Capítulo 19
—¿Café? —le preguntó I.U. nada más salir ella del baño, ofreciéndole una taza llena.
Sakura lo miró entornando los ojos, pero finalmente aceptó la taza. Fue hasta uno de los bancos que rodeaban la pequeña mesa y se sentó al tiempo que observaba por la ventana. Los obreros ya habían comenzado a descargar los materiales del camión. La obra iba avanzando, y ahora que veía una posibilidad de salir airosa de toda aquella locura, la llamada del abogado...
—¿Quieres trabajar en la obra? —se vio sorprendida por la pregunta de I.U.
Desde que habían comenzado a trabajar se lo había propuesto varias veces, pero él siempre se había negado. Ahora se preguntaba a qué venía ese cambio de opinión.
—¿Por qué? ¿Por qué ahora sí quieres que participe? —le dijo, entrecerrando los ojos.
Estaba claro que ella no se fiaba un pelo de él, y hacía bien, pensó I.U. con una sonrisa.
—Me vendría bien una ayudante.
—Una ayudante... ¿Quieres que trabaje en la casa contigo?
—Sí, a no ser que eso te dé miedo, ya sabes, por lo nuestro —añadió el, señalándolos a ambos.
—No hay ningún «lo nuestro» —puntualizó ella.
I.U. rompió en carcajadas ante su gesto y ella frunció el ceño molesta.
—Si de verdad estás tan segura de eso, no tendrás problema en trabajar conmigo —la retó él.
Sakura desvió la mirada de nuevo a la ventana y ocultó el rostro en la taza dando otro sorbo. Cuando le había propuesto lo de colaborar en la obra, su intención era la de estar ocupada y así dejar de espiarlo por la ventana, pero él le ofrecía todo lo contrario: terapia de choque, horas y horas trabajando en la casa junto a él.
Una loca idea se paseó por su mente. Se sentía atraída de manera casi enfermiza por aquel hombre al que apenas conocía, pero quizás era precisamente por eso, porque no lo conocía. Si lo veía haciendo esas cosas de obreros, escupir al suelo, rascarse el trasero o cualquier cosa que hiciese que le bajase la libido, podría librarse de la maldición incendiaria que él provocaba en ella. Sonrió ante esa posibilidad.
—Puede que funcione —contestó finalmente.
Sakura se levantó de su asiento y dejó la taza sobre el fregadero, regalándole la primera sonrisa que lo pilló desprevenido. Cuando ella sonreía de aquella manera su rostro parecía el de un ángel travieso. Bello y juguetón. Sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba de manera sensual y quiso besarla inmediatamente. La vio tomar una goma para el pelo y comenzar a recogérselo en una coleta alta. Sin darle tiempo a reaccionar, se acercó a ella, la tomó por la cintura y depositó un pequeño beso sobre sus labios.
La reacción física de su cuerpo fue inmediata. Su miembro le apretó con furia el pantalón y solo tuvo una cosa en mente: estar dentro de ella. La sintió gemir bajo sus labios, poseída por el mismo deseo que lo atormentaba a él y, sin pensarlo dos veces, la tomó del trasero con ambas manos y la elevó, haciendo que Sakura enroscase las largas piernas en torno a su cintura. Los besos comenzaron a hacerse frenéticos. Sakura le rodeó el rostro con sus suaves manos y se entregó a la tarea de besarlo como si quisiese beber de él. Su lengua era de una suavidad asombrosa, juguetona y excitante, exploradora e insaciable, justo como la había imaginado, y quiso saborearla él también de esa manera. Se apartó de sus labios y ella protestó, pero quería besarla en el cuello, en la clavícula... Le sacó la camiseta por la cabeza. La visión de sus pechos henchidos contra la fina tela del sujetador casi hizo que se corriese. Era tan sexy y se mostraba tan desinhibida que lo estaba volviendo loco. Entonces fue ella la que introdujo las manos bajo su camiseta y tiró de la tela hacia arriba, instándolo a que se liberase de la prenda. I.U. obedeció, deseando que sus pieles estuviesen en contacto, quería sentirla al completo. Quiso inclinarse sobre ella y comenzar a lamer cada centímetro de su cuerpo, pero ella se adelantó e inició una tortuosa y deliciosa marcha por su torso con las yemas de sus dedos y su lengua juguetona. Lo besó en el abdomen, pequeños y dulces besos por su vientre que se dirigían a la cinturilla de sus pantalones y supo cuáles eran sus intenciones. Estaba deseando que ella llegase hasta allí. Pero no podía consentirlo. Si se apoderaba de su erección estaría perdido. Necesitaba más tiempo, disfrutar más de ella, no quería terminar ya lo que apenas había empezado, y la tomó de las muñecas, inmovilizándola. Ella protestó y se revolvió un poco, pero él la sentó sobre la mesa con cuidado y se inclinó sobre ella. Deslizó los tirantes de su sujetador por sus hombros y vio emerger sus tentadores pezones liberándose de su prisión. Llevó los labios hasta uno de ellos y, sin esperar un segundo, lo lamió con posesión. Sakura gimió inmediatamente, retorciéndose sobre la mesa. Apretó su erección contra su sexo para que lo notase a través de sus pantalones y volvió a lamer el pecho femenino con devoción, con ansia, con desesperación. Atrapó la areola entre los dientes y jugó con ella. Sus senos eran tan excitantes y perfectos que pensó que podría pasar horas solo deleitándose con ellos, masajeándolos con sus manos, extrayendo gemidos del cuerpo femenino que reaccionaba a cada una de sus tortuosas caricias con entrega infinita. Lo estaba volviendo loco.
