Capítulo 33
El dolor era tan grande, tan abrumador e intenso que Sakura pensó en varias ocasiones que moriría por no poder soportarlo. Estaba rota, rota por dentro. Destrozada como no había vuelto a sentirse en la vida desde la marcha de su padre. Con cada latido de su corazón sentía punzadas atravesarle las entrañas. La inmensa decepción y el sentirse estúpida y avergonzada por haberse dejado engañar superaban a la rabia que debía haberse apoderado de ella. Si tuviese ganas de asesinarlo, de herirlo, si fuese capaz de odiarlo por encima de todo... Pero el dolor era tan grande que no dejaba espacio para nada más. No podía hacer más que llorar y llorar y dejarse llevar una y otra vez por la sensación de vacío y desesperada necesidad de que todo hubiese sido un sueño. No quería pensar, no quería reconocer que había entregado su corazón de la manera más ingenua, desinhibida, sin coraza. Se había expuesto por completo a un hombre que la había utilizado, jugado con ella, engañado de la manera más vil y despreciable.
Toda la vida se había protegido, tal y como le había dicho Temari en aquella discusión que las tuvo un mes separadas. Había elegido una y otra vez hombres que no la pudiesen herir, que no la pudiesen abandonar como había hecho su padre. Hombres que sabía de antemano que no terminaban de cuadrar en su foto, a los que no se terminaba de entregar por completo, porque era la forma más segura de no volver a sentir aquel dolor insoportable que se siente cuando la persona a la que más amas en el mundo te abandona. Así había estado dando tumbos de una relación imperfecta a otra hasta que dio con Hidan. Con él había estado segura de que jamás podría hacerle daño porque no podía amarlo. Él la había engañado y robado y no sintió ni por asomo el dolor y la decepción que la atormentaban en aquel momento. Porque, a pesar de lo que se hubiese estado diciendo a sí misma, I.U. había sido mucho más que el mejor sexo que hubiese tenido en su vida. Desde la primera vez que lo vio, desde que sus miradas se cruzaron y él le sonrió, su corazón comenzó a latir diferente, como si cada una de sus golpes fuese destinado a unirla a él. Pensó que saber que tarde o temprano se marcharía de allí era suficiente para no tener que protegerse de él, del sentimiento tan enorme y abrumador que generaba en ella, y había ido sin coraza, desesperada por sentirlo, por dejarlo entrar, por dejar que la tocase, por fuera y por dentro. Le abrió su alma como no se la había abierto a ningún hombre en su vida. Y él la había roto. Ya no le quedaba nada. No tenía la herencia de su tío, pronto perdería su casa en Nueva York y todo por lo que había luchado en su vida, pero todo eso carecía de valor para ella, porque en Australia también había perdido el corazón y las ganas de que este siguiese latiendo.
Miró por la ventanilla de su asiento y las luces de Nueva York aparecieron ante ella como una alfombra de estrellas bajo sus pies. Tomó aire e intentó recordar lo que su vida allí le hacía sentir, pero no podía. Llevaba tres días llorando sin parar. Ya no sentía nada. Cuando supo que todo lo que había vivido allí había sido una mentira, que había sido el títere de I.U. decidió que ya no tenía nada más que hacer allí y llamó al Gran Killer B para que fuese a por ella y la llevase al aeropuerto. Hizo las maletas y se dispuso a marcharse lo antes posible. Pensó que abandonando aquel desierto rojo y el recuerdo constante de lo que había vivido también la abandonaría el dolor. Pero no había sido así. Muy al contrario, fue creciendo en su interior, devorándolo todo a su paso.
Ni siquiera cuando llegó a los brazos de sus amigas, que la esperaban en la terminal del aeropuerto para recogerla, pudo hacer otra cosa más que llorar. Karin y Tenten la rodearon haciendo un sándwich con ella, abrazándola e intentando reconfortarla, pero ella solo quería dejar de sentir.
—Ya estás en casa, cariño. Todo ha pasado ya —le dijo Karin, pero ella sabía que no era así.
