Capítulo 20
—¡No puede ser! —exclamó I.U. apretando los dientes.
—Olvídalo, penétrame —le dijo ella con el rostro arrebolado e impaciente.
Los golpes se repitieron con mayor intensidad.
—I.U., ¿estás ahí? ¡Tenemos un problema! —oyeron a Obito que lo llamaba con apremio.
—Lo necesito ahora —le dijo ella—. Sea lo que sea, seguro que puede esperar.
I.U. sonrió satisfecho ante la urgencia que demostraba.
—¡Ahora no, Obito! ¡Luego hablamos! —gritó a su primo con voz ronca. La tenía allí, para él, expuesta y rogándole que la penetrara. Su glande acariciaba el clítoris de Sakura tortuosamente. No quería pensar en la obra, solo en poseerla.
Obito pareció entender que no era el mejor momento para interrumpir, pues estuvo en silencio un segundo, pero en seguida volvió a la carga.
—¡Lo siento, pero necesito que salgas! ¡Aquí hay un hombre, un inspector, que quiere parar la obra! —dijo, sorprendiéndolos a ambos, y aguardó silencio esperando una respuesta.
—¡Joder! —exclamó I.U. molesto.
—¿La obra? —preguntó Sakura asustada y se incorporó como un resorte.
Comenzó a vestirse ante la mirada frustrada de I.U. que, tras observarla, se miró la terrible erección y maldijo entre dientes.
—¡Ya voy! Dame un minuto —contestó a su primo y oyó como este se alejaba de la puerta.
Se puso el pantalón, preguntándose si podía tener peor suerte que aquella. Miró a Sakura y vio como le temblaba el pulso intentando abrocharse los pantalones. Se aproximó a ella y le acarició el rostro con ternura.
—¡Ey! No pasa nada. Seguro que es una inspección rutinaria —intentó tranquilizarla. Apartó las manos de Sakura del botón y se lo cerró él. Ella dio un paso atrás, poniendo distancia entre los dos, agarrándose la frente, y él la miró sorprendido.
—Necesito que funcione. No pueden parar la obra... No puedo perder la casa, mi vida depende de ello —dijo con voz temblorosa. Se alejó de él y salió de la caravana en busca del inspector.
I.U. tardó un segundo en reaccionar. Ella había expresado en varias ocasiones su necesidad de concluir la obra y venderla. Pero en aquella ocasión había estado a punto de romper a llorar. Le afectó ver el cambio que sufrió su rostro. Había pasado de ser la viva estampa del deseo a quebrarse por la preocupación. Se preguntó qué situación estaría viviendo que hacía tan importante para ella la venta de la casa. ¿Por qué de repente parecía aterrorizada ante la posibilidad de que se viesen frustrados sus planes?
Se vistió a toda prisa y la siguió al exterior de la caravana. Cuando la alcanzó ella ya estaba con Obito y un hombre con traje oscuro que revisaba algunos papeles de su carpeta.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó nada más llegar. Se colocó junto a Sakura y posó una mano sobre su cintura de manera posesiva. El gesto no pasó desapercibido para Obito, que lo miró interrogativamente.
—¿Es usted el responsable de esta obra? —le preguntó el hombre sin apartar la vista de los documentos.
—Sí, soy yo, ¿hay algún problema? —quiso saber. Hasta donde él tenía conocimiento, tenían la obra en regla, con todos los permisos en orden.
—Sí, lo hay. Ustedes solicitaron los permisos para realizar esta obra, y uno de ellos quedó pendiente de que presentasen un proyecto de obra mayor. El plazo para presentar dicho proyecto finalizó ayer y eso hace imposible que podamos mantenerles el permiso vigente. Lo siento, pero tendrán que dejar de trabajar en la obra.
—¡No pueden hacer eso! Necesito que la obra siga en marcha. ¡No tengo tiempo que perder! ¿Cómo es posible que haya pasado? —interrogó Sakura pálida y con el rostro desencajado a I.U.
