Capítulo 27
Aquel comentario de I.U. hizo que Sakura estuviese todo el día en una nube. Mientras recorrían los alrededores del Uluru en camello, hacían una ruta en 4x4 por el Parque Nacional visitando el manantial de Mutitjulu, y las cuevas del Uluru con pinturas rupestres del dios Wandjina, además de sentirse sobrecogida por la belleza ancestral de aquel lugar, su mente, de tanto en tanto, viajaba ante la urgencia de saber qué tendría él pensado para aquella noche. Pero no había querido soltar una sola pista en todo el día. Solo cuando la tarde comenzó a consumir sus últimas horas, él le informó que se marchaban a su hospedaje. Sabía que, aunque preguntase, de ninguna manera iba a revelarle información, así que durante los veinte minutos que duró el trayecto hasta su destino se dedicó a observar por la ventanilla el atardecer y, con él, la llegada de la imagen más esperada: el Uluru teñido de un rojo brillante.
Cuando finalmente el vehículo se detuvo frente a las construcciones que formaban el complejo Longitude 131o, Sakura se quedó sin palabras. Formado por lujosas cabañas elevadas cuyos techos de velas blancas emergían elegantes sobre ellas como preciosas carpas bañadas por el sol, aquel era el lugar más espectacular que hubiese visto en su vida.
—¿Vamos a quedarnos aquí? —preguntó atónita. No esperaba algo como eso.
—¿No te gusta? —le preguntó, observándola con atención.
—Sí, claro que sí —se apresuró ella a aclararle—. Es que es... demasiado —de veras lo pensaba así. Estaba segura de que de todos los lugares en los que uno podía hospedarse por allí, aquel era el más lujoso y fascinante. Y estaba abrumada.
—No es demasiado, eso seguro —dijo él y la condujo hasta su cabaña.
Detuvieron la camioneta frente a la misma. Sakura no esperó a que él le abriese la puerta y bajó, impaciente por conocer el lugar. Se quedó paralizada frente a la construcción mientras I.U. tomaba el equipaje de ambos y cerraba la pick-up. Después se dirigió a la escalera que subía hasta la cabaña. Sakura lo siguió por las escaleras acariciando con los dedos la barandilla de metal. Si desde abajo le había parecido impresionante, entrar en la cabaña fue sobrecogedor. No se parecía a nada que hubiese visto o imaginado encontrar en medio del desierto. La pared frontal de la cabaña era completamente de cristal, lo que hacía que se pudiese disfrutar de unas mágicas vistas del Uluru desde la mismísima cama, que presidía el centro de la espaciosa habitación. Esta estaba franqueada a ambos lados por sendas mesitas incrustada en un cabecero de madera oscura que hacía las funciones de tabique, separando el espacio destinado al dormitorio de un amplio baño con bañera redonda de hidromasaje que habría sido la envidia de los hoteles más lujosos de Manhattan. En el lateral de la cama, un amplio sofá, y junto a este, una mesa redonda con dos sillas. Sobre la mesa, un par de bandejas con una selección de frutas y aperitivos fríos. Pero, sin duda, lo más imponente de la estancia era el techo. Estaban bajo una enorme carpa blanca cuyo vértice más alto quedaba suspendido sobre la cama y se desplegaba por la habitación como las enormes velas de un barco.
—¿Te gusta? —le preguntó I.U., abrazándola por la espalda.
Sakura, emocionada por las molestias que se había tomado él en hacer que aquella fuera una noche especial, se giró sin decir una palabra y lo besó con devoción.
I.U. no lo pensó, solo se dejó llevar por la necesidad que ella le generaba, la que lo había estado consumiendo, volviéndolo loco. Sakura era mucho más de lo que había imaginado que descubriría en una mujer. Su fuerza, su necesidad de comerse el mundo. Era intensa, pura energía y pasión. Y se entregaba de una forma única. La tenía frente a él, besándolo como si no hubiese nada más en el mundo. Como si necesitase su lengua para poder respirar. Le tomó el rostro entre las manos y la obligó a mirarlo, queriendo perderse durante unos momentos en su mirada verde y traviesa. Ella exhaló el aliento como si le faltase al apartarse de él, y I.U. sonrió.
