Moraleja y consejo del día: Si no puedes tenerlo, no lo robes.

Así como lo dije. Creo que el trato que hice con Félix fue la peor y al mismo tiempo mejor decisión tomada de mi vida. ¿Por qué la peor? Porque sin darme cuenta, me tuve que conformar con lo que tenía. Algo en mí, me impedía con mucha responsabilidad afectiva, cogerme a mi compañero de piso. Y a raíz de ello, tuve que consentirme con hacerlo con mi propio jefe. ¿La mejor? Porque Graham de Vanily me traía con las hormonas imbéciles desde los 15 años y a partir de ese momento, yo sería la nueva Sub-Gerente general de Le Miraculous.

Esa noche volví ardiendo con avidez que ni yo misma me explicaba. Había zafado todo el día de confrontarle. Y para mi mayor logro, conseguí un aumento de sueldo y un jodido ascenso. ¿Qué podía salir mal? Comenzaría a ganar el doble desde el siguiente día. ¡Y tendría un papel crucial en la vida de Félix!

—¡Marinette! —aulló, jovial— ¡Ven a ver esto! ¡Rápido!

Chat Noir me recibió en la entrada con actitud eufórica. Apenas pude sacarme los zapatos. Me jaló hasta el ordenador para mostrarme el final de la película Frozen. ¿En serio?

—Kristoff y Anna…—murmuró expectante. De pronto, el beso. Adrien dio un brinco del asiento, dejándose caer hacia el sofá— ¡Ahh! ¡¿Viste eso?! ¡¿Lo viste?! Fue hermoso…

—Yo supongo que te gustó mucho la película… ¿No? — Y no sé por qué no me impresiona su reacción…este chico es mas sano que un yogur—pensó, mientras dejaba sus cosas en el colgador para sentarse a su lado. El rubio se tomó el rostro— ¿Quieres hablar de la película?

—Eso que vi es…es…—tembló de vuelta— ¡Me encanta!

Increíble. Yo venía llegando a casa luego de fantasear con mi jefe y por acá, todo era jubilo y amor. Chat Noir se levantó de sillón y corrió hacia el balcón. Abrió la ventana y se trepó por el barandal hasta el techo. Oh no. No por favor…los maullidos otra vez.

—¡Libre soy! ¡Libre soy! —cantó hacia la luna— ¡No puedo ocultarlo más! ¡Libre soy! ¡Libre soy! ¡Libertad sin vuelta atrás!

—¡¿Qué estás?! —Marinette se fue de culo— ¡Chat Noir!

—¡¿Otra vez ese maldito gato?! —berreó uno de los vecinos, sacando la cabeza por la ventana— Marta, tráeme el repelente de ratas.

—¡Qué más da! —vociferó el rubio, respondiéndole al sujeto— ¡No me importa ya!

Por todos los santos…Chat Noir, te van a terminar cagando a palos.

—¡Gran tormenta habrá! —chilló.

Ah. Genial. Alguien le acaba de lanzar agua.

—El frio es parte también de mí —siseó.

Un resfrío, querrás decir.

—¡Firme así, me quedo aq-…!

Eso fue lo ultimo que alcancé a escuchar. Pude sentir como algo contundente lo golpeó, soltando un gruñido felino similar a una patada en las costillas. Acto seguido, un bulto cayendo entre los botes de basura. Gran concierto por lo demás…

Tras varios minutos, me tocó la puerta del apartamento. Traía un par de cascaras de plátano en la cabeza y algo de mugre en la cara. Solté un suspiro, rendida ante sus ansias de cantante. Era un chico espontaneo y no pretendí reprimirlo. Estaba feliz con la película. ¿Acaso iba a regañarlo por eso? Me acerqué a él, cogí un paño y comencé a limpiarlo.

—Cuando recién me mudé a este barrio, mis vecinos eran todos solterones —murmuró la barista, limpiando su cabellera— Pero…supongo que con el tiempo se casaron y se fueron.

—¿Se cazaron entre ellos?

—Eh…bueno —agregó, sutilmente ruborizada— No es ese "cazar". Hablo de matrimonio.

—¿Qué es el matrimonio? —parpadeó, aún mas curioso.

—Algo que quizás…nunca llegue a ver —desvió la mirada con melancolía.

No creí que unas simples preguntas me hicieran sentir tan desalentada conmigo misma. Me gusta Félix. Me gusta Adrien. Pero no me veo casada con ninguno de ellos. Bueno…a decir verdad, con mi estilo de vida y mi torpeza a flor de piel, creo que con nadie. No sé que clase de cara habré puesto, que mi compañero se compadeció de mí y me abrazó.

—Todo estará bien. Verás matrimonio —asintió.

—Ver un matrimonio seria bueno —respondió la ojiazul, disimulando una sonrisa melancólica— Por lo regular son divertidos. Ojalá nos inviten a uno, gatito —le pellizcó la nariz— Arriba. Hora de cenar.

Adrien tenía una forma increíble de hacerme sentir mejor en cuestión de segundos. No había ni una molécula de maldad en su sangre. Era un muchacho con una fortaleza admirable. Algo que a mi me faltaba. Tantos días y meses enseñándole cosas. Y de cierta manera, el también me enseñaba a mi a través de su sencilles y su amor incondicional por mí.

Amor…

Otra vez esa palabra. ¿Por qué continúo pensando en ella? El ojiverde dejó a un lado los alimentos y me miró fijamente de un momento a otro. Le distinguí extraviado en términos de confianza. Algo le abrumaba.

—Mi lady ¿Qué es el amor?

Quizás por eso estuve pensando tanto en esa palabra. En algún punto, Adrien tendría que preguntarme eso. Se veía venir.

—¿Lo preguntas por la película? —Marinette bebió un sorbo de agua— ¿Quieres analizarla conmigo? Hagámoslo.

—No logro distinguirlo —se cuestionó así mismo el muchacho— ¿Hay muchas clases de amores?

—En efecto —concedió Dupain-Cheng, haciendo una pausa de la cena para explayarse de mejor forma— Hay amores de todo tipo. De amigos, de hermanos, de padres e hijos, de pareja, etc. Elsa ama a Anna porque es su hermana. Así como Kristoff ama a Anna porque es su mujer. Y el príncipe Hans-…

—Se ama así mismo —le interceptó.

Captó a la perfección la idea— Eso creo —murmuró de vuelta, con cierto dejo de orgullo en sus palabras— Lo cual no quiere decir, que ese tipo de amor sea del todo malo.

—Lo sé —manifestó Chat Noir, jugueteando con sus dedos— El príncipe Hans no es el villano de la historia. El solo era un antagonista.

—¿Y cual crees que sea el villano entonces?

—El desamor. Y los malos conceptos del mismo —explicó con mucha seriedad el rubio— Creo que eso lleva a la desconfianza y a los prejuicios.

¿Qué puedo decirles? Me dejó helada. Yo creo que ni mi psicólogo me hubiera dado una respuesta mas acertada. Quise levantarme para darle una palmada en la espalda, por ser un buen gato. Pero en el fondo lo que quería hacer no era eso, si no algo mucho mas profundo. Apreté los labios y asentí, en lo que levantaba los platos. El me tomó del brazo, atajándome en el asunto. Seguía exponiéndose embrollado. Aunque de apoco, se fuera dilucidando el sentimiento.

—¿Cómo puedo saber que tipo de amor siento por ti? —consultó en contemplación mesurada.

Casi dejo caer los platos del shock. Se los juro. Me tembló la mano. Tuve que poner mucha fuerza de voluntad para no doblegarme. Era una interpelación muy formal. Adrien estaba siendo reflexivo, al cuestionar sus sentimientos por mí. Si deseaba indagar en su propio corazón, acabaría haciendo lo mismo con el mío. Y eso nos arrastraría a ambos a un viaje sin retorno. Pretendía responderle. Solo que no sabía muy bien que palabras usar. Tomé algo de aire. Acto seguido, sujeté su mentón con la mano izquierda. Me observaba circunspecto, como quien espera una sentencia ante un juicio.

—Esa respuesta solo la tienes tu —dijo la estudiante de arte, sin muchos miramientos— ¿Me ves como una hermana?

—¿Los hermanos se besan en la boca? —examinó de vuelta.

—No lo creo…—musitó de vuelta— Pero no lo descarto, eh. Hay de todo en la viña del señor.

—Entonces, supongo que me siento como Kristoff —declaró finalmente, tomando el rostro de su compañera entre sus dedos— Por Anna.

¿Qué me está contando? ¿Significa que…? Nah. No es posible. ¿En serio me creen tan huevona? Adrien no podría estar confesándome que-…

—Estoy enamorado de ti, Marinette.

Perdón…platitos. Pero acabaron todos rotos en el suelo. No pude. ¡No pude! ¿Qué acababa de pasar? ¿Adrien se estaba declarando? ¿Qué clase de broma absurda era esa? Me rehúso. ¡Me rehúso!

—¡Ok! ¡Eso fue divertido, Chat Noir! —la pelinegra se echó a reír, dándole golpes suaves en los hombros— ¡Jajaja! Ups…mira mi torpeza. Acabo de quebrar los platos —carcajeó otra vez— ¡Jaja! ¡Ayúdame! ¡Jaja! ¡Yo! ¡Jaja!

—Mi lady —le sujetó nuevamente, percatándose de la risa forzosa y estúpida que soltaba— No fue un chiste.

—¡Claro que lo fue! —Marinette se limpió las lágrimas de los ojos, entre risas— ¿Qué me cuentas?

—Que te veo como Kristoff a la princesa Anna —insistió.

—No es posible —bufó— Basta.

—Lo es.

—Claro que no — Por favor…no

—Claro que sí.

—Detente…

Chat Noir selló sus labios, en el preciso instante que pedí algo de silencio para poder asimilar lo que me estaba diciendo. No era posible que se enamorara de mí, así como así, solo por ver una película para niños. ¿Qué podía saber sobre el amor? Vamos, si vivió toda su vida en una tribu de salvajes. De la cual, si lo pensaba mejor…poco y nada sabía. No. Insisto en mi posición. Me rehúso. Debe de estar confundido.

—¿Mi lady? —consultó liado.

—Perdóname, gatito —se disculpó, mientras recogía los trozos de loza esparcidos por el suelo— No debí haberte dicho eso. Pero…creo que sería mejor que lo comprobáramos. ¿No te parece? Ya sabes…como para dejarlo en claro y no tener dudas luego.

—Yo no tengo dudas —exhaló el rubio, con desazón— Pero si insistes, lo haré. ¿Qué sugieres?

Solo había una forma de averiguarlo.

