En alguna parte del Océano Atlántico. Posiblemente, en medio de la nada y a mas de mil pies sobre altura.

—¡El bebé ya viene! —chilló.

Emilie Agreste se tiró al suelo, en medio del pasillo de su Jet Privado. Llevaba un vestido blanco, que al romper la bolsa se tiño de rojo. Gabriel, su marido, entró en pánico en cuanto notó la escena. No había ni un maldito medico a bordo. Tan solo su asistente, Nathalie Sancoeur los acompañaba en el vuelo. Afortunadamente, era veterinaria.

—¡Descuide, Emilie! —aclaró la pelinegra, cubriéndola con una chaqueta, desde la cintura hacia abajo— ¡Yo soy experta en esto! —Nathalie observó el panorama ahí abajo— Está muy dilatada. Ya viene el potrillo.

—¡No soy una maldita yegua! ¡¿Si lo sabes?! —farfulló, con el rostro compungido en dolor— ¡Arggg…! Maldición…como duele.

—¡Tranquila, amor mío! —Gabriel sujetó su mano con fuerza, tanto o mas nervioso que ella— ¡Respira profundo! ¡Inhala y exhala!

—Veo la cabeza —reveló Sancouer, sacando su maletín para ponerse unos guantes— Es hora, Emilie. Debes comenzar a pujar. A la cuenta de tres. Uno-…

—¡Nghn! —gruñó con fuerza la rubia. Ni si quiera le dejó terminar. Tan solo quería que acabara ya— ¡Ghhaaaa! Siento como si me estuviera…partiendo en dos, joder.

—Tranquila, yo estoy aquí —murmuró Gabriel, a escasos centímetros de su rostro— Tranquila, lo haces muy bien. Tranquila, todo está bien. Tranqu-…

—¡Como me vuelvas a decir que me tranquilice, te hare comer de mi placenta! —Emilie le jaló de la corbata, con expresión agria; fulminándole con la mirada.

De igual forma dicen que es nutritiva…—el peliblanco hizo un mohín, tragando saliva con nerviosismo— Perdona…solo intento...

—¡Vete de aquí! —vociferó con padecimiento la ojiverde— ¡No puedo concentrarme con tu cara de idiota!

—Está bien —obedeció.

—¡¿A dónde vas?!

—Eh…me dijiste que me fuera.

—¡Regresa! —demandó, aguantando la respiración una vez mas para empujar una última vez— Ya no puedo más… —mordisqueó el brazo de su marido.

—¡Ya casi! ¡Ya está! —aclamó Nathalie, sintiendo en sus manos como el bebé se escurría sin mayor prisa. Finalmente, un llanto ahogado— Oh por dios…

Prontamente, Gabriel buscó entre los compartimientos superiores una manta de noche, para envolver y poder limpiar a la criatura. Era un niño. Y a pesar de los contratiempos y el momento inoportuno de su llegada, estaba sano y con unos pulmones de esos que te dejan sordos. Que manera de llorar. La muchacha de anteojos, cortó de forma muy profesional el cordón umbilical e hizo el trabajo pertinente mientras le entregaba al bebé a su padre. No era doctor. Pero sabía como lidiar con embarazos bovinos. Se parecen, ¿no?

El varón, arrimó a su pequeño contra el pecho de su madre, generando así el primer contacto físico entre ambos. Emilie comenzó a sollozar. Ambos, estaban contentos con el resultado.

—Mi pequeño y dulce Adrien —murmuró exhausta, la progenitora. Repartió besos cortos por su frente y sus mejillas rosadas. Al cabo de unos minutos, el bebé dejó de llorar— Adrien Agreste. Ese es tu nombre.

—He traído la cadena —expresó el varón, acomodándola alrededor de su cuello con suavidad— Mi ansioso hijo.

—Te nos adelantaste ¿Eh? —bufó Emilie, mientras besaba los labios de su esposo— Mhgm…teníamos pensado que nacieras al llegar a Londres, pero…no me quejo. Es perfecto.

—¿En medio de la nada? —examinó Nathalie, acomodándose los anteojos con curiosidad— ¿Regresamos a Francia, señor?

—No. No haremos tal cosa —espetó Gabriel Agreste, con decisión— Primero necesitamos aterrizar. Emilie necesita asistencia médica. Luego…veremos el resto.

—Como ordene —asintió.

[…]

Esa tarde, aterrizaron en territorio británico a eso de las 16:07PM. Una ambulancia los esperaba en la finca privada de los Graham de Vanily, siendo trasladados madre e hijo al hospital mas cercano. Ahí, recibieron tratamiento clínico. Fueron atendidos con la mas alta tecnología de punta del año, asegurándose que ninguno de los dos corriera ningún riesgo de salud. Todo estaba en orden. Adrien pesó 3.8 kilos. Vigoroso y con mucha hambre por lo demás, permaneció en todo momento aferrado a su mamá, hasta que pudiese darle algo de su leche materna. Los primeros en llegar fueron Amelie y su esposo. El maridaje, también tenia un hijo; Félix. Pero no asistió al encuentro. Era muy pequeño para dejar la cuna aún y optaron por dejarlo al cuidado de una criada de confianza.

Fue el centro de atención de los asistentes. Para Gabriel era un triunfo haber presenciado el parto de su cónyuge. Además de que, tenía los ojos de la mujer que amaba. ¿Qué mejor regalo? Estaba destinado a ser el primogénito y orgullo del matrimonio Agreste Graham de Vanily. Sus padres ya habían pensado en todo. Desde su crianza hasta su futuro como heredero de la marca Agreste.

Nada podía salir mal para el joven matrimonio.

Tras permanecer en Londres, Adrien fue inscrito en el registro civil como ciudadano británico. Si bien, vino al mundo en medio del océano, territorio de nadie; las coordenadas del avión realmente marcaron el lugar exacto del parto, a 200 millas marítimas de suelo francés. Por lo que, si se quisiera legalizar un problema de nacionalidad, él era legítimamente galo. A nadie le importaba realmente su ciudadanía. Después de todo, tarde o temprano crecería. Y al tener edad suficiente, podría viajar de vuelta para reclamarla cuando quisiera.

Sus primeros años de vida, los pasó en compañía de sus padres y sus tíos. Sobre todo, con Félix Graham de Vanily. Se hace hincapié en el, particularmente, porque prácticamente se criaron juntos. Tenían la misma edad y sus madres eran gemelas. No era muy tirado de las mechas que, en algún punto, se tratasen mas como hermanos que como primos. Sus progenitores lo consintieron al vestirlos de igual forma por bastante tiempo. Al principio, todo fue muy ameno para las familias. Los bebés hacían la siesta juntos. Compartían los baños de tina, comían a la misma hora y jugaban con los mismos juguetes.