—Mi pequeña gata, elegante y salvaje —le susurró junto a su boca.
Sakura no dijo nada, estaba tan encendida, tan viva, tan fuera de sí, que no habría podido hablar aunque hubiese tenido algo que decir. Itachi posó la frente en la suya, buscando retener un momento que a ella se le antojaba eterno. Se aferró a su cabello, apretándolo con fuerza y lo besó. Itachi gruñó contra su boca. Fue ella la que sonrió, se apartó de él y comenzó a desabrocharse los pequeños botones de la blusa que se había puesto aquella mañana, dando algunos pasos hacia atrás para que la pudiese ver bien. I.U. hizo ademán de ir en su busca, pero ella negó con un dedo y lo miró de forma sugerente. Itachi se dejó caer sentándose a los pies de la cama, observando maravillado como la mujer más sexy del mundo se desnudaba para él muy despacio. Tan despacio que pensó que lo mataría de deseo y desesperación.
Sakura terminó de abrir su camisa y, sin quitársela, se abrió el pantaloncito vaquero y lo dejó caer resbalando por sus largas y perfectas piernas. Se sacó las botas sin agacharse y entonces dejó caer la camisa, quedando ante él tan solo con su pequeño conjunto de ropa interior negro. Él hizo ademán de volver a ir a por ella y ella sonrió, negando con la cabeza.
—Me estás matando —le confesó con voz ronca.
—Tú llevas semanas haciendo lo mismo conmigo. Un poquito de tortura no te vendrá mal —le dijo en tono sensual.
Se desabrochó el sujetador y lo deslizó por sus brazos, dejando al descubierto sus pechos perfectos. Sakura tenía el tamaño justo, ni muy grandes, ni muy pequeños. Lo suficiente para entrar en su mano y abarcar sus cumbres rosadas con la boca, entre los dientes. I.U. pensó que no aguantaba un minuto más. La vio como una diosa dorada frente a él, con aquel cuerpo escultural recortado por los colores del atardecer mágico y ancestral que caía sobre el Uluru con sus colores imposibles e inigualables. La belleza de Sakura eclipsaba cualquiera de las maravillas que tenía a su espalda, y era solo suya. Estaba allí para él, por fin. Sin obra, sin pasado, sin futuro, sin nada que la pudiese apartar de él. Y sin pensarlo más fue a por ella. Sakur intentó que se detuviese, pero, al ver que no lo hacía y que la cargaba a su hombro para llevarla a la cama, depositándola sobre las sábanas suaves y mullidas, solo pudo regalarle aquella risa grave y sexy. La vio con el rostro envuelto en los mechones rosáceos de su cabello, tal y como imaginó el primer día que la vio, y supo que la había esperado mucho tiempo, mucho más que aquellas tortuosas semanas de tenerla sin poder alcanzarla. Frente a ella se despojó de la ropa sin parsimonia, solo quería sentir sus cuerpos juntos, sus pieles acariciarse, y en un pestañeo se colocó sobre ella. Entre sus piernas, con el rostro a la altura de sus pechos, de los que se apoderó con las manos, apoyando los codos a sus costados. No esperó un segundo e introdujo el primero en su boca, entre los dientes. La primera exclamación de Sakura salió de sus labios, enardecida, retorciéndose de placer bajo su cuerpo, y él se dispuso a conseguir muchas más como aquella. Deslizó la lengua por su pecho, lentamente, saboreando su disco rosado, sensible. Lo lamió como un helado, un suculento y delicioso helado. Ella se retorcía bajo su cuerpo y él continuó con el otro pecho mientras los masajeaba, poseyéndolos con sus manos. No pareciéndole suficiente, se elevó ligeramente sobre ella y comenzó a deslizar la lengua por su cuerpo: las costillas, el comienzo de su vientre... Ella se arqueó para él, urgiéndolo a continuar, y él siguió lentamente su recorrido hasta llegar a su sexo, cubierto con la tela fina de sus braguitas, y mordió sobre ellas, enterrando el rostro entre sus muslos. La tenía cogida por las caderas, apretándola a su rostro, y comenzó a frotar su barbilla, sus dientes, su lengua a través de la tela. Sakura gimió desesperada. La caricia era sumamente erótica, solo la promesa de lo que podría hacer con esa boca suya de no estar la tela de por medio. Como si le leyese la mente, I.U. agarró las finas tiras de tela que suspendían de sus caderas y tiró de ellas hacia abajo, se las sacó por las piernas y la miró desde arriba, abierta y expuesta para él. Sakura elevó las manos sobre su cabeza y se contoneó para él, en queda invitación.
