Sabine Cheng era una mujer muy estructurada a la hora de comenzar su rutina. Todas las mañanas se levantaba a eso de las 6:00AM para meterse a la ducha. Hacía la cama, ordenaba la ropa y abría las cortinas de la casa para que el astro rey de primavera llenara de albor, el ambiente. Su momento ideal del día, era aquel lapso que se distendía entre ir por su pequeña hija a su cuarto y preparar el café de su marido. Marinette era una pequeñita de tan solo tres años y dos meses en aquel entonces. Pero su corta edad no era mérito de hacer prejuicios, ya que era muy curiosa y aventurera desde que comenzó a caminar. Se trepaba por los sillones de la casa de manera imprudente, se metía cosas que no debía a la boca, e incluso cambiaba la programación de la TV sin preguntarle a nadie.

La señora Dupain-Cheng es una madre admirable. Con una paciencia de oro y mucha sabiduría, trató siempre de mantenerla al margen de los problemas. Con frases como:

"No metas los dedos en el enchufe, Marinette"

"Baja de ahí, Marinette".

"No te comas eso, Marinette"

"Suelta eso, Marinette"

"¡Marinette!"

—Muy bien. Es suficiente —la mujer de descendencia asiática cogió a su criatura por las axilas y la sentó en su sillita, regalándole un besito en la frente— Ahora vamos a servirle el café a papá. ¿De acuerdo?

—¡Café! —Chilló la menor.

Marinette también tenía un momento ideal del día. ¿Saben cuál es? Era ese inequívoco; preciso instante de excelso gusto, en el que su madre derramaba la Infusión de cafeína en la taza. Aquel líquido marrón de aroma intenso, alucinante, con cuerpo y humeante, le hipnotizaba por completo. Si. Se drogaba. El café fue sin duda, uno de sus primeros pasos en el hampa delictual de los estupefacientes. Marinette era fanática de lo sensual. Sobre todo, si contenía una sustancia toxica y psicoactiva como el café. Desde pequeña siempre quiso probarlo. Por supuesto que su madre se lo prohibió, por lo menos hasta que tuviera edad. Pero lograba conformarse con oler los granos, en una pequeña tacita de plástico. Llegaba a salivar del estímulo. Sabine se divertía con las expresiones faciales que hacía su pequeña.

—Le llevaré la taza a papá —le advirtió la mayor, tomando una bandeja con unos dulces— Espérame un poco. Y no te metas eso a la boca —le sonrió— O te haré vomitar hasta sacártelas.

Nadja Chamack con la primicia del momento.

—¿Mh? —Sabine se detuvo en la puerta, subiendo el volumen de la noticia— ¿Qué ha pasado?

—Una tragedia sin duda, muy lamentable para la familia Agreste —relataba la mujer de cabellos rojos— Aún continua la incesante búsqueda por parte de interpol, sobre la desaparición de su primogénito. Adrien Agreste. Con tan solo 3 años de edad, fue visto por última vez en el campamento donde se alojaba con sus padres. Gabriel Agreste, el icónico diseñador de modas, informó esta mañana a las autoridades locales, que se encontraban en una expedición en las montañas Himalayas —añadió— El pequeño dormía con ellos. Y desconoce cómo es que pudo haberse esfumado, así como así. Por otro lado, Emilie su madre, descarta rotundamente la idea de que su hijo haya fallecido. E indicó que seguirá buscándolo perennemente lo que sea necesario. No obstante —las imágenes mostraban al capitán de búsqueda— los expertos en la materia, mencionan que, a juzgar por el terreno boscoso y la nieve, dudan que puedan encontrarlo con vida. Pasemos a revisar las declaraciones del líder de brigada, luego de que Clara Contard lo haya entrevistado.

—¿Manejan alguna teoría? —consultó la periodista— Los lugareños plantean la opción de una abducción. Es muy común por estas zonas.

—Es una de ellas —manifestó el hombre, sacando pecho con orgullo— Pero la vamos a desestimar. Por lo regular los extraterrestres abducen ganado. No niños caucásicos de familias ricas.

—¿Qué hay del abominable hombre de las nieves? —inquirió Contard— ¿Podría haber sido obra de el?

—Eso tampoco es probable —afirmó con certeza el capitán— El Yeti es Vegano. Lo sé porque es mi amigo y ayer vino a tomar té con mi esposa.

—Se habla de una posible secta satánica, oculta en uno de los templos de estas montañas —añadió Clara— ¿Eso será considerado materia de investigación?

— Por el contrario —afirmó el oficial, señalando la zona de la desaparición— Aquí las sectas no se acercan.

—¿Cómo está tan seguro?

—Porque le temen al Yeti —siseó— Y el Yeti le teme a los extraterrestres. Y ellos a mi esposa. ¡Por lo tanto! —carraspeó— La única teoría que manejamos y que creemos con firmeza sin duda alguna es la siguiente: —miró a la cámara con total seriedad— Adrien huyó del yugo inquisitivo y sobreprotector que le impedía desarrollarse como un ser libre lleno de autodeterminación y coraje.

—¿Con…tres años? —parpadeó la fémina.

—¡¿Y usted que espera, eh?! —berreó el sujeto, acomodándose la gorra con potestad— ¡¿Qué llegue a los 14 años sin haber ido al colegio, sin tener amigos, solo y encerrado en su casa?! —negó con la cabeza— Fue un chico astuto.

Mas detalles, en el noticiero de las seis…

—Oh por dios…—Sabine se tomó la boca, muy angustiada con lo que había visto en las noticias. Acto seguido, observó a su hijita; quien estaba al borde del éxtasis con los granos de café— No me imagino que puede estar sintiendo esa pobre mujer, tras haber perdido a su pequeñito —la señora Cheng dejó la taza en la mesa y se arrimó a Marinette, abrazándola con fuerza— Yo no podría soportarlo. Si fuera ella, acabaría tiesa en una capsula, en el sótano de mi casa.

—¿Café…? —Marinette hizo un puchero, tratando de estirar la manito para alcanzar la taza. Su progenitora se la regresó, tomándola en brazos.

—Vamos juntas donde papá —asintió jovial.

Ambas mujeres bajaron hasta la panadería, reencontrándose con Tom Dupain cerca del horno. Se saludaron de besos y se abrazó de manera cariñosa. No. Afortunadamente no era el caso. Y esperaban que nunca tuvieran que pasar por algo tan horrible.

[…]

¿Yo? ¿Loca por el café? Nah. Claro que no.

20 años después.

Si. Está bien. Lo admito. Aún me gusta muchísimo el café. Aun no entiendo como hay gente que puede empezar bien el día sin beber uno. O sea, literal, yo creo que no tienen alma. Ingresé a la Universidad con la esperanza de poder aprender todo acerca de cómo preparar una buena mezcla de aquella adictiva delicia de los dioses. Y todo para enterarme dos años después, que en realidad no existe una carrera de cafetería. En Francia, hay escuelas en donde tomas cursos que duran seis meses y te conviertes en "barista". Lo único que necesitas para ser profesional al cabo de ocho, es pagar la matrícula de salida y ya. ¿Por qué nadie me lo dijo?

—En realidad si te lo dije —Alya Césaire, se lo repetía otra vez— Si que te lo dije.

Es cierto. También me lo dijo mi psicólogo cuando tenía 15. Y mamá y papá. Y el monstruo debajo de mi cama. Pero nunca quise hacerles caso. Prefería llevarles la contra en todo, porque soy una mujer independiente y empoderada. Estaba cansada de vivir bajo el yugo de mis padres. Así que finalmente decidí mudarme a un piso ubicado en el icónico barrio de solterones: Saint-Germain-des-Près. Linda vista al canal Saint-Martin por lo demás.

—En realidad lo hiciste para poder coger a gusto —Alya rodó los ojos.

Alya comienza a caerme mal. ¿No les pasa? No. Por supuesto que no lo hice por eso. Bueno…en parte sí. Pero vamos, no era como que fuese muy famosa entre los chicos. Por el contrario. Había cumplido veinticuatro años y seguía virgen. Bah, nunca me importó mucho. Mientras no sufriera de histeria uterina del siglo XVII, todo bien. Para poder costearme el pago del alquiler, emprendí una aventura por el mundo de la gastronomía cafetera. ¿Se dice así? Ya no tengo idea. Básicamente mi itinerario era estudiar, trabajar y salir con mis amigos. No me quejaba. Gracias a mis trabajos, pude ganar muchísima experiencia sobre el mundillo de los baristas. Oh sí. Porque tuve muchísimos de ellos. Mi curriculum era un vasto historial de perfecta trayectoria laboral.

De hecho, esa mañana tuve una importa entrevista de trabajo, en la cafetería de enfrente de mi Universidad.

—¿Marinette Dupain-Cheng? —una mujer de apariencia despreocupada, masticaba un chicle con la boca abierta mientras leía su presentación— Estudiante de arte. Veinticuatro años. Con tres años en experiencia como barista —arqueó la ceja— Aquí dice que has tenido más de ocho trabajos en los últimos meses.

—Así es, señora —asintió orgullosa de sí misma, en lo que esbozaba una sonrisa sagaz.

—Dime una cosa, niña —la fémina infló un globo, reventándolo en sus labios— Si tienes tanta experiencia en cafeterías. ¿Por qué es que no has durado más de seis meses en ninguna de ellas?

—Eh…—Marinette desvió la mirada avergonzada con su pregunta— He tenido mala suerte ¿Supongo? Jeje…

Sip. Tal como lo están imaginando. ¡Soy muy torpe! Y no solo, torpe, torpe. Si no, ultra-mega-super-duper torpe. En mi último empleo, patiné contra una señalética amarilla que decía: No pasar, piso resbaladizo. Pero supongo que estaba en chino, porque pisé igual y pues…derramé las bebidas sobre los clientes. Me despidieron, por supuesto. Y eso no es nada comparado con las otras cagadas que me mandé. En una oportunidad, incendié la barra. ¡Ah! Y como olvidar aquella vez que me dormí en la caja registradora. O esa ocasión cuando un muchacho alérgico a la lactosa, ordenó café con leche de soja y yo le serví uno con leche entera. Acabó en el hospital y el restaurante recibió una demanda por eso. Aunque en esa oportunidad y solo para aclarar, no fue mi culpa del todo, eh. El muchacho era estudiante de medicina. ¡Les juro que su letra era un jeroglífico sumerio! Apenas pude descifrar lo que escribió en el papel. Nuevamente, no había convencido a la muchacha.

—Te llamaremos.

Me dijo. Pero ese "te llamamos". Uff…es una burocrática forma de decir: No te contrataremos porque eres una inútil. Y no queremos inútiles aquí. Joder. Era mi duodécima entrevista en menos de una semana. Comenzaba a desesperarme. La renta de un mes se había acumulado en mi buzón, y el señor Wang; un ancianito muy buena gente con ojitos de ternura comenzaba a inquietarse.

