Capítulo 23
¡Una semana! ¡Una semana entera sin obreros! La reforma de la casa parada y ella prácticamente todo el tiempo encerrada en su caravana. Las primeras horas se las pasó llorando de impotencia y rabia, pero aquel estado solo le duró eso, un par de horas. Había llorado tanto en las últimas semanas que pensaba que ya no le quedaba una lágrima más por echar. Después pensó que tenía dos opciones. Una era rendirse, y aquel camino la llevaba a una posición mucho peor, la de ver como se iba toda su vida por el retrete. La segunda opción era conseguir que los obreros volviesen al trabajo. Los primeros intentos realizados por I.U. habían sido completamente infructuosos. Las mujeres del pueblo seguían considerándola una asesina de lagartos y era eso mismo lo que tenía que solucionar: la imagen que tenía ante ellos. Si nos las convencía a ellas, sus maridos, novios, hermanos y demás parientes que habían trabajado para ella no volverían a la obra. La cosa estaba clara.
Tardó doce horas más y un par de conversaciones con sus amigas en trazar un plan que le permitiese hacer su lavado de imagen. Ella no había querido matar a aquel bicho. Solo quería asustarlo. Ni siquiera había apuntado a dar cuando le había lanzado las piedras. Tenía buena puntería. Ya lanzaba piedras a la edad de ocho años, con su padre, dándole a las latas. Aquel recuerdo, al contrario que en años anteriores, no le produjo dolor. Pero decidió centrarse en su plan. Un plan para el que necesitaría ayuda de algunos de sus amigos, y que suponía poner en marcha todos sus talentos naturales.
El día siguiente lo pasó entero en la caravana. Sacó de su maleta la caja con todos los abalorios, materiales, piel, cuentas y demás utensilios que usaba en sus diseños de bisutería. Mientras, I.U. se había dedicado a la caza de uno de aquellos extraños ejemplares. Ella le había asegurado que no era necesario, pero él insistió en que tenía que inspirarse y reflejar al cien por cien el espíritu del bicho. Ella pensaba que en realidad lo que él quería era disfrutar de verla tensa como una cuerda en presencia del horrendo animal. Pero no estaba en disposición de agenciarse más enemigos, de manera que accedió a realizar dos de las creaciones de las que más orgullosa se había sentido en años mientras aquel bicho espinoso no le quitaba los ojos de encima.
La segunda parte del plan fue mucho más difícil para ella. Llamó a Gran Killer B, que fue a verla aquella misma tarde, bajo la atenta mirada y ceño fruncido de I.U, y le entregó un paquete que contenía dos maravillosas pulseras en cuero marrón e incrustaciones de cobre y ámbar, que tenía que enviar por correo urgente a Estados Unidos.
Y a esperar.
En un principio pensó que podía dedicar la espera de los siguientes tres días a hacer realidad su plan de seducir al cachas de su contratista, pero una vez más él había tenido gestiones importantes que hacer y se marchó a Alice Springs, por lo que dedicó su tortuosa espera a limpiar y desescombrar su casa. Cuatro días más tarde, con el cuerpo entumecido, dolorido y agotado de tanto esfuerzo físico, se hacía realidad su plan. Desde luego, no había nada mejor que tener amigos famosos e ídolos de masas, se dijo.
Aquella noche de jueves, las mujeres del pueblo de Grover Rock, se congregaban en su local de reunión para decidir los siguientes pasos a dar por la asociación para la conservación de los moloch, o diablos espinosos. Pero, cuando estaban en plena reunión, la puerta del pequeño local se abrió de improviso y una azorada Karui de mejillas encarnadas hizo acto de presencia, sin aliento.
—¡Encended la televisión! —les dijo sin resuello.
—Karui, estamos a punto de comenzar con la reunión semanal. No es momento para ver programas —le dijo Rin, la esposa de Obito y presidenta de la asociación.
—No es cualquier programa, tenéis que ver esto —dijo la chica, dirigiéndose al aparato colgado en la pared y encendiéndolo sin aguardar el consentimiento de la presidenta.
—Esto está fuera de todo lugar, Karui —protesto Rin.
Karui siguió ignorándola y sintonizó el canal que le había dicho I.U. Tras solucionar los primeros problemas de sintonización, logró que la imagen se mostrase ante ellas clara y nítida. Ante una treintena de asistentes, apareció una de las galas anuales más importantes de música country organizada en Estados Unidos. Los famosos asistentes paseaban por la alfombra roja y posaban para las cámaras, que disparaban multitud de flashes ante la expectación de ver a las estrellas más importantes del panorama musical.
—¿Se puede saber qué hacemos viendo una gala de música, Karui? —le preguntó otra de las mujeres a la chica, que aguardaba impaciente que llegase el momento que tanto esperaba. Temía que las mujeres se cansasen y apagasen la televisión antes de que pudiesen ver lo que les esperaba.
—¡Solo un momento! ¡Ahí, ahí, estad atentas! —dijo Karui, señalando la pantalla.
Las mujeres se congregaron frente al aparato con expectación. Ante ellas hicieron acto de presencia Naruto Namikaze y su conocida novia Temari Sabaku, que comenzaron a posar para la prensa.
—¡Qué pareja más guapa! —dijo con admiración una de las asistentes.
—Sí que lo son, yo leo la columna dominical de ella a través de la web de la revista —apuntó otra—. Es muy divertida.
—Sí, muy monos los dos, pero sigo sin entender... —quiso protestar Rin.
—¡Shhh! ¡Que van a hablar! —dijo Karui.
En ese momento vieron a los periodistas rodeando a la pareja con la intención de acribillarlos a preguntas. Pero estos, en lugar de sonreír y evitar a las cámaras, se acercaron a ellas deseosos de hablar con la prensa.
—¡Aquí tenemos a la pareja del año! —los abordó la primera—. Qué gusto veros en esta gala, en uno de los pocos eventos públicos a los que asistiréis antes de vuestra anunciada boda.
—El gusto es nuestro. Nos encanta poder compartir con vosotros estos momentos —dijo Naruto con una de sus encantadoras sonrisas.
—Este chico es mucho más simpático desde que empezó a salir con la periodista —apuntó una de las mujeres.
—¡Shhh...! —chistaron las demás, mandándola callar.
—¿Y cómo abordáis estas semanas previas a la boda, nerviosos? —quiso saber la periodista.
—La verdad es que no. De momento nuestras apretadas agendas y colaboraciones solidarias nos tienen lo suficientemente ocupados como para no pensar mucho en la boda.
—¿Colaboraciones solidarias?
—Sí, desde luego, nos gusta involucrarnos con causas que creemos importantes y merecedoras de toda nuestra atención. Como la protección de especies en peligro. Actualmente colaboramos con nuestra amiga, la bloguera de moda y diseñadora de joyas Sakura Haruno, que ha creado unos impresionantes diseños para apoyar, con la recaudación de su venta, a la asociación que protege al moloch australiano en Grover Rock, Australia.
La pareja mostró las creaciones que portaban ambos en sus muñecas y que atestiguaban lo que decían. La periodista quedó prendada con las pulseras y ordenó al cámara hacer un primer plano de las joyas. El resto de cámaras y periodistas que acudían al evento se congregaron alrededor de la pareja y sacaron primeros planos y tomaron nota de la asociación protectora.
—¡Oh, Dios mío! ¡Hemos salido en la televisión! —el revuelo en el centro de mujeres fue instantáneo.
—Sí, eso parece —dijo una asombrada Rin—. Creo que tendremos que hacer una nueva visita a la señorita Haruno —terminó por conceder la presidenta, cruzándose de brazos.