Él resopló y se pasó la mano por el pelo, cayendo en la cuenta de que era verdad. Él tendría que haber entregado ese proyecto, pero se había ido a por materiales y su visita a la abogada había hecho que se retrasase en su regreso, no cumpliendo con el plazo estipulado. Miró a Sakura que parecía a punto de quebrarse por la desesperación. Iba a llorar y se sintió culpable por ello.
—Yo lo solucionaré, no te preocupes —le dijo, poniendo una mano sobre su hombro para tranquilizarla, pero ella se apartó con brusquedad abrazándose a si misma.
—Eso espero —le dijo, mirándolo con una mezcla de dolor y decepción que I.U. no supo cómo recibir. Sakura desvió la mirada y se marchó alejándose del grupo en dirección a la casa. Un minuto más tarde entraba en ella y se perdía en el interior.
—Bien, solucionemos esto cuanto antes. ¿Qué opciones tenemos? —preguntó al inspector.
Sakura entró en la casa con un nudo atenazándole la garganta. Le costaba respirar y la mezcla de sentimientos y emociones era tan sobrecogedora que estaba segura de que no tardaría en romperse. ¿Cuántas cosas más podían pasarle?, se preguntó. Desde que había decidido romper con Hidan su vida daba tumbos de un lado a otro. Y con cada nuevo bache que se encontraba en el camino, ella hacía acopio de toda su capacidad de recuperación y lucha y se enfrentaba al problema, pero empezaba a estar harta. La llamada del abogado diciéndole que tal vez perdiese la casa, el inspector... Y luego estaba I.U. Él había conseguido que se sintiese viva después de mucho tiempo de letargo. Había temido durante tanto tiempo que le hiciesen daño de nuevo, exponiéndose a una relación en la que ella no tuviese el control, que se había visto envuelta durante siete largos años en un vínculo que la había mantenido dormida. Ni en su mejor momento Hidan le había proporcionado las miles de sensaciones que le provocaba I.U. con un solo beso. Y no había sido solo un beso. Habría llegado al final con él. Habría hecho lo que él le hubiese pedido, sin pensarlo. Ese poder tenía sobre ella. Era algo físico, primitivo, pero muy peligroso. Porque era adictivo. Sentirse así de viva era adictivo. Y la desviaba de su objetivo. Tener un rollo durante su aventura australiana no tenía nada malo siempre y cuando no interfiriese en sus planes, y eso era lo que estaba haciendo. Él no había entregado los malditos papeles y ahora le cerraban la obra.
Sin percatarse de cómo había llegado hasta allí, se vio en una de las habitaciones de la planta baja. El suelo estaba recién reparado y el mobiliario se amontonaba en una esquina, cubierto por una gran lona color granate para protegerlos del polvo. Levantó la lona y descubrió que los muebles pertenecían a un dormitorio principal, todos de madera labrada de estilo rústico. La cama, sin embargo, era de hierro forjado, bonita y antigua. Seguramente había sido el dormitorio de su tío.
Se apoyó en la pared e intentó recuperar el control. Tenía ganas de llorar pero no podía, la rabia superaba a la frustración. Se dejó caer deslizando la espalda por la pared hasta que llegó al suelo. Resopló con un gemido roto y un pequeño crujido en la madera la sorprendió a su lado. Miró junto a ella y vio que una pieza del zócalo había caído, desprendiéndose de la pared. Sorprendida, se asomó por la abertura y vio que en el hueco había una cajita de metal labrado. ¿Qué era aquello? Por un segundo, su dolor menguó ante la curiosidad de descubrir qué escondía aquel precioso hallazgo. Con dedos temblorosos abrió la cajita y su corazón se detuvo en seco.
Después de aquello su dolor se derramó como un torrente sin control. No podía más. El destino estaba jugando con ella, y ella estaba perdiendo la partida.