—¿La renta? —consultó el mayor.

—Le juro que estoy en eso —suplicó Marinette— ¡Solo espéreme un poco más!

Era un caos. Mamá solía llamarme de vez en cuando para preguntarme como me estaba yendo. No le mentí. Pero digamos que omití información valiosa en más de una ocasión. Le confesé que estaba todo de maravillas y que quizás el próximo fin de semana les iría a visitar. Vivíamos en la misma ciudad, pero mi estilo de vida y la de ellos no conversaban entre sí. Los había dejado de lado por unos años. En algún punto llegué a considerar la idea de pedirles el dinero prestado para cubrir los gastos. Pero me sentía abusiva y poco responsable con mi vida. Ellos no tenían la culpa de que haya nacido con problemas sicomotrices. Tenía las piernas atrofiadas y no los imputaría por ello.

Una tarde, abrumada por mis finanzas, acabé sentada sobre una banca de la plaza. Se me estaban agotando las chances de ir a más entrevistas. Tomé el periódico y me di cuenta, que había tachado en rojo la mayoría de los anuncios. Misma situación en los publicados en internet. Sin embargo, yo guardaba un secreto receloso en mi corazón. Una situación sentimental de la que nadie sospechaba y que, con mucha timidez, ocultaba del mundo. Mi razón, mi sustento, mi fuente de inspiración para seguir mis sueños. Félix Graham de Vanily. El más guapo, perfecto y talentoso barista de toda Francia. Ingles de nacimiento, excéntrico y millonario empresario. Dueño de una de las mayores cadenas de cafetería en todo el mundo: "Le Miraculous". Con más de ciento veinte sedes a lo largo del globo.

Cada vez que me sentía desalentada, observaba sus fotos. Sus entrevistas, sus anuncios. Los carteles que se repartían por la ciudad. Yo profesaba mi amor eterno por él. Era mas que una simple admiración. Mi meta era alcanzarlo. O superarlo, de ser posible. Lo amaba. Y me prendía de una forma muy hormonal.

Pero claro, era mi secreto. Y nadie podía saberlo.

—¿Otra vez haciéndote pajas mentales con la foto de Félix? —bufó Alya a su lado, mientras lamía un helado de fresa— Eres chistosa.

La quiero estrangular con el cable USB de mi celular. Arg…está bien. Alya lo sabía.

—Yo creo que deberías rendirte —murmuró Nino, al otro lado de la banca— El nunca se fijaría en ti.

Y Nino.

—Marinette tiene derecho a soñar, déjenla —agregó Rose.

Y Rose…

—Esjbasduiosandb sa dkj asdahsbdyas.

Si. Esa a la que nadie entendió que chucha dijo, era Juleka. Ok. ¡OK! ¡Si! ¡Todos lo sabían! ¿A quién quiero engañar? Mi vida apesta.

—¡No debes rendirte nunca, Marinette! —la alentó Mylene. En el fondo, todos sus amigos de escuela continuaban con un lazo de amistad que se mantuvo, incluso en el periodo universitario— ¡Te ayudaremos a conseguir empleo! Y así podrás seguir toqueteándote con Félix.

—¡No están ayudándome en nada! ¡¿Sí?! —protestó Dupain-Cheng, correteándoles con la mirada— Demonios…en vez de sentirme mejor, me siento peor.

—Tranquila, chica —Césaire le dio unas palmaditas en la espalda— Ya lo solucionarás. Tu siempre solucionas todo al final del día. ¿No es así?

Claro. Tengo una solución. Podría simplemente tirarme contra un bus en movimiento y que todo pareciera un accidente. ¿Pero y luego que harían con mi cadáver? No jodan. El solo hecho de pensar que me sacarían fotos toda desparramada y sería trending topic en Twitter con un Hashtag hilarante durante una semana, me espantó. Vale. No era momento de llorar. Debía seguir intentándolo. Una tarde, mientras revisaba mis correos en el ordenador y me daba de cabeceos contra el teclado a ver si mis neuronas hacían contacto entre sí, accidentalmente abrí una pestaña nueva en el navegador. Había escrito: "Parfum ekisde el chat". No tengo la menor idea de que mierda significaba eso. Pero curiosamente, me llevó a una publicación con una llamativa fotografía sobre cafetería de alta elite.

Pinché sobre el link, el que me redireccionó hasta una especie de reunión en una página con dominio en la Deep Web tal vez. Bien turbio la verdad. Nunca había visto un anuncio tan anormal. Me dejó boquiabierta al ver el video. La presentación no daba indicios de ser falsa, ya que comenzaba con el Logo de "Le Miraculous". ¿Es broma? ¿Era un llamado de la cafetería Milagrosa? El registro filmográfico duraba 5 segundos. Y solo ponía una fecha, un horario, una dirección y una pregunta final: ¿Te atreves a probarlo?

A la madre. ¿Probarlo? ¿Probar que? No seas pervertida, Marinette. Me abofeteé. Si me espanté un poco, la verdad. Pero a la vez, la ansiedad de saber que se trataba de la cafetería de Félix me excitó de sobremanera. Hablo en el buen sentido, claro. Ok. No tenía nada que perder. O sea, sí. Perderé mi apartamento si no pago a final de mes. Pero aparte de eso y seguir vagando en las sombras de la humillación, el fracaso y las deudas, nada podía salir peor. Me inscribí, enviando una solicitud a través de un formulario que rellené con mis datos personales. Me relajé al ver que no me pedían el número de mi tarjeta de crédito ni mis contraseñas. Ni mucho menos una foto de mis pies. Al menos supe que no se trataba de alguna especie de estafa piramidal. A los diez segundos, me llegó un aviso al buzón de entrada que detallaba estar participando dentro de una privilegiada lista y que solo debía esperar las siguientes instrucciones. Exhalé, recostando mi espalda contra la silla.

—Vale…a esperar entonces.

No pasaron ni cinco segundos, que volví a recibir otra notificación. Me informaban que había quedado preseleccionada para una cata de cafés. El reto era: Crear la infusión de cafeína más original, impresionante, llamativa y cool de todos los tiempos. El premio: Ser contratada como barista exclusiva en Le Miraculous en Francia. El sueldo: Un dineral. El horario: A gusto de elección. Bonus: Ser la mano derecha de Félix.

Firmado: Félix Graham de Vanily. Te esperamos.

Tuve que apretar el trasero contra la silla para no cagarme de la emoción. ¡¿Félix Graham de Vanily me estaba invitando a trabajar con él?! Me levanté de la silla y corrí por el cuarto. Hice Parkour por la cama, las paredes, el sofá, la cocina, el baño, hasta darme de bruces contra la alfombra. Y aun así, me retorcí como en el Exorcista 2 hasta mas no poder. Estaba ardiendo en felicidad. ¡Era mi oportunidad de brillar y acercarme a él! Prendí la estufa y puse la mano en el fuego por dos segundos a ver si no era un sueño. Ok. Me quemé feo. Era real.

—¡SIIIUUUU!

Aullé. Pero como todo orgasmo, debía volver a la realidad. Caí en cuenta de lo que estaba pasando, cuando volví a releer el correo: Crear la infusión de cafeína más original. Dios santo. ¿Tenían que ponérmela tan difícil? Seguramente un millón de chicas y chicos de toda Francia irían a por ese desafío. ¿Cómo demonios iba lograr impresionar a Félix? ¿Qué tenía ella que no tuviera otra talentosa persona? Mi vida era un wáter tapado en mierda. Y para peor, la fecha del certamen era en dos días más. ¡¿Cómo iba a crear algo así en dos días?! Me tiré a la cama pataleando. Está bien. No era momento de perder la calma. Mis miedos…mis miedos debía tirarlos por la ventana. Yo puedo. ¡Yo puedo! Miré debajo de mi catre y espanté al monstruo. Lo haré, aunque me cueste el desalojo. Esa noche, no pegué un ojo.

A la mañana siguiente y con unas ojeras del demonio, me encerré en la biblioteca de la facultad de arte para buscar algo de inspiración. Cogí veinte libros sobre el café y me empotré a una silla con la convicción de que no me levantaría de ahí hasta lograr algo. Revisé estilos, formulas, incluso nombres llamativos en otros textos de cocina y ciencia. Me leí tres veces el Quijote de la Mancha. Dos veces la historia de Romeo y Julieta y un libro de Dinosaurios. Lo último, estaba fuera de contexto. En general, todo. Adicionalmente a ello, investigué la biografía de Félix. Sus gustos, sus pasatiempos, sus expectativas. El menú de líquidos que solía ofrecer en sus cafeterías. Todo. Hasta la talla de sus boxers. Cuando me di cuenta de que la mayoría de sus tragos e infusiones eran bastante…simples, por lo demás, entendí una cosa: Félix no es un tipo de gustos tan refinados. Solo buscaba resaltar el novedoso y llamativo para su línea de cafés. Solía usar grano entero de origen Arábico. Y sus distribuidores provenían de la India y el norte de África. Así que eché una ojeada veloz en lo que me quedaba de hora de luz, para repasar técnicas milenarias de algunas preparaciones en el medio oriente y en la zona de la Eurasia.

—Creo que capto la idea…

—Eh, señorita —murmuró el conserje, mientras trapeaba el suelo— Ya vamos a cerrar.

Me fui directo hasta el supermercado más cercano y compré los ingredientes. Los que al menos yo, consideraba que serían esenciales para mi propósito. Experimenté un poco en casa, utilizando una tabla periódica para compenetrarme con el tema de las "notas" que debe tener una infusión equilibrada. Solo para llegar a la conclusión, de que, si quería revolucionar al mundo, debía salirme del esquema de lo "normal". Tenía que ir más allá. Ser más incisiva. Mas atrevida. Así como lo era en mi vida privada.

Entre tantas muestras, mi sistema nervioso tenía demasiada solución alcaloide como para dormir. Mi ojo derecho fue víctima de un tic nervioso. Pero a eso de las 4:35 de la madrugada…supe lo que debía presentar. Cogí una libreta y anoté la formula. Mordisquee con avaricia el trasero de un lápiz, tratando de darle un título a mi creación. Este iba a ser el trago de cafeína más vendido de Paris. Una sensación única. Algo que te desatara los sentidos y que te borrara de la mente, lo que alguna vez creíste perfecto. Algo así como un café "deconstructivo"

—Eso es…—señaló ansiosa— Lo tengo —y escribió el nombre— Listo…

El todo por el todo.

[…]

De camino al gran día.

—¿Por qué no me dijiste que te habías inscrito al concurso? —consultó Alya, alzando una ceja.