Titanic, señores. Oh sí. Si que sí. No existía mejor película que esa para representar el amor de una pareja. Era una historia versátil con muchas aristas en la trama. Desde la lucha de clases sociales, hasta el trágico accidente contra el Iceberg, que seguro alguien puso ahí a propósito para cagarnos la vida. Limpiamos, ordenamos todo y nos empotramos al sofá frente a la TV. Chat Noir esta vez, se mostró muy decidido a verla. Lo noté sutilmente ansioso. No era una animación de personajes 3D como Frozen y estaba convencida de que ver a dos humanos en una historia de amor, terminaría por aclararlo todo. Para variar un poco, abrimos una casata de helado. El mío era de chocolate y el de él, sabor pistacho. Apagué la luz y presioné el botón de "play".

Créanme. No cabe duda de que yo tendré la razón.

Llevábamos una hora de película por lo bajo. Adrien estaba embelesado con las imágenes. Los colores, los diálogos, la historia. Era tan atrapante para él, que se mantuvo boquiabierto incluso en los momentos de sagaz comedia. De vez en cuando, emitía comentarios muy temperamentales sobre ciertas situaciones que no podía pasar por alto.

—Rose le enseña modales a Jack como tú a mí, mi lady.

Citó, en la escena del fino restaurante. Vale…no contaba con que haría esa comparación tan…rústicamente cierta. Me sentí un tanto febril con su comentario. ¿Por qué de pronto…comencé a verme a mi misma en una actriz de Hollywood? ¿Les ha pasado alguna vez que se reflejan en una historia de amor que no es propia? ¿En qué momento me llegué a proyectar tanto? Porque ahora mismo, el jodido Jack Dawson estaba sentado al lado mío. Y no era precisamente Leonardo DiCaprio.

Agregó otra vez.

—No me agrada Caledon Hockley. ¡Quiso golpearla! —se estaba mordisqueando las uñas— ¡No!

Berreó, con el ceño fruncido. Joder sí que se tomaba las cosas en serio.

—Rose…está desnuda…

Agregó otra vez. Se cubrió un tanto los ojos, pero no como la primera vez que me había visto a mí. Por el contrario, quiso observar con mucho lujo y detalle la escena. Todo iba bien hasta que ¡BOOM! La dichosa escena del carro. ¿Qué creen que pasó? Adrien se deformó por completo. La cuchara de su helado cayó al suelo. Estaba en shock. Y yo no sabía si reírme de el o…agarrarlo a besos. ¡Soy tan mala! ¡Jajaja! Lo estaba gozando a rabiar, eh. Porque mientras el se compungía yo estaba muy entretenida observándole de reojo.

—¿Qué pasó, Adrien? —consultó con voz bribona— ¿Te sientes bien?

No me respondió. Apenas si podía respirar. Lo dejé pasar, haciéndome la desentendida. Supuse que no había entendido mucho la escena. Pero algo de ella captó en su esencia. Continuamos viendo la película con toda la normalidad del mundo. Mi compañero se minimizaba en su puesto con las escenas dramáticas.

—Tantas…personas…muertas…y bebés incluso.

Se abrazó así mismo. ¿En verdad le había afectado tanto?

—¿Por qué…? —musitó, con la voz acongojada— ¿Jack está…? —hizo un puchero, con los ojos humedecidos— Es tan triste…

Ya no supe que mas decirle. Me había salido el tiro por la culata. Porque ambos acabamos llorando con el final como dos malditos críos. Fueron casi 3 horas bastante intensas con tantas emociones de por medio. Prendí la luz y ordené las cosas, con la esperanza de que Chat Noir hubiera cambiado de opinión. Concluyentemente no fue así. Continuaba mirándome de la misma manera especulativa de antes. Le pregunté con la mirada. Y su respuesta fue tajante. En verdad si me ve como una pareja.

Eso solo podía significar una cosa para mí: Confusión.

Deje que se cepillara los dientes, mientras me ponía el pijama. Para cuando salió del baño, El…ya no era más aquel muchacho de traje de gato. Vestía ropa civil. Vestimenta que yo misma le di. Era un pantalón deportivo negro y una maldita corpulenta musculosa blanca. Examiné sus brazos curtidos por el trabajo. Delgados, pero fornidos. Cabellera sedosa, olorosa, brillosa como el sol. Orbes preciosos color esmeralda, cuerpo endiosado. ¿Por qué no lo vi venir? Miré hacia el balcón. Eran mis cuatro días de "Adrien" humano. No había luna. Mierda. Ya no era mi gatito ronroneante. Era el mismísimo señor del anillo.

Regresamos a la habitación. El optó por dormir en la cama nicho. ¿Por qué? ¿Desde cuándo tan pudoroso consigo mismo? Percibí que quería decirme algo.

—Adrien…—balbuceó Marinette— ¿Qué pasa?

—Estaba pensando…—murmuró con tristeza el rubio, mientras se arropaba con el cubrecama— Que Jack se pudo haber salvado. Creo que pudieron haberse subido juntos.

—Esa ha sido materia de controversia durante años ¿Sabías? —bufó Dupain-Cheng, alzando la mano para apagar la lampara— Pero ya tendremos tiempo de discutir tu teoría. Por ahora…buenas noches, gatito.

—Buenas noches, mi lady.

Sé que me había despedido de el hace por lo menos 20 minutos atrás. Pero también sé que no estaba durmiendo. No había que ser muy inteligente para escucharle quejarse muy bajito, mientras se removía en su lecho. El chico mantenía la vista clavada en el techo. ¿Qué habrá estado pensando en esos momentos? ¿Las infinitas probabilidades de salvar a Jack? ¿O quizás la polémica que envolvía sus sentimientos hacia mí? Adrien me confesó que por lo regular pensaba en mi todo el día. O gran parte de él. Esa fue su justificación para regalarme la caja de madera, hecha a mano con dedicación. ¿Sería ahora la ocasión de aquello? ¿Era yo la culpable de asaltarle el sueño?

Extendí el brazo por el borde de la cama, dejando que parte de este sobresaliera hacia afuera. Si el tomaba mi mano, lo confirmaría. Y me prometería a mi misma, dejar de darle vueltas al asunto, asimilando la realidad. Él la cogió en silencio. Me sentí con el corazón atiborrado de un caluroso afecto amoroso. Correspondí el toque sincero, apretándole la extremidad en respuesta. Mi misterioso compañero de los himalayas, ejercía sentimientos amorosos del tipo: Pareja hacía mí. Una chica que aún no tenia en claro que mierda quería hacer con su vida. Mi corazón era un caos aún.

Pero tampoco deseaba hacerme la difícil. Al menos no con él. Froté el dorso de su mano, con la yema de mis dedos. De un momento a otro, Chat Noir se levantó de su litera, acomodándose sobre mi cuerpo sin ningún atisbo de dobles intenciones. La luz uno de los faroles callejeros entraba sigilosa por mis cortinas, dándonos la luminiscencia necesaria para observarnos en medio de la penumbra.

En el preciso momento en que sentí sus dedos, masajeando mi mentón y mis labios, supe lo que el buscaba. Un beso. No de un hermano a una hermana, ni de un hijo a su madre. Un beso de amante. De aquellos que le das a tu pareja. A tu mujer. La respiración de mi compañero se volvió más errática que antes. Posiblemente estaba muy afanoso por dármelo. Además de que era su primera vez. Sus orbes esmeraldas brillaron con avidez. Lo contemplé encandilada con el perfil oscuro de su rostro angelical. Sujeté sus mejillas y lo acerqué a mí. Asentí, transmitiéndole con la mirada que sería yo quien le enseñaría como hacerlo.

No se comparaba en nada al beso que me di con Félix. Con mi jefe todo era muy volátil. Muy ferviente. Sin embargo, con Adrien era como…tocar el cielo con las manos. Primero me dio uno bastante tímido, casi rozando en la virginidad. Pero con el pasar de los segundos, se tornó cada vez mas intenso y prolongado.

—Respira por la nariz —murmuró Marinette, entre labios— No te ahogues…

Afirmó con la cabeza. Dios…sus mejillas parecían dos tomatitos. Nunca lo vi tan frágil y a la vez tan estimulado. Nos besamos por varios minutos. No llegué a calcularlo. Solo sé que nos tomamos nuestro tiempo con calma para disfrutarlo.

—Abre la boca —demandó la ojiazul— Mhm…eso es —enredó sus dedos contra sus cabellos— Usa la lengua. Así…despacio…no te apresures.

Lo sentí vibrar sobre mí. Estaba temblando. Su lengua danzó con la mía en el interior de mii cabida bucal. Entrelazándose una y otra vez. Me estremecí un poco. Cuando percibí que le estaba costando trabajo controlar la respiración, me detuve. Creo que era suficiente por una noche. Al separarnos, un hilo de saliva se cortó entre ambos. El se relamió unos instantes, sin quitarme los ojos de encima.

—¿Te ha gustado? —consultó la estudiante, con los pómulos enrojecidos.

—Mucho…—jadeó.

Se aferró a mí, con la intención de seguir. Pero no acepté. Lo detuve con suavidad, para que no sintiera un rechazo de mi parte.

—Tranquilo…podemos seguir en otra ocasión.

—Está bien.

Como siempre, tan obediente. Sumiso, se bajó de la cama y regresó a su lugar. Algo en mi despertó esa noche. No supe a ciencia cierta que era. Pero su tuviera que definirlo como un sentimiento a gusto, diría que fue amor. Muchísimo amor, desbordante de felicidad. Le dejé mi mano para que durmiera con ella, agarrada a la suya.

Fue un sueño muy placentero para ambos.

[…]

—Adrien —le llamó la barista, golpeando la puerta del baño— No olvides dejarme la ropa para la lavadora.

—Está en el cesto de ropa sucia, mi lady —informó desde el interior, con total normalidad.

A la mañana siguiente, me dispuse a hacer los quehaceres como de costumbre. Era día de lavado. Chat Noir se había metido a la tina para darse una ducha. Cogí mis colchas y las envolví en un bollito. Recogí mis prendas y las metí al canasto. Acto seguido, me arrodillé a la cama de mi camarada para hacer lo mismo. En cuanto retiré sus sabanas, algo llamó mi atención. Una sombra transparente se extendía por la tela. ¿Qué era eso? ¿Adrien se orinó? Me enfadé un poco. Le había advertido muchas veces que no se acostara con la vejiga llena. De igual forma las recogí y las puse en el canastillo. Lo dejé pasar, haciéndome la loca. Pero lo siguiente que encontré, no pude simplemente obviarlo. El pantalón de su pijama estaba húmedo igual. Y ya no era solo una mancha común y corriente. Era blanquecina y sutilmente pegajosa. ¿Qué rayos es esto?

La olfatee.

Mierda. No debí haber hecho eso.

—¿Esto es…?

