—¿Te parece que sea apropiado vestirlo de esa forma, Marinette? —Alya Césaire pregunto, con una gotita deslizándose por su sien.
—Lo siento…Chat Noir —confesó apenada la pelinegra, intentando no soltar una risotada de burla— Pero es que no tengo ropa de varón…
Si. Ahí estaba. Usando mis calzones, mi polera y mi falda favorita. Al menos no le vi molesto. Por el contrario, se expresó bastante cómodo. Me abrazó muy efusivo incluso. Se llevó el celular a la boca y tradujo.
—Yo estar agradecido por tu compasión.
—Genial. Ahora parece Tarzán travestido —la morena se dio un palmetazo en la cara— Yo creo que mejor le pones un pijama.
—Tienes razón —suspiró rendida la experta en cafés— Iré por algo más cómodo para el…
Encontré en mi closet un conjunto de dos piezas, de mi pijama de invierno. Era rosado con caras de perrito. Pero el chico nuevamente me agradeció con un abrazo. Le importaba bien poco el color. Posiblemente, ni si quiera conocía los estereotipos como concepto. Y eso me agradó bastante. Significaba que no era una persona prejuiciosa en lo absoluto. Aprovechamos el momento para preparar algo de cenar y lo sentamos a la mesa. Esta vez, me aseguré de enseñarle a como reclinar la espalda recta sobre la silla y usar el trasero en vez de sus manos y pies. Vislumbró todo de maravillas. Aunque aún miraba de manera despectiva los cubiertos.
Comprendí que tendría que enseñarle todo de cero sobre nuestras costumbres. Nuestra cultura. Y, sobre todo, nuestro idioma. No podía estar usando el traductor para todos lados. Ahora mismo, lo que más me tenía preocupada era investigar más sobre él.
—Lamento tener que interrogarte, Chat Noir —se excusó Dupain-Cheng— Pero necesitamos comprender un poco más sobre esta situación —el rubio aceptó sin chistar— ¿Cómo es que…eres un chico ahora? ¿Qué pasó con tu traje? —le acercó el teléfono para escuchar lo que transmitía.
—El espíritu del guardián cuando no hay luna —manifestó con voz templada— duerme.
—¿Y de dónde sale ese "espíritu"? —examinó la periodista, grabando todo en una cámara de alta resolución.
—Aquí —señaló un anillo de plata que descansaba en su dedo anular— Protector del guardián. Soy yo.
—Comprendo —anotó la investigadora en una libreta— Debo admitir que esta es la mejor entrevista que he dado en mi vida —le murmuró a su amiga en el oído— Entonces…este artefacto se activa con luna y sin luna desaparece.
—No hay luna —volvió a repetir el joven, apuntando hacia el cielo por el balcón.
—Vale. Entonces…vamos a verlo bien —la chica de anteojos se levantó de la mesa y sacó su laptop portátil. Tecleó un par de cosas y les mostró a ambos— Supongamos que esto funciona con las fases lunares. Esta tiene más de 20. Pero solo conocemos cuatro de ellas: Luna nueva, Cuarto creciente, Luna llena y Cuarto menguante.
—Luna nueva —observó la estudiante de arte en la pantalla— Es cuando no se ve visible. ¿No? Porque el sol no le da la luz directamente.
—Así parece. Esta fase dura cuatro días —añadió la morena— Por lo tanto…cuatro días al mes, en donde no habrá presencia de luna…Chat Noir será un hombre común y corriente.
Todo muy descabellado. Pero tenía sentido si examinaba la apariencia masculina de mi nuevo compañero de piso. Esa noche, descubrí que Chat Noir no era un gato como tal. Si no un muchacho vestido de él. Pero tampoco era "un simple disfraz". Esa apariencia conllevaba una personalidad distinta a la suya. O más bien, una forma de actuar un tanto más silvestre. Ok. Ya me convencí. No hacía falta seguir dándole vueltas al asunto.
El problema era poder sobrellevarlo de la mejor forma posible. Con naturalidad, me refiero. Era un caso atípico. No es como que todos los días te topes con personas felinas. Aunque Chat Noir nos dejó en claro una cosa: El hecho de que no lo hayas visto antes, no quiere decir que no exista. Y vaya que tenía razón. Nos contó sobre una aldea escondida en los Himalayas, en donde todos eran como él.
—¿Así que todos ahí tienen un anillo como el tuyo?
Le pregunté. A lo que nos contestó que no. Solo el protector de él, el elegido, podía portarlo. Ya que el espíritu de aquella criatura era salvaje. Y debías tener un entrenamiento muy arduo y duro para manejarlo a la perfección. Al cabo de una hora, Alya se sentía agotada con tanta información. Ella estaba convencida de que aquel muchacho, el líder de una secta satánica. Pero yo no tenía pruebas para inculparle de tal acontecimiento.
—Mañana es sábado y Félix me lo ha dado libre —le comentó Marinette a su amiga— ¿Me acompañarías a ir de compras? Chat Noir necesita ropa acorde a su género…creo.
—Marinette… ¿estás segura de continuar con esto? —cuestionó Césaire, un tanto preocupada— ¿No has pensado en que quizás tenga algún desorden de personalidad? No lo sé. Quizás, problemas neuro divergentes.
—Tal vez —exhaló rendida la ojiazul— Pero en serio. ¿Eso le hace merecedor de ser tratado de forma distinta al resto?
—N-no…no digo esto. Pero es que…
—Si está confundido, vamos a ayudarle —asintió, esbozando una sonrisa cariñosa—¿Sí? Y tú me ayudarás.
Me salió algo dura mi amiga. Pero tampoco quería presionarla con todo esto. Yo ya tenía suficiente con el tema. Y eso que me metí en el completamente gratis. Me ofrecí a llevarla a casa en mi auto. Cuando volví al apartamento, nuevamente me hallé a solas con el muchacho rubio de los Himalayas. Sonará paradójico, pero cuando lo vi parado en el balcón contemplando la noche parisina, un efecto muy cálido me atiborró el pecho. Apenas sabía quién era. Pero me pareció como si le conociera de toda la vida. Como un sentimiento familiar. Yo era hija única. Nunca tuve hermanos varones. Mi única imagen recia era mi padre y mi abuelo. Quizás por eso esa necesidad de querer protegerle de todo mal, sin saber un carajo de él. Me acerqué a él a pasos blandos para no asustarlo.
—Chat Noir…—consultó, desviando la mirada con encogimiento— ¿Te gustaría darte un baño antes de dormir?
Desde que llegó, tampoco se había duchado. No es que oliera mal…pero pensé que quizás después de un viaje tan extenso le hubiera gustado eso. Si su historia era verídica y pasó tantos años en las montañas, estaba demás saber que no conocía lo que era eso. Cuando le pregunté, no estaba usando el traductor. Pero se volteó y me regaló una mirada de manera sincera. Empecé a sospechar que usaba telequinesis para comunicarse conmigo. ¿En verdad sabría lo que estaba pensando de él, en esos momentos?
Como humano Chat Noir me resultó…muy guapo. Me gustaba la forma en la que sus ojos se empequeñecían cuando sus pómulos se levantaban en una sonrisa. A veces incluso, se sus pupilas titilaban.
¿De qué planeta vienes? ¿Eres Venusiano?
—Eh…—despabiló— Vamos —le tomó de la mano.
Lo llevé hasta el baño solo para mostrarle que la Tina no era un lugar adecuado para seguir durmiendo. Al principio se mostró retirado de su concentración. Pero cuando le mostré lo que pasaba cuando abrías el grifo y ponías un tapón, se emocionó bastante. El agua caliente no tardó en llenar la tina. No tenía ni un maldito artículo de aseo masculino. Me golpeé la cabeza contra el botiquín. Recordé que cuando iba a casa de mis otras amigas mujeres, las muy astutas siempre tenían alguna cosa de chico. Claro…seguramente por si pasaban la noche con alguno. Hasta Alya tenía dos cepillos de dientes. Uff…definitivamente debía madurar. Entiendo a la perfección que haya hombres que ni se bañen. Pero yo no permitiría eso. Quien durmiera conmigo, se iba perfumado al otro día o no ponía un pie en mi vida otra vez.
Aspiré hondo y cuando me cercioré de que la temperatura del agua fuera adecuada para él, le dejé el jabón y mis cosas al borde de ella.
—Listo. Ya puedes meterte —agregó, dejándole una toalla limpia en la tapa del WC— Yo estaré en la cocina lavando los platos. Si necesitas algo, solo…eh. Maúlla —bufó, saliendo del cuarto.
Me sentí satisfecha con mis intenciones. Me retiré a hacer mis cosas como de costumbre. Ordené el salón, boté la basura, me cambié de ropa y me serví un vaso de jugo para irme a la cama. Estaba esperando a que Chat Noir saliera del baño. Pero había pasado media hora y aún nada. Comencé a preocuparme porque tampoco "maulló" en el proceso. ¿Le habría pasado algo
Llamé a la puerta. Nadie me respondió. Volví a tocar más de una vez y tampoco nada. Dios santo. Que estúpida. Abrí la puerta de golpe, ya bastante preocupada. El rubio estaba literalmente desmayado boca abajo en la tina.
Lo maté, señores. ¡Me van a condenar a cadena perpetua! Corrí para auxiliarle. ¡¿Pero qué demonios pasó?!
—¡¿CHAT NOIR?!
Recé para que siguiera con vida. Cuando logré que reaccionara, comenzó a toser fuertemente, soltando eructos con forma de burbujas. No podía ser posible ¿O sí? Divisé el frasco de jabón en el suelo. Si. Si es posible.
—¡Esto no se come! ¡Gato malo! —le regañó.
Ya. Pero ¿Quién me manda también? Ni si quiera le expliqué para que servían cada cosa. Me quería tirar por un puente de lo descuidada que fui. Pude haberlo matado, literal. Afortunadamente seguía con vida, pero con una expresión nauseabunda de los mil demonios.
—Ok…si no te molesta…te ayudaré —se ofreció con un rubor sobrio en sus mejillas— Pero será la primera y última ¿Ok? Aprenderás a como se baña uno.
El me confirmó con la cabeza, soltando una lagrimita en el ojo derecho. Pobre…de pronto sentí que me quería abrazar. Pero opté por dejarlo sentado en la tina. ¡Ni se te ocurra pararte, joder! Con mucha paciencia, le enseñé el propósito de los tubos y para que funcionaba cada cosa.