—¿Cómo…? —parpadeó Marinette— ¿Tu sabías de esto?

—Claro —la morena le mostró el anuncio publicado en la revista Populite— Estoy estudiando periodismo. Yo lo sé todo y lo que no, lo invento —chistó— Mentira, lo último es broma. Lo digo para impresionar y verme sexy. Pero bueno…me hubieras contado —le señaló su credencial— En la agencia para la cual trabajo, me pidieron cubrir la nota de la cata de cafés que organizó el presidente de Le Miraculous.

¿Ya ven por qué quiero matarla? —Dupain-Cheng se tomó la cabeza— ¡Dios santo, Alya! Estoy tan nerviosa…

—¿Por qué? Tu eres una chica talentosa —Césaire le quitó el borrador para ver su arte conceptual— Déjame verlo. Oh…vaya. Esto sí que es revolucionario.

—¿Tu…Tu crees que le guste a Félix? —la ojiazul jugueteó inocente con sus deditos.

—¿A Félix? —carcajeó la chica de anteojos, devolviéndole el croquis— Yo no me preocuparía mucho por él. No sabe mucho de cafés.

—¡¿Cómo dices?! —brincó, estupefacta con lo que le contaba— ¿Cómo es eso? Explícate.

—Vamos, amiga. Pensé que lo sabías —exhaló rendida su amiga. Sacó su móvil, señalándole una reseña publicada hace un par de días a un diario local— Félix Graham de Vanily es solo el CEO de la compañía. Ya sabes, el rostro oficial. Pero quien aprueba los cafés es su madre, Amelie —explicó con total normalidad— Es ella el cerebro detrás de toda la industria. Si hay alguien a quien debes impresionar, es a ella.

¡¿QUE?! Ok. Estoy muerta— ¡¿Por qué demonios nadie me lo dijo?! —bramó convertida en una maraña de histeria— No puede ser, Alya. Me pasé la noche entera en vela estudiando los gustos de Félix. ¡Pero no sé nada de su mamá! ¿Qué le gusta a ella? ¡Dios! ¡DIOS! No lo lograré…

—Relájate, mujer —le regaló una sonrisa cariñosa, dotada de mucha fe— Lo lograrás. Deja de tirarte para abajo y confía más en ti. Empodérate. Lo vas a lograr.

Ojalá me lleve el diablo…—tic nervioso.

—¿Al menos sabes donde será el evento? —consultó preocupada la muchacha.

—El correo pone que será bajo la torre Eiffel.

—Es en la torre Eiffel, en efecto —murmuró con voz templada— Pero es ¡Sobre ella! —Ambas muchachas se reencontraron frente a frente, con la gran e imponente torre. Una fila de muchas personas se alineaba en la entrada del ascensor. Le Miraculous era, la cafetería de la Torre Eiffel— Félix compró los derechos del restaurante. Si quedas seleccionada, trabajaras en la Torre. ¡¿No te parece increíble amiga?!

Siento que me va a dar diarrea…—pensó.

Traté de darme todo el ánimo posible. Pero en esos momentos, en verdad no me sentía cómoda conmigo misma. Entendí que no era culpa de Alya, porque tampoco se lo comenté como era apropiado. Quizás si hubiera confiado más en ella, me hubiera dicho que sería Amelie, la mamá de Félix quien daría el veredicto final. Recé sin ser religiosa, encomendándome a el dios Dionisio de ser necesario.

Cuando llegamos al restaurante, me percaté que de los doscientos congregados, solo veinte quedaron seleccionados para asistir a la primicia. Nos entregaron una pulsera con números, cual ganado es marcado. Y nos formaron detrás de una puerta negra, con aires misteriosos en el interior. Uno a uno fueron llamados. Alya comenzó a sacar fotos y a entrevistar a los asistentes, recopilando información que para mí era muy valiosa. Me comentó que los que salían, no habían sido elegidos. Y que si en algún punto, detenían la reunión, alguien saldría a informarles que debían volver a sus casas; que ya habían seleccionado a un candidato y que todos se fueran a tomar por culo. No sucedió. Increíblemente y para mi sorpresa, todos fueron despachados. Yo era el ante penúltimo de la fila. Delante de mí estaban dos muchachas. Y detrás, dos muchachos.

En el preciso momento en el que me percaté que las dos chicas fueron despachadas y llegó mi turno, apreté el esfínter y los labios. Incluso, una de ellas se fue llorando. ¿Qué les había pasado? Temí por mi vida. El hombre de la entrada me llamó con los dedos, revisándome si tenía armas o algo así. ¿Qué le pasa? Me invitó a ingresar.

Por fin, estaba cara a cara con mis posibles jefes. Félix Graham de Vanily yacía sentado en un sofá de cuero blanco. De piernas cruzadas y traje elegante. Y al otro extremo de la sala, una distinguida mujer de actitud refinada y desplante escénico increíble. Su madre, deduje. En medio de la misteriosa habitación, una mesa. Con todo lo necesario para expresar mi arte. Tragué saliva con dificultad. Me sentí intimidada. Y a la vez, muy entusiasmada. No supe que decir. Me paralicé ante su presencia. ¿Debía presentarme o algo así? Opté por dejarlos hablar a ellos primero. La mujer rubia tomó una tableta y leyó:

—Marinette Dupain-Cheng. ¿Es correcto? —murmuró calmada y con una sonrisa amigable.

—Así es, madame —asintió Marinette con aires de respeto.

—He leído tu curriculum vitae —señaló la madre— Es muy impresionante. Antes de comenzar, quisiera preguntarte algo.

—Lo que guste —Ojalá no me pregunte mi signo, porque me voy a la mierda.

—¿Por qué quieres ser barista?

Mierda. ¿Qué voy a responder ante eso? "Señora, es que su hijo me pone a mil y quiero impresionarlo" No, tonta. Claro que no. Diles la verdad. Esperen un momento. ¿Por qué quiero ser Barista? —Yo…—dudó unos momentos, sintiendo la mirada inquisitiva del rubio posarse sobre su anatomía. ¿Podía ser sincera? Esperaba que no le fuesen a colgar por ello. Exhaló finalmente, apretando con fuerza el bloc de notas contra su pecho. Cerró los parpados y se liberó de toda culpa. Debía hablar con el corazón— Desde que tengo uso de razón, he amado el arte de hacer café. Y no pasa por algo de solo beberlo y ya. Creo que cada preparación, conlleva detrás una elaboración en base a un sentimiento. Un concepto, como tal —reveló con voz templada la menor— Deseo transmitir mis intenciones al mundo. Saber que cuando alguien pruebe mis preparaciones, podamos compartir un poquito de lo que siento. Cuando vengan y beban lo que les he preparado, se sientan conectados a mi historia. Mi pasado, presente y futuro. Y así entre todos, formar una conciencia colectiva de lo que significa realmente…una taza de café —añadió— Cuando mis padres se conocieron, su primera cita fue compartiendo una taza de café. Quisiera…recrear momentos sublimes entorno a las personas y unirlas cada vez más —calló. Amelie y Félix se miraron entre sí, un tanto taciturnos con mi declaración. ¿Los había asustado? ¿O simplemente se aturdieron con mis intenciones?

—Comprendo…—musitó la ojiverde, ligeramente boquiabierta. Dejó de lado la tableta y observó con tranquilidad a la muchacha— Entonces para ti, hay un concepto detrás según entiendo —Marinette asintió— ¿Qué concepto nos traes hoy, jovencita?

—Se los mostraré.

Me acerqué a la mesa, abriendo mi libreta para repasar una vez más los ingredientes. Tenía la intención de leer, mientras hacía la infusión. Pero…en el instante en que vi los artefactos ahí puestos, no sentí la necesidad intrínseca de respetar mis propias reglas. Después de todo, mi noción de arte era rupturista, fuera de serie. Algo que no debía ser llevado al pie de la letra. Dejé fluir mis sentimientos, cerrando la tapa de mi croquis. Amelie se levantó de su asiento, sumamente atraída por lo que hacía. Se arrimó a mi y sin llegar a rayar en la demencia frenética, me dejé llevar. Añadí agua tibia y no caliente, como una percepción de libertad. Aniz, canela, toques de clavo de olor y nada de endulzante por lo demás. Los ingredientes contemplaban la sazón justa para el paladar. Herví a grado justo los granos. Los molí, los froté con una cuchara y los vertí en la solución. Finalmente, y con la pisca de efervescencia suficiente para darle un roce de mi marca, dibujé un gato negro en la espuma.

Félix también se alzó en su sofá, acercándose a examinar el resultado.

—¿Cómo llamas a esto? —consultó Félix.

—Su nombre es Plagg. Café Plagg —reveló Marinette, dando dos pasos hacia atrás para que lo degustaran— El concepto es: La destrucción.

—¿Y que se supone que debo sentir cuando lo pruebe? —Graham de Vanily arqueó una ceja, incrédulo aún.

Me sonrojé a mas no poder. Félix me estaba mirando con aquellos orbes esmeralda que tanto me volvían loca. No pude mentirle. Él debía sentirlo tanto como yo. O al menos…eso pensé.

Un cataclismo —sentenció Marinette, ruborizada ante su interpelación.

—¿Un cataclismo? —reverberó con ironía. Como nadie más respondió a su cuestionamiento, el rubio cogió la taza y probó un sorbo— Mhm…sí. Tienes razón, Marinette Dupain-Cheng —balbuceó, relamiéndose los labios— El cataclismo. Siento como si estuviera hundiendo la Atlántida ahora mismo.

—¿De-De verdad? —se emocionó la chica.

No —espetó con amargura— Esto es ridículo.

—¿Eh…? —la ojiazul bajó la mirada derrotada— Bueno muchachos, hasta aquí no más llegué.

—Oh…si —murmuró Amelie, degustando su sabor en cada centímetro del interior de su boca, el concepto que había descrito— Mhm…—tomó otro sorbo— ¡Oh my god! ¡Lo siento, Marinette! —exclamó, extasiada a mas no poder. Sus pómulos dibujaban un color teñido de un rojo furioso. Se llegó a excitar de la emoción— ¡Me encanta! ¡Sabe a la extinción de los dinosaurios!

—¿Es una broma, mamá? —una gota se deslizó por la sien de Félix.

—Cállate, Félix —le reclamó la mayor, bebiéndose de golpe la infusión— No tienes idea de cafés. ¡Es un verdadero Cataclismo en mi boca!

—¿Cómo de que grado? —el ojiverde rodó los ojos.

—¡Grado 12! ¡No lo sé! —la rubia se abalanzó hacia la muchacha, tomando sus manos con fuerza y mucha decisión— Niña…tienes un don increíble. No tienes idea desde hace cuántos años buscaba sentir algo así. Tu concepto me ha tocado el punto G. ¡Quiero más! Necesito que trabajes para mi —exigió.

