Capítulo 21

Sakura llevaba cerca de media hora llorando desconsoladamente cuando sintió vibrar su móvil en el bolsillo. Lo sacó, miró la pantalla y vio que tenía una llamada perdida de Temari. En cualquier otro momento habría estado encantada de hablar con ella, pero en aquel instante solo quería abandonarse al dolor. Dejó el aparato junto a la cajita y volvió a mirar la fotografía que había encontrado en su interior.

En ella se podía ver a dos hombres posando para la foto, abrazados y sonrientes. Uno de ellos podía ser su tío Harold. Lo poco que recordaba de él coincidía con el hombre de la foto. El otro, a su lado, sonriente, con aquella expresión genuina y embaucadora que ella conocía tan bien, no era otro que su padre. El dolor de su pecho se intensificó de tal manera que pensó que iba a estallarle. Hacía muchos años que no se permitía recordarlo. Había adorado a su padre más que a cualquier persona en el mundo, por encima de cualquier cosa. Él lo había significado todo para ella. Le enseñó a conducir, a montar a caballo, hacían acampadas y compartían cada pequeño momento que él tuviese libre. Nunca vio un gran amor entre sus padres, pero a ella no le preocupó, pues era uña y carne con su padre y disfrutó de la complicidad que los unía. Para ella había sido suficiente, pero para él no.

Tenía doce años cuando las discusiones entre sus padres comenzaron. Habían pasado de ignorarse a no aguantarse. Su madre terminaba llorando, y él, ausentándose cuando esto ocurría. Hasta que un día se marchó definitivamente. No miró atrás. No se preguntó qué pasaría con ella, ni cómo llenaría el vacío que él había dejado en su vida. Lloró cada noche rezando por su regreso, hasta que un día su madre le dijo que lo superara, que su padre no iba a volver. Él se había ido con otra mujer, con otra con quien iba a formar una familia. Ya no las necesitaba a ninguna de las dos, y su mundo se rompió para siempre.

Tomó la fotografía y la rompió en dos, tirándola al suelo.

—¿Podemos hablar? —le preguntó I.U. desde la puerta, sorprendiéndola.

Sakura se levantó inmediatamente. Se limpió el rostro con las manos y se dispuso a salir del dormitorio. No podía estar junto a él cuando se sentía tan expuesta. Itachi la detuvo, tomándola por el brazo. Pero ella no se volvió y evitó mirarlo girando el rostro.

—Lo siento de veras —le dijo, y su tono pareció sincero. Pero a ella le daba igual. Se soltó del agarre y corrió a refugiarse en la caravana.

Itachi observó que ella se había dejado algo en el suelo y fue a recogerlo. Junto a la pared encontró una cajita de metal y una foto rota por la mitad en la que se veía a dos hombres. Uno de ellos era Harold Haruno, lo habría reconocido hasta por las botas. Y junto a la foto, el teléfono móvil de Sakura. Este vibró en su mano y vio que recibía un mensaje que iluminó la pantalla.

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Había caído ya la noche cuando Sakura se despertó sobre la cama en la caravana. Sentía el cuerpo entumecido y dolorido como si le hubiesen dado una paliza. Y en cierto sentido así era, una paliza emocional. Una de la que tenía que recomponerse, y pronto. Se estiró, incorporándose en la cama y sintió frío. Había caído la noche y la temperatura en el desierto bajaba considerablemente. Abrió su maleta y se puso una chaqueta gruesa de lana color caramelo sobre la camiseta y los pantalones cortos. Se puso las zapatillas y fue a prepararse algo para comer. Pero, al pasar junto a la ventana de la caravana, algo del exterior llamó su atención. Se acercó al cristal y, con desconcierto, vio que había luz en el interior de la casa. Un resplandor dorado que salía por los ventanales acristalados del salón. Una figura grande llamó su atención. Caminaba por la estancia con unos movimientos que reconoció al instante. Sin pensárselo dos veces, cogió las llaves de la caravana, se cerró la chaqueta apretándola contra su cuerpo y salió. El frío intenso de la noche la sorprendió con una bocanada de aire helado. Miró hacia el cielo. Un cielo increíble y único que se había estado perdiendo hasta entonces. Un manto plagado de estrellas que refulgían sobre su cabeza como una deliciosa sábana pintada de destellos de plata. Un sonido en los matorrales la puso en alerta, asustándola, y salió corriendo en dirección a la casa.

Al entrar le faltaba el aliento. Y aún más al ver a I.U. allí tumbado sobre una manta en el suelo, frente a la chimenea encendida.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó nada más entrar.

—¡Hola! —la saludó él sin dejar de mirar el fuego—. ¿Te gustan los malvaviscos? —preguntó, señalando uno, que quemaba al fuego insertado en una vara.

Sakura parpadeó un par de veces sorprendida.

I.U. le señaló un sitio a su lado en la manta, invitándola a sentarse junto a él.

Sakura se acercó, atraída por la idea de entrar en calor, y tomó asiento cerca de él, pero no a su lado. I.U. la obsequió con media sonrisa.

—No me has contestado, ¿qué haces aquí? —le preguntó ella, quitándole de la mano la vara y comenzando a comer el malvavisco que él acababa de quemar.

