Capítulo 18
—¿Qué diablos haces aquí espiándome? —le dijo ella, intentando cubrirse sin mucho éxito.
—No te expiaba, disfrutaba de las vistas —le contestó él entre risas, evidentemente disfrutando con la escena.
Sakura resopló furiosa.
—Date la vuelta —le ordenó.
I.U. enarcó una ceja.
—¿Cómo? —preguntó sin entender.
—¡Que te des la vuelta! Necesito colocarme la toalla, ¡así que no seas majadero y date la vuelta!
I.U. se giró con parsimonia entre risas. Y se volvió a apoyar en la madera. Pudo observar el reflejo de ella en una de las recién estrenadas ventanas, junto a la puerta, y se le secó la boca al verla. La visión velada del cuerpo desnudo de Sakura en el cristal era más de lo que cualquier hombre podría soportar sin sentir estallar su miembro contra los pantalones.
—No te enfades, no es culpa mía que tú tengas este afán por exhibirte —le dijo con voz ronca—. No me lo podía creer cuando te he visto acercarte a la casa, desnuda.
Sakura se enroscó en la toalla anudando la parte superior. Aun así, tenía que sujetársela con las manos para que no se le cayese de nuevo. Apenas le cubría por debajo del trasero, pero ya no se le veía nada.
—¿Y no se te ha ocurrido avisar que estabas aquí? De haber sabido que habías vuelto...
—Me habrías privado de las vistas, y eso hubiese sido una pena —apuntó él, volviéndose.
Sakura se encendió como una hoguera. No estaba de humor para los juegos de I.U. Acababan de decirle que era posible que le quitasen la casa, y allí estaba él, intentando sacarla de quicio. Decidió que quería estar sola, en la intimidad de su caravana y analizar su nueva situación.
—Eres insoportable —le escupió las palabras y se giró, caminando ya en dirección a su escondite.
—Y tú te pones adorable cuando te enfadas —le gritó él a su espalda.
Sakura apretó los puños, pero ni se volvió ni aminoró el paso.
I.U. salió corriendo tras ella, dispuesto a sacar algo más de partido a la situación. La alcanzó a punto de llegar a la caravana. Se le adelantó y le abrió la puerta. Sakura lo miró sorprendida.
—¿Qué haces? —le preguntó ella, entornando la mirada con suspicacia.
—Solo intento ayudarte. Si con una mano te aferras a la toalla y con la otra al móvil, te quedan pocas opciones para entrar sin darme otro espectáculo.
—Tranquilo, me las puedo apañar sola. No he tenido problema toda esta semana —le espetó ella haciendo brillar su mirada de tigresa.
Era evidente que estaba molesta por su marcha. Lo había esperado, pero no que se lo hiciera evidente tan pronto.
—Así que me has echado de menos... ¡Qué tierno por tu parte! —volvió al ataque, aproximándose a ella.
Sakura se puso nerviosa inmediatamente.
—He echado de menos tus horas de trabajo en la casa, nada más —contestó con desdén.
—He estado trabajando, consiguiendo los materiales necesarios para la obra. Eres una jefa desalmada, reprendiéndome por recorrer miles de kilómetros en el desierto para conseguirte los materiales —dijo él, falsamente ofendido, señalando un camión en el lateral de la casa.
Sakura lo miró sorprendida. Había estado tan centrada en la conversación telefónica que no se había percatado ni del camión ni de la vieja pick-up de I.U. aparcada junto a este.
Sakura se mordió el labio inferior algo mortificada. Sí, I.U. la sacaba de quicio, y estaba enfadada y sobre todo preocupada por la conversación recientemente tenida con el abogado, pero él no tenía la culpa de nada de eso. Era evidente que se había equivocado con él. Había ido a por los materiales y eso les permitiría terminar a tiempo.
I.U. vio el cambio en el gesto de la chica que mostraba dudas.
—Has sido mala conmigo, pero puedes arreglarlo...