—El de etiqueta verde es el champú. El de etiqueta roja el jabón. El de etiqueta rosa el bálsamo. El de etiqueta azul es el exfoliante de piel. El de etiqueta amarilla es la crema de ducha —y continuó.
¿Qué? ¿Creen que me pasé de vergas? Ja. Esperen a ver cuándo use mis Skinmask. Esa noche lo bañé, como si estuviera bañando a mi mascota. Su cabello quedó sedoso y reluciente. Chat Noir entendía todo. ¡Era tan inteligente mi gat-…digo, mi compañero! Me sentía tan bien con mi trabajo. Le pasé una toalla. Y cuando me iba a levantar para irme, noté que algo brillaba alrededor de su cuello. Me arrimé a él, percatándome de que era un collar. Una cadena mas bien.
—¿Es de oro real…? —parpadeó.
Oh sí. Era de oro. Puro y pesado oro. Seguramente valía una fortuna. ¿De dónde había sacado alto tan costoso como eso? Colgaba con una medalla rectangular. Quise tocarla, pero Chat Noir me detuvo, sujetándome con fuerza la muñeca. Se mostró temeroso. ¿Qué era aquella que escondía con tanto recelo?
—Tranquilo…prometo no quitártela. Confía en mí.
Intenté apaciguar su actitud, mostrándole una mirada serenada. Me había dejado bañarlo, tocarlo, pero no manosear aquella joya. Por lo que supuse que era más valioso que su propio cuerpo o su vida. Logré sostener el galardón entre mis dedos al cabo de unos segundos. Citaba: Adrien-un apellido borrado. Francia. Y una fecha de nacimiento. Casi me fui de espaldas. ¿Tenía nombre realmente…?
—¿Eres francés…? —parpadeó, atónita— ¿Como yo? —no respondió nada. Solo se limitó a desviar la mirada— ¿Te llamas Adrien?
—Chat Noir —balbuceó.
No, demonios. NO. Definitivamente ese no era su nombre. Se llamaba Adrien. Justo cuando creí tener todas las respuestas más o menos resueltas, me salía con esta sorpresa. No estaba poniéndomela fácil. Intenté que tratara de explicarme como había llegado eso a su cuello. Pero ni el comprendía el cómo, cuándo y dónde. Ahora entendía mejor el por qué llegó a mi país. Y no a otro. Me salí del baño con el pulso acelerado a mil. Quería contárselo a Alya. Pero era tarde y con lo agobiada que se fue, mejor la dejé descansar. Al cabo de unos minutos, Adrien salió seco y vestido del cuarto. Olía muy bien y relucía como un diamante en bruto. Quise llamarlo nuevamente por su nombre, pero callé. Lo conduje hasta el living en donde le había preparado una cama con almohada y colchas sobre el sofá.
—Será temporal…prometo que, a partir de mañana, dormirás en una cama —sentenció. No sabía cómo…pero le haría una cama adecuada como ciudadano decente que debía ser— Buenas noches…Chat Noir.
Me tuve que morder el labio para no decirle Adrien. Me fui al cuarto y juro que no pegué un ojo toda la noche. La ansiedad me comía por dentro. Algo aquí no estaba bien…
[…]
—¿Cómo dices?
Centro comercial, 13:50PM.
—Era una cadena de oro —reveló Marinette, con preocupación— Ya sabes…de esas que les dan a los bebés cuando nacen.
—¿Cómo esas para evitar el mal de ojo? —parpadeó Alya, asombrada.
—Algo así…—agregó— Pero no tenía ningún santo. No era religiosa.
—Así que nuestro Tarzán se llama Adrien —se mofó.
—¿Por qué lo llamas así? —espetó la pelinegra.
—Bueno, ya sabes —bufó Césaire, rodando los ojos— Tarzán fue criado por simios en la selva. Quizás el fue criado por…gatos.
—No es gracioso —chistó de vuelta, exhalando con fuerza— Es un ciudadano francés. Y debe de tener acta de nacimiento aquí. Quizás si averiguamos un poco más podríamos…
—¿Ya se decidieron, chicas?
Una de las vendedoras se nos acercó de pronto, cortándonos la onda. Había olvidado en donde me encontraba. Estaba en medio de una tienda de ropa. Específicamente en la sección de hombres. Pero en la zona de niños, adolescentes. Buscábamos lo más adecuado para Chat-…digo, Adrien. Pero aún no me decidía por nada en particular. No conocía su talla. Ni si quiera sus gustos. Temía cagarla. Lo único que sabía por el momento era que le gustaba el rosado. Y el negro…
—Necesita ropa interior —murmuró Alya— ¿Crees que prefiera usar calzoncillos o bóxer?
Alya me hacía muchísimas preguntas. Y yo la verdad no sabía que responderle. De hecho, para ser sincera, no tenía idea de que como tratar a mi nuevo "amigo". ¿Era mi hermano o algo similar? Admito que nunca pensé verme con 24 años siendo mamá. Pero me profesaba así en esos momentos. Como una madre buscándole ropa a su hijo. La muchacha que atendía el módulo, captó mi angustia. Y me tomó del hombro como quien te da ánimos para superar una difícil prueba.
—Sé lo que está buscando. Acompáñeme.
¿En serio sabía? Nos condujo directamente…a la zona de caballeros. A la madre. ¿En serio?
—Lo veo en sus ojos —manifestó la jovencita— Y esto es lo que busca para su marido.
—¿Mi…marido? —parpadeó Marinette, indiscutiblemente sonrojada de pies a cabeza— No…yo…
¿Ya me estaban casando? Por favor…
Contemplé anonadada los maniquíes de la muestra. El cómo se envolvían en esas prendas. Tan elegantes, finos, recios. Fue inevitable. La silueta de Félix Graham de Vanily se apoderó de esas inertes estatuas. Y me llegó a sangrar la nariz. Oh dios…nadie vestía como él. Es que era como un dios griego para mí. Esas terminaciones de costuras delicadas, los pantalones ajustados, las camisas, las corbatas, los suspensores, etc. Yo era estudiante de arte, pero para mí la moda era algo que venía arraigado en mis talentos desde que nací. Mas allá de mi amor por el café. Desde pequeña diseñé un par de vestimentas para el colegio. Mi primer regalo de cumpleaños fue una máquina de coser. ¿En qué momento había olvidado esos talentos? Enloquecí.
—¿Quieres vestir a Adrien así…? —Césaire no estaba convencida.
—Si…totalmente…—babeó la ojiazul.
—¿No deberíamos preguntarle primero…?
No quería confinarme solo a un modelo vestir. Un estilo. Así que combinamos. Probaríamos con él. Yo escogí un conjunto de caballero. Y Alya un conjunto de su apreciación. Hicimos una apuesta. La que ganara, se besuquearía con Adrien. Esperen. ¡¿Qué?!
—¡No!
—Tranquila. Nunca dije que en la boca —bufó.
Me muero. Ese día, Adrien aprendió su primera palabra en francés.
—Incomodo.
Perdí la apuesta. A Adrien no le hacía sentir bien vestir como un burgués. Lo entendí. Alya me había derrotado en todo. Hasta en la talla de sus calcetines y la ropa interior. ¡Le atinó a todo! ¡¿Cómo es que sabía tanto de hombres?! Yo elegí calzoncillos Small y ella Boxers Medium. Yo elegí calcetines Medium y Alya calcetines XL. Puta madre. Adrien calzaba como 45. Ni en eso le achunté. Fue un vencimiento humillante. Finalmente, Chat Noir optó por un pantalón muy color negro, una polera holgada, un polerón gris y zapatillas Nike blancas. Nada de zapatos apretados. Nada que le hiciera sentir un atún enlatado. Nos abrazó a ambas, emitiendo palabras en nepalí que solo dios sabe que significaban.
—Chat Noir —musitó la morena, gesticulando una mueca picaresca— Ahora te voy a enseñar como se saluda la gente en Francia.
Se llevó su beso la muy bribona. De hecho, fue doble. Uno en cada mejilla. Comienzo a pensar que voy a terminar más sola que un perro. Con perdón a los perros.
No fue la única compra que hicimos esa tarde. Gracias al universo, mi sueldo me permitía darme otros lujos. Le había hecho una promesa a mi compañero de piso. No dormiría más en el sofá de forma incomoda. Así que adquirí una cama nicho. De esas que sacan otra cama debajo de la misma. Adrien me hacía sentir muy segura y cómoda con su presencia. No era una amenaza para mí. Así que ambos compartiríamos el cuarto. Solo que el ahora dormiría en una camita a un costado mío. Y yo, en la de siempre un poco más arriba. También le gustó su pijama nuevo. Era hora de comenzar una nueva etapa en nuestras vidas. Llegaron las vacaciones de invierno a parís. Con un receso extenso en mis estudios, pude dedicarme de lleno a mi trabajo y a "criar" al rubio. Mi primera lección fue: Enseñarle a hablar mi idioma. O bueno…al menos, su idioma nativo de hecho. Era francés, pero no sabía nada de Francia o de la cultura occidental.
Comenzó así una travesía en la que lo convertiría en un chico civilizado. Lo suficiente como para permitirle salir conmigo y recorrer la ciudad. Durante el periodo de luna nueva, lo invité a conocer Paris. El caminaba erguido en sus pies como todos. Pero era como un niño. Si. Un niño pequeño, en el cuerpo de un hombre desarrollado de 24 años. Todo era nuevo, asombroso y al mismo tiempo peligroso para él. Resultó ser bastante estudioso y aplicado en sus quehaceres. Estudiábamos Frances de 10:00 a 13:00. Procuré llevarlo a la biblioteca municipal todas las veces que pude. Y para cuando comenzó a dominar un poco más el idioma, se devoraba textos enteros en menos de una semana. Los días que era Chat Noir, también siguió aprendiendo. Asimilaba todo como si corriera por sus venas. Era algo implícito en él.
—Mi diosa.
—Por favor…no me llames así —rezongó intimidada Marinette— Puedes…usar otra frase. O simplemente llamarme por mi nombre.
—¿Cómo llamar entonces? —consultó, leyendo un diccionario en sus dedos— ¿Señorita?
—Señorita está bien —Dupain-Cheng rehuyó de su mirada— Solo si me dejas decirte "Adrien".
—Lady —reveló, asintiendo— Si.
