Capítulo 25

—¿Y en qué se diferencia una barbacoa australiana de las barbacoas a las que yo estoy acostumbrada? —preguntó Sakura, viendo las grandes parrillas que estaban preparando los obreros frente a la casa.

—Nuestras hamburguesas son de búfalo. También tenemos carne de buey y canguro, y enormes salchichas XXL —le dijo Obito a su lado.

—¿Carne de canguro? ¡Yo no puedo comer carne de canguro! Son demasiado monos —dijo Sakura con un puchero.

—¿Tú solo comes bichos feos? —le preguntó I.U. al oído, burlándose de ella.

—No todos lo son... —contestó con una sonrisa traviesa. El aliento de I.U. le había erizado la piel de la nuca y ya se sentía excitada y juguetona. Había pasado el día entretenida con las mujeres del pueblo, enseñándoles a hacer las pulseras. Eran muy habilidosas y no tardaron en hacerse con la técnica y organizar una cadena de montaje que les permitiese optimizar el tiempo de producción. Si a eso sumábamos que los primeros interesados en hacer pedidos ya se habían puesto en contacto con ellas a través del correo electrónico de la asociación, el proyecto de protección del moloch australiano estaba siendo un éxito. Para celebrarlo, las mujeres y los hombres de la obra habían decidido hacer barbacoa nocturna. Aunque las temperaturas bajaban considerablemente, el resguardo del gran porche y el calor de las hogueras hacía que cenar fuera se convirtiese en un espectáculo. El cielo estrellado, las luces anaranjadas del fuego, las risas y cervezas amenizaron la noche hasta bien entrada la madrugada. Itachi y ella, de cuando en cuando, se regalaban algunas sonrisas, dejaban sus miradas apasionadas y llenas de promesas prendidas durante largos segundos y se daban algunos besos furtivos y excitantes cuando conseguían escabullirse de los presentes.

—Necesito más, mucho más... —le dijo I.U. empotrándola contra la pared de la cocina. Habían ido supuestamente a por un par más de sillas, pero ambos sabían que no era así.

—Yo también, mucho más... —añadió ella frente a sus labios, y comenzó a besar y lamer la piel del cuello masculino que tan atormentada lo tenía.

—Umm... para. No sigas por ahí o tendré que hacértelo aquí mismo —confesó gimiendo. Le encantaba sentir los labios de Sakura sobre su piel.

—Ahora no podemos —apuntó ella e intensificó los besos y caricias con la lengua, torturándolo.

—Eres perversa —la acusó él.

Y las risas de ella resonaron en respuesta, volviéndolo loco. Como castigo, la tomó de las manos y la inmovilizó, colocándolas sobre su cabeza como había hecho el día en que la besó por primera vez, junto a su camioneta.

—Se me ocurre algo...

Sakura contuvo el aliento, era muy excitante estar expuesta y a su merced por completo. Él podía hacer cuando quisiese con ella y jamás sentirse así de vulnerable con un hombre la había excitado tanto.

—¿Qué se te ha ocurrido? —consiguió preguntar entre jadeos.

—Creo que no te lo he dicho aún, pero necesitamos localizar un pozo secundario para abastecer de agua a la casa...

Sakura se separó de él al escuchar que I.U. derivaba la conversación hacia un nuevo problema con la obra. Su gesto alarmado fue inmediato.

—No te preocupes, no es un problema. Todo va como la seda —le dijo, apartándole un mechón de cabello del rostro con ternura—. Pero el pozo principal puede no ser suficiente. Y he pensado que podríamos hacer una excursión, tú y yo —enfatizó, pegándose aún más a su cuerpo—, en busca del único hombre que puede localizar pozos en esta zona.

—¿Una excursión? —preguntó ella sorprendida.

—Sí... Tú y yo, solos, unos días en el desierto. Sin obreros ni mujeres que se interpongan entre nosotros.

Sakura sonrió encantada con la idea y de pronto su gesto cambió.

—¿Y la obra? —preguntó, preocupada por si dejarse llevar interfería en la realización de sus planes.

—La obra está bien. Los chicos van a hacer turnos dobles. Y Obito lo tiene todo controlado. Solo serán tres o cuatro días. Te aseguro que cuando vuelvas estarás muy satisfecha por el trabajo realizado... en todos los sentidos —le dijo él, y le lamió el labio inferior, atrapándolo después entre sus dientes, en velada promesa de todas las cosas con las que se esmeraría él para que ella estuviese satisfecha.

Ante aquella exposición ella solo tenía una respuesta que darle:

—¿Cuándo nos vamos?