[…]

—¿Qué cosa? —masculló Alya, sorprendida.

Universidad de Paris. Escuela de Bellas Artes, 10:30PM.

—Te lo digo en serio, Alya —farfulló con mucha vergüenza— Creo que era su...esencia.

—Pues era natural ¿No? Digo —chistó divertida la morena— Se besaron la noche anterior. El pobre quedó mal. Al menos pudiste haberle preguntado.

—¿Cómo rayos le voy a preguntar algo como eso? Es muy íntimo —Marinette infló las mejillas con vergüenza— "Hola, Adrien. ¿Qué tal? ¿De casualidad te corriste en mis sabanas?"

—Si. Lo sé —Césaire rodó los ojos— Pero es tan intimo como el periodo de una mujer. ¿No? Si Adrien el día de mañana hace el lavado de ropa y ve tus sabanas con sangre. ¿Te harás la pendeja con el asunto? Pues no, señora —negó con la mano.

—Bueno…— Pues sí. Tiene razón — Pues no. Estás en lo correcto.

—Debes hablar las cosas con ese muchacho —le sugirió con mucha responsabilidad en sus palabras— La comunicación entre ustedes es fundamental. Sobre todo, porque viven juntos.

—¿Y que le digo? —se rascó la nuca— No sé mucho sobre cómo funciona el cuerpo de los hombres.

—No necesitas saber de chicos para explicar algo así —se encogió de hombros con naturalidad— Lo más probable es que ni el se haya dado cuenta. Adrien no es un muchacho que se ande con cochinadas por la vida —añadió, sirviéndose una taza de café— Tal vez fue involuntario.

—Está bien. Lo haré —aceptó decidida la barista— No quiero que se sienta mal. Solo le diré que, si pasa algo como eso, que lo limpie y ya. ¿Está bien así?

—Eso es muy responsable de tu parte —Alya le guiñó el ojo— Me parece.

Alya estaba en lo correcto. Adrien no era así. Posiblemente ni el sabe que le pasó. Me sentí mal por él. Ni si quiera tenía una madre o un padre que le guiara en temas así. Si comenzaba a experimentar esos cambios masculinos en su cuerpo, se sentiría muy confundido y abandonado. Debía evitar que se "desinformara" a toda costa.

Nos sentamos en uno de los pupitres de la biblioteca. En 10 minutos más, yo tenía clases y mi amiga igual. Las vacaciones de invierno acabaron para mi y comenzaba el ultimo semestre. Sin contar el hecho de que aún debo hacer mi tesis. Arg…no quiero ni pensar en el bendito marco teórico.

—¿Y bien? ¿Has podido averiguar algo?

—Cierto. Para eso nos juntamos —la muchacha de anteojos sacó su portátil. Ella llevaba un mes entero intentando averiguar mas acerca de Chat Noir y sus orígenes. Lamentablemente para ambas, la información era muy escasa y los datos incongruentes— Según la fecha que me mencionaste que grababa su medallita, mas el nombre, me metí a la base de datos del registro civil de Francia. Ese año, nacieron 234 Adriens.

—Uff…—Marinette se tomó la cabeza con angustia— Eso no nos ayuda para nada.

—Pero, pude desglosar la cifra y acotarla un poco —agregó, mostrándole una lista mucho mas pequeña en la pantalla— La cadena que tiene Adrien está hecha de oro de 18 kilates. Así que averigüe que orfebrerías en Francia por esos años, fabricaban joyas así. Y esto es lo que hallé.

Alya fue muy concisa en la información. Cuando Adrien nació, las únicas joyerías en Francia que hacían ese trabajo, eran dos. Moulie y Cartier. Descartamos la primera de plano, porque Moulie tenía sede en Besanzón y no había registros de que ningún Adrien hubiese nacido ese año, en esa ciudad. A diferencia de Cartier, la cual era reconocido a nivel mundial por su excelencia en el rubro y curiosamente se situaba en Paris. Mi primera impresión fue: Ok. Los padres de Chat Noir eran gente de recursos. No todos los días mandas a hacer a medida, una gargantilla de 18 kilates a Cartier. Mucho menos a un bebé. Mi segunda conclusión, fue a raíz de la primera. Si eran gente adinerada, ni de locos abandonarían a su hijo. Mucho menos valiendo su peso en oro. Por lo tanto, quizás Adrien se había… ¿Perdido? O algo parecido. No quería especular en una especie de secuestro, pero era posible a esas alturas. Todo es viable con él, después de lo que he experimentado a su lado.

—Entonces. Repasemos —concluyó la joven periodista— En parís, ese año nacieron 50 niños con su nombre. Pero solo 5 de ellos, eran de familias acomodadas. Tengo los apellidos aquí.

Me mencionó uno por uno. Los Gauthier, los Laurent, los Lefebvre, los Bertrand y los Le Blanc. ¿Qué probabilidades habían de que fuera hijo de alguna de esas familias ricas? Ninguna. ¿La razón? Porque todos esos niños, estaban reconocidos por sus padres. Y vivían felices por la vida hasta la actualidad. Ninguna de esas familias, reportó jamás una desaparición, un secuestro o alguna abducción. Nuevamente nuestras teorías se desmoronaron como un castillo de naipes frente a nuestros ojos. Nada concordaba. Empecé a inquietarme.

—Demonios, Alya —rezongó Marinette con angustia— Nada calza aquí.

—Exacto. A menos que…—insinuó.

—¿A menos que…?

—Que no haya nacido en territorio nacional —especuló. Su compañera le observó con expresión aturdida. ¿Cómo era eso lógico? — Se lo que debes de estar pensando. Pero no es muy loco. El hecho de que sea francés, no quiere decir que haya nacido necesariamente en Francia. ¿Sabes? Hay gente que nace en otros países, con padres franceses. Pero no se adjudican la nacionalidad hasta después de grandes. O si es que vuelven al país.

—Entonces —reflexionó Dupain-Cheng— Cabe una mera posibilidad, de que Adrien sea francés, pero haya nacido en otro lado.

—Como en el Tibet, por ejemplo. O en los Himalayas —comentó Césaire— Después de todo, el vino de allá.

—Puede ser…—murmuró vacilante la ojiazul— ¿Crees que sus padres hayan sido algo así como viajeros?

—Lo más probable. Pero de ser ese el caso…—rezongó la morena con aires de perturbancia— Si es que realmente eran trotamundos, pudo haber nacido en cualquier parte del planeta.

Me hubiera encantado seguir la plática. Estaba metidisima en el tema. Pero el timbre de la escuela sonó. Yo debía asistir a mis clases. Lo bueno, es que al menos habíamos avanzado mucho más acerca de su origen. Alya se comprometió a ayudarme a investigar el asunto. Todo esto, como resultado de mis fallidos intentos por interrogar al mismo protagonista de la historia. Mi compañero no tenía conocimiento de su origen. Cada vez que le preguntaba, respondía lo mismo.

"Fui criado por una tribu en los Himalayas"

Y comenzaba a relatarme historias surrealistas que te darían a pensar, que era algo así como un sacrificio a los dioses. Me hablaba de hombres gatos, profetas ancestrales, libros paganos. Solo el universo sabría si todo eso era legal o no. Me despedí de mi camarada con un beso en la mejilla. Nos volveríamos a encontrar para seguir con el asunto. Cogí mis libros y mi mochila; echando carrera por el pasillo para no llegar tarde. Alcancé a entrar de las ultimas al salón, antes de que me cerraran la puerta en la cara. Mi profesor era Jean-Pierre Montalain. Un hombre de edad avanzada, cabellera gris y ojos saltones. Era mi maestro, que enseñaba en la sala de arte del Colegio Françoise Dupont, al que asistí de adolescente.

Rose, Juleka, Nathaniel y Marc me acompañaban en esta clase. Era la única que, de hecho, teníamos en común. Todos ellos seguían sus estudios en otras facultades de la Universidad.

—Hemos llegado a un punto, en donde ya no me siento capaz de enseñarles nada mas —comentó el decano— Ustedes son mi mayor logro. Solo ustedes 5, han aprobado mis ramos en 3 años consecutivos. Por lo que, para el examen final, solo les pediré que, con mucha humildad, me expongan lo que gusten.

¿Cómo?

—Mis retoños —murmuró jovial el mayor— Deben tomar el camino que mas les acomode. Es por eso, que decidí dejarles a libre elección, su último proyecto.

—¿Significa que podremos explayarnos? —consultó la joven Rose Levillant, con inocencia.

—Así es —expresó el educador— Como bien ya saben, se acerca el día del arte. Paris será sede este año. Y me tomé el atrevimiento de confiar en ustedes, inscribiéndolos gratuitamente en el concurso.

—¡Genial! —expresó Marc Anciel, con júbilo en los ojos— ¿Vamos a exponer en el Louvre?

—Exactamente, joven Anciel —manifestó el catedrático— Les daré dos días para que puedan impresionar al mundo entero, con su creación. El que se proclame victorioso, ganara un cupo en el salón de la cultura en el Museo del Louvre.

Todos saltaron de emoción. A excepción de mí, claro. ¿Por qué demonios la vida continuaba poniendo a tentativa de experiencia mis talentos creativos? ¿No era suficiente acaso, recrear conceptos sentimentales en una taza de café? Me quise suicidar. Ahora resulta que debo fundar una obra de arte, digna del museo mas prestigioso y conocido del mundo. El Louvre. ¿Qué mierda iba a presentar? Llevaba casi 4 años pintando. Dibujando. Diseñando. Pero nunca representó un problema para mi el hecho de que mi propia carrera opcional, me pusiera a prueba. Otra vez me sentí atrapada en mis propias providencias. ¿Cuántas más, malas decisiones debían tomar para alcanzar la iluminación? Ayúdame, Zeus.

De la Universidad me pasé al trabajo. Estaba consciente de que Adrien se encontraba en calidad de humano. Así que le compré un celular de esos básicos, casi para niños. Solo le gravé mi número. El de nadie más, a excepción de los de emergencia, claro. Y le instalé una aplicación llamada Whatsapp. Ya no me podía dar el lujo de tenerle en vela, esperando por mí. Ni yo por él. Con lo ocurrido la noche anterior y a sabiendas de sus sentimientos, quise tomar responsabilidad de mis actos. El muchacho se lo ganó con creces.

Entré a turno. Me cambié, me puse el delantal y lo primero que hice fue escribirle un mensaje.

≪ M: ¿Cómo estás?

≪ A: Sentado *carita alegre*

≪ M: Me refiero a tu estado anímico, tonto *carita enojada*

¿Por qué es tan literal?

≪ A: Quiero que vuelvas a casa para abrazarte. Te extraño mucho, Marinette.