Sakura sentía que por primera vez en su vida era capaz de morir de placer. No lo había pensado, había surgido sin más. Él la había besado, despertando abruptamente cada una de las células de su cuerpo que habían estado esperando, aletargadas, aguardando al mayor de los placeres que él le ofrecía con su lengua. Y no lo pensó. No tenía nada que pensar. Lo deseaba. La había estado volviendo loca todos aquellos días en los que no había hecho otra cosa más que fantasear con la idea de ser suya, de ser poseída por aquel enorme y sexy hombre que la trastornaba con una sola mirada. Necesitaba que estuviese dentro de ella, sin más. Era sexo, puro y duro. Nada más, porque nada más se podía permitir, pero el más fabuloso sexo que hubiese tenido en su vida. Se sentía totalmente desinhibida. Sin presiones, sin promesas, sin nada, solo disfrutar de aquel cuerpo perfecto ante ella. Jamás había visto un hombre tan bien esculpido. Tenía un pecho enorme, un abdomen firme y perfectamente cincelado, la piel morena. Era tan masculino y viril que resultaba imposible quitarle las manos de encima. Había querido recorrerlo entero con la lengua, en toda su extensión, pero él no la había dejado. En su lugar, tomó el control y comenzó a torturarla deliciosamente con su lengua, sus labios, sus dientes... Cada vez que él introducía uno de sus pezones en su boca y lo succionaba con ansia, una oleada de calor y deseo se anidaba en su vientre, humedeciendo su sexo palpitante y necesitado de atención. Iba a volverla loca, la estaba volviendo loca.
—Penétrame —le ordenó entre jadeos.
—Aún no. Quiero un poco más... —le dijo él con voz ronca.
—Necesito tenerte dentro ya, por favor... —fue la súplica de ella.
I.U. se sintió borracho de deseo. Se apartó de ella, liberando el torturado pezón de entre sus dientes, y le abrió el pantalón corto vaquero. Lo deslizó junto con sus braguitas por las largas piernas y la liberó de las prendas. La visión de su perfecto sexo, sonrosado, abierto y expuesto para él fue más de lo que pudo soportar.
—Penétrame —volvió a pedirle ella.
Pero él tenía otros planes. Introdujo dos dedos en su interior y la sintió convulsionar sobre la mesa. Comenzó a mover los dedos lentamente en su interior, explorando la cavidad mientras se agachaba ante ella y se deleitaba con el sabor de su clítoris bajo la lengua. La exclamación enardecida de placer de Sakura fue el regalo más excitante para sus oídos. La vio retorcerse sobre la mesa, agarrándose al filo de madera con los nudillos blancos. Volvió a recorrerla con la lengua mientras sus dedos continuaban su exhaustiva exploración. Estaba tan húmeda y caliente, tan preparada y lista para él que supo que entrar en ella iba a ser la mejor experiencia que hubiese tenido con una mujer. Se dedicó por entero a su sexo durante unos minutos más, en los que ella contuvo los gemidos cubriendo su rostro con una de sus manos, mientras con la otra lo agarraba por el pelo, instándolo a seguir. Que ella le demostrase de manera tan abierta lo mucho que la estaba haciendo disfrutar fue el mayor de los afrodisiacos para él.
—Por favor... —volvió a rogarle ella casi sin resuello.
Y I.U. no pudo más. Se incorporó y, ante la vista de ella, se abrió los pantalones y los dejó caer, liberando su miembro en tensión. Sakura se mordió el labio de manera provocadora y satisfecha ante la visión de su polla dura y erecta. Se deslizó unos centímetros por la mesa ofreciéndole su sexo expuesto. Él la tomó de las caderas mientras aproximaba el glande a las puertas del sexo femenino, a punto de invadirlo, cuando llamaron a la puerta de la caravana.