—Me acabo de instalar. Voy a quedarme aquí.

—¿En mi casa? ¡De eso ni hablar! —le dijo ella enfadada. ¿Quién se creía él que era? ¡No podía quedarse en su casa!

—No voy a moverme de aquí. Quiero estar cerca de...

Sakura contuvo el aliento.

—...de la obra —concluyó él.

Ella estuvo a punto de contestar pero él la detuvo.

—No vamos a poder trabajar en un par de días, pero, después, algunos de los hombres y yo haremos turnos dobles, trabajando de día y de noche, para compensar el tiempo perdido. Instalarme aquí hará que sea más fácil hacerlo.

Sakura cerró la boca de repente. No esperaba aquello. Él le había dicho que solucionaría el problema, pero no había contado con ello. Sorprendentemente, no supo qué decir.

—¿Y si no se podrá volver al trabajo en un par de días, por qué te has instalado hoy? —preguntó, bajando el tono, y se chupó los dedos pringosos de azúcar.

Itachi se quedó mirando el gesto de ella unos segundos y tragó saliva.

—Quería hablar contigo... Te dejaste algo aquí —le dijo, y sacó de bolsillo el móvil y la fotografía rota.

Sakura tomó ambas cosas de su mano. Dejó el móvil en el suelo junto a ella y volvió a mirar los pedazos de la foto en sus manos. El aire se volvió doloroso de respirar y apoyó la cabeza en las manos.

—¿Qué problema tenías con tu tío? —le preguntó él de improviso.

Sakura tembló un segundo.

—No es por mi tío. El otro hombre de la foto... es mi padre. Nos abandonó a mi madre y a mí cuando tenía doce años. Hacía años que no veía una fotografía suya —confesó finalmente, y su voz se quebró momentáneamente. No sabía por qué se lo contaba. No le gustaba hablar del tema. Ni siquiera lo sacaba con sus amigas. Era un tema tabú, desde que Temari le dio su opinión sobre como lo sucedido con su padre había afectado en la elección de los hombres con los que había decidido relacionarse en su vida. Le dolió escuchar de labios de su amiga una verdad tan difícil de asumir, y estuvieron casi un mes sin hablarse, hasta que se dio cuenta de que no podía perder a su amiga también. Pero una cosa era hablar con Temari, su amiga, su casi hermana, y otra, hacerlo con aquel hombre que, aunque tuviese la capacidad de volverla loca como ningún otro, no dejaba de ser un desconocido.

—Lo siento, debió ser duro. No imagino cómo pudo afectarte algo así —le dijo él con sinceridad.

En aquellos días había visto tantas caras de aquella mujer: su parte sofisticada y elegante, la salvaje y entregada, la divertida y espontánea. La había visto furiosa y decidida y, finalmente, rota y frágil. Sintió ganas de rodearla con sus brazos y hacerla sentir segura, pero ¿con qué derecho podía él hacer eso, cuando él mismo planeaba infligirle el dolor de arrebatarle lo que parecía ser tan importante para ella?

—Ya no importa —le dijo ella, encogiéndose de hombros—. El pasado, pasado está. No hay más camino que el que...

—...dirige tus pasos hacia adelante —terminó él la frase por ella, que lo miró sorprendida—. Sí, lo dijiste el primer día, cuando nos vimos.

Sakura lo miró con una pequeña sonrisa y él clavó su mirada intensamente oscura en la suya, perdiéndose en ella durante unos minutos eternos. El escrutinio de Itachi hizo que el corazón de Sakura se desbocase en una carrera desenfrenada y apartó la vista antes de consumirse ante él.

—Tengo algo para ti —dijo él de improviso. Se levantó y cogió una caja de cartón que había apoyada en un petate con ropa. Volvió a la manta y colocó la caja frente a ella, en el suelo.

Desconcertada, Sakura lo miró a él y después a la caja un par de veces, alternadamente. Después aproximó la mano y fue a abrir la tapa con cautela.

—¡Buu! —la asustó él y ella pegó un respingo nerviosa. Itachi se rio abiertamente—. No tienes nada que temer, mujer. No escondo una serpiente.

—De ti podría esperarme cualquier cosa —se defendió ella, torciendo el gesto.

—Bueno, si tan mal piensas de mí, mejor me lo quedo —hizo ademán de quitarle la caja.

—¡Ni lo sueñes! —contestó ella, tomando la caja del suelo y apartándola de su alcance entre risas. La colocó sobre sus piernas cruzadas y abrió la tapa esta vez sin esperar. Se quedó boquiabierta ante las botas de trabajo, de color rosa, más bonitas que había visto en su vida.

—Feliz cumpleaños —le dijo él.

Ella sonrió maravillada, preguntándose cómo lo había descubierto él.

—No te enfades, tu amiga Temari te mandó un mensaje y lo vi sin querer —aclaró en respuesta a su gesto de perplejidad.

—Sin querer... —repitió ella sonriendo. Estaba demasiado encantada y sorprendida con su regalo como para enfadarse.

Se aproximó a él y depositó un pequeño beso sobre sus labios, que lo pilló completamente desprevenido e hizo que ya solo volviese a tener otra cosa en mente: estar dentro de ella.