Ya para cuando ambos rodeaban la edad de 1 año y dos meses, como para gatear o moverse por la casa, todo se desenfrenó. Eran pequeños aún, eso todo el mundo lo sabía. Pero serían tan solo atisbos de lo que fuese a futuro, sus personalidades. Los dos, tan marcados como una estampa sobre sus frentes. Félix siempre fue mucho mas atrevido con lo que hacía. Por lo regular, le encantaba echarse cosas a la boca de lo que fuese que pillara. Autos de carrera, bloques de lego, pelotas, tierra, orugas y sus dedos. Sobre todo, sus dedos. Tenía una fijación con chuparse el pulgar. Incluso si estaba durmiendo. Para cuando se aburría de chuparse el dedo derecho, cambiaba por el izquierdo. Y cuando ya no había que más sorber, le succionaba el dedo a su primo.

El ingles amaba sentir sabores y sensaciones distintas en el paladar. Aunque nunca nadie supo el por qué. Su momento favorito del día: Beber leche de su madre.

Rayaba en lo fanático. Veía un pezón y se volvía loco. Oh sí. Félix era fanático de lo sensual y se drogaba con eso. Su adicción escaló a niveles estratosféricos, al punto de lo anormal. Cuando se aburría de succionar el derecho, se cambiaba al izquierdo. Y si quería seguir, llamaban a las nodrizas para que se llenara hasta reventar. Luego se echaba una siesta de tres días y cuando revivía a lo Jesús de Nazaret, continuaba con su búsqueda insaciable de saborcillos.

Por otro lado, estaba Adrien. No. Adrien no era fanático de lo sensual como su primo hermano. El era mucho mas sensitivo y menos practico. Digamos que era más bien…fan de sacarse la mierda. Sip. El francés vivía cayéndose de todos lados. Se caía de la cama, de los sillones, de su sillita, de todos lados. Y en cada ocasión, Félix estuvo ahí para reírse de él, con esas risas de bebés desenfrenadas que dan miedo. Era tanto su entretenimiento, que en algunos casos fue el propio Graham de Vanily quien lo empujaba hacia atrás. Solo para ver como no podía controlar el peso de su cabezota y se iba de espaldas al suelo.

Comiquísimo. No hay nada más divertido que ver a su primo partirse la madre. Sus padres solían decir que su pañal era muy pesado, porque cagaba mas de lo que comía y eso le impedía moverse con tranquilidad. Pero es algo que nunca se supo. Hubo momentos bastante icónicos para los dos infantes.

Un día, Adrien se metió a un canasto de ropa y quedó como una tortuga boca arriba. Félix se burló de él. De igual forma, a ambos les pareció gracioso.

Y hubo otra ocasión en donde Gabriel les tiró unas burbujas de jabón. Y Adrien entró en colapso mental de no poder agarrarlas todas. Félix se burló a mas no poder. Era tan imbécil. Aguante el bullyng.

Pero el Agreste también tenía su momento favorito del día. Y ese era, el perfecto instante en que su madre lo tomaba en brazos y le cambiaba el pañal. Era una bomba atómica. Apenas le veía arrimarse, sus hormonas explotaban de la emoción. Soltaba las manos y los pies con frenesí, sentado en su propio popó, pero feliz. Adrien amaba con sensualidad morbosa que su mami le quitara el pañal. Una sensación de libertad total, como una criatura mágica en el edén. Un momento excelso de placer, en el que Emilie aprovechaba de hacerle muecas y gestos agraciados con el rostro. Besaba su panza y le propinaba cosquillas en la planta de los pies. A continuación, ser aseado con suavidad hasta quedar bien limpio y oloroso.

Sequito. Logro desbloqueado.

Por lo regular, el pequeño hijo del matrimonio galo, era bastante alegre y muy pocas veces lloraba. Pero cuando lo hacía, eran sollozos supremos de esos que te desgarran el alma. Como si le hubiesen clavado una aguja en el pie. Por cosas tan insignificantes, como no poder bajar las escaleras por el mismo. Eran berrinches campales. Dia tras días, quiso intentarlo. Se las había ingeniado para abrir su corralito con ayuda de una herramienta de juguete con forma de destornillador. A esas horas, las criadas de la casa estaban todas en la cocina. Los padres de ambos, trabajando o haciendo sus cosas.

El rubio estaba decido a bajar por esos benditos 30 escalones hacia abajo. La altura era gravitante. Estaba costumbrado a caerse. Pero…un porrazo desde ahí, no era para nada bueno. Lo mínimo que te podría pasar, es decapitarte. Félix notó que su familiar se balanceaba sobre el primer escalón, tentado a bajar. Incluso un bebé con su edad, ya tenía conocimiento de que eso era peligroso. Gateó hasta él y le detuvo con algo de torpeza, jalándolo de su pañal. Comenzó así un forcejeo campal en donde ninguno de los dos se entendía ni se ponía de acuerdo. Adrien empujó a Félix hacia atrás, dándose un cabezazo de lleno contra la frente de su compañero.

Rompió en llanto. Mientras el francés lloriqueaba tocándose la frente hinchada, el británico soltó un suspiro aliviado, rodando los ojos.

"Que tonto"

"Silencio"

Félix se sacó el chupete de la boca, para encajárselo a su primo. Solo para que se callara.
Adrien guardó silencio automáticamente, succionando entre lágrimas el objeto. Estaba frustrado y adolorido. Por supuesto que el escandalo alertó a Emilie Graham de Vanily, quien fue la primera en llegar. Muy intuitiva, la ojiverde captó las intenciones de su retoño. Se había escapado de su borda incluso. Pero tras mirar al hijo de su hermana, obtuvo la respuesta que buscaba. El inglés sujetaba aún el pañal de su primo. Y esto evitó su caída.

—Dios santo, Félix —Emilie le regaló una sonrisa cariñosa, dotada de mucho amor. Lo tomó en brazos— Tu eres mi pequeño héroe ¿Lo sabias? —le dio un besito en los labios, suavemente— Cuando yo no esté, tú lo vas a cuidar. ¿Queda claro?

Beso en la boca + ¿Queda claro?

"Queda claro". Y un rubor notorio en sus pequeñas mejillas.