Me ruboricé a mas no poder. Tuve que abofetearme para despabilar. Es lo mas tierno que me han dicho en años. Pero quería darle suspenso a la cosa. Así que indagué un poco más.

≪ M: ¿Y eso?

≪ A: Quiero besarte otra vez *carita sonrojada*

≪ M: ¿En serio? *carita pervertida* ¿Y cómo me vas a besar? ¿Con lengua?

≪ A: Mucho intercambio de saliva *carita de gato con corazones en los ojos* Besos calientes.

Me tembló el cuerpo. Yo creo que en eso de "caliente" hay un error de traducción. Quizás se refería a que se sentía bien.

≪ M: Se un buen gato y no olvides secar la ropa. Luego hablaremos de tu "accidente" en las sábanas. ¿Ok? Eso estuvo feo.

≪ A: Fue espontaneo *dos deditos encontrados*

≪ M: Ah… ¿Me quieres explicar?

≪ A: Solo si quieres saber, mi lady.

≪ M: Quiero saber. ¿Tuviste un sueño curioso conmigo? *carita pensante*

≪ A: Si, Marinette. Google dice que los humanos con anatomía masculina, sufren de-…

—Señorita Dupain-Cheng —interrumpió Félix Graham de Vanily, con aires de soberbia y mucha potestad— ¿Qué hace en el celular?

—¡Ah! Yo…es que…—tartamudeó, guardando el móvil en su bolsillo— ¡Nada! Pasa que adopté un gato y estaba consultando con la veterinaria si era necesario darle de comer a diario —no sabe mentir. Ni modo deje morir al pobre de hambre.

—No me gustan los gatos —sentenció, frunciendo el ceño— Prefiero los perros. Pero eso no viene al caso —dio un palmetazo fiero en la barra— ¡Despabile! Hoy viene Kagami. No olvides nuestro trato.

—Si, si, si…—reverberó con nerviosismo— Nuestro trato.

Chucha. Me moría de ganas por saber que me dijo Adrien. Pero tuve que disimular muy solapadamente mis intenciones. Me concentré de lleno. Félix me dijo aquello y no pasaron ni dos minutos, que Kagami Tsurugi apareció por el ascensor. Esta vez no venia sola. Le acompañaba un muchacho de cabellera añil y ojos como el cielo. Era sumamente guapo. ¿Quién era?

Lo escuché hablar. Lo presentó como otro barista más, pero era su mano derecha. Su nombre era Luka Couffaine. Experto en café. Ambos pidieron una audiencia con mi jefe. Y este, me invitó a la oficina. Era hora de hacer uso de mi nuevo puesto. Les serví 4 infusiones. Dos de Ladybug para Félix y Kagami. Y dos para mi y Luka, de Plagg, el concepto de la destrucción. Intenté lucirme, pero no sé si dio efecto como tal.

—Quiero presentarles a Marinette Dupain-Cheng —esclareció el inglés, parándose a su lado con total desplante y orgullo— Ella es sub gerente de empresas Graham.

—Está muy bien, Félix —halagó Kagami, saboreando la infusión en su paladar— Es un muy buen café. Y su concepto me agrada muchísimo.

Merci —agradecía Marinette.

—No te hablo a ti, niña —sentenció con amargura, regresando la vista al rubio— Así que ella es tu nueva mano derecha. ¿Eh?

¿Qué le pasa? Que falta de respeto. Quise aventarle la taza, pero Luka me detuvo con la mirada. Me dijo: No. Espera un poco. Comprendí que él era como yo. Muy mesurado y sobrio en su actuar. Me contuve contra mi voluntad. Aunque las ganas de matarla me comían por dentro. Deja que los imbéciles hablen entre ellos. Me transmitió.

—La señorita Dupain-Cheng le ha dado el grado de excelencia a la cafetería como debería ser —reveló Félix.

Coño. Al menos mi jefe si me protege. ¿Siente respeto por mí?

—¿Y cómo se yo, que es de fiar? —espetó la nipona.

—Si no fuera de fiar —agregó el inglés— ¿Podría hacer esto? —estiró la mano.

¡¿Me acaba de agarrar una nalga?! Maldito estúpido. ¡Pero si me apretó un glúteo! Lo abofetee delante de todos. Nadie se inmutó. Ni si quiera el imbécil. ¡¿Qué mierda?! Me sonrojé a mas no poder.

—Me complace —rezongó Tsurugi— Es una chica honorable.

¡Si! ¡Lo soy! ¡Pero Félix no! ¡¿Alguien si quiera notó que me agarró el culo?!

—No cantes victoria, Félix —masculló la japonesa, mostrando los dientes con desazón— Él es Luka Couffaine. Y a partir de mañana, será introducido como garzón en el restaurante. Él es mis oídos —agregó— Y los ojos de mi madre, porque es no vidente —Eso está mas que claro— Cualquier cosa rara que note, te irás decapitado. ¿Queda claro?

¿Quedaba claro? Estos pendejos eran el uno para el otro. No sé si era un idioma que los ricos manejaran entre sí. Pero estaba de más que ambos entendían los conceptos. Cuando acabó la reunión, Kagami le dio una nalgada a Luka. ¡¿Tus jefes hacen eso?! El me miró, cerrando los parpados con sumisión. Por favor, no digas nada. Ya lo resolveremos. Eso comprendí.

¿Qué está pasando señores? Exhalé con fuerza. Tomé las tazas y me dispuse a salir. Pero el rubio me atajó en la puerta. ¿Me va a pedir disculpas por el agarrón?

—¿Viste al muchacho con cara de Ken versión Rolling Stones? —masculló Graham de Vanily— Necesito que lo vigiles hasta que acabe el turno. ¿Queda claro?

Joda. Ni si quiera se sentía mal por la burrada que me hizo. Me estaba hablando de Luka.

—Eh. Pero Félix…—espetó Dupain-Cheng, ligeramente aturdida— No puedo quedarme hasta más tarde hoy. Tengo un compromiso con una amiga —falseó.

—Genial —arqueó una ceja— Lo anotaré en mi libreta de cosas que me importan un carajo —y regresó a su escritorio como si nada hubiese pasado— Descuida. Yo te iré a dejar a tu casa. Así no te arriesgas a andar sola por la noche.

—Sabes que eso no hace falta —murmuró la joven barista, con dejo de displicencia— Yo se cuidarme sola.

—Ah ¿Sí? —insinuó con expresión subversiva en el rostro— ¿Y de quién te cuidas, exactamente? —le mostró la dentadura.

Que porquería más grande. Ni si quiera fui capaz de defenderme. No supe que responderle. Sentí la cara y las manos en llamas. Graham de Vanily siempre sabe cómo arrinconarme incluso si no quiero dejarme llevar. Él y sus jueguitos sucios. No sé qué pretendía con eso de llevarme hasta mi casa. ¿Acaso quería saber dónde vivo? Medio psicópata me salió el muchachito, eh. Sin decirle nada, me fui de la oficina con la respiración entrecortada. Siempre me pone mal. Lo odio.

Nocierto. No lo odio.

Luka se había acomodado un mandil negro y ya portaba una bandeja en la mano derecha, sirviendo a los comensales del restaurante. Vale. Supongo que Chat Noir tendrá que esperar un poco más. Deposité la loza en el lavaplatos y le escribí un último mensaje, sin poder darme el tiempo de leer por completo lo que me puso.

≪ M: Perdóname, gatito. Pero hoy llegaré un poco más tarde. Debo cerrar la cafetería hoy. Luego te cuento al llegar a casa *emoji de corazón*

Yo lo encontraba una estupidez sin precedentes. Quiero decir, Couffaine se mostró muy común y ordinario. Era solo un mozo más del montón. No lo vi en ningún movimiento extraño. Ni mucho menos robándose el dinero de la caja, o amotinándose contra Le Miraculous. ¿Qué pretendía Félix con esto? ¿Qué lo pillara en algo turbio? Quiero decir, lo más "freak" que noté, fue que el muchacho jugaba Roblox en el celular; en sus tiempos libres. Y recalco esto con mucho énfasis. ¿No estará un poquito viejo como para esos juegos? Comencé a sospechar que tarado del gerente era un paranoico.

Fue lo más aburrido de toda la jornada. Cuando observé que se marchaban todos, noté que eran las 22:50PM. Maldición. Estaba agotadísima. Cerré la caja y apagué las luces del vestíbulo. Dos muchachos de aseo entraron, para levantar las sillas volteadas sobre las mesas. Félix Graham de Vanily reapareció por la puerta de su despacho, llevando un maletín en las manos y su chaqueta en la otra. Me quité el delantal y lo colgué.

—Hasta mañana, chicos —se despidió el ojiverde, levantando la mano— Dejen esto reluciente, eh. Con la lengua de ser necesario.

Pero es tan estúpido…que me encanta. Lo vi venir hacia mí con esa actitud soberbia y solo quería abrazarlo del cuello, hasta estrangularlo. ¿Qué sentimiento tan terrible es este? ¿En serio es amor? Me tiene muy enredada. Nos subimos al ascensor y el marcó el -1.

—¿Y? ¿Alguna novedad sobre Luka? —consultó el inglés, mientras revisaba su móvil.

—Yo no sé qué estás buscando que vea en el —Marinette se encogió de hombros, resignada— Creo que estás siendo algo paranoico con el tema.

—No lo soy —espetó— Créeme que sé lo que hago.

—Claro…—rodó los ojos en forma de sátira— ¿Por qué lo sientes en tu punto G?

—No —la puerta del elevador se abrió, permitiéndole pasar primero— Esta vez lo siento en mis pezones.

Pues que bien ¿No? Benditos sean tus pezones.

Caminamos por el estacionamiento hasta dar con el paradero de su vehículo. Creí que, por ser un gerente reconocido y millonario, tendría un auto costoso y de lujo. Pero no. En realidad, era un Mini Cooper versión S color negro. El que trae solo dos puertas. Descapotable eso sí, en estaciones estivales. ¿Un inglés conduciendo un auto inglés? Que novedoso. Me abrió la puerta muy caballerosamente y dejó sus cosas en el maletero. La verdad es que creí que era un saca puntas como el mío. Pero por dentro era bastante espacioso. Se ve pequeño por fuera pero no hay que juzgar, pensé. A Félix le gustan las cosas chiquitas tanto como a mí. La mayoría de sus cosas en la oficina lo eran. Tenía un lápiz de tinta pequeño que siempre cargaba en el bolsillo de su chaqueta. Un reloj de oro de bolsillo, pequeño. Su escritorio igual era pequeño y hasta la taza que usaba para beber café también. Ahora su carro.