No me molestó. Adrien era un muchacho muy respetuoso. Sobre todo, con las reglas que yo le imponía. Por supuesto que el relacionaba muchísima información con situaciones de su vida cotidiana. No caí en cuenta de que posiblemente tendría dudas sobre lo aprendido, hasta que un día me abordó para hacerme preguntas muy fuera de contexto que me dejaron sin palabras en más de una ocasión.
—¿Por qué dormimos de noche y no de día?
Me dijo una vez. Flipé. Porque hasta yo me lo cuestioné.
—¿Por qué no defecamos y orinamos por el mismo lugar?
Ni idea…Chat Noir.
—Mi lady. ¿Crees en las vitaminas?
¿Qué si creo en las vitaminas? ¿Qué son las vitaminas después de todo? Jamás he visto una en persona. Tengo entendido que las tomas y hacen algo mágico en tu cuerpo. Me va a explotar el cerebro. Las percibía como preguntas existenciales. No es broma.
—¿Qué es un pedo? —examinó el ojiverde.
—¡No lo sé, Adrien! —chilló de vuelta.
—¿Puedo tirarme uno?
—Definitivamente no delante de mí.
Pregunta seria al Publico: ¿Quién nos enseñó que debemos disimular los pedos? Digo, para ir partirle la madre. Porque me tiene vuelta loca esta normalidad, que al parecer no es normal. Luego de pasar tres meses con este chico, comencé a sentir que la integridad de mi sanidad mental no estaba en óptimas condiciones. Me cuestioné sinceramente como le hacían algunas personas para ser madres. Porque ser madre no era solo parir y cubrir gastos. No señor. Debías hacerte cargo de toda una vida a nivel existencial. ¡EXISTENCIAL! ¿Alguien si quiera pensó en la tremenda responsabilidad que eso conllevaba? Adrien me abrumaba muchísimo, sin malas intenciones por supuesto. Sé que no todos los niños hacían cuestionamientos racionales como esos a una corta edad. Pero cuando te lo preguntaran… ¿Qué ibas a responder? ¿Qué haces cuando tu hijo te pregunta la tabla del 8 y con suerte sabes sumar? ¿Alguien dijo que debías ser un erudito para criar a otro humano? Creí que acabaría en el psicólogo.
Un día colapsé. Y lo supe porque eché leche en polvo a la lavadora y detergente a mi café. Adrien me detuvo menos mal. Porque aprendió a diferenciarlos.
—Yo lo haré por ti —se ofreció.
Una tarde, luego de un día laborioso de trabajo, mi madre me visitó. Como no le había respondido los mensajes ni las llamadas por estar tan ensimismada en Adrien, la pasé a descuidar sin querer. Estaba muy preocupada por mí.
La recibí a gusto y sin chistar, invitándole un café. Porque ambas amábamos el café. No fui capaz de contarle la verdad. Pero tenía muchísimas dudas sobre la crianza. ¿Cómo lo hizo conmigo…? Era admirable. Solo entonces entendí la paciencia, el tiempo y la dedicación que me dio cuando pequeña.
—Eras muy inquieta, lo admito —murmuró Sabine con cariño— muy curiosa y preguntona. Pero supe que, si tenía la paciencia necesaria, llegarías a ser una chica de bien.
—¿No te sentías abrumada por tantas preguntas absurdas? —manifestó Dupain-Cheng, temerosa de su respuesta.
—Al contrario, mi vida —la señora Cheng acarició el dorso de su mano derecha por sobre la mesa, regalándole una sonrisa afable— Crecer es parte de ser humano. Y me siento orgullosa de haber aportado en ello. Porque al final el día, eres el resultado de todo ese conocimiento.
—Gracias, mamá —acotó la ojiazul, con los orbes humedecidos— eres muy sabia.
—Marinette.
—¿Sí? —sonrió endeble la estudiante.
—¿Estás embarazada?
Mierda. No vi venir esa pregunta. Pero era natural de que me la hiciera. Literalmente la bombardee de preguntas sobre maternidad sin darle un contexto. La abracé con fuerza a la salida de la cafetería, expresándole que no lo estaba. Pero si la vida lo permitía, quizás terminaría así. ¿La razón? Mi compañero de apartamento a veces me miraba con intenciones reproductivas. Y yo…quizás, quien sabe, tal vez, no sé, puede que igual.
Esa noche, invité a Adrien a una velada de películas. Tenía ganas de enseñarle un poco más de mi mundo, pero a una escala más intima. Llevaba meses tratando de entenderlo a él. Ahora deseaba que él lo hiciera conmigo. Preparé palomitas de maíz, gaseosa, maní y nos sentamos en el sofá del living. Mi camarada vestía su traje de gato, pero esta vez se mostraba muy abierto a ser más humano que otra cosa. Vimos "El señor de los anillos: La comunidad del anillo" En algún momento dado del film, algo me llamó la atención. Sabía a ciencia cierta que era ficción, pero el señor de los anillos tendía a tener una similitud bizarra con "el señor del anillo" que tenía a mi lado. Tenía intenciones claras de preguntarle un poco más de él, pero en el instante que quise arrimármele, Adrien se recostó en mis muslos como un gato haría con su dueño. Percibí la calma y el goce que sentía por mí, cuando comenzó a ronronear.
—Adrien…—jadeó Marinette.
No me respondió. Sus garras se esparcieron por mis rodillas. Abría y cerraba sus dedos, masajeándome. Alya me contó que los gatos "amasaban" de vez en tanto, cuando se sentían muy cómodos, imitando el periodo de amamantamiento de sus madres gatunas. ¿Qué significaba eso realmente? ¿Adrien me veía como una madre? ¿O como algo más?
Quizás…mal interpreté sus intenciones. Pero esa era mi culpa. Porque en mi mente, el era un hombre hecho y derecho. Yo era la única que lo trataba como un hijo. Cuando en el fondo…no lo era. Me acosté en llamas. Se que fue mi idea permitirle dormir conmigo, en el nicho que mi cama le brindaba. Pero debo confesar que esa noche no lo quería cerca de mí. Estaba soltera, era joven y mis hormonas también requerían un momento de soledad. Cerré la puerta. Mi alma ardía.
—¿Marinette? —le llamó afuera de la habitación— ¿Pasa algo?
—No vengas aún…por favor —le suplicó desde el interior— Dame unos momentos…
—Está bien —asintió.
Yo sé que él no lo entendería. Pero me dio igual. Mi cabeza no estaba pensando en nada coherente. Quería tocarme. Complacerme a mí misma. Algo que venía haciendo desde hace años con mucha habilidad, sin la necesidad de nadie. Por lo regular, usaba la imagen de mi jefe, Félix Graham de Vanily para invadir mis fantasías más alternas. En medio de la oscuridad noctívaga, incursioné en mi anatomía con las intenciones de verle en mis pensamientos. Pero no pude. Lo intenté en más de una ocasión y no lograba concentrarme en su figura, su semblante, su morfología. Ahora mismo, era mi compañero de apartamento quien me robaba el aliento. Me sentí una pecadora, pero no escatimé en sentirme mal por ello. No me recriminaría. Era su culpa, por ser tan atractivo…
No tardé más de 10 minutos en el intento. En verdad estaba obnubilada. Excelsa en lujuria. Mis dedos hicieron su trabajo como era debido. No sé en qué momento comencé a quejarme y olvidé por completo que no estaba sola. Pero joder que se sentía bien. Tan solo me dejé llevar. Me sentí llegar en algún punto. Quizás alcé de más la voz. Quizás grité. No lo sé. Pero no cabía duda alguna, de que asusté a mi compañero.
—¡Marinette!
Adrien entró de golpe a mi habitación. ¡Ni si quiera tocó! Me cubrí con las sábanas como pude, completamente avergonzada de mi actitud.
—¡ADRIEN! —bramó Marinette, ruborizada— ¡¿No te dije que esperaras?!
—Perdóneme —se disculpó, escondiendo el rostro en la madera de la puerta— Es que estaba sufriendo…y pensé que se sentía mal.
—¡¿Sufriendo?! —espetó, roja como un tomate.
—Estaba llorando…—declaró— La escuché mal.
—¡¿Llorando?! —masculló frenética.
Esa fue mi primera lección sexual frente a lo que significaba el acto como tal. ¿Sufrir? ¿Llorar? ¿Sentirse mal? ¿Las mujeres nos escuchamos sufridas? Pensé, recapacitando mis acciones sin ninguna culpa, pero con mucha responsabilidad en mis actos. Dios…nadie le enseñó a Adrien que no era así. Este chico comprendía lo que significaba el coito y no dudó en comportarse contrario a él. Yo era virgen. Pero quien tenga la experiencia necesaria sabe…que la huevada duele. Aunque se sienta bien. ¿Qué quería decirme? Permití que hablara.
—Explícame…que escuchaste.
—Mi lady —acotó detrás de la puerta— No llore. Voy a protegerla.
Ay, Adrien. Este es un tema que no puedo compartir contigo ahora mismo. ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo se lo haría entender? Que su anatomía lamentablemente me haría daño tarde o temprano. Aunque no quisiera. Claro que sufriría. ¿Qué podía hacer al respecto?
—Usted es sagrada —reveló— No haga nada malo.
¿Era malo? Me sentí espantosa. La peor mujer de la historia. Y por primera vez en mi vida, cuestioné mi sexualidad. No por él. Si no, porque posiblemente me había criado bajo una idea idílica de lo que no era la realidad. Siempre supe como venían los bebés al mundo. Pero ¿Qué afán teníamos de adornarlo cuando en el fondo no era así? Así como me lo hizo saber su forma "errática" de actuar. Lo que, para mí era normal, para Adrien era anti natural y poco lógico. Rayando en lo inaudito. Alya había formulado bromas sobre el tamaño del sexo de mi compañero incluso. Pero para mí, era de muy mal gusto. Me levanté de la cama, abriéndole la puerta para verlo a los ojos. Fue la primera vez que lo noté sonrojado. Supe que mi amiga había exagerado y se pasó de vergas, haciendo bromas injustas; estableciendo bufos de él. ¿Saben por qué? Porque Adrien no necesitaba nada de eso para ser lo que era. Mi Chat Noir. Mi Adrien…
—Me encantas, así como eres…—confesó Marinette, abrazándole con suavidad— Nunca permitas que alguien se burle de tu cuerpo. Debes sentirte orgulloso de ti mismo.