[…]

—Muy bien. Hora de que prueben el puré de manzana —Gabriel se sentó frente a ambos, mientras cargaba una cámara de video— Uno para Félix. Y otro para Adrien —depositó dos cuencos con una cuchara plástica para ambos.

—¿Ata ta ata da da ta? —Félix le habló en idioma bebé.

—Jajaja…—le respondió Adrien en un carcajeo— ¡Ata tatata ta! ¡Da!

—Jejeje… ¡TADA! Ata tata —Graham de Vanily le lanzó una cuchara por la cabeza al peliblanco— Prrr…prrr…—y comenzó a hacer burbujas con los labios.

—10 peniques al que adivine que carajos están hablando —bufó Emilie.

—Trato hecho —se mofó de vuelta, Amelie —No, Félix. Dios…—se dio un golpe en la cara— No le chupes la cabeza a tu primo —corrió a socorrerlo.

—Intenté grabar algunos momentos para el recuerdo —exhaló rendido el progenitor de los Agreste— Espero que, en algún momento, nos sentemos los tres a ver estos videos. ¿No crees?

—Me parece una idea preciosa, cariño —murmuró la rubia, depositando un beso sencillo en los labios de su marido— Creo que deberíamos hacerlo mas seguido a partir de ahora.

—Pues comencemos desde hoy —el hombre de anteojos cogió a su pequeño retoño por las axilas— Después de todo, cuando grande será el rostro de la marca de Gabriel Agreste.

—Mi modelo favorito —Emilie le lanzó un beso juguetón.

Los próximos dos años, los tres pasaron mucho tiempo juntos recorriendo Londres de aquí para acá. A todos lados a donde iban, se aseguraron de filmar el proceso. Gabriel solía jugar de caballito con Adrien, arrastrándose por el suelo como un verdadero corcel. Emilie se encargó de firmar sus primeros pasos, sus primeras palabras. Y sus travesuras.

—¡¿Quién es el campeón?! —el peliblanco levantó a su hijo, sentándolo en sus hombros con las manos alzadas— ¡El ganador!

Queen – We are the champions. Era lo que sonaba en la radio.

¡We are the champions, my friends! —chilló Adrien con júbilo.

—¡And we'll keep on fighting, till the end! —cantó Emilie a su lado.

Racconto—

Mamá me contó todo. Me dijo que mi tía nunca quiso viajar. Consideraba que eras muy pequeño aún. Pero de alguna forma, Gabriel logró convencerla.

—Adrien ya tiene edad para acompañarnos —expresó Gabriel con decisión.

—Es nuestra ultima parada, Gabriel —murmuró con preocupación la rubia— Después de esto, quiero regresar a Francia. Ya hemos viajado suficiente.

—Creí que querías terminar el viaje en Groenlandia —expresó con nostalgia.

—Si, se lo que dije —explicó la fémina, observando como su pequeño dormía en su cama— Pero los planes no salieron como pensé. Nadie contaba con que me harías un bebé estando en Corea del Sur para luego terminar pariéndolo en medio del Océano Atlántico —se profesó abrumada con la situación. Definitivamente Los himalayas no eran un lugar seguro para un niño de 3 años. Y mucho menos lo era Groenlandia— Aun somos jóvenes tu y yo. Podemos seguir viajando por el mundo mas adelante. Por ahora…quiero criar a nuestro hijo. Junto a ti. Los dos…como una familia.

—Está bien —aceptó sin más reparos.

El día antes de que se marcharan, nos tomamos una foto juntos. Nadie sospechaba si quiera, que sería la ultima vez que los vería.

—¿Ya te vas, Tía? —curioseó Félix con desazón y melancolía en sus ojitos— Te voy a extrañar mucho.

—Oh la la —bufó la rubia, plantándole dos besos en cada mejilla— Mi pequeño héroe. A veces siento que en realidad parí a dos hijos y no a uno.

—No quieras pasarte de lista —Amelie carcajeó de vuelta— Este es mío, no te confundas.

—Pero fue divertido ¿No crees? —soltó una risotada junto a su hermana— El mejor fin de semana de la vida.

—Siempre reconoceré a Adrien —rezongó con voz agria el Agreste— Por algo le he puesto una cadena.

—Ya sabes lo que dicen por ahí, cuñadito —gesticuló una mueca irónica— "Hay que saber ponerle el cascabel al gato"

—"Mientras amarres bien a tu perro" —satirizó de vuelta, con un mohín tosco.

—Te amo, tía Emilie…—Graham de Vanily corrió a ella, aferrándose con fuerza— Vuelve pronto. ¿Queda claro?

—Queda claro —Emilie le guiñó el ojo.

Tiempo después nos enteramos de que te perdiste en los Himalayas. Fue muy devastador para todos. Pero sobre todo para tu mamá. Luego de eso…le perdimos el rastro a los dos.

Racconto—

No logró distinguir por cuanto tiempo estuvo llorando, pero de que lo hacía a mares, no había duda de ello. Se cubrió la boca con ambas manos y permaneció en silencio, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Adrien Agreste observaba con padecimiento, las grabaciones que sus padres hicieron para él. Con la finalidad de verlas juntos, los tres, ya de grande. Ahora todo era mucho mas claro. Desde su extraño gusto por Queen; al ser la banda favorita de su madre. Hasta el simple hecho de ser tan talentoso con las manualidades. Sus padres eran diseñadores de moda. ¿Cómo no heredar algunos rasgos como esos? Félix se había encargado de mostrarle uno a uno, los registros filmográficos que el mismo se dedicó a digitalizar de un VHS a un pendrive de recuerdos valiosos; cual tesoro. Era material invaluable, y el francés lo sabía.

¿En que minuto olvidó todos esos bellos momentos? Tantas efemérides que contar. Su paso por Londres y su curioso nacimiento. Algo no estaba bien. Graham de Vanily le extendió unos pañuelos para que se sonara la nariz. El se lo estaba tomando con muchísima templanza. Si no ponía paños fríos, su primo hermano no lograría alcanzar la fuerza para soportar la verdad de los acontecimientos. Lleno de mocos, cual niño pequeño, apagó la pantalla para reservarse el derecho de sufrir a solas, cuando tuviera tiempo de ello.

Silencio fúnebre en el ambiente.

—¿Qué sucedió, Adrien? —consultó con mirada serena el inglés— ¿Dónde estuviste todo este tiempo?

—Yo…no lo sé, Félix —murmuró abrumado con sus pensamientos, tomándose la cabeza con ímpetu— Te juro por lo mas sagrado, que no tengo la menor idea de que sucedió. Lo ultimo que recuerdo…es muy nebuloso.