—No sabes lo que estás haciendo —le dijo ronco.
Sakura rio y se dio la vuelta en la cama, colocándose boca abajo. Lo miró, mordiéndose el labio, y él supo que jamás podría cansarse de aquella gata salvaje y sexy. Subió por su cuerpo hasta que su erección llegó a la altura de su precioso trasero puntiagudo y se rozó contra él. Sakura gimió impaciente y ocultó el rostro entre los almohadones. Y I.U. comenzó el ascenso, primero mordió la suculenta redondez de su trasero, sexy y exquisito, la tomó por las nalgas y le dio un pequeño azote, lo justo para ver como se contoneaban ante él aquellas montañas del pecado. Volvió a morderla ligeramente con posesión y ascendió besándola por la espalda, cada pequeña porción de piel era acariciada por sus labios, por su lengua. Sakura se arqueaba una y otra vez bajo él, disfrutando de su calor. Lamió la piel sensible de sus costados y ella contuvo el aliento. Lentamente llegó hasta su nuca, la besó con codicia y la piel femenina se erizó en instantánea respuesta. Todo en ella era entrega. Le apartó el cabello a un lado y dejó su cuello libre para él. Enterró el rostro en la cavidad y le susurró al oído.
—Eres mía —le dijo, tomando sus manos einmovilizándolas a ambos lados de su rostro.
—Sí —dijo ella, jadeando—. Solo tuya.
Y así era. Jamás había sido poseída por un hombre de esa manera. Solo quería ser suya. Una y otra vez, sin descanso.
Él se frotó contra ella, sentía la piel del pecho pegada a su espalda. Sus piernas enredadas a las suyas. Con una de ellas acariciaba su entrepierna mientras apretaba su poderosa erección contra su trasero y quería más. Sakura se arqueó contra él, frotándose con mayor intensidad y él reaccionó. Pasó una mano por debajo, la posó sobre su vientre y la elevó, colocándola a cuatro patas sobre la cama. Desde esa posición exploró entre sus piernas y llegó con dedos ágiles y expertos hasta el centro de su sexo. Lo invadió con sus dedos e Sakura experimentó lo que era morir de placer. El recorría su sexo desde la cavidad húmeda de su vagina hasta su clítoris henchido a punto de explotar. Una y otra vez hacía el recorrido, viendo como ella, cada vez más enardecida, gemía y se retorcía de placer. No lo podía soportar más, no podría. Iba a romperse de placer si él no paraba. Y ese era su plan, pues solo cuando la sintió convulsionar y correrse bajo su mano detuvo su íntima caricia. Sakura cayó exhausta sobre la almohada, sobrecogida por el mayor orgasmo que hubiese sentido jamás, pero él no había terminado. La giró en la cama, colocándola frente a él, y la penetró sin esperar un minuto. Se perdió en su mirada verde mientras la embestía salvajemente. Sakura sintió que se partiría por dentro de placer. Si pensó que ya había llegado a su límite, aquella era la culminación de su vida sexual. Sin tiempo a reponerse entre una y otra, con un movimiento endiablado, I.U. la poseyó ardientemente, embistiéndola sin descanso. Cada vez de manera más intensa, más profunda, se apoderó de cada recóndito rincón de su sexo henchido, inflamado y hasta deliciosamente dolorido, hasta que con un gruñido desgarrador se derramó en su interior, poseído por una oleada de placer devastadora. Luego la miró a los ojos y vio como ella llegaba a su vez a un orgasmo que la dejó enardecida, satisfecha, rota y viva como no se había sentido jamás.