—¿De verdad…? —Marinette comenzaba a temblar de la emoción— ¡¿En serio le gustó?! Me quiero morir. Digo. No. Basta. ¡Quiero vivir! — Cuando quiera, madame. ¡¿Estoy contratada?!

—Arg…dios —el rubio menor se dio un palmetazo en la cara. No podía ser posible que a su progenitora le hubiera cautivado a tal grado, de llegar a babear por él. Pero no podía hacer nada al respecto. Ella era la que mandaba. La mandamás. Le haría caso. Después de todo, el éxito de sus cafeterías era debido a ella— Marinette Dupain-Cheng. Estas contratada.

Me muero…metafóricamente hablando —otro tic nervioso.

El hombre que estaba en la puerta, despachó a los que quedaban en la fila. El puesto ya estaba tomado. Marinette Dupain-Cheng, es la nueva barista de Le Miraculous. La cafetería más prestigiosa de todo Paris.

En el momento en que Amelie probó mi infusión, me pidió explícitamente que replicara la formula. No tenía ni que verla. Todo estaba en mi cabeza. Y en mi corazón. Le preparé 12 tazas más del mismo estilo, procurando que en cada una…sintiera un Cataclismo diferente al anterior. Mi marido-…digo. Mi nuevo jefe, Félix, me citó a su despacho y firmé el contrato oficial. A partir de mañana, trabajaría para él. El salario era abrumador. Los horarios, todos compatibles con mis estudios. Y lo que era mejor, si el día de mañana perdía mi empleo, el me certificó que tendría su carta de recomendación en cualquier otro lado. Lo que me aseguraba un futuro prometedor, en cualquier otra parte del mundo.

Cuando salí de la oficina con la copia del contrato, Alya me apretujó con fuerza. Yo estaba que me meaba. Pero ella, saltaba de la emoción. Al fin había logrado mi anhelado sueño. Trabajar para mi ídolo. Que, aunque sonara medio soso de mi parte…no era tan cool como pensé. Mi amiga tenía razón. Félix no comprendía el concepto sentimental de una taza de café. Y debo admitir, que eso me bajoneó muchísimo.

Ya. Pero a la mierda Félix. ¡ESTOY CONTRATADA!

—Esto hay que celebrarlo en grande —chilló Césaire.

Todo me importaba un comino. Armamos la grande, en una fiesta muy turbia por lo demás. Esa noche tiré "la casa por la ventana" como dice el dicho. No, vale. Literal. ¡Se mamaron!

—¡¿Quién tiró mi sofá por el balcón?! —bramó Marinette.

—¡Eh! ¡Gracias! —un vagabundo agradeció en la calle.

Asistieron todos mis amigos. Había champaña, vino, ron, whisky y papitas fritas. Oh, sí. Muchas papitas fritas. Al diablo la dieta. ¡Incluso vimos videos de gatos en Youtube!

—¡Es el gato pan! —aulló Iván Bruel.

—¡Ponete el de los unicornios bailando! —demandó Rose.

—Los unicornios no existen, Rose —espetó Iván. A lo que Juleka le amenazó con la mirada— ¡Eh…! ¡Lo siento! ¡Ya pongo los videos! —se intimidó.

—¡Auibhvjasdh!

Ni el diablo supo lo que dijo. Bailamos jugando Just Dance en la Wii. Bebimos mucho. Algunos hicieron paracaidismo incluso. No me lleven presa. Y nos reímos hasta las tantas de la noche. Estoy segura de que más de alguno acabó cogiendo en mi closet. O en mi baño. Pero ya nada importaba. Estaba contenta. Jovial. Orgullosa de mí misma. Hasta hice videollamada con mis padres, contándoles la noticia. Mi mamá y mi papá me felicitaron, mandándome como siempre los cariños correspondientes. Eran buenos padres. La descarriada era yo. Me invitaron a formar parte de un karaoke. Cantamos canciones de Raphael, Rocío Jurado, Camilo Sesto y Chayanne. Algunos aman la música en español. Ese día descubrí el amor enfermizo por algunos por Chayanne. Pero como dije, nada me importó. Cuando ya mis pies me traicionaban, los mandé a volar a todos a sus casas. Odiaba que gente se quedara a dormir conmigo. Amaba mi soledad. Ese gustito delicioso de dormir sola en mi cama de dos plazas, no me lo arrebataría nadie. Me acosté ebria a eso de las 6:50AM. En dos horas más, debía levantarme para ir a la Universidad.

No fui. Me salté el día. No me daba la resaca. Bebí mucha agua y me preparé para entrar a trabajar a la cafetería de Le Miraculous. Me arreglé bien acorde a la ocasión. Me vestí, me perfumé y partí rumbo a la torre Eiffel. Amelie se había ido de vuelta a Inglaterra, pero Félix estaría a cargo de la situación. Era mi jefe ahora. Así que me cantó las reglas del juego muy severamente.

—Bueno, señorita Dupain-Cheng. Es hora de rallar la cancha —aclaró— Regla número uno. Nada de ver memes de gatos en horario laboral. Regla numero dos —sentenció el rubio— El cliente siempre tiene la razón. A excepción de si le pide nudes. Eso jamás lo haga. Y regla número tres —añadió— Será usted mi mano derecha. Hará y obedecerá todo lo que yo le pida a partir de ahora. Eso incluye las otras dos reglas también. ¿Queda claro?

Hazme lo que quieras papito…—estaba disociando.

—¿Me oyó? —frunció el ceño.

—¡Eh! —despabiló la pelinegra, asintiendo con la cabeza— ¡Señor! ¡Si, señor!

—No es el ejercito —protestó de vuelta, sujetándose la cara— Solo dime: Ok. Entendí. ¿Queda claro?

—Queda claro…—balbuceó, con expresión idiotizada en el rostro.

—Ok…—se traumó— Ahora vaya a la barra. Solo …haz lo que mejor sabes hacer, recibir pedidos y hacer tus labores —manifestó— Y por favor, llámame Félix. Odio que dicten pronombres.

—¡Si, señ-…! ¡Digo! —asintió— Si, Félix.

—Cool —rodó los ojos, hastiado con su comportamiento.

Se pueden reír lo que quieran, pero me compré zapatos y zapatillas adherentes al piso. Solo para asegurarme de que cada paso que diera, no fuera una cagada de mi torpeza. Mi primer día fue un éxito.

Comencé a interiorizarme más a fondo sobre el trabajo que desempaña y mi papel en ello. Félix tenía una muletilla muy recurrente. Siempre que decía algo con firmeza, preguntaba: "¿Queda claro?" Porque al parecer, en su mente nada está muy claro que digamos. Y así…transcurrieron dos meses. Como nunca, llegaba a tiempo a mi empleo. Adoraba lo que hacía. Mi narcicismo crecía cuando los clientes pedían a gritos el "Café Plagg" ya que nadie más sabía prepararlo, a excepción de mí. Se vendió como pan caliente. Y luego de tanta fama, una cadena de televisión nos vino a entrevistar por dicha infusión en el menú. Era un cataclismo en la boca de todos. Sin escatimar en el ego, me crecieron los senos de tanto pecho que saqué. Alya era mi coaching motivacional. Me repetía a diario: Empodérate. Cree en ti misma. Y bueno…seguí al pie de la letra sus consejos. Enfocada solo en mis estudios y en mi empleo. Cuando recibí mi primer sueldo, me puse al día con los dos meses de alquiler que debía. Incluso me di el lujo de comprarme ropa nueva, ya que me sobró algo de dinero. Me fijé una meta a corto y largo plazo; ahorrar dinero para comprarme un auto y una casa propia. Al cabo de cinco meses de paga, ya pude adquirir mi propio Peugeot. Era un saca puntas la huevada, pero me hizo muy feliz no tener que tomar el metro o el transporte público en sí. En verano a eso de las seis de la tarde, con todo el calor en la anatomía masculina, la mierda apestaba a axila.

Mis calificaciones subieron. Había recuperado mi amor propio y las ganas de vivir. Todo iba viento en popa. Demasiado bien. Hasta esa noche. Esa noche…que no sé si considerarla fatídica o un golpe de suerte a mi asombroso destino. Eran pasadas las 21:15PM. Mi turno finalizaba a las 20:00PM. Pero por alguna razón que olvidé por la vejez, me quedé hasta más tarde de lo habitual. Convencida de que, si demostraba mayor intención laboriosa en mis actos, Félix me tomara en cuenta en sus decisiones. Y así ocurrió.

Estaba terminando de lavar y guardar unas copas, cuando noté que la luz en su despacho se apagaba. Salió de su oficina, con actitud preocupada. Como si algo realmente le molestara. Claramente no era mi desempeño profesional. Pero mi naturaleza de mujer en querer dármelas de madre sobre protectora, me obligó a preguntarle que ocurría. Entonces, me confesó una anécdota muy inusual.

—Hubo una tormenta en el mar asiático. Sufrimos un retraso con los proveedores de la india —comentó con voz melancólica— Los transportistas desistieron del cargamento. Si no retiramos las cajas nosotros, no llegarán las nóminas a tiempo. ¿Queda claro?

—¿Cómo? —espetó Marinette, observando en el ordenador el pedido del mes. No. No le quedó claro— No puede pasar. Necesitamos esas ocho cajas de grano Arábico para mañana en la mañana o no tendremos como cubrir la demanda.

—Lo sé, Marinette —musitó Félix, esbozando una sonrisa endeble— Tu eres la única aquí, que me entiende en ese aspecto. Pero no puedo hacer nada. Los que despachan no lo harán.

—¿No hay alguna forma de…? —sugirió de forma enfática— Ya sabes. ¿Intervenir?

—La hay —proveyó Graham de Vanily— Pero tendríamos que hacerlo nosotros —explicó finalmente— ¿Tú me acompañarías?

—¿A dónde?

—Al puerto —confesó el rubio con desazón— El puerto de el Havre está a 177 kilómetros de Paris. ¿Irías conmigo a buscar el cargamento? —agregó— Es un viaje en auto de una hora y media de ida. Una hora y media de vuelta. ¿Queda claro?

—Si te consigues el transporte adecuado —dictó— Queda claro.

—Claro como el agua —manifestó satisfecho el rubio.