¿Qué clase de complejo era ese? Recordé una broma que me hizo Alya para mi cumpleaños. "¿Sabes lo que dicen de los hombres con complejo de grandeza? El meñique". ¿Debería entrar a preocuparme entonces? Porque aquí está al revés la cosa. Mierda. ¿Me bajo? Miré el seguro de la puerta y este se cerró automáticamente. ¡¿Qué pretende?! ¡NO!

Ah.

Me calmé de golpe, tras notar que encendía el motor. Era cierre centralizado…joder. ¿Qué cosas ando pensando? Necesito relajarme. Félix no es un maldito cachalote.

—Ahí —murmuró el británico, tecleando en la pantalla del vehículo. Era un mapa con GPS— ¿Sabes cómo funciona? Introduce tu dirección.

Me dijo tan sereno y templado, que instintivamente mi respiración se reguló. No percibí atisbos de que quisiera hacerme algo más. Me sonreí para mí misma y me acomodé el cinturón. Escribí la dirección y este nos llevó por la avenida principal hacia mi barrio. Era una noche parisina muy gélida. El cielo gris amenazaba con dejarnos caer un nevazón de aquellas. Yo esperaba que Chat Noir hubiese prendido la estufa al menos. Aunque a ese le encanta el frio.

Estaba muy tranquilo todo. Hasta que de pronto, se encendió la radio a todo volumen.

Rick Astley – Never Gonna Give You Up.

¿Es una broma? Me minimicé poco a poco en mi lugar, girándome a verle con expresión robótica. ¿Creen que se inmutó acaso? Ni de chiste. Siguió bailando en su asiento como si nada. Por favor díganme que esto no está pasando. ¡Esto no es cierto! Mi jefe me está dedicando la canción más irrisoria de todos los tiempos mientras conduce por Paris y yo no sé si seguirle el juego o tirarme con el auto en movimiento. A esta velocidad, posiblemente no sobreviva. ¡Encima tiene el seguro puesto! Tenía tanta vergüenza ajena, que apreté las nalgas contra el asiento.

¿Y si le digo que no entiendo mucho el inglés? No. Eso es mentira. Todas las órdenes de despacho están en ese idioma y yo las firmo antes de entregárselas. ¡Qué hago! Está moviendo la cabeza al ritmo de la melodía y cantando y haciendo el ridículo…y me quiero matar. ¡¿No podía solo elegir otra bendita canción?!

Cuando estacionamos frente a mi casa, me desesperé tanto por bajar, que quise subir con insistencia el pestillo. Pero este no se abría. ¡Por la mierda! Menos mal que apagó la radio. Santo dios…llévame luego.

—Félix… ¿Por qué aún no puedo abrir la puerta? —consultó, indiscutiblemente abochornada.

—¿No deberías darme las gracias primero?

Comiquísimo. ¿No? Ahora resulta que debo agradecerle por haberme traído, sin que yo se lo pidiera. Los favores que me hace son increíbles.

—Lo siento —se disculpó Marinette, rascándose la mejilla con timidez— Tienes razón. Muchas gracias por traerme. Hasta mañana.

¿Por qué coñazo sigo sin poder bajarme? ¿Alguien me explica?

—Félix…—suspiró, hastiada— ¿Serías tan amable de quitar el seguro?

—¿Y no vas a despedirte? —arqueó una ceja.

Uff. ¿Así que era eso lo que quería en el fondo? Sabía que algo tramaba. Bueno, que diablos. Es solo un beso en la mejilla. No es para tanto. Mientras no siga poniendo a Rick Astley, yo soy feliz. Rendida, asentí. Me arrimé a su rostro para concretar el acto. Pero ¿Qué creen que pasó? Claro. El muy pícaro me corrió la cara y me plantó un beso de esos que te dejan tiritando por una semana. Sentí su lengua hasta la laringe, con un demonio.

Traté nuevamente de resistirme. Le di una cachetada. Pero no funcionó. La di otra, más suave. Pero fue en vano. Continuó devorándose mis labios hasta hacerme sentir enflaquecer. Ya no pude más. Acabé doblegándome por completo al vaivén y su sabor. Perdí la razón. Le jalé de la corbata y arremetí con todo lo que tenía, como si el mundo fuese a acabar esa noche. Si tuviera que definir un estado anímico, diría que estaba excitada y al mismo tiempo muy enojada con él. Si. Esa era la mejor definición.

Me separé de golpe, con la respiración agitada a mil por horas. No sé si quedé mas loca yo, o el. Porque se quedó inmóvil, con los ojos saltones y la ropa destartalada. Me limpié la boca con el dorso de la mano y di un golpe a la puerta. Automáticamente, mi compañero bajó el seguro.

Me caes mal —sentenció Marinette, sin llegar a mirarle a los ojos— Buenas noches —y se bajó.

Esperé escondida unos segundos en las escaleras del edificio, viendo cómo se marchaba. Encendió el motor junto con la radio a volumen al máximo y se fue cantando el coro de: Maniac. De la película Flashdance.

—¡She's a maniac! ¡MANIAC! ¡On the floor!

Cool.

Entendí la referencia. Esa noche comprendí dos cosas muy importantes para mí. Y que de cierta manera definirían mi futuro amoroso. La primera, Félix es fanático de la música de los 90. Y la segunda…es que usa el nuevo Eau de Parfum de Dior: Sauvage, con el rostro de mi amado Johnny Depp.

Aún podía sentir la fragancia de su cuello en mi boca. Estaba perdiendo los estribos de sobremanera. Suspiré sometida. Está bien. Me rendí. ¿Les digo la verdad? Ya no tenía razones para seguir luchando contra mí misma. Tome una decisión. Si finalmente iba a terminar irremediablemente acostándome con mi jefe, no quería que el fuese el primero. No se lo merecía. Por el contrario…yo ya tenía quien cumpliera con esas exigencias. Y ahora mismo, me está esperando en casa.

[…]

—Bienvenida, Marinette.

Y ahí estaba él. Como siempre. Tan recio y estoico al recibirme. Con esa carita de ángel y esa mirada preciosa. Lo saludé de vuelta como de costumbre, quitándome los zapatos en la entrada de la casa. Colgué mi chaquetón sobre el perchero de la entrada y mis llaves. Adrien de alguna forma permaneció anclado a su lugar. Solo me observó un par de minutos.

—¿Te ha ido bien? —consultó el ojiverde, apretando entre sus dedos el borde de su polerón.

—Si —suspiró exhausta— Pero estoy muy cansada. Tuve mucho trabajo.

No se movió.

—Espero tengas hambre —manifestó— Te he preparado la cena.

No se movió.

—De hecho, tengo un hambre feroz —bufó Marinette, dando un paso hacia al frente— Yo quie-...

Me detuve. Definitivamente, no se está moviendo. ¿Por qué Adrien continúa mirándome así? ¿Qué está esperando? Ni si quiera me dejó pasar. ¿Acaso quería algo de mí? Cruzamos mirada fijamente por varios segundos. Noté como se mordisqueó sutilmente el labio inferior. Sus mejillas se tiñeron de un carmesí sereno. Ah. Ya entiendo. Tú también me demandas lo mismo ¿No? Tú quieres mi besito de bienvenida. Suspiré divertida con su reacción. A diferencia de Félix, mi compañero de piso era muy respetuoso como para pedirme las cosas tan directamente. Le sonreí. El pobre me estuvo esperando todo el día para poder besarme. Sus mensajes eran elocuentes.

Me aproximé, envolviendo mis brazos contra su cuello y le brindé lo que con ansias me reclamaba. Solo que, con él, todo era mucho más cariñoso y tierno. En comparación con mi jefe, que era más salvaje. Mientras lo besaba, me cuestioné mi situación actual. Quiero decir ¿En qué momento acabé besuqueándome con dos hombres en paralelo? Era esto lo que llaman: ¿Beso de a tres?

Satisfecho con el resultado, me abrazó con fuerza al separarnos. Mi chico es perfecto. Tu siempre serás mi Eva; aunque Lilith me susurre al oído con tentación.

[…]

—No pasa nada, Adrien —comentó la pelinegra, mientras bebía una taza de té de hierbas. Su compañero de piso terminaba de limpiar la mesa y recoger los platos— No es malo. Yo solo digo que, si eso llegase a ocurrir otra vez, tú lo limpies. ¿Sí?

—Lo entiendo, mi lady —asintió con obediencia el rubio— Y haré que no te des cuenta. Palabra de gato.

—Eres un buen chico —expresó jovial la mujer, levantándose de la mesa para ir hacia el computador— Ahora mismo, necesito concentrarme para un proyecto de la Universidad. Solo que mi cabeza está frita y no sé qué hacer.

—¿Tarea? —curioseó con inocencia.

—Si. Tarea —Dupain-Cheng se tomó la cabeza— El que se proclame victorioso, ganara un cupo en el salón de la cultura en el Museo del Louvre. ¡Y te juro que no se me ocurre nada!

—¿Qué debes hacer? —Chat Noir se avecinó a ella, examinando las representaciones pictóricas que tenía sobre la mesa— Oh. ¿Debes hacer un dibujo?

—Mh…es más bien un retrato —se sobó el cuello— No es tan sencillo…

—¿Cómo el que le hizo Jack a Rose?

—No, Adrien —se mofó— Como crees. Como el que hizo Ja-…—calló de sopetón— Un momento. ¡Claro! Digo… ¿Por qué no? —lo observó con entusiasmo— Un retrato tuyo sería bueno.

—¿Debo desnudarme como Rose? —sugirió el rubio, sin denostar un ápice de vergüenza— ¿Me dibujarás como las chicas francesas?

¿Es mi imaginación o esta historia está al revés ahora? ¿La princesa no era yo? Viví engañada, señores.

—N-no…tontito. No eres una chica francesa. Solo "chico". Y si…debes desnudarte —murmuró, un tanto nerviosa— Aunque no estaría mal echar un vistazo. Pero si tengo que compartirlo con el mundo, ni de en sueños— Pero tal vez puedas quitarte parte de ella. Quiero decir, mírate —Marinette le tomó de los brazos, empujándolo hacia atrás con suavidad hasta sentarlo en el sofá— Eres perfecto. Serás un ángel increíble.

—Pe-Pero…no tengo alas —se intimidó.

—Las tendrás en mi dibujo —determinó sin más— ¡Lo he decidido! ¡Tú serás mi modelo!

Soy un genio, lo sé. No me halaguen tanto.