El me miró aturdido. No comprendía que mierda le decía. Y dudaba que llegara a comprenderlo. Porque tampoco era tema para él. Nos abrazamos en el marco de la puerta con mucho afecto. Sentí unas ganas horribles de besarle los labios. Pero me contuve. Quería que supiera que mi amor por él, era real.
¿Amor?
¿Me gusta este chico como persona o como…?
—Puedes dormir conmigo, Adrien —confesó la barista, invitándole a subirse a la cama con ella— Vamos…
—¿Estoy siendo un buen gato? —consultó, entrando al cuarto para recostarse a su lado.
—Eres un buen gato.
Pero, aun así, después de decirle todo eso, me miraba con muchísima angustia. Debo confesar que últimamente yo me estaba comportando como una maldita con él. El hecho de no responderle maduramente sus preguntas, lo habían llevado a pensar que estaba sufriendo. Tal vez…era momento de contestarlas, una por una.
—Está bien, Chat Noir —murmuró Marinette, acariciando su cabello con ternura— Puedes preguntarme lo que quieras. Prometo responderte —el ojiverde no emitió palabra alguna. Aún se mostraba muy inquieto por lo ocurrido. Tal vez tenía miedo de saber la verdad— Quieres saber lo que estaba haciendo, ¿Verdad? —su compañero afirmó con la cabeza— Y también saber si creo en las vitaminas, y el por qué dormimos de noche y todo eso —esbozó finalmente, con una sonrisa jovial— Te responderé.
Platicamos hasta muy entrada la noche de muchísimas cosas. Cosas que jamás llegué a pensar que hablaría con alguien. Y mucho menos con tal soltura. Con tanta confianza y sanidad mental. Todo esto, mientras nos mirábamos frente a frente, sobre las colchas. Era la primera vez en muchos años, que compartía mi cama con alguien más. Recuerdan a la chica empoderada que solía decir: ¿Amo mi espacio personal? Ahora mismo, se pegó un tiro la tonta. Porque ya no estaba. Me sentí muy amena con su presencia. No deseaba…por nada del mundo que se fuera de mi lado. Lo quería solo para mí. Para mi…y de nadie más.
Lo abracé y lo arrimé contra mi pecho. Su cuerpo expelía un calor tibio y sus ronroneos me relajaba en demasía. En algún momento, pude percibir como nuestros latidos se sincronizaban junto a la respiración. Adrien era lo más cercano que tenía, a sentir amor de verdad. Solo que…no sabía qué clase de tipo de amor era.
Me moría de ganas por descubrirlo…
[…]
—Tres…tristes…tigres…tragaban…trigo…en un trigal…—citó el rubio, mientras terminaba de leer un texto— ¡Lo logré!
—¡Muy bien, Chat Noir! —aplaudió orgullosa, mientras terminaba de fregar los platos— Ahora te toca repasar lo de historia de las religiones.
—Aun no entiendo muy bien el concepto de "religión" —se rascó la nuca, confundido— ¿Qué es?
—No sabría cómo explicártelo —bufó para sí misma, sutilmente ruborizada— Pero digamos que tú eres la mía —JEJEJE
—¿Soy tu religión? —parpadeó entusiasmado con la idea— Entonces yo también quiero que seas mi religión, mi lady.
—Jijiji…me encanta coquetear con él. Es tan lindo…y no se da cuenta de nada —pensó para sí misma, salpicándose jabón en el ojo, por huevona— ¡Arg!
—"El arcángel Gabriel, era el ángel más hermoso de todos" —leyó Chat Noir— ¿Qué es un arcángel, mi lady?
—Pues…lo más parecido a ti —chistó, escondiendo una mirada picaresca— Ya sabes…muy guapo y eso.
—Pero yo no soy un arcángel. No tengo alas —eso le revolvió la cabeza. Había ciertos conceptos que no comprendía. Abrió un texto hebreo y comenzó a leer— Me gusta este libro. Y la historia del "Rey Salomón, el sabio". Salomón, rey judío, hijo del rey David —citó— ¿Lo conoces?
—Nunca había oído hablar de el —murmuró Dupain-Cheng de vuelta con normalidad, en lo que guardaba la loza dentro de un mueble— ¿De qué trata y por qué te gusta tanto?
—Porque se parece a la historia del anciano de mi tribu —comentó el chico de rasgos caucásicos, analizando el primer párrafo— "El rey salomón, recibió del arcángel Gabriel un anillo mágico que le otorgaba poderes para combatir a los demonios. La argolla contiene el espíritu de dios" —esclareció— Anoche creí que era Frodo. Pero en realidad me equivoque ¡Soy como el rey salomón! —le mostró su anillo.
—¡¿Cómo?!
No sé que toqué, apreté o hice; pero se descompuso la llave del lavaplatos y el chorro me dio directo en toda la cara. Adrien se espantó y corrió hacia mí, tomando un paño de cocina para hacer presión sobre el grifo. Me ordenó que cortara el paso del agua del departamento…y todo con una seguridad y una maestría única. ¿Dónde había aprendido eso? Me saqué la mierda en la entrada, pero logré cortar la ganzúa en el intento. Aún así, continuaba estupefacta con su reacción.
—¿Cómo sabías lo que había que hacer…?
—Lo leí en un libro, mi lady —indicó sin problemas, examinando la falla— Mhm…voy a necesitar algunas herramientas para solucionarlo —tomó lápiz, papel y comenzó a dibujar— ¿Crees poder conseguirme esto? —le señaló.
Era una representación casi perfecta a escala de un alicate, una llave inglesa y un destornillador. Seguido de dos gomas de gaucho. Me dejó loquísima. Miré la hoja. Lo miré a él. Y una sonrisa de mejilla a mejilla se me dibujó en el rostro. Me traía tonta como solo el diablo sabe.
—Adrien…—consultó con cierta curiosidad infantil— ¿Te gustaría venir conmigo a comprarlas?
—¿Eh…?
Fue un orgasmo en su boca. Me importaba un carajo que estuviera con su traje de gato. Pudimos disimularlo con una chaqueta larga de cuello felpudo y pantalón de buzo. Seguido de una gorra para ocultar sus orejas y unos anteojos de sol. Quería darle un presente que demostrara lo mucho que me importaban sus habilidades. Le recordé que debía usar el cinturón de seguridad al subir al auto. Pero el ya lo tenía puesto. Es tan obediente que me dan ganas de hacerlo mi esclavo.
Nos adentramos a una ferretería cercana al centro comercial. Mi compañero estaba muy ansioso. Creí que lo primero que haría sería ir directo a la sección de construcción. Pero en vez de eso, el bendito se tiró al pasto sintético del sector jardinería y comenzó a frotarse contra él. Me di un palmetazo en la cara. Dios quiera que no intente…
—¡No comas eso! ¡Es falso!
Sip. Lo hizo. Tuve que aguantarme la mirada añeja de algunas personas. Pero me defendí, excusando su raro actuar, porque sufría de problemas neuro divergentes. Era un chico especial. Déjenlo en paz ¿Ok?
Optamos por llevar una caja de herramientas que el mismo escogió. Tenía tres niveles. Era algo así como un multiuso. Además, de un cinturón que permitía que pudieras cargarlas cómodamente. Agregando a ello, le ofrecí una revista de manualidades, algunos tabloides de madera y muchas otras cosas como pintura, tornillos, etc. ¿Se quería construir una casa acaso? No tuve mas opción que confiar en él.
—Mi lady me gusta esto —Adrien apuntó a un taladro— ¿También podemos llevarlo?
—Solo si prometes no usarlo durante las noches o de verdad los vecinos nos van a matar —le advirtió Marinette con seriedad.
—Palabra de gato —asintió conforme, levantando la pata derecha.
Aprovechando la oportunidad de que habíamos dejado la casa, fuimos por un helado al parque. Me di cuenta de que muchas parejas paseaban tomadas de la mano o del brazo, de formas muy melosas. Mientras yo…bueno. Mi compañero me trataba como su madre. Estaba segura de que no sentía lo mismo por él, por lo que quise dar un paso en falso. Tomé su mano, enredando mis dedos contra los suyos. Chat Noir no se incomodó, pero tampoco le dio mucha categoría al acto. Era una muestra de cariño simplona para él. Me sentí muy tonta la verdad. Y solté su mano.
Nos sentamos en una banca a terminar de comer. Xavier Ramier nos saludó. Alimentaba a sus palomas como de costumbre.
—¡Oh! ¡Marinette! —exclamó jovial— Que alegría verte por estos lados. ¿Cómo vas con el señorito Graham de Vanily?
—Ya se lo he dicho, señor Ramier —rezongó frustrada la estudiante de arte— Félix es mi jefe solamente. Nuestra relación es contractual.
—Edgar me ha contado algo muy distinto la otra noche —bufó con diversión el mayor. Marinette permaneció enfurruñada, pero no quiso seguir el tema— ¿No es así, precioso Edgar? —tras voltear a verle, no le pilló por ningún lado— ¿Edgar? —No había señales de su paloma. Tan solo un camino de plumas que lo condujo directamente a la boca de…—¡EDGAR! —bramó en histeria.
Adrien tenía al pájaro dentro de su hocico.
—¡Chat Noir! —Dupain-Cheng se levantó de golpe, lanzándole el helado por la cabeza— ¡Escupe eso! ¡Es caca! ¡CACA!
Menos mal lo soltó. ¡Que vergüenza! Aunque debo admitir que si se lo comía me hacía un favor. El maldito pájaro me delató con medio parís.
—¡Animal! —protestó Xavier, acariciando a su ave, toda pegajosa en babas— ¡¿Qué clase de salvajismo es ese?!
—Sabía a pollo…—Adrien se encogió de hombros.
—¡¿Qué clase de ser monstruoso eres?! —chilló el hombre de sombrero.
—¡Soy el señor que protege el anillo! —el rubio levantó el puño al cielo, jactándose de la joya— ¡Chat Noir!
Todos los que iban pasando a esa hora se detuvieron de lleno para observar el espectáculo. Desee ser un avestruz y enterrar la cabeza en la tierra del bochorno que me hizo pasar. Ya no podía inventar de que tenía Asperger. Era una desfachatez. Esta vez, si estaba furiosa. Lo digo en serio. Era la primera vez que me molestaba de verdad a tal grado, de no mirarle a la cara durante todo el trayecto. Lo agarré de la cola y lo subí al auto.