Acababa de comenzar una vida entera de vacío y dolor. No había más.
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—¡Hace un calor infernal! —se quejó Sakura, pasándose la mano por la frente. Enterró los pies en la arena y al sacarlos se concentró en ver cómo esta resbalaba por su piel cayendo.
—Es el último fin de semana de agosto, ¿qué esperabas? —contestó Karin con un resoplido—. Para mí es peor, tú no llevas un bebé estufa en tu interior.
Sakura miró a Karin, su tripa era ya bastante abultada. Estaba de siete meses y se la veía preciosa. Sintió cierta envidia al pensar que en pocos meses conseguiría cumplir su deseo de ser mamá, mientras ella lo veía cada vez más lejano.
Ya no le quedaba nada. En un par de días se ejecutaría el plazo para el pago de su deuda con el banco, y ni por asomo disponía del dinero. También había cedido la propiedad de la casa en Grover Rock a I.U. Era lo que él quería, lo que había ido a buscar hasta allí. «Ya lo tiene», pensó. Ella no quería nada que tuviese que ver con él, ni con su tío, ni con nada que le recordase a aquellas semanas. Su gesto se rompió nuevamente en una mueca triste que llamó la atención de Temari, que se acercaba con unas bebidas.
—Creo que tenía que haber traído unos tequilas. Los mojitos sin alcohol no van a cambiar tu gesto amargo —le dijo, sentándose a su lado y chocando el hombro contra el suyo.
—Lo siento, sé que no soy la mejor compañía para celebrar tu despedida de soltera. Encima estamos aquí, en Long Island, en la playa... por mí...
—Eso es cierto, voy a tener un huevo cocido en lugar de un niño por tu culpa —apostilló Karin y, cuando la Sakura la miró, le sacó la lengua.
El gesto le arrancó una sonrisa.
—Es normal que estés así. Te han roto el corazón, ahora es difícil que no veas otra cosa más que dolor, pero estamos aquí, contigo. No estás sola y sé que saldrás de esto, como sales de todo, con coraje —le dijo Temari, rodeándola con su brazo—. De momento, por la deuda del banco no tienes que preocuparte, ya está todo solucionado.
Sakura, que había apoyado la cabeza sobre el hombro de Temari, se incorporó de repente.
—¡No me mires así! ¿Crees que íbamos a dejar que perdieras tu casa?
—Temari, ¡no tenías que haberlo hecho! No puedo devolverte el dinero... —le dijo Sakura apurada.
—No he sido yo, ha sido Naruto. Me ha llamado mientras preparaba las bebidas. Me ha dicho que no tenías que preocuparte por nada, que ya estaba todo solucionado y que espera que eso te ayudase a relajarte y disfrutar un poco este fin de semana.
—¡Oh, vaya! Yo... No tengo palabras... —el nudo que se instaló en su garganta, mezcla de emoción y vergüenza porque sus amigos hubiesen tenido que hacer frente a su problema, no la dejó continuar. En su lugar las lágrimas se agolparon en sus ojos, cegándola por completo y rompió de nuevo a llorar.
—Estoy segura de que esto no era lo que pretendía Naruto —le dijo Temari, abrazándola de nuevo—. Niña, es solo dinero. No tiene importancia ninguna. Solo importas tú. Quiero que estés bien, recuperar a mi Sakura de mirada salvaje. La que se come el mundo por los pies.
Sakura asintió aún sin poder pronunciarse. Se limpió las lágrimas del rostro y miró hacia el mar. Inmenso, brillante bajo aquel sol que lo hacía relucir como un espejo. De un color azul y en sus profundidades un color negro tan intenso como el de los ojos de Itachi...
Y entonces vio una figura masculina salir del agua, emergiendo como un dios hermoso, de rostro sexy y cuerpo cincelado, y se le detuvo el corazón en seco. Se volvió a pasar las manos por los ojos, eliminando el resto de lágrimas y comprobó con espanto que se estaba volviendo loca. Había perdido la cabeza, ahora alucinaba y veía a Itachi.
