Capítulo 16
Itachi, sorprendido se tocó la mejilla y la miró con una mezcla peligrosa de deseo y excitación. La tomó de las muñecas y se las inmovilizó sobre la cabeza.
—Por tu seguridad, será mejor que me cerciore de que te estás quietecita —le dijo frente a sus labios.
Sakura forcejeó, pero nada tenía que hacer con el enorme hombre que la tenía aprisionada contra la camioneta. Con una sola de sus grandes manos la mantenía inmovilizada, y con la otra comenzó a acariciarle el rostro.
—¡Suéltame; malnacido! No tienes derecho a...
—¿A qué? Solo quiero hablar contigo, pero no me dejas, señorita Haruno.
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. Quiero que me sueltes inmediatamente.
—No hasta que me escuches —le dijo él, bajando el tono y se quedó mirando sus labios, como había hecho en la caravana.
Sakura, muy a su pesar, sintió como su cuerpo reaccionaba inmediatamente a su proximidad. El pulso se volvió un zumbido en sus oídos, dejándola sorda y rendida al deseo. Estar cerca de él era entrar en combustión espontánea. Solo saber que podría besarla humedecía cada recóndito e íntimo pliegue de su sexo. Su respiración se aceleró y el pecho comenzó a subir y bajar, llenándose de aire espeso y anhelante. Él la miró, bajó su vista hasta sus pechos que se elevaban bajo el top, tragó saliva y volvió a mirarle los labios, pegándose a ella. Sakura sintió el peso del cuerpo masculino sobre el suyo, que la cubría por completo, haciendo que fuese consciente de cada parte de su masculina y dura anatomía sobre la piel.
—Sé que no debí besarte en la caravana —dijo él en un susurro ronco frente a sus labios, que acarició con su aliento.
Y ella deseó respirar de esa cálida tortura.
—No... no debiste... —respondió casi sin voz.
—No debí tocarte... —continuó él, y pasó el pulgar por su labio inferior, abriendo ligeramente los labios femeninos.
Sakura percibió el sabor levemente salado de su piel y cerró los ojos. Él iba a besarla. Iba a hacerlo y ella lo estaba deseando. Desde que lo volvió a ver, lo estaba deseando. Sabía que no debía dejarse manipular de aquella manera. No podía dar el control de su cuerpo a un hombre. Pero no se sentía capaz de negarse.
—Pero, aunque no deba, quiero volver a besarte —continuó susurrando él frente a sus labios—. Y quiero volver a tocarte... —añadió.
Sakura pensó que ya no le hacía falta que él la tocase, pues en breve llegaría ella solita al orgasmo, con solo imaginárselo. No quería mirarlo, se moría de vergüenza de que I.U. pudiese leer en su mirada el poder que tenía sobre ella.
—Pero tú no quieres que lo haga, ¿verdad? —le preguntó Itachi, alejando unos centímetros su rostro del de ella para así poder leer en él las reacciones de la chica.
Sakura percibió que ya no era acariciada por su aliento y, sorprendida, abrió los ojos.
—¿Qué?
—Que tú no quieres que vuelva a hacerlo, ¿cierto? No quieres que vuelva a besarte, ni tocarte, ni acariciar tu lengua con la mía... —le dijo en tono seductor. La miró directamente a los ojos, haciendo que ella se perdiese en la inmensidad de su mirada carbon.
—Sí... —se le escapó de los labios.
—¿Sí? —preguntó falsamente sorprendido, con una sonrisa socarrona en los labios.
Sakura volvió a tener ganas de estrangularlo. Estaba jugando con ella. Y ya habían jugado con ella sobradamente, como para que ahora se dejara engatusar por el primer playboy australiano de tres al cuarto que se cruzase en su camino.
—No —rectificó con rapidez.
—¿No? —preguntó divertido ante sus dudas.
—Sí, ¡he dicho que no! ¡Que no quiero que vuelvas a... hacer todas esas cosas! —le confirmó ella, intentando parecer convincente.
—¿Seguro? —volvió a insistir él. La liberó de su agarre y posó sus grandes manos en su cintura, en la piel que había quedado expuesta al elevarle minutos antes las manos. Era una piel fina, extremadamente suave, tersa y firme. Acarició con los pulgares su vientre y llegó a la cinturilla elástica de su pantaloncito. Sakura contuvo el aliento, atrapando entre los dientes un gemido inapropiado. Él sonrió deleitándose con sus reacciones.
—¡He dicho que no! Y ya no sé si eres sordo o duro de mollera... —le contestó, elevando la voz al tiempo que le propinaba un empujón que pretendía poner distancia entre los dos, pero él apenas se movió del sitio.
I.U. la miró enarcando una ceja.
Sakura no imaginaba lo que estaría pasando por su cabeza. No conocía a I.U. lo suficiente como para saber leer sus reacciones. A veces la miraba con deseo, otras con burla, y otras como si estuviese enfadado con ella. Y estar pendiente de sus reacciones era lo último que necesitaba en ese momento. Tenía que dar un paso atrás y aclarar la situación con él, pero intentando evitar que se marchase de nuevo. Lo necesitaba. «En la obra», se aclaró a sí misma con rapidez.