—Piensa…haz un esfuerzo —insistió.

—Yo estaba durmiendo con mis padres en una carpa. De pronto sentí un ronroneo muy intenso cerca de mí —relató— Cuando desperté, vi un gato. Un gato negro con ojos verdes muy intensos. Y una luz…—parpadeó, muy confundido con su propia historia— una luz que me dejó maravillado. Me embelesé. Así que lo seguí. Caminé para perseguirlo. Alcé la mano para tocarlo y luego…nada —se observó las palmas— Todo se vino a negro.

—¿Puede ser que hayas sufrido algún accidente? —insinuó el inglés, cruzándose de brazos— ¿Tal vez caíste y te partiste la madre? Eras experto en caerte de todos lados cuando bebé.

—Puede ser. El maestro Su Han me encontró. —expresó con la mirada más sosegada— Me dijo que cuando me halló, yo estaba al borde de la hipotermia. Pero una gata montañesa me adoptó. Me llevó a una cueva y me dio su calor, junto a sus otros cachorros —tragó saliva finalmente— Ella me lamió. Quizás me golpee la cabeza. Tiempo después, mis primeros recuerdos son…viviendo en la aldea.

—Stop —le detuvo, despabilando con incredulidad— ¿Me estás diciendo que fuiste criado por una gata salvaje?

—No una. Eran una comunidad —reveló, sin atisbos de exageración— Me crie en la tribu de los gatos Pallas. Su líder, era un Manul hembra de 12 años. Y el maestro Su Han era el cuidador del templo de la aldea —Hablaba muy en serio, con la veracidad de sus palabras a flor de piel— En ese lugar del Tibet, había una creencia muy poderosa hacia los dioses de la Luna. Gatatustra era su dios. Y el profeta, sería el encargado de transmitir sus enseñanzas, protegiendo así el Anillo con el poder del gato negro.

—¿Algo así como la pantera negra? —bufó Félix, haciendo referencia a la película de Marvel.

—No es gracioso. Yo en verdad creí en esas cosas…—desvió la mirada, bastante abrumado. Se sintió estúpido.

—Adrien —exhaló con frustración— ¿Estás consciente de que me estas hablando de una secta satánica?

—Ni sé que es eso —se encogió de hombros— Yo no creo en satanás. Solo creo en mi mismo y en mi diosa.

—Espera…—Graham de Vanily se detuvo de golpe, empequeñeciendo los ojos con recelo en demasía. ¿Podía ser posible? —¿Tu eres Chat Noir…? ¿Eres el compañero de piso de Marinette?

El primogénito de los Agreste, acabó revelando su verdad con un sonoro: Si. A lo que el gerente hizo una pausa prolongada, dejándose caer como peso muerto sobre su silla. Eso podía ser algo tan bueno como malo, para él. No eran ni las doce del día y ya se estaba sirviendo su primer trago de whisky.

—Félix…—el rubio se levantó de su puesto, arrimándose a su familiar con mucha angustia esculpida en su rostro. Necesitaba respuestas— ¿En donde están mamá y papá?

—No lo sé, primo —siseó el dueño de Le Miraculous, sobándose el labio inferior con los dedos— Es algo que yo también quisiera saber. Supuse que, si te encontraba a ti primero, me sería fácil dar con su paradero. Pero…ya vez que no fue así —chasqueó la lengua— Solo eres un maniático con complejo de gato.

—¿Cómo que no sabes? —pestañeó, atónito— ¿Acaso están…?

—¿Fiambres, como cerdos en matadero? Nah —bebió otro sorbo de su vaso— Sé que no. Luego de tu desaparición, Emilie se quedó en el Tíbet durante semanas. Meses, incluso años. Tu mamá nunca se rindió a encontrarte. Ella sabía en el fondo de su corazón que seguías con vida —frunció el entrecejo con hastío— Lo ultimo que supimos de ambos, es que un día apagaron sus móviles, cerraron sus cuentas bancarias, vendieron sus acciones en Asia y desaparecieron de la faz de la tierra.

—¿Crees que hayan querido desaparecer a propósito? —cuestionó, dubitativo el francés.

—Quien sabe —Graham de Vanily se sirvió otro vaso de alcohol— A menos que mi tía haya acabado tiesa en una capsula, a 10 metros bajo tierra de su mansión.

—Uff, no —Adrien hizo amago de asco— ¿Qué clase de mente retorcida y enferma pensaría en querer algo así para mi mamá?

A esa misma hora, en alguna parte de Paris, la ONU allanaba violentamente la casa de Thomas Astruc.

—Félix…no quiero sonar abusivo. Yo en verdad…había venido hasta acá para pedirte ayuda con otra cosa —Adrien se rascó la nuca, bastante apenado— Al final salí algo traumado, pero no me arrepiento de nada.

—No pasa nada —exhaló el ojiverde, aproximándose a su familiar con tranquilidad— Puedes pedirme lo que quieras. Excepto anal. Odio esa cochinada.

—¿Qué? N-no…eso no —¿Qué me cuenta? — Necesito conseguir un empleo —su camarada juntó el entrecejo y gesticuló una mueca hosca de malos amigos. No parecía tan convencido— Por favor, primo Félix —le rogó, con ambas manos— Ya no puedo seguir de brazos cruzados, necesito ser un hombre funcional. Yo sé hacer de todo. Puedo, trabajar aquí contigo de ser necesario.

—Escucha —Graham de Vanily le tomó del hombro, con total destemple— Me agrada muchísimo la idea de que quieras trabajar. Pero no me sentiría cómodo viéndote rondar por mis dominios. Tú que te criaste con felinos, sabes a lo que me refiero —arqueó una ceja, en una sonrisa tenaz— Tu eres…mi primo. Somos, como dos leones jóvenes. Solterones. En busca de una manada. ¿Captas?

—¿Leones? Ah…sí. Creo que capto la idea —balbuceó con nerviosismo el Agreste— Este es tu territorio.

—Exacto —Félix le dio una palmada en le pecho— Yo soy el que manda aquí. Tu eres Mufasa y yo Scar. Brothers. ¿Queda claro?

—Eh… ¿Pero no que Scar mató a Mufasa? —se intimidó.

—Estrategias de mercado, Adrien —lo abofeteó suavemente, repitiendo— Estrategias de mercado. Te ayudaré a conseguir empleo. Pero no en mi cafetería. Créeme, necesitas un trabajo de sabana, digno de ti —en realidad no había que ser un genio para conocer las verdaderas intenciones del inglés. No quería ver a su primo entrometerse entre el y Marinette. Simple— Cuéntame un poco sobre tus habilidades. ¿En qué cosa eres realmente bueno? A parte de valer verga todo el día.

