Capítulo 22

Al mediodía siguiente, para sorpresa de Sakura, los obreros llegaron a la casa para reanudar el trabajo. Obito y I.U. habían conseguido que se acelerase el proceso del papeleo y el inspector había dado el visto bueno a la continuidad de la obra. Sakura, con energías renovadas y un excelente humor, se calzó encantada sus botas nuevas y se dispuso a trabajar con ellos, tal como la había invitado a hacer I.U. el día anterior. Recordó lo que había sucedido entre ambos, en ese momento, en la caravana, y se sonrojó hasta la punta del cabello.

La noche anterior también había sido movidita. Sin embargo, no habían pasado de los besos y caricias. I.U. le había hecho algunas preguntas más sobre su vida en Nueva York, sus amigas y su infancia. Y, por alguna extraña razón, después de haberle contado lo que le pasó con su padre, no tuvo reparo en seguir abriéndole su corazón y dejar que él la conociese un poco más. Unas cuantas horas más tarde, él se ofreció a acompañarla a la caravana, sin hacer intento alguno por entrar con ella y continuar la sesión de sexo que habían dejado a medias horas antes. Se despidió con un beso que la dejó sin aliento y se marchó. Aquella había sido la primera noche que había descansado después de muchas, como si hablar con él la hubiese liberado de un peso enorme que guardaba en el corazón.

Los dos siguientes días fueron una auténtica y desconcertante montaña rusa emocional. Itachi se había propuesto tenerla distraída pensando en él. Decidió asignarle algunas tareas, que siempre tenían que ver con ayudarlo con alguna cosa tonta, como pasarle los clavos, llevarla a elegir los nuevos azulejos para el baño o recoger los escombros que iban quedando en las habitaciones en las que él trabajaba.

La mayor parte del tiempo, mientras realizaba su tarea, él la tenía entretenida con conversaciones triviales y divertidas, llenas de dobles sentidos y equívocos. Había intentado averiguar un poco más sobre él en aquellas conversaciones, pero era difícil que le revelase alguna información, pues solía derivar las charlas para que fuese ella la que contase cosas sobre su vida. Aun así, había descubierto que I.U. era un hombre aventurero, al que le gustaba el mar, como a ella, y que había viajado bastante. Eso le resultaba interesante y sorprendente. No se había forjado una idea de él más allá de imaginarlo sobre ella cumpliendo con cada una de sus fantasías sexuales. Así que cualquier cosa que averiguaba de él le suponía un gran descubrimiento.

Todo parecía ir sobre ruedas. La obra iba con buen ritmo. Los chicos habían trabajado horas extras y parecía que podrían cumplir con el plazo estipulado inicialmente. El abogado no le había dado buenas noticas, pero tampoco eran malas. Le había dicho que tenía que estudiar más el testamento y el contrato de cesión, pero que, en principio, no veía causa legal para una revocación del testamento. Aún tenía esperanzas y eso era a lo que se aferraba en esos momentos.

Hasta que, aquella tarde, todo volvió a cambiar. Se sentía como si algún ente superior jugase cada día a cara o cruz con su vida. Los días que caía cara tenía la suerte de vivirlos con cierta tranquilidad y esperanza, pero cuando caía cruz todo empezaba a torcerse, y aquel ser se dedicaba a ponerle todo tipo de zancadillas que le complicaban la vida hasta hacerle creer que se había metido en una situación de la que jamás saldría.

Esa tarde estaba sentada en unas rocas, junto a la casa. Había decidido darse unos minutos para meditar y relajarse, y así poder aplacar la calentura que le daba pasar tanto tiempo con I.U., quien, desde el día de su cumpleaños, no había vuelto a acercarse a ella más que para regalarle algunos besos furtivos que la dejaban siempre alterada y necesitada de una atención mucho más profunda que él no terminaba de saciar. La estaba volviendo loca de deseo y ya se estaba cansando. Necesitaba culminar. No quería quedarse con las ganas de saber cómo sería estar con él finalmente. Sabía que no podía haber nada entre ellos más allá de aquella aventura, pero iban pasando las semanas y empezaba a pensar que ni eso iba a llevarse de él. Así que decidió subirse a aquellas rocas y poner un poco de distancia entre los dos, la suficiente para poder ingeniar un plan de seducción que lo hiciese caer en sus brazos.