—¡Oh, vaya! Imagino que tienes algo en mente —dijo ella, cruzándose de brazos sobre el pecho.
—Por supuesto que sí. Tú tienes algo... que yo quiero —I.U. se acercó tanto a ella que Sakura tuvo que apoyarse en la puerta de la caravana para no caerse.
—No me imagino qué puede ser —comentó ella, bajando la voz e intentando disimular ante él el nerviosismo que le provocaba sentirlo tan cerca.
—Claro que lo sabes... —le susurró al oído.
El aliento cálido le acarició la mejilla y el lóbulo de la oreja en una caricia tan íntima que sintió reaccionar toda su piel, erizándose excitada.
—Bueno...yo... —Sakura se humedeció los labios anticipando la caricia de I.U. con los suyos. Saber que iba a ser besada por él la excitaba hasta el punto tener que contener un gemido.
I.U. inhaló el aroma de su cabello mojado, el de su piel limpia. Algunas gotas caídas de su cabello salpicaban la piel de sus hombros y escote, y lo trastornó el deseo de absorberlas con los labios, dejando una hilera de besos por su piel hasta perderse bajo la molesta toalla blanca, que le impedía seguir recreándose con su visión. Colocó su boca frente a la de ella y sintió como Sakura contenía la respiración. Una sonrisa juguetona se paseó por sus labios.
—Café. Quiero tu café. Huele de maravilla y no me vendría mal otra taza. Pero, tranquila, yo me la sirvo, así tú puedes vestirte —le dijo él, entrando sin permiso en la caravana y comenzando a servirse el negro brebaje.
Sakura se quedó unos segundos allí petrificada, parpadeando perpleja ante la situación.
Vio que por el camino de entrada a la propiedad ya se acercaban los vehículos de los obreros para comenzar la jornada y se apresuró a entrar antes de ser vista por ellos también. Encerrada en el pequeño espacio que hacía las veces de baño y ducha, todo mojado, intentó vestirse sin empapar la ropa que quería ponerse mientras imaginaba mil formas de acabar con ese hombre. Estaba claro que estaba jugando con ella. Él sabía que lo deseaba y jugaba con ella como si fuera su mascota. Estaba tan furiosa con él que hubiera podido estrangularlo, pero más aún lo estaba consigo misma por ser incapaz de controlar sus estúpidas hormonas. Pero algo tenía que hacer.
I.U. se sirvió el café contando mentalmente hasta mil. Sakura se había metido en el diminuto espacio del baño de la caravana para vestirse, pero la puerta había quedado ligeramente abierta a su espalda. Ella no lo sabía, pero lo estaba obsequiando con unas estupendas vistas. Aquella mujer era una diosa. Una maldita diosa que se había colado en sus sueños cada noche y en sus pensamientos más locos cada día. Hasta tal punto temió perder la cabeza con ella, que decidió dar un paso más y hablar con su abogada para que agilizase el tema del testamento del sinvergüenza de Haruno. Necesitaba centrarse en recuperar la casa, y ella no lo dejaba. Estar allí se había convertido en un excitante juego con la señorita Haruno, que lo desviaba incesantemente de su misión principal: recuperar la propiedad familiar. La abogada le había dicho que se mantuviese lejos de ella, que su presencia en la propiedad era totalmente innecesaria, estando ya el tema en manos de los abogados, pero, después de meditarlo durante varios días, había decidido que no quería hacerlo. Estando allí podría conseguir información de la sobrina de Haruno útil para su causa, y ¿a quién quería engañar? Sabía que hasta que no la hiciera suya no se la conseguiría quitar de la cabeza. Cuando la vio salir desnuda de la caravana aquella mañana lo tuvo claro. Con esas largas piernas, la sexy curva de su trasero respingón, la exuberancia de sus pechos y aquella mirada de tigresa, la señorita Haruno era, sin duda, el miembro más peligroso de su familia de timadores. Había un refrán que decía que el enemigo, cuanto más cerca, mejor. Y a este en concreto pensaba llevarlo hasta su cama.