Gato malo…
Conduje de vuelta en completo silencio. Mi móvil comenzó a vibrar con insistencia. Era Félix, mi jefe. Arg…un pésimo momento para llamarme. Dejé pasar los dos primeros intentos de contacto. Adrien me miraba de reojo de vez en cuando. Se que en el fondo se sentía mal. Pero al mismo tiempo, percibí cierto grado de inocencia en su actuar. De igual manera no me sentía de humor como para entenderlo. Una notificación parpadeó en rojo sobre la pantalla. Era mi buzón de voz. Lo escuché.
—Señorita Dupain-Cheng. Ya que no fue capaz de tener la decencia de contestar mis malditas llamadas, espero pueda escuchar lo que diré a continuación. Mi madre vendrá a Paris la próxima semana y esperamos que nos tenga listo su nuevo "concepto". No me falle si no quiere ver su trasero en la calle. ¿Queda claro?
—Dios…—la joven barista apagó el móvil de golpe, negando con la cabeza.
—¿Quién es Félix? —consultó el rubio, con desazón. Acto seguido, se quitó los anteojos.
Que descaro el hablarme. No le respondí.
—¿Por qué te habla de esa forma? —insistió.
Ya basta. Cállate de una vez por favor. Estoy cabreada.
—No me agrada —dictó Adrien, con el ceño fruncido.
Bueno. Ya está.
—¿Sabes que es lo que, a mí, no me agrada? —masculló Marinette, deteniéndose en un semáforo en rojo. Le observó con firmeza— Que no sepas comportarte como el hombre decente que eres. En verdad, no te entiendo, Adrien. ¿Eres un hombre o un animal? —pero él no llegó a responder sus preguntas. Incluso, se limitó a desviar la mirada hacia el piso— ¿Me puedes explicar por qué demonios atacaste a Edgar?
—Yo…no lo sé…
—¿Cómo que no lo sabes? —protestó la ojiazul— Acabábamos de comer un helado. Hambre no fue. ¿Por qué te quieres comer una paloma?
—Es mi naturaleza…—musitó con melancolía— Lamento mi agravio, Marinette.
—No se trata de ofenderme, joder —gruñó, dando un golpe en el manubrio— ¡Se trata de que no sé quien eres! —proveyó sin más. Silencio sepulcral entre ambos— …a veces no sé con que versión de ti me voy a topar.
—¿Crees que quiero comerte también? —le clavó una mirada penetrante.
—¿Cómo…?
Me dejó boquiabierta. No llegué a dicha conclusión, solo hasta que el lo sugirió. ¿Qué me estaba insinuando? De un momento a otro, se quitó la gorra, la chaqueta y los pantalones. Tan solo para que yo observara como lucía realmente. Contempló por unos segundos el anillo en su dedo y luego me miró a mí. No supe dilucidar si lo que dijo era "comer" literalmente onda…estilo canibalismo. O era una metáfora. De las dos formas, me puso los pelos de punta. La luz había dado verde hace rato y me tenían en un concierto de bocinas para que avanzara. Chat Noir no expresó más nada. Se mantuvo en un mutis intelectual por lo que quedaba de camino, hasta que entramos al apartamento.
Mierda…si fui muy dura con él. ¿A quien quería engañar? Intentar pretender que puedes moldear a una persona a tus ideales o semejanza no está bien. Y ya suficiente había aprendido mi camarada de mí. Quería disculparme. Pero juro que no sabía cómo. No recordaba cuando fue la ultima vez que discutí con alguien así. Sobre todo, porque la culpable era yo.
Le dejé a solas en el comedor. Me di una ducha tan solo para intentar despejarme de toda la mierda que tenía en la cabeza. Para cuando salí, mi compañero estaba terminando de armar una pequeña cajita de madera. Me miró con expresión tranquila. ¿En verdad no estaba esperando que yo me disculpara? Tal vez Chat Noir no conocía la palabra "culpa" como tal.
¿Por qué eres así…?
Me senté frente al computador para revisar la bandeja de entrada de mi correo, percatándome que Félix también me había enviado un recordatorio bastante amenazante. Joder. Como molestaba este tipo a veces. Mi jefe tenía un carácter de la perra cuando algo no le salía bien o cuando a algún pobre diablo no le quedó claro lo que dijo. Me hice la loca con la presencia silenciosa de Adrien. El estaba trabajando en su proyecto y yo, no hallaba como mierda acercarme a él. Tenía muchas ganas de sentarme a su lado y acompañarlo. Hablarle. Preguntarle cosas. Reírnos un rato. Ambos permanecíamos en la misma habitación y no cruzábamos palabras. La ansiedad comenzó a carcomerme por dentro. Me mordisquee el dedo pulgar. Una nueva notificación me alertó. Era un gif de Graham de Vanily, con un gato ahorcado. El concepto, Señorita Dupain-Cheng. ¿Queda claro?
¡Coñazo! El puto concepto. ¡Ya entendí las primeras ochenta veces, con un demonio Félix! Me di un cabezazo contra el teclado. Estaba más seca que una menopaúsica, de ideas. Admito que el concepto del Cataclismo fue un acierto. Yo era la personificación de la destrucción. Si. Obvio. Porque ahora mismo…acabo de destruir mi relación con Adrien. Y no encuentro como remediarla. En general, echo abajo todo lo que toco. Eso incluye a las personas. Resoplé, tapándome la cara con la toalla que descansaba en mi cabeza. Cerré los parpados unos momentos y me giré en la silla. Observé a través de un orificio de la tela lo que hacía mi compañero. Que bonita caja, pensé. Estaba pintándola con una dedicación increíblemente delicada. Me embobé. La manera cortés en la que el pincel se desplazaba por el largo y ancho, me cautivaron. Este chico me tenía hipnotizada con su capacidad de transformar algo muy burdo, en un arte. No me aguanté más.
—Es una creación hermosa, Adrien…—balbuceó.
—Muchas gracias, Marinette —respondió de vuelta, con una sonrisa afable en sus labios— Me he inspirado en ti. Porque eres hermosa conmigo.
Me robó el aliento. Instintivamente me sonrojé ¿Me dijo…que soy hermosa o fue un error de traducción? Quería pensar que en el fondo el entendía a la perfección lo que era un halago como ese. Pero era mucho pedirle. ¿Se refería a mi forma de ser o realmente me veía hermosa físicamente? Me levanté armada de valor, sentándome a su lado para arrimármele y besar su mejilla derecha con sumo cuidado. El me pegó una mirada de esas que te mojan e imitó el gesto, depositando un ósculo en mi pómulo también. No tienen la más mínima idea de lo bien que se sintió eso. Lo concebí con la misma intensidad que un beso en la boca. Me mordisqueé el labio inferior.
Respira, Marinette…respira. Contrólate.
—¿Así que la has hecho pensando en mí?
—Siempre pienso en ti, mi lady —repitió una vez más, mostrándole la caja terminada ya— Lo he creado para ti.
Unas jodidas ganas de tirármele encima. ¡ARG! Y mientras yo destruía cosas…Chat Noir las creaba. Un momento. Paren todo. ¡Eso es!
—¡¿Cómo no se me ocurrió antes?! —al final, igual acabó tirándosele encima. Pero en un abrazo fraternal— ¡Adrien! ¡Ya tengo mi concepto!
—¿Estás feliz? —carcajeó el rubio en respuesta, sin entender mucho tanto jubilo repentino— ¡Tienes tu concepto! —no supo que dijo.
—Creación…
—¿Eso quiere decir que te quedarás con la cajita? —sugirió con timidez.
—Me quedaré con la caja —admitió Marinette —Y contigo, cosita rica bien hecha por los dioses —No. Es ultimo no lo dijo. Pero uff, que quemaba.
Como recompensa por su regalo, lo tomé de la mano y lo senté frente al computador. Era hora de pasar a otro nivel.
—Adrien —declaró con decisión en su voz— Te voy a enseñar a navegar por internet.
—¿Navegar? —el ojiverde bajó las orejas, un tanto intimidado— Yo no sé nadar…
—¿Qué? No. Eso no…—Dupain-Cheng se rascó la mejilla, ligeramente aturdida— No es literal. Me refiero a que te enseñaré a usar el internet. Ya no habrá necesidad de que sigas aprendiendo solo de libros. Aquí…encontrarás todo lo que quieras.
—¿Todo lo que…yo quiera…?
—Todo, todito.
[…]
Esa noche, permití que mi compañero hiciera uso del ordenador de escritorio mientras yo, me senté en el living con el portátil para comenzar con mi investigación. Necesitaba crear un nuevo concepto de café. La creación era algo tan potente como la destrucción. Dos infusiones, con propósitos totalmente adversos entre sí. Pero que, sin duda, convergerían en un sabor único e inigualable en el paladar de quien los probara. Estaba segura de que encantaría a Amelie Graham de Vanily, tanto como el primero. Pero debía ser mucho mas minuciosa esta vez a la hora de elegir sus ingredientes. Porque no buscaba deshacer sus expectativas. Si no, crear una nueva. ¿Qué sentimiento deseaba transmitir en él? No podía ser amargo. Ni desequilibrante como Plagg. Necesitaba algo dulce, gustoso, empalagoso, que desbordada una emoción orgásmica. Porque había pasión en la creación misma.
¿Qué era…?
El carcajeo infantil de Chat Noir llegó a mis oídos. Estaba muy entretenido viendo videos de gatos en Youtube o de gente partiéndose la madre. Si bien eso le resultaba muy divertido. Para mi escuchar su risa era un bálsamo para mis oídos y mi corazón. Ensimismada en mi proyecto, algo me cautivó de sobremanera en la forma que mi compañero se expresaba. Su sonrisa. La manera en la que se tomaba el estómago y bufaba hasta sacarle lágrimas de los ojos.
Me quedé pegada viéndole como una psicópata. Me tenía embelesada; pues como una esclava a sus pies me doblegué. Prisionera de su angelical mueca agraciada.
Me encantas… ¿Sabes? No…por supuesto que no lo sabes.
—¡Mi lady! —se mofó, volteándose a verle entre lagrimones— ¡Mira esto! ¡Jajaja!
Jajajaja…
—Ja-Ja-…—redundó falsamente Marinette— Si. Es gracioso…Adrien —agregó, vibrando de la ansiedad. Apretó el lápiz contra sus dedos. Su respiración comenzó a elevarse de sobremanera.