Vi la hora. Calculé la distancia. ¿Cuánto podríamos demorar? Era ir a buscar unas cajas y volver. Nada complicado. Félix me aseguró de tener todo lo necesario para regresar a tiempo. El aceptó. Yo también. Y juntos montamos en un camión lo suficientemente grande como para llevar la mercadería. Viajamos sin problemas hasta el puerto de el Havre, el más cercano a Paris. Fue un viaje ameno. Mi jefe era muy callado, reservado y caballeroso conmigo. Incluso se dio la molestia de parar en una estación de combustible ofreciéndome toda clase de insumos. Agua, jugo, comida, hasta toallas higiénicas. Ok. Supe en ese momento que el director de la compañía no tenía mucha conexión con las mujeres. ¿Quizás era posible que fuera tan virgen como yo? No sonaba descabellado.

Me dormí en el camino.

A eso de las 22:50PM, arribamos al surgidero. El olor a molusco descompuesto me despertó, al compás de las gaviotas que revoloteaban la noche. Graham de Vanily se bajó del vehículo y comenzó a platicar con los trabajadores. Una enorme embarcación con bandera hindú nos esperaba. Un poco más allá, un sujeto tes curtida por el sol nos informó que producto del mal tiempo, se habían visto forzados a atracar en dos puertos no previstos en la bitácora de viaje. Para el ojiverde no resultó ser problema alguno. Firmó el papeleo y restándole importancia, ordenó que descargaran los cajones de madera sobre el camión. Yo permanecí muy cerca de él, asegurándome de contar la mercancía. Me sentí como una traficante por unos segundos. Cuando todo estuvo en regla, regresamos a Paris sin mayores contratiempos. Félix se bebió dos litros de energética para no dormirse al volante. Se veía tan sexy conduciendo. Aunque tuviera que detenerse más de una vez para "descargar" todo el líquido almacenado en su vejiga, en el trayecto.

Sanos y salvos, me dispuse a ingresar a la parte posterior del camión para comprobar que todo siguiera en regla. Dos de los obreros que custodiaban el depósito de la cafetería, bajaron uno a uno los grandes estantes. A esas alturas, mi jefe se había relajado por completo. Se profesó contento con la incursión y me dio las gracias, con un apretón de manos bastante masculino. Yo creo que me veía más como un chico que una chica. No iba a quejarme. Con el solo hecho de saber que confiaba en mí, era suficiente. Se retiró finalmente del lugar, pidiéndome un Uber para volver a casa. El correría con los gastos. Y mientras esperaba pacientemente, me acomodé los auriculares en los oídos para escuchar mi playlist favorita. Sin percatarme…de que una de las cajas, yacía abierta justo al lado mío.

—¿Qué rayos…?

Iba en la mejor parte de: ¡I need a Hero! Examiné el interior y no traía nada. Estaba vació. Solo un par de pajales y una que otra granilla de sal. ¿Cómo es que habían olvidado algo como eso? Me preocupé, tratando de entrar en modo zen para no perder el pánico. ¿Nos habían estafado con una de las cajas? Volví a revisar el inventario. No. Todo estaba en regla. ¿Entonces como…? De un momento a otro, una sombra lúgubre se asomó por detrás del arca de madera. Di un brinco, sacando del interior de mi cartera una botella de gas pimienta.

—¡¿Quién está ahí?! —chilló, aturdida.

Aguardé unos momentos en silencio. La presión arterial me tenía el corazón a mil por hora. ¿Qué era?

—¡Sal ahora si no quieres morir! —amenazó.

No soy homicida ¿Ok? Pero después de ver tantas películas, a uno se le funde el cerebro. De pronto, dos orejas negras se asomaron con precavido cuidado. Acto seguido, una cabellera rubia y dos saltones ojos verdes. ¿Un gato? Exhalé aliviada. Se acercó tímidamente, un muchacho con apariencia felina.

—¿Eh? —parpadeó atónita con lo que observaba— Vaya. El susto que me diste, amiguito.

Si. Definitivamente era un gato. O un humano…vestido de gato. ¿O un gato vestido de humano? La criatura olfateó el ambiente, no muy confiado de mi presencia. Le llamé como se atrae a un michi; frotando el dedo pulgar contra el índice para ver si se acercaba en busca de comida. Pero él no reaccionó a mi cita. Por el contrario, se paralizó de golpe como quien ve un fantasma. ¿Qué demonios era realmente…?

—Hola…—saludó con voz endeble la ojiazul— ¿Estás perdido? —no obtuvo respuesta. Un sonido estruendoso se dejó oír desde el interior del estómago del sujeto— ¿Tienes hambre? —el muchacho de apariencia gatuna se tomó el vientre. Definitivamente lo tenía. El vehículo se estacionó frente a ambos, indicando que venía por ella para llevarla a casa— Bueno…nos vemos —se despidió. Pero sin si quiera comprender del todo, su reacción espontanea, saltó hacia ella, emitiendo ronroneos agudos y muy plausibles. Se frotó contra sus piernas, rodeándolas de un lado a otro— Hey...así que eres cariñoso ¿Eh?

Era un gato perdido en medio de parís. De eso no tenía duda. La única explicación posible a la que llegué, era que vino de polizón en una de las cajas. ¿Qué debía hacer? Aquel ser no se mostraba para nada arisco a mi presencia e insistía en arrimarse a mí con impertinencia. Nuevamente mi instinto maternal me condujo a tenderle una mano de manera amistosa, incitándole a compartir mi Uber. Si. Así es. Me lo llevé a casa.

Durante el camino, se sentó a mi lado balanceando su peso en sus cuatro extremidades. Literal, era un gato. Se los juro. De vez en cuando, se relamía el dorso de su brazo y parte de sus dedos. Como un gato, obvio. Para mí era un chico rubio, vistiendo un traje de látex negro muy ajustado. Para el, yo era una humana cariñosa que le daría un bocado esa noche. ¿De dónde había salido tal fenómeno? ¿Se habría escapado de algún circo en la india? ¿Quizás era una mutación genética que salió mal en Rusia? ¿O era un superhéroe? Definitivamente cuestioné mi sanidad mental.

Cuando llegamos a casa, me siguió religiosamente hasta el piso que arrendaba. Caminaba afirmado de sus manos y sus pies. Una locura. ¿No le dolía la espalda? Pretendí cruzar palabras con él, pero cada vez que le hablaba, meneaba la cabeza hacia un costado en condición confundida. Concluí que no hablaba mi idioma. Y cuando intenté usar el traductor de mi celular en más de 20 países, no reaccionó a ninguno. Supe entonces que, de lleno, no sabía hablar. O al menos si echaba ver de alguno, no era ningún lenguaje conocido. Su estómago seguía rugiendo con fuerza. Me sentí muy mal por su condición. Abrí el refrigerador y tomé dos cosas en mis manos. En la diestra tenía una lata de atún. En la siniestra, una lata de comida para gatos. ¿Cuál de las dos debía ofrecerle? El "sujeto" olisqueó ambas, mostrándose ansioso por probarlas. Sin escatimar en errores, vertí las dos en un cuenco de vidrio y se lo acerqué. Pero esperen. Yo también estaba liada. ¿Debía servírselo en el suelo o en la mesa?

—Ok. ¿Qué prefieres? —consultó.

No se manifestó inoportuno. Por el contrario, solo codiciaba merendar. Se lo dejé en el piso. Automáticamente, degustó los alimentos sin llegar hacer uso de sus manos. Vale…era un tanto salvaje. Me desparramó todo por el suelo. Exhalé con algo de angustia. No comprendía para nada su condición. Pero a vista y paciencia de las circunstancias, me hice un emparedado de jamón con queso y me serví un vaso de leche. Yo también estaba hambrienta.

Me senté frente al ordenador con el propósito de rectificar una de las presentaciones de la Universidad. No pasaron ni cinco minutos, que aquella criatura olfateaba de forma obstinada mi solución lactosa. "Es un gato, Marinette". Me repetí una y otra vez. Le serví un poco en el mismo cuenco que dejó reluciente entre lamidas. Me choqueó el hecho de que usara su lengua para sorber el líquido. Era muy hábil con ella. ¿Qué estoy haciendo…?

—¿Cómo te llamas? —preguntó Marinette. El rubio no le respondió— Ok. ¿Puedo ponerte un nombre? —el chico le observó con curiosidad— Eres un gato negro. ¿Te puedo llamar "Chat Noir"? — ¿Te molesta? —no replicó incomodidad— ¿Entiendes lo que significa? Chat Noir —repitió. Pero él no se inmutó— Joder…vale —suspiró finalmente— Ese será tu nombre por el momento.

—Chat…Noir —balbuceó a duras penas, el ojiverde.

—¡¿Puedes hablar?! —saltó de su asiento, completamente extasiada con su respuesta. No volvió a repetirlo— ¿Qué eres? ¿Humano o gato?

—Chat Noir —respondió.

—Super…—Dupain-Cheng rodó los ojos— Eres un gato negro entonces.

—Chat Noir —reverberó, corriendo hacia su sofá para comenzar a arañarlo— ¡Chat Noir!

—¡Espera! ¡No hagas eso! —advirtió.

—¡Chat Noir! —berreó nuevamente, saltando de un lugar a otro por la casa— ¡Chat Noir!

—¡Basta! —intentó calmarlo— ¡Baja de ahí!

¿En qué mierda me metí? Ok, Marinette. No pierdas la calma. Esto es tu culpa. Acabas de "adoptar" a un gato que no es un gato. Y ahora mismo, se está afilando las uñas con tus muebles. ¿Qué clase de criatura es esta? No logro entenderlo. En vez de estar haciendo tu tarea de la Universidad como mujer responsable, deberías buscar información acerca de este tipo, pensé, rayando en la paradoja de lo absurdo. Y vaya que si lo Googlee. Pero ni si quiera el navegador me dio la razón. Pasé más de dos horas investigando algo acerca de él. Y cuando creí acercarme un poco a la verdad, la CPU de mi ordenador se mareó, creo, y me dio pantallazo azul. Literal, se me apagó el pc. ¡¿Era joda?!

—¡Chat Noir! —expresó el rubio.

Continuaba repitiéndolo. ¡¿Pero qué le pasa?! ¿Era un robot? ¿Lo descompuse y ahora se volvió loco? ¡Deja de ver anime, Marinette! Me rasqué la cabeza. Juro que lo perdí de vista solo dos segundos y ya no estaba. ¿A dónde carajos había ido? De un momento a otro, divisé que estaba parado en el barandal de mi balcón. ¡¿Qué hace?!

—¡Miau! —aulló.

—¡Chat Noir! —vociferó la pelinegra, con el rostro enrojecido de la vergüenza— ¡¿Qué está haciendo?! —despabiló— ¡Chat Noir cállate!

—¡Miau! ¡Meow! ¡Meeew! ¡MAU!

¡Chat Noir! —se espantó— Trágame tierra.

—¡Hey! —protestó un vecino, al otro lado de la cuadra— ¡Callen a ese gato!