Mejor me quedo como Simba —pensó— Pues…—el joven Agreste se tomó el mentón, con expresión pensativa— Me gusta armar cosas como artefactos de uso. Se usar Google también. Se trapear el suelo. Hago mi cama. Y cocinar. Cocino bastante bien el pollo al horno.

Joder…en mi vida había escuchado habilidades tan inserviblemente inútiles — No me sirve de nada lo que me cuentas ¿Te enteras? Es pura basura —masculló malogrado— ¿Hay algo que te guste mucho? Que no incluya el sexo, claro.

—¿Cómo sabes que me gusta? —se ruborizó de golpe— Bueno…no voy a mentir que si me encantó jeje…

—No conozco a nadie que no —rodó los ojos con ironía— ¿Y bien? Sigo esperando, señor multiuso.

—Mh…es que no sé que clase de cosas debería decirte, primo —murmuró cabizbajo, casi deshonrado por ser lo que era.

—Pues es simple. Te callas y cuando sepas, me avisas —Graham de Vanily regresó a su asiento y prendió el ordenador, comenzando su jornada laboral como de costumbre. Se percató que su familiar seguía ahí parado con cara de estúpido— ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te has ido aún? Necesito concentrarme.

—Ah…es que…yo…—Adrien juntó sus deditos índices, en una postura tierna. Sus pómulos se tiñeron de un rosa muy ameno— Me siento muy bien contigo.

—¿Jah? —Félix se desfiguró.

—Eres familia —musitó, con timidez— Lo único parecido que tengo a una figura paterna. ¿No crees que…deberíamos ser más cercanos?

—No creo que sea buena idea —espetó en seco— Mantente lejos.

—¿Por qué no? Nos conocemos desde bebés —expresó el francés, anhelado.

—Adrien, yo no soy ese niño que conociste alguna vez —le advirtió el británico— No soy una buena persona.

—Tonterías —chistó Agreste— No existen las malas personas.

—Te voy a lastimar —sentenció.

—¿Por qué lo harías?

—Porque está en mi naturaleza —rezongó el gerente— Soy un maldito egoísta que no le importa dañar a las personas, con tal de obtener sus objetivos. ¿Entiendes?

—Pues deja de serlo y ya —se encogió de hombros.

—No lo entiendes ¿Verdad? —exhaló con la garganta áspera en el proceso— El problema no es que no pueda dejar de serlo. Es que no quiero.

—No me importa como seas. Estaré contigo.

—Ya basta. Lárgate —demandó Félix con prepotencia, se levantó de la silla y le tomó por el pecho— Vete. Contáctame cuando sepas lo que quieres hacer con tu vida.

—No quiero —le discutió Adrien, sujetándose de sus hombros— Debemos estar juntos. Somos familia. Y debemos ayudarnos y apoyarnos juntos.

Largo, dije —protestó Graham de Vanily, fulminándole con la mirada.

—Oblígame —se defendió. Agreste le tiró hacia atrás, azotándolo contra el escritorio— Adelante.

—No le hago a los golpes. Es de animales —carraspeó Félix, un tanto anonadado por la fuerza que tenía su compañero. ¿Eres Hulk acaso? Se acomodó la corbata— Prefiero destruirte psicológicamente.

—No lo vas a lograr. Yo soy-…

Se calló de golpe. Un objeto metálico rodó hasta sus pies. Posiblemente con la arremetida que le dio a su contrincante, este cayó de su escritorio. Era un Rolls-Royce color gris de juguete; a modelo escala. Chat Noir lo tomó entre sus dedos. Lo había visto antes en alguna parte. Lo sabía.

—Es el auto del agente 007 —remembró el chico caucásico, con las pupilas saltonas— Lo recuerdo. De la película del 97.

—¿Sí? Pues no eres el único —gruñó el británico, ordenándose los cabellos con fineza— Siempre fuiste bien berrinchudo. Casi me sacas un ojo con él.

—Si…a ti te gustaba mucho —recordó, aturdido por tanta información— Y un día te vi metiéndotelo en la boca. Recuerdo que me enojé y te lo quité. Te encantaba chupar mis cosas.

—Tch…—Graham desvió la mirada, ligeramente ruborizado— Eras un salvaje. Ni te cuento que pasó después.

—¿Por qué aun lo conservas? —cuestionó, un tanto divertido— Nunca te lo presté.

—Me lo robé mientras dormías —aclaró, sin ni un atisbo de apocamiento por sus actos. Mas bien, estaba hinchado en vanidad— Pensé en devolvértelo. Pero te marchaste con mis tíos y te llevaste todos tus juguetes. Menos ese…—se lo quitó de las manos— No pienso regresártelo, si es eso lo que estás pesando. Es mío ahora. Si lo quieres de vuelta, habla con mi abogado.

—Félix…—los orbes esmeraldas de Adrien se iluminaron como dos estrellas en medio de una noche— Siempre me gustaron los autos. Y las motos —lo zarandeó con fuerza— ¡Félix ya se lo que quiero hacer!

Fue un encuentro bastante turbulento ¿No? Pero al final, pudieron llegar a un consenso. Adrien Agreste, deseaba trabajar en la industria automotriz. Y Félix Graham de Vanily, tenía al contacto ideal para ello. Le pareció un gusto bastante burdo de su parte. Algo más bien de campesinos. Pero no iba a juzgarle. Con tal de que lo dejara en paz, todo bien.

Así que esa mañana, hizo un par de llamadas y cerró un trato con un conocido suyo. Condujo hacia el centro de la ciudad, en compañía de su primo hermano. Llegando finalmente a un taller mecánico de renombre en el epígrafe de vehículos. El solo hecho de ver vehículos de lujo, motocicletas, herramientas por todos lados, maquinaria pesada, le excitó de sobremanera. Una muchacha rubia de apariencia masculina, bajó desde su despacho por unas escaleras de metal para recibirles. Masticaba un chicle con la boca abierta y tenía un pircing de acero, muy llamativo en la nariz.

—Adrien —les exhibió el británico, con voz mesurada— Te presento a Zoe Lee. Dueña y gerente del taller Miracle Queen.

Kiubo —les saludó la fémina, llevando ambas manos a sus caderas, en actitud indiferente— ¿Este es el fideo mojado que me trajiste?

—Mucho gusto, señora —Adrien le estiró la mano.