Otra vez este maldito sentimiento angustioso. ¿Por qué mi cuerpo me hace esto? ¿Qué le hice yo, para merecerlo? Ah. Si, cierto. No acabé lo de la otra noche. Quizás se está vengando el maldito. O tal vez solo estoy ovulando y realmente no me gusta este chico. Seamos sinceros. Entre mi pre-periodo, el periodo y el post-periodo, solo tengo 5 jodidos días al mes en donde me siento bien conmigo misma. La biología tiene una forma cruel de torturarnos a las mujeres. Niéguenlo, porque no tengo pruebas, pero tampoco dudas.
Decidí que mejor era hora de cenar algo. Chat Noir atendió la cañería de la cocina como todo un profesional, reparándola. Genial. Ahora solo faltaba que me atendiera la cañería de aquí abaj-…digo. No. ¡Marinette! Me abofeteé. Comimos y el se ofreció a lavar los platos. Los secó y los guardó. Incluso me sacó la basura. Soy la reina del mundo, eh.
—Adrien —le advertí, antes de irme a dormir— Por favor no te acuestes tan tarde. La pantalla del ordenador es prejuiciosa para la vista.
—¡Claro, mi lady! —aceptó con alegría, pausando un video en el computador— ¡Oh! ¿Sabías que las Catarinas tienen muy buen apetito y se comen a las plagas de los cultivos? —cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia—Pueden acabar con los pulgones, cochinillas, ácaros y larvas de moscas.
—Que…información tan educativa…Chat Noir —le sonrió con ironía.
¿Pero alguien me quiere explicar por qué sigo tratándolo como si fuera mi hijo? Al diablo. Tengo los valores trastocados sin duda. Me quedé un poco más despierta, buscando arduamente el nombre para mi nueva infusión. Ya estaba casi lista. Pero…necesita un título acorde para tal cosa. ¿Así que las catarinas se comen a las plagas? Curioso…
—Eh…—le cayó el tejo— Catarinas…
[…]
El día de mi presentación, Amelie Graham de Vanily y su hijo permanecieron inmóviles mientras yo les presentaba con entusiasmo una introducción sobre mi nuevo concepto. Creación. Una nueva obra de arte que sin duda dejaría alucinados a sus comensales. La rubia aplaudió al final de mi discurso, ya que en ningún momento se mostró dubitativa de mis aptitudes como barista profesional. Y por primera vez, Félix también se profesó sutilmente cautivado. Porque el si ponía en juego todas mis habilidades. Muy lindo ¿No? El maldito. Café Arábico con toques de miel, reposados sobre un manto de notas de frambuesa. La espuma, blanca con puntos negros; bosquejando una Catarina encima.
—Primero un gato. Y ahora un bicho —resopló incomodo el ojiverde— ¿Estás segura de esto?
—Pruébalo primero —espetó Marinette, sacando la manera que merecía su cargo. Estaba harta de que siempre la mirara en menos— ¿Queda claro?
Félix bosquejó una sonrisa maquiavélica, como si se hubiera excitado con el desplante de actitud que demostré. Para la madre, era una apuesta arriesgada. Pero también se mostró complacida. Aceptó el desafió y lo saboreó por unos momentos. Curiosamente no hizo amago de asco como con Plagg. Por el contrario, este si le había agradado aún más.
—Ladybug —murmuró el muchacho, con aires de arrogancia— Me gusta.
—¿Qué opina, señora Graham? —le consultó Dupain-Cheng a la mayor. Después de todo, le importaba mucho mas su opinión— Creación. ¿Puede sentirlo?
—Siento…—Amelie se mordisqueó el labio inferior con una expresión orgásmica en la cara— Siento la creación misma, Marinette. Oh sí…omg.
—¿Y que se supone que este concepto recrea? —cuestionó el inglés, arqueando una ceja.
—Pues la creación, Félix —Marinette se cruzó de brazos, rodando los ojos con obviedad— No lo sé, dímelo tu. ¿O eres infértil acaso?
—¿Cómo dices? —soltó un gruñido de vuelta.
—¡Yo me siento preñada! —chilló la británica, bebiéndose de golpe la taza— ¡Siento como se crea un hijo en mi boca! ¡Oh! ¡OH! Félix, tendrás un hermanito.
—Mamá…contrólate —protestó, con el rostro compungido.
—Calla, infértil —le siguió el juego a la menor, soltando un bufido en respuesta.
Me reí. No lo niego. Pero Félix no estaba para nada feliz. Hubieran visto la cara de mierda que puso. Y si las miradas mataran…seguro me apuñaló mas de una vez. Tras dos horas de una extensa cata de cafés, Amelie hizo abandono de la oficina muy alegre por la nueva infusión que rompería récords de ventas en el menú. Recogí mis cosas, dispuesta a volver a casa. Iba a compartir mi nueva creación con mis amigos y mi compañero de piso. En cuanto me dispuse a salir, mi jefe me tomó del brazo con ímpetu de altivez y cerró la puerta con violencia. Me asusté un poco. ¿No le gustó la broma? Creo que no…
—¿Qué crees que haces, Marinette? —rezongó.
—Ah. Vaya. ¿Ahora ya no soy "señorita Dupain-Cheng"? —se defendió la barista, haciéndole frente a su contienda.
—¿Te gusta humillarme delante de mi madre, no es así? —masculló con frustración el rubio— ¿Es eso? ¿Te gusta esto?
—¿Qué si me gusta esto? ¿Qué es "esto"? —examinó, con altanería.
—Esto —sentenció.
Me apretó contra la puerta y me plantó un beso potente en los labios. Ok. Vaya. Wow. Quiero decir…no. Para. ¡¿Qué?! Mi primera reacción fue apartarlo de golpe y darle una bofetada. Instinto defensivo, nada más. Uno muy bajo. Pero cuando caí en cuenta de lo que había hecho, temí lo peor. Mierda. ¿Acabo de golpear a mi jefe? Creo que estoy despedida….
Percibí mi corazón atragantado en la boca. Ese había sido mi primer beso oficial. Y si bien me gustaba Félix…no. Era lo mas alejado a lo que alguna vez añoré como primer beso. No fue dulce, ni romántico como me enseñó Disney. Por el contrario. ¿Por qué? ¿Por qué no me sentía como la cenicienta y su príncipe azul? Me vi como Pocahontas enamorada del conquistador rubio que venía a tomar mis tierras, tratando de evangelizarme a la fuerza. Que me perdone la anciana del árbol, por cierto. Fue un beso dotado de una sensación dominante que no era ni de cerca lo que sentía por él. Ni por nadie, joder. ¡Ni por nadie! Temblé. Pero no supe diferenciar si era de miedo o de ansiedad lujuriosa. Porque en el fondo, me gustó. No es que tuviera complejo de Estocolmo.
Recelé la peor reacción por su parte. Creí que Félix se sentiría amedrentado con mi cachetada. Pero algo en el se encendió y volvió a intentarlo, esta vez usando aún más fuerza en sus intenciones. Santo cielo…el chico con el que soñé durante años, me estaba comiendo la boca. Mi mente se nubló. Le sujeté de los brazos, pretendiendo aplacar su deseo en un instinto primitivo de defensa. No me desagradaba para nada. Pero cuando comencé a sentir su lengua, tentando entrar de lleno dentro de mi cavidad bucal, volví a separarle. No me sentía preparada. Y algo en mí me gritaba que lo detuviera. Porque si no lo hacía yo…
—¡Félix! —rebatió Marinette, arrojándolo hacia atrás hasta separarlos— Por favor… —jadeó angustiada, con el rostro febril.
—Que. No me digas que no te gustó —se defendió, con expresión confundida.
—No…yo…—trató de hilar palabra coherente para su acierto. Pero no lo hallaba— No es eso, pero…
—No niegues que no te sientes igual que yo…—Félix arremetió contra ella, sujetando con firmeza su rostro— Señorita Dupain-Cheng…por favor.
—Félix… ¿Qué pasa? —renegó, trémula— Eres mi jefe…no es correcto.
—¿No te gusto, acaso?
—¿Qué…?
Puta vida. A la madre. ¿Qué pregunta era esa? ¡Claro que me gustaba! Como el demonio. Pero…si el demonio es tan tentador como dicen por ahí, era un peligro para mí.
—Perdóname…—se disculpó.
Tomé mis cosas y salí corriendo como me llevaba el diablo. Mejor dicho, como me perseguía el diablo. Porque Félix me alcanzó hasta el ascensor. Presioné el botón del -1 con frenesí. Solo cuando la puerta se cerró en mi cara, pude respirar otra vez. No tenía idea de que pasaría a partir de ahora entre ambos. ¿Iba a despedirme por no dejarme llevar como quería? ¿Félix realmente sentía cosas reales por mi o solo quería cogerme? No quise quedarme para averiguarlo esa noche. Puede que lo haya juzgado mal…pero necesitaba tiempo. Tiempo para pensarlo bien. Porque al final del día, mientras conducía hacia casa, me replantee la idea de que me había besado contra mi voluntad. Y eso no era malo en todos los casos. Me detuve en un semáforo, cuestionándome los acontecimientos. Si Chat Noir me besaba sin preguntarme…vamos. ¿Hubiera reaccionado igual?
—No…—musitó para si misma.
—¡Oiga! —reclamó un hombre más atrás— ¡¿Qué hace?! ¡Se duerme?! ¡Avance!
—¡Déjame en paz, viejo de mierda! —respondió, enfurecida a través del ventanal— ¡Siempre lo mismo con ustedes! ¡Muéranse! —y aceleró.
Siempre lo mismo con los hombres, por la puta. Ven a una mujer conduciendo y se creen con el derecho de putearte. Que se jodan. Llegué a mi casa envuelta en llamas. Tenía bronca. Mucha bronca. Contra los hombres, contra el mundo y contra mi jefe. Contra mí misma. ¿Qué culpa tenía Félix? Por la chucha. Si el solo…
—Mi lady —le recibió Adrien, corriendo hacia ella— ¿Cómo te fue hoy? ¿Te sientes bien? ¿Puedo ayudar en algo?