Supuse que Chat Noir no se negaría a mi petición. El siempre demostrando una voluntad de oro, deseaba complacerme con mis demandas. Aprovechado que se deshacía de sus prendas de vestir, ordene el comedor para él. Coloqué una banca sobre la alfombra para que se sentara ahí y afirmé una lampara para que me diera mayor luz a visión. Mientras tanto, hojee algunos libros de arte greco romano para inspirarme. Tenía que empaparme en el concepto, de lo que significaba el nudismo masculino de la época. No pretendía mostrar la virilidad a través de un cuerpo carente de ropa. No. Adrien no era un musculoso hombre fornido. Era más bien el símbolo de belleza eterna. Si. Esa es la comparación que profesaba. Adonis, el eterno enamorado de Afrodita. Personificaba la juventud inmortal y la belleza femenina, en el rostro de un muchacho.

Cuando lo vi regresar a la sala, traía con el solo una toalla alrededor de su cintura. Era perfecto.

—Toma esto.

Le entregué una sabana blanca, para que se cubriera con ella entre la ingle y los muslos. Luego, le expliqué el cómo debía sentarse sobre el taburete y la manera agraciada de colocar las manos. La posición debía ser perenne. Contaba con que se quedaría quieto al menos. Ojos en mí, todo el tiempo.

—Si te cansas, maúlla —bufó— Podemos hacer un receso.

—¿Qué cara debo poner?

—La que gustes. Solo intenta no reír —aclaró, garabateando sus primeros trazos sobre el lienzo— En estos momentos, eres el dios de la perfección ¿Ok? Con eso me basta.

—¿Soy un dios? —expresó jovial— Que bien. Entonces elijo ser Gatatustra.

—¿Gata…que? —parpadeó atónita la artista.

—Gatatustra —reveló con naturalidad el rubio— Es nuestro profeta. En el texto sagrado de mi tribu, él es un dios —y citó— "Gatos y humanos, deberán convivir en armonía hasta que el día del juicio final llegue. Para quienes renieguen su naturaleza salvaje, serán castigados. Todos tenemos un felino en nuestro interior. Así habló Gatatustra"

No suena nada de mal el concepto. Considerando el hecho de que Chat Noir era parte de su personalidad y sus creencias. Me agrada el nombre.

Comencé con el dibujo, trazando línea por línea muy minuciosamente. Necesitaba reflejar a la perfección el contorno de sus ojos, de sus pómulos, sus clavículas, bajando hasta su ombligo y un poco mas allá. Sus piernas y los dedos de sus pies. En algún punto, me obnubilé. Me ardían los ojos de ver tanta belleza. Su dermis era tan anémica, que quise mordisquearlo como a un trozo de chocolate blanco. Era exquisito.

—Adrien…

—¿Mh?

—¿Sabías que eres precioso? —siseó, ruborizada la arista.

Como una vez dijo el gran Ryan Reynolds, "es imposible no perderse en los ojos de Andrew Garfield". Pues ahora mismo, creo que es imposible no hacerlo en los ojos de Adrien. Mi nuevo Gatatustra.

—Si lo soy para mi lady, no necesito nada mas en mi corazón —le regaló una sonrisa sincera.

Yo quiero que tu seas el primero.

[…]

Ah…

Me hallé a mi misma en mi cama, con la sombra esculpida de dos hombres en frente de mí. Como dios los trajo al mundo, sin ningún atisbo de culpa. Félix me tomaba del mentón, mientras me besaba con la pasión que solo el sabía proporcionarme. Cuando acabé con él, Adrien me tomó de las mejillas e hizo lo mismo. Félix se recostó al lado derecho de mi cama y Adrien al lado izquierdo. Los tenia a ambos a mis pies, siendo victima y prisionera de sus caricias, sus lamidas, sus besos y sus murmullos de amor. Me vi en el paraíso.

Siempre quise tenerlos a los dos en mi habitación y por fin se había cumplido mi mayor fantasía de todas. Me enredé entre sus anatomías, intercalándome de allá para acá. Sentí el sudor perlando la espalda de ambos. Los pectorales, las manos firmes de dos hombres que, a mis ojos, eran la reencarnación de Eros y Ágape respectivamente. Que conceptos tan sublimes…

Pueden hacerme lo que quieran…—pedí.

Te la voy a echar en la cara — me dijo Félix con voz lujuriosa.

Si…

Te la voy a echar dentro —me dijo Adrien, con la misma intención.

Si…—musité otra vez. Despabilé— ¿Qué? No. ¡Eso no!

[…]

¡Ah!

Desperté de golpe. Dios santo… ¿Q-que fue eso? ¿Un sueño? ¿Fue un jodido sueño? Me di cuenta que estaba en mi cuarto, empapada en sudor. Y de…otras cosas mas en mi parte baja. Demonios… ¡Demonios! Fue tan real. Adrien dormía tranquilamente en su cama nicho. Yo en cambio, permanecí tiesa por unos momentos más, con los ojos pegados al techo y mis manos sujetando mi cabeza.

Maldita sea. ¿Por qué me hacen esto? ¿No puedo quedarme con los dos y ya? ¡Por favor diosito! ¡Ya que me lleve la verga! Ah. Genial. Tampoco sé cuál de las dos vergas quiero que me lleve porque ni para eso sirvo. Tengo dos opciones: Ser feliz o encajar en la sociedad.

No puedo con mi vida.

[…]

—¿Como funcionan realmente? —consultó Dupain-Cheng algo pérdida, mientras sostenía en sus manos una caja de pastillas anticonceptivas.

A la mañana siguiente, en una farmacia X.

—No es muy complicado. Te explicaré si quieres. Pero…también agrega estos —Alya le tiró una caja de preservativos en el canasto— Nunca sabes.

—Confío en Adrien —expresó la estudiante de arte con seguridad— Dudo mucho que tenga alguna enfermedad.

—¿Y qué hay de Félix? —bufó la morena— Tiene pinta de que el diablo lo chupó y luego lo escupió.

—No seas tan dura con el —carcajeó Marinette de vuelta— Se que tiene cara culo la mayor parte del día. ¿Pero qué culpa tiene? Así nació. Además, si no lo hicieran enojar tanto, no sería así.

La imagen que el gerente proyectaba en mí era muy poco agraciada la verdad. Yo me lo imaginaba creciendo solo, encerrado en una mansión lujosa en Londres. Hijo único. Sin camaradas en el colegio, ni perro que le ladrara. Su mamá le hacía bullyng. Y quizás, así como yo, prefería estudiar o escuchar música. Durante su estancia en Francia, nunca le vi un solo amigo. Las únicas visitas que recibía eran Amélie y lo proveedores que venían a recolectar la factura del mes. ¿Mujeres? Ni una sombra de alguna.

Es más, era tan reservado con su vida privada, que algunos de mis compañeros rumoreaban que era homosexual. ¿En serio? Se pasan. Digo, está bien que lo sea si quiere. Pero ¿Es necesario ese prejuicio? Opte por hacer caso omiso. No quise prestarles mucha atención. Luego de lo que pasó en su despacho y en el auto, no necesitaba dudar de la virilidad del rubio. Ese beso no fue muy gay que digamos. Y la manera en la que me mira disimuladamente cuando puede, a mí me parece bastante Hetero. ¿Y si era Bisexual? Puede ser. Quien sabe. Con lo quisquilloso que es, de Félix todo es posible.

Negué con la cabeza. Me conformaba con saber la verdad y ocultárselos a todos. Sigan sufriendo, chismosos.

Cuando regresé a casa, me senté muy responsablemente con Adrien para enseñarle como se usaban los profilácticos. Tomé una banana y le mostré.

—Entonces…lo tomas de la punta entre los dedos —reveló Marinette, muy seria en su actuar— Y luego lo deslizas hacia abajo hasta cubrirlo todo.

—Mi lady…—tragó saliva con dificultad, un tanto liado— Entiendo lo que me cuentas. Pero… ¿Para que necesito saber esto?

—Es…cultura general ¿Ok? No te desconcentres —le sacudió los hombros— ¿Estás captando la idea?

—Estoy captando —asintió reiteradas veces, como un fiel sirviente— Comprendo. ¿Debo hacerlo ahora?

—No. Solo cuando la situación lo amerite —exhaló rendida.

—¿Y…como sabré yo, cuando la situación lo amerite? —ladeó la cabeza, aún mas confundido.

—Lo sabrás, gatito —le palmeó la cabeza con cariño— Lo sabrás. Ahora debo irme.

Tomé el lienzo del cuadro que tenía listo para la exposición y me despedí de el con…un beso en la boca ¿Ok? Aunque seguía sin entender por qué lo trataba como mi novio sin serlo. A escasos centímetros de la entrada, me atajó. Quería ir conmigo. Acompañarme. Pero lo hallé un tanto peligroso para él. Era su ultimo día como Adrien. Estaba al tanto que cuando me fuera de casa, dejaría a un hombre, para encontrarme de regreso con un Gato. El evento terminaba relativamente mas tarde y no quería exponerlo. Le expliqué de manera dulce mis razones y si bien me di cuenta que aceptó de mala gana, no hizo críticas. Era la primera vez que comenzaba a revelarme sus intenciones por querer escoltarme a todos lados. Posiblemente se sentía con un grado de poder sobre nuestra relación, dado los besos y eso.

No me molestaba. Pero si quería presentarle a mi circulo de amigos su presencia en mi vida, debía tomar las precauciones pertinentes para no espantar a nadie.

"A la próxima", reparé. Espero lo entienda.

Cuando llegué al Louvre ese sábado, el salón principal estaba atestado de gente dichosa por ver las nuevas exposiciones. Mis compañeros de universidad y amigos de colegio también habían asistido. Nos apoyamos entre todos, aunque entendiéramos que era una competencia. Éramos chicos sanos. No había necesidad de pelearnos entre nosotros. En el instante que quitaron la tela blanca de mi pintura, los espectadores emitieron un sonido de asombro. Nunca vi tantas personas interesadas por mi cuadro. Me preguntaba que pensaría Pierre-Auguste Renoir o el gran Paul Cézanne, de mí. ¿Estarían orgullosos? El retrato de Adrien con alas era eminente. Dotado de una sublime perfección única.

—Dios santo, Marinette —murmuró Alya Césaire, anonadada con la pintura— Te has lucido esta vez.

—¿De donde has sacado al modelo? —preguntó una mujer parisina de alta alcurnia.

—¿Eh…?

Lástima…que no medí las consecuencias de ello.

La atracción de la noche, no era pura y llanamente mi obra de arte. Si no, el interés morboso por el "tipo" que escogí. Me sentí muy celosa, la verdad. Todas y todos me preguntaban una y otra vez, si el modelo era real. Y de ser así, pedían que por favor los pusiera en contacto con el para usarlo en otras galerías. ¿Es broma? En sus sueños. Adrien era mío. Inventé una historia fantasiosa en la que, de forma socarrona, mentí sobre su procedencia.

—No existe. Lo he sacado de mi imaginación —acotó Dupain-Cheng.