—¡Pulgoso! ¡¿Dónde está?! —amenazó una vecina, alzando una chancla en la mano.

Puta vida. ¡¿Qué se supone que hace?! Me callé unos segundos, presentando mis quejas ante un público de malos vecinos. Nunca pensé que mis propios colindantes fueran tan tóxicos. En el utópico caso de tener un gato de verdad. ¿En serio se quejarían así? Salí en su búsqueda, solo para percatarme de que estaba aullando como en época de apareamiento. No. Esperen. No es eso. ¿Podía ser otra cosa?

—¿Qué haces…? —cuestionó atónita la universitaria.

¡Meow! —bramó Chat Noir, regalándole una mirada melancólica en medio de la anarquía de su comportamiento— ¿Meow?

Estaba de lleno, chillando en mi balcón. Pero no eran simples maullidos. No. La criatura vociferaba una melodía muy armoniosa y melódica si se quisiera confesar. Y todo esto, de cara a la luna. Había luna llena. Y no caí en cuenta de ello, hasta cuando lo observé. Llevo 24 años viviendo en Paris. Paris, la capital de Francia. La ciudad del "amor" para muchos. ¿Y nunca miré la luna? Me detuve por solo minutos para contemplarle. Era un satélite maravilloso. Redondo, dibujado con tonos carmesí y dejo de un romanticismo único. Chat Noir no estaba solo gritando de forma enfermiza hacia ella. Me parecía presenciar una especie de ritual sagrado bajo luz. ¿Qué quería transmitirme con eso? Me hipnotizó por unos momentos. Continuó emitiendo gimoteos agudos de forma excelsa hacia aquel astro de luz blanca, sin ningún reparo por mi parte. Lo depuse. Permití que lo hiciera a gusto. Porque al igual que el…me vi atrapada por su magia. Hechizada por su encanto.

¿Era una serenata?

—Miau…—balbuceó Chat Noir, regresando al apartamento. Se restregó contra sus muslos y formuló posteriormente— Meow…prrr…

¿Y a quien iba dedicada?

[…]

—Tienes una cara terrible —dictó Alya Césaire— ¿Qué pasó? ¿La tesis te tiene estresada?

—Dios…—la joven barista tragó saliva, desviando la mirada con nostalgia— Debo contarte lo que me pasa.

A la mañana siguiente.

—¿Qué sucede? —incursionó la morena.

Me reuní con mi mejor amiga en el patio de la Universidad. Ambas estudiábamos en el mismo establecimiento. Solo que ella asistía a la facultad de periodismo y yo a la de arte. Por lo regular, nos contábamos todo. Alya me confesaba sus crímenes y yo los míos. Aunque cabe destacar que mi único pecado fue estudiar algo que no era lo mío. Vamos, que a todos nos ha pasado en alguna vez. No jodan. Intenté a duras penas de tragarme un sándwich de palta con queso. Pero era imposible. Sentí como se me atragantaba en la tráquea.

—No me lo vas a creer si te lo cuento —musitó la estudiante de arte.

—No me tomes el pelo —bufó la chica de anteojos— Mira que te conozco de hace años y sé, que nunca mientes. Vamos. Dímelo. Confía en mí.

—Alya —manifestó Dupain-Cheng, apretando los puños— Estoy tan nerviosa, que me hincho sola. Mi trabajo y los estudios me tienen mal —añadió— Tengo nauseas. Y me duele el estómago.

—¿Félix te hizo algo? —arqueó una ceja con actitud sugerente.

—¿Cómo? —parpadeó atónita.

—¿Estás sufriendo un embarazo psicológico acaso? —se mofó.

—¡¿Qué dices?! —la pelinegra se espantó de golpe tras su pregunta.

—Perdón —carcajeó Césaire— No. En serio —se mamó— ¿Qué pasa?

—¡Esto es serio! —recalcó, sumamente ofendida y protestando a la verdad— Si te cuento. ¿Me vas a apoyar o te burlarás?

—Jamás me burlaría de ti, Marinette —declaró. Mentira. Todos sabemos que lo hace. Pero al diablo con ello— ¿Qué sucede, amiga?

—Te contaré…

Se lo confesé a mi mejor amiga. Porque a pesar del Bullying diario que me hace, seguía confiando en ella. Así de huevona soy. Le conté todo. Sin omitir detalles. Mi éxito en la cafetería Le Miraculous. Mis experiencias con Félix Graham de Vanily. Lo de mis estudios y por último, mi mayor y gran problema por esos momentos: Un gato muy curioso.

Le expliqué que la noche anterior habíamos viajado al puerto de Havre para buscar unas cajas de grano Arábico traídos de la India. Sin saber cómo, cuándo y por qué, un "individuo" en particular se había infiltrado en una de los cajones. Alya me contó que era normal que muchos inmigrantes ilegales del viejo continente emigraran escondidos en los barcos mercantes. Pero no llegué a creer en esa teoría. Chat Noir no parecía ser un gato ilegal. O sea…bueno. Desconocía si tenía chip o si tenia un dueño. Sin desviarme mucho del tema, le narré nuestro encuentro con mucho cuidado, siendo precavida en mis palabras. No sabía si me tomaría por loca. Y le conté sobre aquella misteriosa serenata bajo la luna llena.

—Por cierto, mis vecinos son lo peor —añadió finalmente— Una de ellas amenazó con tirarle agua caliente. Y otra le lanzó una chancla.

—Déjame ver si entendí…—Césaire trataba de no perder la cordura con su historia. Se acomodó los anteojos— ¿Está viviendo contigo?

—Por el momento sí. Tenía mucha hambre el pobre —reveló cabizbaja— Y parecía muy confundido al principio…—hizo una pausa, ruborizándose en el acto— Pero luego…eh. Bueno. Luego de un rato, comenzó a frotarse contra mis piernas. Ronroneaba y demandaba mucha atención.

—¿Entonces…?

—Entonces…nada —la barista soltó una risita nerviosa— Yo solo dejé que pasara la noche conmigo.

—¿Y donde durmió exactamente? —curioseó la periodista.

—En la tina…—admitió abochornada— Por alguna razón, le gustó ese lugar. Te juro que traté de convencerlo de que usara el sofá. Pero insistía con meterse ahí. Creo que le gusta el frio —añadió— Cuando abro el refrigerador, quiere meterse ahí dentro. De hecho, ahora que lo pienso…—redundó un poco mas en el relato— su calor corporal supera el normal de lo habitual.

—Tal vez vivió en algún lugar con nieve o bajas temperaturas ¿No crees? —la morena extrajo su móvil desde su bolsillo y comenzó a teclear en la pantalla— ¿Qué raza de gato es?

—No tengo la menor idea —la pelinegra se tomó la cabeza— Me pasé en vela buscando por el internet. Pero no es ninguna "especie" que haya visto antes.

—¿Pero te lo piensas quedar?

—Bueno…—desvió la mirada con timidez— No puedo simplemente echarlo a patadas ¿Sabes? Creo que está solito en Paris…

—Está bien, amiga. Te creo —dictó Alya, brindándole una sonrisa afable mientras le palmeaba la espalda— Te ayudaré con él. Mi papá trabaja en el zoológico. Y sabe demasiado sobre animales. Llévame esta noche a conocerlo y veré que puedo hacer.

—¡Gracias Alya! ¡Eres lo máximo!

Admito que esa conversación me quitó un peso gigantesco de encima. Lo digo porque de verdad no sabía que demonios hacer con él. Esa tarde fui a trabajar como de costumbre, intentando esconderme en los baños para ver documentales del Animal Planet en el celular. Solo deseaba ver si encontraba algo que me ayudara a aclararme. Pero no pillé nada. Y comenzaba a frustrarme un poco. Félix se percató de mi torpeza a la hora de laburar. Pero no hizo comentarios al respecto. De alguna forma sentí que se sentía en deuda conmigo y no pretendía abrumarme mas de lo que ya estaba.

Al caer la noche, regresé a casa en compañía de mi camarada con la esperanza de que por lo menos, me echara una mano con el asunto. Cuando llegamos, todas mis cosas estaban desparramadas por el suelo. Era como si una tormenta hubiese arrasado con todo. El papelero regado, las plantas en el suelo, la ropa de cama arañada y las cortinas mordisqueadas. ¡¿Qué demonios había pasado?! Para colmo no había rastros de Chat Noir. Temí lo peor. Ni si quiera estaba en la tina como se suponía. Oh…no. Era la peor cuidadora de animales del planeta tierra. ¡Mi gato huyó! Me sentí desalentada por su ausencia. En cuanto me dispuse a mirar por el balcón, un maullido conocido me alertó. Ahí estaba. Arriba del tejado de uno de mis vecinos. ¡Dios santo me lo van a terminar matando!

—¡Chat Noir! ¡¿Qué haces ahí?! —protestó Marinette, llamándolo a gritos— ¡Baja de ahí!

Inexplicablemente me obedeció. Apenas me vio, se dio un acrobático brinco hacia mí, abalanzándose sin premuras hasta hacerme caer de espaldas a la alfombra. Yo no estaba impresionada. Al parecer, esa era su forma de demostrar afecto. Pero Alya…estaba de piedra observándonos.

—Madre mía…—exclamó, pasmada con lo que sus ojos marrones presenciaban— ¿Estás segura de que esto es un gato, Marinette? Parece más bien salido de Chernóbil.

—No exageres. No está tan deforme —se levantó del suelo, frotándole el mentón con cariño a la criatura— Míralo. Es muy lindo.

—Claro…muy lindo y todo —Alya rodó los ojos con ironía— Pero te ha destrozado el apartamento.

—Chat Noir —rezongó la ojiazul, tomando una postura muy severa con el— Mira lo que hiciste en la casa. Esto no está bien. No puedes volver a hacerlo.

—Meow…—Chat Noir inclinó las orejas hacia abajo con actitud arrepentida.

—¿Cómo entiende lo que le dices? —pestañeó repetidas veces con extrañeza.

—No tengo la menor idea —resopló la estudiante de arte, en lo que levantaba las plantas del suelo y ordenaba un poco— Mi gato entiende lo que le digo, pero yo no entiendo lo que el me dice. Comienzo a pensar que la retrasada soy yo.

Definitivamente.

—Gracias, eh —le lanzó un cojín, enfurruñada por su broma— Bueno. ¿Me ayudarás a averiguar más de él, si o no?

—Eh. Claro, claro —la morena se arrimó a ella, echándole una mano para limpiar— Pero primero ordenemos un poco y ya averiguaremos.

