegada no estaban, decidió entrar en la tienda de comestibles para comprar un par de cosas y aprovechar el viaje. Pero cuando entró en el local y se dirigió al mostrador las vio a todas allí en una esquina, concentradas en hablar de ella.

—Esas eran las botas de mi marido. En cuanto llegue a casa tendrá que explicarme qué hacía esa mujer con ellas —decía una de las mujeres, molesta.

—A mí Tajima no me había dicho que fuera tan guapa.

—Bueno, guapa, no sé. Es llamativa, eso sí, pero es que va medio desnuda, ¿no lo has visto? No deja mucho a la imaginación, querida. Seguro que Tajima prefiere una mujer que no vaya exhibiéndose por ahí como una...

—¡Ejem! —tosió Sakura para hacer evidente su presencia en la tienda.

Una chica joven, de unos dieciocho o diecinueve años, cara pecosa y ojos dulces, la miró avergonzada tras el mostrador, al percatarse de que había oído a las mujeres hablar sobre ella en esos términos.

—Hola —la saludó ella con una sonrisa, obviando deliberadamente a las otras, que se callaron de inmediato. No era la primera vez que provocaba ese tipo de reacciones. Siempre había llamado la atención y eso la mayor parte de las veces no era algo positivo.

—Hola —le contestó la chica apenas sin voz, con gesto tímido.

Sakura le devolvió una cálida sonrisa.

—Me preguntaba si lleváis provisiones a domicilio. Me vendría bien que me llevasen algunas cosas a...

—Sé dónde vive. No solemos hacerlo, pero yo podría llevárselo cuando salga de trabajar esta tarde —se ofreció la chica, y las mujeres la miraron molestas.

—¡Estupendo! ¡Eso sería fabuloso! ¿Te puedo dejar la lista?

—Claro —le dijo la chica con una sonrisa.

No dejaba de mirarla como si fuese una estrella de cine y a Sakura le hizo gracia la diferencia de trato de las mujeres. Apuntó en una hoja de papel los artículos que necesitaba y pagó la cuenta sin prestar atención a los cuchicheos de la otra punta del mostrador. Pero al finalizar, antes de marcharse, algo hizo que se detuviera y se girase hacia ellas.

—Sí, son las botas de su marido, si su marido es Obito, claro. Fue tan amable de prestármelas para que pudiese venir en bicicleta a por un repuesto que hacía falta en la obra. Y no, ni soy tan guapa, ni voy enseñando nada que ninguno de sus maridos o novios no hayan visto antes. Tampoco me voy exhibiendo, ni tengo intención alguna de ligar con ninguno de ellos. Así que pueden estar tranquilas. De hecho, si alguna quiere pasarse por mi casa y ver cómo va la obra, están invitadas a un café, en cuanto me lleguen las provisiones —dijo, cogiendo su cartera y guardándola en la riñonera. Sacó sus gafas de sol—. Gracias, Karui —dijo a la chica, leyendo su nombre bordado en el bolsillo de su camisa—. Que tengan todas un buen día —añadió, despidiéndose mientras se colocaba sus enormes gafas de sol y salía del establecimiento con el ánimo por las nubes. Pero, nada más salir, un cuerpo grande le bloqueó el paso, haciéndola tropezar.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó I.U. enfadado.