La mayoría me creyó. Pero otros, sospecharon de mi farsa y continuaron suplicando en que se los presentara. Perdían el tiempo.

Faltaban solo 20 minutos para que la ostentosa exhibición finalizara. Pero yo ya me estaba dando por ganadora. Los demás exponentes no eran mejores que los míos. Y lo digo con mucha humildad. Gatatustra era la sensación del momento. El titulo no era común. Salía de lo normal. Me serví una copa de champaña con mis compañeros de aula. El maestro Jean Pierre me agasajó con flores por mi propuesta. Era osada, pero muy original y atractiva. Con algo de suerte me ganaría un puesto en el Louvre.

Todo iba bien…hasta que lo vi llegar. Mi némesis. Mi roba sueños. Mi pesadilla y mi anhelo de inspiración cafetera. Félix Graham de Vanily. ¡¿Qué demonios hacía ahí?! ¡¿Quién lo invitó, que no me dijo?! Quise esconderme. Me daba muchísima vergüenza que supiera que era yo la artista detrás. ¿Qué iba a pensar de mí? ¿Qué soy una pervertida? Bueno, si lo soy. Pero no me sentía preparada para enfrentarlo. ¡Era mi jefe, con un demonio! Me oculté detrás de una estatua griega, como una ladrona, examinando cada paso que daba.

Elegante, con mirada templada y mucho profesionalismo, tomó una copa de vino y se paseó por los recovecos del salón, analizando cada una de las obras expresadas en cuadro. Alya se percató de mi nerviosismo y vino a socorrerme.

—¿Qué estás haciendo, amiga? —le interpeló con fisgoneo.

—¡Es mi jefe! —siseó Marinette, irrisoriamente abochornada— Joder, Alya. ¡Que no vea mi cuadro!

—Ya es muy tarde para eso —bufó la morena, apuntando hacia la galería— Porque está echándole un vistazo ahora mismo.

¡Arg! ¡No! El profesor Montalain se aproximó a Félix. ¡Es mi fin! Graham de Vanily contempló el retraso con lujo de detalle, como si algo le sedujera de él. ¿Le había gustado quizás…?

Monsieur Graham —le saludó el decano, con un apretón de manos— No pensé verlo por aquí. En la presentación del año pasado, no pudimos contar con su presencia.

—Fue una pena —el rubio respondió con formalidad, estrechando su mano de vuelta— En esa ocasión mi madre comió higos y le dio diarrea. Estaba enferma. Este año no fue la ocasión.

—Oh, es una pena oír eso —expresó con melancolía el peliblanco— No debería comer higos.

—Lo sé. Se lo dije —se encogió de hombros— Pero sufre de Alzheimer anal.

—¿Có-cómo? —parpadeó, estupefacto.

—A veces no va al baño en tres días seguidos —sentenció.

Ah…

—Señor Montalain —añadió el británico, tomando un sorbo de su copa— ¿La señorita Dupain-Cheng pintó esto?

—¡Oh, sí que sí! ¡Es una de mis mejores alumnas! —halagó con felicidad el mayor— Es muy talentosa, la verdad.

—¿Y donde está ahora? Quisiera verla —demandó, frunciendo el ceño con desazón.

—No lo sé, señor. Hace un rato estaba por acá…—la buscó con la mirada— Pero desapareció.

Que oportuno de su parte.

Intenté escabullirme hacia la salida, sin que me importara una mierda el resultado de la competencia. Ya valí. Chau.

Pero Juleka y Rose me interceptaron en la puerta. ¡Maldición! Literalmente, me arrastraron a la fuerza de regreso, indicándome que ya iba a comenzar el veredicto final. ¡Yo no quiero saberlo! Me tapé los oídos. Al cabo de unos minutos, todos a mi alrededor me aplaudían con eufórica emoción. Era crónica de una muerte anunciada. Gatatustra fue un éxito rotundo. Me enojé un poco, por el hecho de que apreciaran mas al modelo que mi talento. Pero no los iba a culpar. Mas que mal, yo solo recree lo que mi corazón sentía al ver a Adrien delante de mí. Jamás podrían entender la pasión, la dedicación y el esfuerzo del esmero que hice por darle vida a esa obra maestra. Acepté las monadas de muchas personas desconocidas. Y también de mis propios compañeros, que me abrazaron con vibra y mucho afecto, impulsándome a seguir ese camino.

Era motivo de festividad. Como era costumbre entre nosotros, desde hace muchos años, cada logro que yo conseguía, celebrábamos en mi casa. En esta ocasión, no fue la excepción. Alya y los demás se arrimaron a mí, ansioso por acabar la noche en mi apartamento. ¿Tal vez había llegado la hora de presentarles a Chat Noir? Las fuerzas del universo conspiraban a mi favor para darles el momento propicio a ello. Lo que no esperaba realmente, era que un integrante más quisiera sumarse a mi momento de prosperidad. Félix Graham de Vanily.

—Mis felicitaciones, señorita Dupain-Cheng —murmuró Félix, besando el dorso de su mano con indulgencia— Creo que es una obra magnifica. Y no esperaba menos de ti.

—Gracias…Félix —respondió de vuelta, con el rostro febril y las manos sudadas de la emoción— Eres muy amable.

—¿Hay alguna posibilidad de que yo pueda adquirir este cuadro? —consultó, como si de un magnate anónimo se tratase.

—¿Cómo?

—Estoy interesado en comprártelo —manifestó con seguridad en la mirada— Me gusta mucho. Mi madre estaría muy complacida.

—Eh…yo…no sé si está a la venta —balbuceó trémula la pelinegra— ¿Eso era legal?

—Todo depende de ti, Marinette —nos interceptó el decano de mi clase— Puedes elegir entre dejarlo en el Louvre y vendérselo al señor Graham.

No supe que responder. ¿Por qué Félix se manifestaba tan avaro en su provecho? ¿En serio gozaba mi arte o había una moción más sombría detrás de sus propósitos? Dios…es que, con él, nunca sabes que te puedes hallar. Este chico es una jodida caja de pandora. ¿Qué tal si me negaba? ¿Se molestaría? ¿Y si aceptaba, que ganaría el con ello? ¿En verdad lo hacía por su madre?

—¡Marinette! —Nino se me aproximó, dándome un abrazo amistoso— ¡¿Nos vamos a celebrar?!

Nos interrumpió en el momento preciso. Le comenté a Félix que lo "pensaría". Y le daría mi respuesta al otro día. El no suplicó más, aceptando mi explicación con mucha mesura. Raro. Muy raro. El no es de los hombres que les guste que los rechacen. Quizás dentro de su cabeza, no había sonado como una negativa como tal. Asentí satisfecha con la observación de Nino Lahiffe. Me despedí de Félix y nos fuimos todos hasta el estacionamiento. Mientras mis amigos platicaban afables sobre que insumos comprar para la fiesta, divisé a lo lejos a mi jefe desactivando la alarma de su auto. Alya me alcanzó, dándome un codazo indiscreto.

—Sé que te gusta —sugirió con intención— ¿Por qué no lo invitas?

—¿Crees que sea prudente…? —acotó Dupain-Cheng, tragando saliva con apuro— Es mi jefe…

—¿Y eso que? —chistó— ¿Hay una regla que te impide celebrar con tu jefe?

—N-no…pero…

¿Debía hacerlo? Se estaba subiendo al carro. Era ahora o nunca. Espero no arrepentirme de esto.

—¡Félix!

Eché carrera hacia él, sosteniéndole la puerta para evitar que se subiera al Mini Cooper que la noche anterior, me llevó a mi casa. Titubee unos segundos antes de hablar. Me estaba costando un esfuerzo doble poder contarle lo que deseaba. Es que me tenía tan loca que…me atraganté. El ingles era tan receptivo conmigo, que dedujo mis intenciones en un abrir y cerrar de ojos, con tan solo mirarme.

—Acepto.

Me leyó como una maldita carta astral. Supo lo que quería. Y yo, finalmente acepté con la cabeza.

—Conoces mi dirección —musitó la ojiazul, avergonzada a mas no poder— Nos vemos allá en 20 minutos. ¿Si…?

—Queda claro —sentenció con una sonrisa ladina.

[…]

Con los muchachos pasamos a comprar al supermercado más cercano, las materias primas para el festejo. Alcohol. Muchísimo alcohol. Y comida. Muchísima comida. En mi cabeza diseñé un plan para hacer algo mas bien "coloquial". Ya saben, solo picoteo, picadillo. Nada desbordante en alta alcurnia ni un banquete de elite. Con mis amigos estábamos acostumbrados a celebrar incluso con una garrafa de vino blanco barata, jugo en polvo de sobre y unas papas fritas rancias. No es que fuéramos pobres. Pero éramos unos bribones a la hora de juntarnos. Preferíamos pasarla bien haciendo otras cosas, que, degustando cocteles burgueses, de clase acomodada.

Cuando llegamos, inevitablemente nos recibió Chat Noir en la puerta. Yo ya le había avisado desde antes, que vendrían invitados especiales. Solo le pedí una cosa: Que fuera un buen gato. Como él sabía serlo. El vestía su traje felino. Algo que yo tenía muy en claro. Así que aproveché para presentarlo, como mi acompañante de piso. Le designé a cada uno de mis conocidos, con nombre y apellido. Ninguno de ellos se mostró absorto con su presencia. Por el contrario. Se abalanzaron a él, como uno más de la manada. Ni si quiera hicieron preguntas acerca de su "curiosa" vestimenta. Es más, se divirtieron muchísimo con sus orejas, su cola, incluso su antifaz. ¿Qué puedo decirles? Estaba rodeada de la clase de persona, que todos merecemos. Gente de bien, con sanos sentimientos y nada de prejuicios. Agradecí a la vida permitirme conocerlos.

Adrien me ayudó a ordenar la sala para la fiesta. Por lo regular yo quitaba la mesa de centro y dejaba mucho espacio para bailar o hacer karaoke. El fue muy servicial con todos. Se ofreció incluso para hacer de mozo. ¿No es lindo este chico? Me encanta.

Al cabo de 10 minutos, alguien tocó mi puerta. Miré por la ventana y vi el Mini Cooper de Félix estacionado en frente. Bien. Era mi prueba de fuego. Era ahora o nunca. Le abrí la puerta y le recibí con dos besos en cada mejilla, ignorando el hecho de que nos mirábamos con intenciones reproductivas. ¿Creen que llegó con las manos vacías? Al diablo. En la mano derecha sujetaba un ramo de flores enorme, lleno de rosas multicolor. En la izquierda, una bolsa que se notaba pesada. Todos observaron la escena, expectantes. Era la primera vez que invitaba a mi jefe a mi casa. Pero mas de alguno supuso que no era solo un chico más. Sus gestos decían mucho mas que sus palabras. Me paralicé por unos momentos, sin saber muy bien que decir. ¿Qué debo…?