Por la mierda…
¿Quién coño te recibe así? Ni mi mamá. Rompí en llanto. Me tiré a sus brazos y lo apretujé contra mí, hasta mas no poder. Adrien no entendía un carajo. Pero no quiso preguntarme más. Supuso dentro de su inteligencia emocional, que no había sido el día ideal que desee. Lloriquee un rato en su regazo. Al cabo de unos minutos, me quitó los zapatos y me trajo pantuflas cómodas. Claro que puedes ayudarme…solo no me digas nada feo hoy. Y hazme cariño…
—He preparado algo que vi en la internet —confesó el rubio, sirviendo dos plazos sobre la mesa— Le dicen Ratatouille.
—¿Cómo…? —parpadeó, estupefacta al ver lo que olorosamente se ceñía sobre su plato— ¿Tu hiciste esto solito…?
—Sip —asintió feliz— ¿Sabías que los ratones en parís saben cocinar? ¡Son chefs!
Ay…Adrien. Voy a tener que contarte algo muy feo: Disney y Pixar nos han lavado el cerebro. Me comí todo. No recordaba la ultima vez que alguien me cocinó algo. Y tan rico, por lo demás. Sabía exquisito. Exquisito…como tú.
—Alto —se detuvo de golpe la barista.
—¿Mh? —alzó la vista el rubio.
—No quiero abofetearme más…—musitó, con vergüenza.
—¿Cómo…? —pestañeó confundido el ojiverde.
Que no quiero…azotarme como una monja en convento del siglo XII, joder. No me laceraré, por cavilar lo que pienso de ti. No me quiero sentir más culpable. Ya basta. Ya basta de reprimirme contigo. Eres la persona que quiero en mi vida…Adrien. Por favor, no me dejes.
Volví a llorar. Incluso después de probar tal manjar, me sentí como una niña de 8 años. No tenía a mi mamá ni a mi papá ni a mis amigos. Ni mucho menos a mi jefe. Eras el único que estaba ahí para mí. Y di gracias a los dioses por tu presencia. Me abracé a mi misma.
Creo que Adrien pensó que tenía frío, porque me vio temblar. Se arrimó a mí, abrazándome con suavidad. Me dio besitos en las mejillas. Y acarició mi cabello. ¿Por qué eres así…?
—Adrien…—jadeó Marinette, con los pómulos enrojecidos— Tu…
—Una vez tú, darme un baño —murmuró con voz afable el rubio. Sus mejillas, rebozando de un rosado color— Déjame hacer lo mismo ahora.
Su voz, aterciopelada contra mi oído me hizo minimizarme en mi lugar. Y asentí, sin prejuicios ni mucho menos quejas. Chat Noir se levantó y se fue directo hacia el cuarto del baño. Llenó la tina con agua tibia para mí, dejándome a la vista todos mis artículos de aseo. Los mismos que yo le ofrecí en su momento. ¿Cómo pudo recordarlo?
—El de etiqueta verde es el champú. El de etiqueta roja el jabón. El de etiqueta rosa el bálsamo. El de etiqueta azul es el exfoliante de piel. El de etiqueta amarilla es la crema de ducha —sentenció, ahora desviando la mirada con algo de vergüenza— ¿Me voy?
—No…—acotó la estudiante de arte, tomando su mano— No te vayas…
—Mi lady…—tragó saliva, muy nervioso.
—Quédate…
Me quité la toalla delante de él. A la mierda mis prejuicios morbosos. Confiaba ciegamente en Chat Noir. El profesaba una confianza única. Deseaba que me viera desnuda. Se cubrió los ojos por unos momentos, pero yo insistí en correrle las manos de la vista. El tenía derecho a diferenciar el cuerpo de una mujer, al de un hombre. Se había ganado ese derecho. Luego de que yo también lo hubiera visto despojado de sus prendas, como vino al mundo. Al principio, permaneció de piedra examinándome de pies a cabeza. Pero no percibí lujuria o perversidad en sus ojitos. Al contrario, me observó como si de una obra de arte en el Louvre visitas. Así, como una estatua sobre un altar. Fue el momento mas erótico de mi vida. Y al mismo tiempo, en mas tierno de todos.
Chat Noir, tragó saliva con dificultad. Pude notar como la prominencia en forma de manzana laríngea de su cuello, subía y bajaba. Estaba ruborizado. Pero no porque quisiera hacerme algo indecente. Era solo su curiosidad. Me metí a la bañera. Y el, recogió agua en una cubeta, hasta bañarme con el líquido caliente desde la cabeza hasta el ombligo. No. No buscaba corromperlo. Por el contrario, solo añoraba que entendiera. Que no éramos iguales.
—Marinette, cerrar los ojos —pidió, esparciendo el champú por sus cabellos— Arde si no cierras los ojos.
—¿Es porque a ti te pasó? —se mofó.
—El otro día —bufó, muy abochornado.
El masajeó mi cabeza. Se sintió muy bien. Relajante por lo demás. No sé si a todas las chicas les gustaba, pero para mí…el señor del anillo era muy amable conmigo al momento de frotarme el pelo. Y eso me gustó mucho. Adrien esparció el jabón por la esponja y fregó mi cuello, mis hombros, mis brazos, las clavículas. Y se detuvo.
—Mi lady…—cuestionó, nuevamente tragando saliva— ¿Debo tocar esto?
—Se llaman pechos —le explicó Marinette, sin escatimar en dobles intenciones. Tomó sus muñecas y le incitó a continuar— No pasa nada. Tienes permiso para bañarme hasta el vientre. ¿De acuerdo? Luego sigo yo. Y te irás a ver videos de gato a Youtube.
—De acuerdo…
Fue muy dulce conmigo. Vamos. ¿Qué piensan? ¿Que se le puso dura o algo así? Nah. Ni cerca. Adrien me trató como si limpiara un espejo. Así de corta los menciono. Este chico…no entendía lo que era el placer sexual. Pero no den por hecho que no lo aprendería en un tiempo más. De eso me encargaría yo. Adrien regresó al ordenador, haciendo sus cosas. Yo agradecí con creces su baño y salí del cuarto muy relajada. En el proceso, me aproveché un poco de su inocencia. Le pedí que me masajeara los muslos, las pantorrillas y los pies. Uff…un masaje en los pies, ayuda a cualquiera. Y descubrí fisgonamente que Adrien era muy habilidoso con sus dedos. Si que sí.
—Mi lady —acotó Adrien— ¿Sabías que los humanos tienen puntos nerviosos en el cuerpo?
—No. ¿En serio? —agregó, haciéndose la desentendida— ¿Cómo cuáles? —rio divertida.
—Permíteme amasar tus hombros y tus pies —aseveró, seguro de si mismo— Creo que se una técnica para abrir los "chakras"
Él le llamaba "amasar". Pero para mí, era un masaje de los dioses del olimpo. Me pregunté que tantas otras cosas aprendió en el Tíbet. ¿No les da curiosidad? Me comentó algo sobre los "chakras". ¿Qué mierda era eso? Me encerré en el cuarto a googlear. Citaba: "Son centros de energía inmensurable (no medible) situados en el cuerpo humano. Actúan a nivel espiritual. Y son conductos de liberación almática, de energía, sin contacto físico". Me detuve unos momentos. ¿Mi compañero de piso sabía cómo elevarme al paraíso sin sexo o algo así? Porque eso entendí.
De un momento a otro, me sentí mal con que pasara tantas horas frente a una pantalla. En vez de exaltar sus chakras. Quería levantarme a reclamarle. Pero el amasamiento que me dio en el bañó me dejó estúpida. Así que me recosté en mi pijama rosado y me dormí.
—¡Marinette! —aulló Adrien.
—¡¿Ah?!
Chat Noir me despertó en medio de la noche, saltando a los pies de mi cama como un salvaje. ¡¿Qué pasa?! Observé la hora. Eran las 4:30AM. ¡Tenme piedad, dios!
—¡¿Pero que carajos pasa?! —berreó Dupain-Cheng.
—Carajo, es una mala palabra —rezongó el rubio, gesticulando un mohín— ¡Pero no importa! ¡Marinette! —brincó sobre ella como un niño pequeño— ¡Despierta! ¡Me he ganado un viaje a la luna!
—¿Qué? —parpadeó, aturdida con lo que le contaba.
—¡Entré a una pagina y me dio un viaje a la luna! —alardeó— ¡Solo me pide tu tarjeta bancaria y tu contraseña! ¡Dámelas!
Por la chucha. Debí haberle advertido del spam y las estafas. No, Adrien. No hagas clic en cualquier mierda que ves. ¡Joder!
—Cálmate —le detuvo la ojiazul de golpe, tomándole de los brazos con mirada asesina— Apaga el ordenador ahora mismo. Mañana te explico.
—Pero…
—Haz caso.
—Si…mi lady —asintió, obedientemente.
Menos mal que era un chico sensato. Me hizo caso sin argumentar nada. Adrien apagó el pc y se vino a acurrucar a mi regazo. Le abracé, como un peluche a mi lado. Comenzó a ronronear, pero lo ignoré. Cuando comenzaba a darme esas muestras de cariño ya sabía yo que intentaba seducirme con lo cariñoso. Porque vamos…nací siendo fanática de lo ¡Sensual! Y este chico era muy sensual para mí. Fin del tema.
—Marinette…—balbuceó Adrien, apretujado contra sus pechos— Debo…dar tu tarjeta.
—Duérmete, Adrien —espetó, adormilada— Nadie irá a la luna esta noche.
—Pero…
—Duerme ahora —sentenció— O te irás a tu cama.
—Buenas noches, mi lady.
Ya me imaginaba yo. Buen gato.
Adrien se portó bien. Y durmió conmigo esa noche, como de costumbre cuando se sentía atosigado de sensaciones raras. Pero quieren que les sea sincera. Sentí algo…clavándose en mi vientre. ¿Qué era?
—¿Qué significa esto? —cuestionó Marinette con los cerrados, pero el ceño fruncido.
—No sé…
—¿Cómo que no sabes? —volvió a espetar— Por favor que no sea lo que creo…
—Lamento el agravio, mi lady…—musitó, acongojado—Tengo…—Chat Noir desentrañó de entre las sábanas, un báculo de metal— un bastón de defensa personal.
—¿Qué? —exhaló rendida, quitándoselo de encima para depositarlo en el velador— Nada de bastones, Chat Noir.
—Está bien —asintió finalmente, volviendo a cerrar sus ojos.
Me imaginé lo peor…
Silencio.
Silencio.
—¿Mañana si me darás tarjeta? —insistió con inocencia.