—¿Señora? —carcajeó la dueña, soltando una risa burlesca en respuesta— Mademoiselle Lee para ti, pedazo de trucha —observó al gerente de la cafetería— ¿Estás seguro de que está hecho para el trabajo? Yo lo veo mas bien modelando para una revista gay.

—Eh…bueno. También modelé para un retrato, señorita Lee —asintió, obedientemente.

—¿Atornillas al revés? —arqueó una ceja, preguntando su orientación sexual.

—Eh…depende del destornillador que ocupe —parpadeó, sin entender del todo sus insinuaciones— Esta chica se parece mucho a Félix. ¿Por qué no me sorprende que solo se rodee de gente así? — A mi me gustan los autos —Zoe se deformó con su respuesta, buscando explicaciones con la mirada de Félix.

—Tranquila. El muchacho sabe de esto —le aseguró el rubio, dándole unas palmadas duras a su camarada— Estarás en buenas manos, primo. Zoe es de confianza. A nadie mas le dejaría tocar a mi bebé si no fuera ella.

—¿Tienes un bebé? —preguntó con inocencia el Agreste— No sabía que eras padre.

—Habla de su Mini Cooper, niño neurodivergente —la rubia le lanzó una miradita asesina— ¿Todos los rubios son así de tontos? —Graham de Vanily negó con la cabeza. Él es rubio y no entra en esa categoría— Bueno…no me queda de otra que aceptarlo. El otro imbécil hizo un desorden aquí. Tardé dos semanas en limpiar la sangre.

—¿Sa-Sangre…? —se espantó el galo— ¿Qué le pasó?

—Se le cayó un auto encima, desde el andén de grúas —explicó Lee, con total normalidad del mundo.

—Uy…santo cielo —Adrien hizo una pausa, sobándose las manos— ¿Está mejor ahora?

—Nah —hizo un globito de goma de mascar— La póliza medica no cubría los gastos y murió.

—¡¿Qué?! —se fue a la mierda.

—Escucha, Brad Pitt —Zoe se arrimó a él con autoridad, jalándole por la camisa hasta quedar a escasos centímetros de ella— ¿Vas a aceptar el trabajo o no? Te aseguro que no vas a encontrar un mejor empleo. Eres indocumentado, no tienes póliza medica y tienes cara de que tus órganos se venderían demasiado bien en la Deep Web —le aseguró, esbozando una sonrisa ladina— Así que te recomiendo que lo tomes. Es tu mejor chance para salir de la indigencia —musitó con lascivia— Yo pagaría un dineral por esos labios.

—Yo…—Adrien Agreste tragó saliva, indiscutiblemente duro de pies a cabeza. Estaba cagado de miedo, lo admitía. Pero la chica tenía razón. No tenia ni si quiera una ID, ni nada que pudiera abrirle una puerta al universo de un hombre civilizado. Un hombre, se repitió. Un hombre para el y para el mundo. Un hombre para Marinette. Debía encajar. Meterse en el proyecto. Era eso o nada. Frunció el ceño, decidido— ¿Solo por mis labios? Espera a ver que hay más abajo.

El gato sacó las garras. ¡Así se habla, carajo!

—Me gusta este chico —Zoe aceptó finalmente, sonriendo de mejilla a mejilla— Nos vamos a llevar bien.

—¿Queda claro, Adrien? —espetó su primo.

—Queda claro, Félix —respondió Adrien.

Firmó contrato esa misma mañana. El horario y el sueldo eran una basura. Pero si quería ganarse la vida y hacer carrera, comprendió que debía partir de cero. Desde el suelo. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo. No tenía nada que perder. A menos que le cayera un carro encima…claro. Quedaría aprueba dos meses primero. De 9:00 de la mañana hasta las hasta las 16:00 de lunes a sábado con media hora de almuerzo. Ganaría alrededor de 190 euros al mes. Algo así como 204 dólares solamente. Sintió que tendría que ponerse de cabeza a estudiar algo de economía y conversión de la bolsa, dado que no entendía un carajo del factor dinero.

Pero Félix le dijo que estaba bien para comenzar. Así que confiaría en su familiar. Cuando regresó a casa, Graham de Vanily insistió en dejar su "amistad" en secreto aún. No consideraba que fuese el momento mas adecuado para revelar su parentesco al mundo. No, al menos hasta que pudiese afirmarse bien en la sociedad. No opuso resistencia, aceptando el trato con la misma actitud sumisa de siempre. Solo que ahora debía ingeniárselas para no tener problemas con su lady. Eso…no era muy fácil.

[…]

Lo vi entrar como si nada hubiera pasado, por la puerta. Me abalancé a él como el jodido huracán Katrina. Lo primero que atiné, fue a golpearle el pecho con ambas manos, sin llegar a lastimarle. Era mi primer berrinche y quise hacérselo saber con estilo.

—¡Adrien! —chilló, envuelta en angustia— ¿Se puede saber dónde demonios te habías metido? Me tenias muy preocupada. Te escribí un montón de veces. Hasta te dejé mensajes en el buzón de voz —protestó— ¿Cómo te atreves a desaparecer así, sin avisar? ¿En que piensas, jovencito? ¡Hasta dejaste tu anillo en el velador y pensé lo peor!

No contestó ninguna de mis insistentes preguntas. Lo estaba interpelando de mala gana y un interrogatorio sería lo menos que el buscaba. Se limitó a tomarme del mentón y besarme en los labios con mucha calma y sutileza. La sensación fina de sentir con exquisitez su lengua contra la mía, me quitó el malestar de la mañana. ¿Acaso estaba aprendiendo nuevas técnicas de seducción? Que pillo, se aprovechó de que la noche anterior me había hecho suya.

Cuando nos separamos, yo ya sentía como mis pies flotaban por el suelo.

—No vuelvas…a hacerme esto ¿Ok? —masculló, con el rostro febril de la vergüenza— No puedes hacerme el amor y a la mañana siguiente desaparecer. Eso no es de un caballero.

—No volverá a pasar, mi lady —siseó con ternura, acariciando sus mejillas. Iba a decir: Seré un buen gato. Pero se retractó, adornándolo de mejor forma— Seré un buen hombre.

¿Qué ha pasado…? Nadie puede cambiar tanto de la noche a la mañana. Antes de que intimáramos, Chat Noir era un niño. Ahora…era realmente un hombre adulto, funcional y responsable. ¿El sexo le hace eso a las personas? Porque yo me sentía igual de pendeja que siempre, la verdad. Incluso más.