—Bienvenido, Félix —expresó Alya Césaire con naturalidad, regalándole dos besos en cada mejilla como si se conocieran de toda la vida— ¡Oh! Estas flores son preciosas ¿Verdad Marinette? —le insinuó a su amiga. Quien no reaccionó en lo más mínimo. Estaba más dura que un drogadicto— ¿Qué traes ahí? —incursionó en la bolsa— Madre mía. ¿Qué es esto?

Alya tomó la bolsa con apremio y la dejó sobre el mesón de la cocina. Me sentí tan incomoda, que lo invité a pasar (lol) y cerré la puerta detrás de sí. Lo incité a ponerse cómodo. Aunque ni yo me sintiera así. Del interior del morral pude ver como mi mejor amiga sacaba una botella azul, de Whisky Royal Salute añejado en 90 Años, grado 50º. Era un litro. Hasta el mas campesino quedó estupefacto con lo que veían. En su vida habían probado algo tan fino. Eso me incluye. Acto seguido, dos tablas de la selección mas fina de quesos franceses. Y dos tablas de degustación de jamones del mundo mediterráneo.

Créanme cuando les digo esto: Félix no buscaba lucirse. El…estaba acostumbrado a eso. Me atrevería a confesar de hecho, que era la primera vez que alguien le invitaba a una fiesta por voluntad propia, pasándose por el culo su dinero o su posición. ¿Y por qué digo esto? Porque su expresión facial así lo demostraba. Hubieran visto su cara…era la de un niño de 15 años, descubriendo el mundo. Yo sé que no tiene amigos. No me lo tienen que repetir. Ahora mismo, ya no cabía duda alguna.

Solo atiné a dejar las flores en agua y presentarles a mis amigos…a Félix. ¿Quieren saber lo que pasó con Chat Noir? Adivinen. Receloso, en una esquina. No le gustó su presencia. Supuse que inmediatamente lo vio como su enemigo. Pero yo no quería eso. Deseaba que ambos se llevaran bien. Lo añoraba. Y no porque haya tenido un sueño húmedo con ambos, haciéndome el amor, eh.

—Como todos ya saben, hace un tiempo atrás celebramos el hito de que fui contratada en la prestigiosa cafetería Le Miraculous —expuso Marinette, sin apuros— Y quiero presentarles, a mi jefe. El es Félix Graham de Vanily. El gerente y dueño de la empresa. Y debe-…

—Por favor, nada de formalidades —le interrumpió el rubio, haciendo amago de amistad— Díganme Félix. Es un honor estar con ustedes aquí.

Ah. Listo. Con esas simples palabras, el muy astuto se ganó la confianza de mis amigos. Sobre todo, por lo que trajo. Debo confesar que nunca bebí un Whisky tan rico. Creí que el rubio solo se dedicaba a hacer café. Pero nos preparó unas infusiones de alcohol tan exquisitas…que me emborraché al primer trago. No les miento. Ese primer sorbo, adormeció hasta mi punto G. Y tampoco sé donde mierda está. Incluso Chat Noir se mostró ansioso por beber alcohol. Era su primera cata de aquel elixir pecaminoso. Pero le gustó tanto, que tomó dos. A la madre.

—Acérquense —los llamó Graham de Vanily— Les quiero mostrar, como se prueban estas tablas.

Mis amigos estaban babeando por saber. Félix nos enseñó a todos, como se comía aquello. Nos sirvió a todos un shot pequeño de Whisky. El trato era el siguiente: Tomarlo de golpe y mientras lo sentíamos desplazándose por la garganta, degustar un queso y un jamón de paletilla ibérica. La combinación perfecta. Nos excitamos todos. Fue mil veces mejor que un cataclismo o una creación en la boca. El saborcillo fermentado del queso, mezclado con aquella pieza de cerdo salada, acompañada de la esencia amarga del trago, nos dejó patas arriba. Adrien comenzó a mover la patita derecha de la emoción. Sentí un orgasmo en el paladar. Que mierda más rica…joder.

Al cabo de una hora, estábamos todos alucinando con tanto placer. Como era habitual, hicimos karaoke, bailamos, jugamos Twister en posiciones absurdas, cartas Uno, carioca, naipes españoles y para sorpresa de todos, Félix introdujo el póker. Un juego que nadie conocía. Bajó hasta su carro y nos trajo una maleta metálica con fichas, cartas y dados. Nos explicó cómo funcionaba dicha recreación. Esa noche, descubrí morbosamente que a mi jefe le gustaba apostar. No hablo solo de dinero, literal…era fanático de lo sensual, tanto como yo.

Félix Graham de Vanily era experto en mentir. Él lo denominó: blufear. Significa, "engañar o amenazar en apariencia; armar un montaje que luego se revela falso" o al menos eso me dijo Google. Y gracias a sus habilidades para engañarnos a todos, ganó todas las manos de póker. Hasta que Adrien captó, inteligentemente sus estrategias en las apuestas. Ya para a eso de las 02:50 de la madrugada, Char Noir ya había dilucidado sus mentiras y fue el único que al final de la noche, se quedó con el batallando por las fichas mas altas en la mesa. Estábamos bien borrachos. Pero nos sentamos alrededor, bebiendo alcohol y observando detenidamente la jugada.

Félix dijo con soberbia y mucha seguridad, esbozando una sonrisa altanera:

—Voy con todo.

Desplazó las fichas sobre la mesa. Era todo lo que tenía. Iván trago saliva. Nathaniel le susurró algo a Marc al oído. Rose se cubrió la boca. Y Nino aprovechó para coquetear con Alya delante de todos. ¿Yo? Me comí las uñas. ¿Adrien caería en tal hazaña embustera?

—Paso —Chat Noir frunció el ceño, con mucha decisión.

Adrien declaró su jugada final. Coño. Que tensión. Kim sentenció:

Muestren las cartas.

Félix soltó un gruñido acabado, revelando su mano. No tenía un carajo para ganar. ¿Qué hay de mi compañero? El muy sagaz tenía escala de Aces y dos reales. Era juego para Adrien. Nos levantamos todos de la mesa, alzando las manos. No podía creerlo. ¡¿Adrien le ganó a mi jefe?! Estaba en llamas. Se llevó todas las malditas fichas. Félix no se mostró confundido. Por el contrario. Profesó como un caballero su derrota y le estrechó la mano.

Bien jugado esta vez. No esperaba menos de mi marid-…digo, mi amigo.

—¡Pongan música! —alardeó Nathaniel, saltando al centro del comedor.

Todos se arrimaron a bailar una canción electrónica que eligió Nino. No pude evitarlo. Les juro que no pude. Me abalancé hacia Adrien y lo besuqueé en las mejillas. Nada comprometedor. Estaba muy jubilosa por su victoria. Pero algo molestó a Félix, quien se deformó en el acto. Ok. Noté eso. Me hice la tonta tanto como pude, hasta que el sagaz de mi jefe me pilló sola. Fue un acto reflejo, dado que Chat Noir bailaba con Juleka en el living. Graham de Vanily es un chacal en cacería. Literal. Me jaló del brazo y me encerró en mi habitación, sin si quiera poder resistirme. Estaba buscando respuestas por aquellas muestras de cariño. No soy tan tonta.

Estaba ebria. Muy ebria. Y el…a pesar de haber tomado lo mismo que yo, muy sobrio. ¿Tiene hígado de acero? Me presionó contra la pared, sin poder defenderme. Estaba ardiendo producto del Whisky. ¿Qué iba a decirle?

—¿Por qué no me dijiste que vivías con un hombre? —le interpeló, en busca de respuestas— ¿Ah? ¿Qué quieres?

—Es…solo mi compañero de piso —tartamudeó como pudo, la ojiazul— Félix…no —le tomó de la corbata nuevamente, esta vez para empujarle hacia atrás— Aquí no…

—¿Quién es? Dímelo.

—No —sentenció Dupain-Cheng.

—Ahora —demandó— ¿Te gusta?

—Si. Me gusta —le desafió— ¿Y qué? — ¿Qué estoy diciendo? Estoy…dios. Todo me da vueltas. Por favor, no.

—¿Por eso me invitaste? —gruñó el inglés, a escasos centímetros de sus labios— ¿Para decirme esto?

—¿Qué mierda estás diciendo? —protestó, eufórica— Es la primera vez que le digo una mala palabra…—hizo amago de asco— Félix…me siento mal.

—¿Vas a vomitar?

—Si —reveló.

—Vomítame encima entonces —rezongón, en un jadeo caliente— Adelante, Marinette. Hazlo.

No. Por supuesto que no iba a vomitarle encima. Estaba tratando de zafarme de su agarre. Pero…nuevamente no pude. Por la chucha. No puedo resistirme a este hombre. ¿Qué me pasa? Las imágenes de mi sueño húmedo de la noche anterior me asaltaron como una victima de homicidio. Tenía unas ganas de que me hiciera suya, de la mierda. Quise apartarlo, pero me tomó de la cintura con tanto dominio, que me sentí como un trozo de carne inservible frente a un lobo hambriento. Este no es un sentimiento que Adrien despierte en mí. Pero este chico…

—Félix…

Me besó otra vez. Producto del alcohol, adormeciendo mis sentidos, esta vez me dejé llevar con mucha lujuria. Le agarré del pelo y lo jalé hacia atrás con violencia. Marinette, dijiste que este no sería tu primer hombre. Para. ¡Para! Le di una cachetada. Se que ya suena cliché. Pero no tenía herramientas sanas para defenderme. Y no hallo…como resistirme.

Sálvame…Gatatustra. Si me estás escuchando ahora mismo, ayúdame…

—¡Mi lady!

Adrien entró de lleno en la habitación, envuelto en llamas hormonales. Nunca lo vi tan molesto. Jadeaba como un felino en época de apareamiento, defendiendo lo que era suyo. Nos pilló a ambos besándonos. Y no había forma de salir ileso de lo que vendría a continuación. Es mi culpa. Por mi culpa. Por mi culpa. Por mi gran culpa.

¡Príncipe Hans! —berreó el rubio— ¡No tocas!

¿Qué mierda dijo?

—¿Ah? —Félix volteó a verlo, aturdido. No captó un carajo— ¿Princi-…?

Ok. Se tomó muy en serio las películas. Pero…independiente de eso, escuché como el combo le dio de lleno a la mejilla de mi jefe, expulsándolo a muchos metros de mí. Félix salió volando hacia mi cama, cayendo de lleno sobre las colchas. Me paralicé.

Acaba de quedar la cagada mas grande en mi vida. Adrien y Félix se declararon enemigos públicos en un instante.

¿Qué hago ahora…?