—Te estas ganando una patada en las pompis —farfulló.
[…]
Cafetería Le Miraculous, 17:25PM.
Hice lo humanamente imposible para evitar cruzar miradas con Félix, imaginando escenarios fatídicos en mi cabeza. Puede que les parezca una actitud cobarde de mi parte y quizás lo fue. No me gustaba confrontar ciertas cosas en mi vida diaria, a lo que regularme huía. Pero este se mostró desagraviado por lo acontecido la noche anterior. Es más, se paseó mas por la cocina del restaurante que por la barra; en la cual yo desempeñaba mis funciones.
Llevé a cabo mis tareas, en lo que regularmente hacía. Preparé las infusiones de café que llegaban desde las mesas, las ingresé en caja y continué haciendo lo mismo hasta pasadas las 19:00PM. Quedaba bastante poco para salir de mi turno, cuando un acontecimiento en particular me desconcentró por completo. Como bien era sabido, dentro de la Torre Eiffel se situaban un restaurante de lujo y una cafetería. Los Graham de Vanily se habían adjudicado el derecho de admisión para la cafetería. Pero siempre me cuestioné si también eran dueños del restorán. Nunca me atreví a preguntar porque consideraba que eso no era de mi incumbencia, aunque mi jefe me creyera una persona de confianza en el rubro.
Esa tarde, mis sospechas culminaron con asidero. Definitivamente el comedor tenía otro propietario. Y no era precisamente alguien con quien Félix se llevara bien. Era la primera vez en los 6 meses que llevaba laburando ahí, que le vi. Una joven como de mi edad y rasgos asiáticos. Entró con mucho desplante por la puerta principal, exigiendo con propiedad verse con el administrador de Le Miraculous. Uno de los mozos le condujo hasta el despacho del director, aunque no sin antes echarme una ojeada con soberbia. No se me hacía para nada conocida. Y no me daba nada de confianza.
Permaneció en la oficina del rubio por al menos unos 30 minutos. Cuando finalmente salió, Félix venía detrás de ella con expresión amarga y muy enfurruñado. Cargaba un papel en su diestra, el cual le entregó a la muchacha en la puerta del ascensor. La despidió con un beso en la mano y al voltearse de nuevo, soltó un pisotón violento contra el suelo. El taco de sus zapatos resonó por la baldosa. Si que estaba irritado…
—¿Qué miran? —rezongó el ojiverde, emitiendo gruñidos en el proceso— ¡Vuelvan a trabajar! ¡¿Queda claro?!
Algo no estaba bien. Le noté un tanto frustrado por lo demás. ¿Por qué? Me observó a lo lejos. Me espanté cuando su mirada y la mía conectaron. Bajé la cabeza para disimular falsamente que hacía algo importante. Pero fue imposible escapar. Se encaminó hacia mi y se quedó parado de frente por varios segundos, esperando un pronunciamiento de mi parte. ¿Qué quería decirme? ¿Algo sobre lo ocurrido entre ambos? La temperatura de mi rostro se elevó de sobremanera. Estaba rezando para que no fuese el caso. Que no me diga nada. Que no me diga nada. ¡Que no me diga nada!
—Señorita Dupain-Cheng —emitió.
Ya valí.
—¿Señor Graham? —balbuceó la barista, trémula en sus palabras— Mierda. ¿Desde cuando le digo así? Me va a matar.
—Prepare dos expresos. Y venga a mi oficina —demandó el británico.
—¿Eh…? —parpadeó, atónita e intimidada con su requerimiento— Pero…
—¿No quedó claro? —rezongó, con voz áspera.
Si. Si estaba claro. Asentí con sumisión y preparé los dos malditos expresos. Vale. Supongo que de alguna manera comencé a asimilar muy visceralmente que perdería mi empleo. Pero vamos, ya nada más importaba. Agradecía de corazón el trato y la oportunidad que me dio, por trabajar a su lado. Resignada, entré a su oficina, depositando dos tazas sobre su escritorio. Félix encendió un cigarrillo y el humo me inflamó los ojos.
—¿Pasa algo? —tosió Marinette.
—Es electrónico —Félix arqueó una ceja, con obviedad— No exageres, cuando solo es vapor.
—Ah…—¿No era real? Soy una tarada— Este…—siseó la estudiante, sin llegar a terminar lo que tenía que decir.
—Supongo que ya viste a la mujer que vino hace un rato ¿No? —confesó el rubio, tomando la taza para beber un sorbo de la intensa infusión. Hizo amago de duda— ¿Sabes quién es?
—Creo que todos la vimos —negó con la cabeza— Pero no sé quien es.
—Su nombre era Kagami Tsurugi —reveló, expeliendo con ímpetu el vapor de entre sus labios— Y es la dueña del restaurante de la torre. Comida fusión, Longg.
—Tenía curiosidad por saber quién era el propietario, pero nunca la vi por acá —respondió la muchacha— ¿El otro expreso es para mí? —Félix asintió— Gracias —agregó, también tomando un sorbo— ¿Por eso me has llamado?
—¿No está claro eso? —masculló, rodando los ojos.
—No, Félix. No está claro — Y tú, juras que yo leo tu mente —pensó.
—Bien —proveyó Graham de Vanily con seguridad, para que esta vez si le quedara muy claro— Te he llamado porque te considero mi mano derecha por acá. Como bien ya sabes, los humanos solo tenemos una mano derecha —la levantó— Porque la otra es la izquierda. Y de esas no me fio.
¿Qué contiene ese cigarro electrónico? ¿Droga?
—La señora Tsurugi, la madre de Kagami, es la verdadera propietaria del restaurante —relató Félix, afirmando su trasero contra el borde del escritorio— Pero ella no veía que el administrador anterior hiciera bien su trabajo.
—¿Por qué? —examinó Marinette con curiosidad— ¿Hizo malos negocios?
—No. Porque es ciega —y volvió a tomar otro trago de su café— Y por eso no ve un carajo. Pero de igual manera —aclaró, carraspeando— determinó que ahora su hija viajara desde japón para hacerse cargo personalmente.
—¿Y esto que tiene que ver conmigo?
—Tu no eres la señora Tsurugi, así que abrirás bien los ojos —Félix Graham de Vanily se arrimó a ella, tomándola por los hombros con firmeza— A partir de mañana, Kagami se va a pasear por el piso como el gordo de Buda. Su presencia aquí me molesta.
—¿Acaso te da miedo?
—Ni de broma. Pasa que soy ateo —sentenció— Odio a Buda. Y porque odio que me controlen. Esa chica vino acá con un propósito. Adueñarse de la franquicia de Le Miraculous. Yo lo sé. Lo siento muy dentro de mí. Como un cosquilleo en mi punto G. ¿Queda claro?
—No me…—Marinette tragó saliva— No me queda claro…Félix —curioseó nerviosa— ¿Exactamente dónde está tu punto G?
—Créeme, que no quieres saberlo —la despabiló— Marinette —murmuró el rubio, esta vez con la voz mucho mas templada— No puedo confiar en nadie mas aquí. Solo en ti. Y ya que tu estás en la barra…necesito que seas mis ojos y mis oídos, cuando venga. Por favor, hazlo.
—¿Es…un favor o una orden? —pestañeó confundida.
—Tómalo como quieras, a mi me vale —se apartó, terminándose el liquido de su taza— Solo quiero que lo hagas.
—Vale. Si voy a tomármelo como yo quiera entonces —Dupain-Cheng también se acabó el café de golpe, gesticulando una mueca de arrogancia— Quiero un aumento.
—¿Te crees un meme? —chistó el ojiverde.
—Entonces no hay trato —rezongó, cruzándose de brazos— Un aumento y un ascenso, o no haré nada.
—¿Y que pasa si no lo hago? —le rebatió— ¿Me demandarás?
—Depende —arqueó una ceja— ¿Quieres verme en la corte o en bikini, en verano?
Créanlo o no, no soy tan estúpida como aparento. ¿Recuerdan que me sentía de la mierda porque me besó la noche anterior? Pues lo que pensé que era una sentencia de muerte para mí, en realidad lo era para él. Usaría todos mis recursos para amarrarlo de las bolas. Porque si había algo que aprendí en solo 12 horas de diferencia, fue lo frágil que son los hombres como Félix, cuando se declaran deseosos por ti. Me miró como un depredador a su presa. Estaba en llamas. Pude olerlo en el aire. No le gustó para nada mi amenaza. ¿Pero piensan que eso le molestó? Por el contrario. Mientras más difícil me volviera de controlar, más le volvía loco. Félix Graham de Vanily resultó ser un hombre muy sencillo de leer. Era una carta segura bajo mi manga. Lo tenía como un perrito comiendo de mi mano. No lo imaginé. Porque apenas dije aquello, soltó el cigarro electrónico y se acercó a mí en forma indiscreta. Sabía que quería meterme la lengua en la boca, otra vez. Y de seguro algo más.
Esta vez, no lo permitiría. No me volvería a ver débil frente a mi jefe. Ni en sus malditos sueños. Famoso, multimillonario…y virgen. Oh sí. Porque este chico…era mas virgen que yo. ¿La razón? Ni idea. Quizás tenía problemas para socializar. Le puse las manos en el pecho, solo para que midiera la distancia entre ambos. Esto era un negocio, después de todo. Le fulminé con la mirada. O me daba el ascenso con aumento de sueldo, o no le dejaría verme ni los talones. A mi me respetas, cabrón. Dame lo que quiero…y quizás, solo quizás, me lo piense.
—Hecho —admitió.
¿Qué les dije? Sonreí triunfante. Tomé las tazas vacías del escritorio y me dispuse a salir. Pero no contaba con que me sujetara el brazo, sin antes declarar:
—Esas son tus condiciones —musitó, contra su oído— Pero no creas que te saldrá gratis.
—Sé lo que quieres —murmuró de vuelta, la barista— Pero no creas que te saldrá gratis.
Le respondí de igual forma, soltando su agarre. En el fondo, percibí la tensión sexual entre ambos a flor de piel. Era indescriptiblemente exquisita. Y eso no me limitaría a conseguir mis objetivos. Me voltee a mirarlo, solo para dejarlo muy en claro.
—¿Queda claro? —farfulló Dupain-Cheng.
—Queda claro.
No se imaginan en el lío que me metí. Me pasó por avarienta. Y caliente…para peor. Favor no intenten esto en casa.
