Capítulo 17
Una semana después, Sakura se levantó de nuevo con la sensación de haber pasado la noche entera corriendo una maratón. Estaba agotada y confusa. Después de la última conversación con I.U. había esperado que cumpliese con su palabra, en todos los sentidos. Una parte de ella quería pensar que lo único que le interesaba era que se hiciese cargo de la obra, ya sin contratiempos. El tiempo pasaba y ella necesitaba que todo, en ese aspecto, fuese como la seda. Pero a la mañana siguiente, tras su discusión, I.U. había vuelto a desaparecer. De eso hacía casi una semana. Y aunque la obra seguía en marcha y parecía que su primo Obito lo tenía todo controlado, el hecho de que él se hubiese esfumado de nuevo la tenía alterada. Él le había asegurado que no abandonaría la obra y se había ido. Le dejó una nota pegada a la puerta de la caravana diciendo que en unos días regresaría, mientras, Obito se haría cargo de la obra. Nada más. No se había molestado en despedirse, ni siquiera en firmar el escueto papel.
Se dijo a sí misma que le daba igual, que el hecho de que se hubiese marchado era hasta un alivio. Ya no tendría que estar observándolo por la ventana, ni temiendo que cumpliese su palabra de hacerla recordar una y otra vez la química que había entre ambos. Se centraría en la obra, en cumplir sus objetivos, en visualizar el camino que tenía por delante: arreglar la casa, vender la propiedad, pagar sus deudas, recuperar su vida. No debía pensar en nada que no fuese su plan, y no tener por allí al montón de testosterona de I.U. era un alivio. O lo habría sido: aunque él no estuviese allí, su recuerdo no dejaba de invadir su mente una y otra vez.
Era la primera vez en su vida que se obsesionaba con un hombre hasta ese punto. Estaba tremendo, sí. Y besaba de maravilla, también. Cada vez que lo sentía cerca, o lo observaba a través de la ventana, había sentido su cuerpo reaccionar como si jamás hubiese estado con un hombre. Y eso era bastante molesto, desconcertante y humillante, dada su situación. La había besado una vez, una única vez, y parecía que la había marcado como a una maldita vaca. Delante del espejo se revisó el rostro esperando ver las iniciales I.U. impresas en su piel. «¿Hasta qué punto se puede ser patética?», pensó.
Resopló con desgana y fue a preparar café para ella y los chicos. Era una costumbre que había adquirido cada mañana desde que Karui, la chica del supermercado, le hubiese llevado una cafetera hacía cuatro días. Llenó el depósito de agua y puso café en el filtro. Presionó el botón de encendido y mientras dejaba al aparato hacer su trabajo se preparó para darse una rápida ducha en el diminuto espacio destinado para ello. Tomó una camiseta larga, un pantalón corto, el sujetador y unas braguitas y abrió el agua que cayó templada sobre su piel. Se detuvo unos segundos con el chorro golpeando ligeramente su rostro. Esperaba que el agua se llevase por el desagüe cualquier pensamiento relacionado con el tortuoso hombre que invadía su mente. Sabía que se estaba volviendo loca. Tal vez la sequía física que había sufrido durante su relación con Hidan la había trastornado más de lo que imaginaba, pues de otra manera no entendía sus reacciones físicas. No con un hombre por el que no sentía nada. Apenas lo conocía, no era posible sentir algo profundo. Sin embargo, cada vez que su mente volaba sin control y se detenía en las últimas horas que habían pasado juntos —en el beso de I.U. marcándola a fuego; en la forma en la que la había inmovilizado contra la camioneta, cuando acarició su vientre haciendo que anidasen en él, como una maraña de deseo primitivo y salvaje, todas las sensaciones desconcertantes y calientes que hubiese sentido en su vida, a punto de explotar—, cada una de esas veces sintió que se volvería loca si él no volvía pronto y la poseía de una vez.
«Sí, definitivamente no se puede ser más patética», resolvió.
No había terminado de aclararse el jabón del cuerpo cuando su teléfono móvil comenzó a sonar, rescatándola de sus pensamientos. Cerró el agua y, frotándose las manos y el rostro con una toalla, se dirigió a coger la llamada apresuradamente.
