Capítulo 26
Itachi vio salir a Sakura aquella mañana de la caravana con una de sus genuinas y traviesas sonrisas dibujada en los labios. Parecía feliz y entusiasmada con la idea de la excursión. Si él hubiera sido un romántico, hubiera podido asegurar que ella brillaba de una forma tan especial y estaba tan radiante que hacía desmerecer la belleza de aquellos primeros rayos de sol que iluminaban de incandescentes colores del sobrecogedor desierto. Bajó de la furgoneta antes de ponerse a babear en su presencia y le abrió la puerta para que ella pudiese sentarse en el asiento del copiloto. Pero, en lugar de pegarse a su puerta, dejando el mayor espacio posible entre los dos, como había hecho en las ocasiones anteriores, ella se colocó cerca de él. Como si sus cuerpos ya se buscasen sin remedio.
—¡Buenos días! —le dijo, nada más tomar él su asiento, y se aproximó a ella para posar sobre sus labios un ligero beso que lo dejó con hambre de mucho más.
Sakura se lamió los labios tras el beso y I.U. pensó que iba a ser todo un logro llegar a su destino sin detener el vehículo a un lado de la carretera para hacerla suya sin miramientos. Sin embargo tenía pensado un par de cosas que estropearía en caso de dejarse llevar. Y no quería que eso pasara.
—¿Y adónde vamos? —preguntó ella expectante.
—El hombre al que buscamos es uno de los guías anagu del Parque Nacional de Uluru-Kata Tjuta. Vamos allí a buscarlo. Son solo dos horas y media de viaje. Te he hecho madrugar mucho después de habernos acostado tan tarde, puedes dormir un poco durante el viaje —le propuso él.
Y aunque estuviese muerta de cansancio, pues se consideraba una marmota que necesitaba no ocho, sino diez horas de sueño diarias, tuvo que rehusar su propuesta, pues estaba segura de que jamás conseguiría dormir junto a él. Parecía que en su presencia cada célula de su cuerpo estaba en alerta.
—Prefiero concentrarme en las vistas —le dijo ella con una sonrisa.
—Mejor mira el paisaje si no quieres que pare el coche y te dé otro tipo de viaje —la amenazó él.
Las risas de Sakura llenaron el habitáculo haciendo mucho más difícil para él no cumplir con su amenaza. El resto del camino lo pasaron charlando, bromeando y provocándose mutuamente un calentón que sería difícil de satisfacer. Quince minutos más tarde de lo previsto llegaron hasta la entrada del Parque Nacional. Una valla enorme que rodeaba el recinto separaba la enorme construcción rocosa denominada Uluru del resto del desierto. Una fila de al menos una veintena de vehículos esperaban para poder entrar en el parque ante ellos.
—¡Es impresionante! ¡Tan inmenso! Qué pequeña se siente una aquí abajo... —exclamó Sakura admirada.
—Sí, lo es. La primera vez que estuve aquí tenía seis años. Me trajo mi padre, y recuerdo que pensé que sería aplastado por la montaña. Mi viejo se burló un buen rato de mí —dijo riendo y su mirada viajó a aquella época, recordando un momento de su vida que parecía olvidado.
Sakura se fijó en él. Era la primera vez que le contaba algo de su vida, de su niñez y parecía un momento especial para él.
—¿Dónde está tu padre? —se aventuró a preguntar.
I.U. desvió la mirada y tosió, intentando ganar unos segundos. No sabía por qué había hablado de su viejo. Lo había pillado con la guardia baja y su mente viajó sin permiso a un recuerdo que en un tiempo le había hecho inmensamente feliz.
—Murió —contestó finalmente—. Hace un año, de cáncer —pronunció las últimas palabras sin expresión en la voz, pero la tensión en sus hombros demostraba el dolor que sentía al recordarlo.
—Lo siento —le dijo ella, posando su mano sobre la de él.
Aquel gesto inocente que en otro momento le habría molestado, pues no había dejado que nadie jamás se compadeciese de él, viniendo de ella fue como un bálsamo para sus heridas.
—Gracias. Bueno, será mejor que nos pongamos en marcha. No tenemos mucho tiempo para perder en esta cola —dijo, soltándose el cinturón.
—¿Y cómo piensas hacer que pasemos?
—Tirando de sonrisa encantadora —le dijo él, mostrándole una.
Sakura sintió como se le aceleraba el pulso instantáneamente, pero dudaba que los arrebatadores encantos de I.U. consiguiesen que se saltasen la cola de coches. Sin embargo, tras unos minutos en los que lo vio hablar con la chica de una de las taquillas, esta avisó a otro compañero de las vallas para que lo dejasen pasar al recinto sin esperar. Con una enorme sonrisa satisfecha y hasta socarrona, entró de nuevo en el vehículo y los condujo casi hasta la base del mismísimo Uluru, un enorme monolito ocre que emergía majestuoso sobre una planicie oscura. Tal y como le había dicho, estar bajo aquellos inmensos trescientos cuarenta y ocho metros de altura de hermosa piedra rojiza hacía pensar que podían estar a punto de ser aplastados. Era tan inmensa como sobrecogedora, increíblemente mística y ancestral. Sakura bajó del vehículo y fue directa a la gran roca, como llevada por un inmenso imán que ejerciese algún tipo de atracción sobre ella. Posó las palmas de las manos en la superficie de la roca y cerró los ojos cargándose de su energía.
—¿Mágico, verdad? —le susurró I.U. al oído. La piel de Sakura se erizó instantáneamente.
—Sin duda... —contestó ella en un susurro.
—¿Itachi? ¿Eres tú?
I.U. se apartó inmediatamente de Sakura al escuchar que lo llamaban por su nombre de pila. Vio que el hombre al que buscaban se dirigía a él con los brazos abiertos y una inmensa sonrisa de dientes blancos que contrastaba con su tez extremadamente oscura.
—¡Snowy! —lo saludó, fundiéndose con él en un gran abrazo.
—¡Cuánto tiempo, amigo! ¡No sabía que estuvieses por aquí, te hacía bajo el mar rescatando bellas sirenas! —le dijo y I.U. se arrepintió de no haber avisado a su amigo de su llegada y de lo que podía o no contar sobre él. Le dio un pequeño golpe en las costillas y le guiñó un ojo cómplice.
—Hace un tiempo que no buceo, pero, en fin... Te presento a una... amiga.
—Sakura, Sakura Haruno —se presentó ella misma, acercándose a los hombres.
—Snowy —se presentó el hombre, de facciones claramente aborígenes. Y le dio la mano.
—¿Snowy? —preguntó Sakura sorprendida—. ¿Por la nieve?
—Sí —dijo él, riendo—, mi madre es una mujer con un sentido del humor peculiar.
Sakura le devolvió una sonrisa.
—¿Y qué os ha traído hasta aquí? —les preguntó, mirándolos con curiosidad, primero a uno y después a otro, evaluándolos como pareja.
Sakura se sonrojó.
—Necesitamos tus conocimientos en aguas subterráneas para localizar un pozo secundario —le explicó I.U.
—Bien, eso es lo mío. Puedo ayudaros sin problemas. Pero necesito un par días para hacerlo.
—Contaba con ello —contestó I.U. con una sonrisa.
—¿Y dónde os vais a alojar?
—Lo siento, amigo, pero eso es una sorpresa para la señorita Haruno —le contestó mientras brindaba a Sakura una de sus enigmáticas y arrebatadoras sonrisas.