—Mira, yo necesito un contratista. Necesito terminar esa obra, mi vida entera depende de ello. Y tú... Bueno, no puedes besarme de repente y luego desaparecer durante horas. Y yo no puedo estar pensando en... Bueno, en otras cosas que no sean mi objetivo. Quiero que sigas llevando la obra de mi casa, y para eso creo que lo mejor es que dejemos atrás lo que sea que haya pasado entre nosotros —dijo ella, cruzándose de brazos.
Itachi buscó su mirada. Ella parecía haber hecho acopio de todo su autocontrol, intentando demostrarle que podía dar la vuelta a la tortilla y convertirlo en una relación solo de trabajo, que podía obviar el deseo que compartían con suma facilidad. Eso le molestó, y quiso asegurarse de que no era así. Independientemente de lo conveniente que le resultase que la señorita Haruno lo deseara, estaba descubriendo lo mucho que podría disfrutar con ella, con aquella mezcla de gata elegante y salvaje al mismo tiempo. Sakura era un volcán.
—Lo que sea que está pasando —puntualizó Itachi, dejando claro que él no pensaba que el tema fuese cosa del pasado. Estaba presente, muy presente para él. Y no iba a permitir que fuera agua pasada para ella.
Sakura lo miró, esperando su siguiente paso. Tal vez él se convenciese de que mantener exclusivamente una relación profesional entre los dos era lo más conveniente y provechoso para ambos. No quería pensar en la tortura que sería verlo cada día y saber, después de haberlo probado, que él estaba prohibido para ella. Pero, pensándolo fríamente, así debían ser las cosas. Y seguro que él llegaba a la misma conclusión.
—Si lo que te preocupa, como dices, es que vuelva a abandonar la obra, puedes estar tranquila, no lo haré. Nunca he dejado un trabajo a medias. Soy responsable de lo que hago, siempre. Necesitaba pensar, en esto... —hizo una pausa señalándolos a ambos—. Pero no pensaba marcharme. Tu obra está a salvo.
Sakura suspiró aliviada, hasta que lo oyó continuar.
—Pero tú no.
Lo miró perpleja.
—No pienso obviar lo que ha pasado entre nosotros, porque a mí me sigue pasando. ¿Crees que puedo besarte como hace unas horas y olvidar tan fácilmente el sabor de tus labios? ¿Que no voy a querer conocer también el resto de sabores de tu piel?
Sakura contuvo el aire en los pulmones y estuvo a punto de desmayarse.
—No voy a olvidarme de lo que me haces sentir. Y tampoco voy a dejar que tú lo hagas —sentenció, antes de apartarse un poco de ella. Abrió la puerta del pick-up y la invitó a pasar.
Sakura subió a sin rechistar, sumergida en una vorágine de sentimientos provocados por las palabras de I.U. No dijo nada prácticamente en todo el camino de vuelta, hasta que llegaron al rancho y se detuvieron en su puerta. Itachi bajó del vehículo y en dos zancadas llegó a su lado y le abrió la puerta. Muy a pesar de Sakura, el detalle le gustó y sonrió. Él le devolvió una sonrisa triunfal.
—No te pongas tan contento. No puedo dejar que esto pase.
—¿Esto? —le preguntó él, enarcando una ceja.
—Nosotros... —aclaró ella.
—¿Entonces admites que hay un «nosotros»? —volvió a preguntar, ampliando la sonrisa.
Sakura negó con la cabeza y sonrió ante su rapidez de respuesta. Necesitó poner distancia entre los dos para no besarlo. Y comenzó a caminar en dirección a la caravana.
—¡Te convenceré, no lo dudes! —le gritó él cuando estaba a punto de entrar en su pequeña casa móvil.
Sin girarse, ella comenzó a reír, con esa risa genuina que lo volvía loco.
Itachi se la quedó mirando hasta que ella desapareció en el interior.
—¿De qué tienes que convencerla? —le preguntó Obito a su lado.
Itachi lo miró perplejo.
—De poner azulejos nuevos en el baño —le respondió con ligereza y comenzó a encaminarse a la casa.
—El baño no tiene azulejos —le dijo Obito sin entender.
—Por eso, Obito, por eso. Tú no te preocupes por la señorita Haruno, que ya me ocupo yo de ella —le contestó su primo, que no dejaba de sonreír y apenas le prestaba atención.
Obito se rascó la cabeza y estuvo seguro de la clase de atención que quería darle su primo a la patrona.
—Pues encárgate de que me devuelva las botas, Casanova. O tendré que cogerme una baja por accidente laboral.
Itachi miró los pies descalzos de su primo, tan solo cubiertos por los gruesos calcetines y comenzó a reír. Ocuparse de la señorita Haruno no solo iba a ser un placer, también una divertida distracción.