Nos demoramos casi una hora en poder arreglar toda la cagada que Chat Noir había dejado en la morada. Él nos observaba atentamente, sentado sobre el sofá de la sala. En algún punto, se bajó y sentí como si quisiera ayudarnos a limpiar el desmadre. Cogió una escoba entre sus manos y nos miró con aires de circunspección. Estoy segura de que me dijo: Perdón. ¿Te ayudo? Con esos penetrantes ojos esmeralda. Pero claro…no hablaba mi idioma. Antes de comenzar con la "investigación", nos sentamos a comer algo. Alya pidió pizza. Y mientras comíamos un trozo cada una, nos metimos de lleno en el computador.

—Le he enviado las fotos que le saqué a Chat Noir a mi papá —indicó Césaire con optimismo— Pero me respondió: ¿A que fiesta de disfraces fueron?

—Eso no es de mucha ayuda —exhaló malograda la ojiazul.

—No te desesperes. Vamos a repasar los hechos primero —dilucidó su compañera.

Claro. Lo primero es lo primero. Porque si lo primero hubiese sido lo segundo, ya no sería lo primero. Si no lo segundo.

Bien. Recapitulemos. Chat Noir había llegado desde un barco que provenía de la India. Repasamos el guarismo del navío, junto con el numero de seguimiento del despacho y la patente de la empresa que lo trajo. Solo habían hecho dos paradas en el camino. Y ambas en dos puertos de Sri Lanka, ya que el cargamento era de café y té. Por lo tanto, no había sentido en que, por ejemplo, se haya subido en la isla. Estaba mas que claro, que abordó el carguero desde el mismo puerto de Mumbai. Sin embargo, mi gato no habla hindi. De hecho, había probado con ese idioma desde el principio y no funcionó.

Alya comenzó a indagar un poco mas allá. Los dueños de la empresa, comerciaban principalmente con chinos. La india y china están básicamente al lado. Pero tampoco hablaba chino. Examinamos un mapa sobre las rutas comerciales mas transitadas desde china hacia la india y nos percatamos que en medio de todo, se encontraba un país en particular llamado Nepal. Nepal se situaba en una amplia cadena cordillerana que surcaba todo el límite entre ambos países y que colindaba con un territorio conocido como: El Tibet. Ese sector tenía por nombre: Los Himalayas. Alya me había comentado que a Chat Noir le gustaba el frio y que posiblemente, provenía de un lugar con bajas temperaturas. ¿Podía ser posible…que hubiese bajado de las montañas del Himalaya para llegar a Nueva Dheli y desde ahí, subirse a un barco? Todo concordaba. Y tenía lógica. Ya que nunca se me ocurrió utilizar un idioma como ese.

Nos cruzamos miradas victoriosas. Era lo más cercano que teníamos hasta el momento para averiguar un poco de su historia. ¡Bingo! Nos abrazamos con jovialidad. Estaba muy feliz de por fin tener claridad en mis ideas. Para celebrar nuestro descubrimiento, decidimos coger otro trozo de pizza. Pero al voltearnos, notamos que la pizza ya no estaba.

—¿Qué demonios…? —pestañeó Marinette.

¡¿Y dónde está la pizza?! Chat Noir estaba hecho bolita en el suelo. Nos miró y automáticamente eructó un pedazo de salchicha. Vale…a mi gato le gusta la pizza. ¡¿Pero tenía que comérsela toda?! Me quise matar.

—Tranquila —bufó Césaire con diversión. Se levantó de la silla para inclinarse hacia la criatura y tomó su celular con ayuda de un traductor— Ahora sabremos si realmente habla algún idioma o no —acercó el dispositivo a su boca y carraspeó atenta— ¿Lista?

—Lista…—asintió la barista.

Estábamos expectantes. Recé para que al menos así fuese. Odiaba no poder comunicarme bien con él.

—Mi nombre es Alya Césaire —le habló al muchacho— ¿Cuál es tu nombre? —el traductor tomó su voz y tradujo de vuelta.

Chat Noir levantó las orejas instintivamente, alertado por lo que el móvil le traducía. Nos miró y se alegró, al punto de esbozar una sonrisa blanca casi…perfecta. Oh dios. ¡Oh dios! ¡Si nos entiende! Iba a decir algo. ¡Iba a respondernos! ¡Habla, Chat Noir! ¡Habla! ¡Di algo! ¡Lo que sea!

Tapā'īlē malā'ī kē.

—¿Qué? —Marinette permaneció en shock. No entendía un carajo. Pero al menos respondió algo— ¿Qué acaba de decir? —zarandeó a su compañera— ¡Alya! ¡¿Qué dijo?!

—¡Marinette! ¡Cálmate o te calmo a putazos! —protestó la morena— Chat Noir habla Nepalí.

—¡¿Nepalí?! ¡¿Eso existe?! —chilló.

—Claro que existe —reanudó la conversación, ajustando el traductor al idioma que correspondía— Este… ¿Entiendes lo que te digo? —le consultó.

—Hō mailē bujhēṁ —asintió el rubio, sentado sobre su trasero con total normalidad— Si. Entiendo.

—¡Siiii! —Dupain-Cheng saltó de la emoción— Esperen —se calmó— Aunque eso significa…

—Si. Significa que…—agregó Alya.

—¡Mi gato puede hablar! —saltó, sobre extasiada con su hallazgo.

—¡No, tonta! —le dio una bofetada— Significa que no es un gato. Dios…—Alya se cubrió la cara con la palma— Abre los ojos. Es una persona…en un curioso traje de gato negro, creo…—ok, ni ella se lo creía del todo. Negó con la cabeza, tratando de no volverse loca en el proceso— Esto es lo mas bizarro que me ha pasado en la vida— Chat Noir… ¿De dónde vienes?

—Svarga kō —contestó— Del paraíso.

—¿Ah…? —la joven estudiante de arte se paralizó unos instantes, percatándose de la seriedad ejercida en sus declaraciones. El parecía estar muy seguro de lo que estaba diciendo. Y de hecho…le pareció sumamente atrayente— ¿Cómo que del paraíso? —volvió a consultar.

Chat Noir entendía lo que le preguntábamos. Pero se mostraba profeso de vivir una realidad completamente distinta a la nuestra. Era lo mas similar a una persona…salida de un cuento de hadas. ¿Y si tal vez era un esquizofrénico o algo así? Comencé a cuestionarme la idea de que quizás se había escapado de algún manicomio en el Tibet. Bueno, todo es posible. ¿No? No pude aguantarme las ansias de saber más de él. Tomé mi teléfono y se lo programé con el traductor. Quería que el mismo nos respondiera con total soltura. Se lo entregó en sus manos. El aceptó, rozando mis dedos en el proceso. Sentí un escalofrío muy morboso recorrer mi espalda. Era increíble. Comenzó a hablar en su idioma y bueno…la tecnología hizo lo suyo en comprendernos mejor.

—He emprendido un viaje. El anciano me lo pidió —reveló el muchacho— Es la prueba final para alcanzar la luna. Busco a mi diosa.

—¿Anciano? ¿Luna? ¿Diosa? —Dupain-Cheng tragó saliva con dificultad, atragantada de la impresión— ¿Qué me estás contando…?

—La diosa de la luna —informó el chico— El profeta demanda que me una a ella.

—¿Profeta? —Alya Césaire intentaba poner paños fríos a tales revelaciones— ¿Eres miembro de alguna secta satánica o algo así?

—¿Secta? —Chat Noir inclinó la cabeza hacia la derecha, confundido— ¿Qué es una secta satánica?

—¿A que diosa buscas? —le interrogó la chica de anteojos, esta vez frunciendo el ceño.

—A ninguna —asintió, observando fijamente a Marinette con dejo de intensión en la mirada— Ya la he encontrado.

—Coño…—la joven barista comenzó a exasperarse. Su respiración se crecentó de una forma estratosférica, casi quitándole el aliento. Estaba muy revuelta— Alya…

—Eh. Marinette —Césaire gesticuló una risotada intimidante, tomando a su amiga del hombro— ¿Podemos hablar un momento? —la jaló un poco más allá— ¿Qué mierda está pasando?

—Yo…n-no lo sé —la ojiazul se expresó abatida con la información— No entiendo muy bien. Dice que soy su diosa o algo así.

—No. Escúchate —la sujetó de los brazos, clavándole con certeza sus designios— Este sujeto suena medio trastornado. ¿Has escuchado todo lo que dijo? No es normal.

—¿Por qué de pronto lo juzgas así? —espetó.

—No lo sé, Marinette. Pero hasta no conocerlo bien…no podemos arriesgarnos —le advirtió, muy preocupada.

—No hare daño —interrumpió de pronto el rubio, con la ayuda del celular aún en sus manos— La diosa ha hablado. Me dio un nombre. Soy Chat Noir. Ahora le pertenezco.

—¿Qué estás…? —la periodista se ofuscó de golpe.

Me vale cuatro hectáreas de queso cheedar lo que piense Alya en estos momentos. Es la primera vez que alguien me llama de esa manera. Y no puedo evitar sentirme increíblemente agradada por eso. Quizás mas de alguno me tomará por loca. Pero aquel gato que pensé que apadrinaría de forma inocente, resultó ser una especie de hombre fanático religioso. Cruzó los Himalayas y tomó un barco solo para venir a decirme en mi cara, que yo era su diosa. Por supuesto que me explotó la cabeza. Era una reacción común en mí. Otros se hubieran espantado y le hubieran denunciado a la policía como un psicópata serial. Pero para mí…fue la declaración más romántica que jamás llegué a escuchar. Ni si quiera Félix me daría tal titulo de nobleza. Chat Noir continuaba mirándome de una forma tan servil y sumisa, que no supe cuestionar sus intenciones. No las rebatí. Me encontraba en proceso de asimilar todo, cuando me tomó la mano y sorpresivamente, se paró en dos patas como un humano.

Me ruboricé de golpe. Me llevó hasta el balcón y apuntó a la luna. ¿Qué estaba queriendo decirme? Balbuceó algo en su idioma y comenzó a emitir maullidos otra vez. Era como…si me invitara a hacerlo con él. O mas bien, presenciarlo. ¿Aquella serenata era para mí? Me congelé.

—Amiga —Alya le alcanzó, tomando sus manos— ¿Estás segura de esto…?

—Alya. Yo creo que debemos seguir investigando —rezongó la pelinegra— Aquí hay muchas cosas que aun no comprendo.

—¿No deberíamos entregarlo a las autoridades? —sugirió temerosa la reportera.

—¿Confías en mí? —le indagó su camarada.

—Pero…

—Respóndeme.

—Ahg…dios —la chica de tes trigueña hizo una pausa, suspirando rendida a su interpelación— Si. Confío en ti.

—Gracias, Alya —le abrazó con fuerza— Gracias a ti, ahora sé cómo comunicarme con él.

—¿Qué vas a hacer, chica? —consultó, no convencida con su decisión.