—Señorita Haruno... —oyó la que le pareció la voz del abogado de su tío—. Se... orita... Haru… —el sonido llegó cortado a sus oídos. Miró el aparato e intentó conseguir algo más de cobertura levantando el brazo y recorriendo el corto espacio de la caravana de un lado a otro—. Tenemos un... pro... ma —oyó que le decía el hombre, y esta vez, angustiada por la posibilidad de recibir malas noticias, salió de la caravana buscando obtener más señal. Aún no habían llegado los chicos, no tardarían en hacerlo, pero estaba sola, por lo que no se preocupó por la posibilidad de estar dando un espectáculo. Desnuda, apenas cubierta por una toalla que sujetaba con un brazo a su parte delantera, dio vueltas en torno a la caravana intentando recuperar la señal.
—¿Me oye? ¿Me oye? —preguntó apurada.
—Sí, señorita Haruno, la oigo, ¿me oye usted a mí?
—Sí, sí —afirmó, finalmente, con alivio—. Aquí estoy, dígame. ¿Decía que tenemos un problema?
—Sí, lo siento, señorita Haruno, pero he recibido una demanda de impugnación del testamento de su tío —oyó que le decía la voz lejana y distorsionada del abogado—. Según parece, hay una cláusula que dice que... su tío... herede... Y reclaman la devolución de la propiedad...
Sakura estaba a punto de volverse loca. ¿Qué le quería decir aquel hombre? ¿Le quitaban la casa? ¿Quién? ¡Aquella propiedad era su única posibilidad de recuperar su vida! Sintió un nudo atenazarle la garganta, el corazón se le desbocó en una dolorosa carrera. Necesitaba oír el resto...
—¡No cuelgue! —le gritó al aparato mientras andaba por la parcela buscando cobertura y revisaba la pantalla en busca de una rayita más—. ¡Por favor, no cuelgue, necesito que me explique qué está pasando!
—Señorita Haruno, ¿sigue ahí?—oyó la voz del abogado casi llegando a la casa.
—Sí, sí, menos mal, dígame. Explíqueme eso de que me reclaman la casa. ¿Quién me reclama la casa?
—Los herederos del anterior propietario —dijo el abogado, e Sakura comenzó a sacudir la cabeza sin entender qué le quería decir aquel hombre.
—¿Qué propietario? ¿Qué herederos?
—Digamos que su tío no adquirió la casa... de la manera habitual, señorita Haruno. La ganó en una partida de póker.
—¿Una partida de póker? ¿Está de broma? ¿No pasa eso solo en las películas?
—Me temo que no, señorita.
Sakura se quedó de piedra. No había imaginado algo así. ¿Qué era su tío Harold, un jugador, un estafador?
—Y, entonces, ¿quién reclama la propiedad? —preguntó sin entender nada. Necesitaba dar algo de sentido a las palabras del abogado.
—Los hijos del antiguo dueño. El hombre al que le ganó su tío la propiedad. Según parece, en el contrato de cesión hay una cláusula por la cual ellos pueden recuperar la propiedad si, una vez fallecido el señor Haruno, este no tuviese descendencia directa.
—Pero... estoy yo... Él era mi tío.
—Sí, lo sé. El caso no está claro. Solo puedo decirle que un abogado se ha puesto en contacto conmigo en representación de los hijos del anterior propietario, con una serie de alegaciones que tendré que estudiar. No creo que tengan ninguna posibilidad, ya que, como dice, es usted heredera directa, pero tengo que revisar el contrato de cesión que en su día firmó su tío, para asegurarme de que no hay ningún resquicio legal.
—Sí, claro. Hágalo, y, por favor, manténgame informada —le dijo Sakura al hombre, sintiendo ya que le temblaba el pulso. Podía perder la casa. Su única oportunidad de recuperar su vida residía en aquella maltrecha propiedad que tanto se estaba esmerando en restaurar. No podía perderla.
—Así lo haré, señorita. Me pondré de nuevo en cont... o... usted... ticias... —comenzó de nuevo a fallar la señal.
Sakura miró el aparato con el ceño fruncido y vio como se cortaba la llamada. Soltó el aire contenido en los pulmones, y se mordió el labio inferior, que comenzaba a temblarle, a punto de romper a llorar. No acostumbraba a dejarse caer derrotada, pero últimamente parecía que el destino no hacía otra cosa que jugar con ella. Estaba furiosa, cansada y...
—¡Bonito trasero! —le dijo una profunda voz masculina a la espalda.
Sakura pegó un respingo, olvidándose inmediatamente de la frustración que la poseía, para toparse a su espalda con I.U. que la observaba desde los escalones de la casa, con una taza en las manos. Apoyado en una de las columnas del porche, se dedicaba a observarla medio desnuda. El grito que soltó Sakura habría ahuyentado en estampida a una manada de búfalos. Intentando cubrirse con la toalla, lo miró furiosa, deseando pagar con él la frustración que sentía en aquel momento.