Me tomó de las manos y me sentó en el sofá. Se explayó para contarme sus hazañas durante la mañana. A raíz de la platica que tuvimos y de lo que habíamos hecho en mi cama, tomó la disposición de comenzar a trabajar. Me contó que salió temprano en busca de algún trabajo y, gracias a las providencias del universo, ya había conseguido uno. No era un mal empleo. Pagaban poco. Pero era algo que le encantaba hacer. Me enteré que le gustaban los autos, mientras como estúpida aún creía que lo suyo era ver animé en internet. Y también se tomó la molestia de informarme la dirección de su empleo, el nombre de su jefa y de sus compañeros.

—Debo comenzar a estudiar bastante al respecto —explicó, con voz serena— Ha decir verdad, no se mucho sobre autos. Me gustan, pero nunca he visto uno por dentro. Y estaba pensando…que, ya que tienes uno, me gustaría echarle un vistazo. ¿Crees que sea posible?

Por unos instantes, sentí que hasta la voz se le había desnaturalizado. Era mas ronca y varonil. Hasta sus manos las palpé más rudas. Y el contorno de sus ojos, algo rústicos. ¿Le saldrá un bigote ahora? ¡Como creció tanto! Aún no lograba digerir tanta información. De pronto era un gatito asustado y ahora, manifestaba que ya no usaría más el anillo. ¿Adiós a Chat Noir? ¿Qué pasa aquí señores?

—Por mi no hay problema, Cha-…digo —despabiló Dupain-Cheng— Adrien. Puedes buscar algo de información en internet también.

—¡Excelente! —se levantó jovial— Iré por mis herramientas.

¿Qué hicieron con mi gatito? ¿Quién me lo cambió? No me desagrada, vamos. Pero…yo creí que podría seguir tratándolo como mi bebé. Y resulta que ahora el bebé querrá otras cosas mas intensas y no sé como sobrellevarlo. Que lio.

Dejé que abriera el capó del Peugeot e intruseara un poco. Sacó algunas fotografías con el teléfono y se sentó frente a el durante horas y horas, tirando trazos sobre un bloc de notas. Se metió debajo de él, revisando los tubos de escape y las conexiones. Genial…el chico que me gusta será mecánico. ¿Esa no era una profesión para mafiosos? O algo así escuché por ahí. En Francia, no había un buen concepto de ellos. Papá solía decir que eran personas rudas, de mal vivir, con el cuerpo manchado de grasa y apestando a bencina todo el día ¿Adrien sería uno de esos? No sé ya que pensar. Solo me toca apoyarlo, como le prometí. Si era lo que quería…

—¿Cómo piensas irte? —consultó Marinette, ladeando la cabeza por la rueda del vehículo— ¿Tienes dinero para tomar el transporte?

—Ah…la verdad es que no tengo dinero, mi lady —Adrien asomó los ojitos por detrás del maletero— Pero no me es problema poder caminar. Paris es una ciudad muy hermosa. Aunque haya muchos Chefcitos por ahí.

Las ratas no se irán por nada del mundo.

—No olvides que yo te dije que te apoyaría —la joven estudiante se inclinó sobre sus rodillas, regalándole una sonrisa afable— Te daré dinero. Te voy enseñar como tomar el bus. Y, además, debemos prepararte algo para comer. Porque imagino que vas a almorzar allá ¿No?

—Santo cielo, Marinette —el rubio se escabulló por debajo, hasta salir a flote. Se sentó a su lado, sin importarle mucho ensuciarse el trasero con el asfalto— Eres una chica muy aplicada. Has pensado en todo. No sé qué haría sin ti. Muchas gracias.

—No debes agradecerme nada, pero acepto igual los halagos —le concedió la idea por esa ocasión.

Nos besamos. Adrien y yo…nos tratábamos como si fuésemos novios. Era casi natural. No teníamos ningún titulo como tal, pero los vecinos que nos observaban, ya se hacían una sinopsis del asunto. Sobre todo, porque vivíamos juntos. ¿Te besas en la boca con tu compañero de piso? Quizás. ¿Te acuestas con ellos? Definitivamente no lo sé. De igual forma, no me importaban los chismes. No. No es mi novio ni mi marido. Pero sea lo que sea que tengamos, me agrada, así como está. Es como una relación abierta. Creo. Ahora mismo, me gusta la idea. El me amaba y me aceptaba como era, sin ponerme presiones. Y eso, generó un ambiente solido entre los dos, de mucha complicidad y confianza.

Una relación sana, como llamarían algunos. Rogué a los dioses de que se mantuviera así, por mucho tiempo. Pero bueno…a veces pides demasiado y te das un vergazo por codiciosa.

A la mañana siguiente, le sentí levantarse sumamente temprano. Me dijo que entraba a las 09:00 pero este muchacho ya revoloteaba por la casa a eso de las 06:50AM. ¿Por qué tanta antelación? Yo suelo llegar tarde a todos lados. Está claro que el rubio tiene un sentir de la puntualidad excelsa. ¿Será británico? Porque esos no perdonan la hora. Entró al cuarto de sopetón. Me hice la dormida, cubriéndome con las sabanas hasta la nariz. Percibí como sus labios tocaron mi frente, en un ósculo de despedida. El aroma de su champú me llegó a las fosas nasales. Me encanta su olor mañanero.

Nos veremos a la tarde, mi lady.

Me susurró. Apenas lo escuché cerrar la puerta del comedor, salté de un brinco hacia el exterior de la pieza. Sip. Se había marchado. Era la primera vez que pasaría un día casi entero sin él. Me concebí un tanto melancólica. Mi gatito ya no estará conmigo en las mañanas. Y me dio penita. La fragancia que desprendía la cafetera me alertó. Me había dejado el desayuno hecho. Vale…sigue siendo el chico perfecto que me pone tonta. No puedo negarlo.

Fui a tomar un trozo de pan, cuando me di cuenta que el muy despistado no había llevado su almuerzo.

—Oh, no…eso no está bien —musitó, inquieta.

[…]

Taller de Mecánica Integral, Miracle Queen, 08:45AM.

—¡Eh! ¡Muñequito! —Zoe le chifló desde la sala inferior. Fumaba un cigarrillo con otros muchachos— Llegas muy bien a la hora. Me gusta eso. Sigue así —le guiñó el ojo— Este es Max Kanté, el ingeniero en automatización industrial. El será tu mentor.

—Mucho gusto, Max —Adrien le estrechó la mano.

—Nunca creí conocer a un familiar de Félix. Pensé que era hijo del diablo —comentó sereno el muchacho, saludándole de vuelta— Es un honor trabajar contigo.