—Por el momento nada. No nos apresuremos —declaró Marinette, echándole una ojeada rápida a su nuevo compañero— Después de todo…este chico no resultó ser un gato. Y si hubiera querido hacerme daño, ya lo hubiera hecho desde el primer día que lo vi.

Comprendí a la perfección el reconcomio alarmante de Alya. No iba a juzgarla por ello. Era mi mejor amiga después de todo. Nos conocíamos desde la secundaria. Obvio que estaba preocupada por mí. Pero yo…no percibí peligro en aquel muchacho. Desde que llegó a mi vida, las cosas en mi interior habían comenzado a mutar de una manera muy garbosa. Mi vida en el exterior estaba repleta de bendiciones superficiales. Pero por dentro, aún me reparaba hueca. Como si algo más me faltara. Y Chat Noir me daba esperanzas de un sentimiento que ni yo llegué a comprender. ¿Tal vez me faltaba mas espiritualidad? ¿Fe? ¿Magia? ¿Algo un poco mas profundo? No lo sé. No tenía las respuestas a esas interrogantes. Solo podía restringirme a confesar, que nada malo iba a pasar. No lo ratificaba por ser ignorante o virgen. Si no, porque en verdad me sentía salvaguardada por tal hombre. Un hombre misterioso del cual apetecía con codicia, averiguar un poco más.

Me despedí esa noche de ella, manifestándole mi decisión sin premuras ni tapujos. Alya Césaire se quedó ligeramente mas tranquila. Prometí mantenerla al tanto de todo. Ella sería mi guía en el transcurso de las cosas y mi confidente mas leal. Me pidió jurarle, que en caso de malestar le llamase de inmediato, fuese la hora que fuese. Acepté con devoción sus intenciones y la despaché en un Uber. Cuando regresé al apartamento, Chat Noir estaba sentado en el barandal del balcón. Lo vi hipnotizado por la luna. No quise interrumpirle y me encerré en el baño para lavarme la cara y los dientes.

Algo en mi corazón me decía que mi vida estaba a punto de cambiar. Nuestro encuentro no era una mera coincidencia del universo. Era algo mas bien destinado a ser. Y bajo ese juramento, me metí a la cama. En medio de la penumbra, Chat Noir regresó al comedor. Se paró en el marco de la puerta de mi habitación y dijo algunas palabras que no llegué a entender. No era mi idioma. Se acercó a mí, me arropó como solía hacerlo mi papá y se fue a la tina del baño…

¿Qué me depara el futuro…?

[…]

—¡Buenos días, Marinette!

—¡Buenos días, señor Ramier! —le saludó Marinette, con total normalidad.

—¿Aún enamorada de Félix Graham de Vanily? —emitió en una risa afable.

Ok…el señor Ramier también lo sabe. Pero está claro que un "pajarito" se lo contó. Fulminé con la mirada a Edgar. Se estaba picoteando las alas. Pero igual lo puse incomodo. A la próxima, lo hago parte del menú de Kentucky Fried Chicken. Esa mañana asistí a la universidad como de costumbre. Aunque no sin antes trazar un par de reglas que Chat Noir debía seguir y que detallo a continuación.

No arañar los muebles.

No destruir las plantas.

No salir de casa por nada del mundo. Hasta que yo llegara.

No maullar en los techos.

No comerse todo lo que había en el refrigerador.

No ingresar a mi cuarto.

Ser un buen gato.

No eran reglas tan estrictas. Pero sin duda nos ayudarían a convivir mejor. Afortunadamente el las comprendió todas. Chat Noir era muy servicial y obediente. Ni si quiera las cuestionaba. Solo asentía a cada una y sonreía muy satisfecho con ellas. Tuve un día relativamente tranquilo. Luego de mis clases, me fui directo al trabajo. Félix estaba de muy mal humor. Nunca lo había visto así. Uno de los críticos mas importantes de la industria cafetera visitaría nuestro restaurante la semana entrante. Traté de omitir sus malas caras. Pero cada vez que podía o sentía la ocasión, humillaba a alguno de los trabajadores. Esa actitud no me gustó del todo. Pretendí hacerle cara al asunto, pero en cuanto me miraba fijamente a los ojos yo…me derretía ante sus encantos. No. No puedo competir con él. Es muy autoritario. Y esa forma de ser tan déspota, de alguna manera como mujer me hacía sentir atraída por él. Una porquería, sin duda. Porque ahora mismo…tenía a un fiel sirviente esperándome en casa. Mientras otro inmiscuía al mundo en una red de amargura y odio que pocos comprendían. Solo yo.

Afortunadamente Alya continúo ayudándome con "mi mascota". Apenas salí de mi turno, ella vino a buscarme. Ya que ambas sabíamos que nos haríamos cargo de este chico gato, pasamos a un PetShop a comprar todo lo necesario para él. Vamos, que hay que ser responsables con tus gatos. Adquirí un rascador, una caja sanitaria y una bolsa de arena. Incluso me di el atrevimiento de comprarle juguetes y un collar con cascabel. Yo seguía ensimismada con la idea de que era un gato. Pero mi amiga insistía en que no lo era. Y que, si continuaba tratándolo como tal, todo se iría por el drenaje. Soy una chica muy terca. Muy llevada a sus ideas. Si tan solo le hubiera hecho caso antes…no me habría topado con la escena que a continuación relataré.

Cuando aparqué en el estacionamiento, noté que las luces de mi apartamento estaban encendidas. ¿Chat Noir había estudiado el cómo prenderlas? Me pareció muy inteligente de su parte. Muy oportuno por lo demás. Acepté la idea de que encontraría todo en su lugar, como acordamos en la mañana. Y de hecho así fue. Cuando ingresamos a la casa, todo estaba en orden. Eso me alivió muchísimo. Dejamos las bolsas en la cocina y las cajas de sus accesorios en el comedor. Le llamé. Pero no contestó por su nombre. Busqué en el baño y en el balcón y tampoco lo hallé. Joder… ¿Dónde podría estar?

A sabiendas que le había prohibido ingresar a mi cuarto, de igual formas incursioné en el en compañía de Alya Césaire. Pero cuando abrí la puerta…mi sorpresa fue mayúscula a niveles estratosféricos. Era un muchacho. Si. Un hombre. De pies a cabeza. De estatura medía 1.78 metros quizás. Tes anémica, cabellera rubia, ojos esmeralda y una prominente anatomía muy marcada por un trabajo físico. Estaba de pie, hurgueteando la televisión de mi cuarto. Apenas me vio, se alegró con alegoría.

Pero yo, indiscutiblemente avergonzada y muy intimidada, me cubrí los ojos de lleno. ¡PORQUE ESTABA DESNUDO!

Oh la la —farfulló Alya, con un rubor notorio teñido en sus pómulos— Pero ¿Qué tenemos aquí?

—¡Alya! —bramó Marinette, completamente sonrojada— ¡¿Qué haces?!

—Nada mal ¿Eh? —siseó con voz lasciva en sus labios. Le había examinado por completo en una vista de principio a fin— El muchacho tiene lo suyo.

—¡¿Qué dices?! —vociferó Dupain-Cheng, separando los dedos para mirar también. ¡¿Pero que mierda?! — ¡¿Qué es esto?!

—¡Chat Noir! —aulló el chico de forma jovial.

¡NO! —rezongó la pelinegra.

¿Qué mierda había pasado? Traté de explicárselo a Alya. Pero ni yo entendía del todo que fue lo que me encontré. En la mañana había dejado a un gato. Y en la noche lo que me topé…fue a un muchacho de mi edad, como dios lo trajo al mundo. Ni si quiera se mostraba avergonzado. Por el contrario. Era como si para él, fuese normal estar así. En bolas. Me quise morir. Instintivamente eché a mi amiga de la pieza, cerrando la puerta de golpe para que no siguiera mirándolo. En serio, no me sentí bien. Por alguna razón, algo de culpa me invadió la conciencia.

—¡Chat Noir! —protestó Marinette. Entre molesta y muy agraviada de vergüenza— ¡GATO MALO!

¿Alguien me quiere explicar? Yo era una mujer soltera. Obvio no tenía ropa para varones en mi casa, por una cuestión natural. Ni si quiera sabía como abordar el tema. Solo atiné a cubrirle por la cabeza con una manta que descansaba en mi ropa de cama y lo jalé de la oreja hacia el living. Chat Noir emitió un alarido en respuesta. Seguramente el tampoco comprendía mi reacción. Se manifestó muy confundido. Nos reunimos los tres en el comedor. ¿Pero que chucha? Alya se acercó a mi oído y musitó.

Te dije que no era un gato.

—Ya basta —espetó la ojiazul, totalmente ruborizada.

—Vamos, Marinette —murmuró otra vez, de manera provocativa y morbosa— ¿Pero ya viste ese tamaño? Es increíble…

—¡Alya! —vociferó Marinette, con el corazón a mil por horas— ¡Deja de verle sus cosas! —se defendió, muy injuriada— ¡No mires más, por favor!

Chat Noir tomó el celular y convocó al traductor. Deseaba transmitir algo.

—Perdón por mi agravio —reveló el chico caucásico— Ya no hay luna. Soy un ser mortal como todos.

¿Pero que estaba confesándome? Solo bastó ese encuentro para convencerme en definitiva que no era un gato como pensé. Entiendo que sea una chica sin contacto con el sexo opuesto. Pero eso no me rebajaría a abusar de un chico que no sabía si quiera cual era su nombre real. Me sentí realmente fatal, sin mentirles. El pobre estaba desnudo, despojado de prendas de vestir. Y yo le había comprado un rascador y arena. ¿Qué me pasa? Empecé a cuestionar mi sanidad mental. Cuando me profesé muy apenada, Chat Noir me tomó las manos y me miró con ternura. El, mejor que nadie entendía mi angustia. Negó con la cabeza. No deseaba hacerme sentir mal. Por el contrario. Transmitía mucha paz y al mismo tiempo un sentimiento de respeto hacia mi persona que me hizo dudar de mi sensatez. ¿Qué sucede?

—Yo quiero entender —el celular tradujo— No sentirse mal. Yo aprender. Por favor, enseñarme. Jurar ante la diosa que voy a ser un buen gato como prometí.

¿Qué me dices, Chat Noir? ¿En serio? Mi cabeza parecía un huevo frito. Estaba confundida y por alguna razón, había optado un papel de madre hacia aquel chico. Un rol que no me correspondía llevar. Pero como dije anteriormente, el me entendió. Y sin revelar atisbos de duda, me confesó.

—Diosa. Usted enseñar costumbres —murmuró el ojiverde— Y yo aprendo. Estoy a su disposición. Dígame que hacer. Juro no defraudarla.

¿Qué debo hacer ahora…?