Capítulo 30

Itachi estaba en el porche de la casa, supuestamente manteniendo una conversación con su primo, que le relataba los avances en la obra. Apenas quedaban tres de días de trabajo, rematar unas pequeñas cosas y todo estaría listo. Pero, además de que lo último que quería oír era que finalizaba la obra, no podía apartar la vista de Sakura, que charlaba con las mujeres del pueblo, explicándoles cómo debían gestionar la venta de las pulseras y supervisando el trabajo que habían hecho con las piezas en su ausencia.

—No me estás prestando atención —le recriminó su primo.

—Lo siento, me cuesta concentrarme... —dijo él sin mirarlo.

—Cuando está ella —puntualizó Obito.

Itachi sonrió.

—Sí, imagino que sí —aceptó.

—¿Y cómo llevas lo de romperle el corazón a la mujer de la que te has enamorado?

Itachi lo miró por primera vez en aquella conversación. Su gesto ceñudo y tenso habría asustado a cualquiera de los hombres que allí estaban, pero no amedrentaba a un Obito que lo había visto en pañales y lo conocía como si fuese su propio hijo. Y, porque lo conocía perfectamente, sabía que el pequeño de los Uchiha estaba viviendo una encrucijada de la que difícilmente saldría bien parado.

—Tengo que hablar con ella, lo sé —le confesó finalmente Itachi.

—Pues, si lo tienes claro, cuanto antes lo hagas, mejor. La obra termina en tres días, y estoy seguro de que no querrás que llegue ese momento sin haber aclarado las cosas con ella.

No, no quería. Se había pasado el día anterior, y la noche mirando a Sakura en sus brazos y pensando en cómo afrontar aquella conversación con ella. Y no lo podía seguir aplazando, decidió finalmente. Dejó a su primo en el porche y fue hasta el grupo de mujeres, que parecían mantener una interesante conversación mientras realizaban algunas pulseras. Se habían sentado en sillas de madera plegables junto a la caravana de Sakura en torno a una mesa improvisada con algunos tablones. No lo vieron acercarse. Por eso, cuando escuchó las palabras de Rin, se detuvo en seco antes de proseguir.

—No imaginas lo que sentimos nuestra forma de comportarnos contigo a tu llegada. Nos hicimos una falsa opinión sobre ti, sin ni siquiera conocerte...

—No pasa nada, Rin. Eso es ya cosa del pasado. Lo importante es que conseguimos aclararlo todo. Solo me da pena no haber podido disfrutar de más tiempo con vosotras. De veras admiro la labor que hacéis en la asociación.

Rin le sonrió complacida.

—Pero, desde Nueva York, os prometo seguir apoyándoos en todo cuanto pueda. Ese pequeño diablillo espinoso también se ha quedado con un trocito de mi corazón —dijo con una sonrisa.

Las mujeres le sonrieron también con esa mezcla de pena y tristeza que se respiraba en el ambiente.

—¿Por qué tienes que irte? ¡Podrías quedarte aquí, en tu casa, en el pueblo! —dijo Karui de manera espontánea, de verás interesada en ella se quedase en Grover Rock.

—No puedo, cielo. Dentro de poco la casa se venderá, y me quedaré sin un sitio aquí.

—Pero si no la vendieras... —añadió la joven.

—Me temo que no tengo más opción que hacerlo —dijo Sakura, admirando la construcción: sus elevados techos, sus preciosas vigas de madera contrastando con la piedra ocre de sus paredes. Los enormes ventanales, la chimenea... Era un sueño de casa. Suspiró y continuó—: Necesito el dinero. Poco antes de descubrir que mi tío había muerto y me había dejado la casa en herencia, también descubrí que mi exnovio me había estafado veinticinco mil dólares. Es una deuda que tengo ahora con el banco y que tengo que subsanar antes de dos semanas, de lo contrario embargarán mi casa y lo perderé todo —dijo Sakura, mirándose las manos. Resopló y se enderezó un par de segundos más tarde, recomponiéndose y ofreciéndole media sonrisa a las mujeres, que la miraban sorprendidas y apenadas por ella.

—¿Te robó? ¡Menudo sinvergüenza! —exclamaron las mujeres, empatizando con ella.

—Sí, la verdad es que yo no lo habría imaginado. Terminé con él y entonces todo se destapó. Había estado mintiéndome durante años. Lo peor no fue el tema del dinero, sino saber que había sido tan ingenua y tonta como para haberme dejado utilizar tanto tiempo, sin percatarme de lo que sucedía a mi alrededor, de cuál había sido el verdadero interés que tenía él en mí.

—¡Claro! A ese hombre, por llamarlo de alguna manera, ¡habría que colgarlo de los pulgares! —dijo Karui, mostrando su enfado.

—Yo lo colgaría de otra cosa más dolorosa... —apuntó la presidenta.

—¡Rin! —la recriminó sorprendida Sakura—. La verdad es que tienes razón, de ahí habría estado mejor colgarlo —añadió, riendo—. Pero es pasado, señoras. El destino me trajo hasta aquí, dándome la oportunidad de solucionar mis problemas y encima conocer a gente tan maravillosa como vosotras —añadió con una sonrisa—. Por lo tanto, mejor nos olvidamos de los hombres que se aprovechan de las mujeres y disfrutamos de esta fantástica tarde juntas. Voy a por refrescos y seguimos con nuestra tarea —dijo ella, levantándose de su silla.

Itachi, que había escuchado toda la conversación, se ocultó tras la caravana para no ser visto.

Sakura entró a lo que consideraba ya su refugio, buscando un minuto para serenarse. Demasiados recuerdos, demasiadas emociones, demasiados sentimientos contradictorios y confusos le provocaba saber que en pocos días se marcharía de allí. No quería romper a llorar y se dispuso a preparar los refrescos para todas, borrando de su rostro una única lágrima furtiva que se permitió derramar antes de recuperar la compostura.

I.U. se quedó allí apoyado, en la superficie metálica de la caravana por unos minutos. Ella no le había contado esa historia. La había visto desesperada en incontables ocasiones, queriendo que la obra saliese adelante. Y él siempre se había preguntado cuál sería la urgencia que la llevaba a luchar de esa manera. Pero nunca imaginó que Sakura se encontrase en aquella precaria situación por culpa de un hombre que había estado jugando con ella, engañándola y manipulándola. Justo como había estado haciendo él. No le había robado, pero se había acercado a ella para quitarle la casa que había heredado. No había sido sincero, había comenzado una relación con ella basada en mentiras. Y lo supo. Si le decía a Sakura quién era en realidad y por qué había ido hasta allí, ella jamás se lo perdonaría. Le partiría el corazón y la perdería para siempre. Se pasó las manos por el pelo con desesperación y supo lo que tenía que hacer. Solo había una cosa que lo separase de ella: la casa. Tomó su teléfono móvil del bolsillo y, apartándose de la caravana, se dispuso a llamar a su abogada.