Una traviesa sonrisa se paseó por sus labios justo antes de que el ruido de un movimiento en las rocas la alertase de que no estaba sola. Abrió un ojo y se encontró de frente con la criatura más fea que hubiese visto jamás. Un lagarto de unos veinte centímetros, con manchas marrones en distintos tonos y el cuerpo lleno de pinchos. El grito que soltó, agudo y escalofriante, inundó el desértico paraje rompiendo el preciado silencio. Pero el bicho, lejos de asustarse, se encaminó hacia ella. Ni corta ni perezosa, buscó a su alrededor algo que poder lanzar al animal y haciéndose con algunas piedras del tamaño de pelotas de tenis de mesa, comenzó a tirárselas con la intención de asustarlo y hacer que retrocediese.

En ese momento, otros gritos, provenientes de más abajo, interrumpieron su lucha con el animal. Se asomó y vio que un grupo de cuatro mujeres, que reconoció como las que había visto días antes en la tienda de comestibles, le gritaban todo tipo de improperios.

—¡Déjelo tranquilo! ¡No le haga daño! ¿Se ha vuelto loca?

Sakura se quedó perpleja ante las exclamaciones de las mujeres y, aprovechando que el asqueroso lagarto había decidido abandonar la batalla, bajó al encuentro de las enfurecidas damas. Al tiempo, algunos de los chicos salieron de la casa para ver qué estaba sucediendo.

—¿Qué ocurre? —fue I.U. el primero en preguntar, colocándose entre las mujeres y ella.

—¡Esta mujer es una asesina! —exclamó la que reconoció como la mujer de Obito.

—¿Pero de qué está hablando? —preguntó Sakura alucinada.

—¡Lo hemos visto todas! —el resto de mujeres comenzaron a mover la cabeza afirmativamente apoyando a la anterior—. Veníamos a aceptar finalmente aquel café que nos ofreció y darle la bienvenida al pueblo, pero es evidente que no estábamos equivocadas en cuanto a usted.

Sakura puso los ojos como platos. ¿Pero es que habían perdido todos la cabeza?

—Es cierto —dijo otra. A esas alturas, absolutamente todos los obreros estaban fuera, rodeándolas—, la hemos visto tirándole piedras a un moloch. ¡Quería matarlo!

I.U. la miró, enarcando una ceja de manera interrogativa.

—¿Ese bicho asqueroso? —dijo, y todos la miraron con ojos desencajados—. ¡Oh! ¡Por Dios! Solo quería asustarlo un poquito. ¡Él me asustó a mí primero! —dijo para defenderse. Miró a un lado y a otro y todos los presentes la miraron con recriminación durante unos segundos interminables.

—¡Obito, nos vamos! ¡No vais a trabajar para esta asesina! —dijo la mujer del jefe de obra.

Este miró a Sakura un segundo, bajó la mirada y cabeceó con recriminación. Inmediatamente comenzó a caminar siguiendo a su mujer. El resto de mujeres los imitaron y, tras ellas, los obreros, dejando sus herramientas en el suelo. En poco más de cinco minutos, la obra quedó desierta salvo por I.U. y ella.

—¡No me lo puedo creer! ¿Pero qué ha pasado?

Itachi se pasó la mano por el pelo resoplando.

—Esto no se va a solucionar tan fácilmente como lo del inspector. Has estado a punto de matar a un moloch. Ese lagarto es el símbolo de este pueblo. Ellos lo protegen, incluso han hecho una asociación protectora de la especie. En los últimos años ha aumentado el tráfico de este reptil. Vienen forasteros y se los llevan para comerciar con él y venderlos como mascotas en otros países. Es llamativo y codiciado por su aspecto peligroso, aunque es completamente inofensivo y, por supuesto, sumamente querido en estas tierras.

Sakura se dejó caer, sentando sus lindas posaderas sobre la arena roja, y pensó en las cincuenta formas más rápidas y menos dolorosas de suicidarse.