—Trátalo con respeto —le advirtió Lee— Después de mí, Max es el único que tiene un titulo profesional. Todos los demás, son unos vagos buenos para nada.

Todos se echaron a reír, importándoles una mierda. Zoe parecía más bien el capitán Barbosa. Que pasada.

—Acompáñame —indicó Kanté.

Le asignaron un casillero propio, con alias y apellido. No supo como expresar lo bien que se sentía leer su nombre completo, aunque fuese en una pegatina mal puesta. Le daba un sentido de propiedad e identidad muy único. Ya no sería solo un anónimo en la sociedad. Agradecía por ello. Le entregaron un overol gris, una gorra roja y una caja de herramientas de primera categoría. El corazón le latió a mil, como un jodido Alfa Romeo en medio de la pista. Max le explicó todo lo que debía saber para comenzar a trabajar. Le comentó su papel en la planta. Un ingeniero automotriz no era un simple mecánico. Como bien era sabido, los autos modernos utilizaban computadoras inteligentes, integradas a la caja de centro. Por lo tanto, básicamente su misión era ir de vehículo en vehículo, con una maquina en formato tableta, analizando los niveles de esos artefactos. De vez en cuando, incluso usando un ordenador con cables rojos.

No siempre recibían averías mecánicas. No todo era aceite y motores. Muchas veces, un error en el GPS, por ejemplo, podía deberse a una fuga de liquido cilíndrico. Lo que haría corto circuito y volvería loca una alarma. ¿Cómo una cosa llevaba a la otra? Era la magia de la industria. El mal funcionamiento eléctrico, podía llegar a provocar incluso que un carro no encendiera. Ya que muchos de esos modelos, no se echaban a andar con una llave. Si no, presionando un botón. Adrien se vio así mismo en el paraíso. Anotaba todo cuanto podía. Comprendiendo al final, que su trabajo sería asistir a Max. El sería su mano derecha.

Mientras el chico de tez oscura se preocupaba de lo intelectual, el primogénito de los Agreste se encargaría de lo manual y técnico. Nada que su inteligencia no le ayudara a entender.

El primer cliente de la mañana llegó. Era un hombre de estatura complexa y barba remarcada. El desafío del día: El aire acondicionado ya no funciona. ¿Qué debía hacer al respecto?

—Manos a la obra —asintió Max, apoyando a su compañero con entusiasmo.

[…]

Conduje discretamente hasta la dirección que Adrien me había dado. No les miento, en verdad continuaba ensimismada con la idea absurda de que me toparía con un antro de mala muerte, donde posiblemente me asaltarían y me robarían mi auto. Aún así, no me intimidé. Debía llevarle su almuerzo o mi chico se moriría de hambre.

Cuando aparqué a las afueras del lugar, mi sorpresa fue mayúscula. Me dejó obnubilada. No era ni de cerca lo que prejuiciosamente me habían contado. No era un centro automotriz como los que creí o me imaginaba en mi mente. Era un lugar muy fastuoso, con un cartel de primera categoría y mucho lujo. Lo primero que notabas al entrar, eran los modelos estacionados en el interior. Me pillé con marcas renombradas como un Mercedes Benz. Ferrari, BMW, Jaguar, Lexus, Maserati, entre otros. ¿Cómo rayos Adrien pudo conseguir empleo en un lugar así? Un mosquito me intentó chupar la sangre, pero lo aplasté. Era la señal.

Me bajé, junto con el táper envuelto en un paño blanco y me metí de copuchenta, como pedro por su casa. Me recibió una recepcionista rubia, anteojos de sol blancos en el pelo y aspecto engreído. Me paré en la entrada. Pero ni si quiera se molestó en saludarme. Estaba limándose las uñas, mientras comía unos nachos. El pin sobre su pecho citaba: Chloé Bourgeois.

—Amm…disculpe —llamó Marinette.

Logré captar su atención. Me miró de pies a cabeza, examinando cada centímetro de mi cuerpo. Me dio la impresión de que no estaba interesada en mí. Si no, en mi forma de vestir. No me visto tan mal ¿O sí? Solo llevaba ropa de invierno, que compré en liquidación.

—Compraste eso en liquidación ¿No? —arqueó una ceja con tono engreído.

Me cachó. ¿Cómo?

—Eh…—carraspeó la barista, haciéndose la desentendida— Disculpa, yo-…

—¿Ese es tu auto? —le interrumpió Chloé.

La chica observó cual chismosa por la ventanilla; mi Peugeot sacapuntas de 10 mil dólares nada más. Hizo amago de desprecio, echándose a la boca otro nacho. ¿Cuál es su problema?

—Estoy buscando a alguien —gruñó Dupain-Cheng, sutilmente cabreada.

—Te equivocaste de lugar, querida — Bourgeois expresó con apatía— ¿Ya viste donde estás parada? Aquí no arreglamos Peugeots.

—No vine a reparar mi auto —farfulló la pelinegra, frunciendo el ceño— Estoy buscando a alguien, como ya dije. Le traigo algo importante.

—Ah. ¿Eres de la correspondencia? —bufó, tomando el teléfono para marcar— Ya te conecto. ¿A que anexo?

—¿Disculpa? —se defendió— ¿Qué le pasa a esta mocosa?

—Bueno, da igual —rodó los ojos, hablando por teléfono— Zoe, tienes correspondencia —esperó unos momentos— Ni idea. Dice que busca a alguien. Disculpa… ¿Cuál dijiste que es tu nombre?

Nunca le di mi nombre, joder —Marinette Dupain-Cheng. —reveló con hastío.

—Marinela se llama —dijo la ojiazul.

Marinette —recalcó.

—Ya entendí la primera vez, María Inés —farfulló, ignorándola por completo.

No —masculló entre dientes, a punto de partirle su madre— Mi nombre es Mar-…

—La gerente dice que no esperaba a ninguna María Isabel.

—¡Mi nombre es Marinette! —chilló, enrojecida de la cólera que sentía— Mira. Da lo mismo. Dile que busco a Adrien.

—Dice que busca a un tal Adrien —expresó contra el teléfono. Esperó unos segundos, antes de responder— El gerente no recibe gente del sindicato. Tendrás que volver otro día.

—¡No soy de ningún sindicato, con un demonio! —la joven estudiante se encabronó a mas no poder. Ya le estaban tocando las pelotas que no tenía— ¡Le traje el almuerzo a Adrien! ¡Adrien! ¡Un chico rubio, de ojos verdes! ¡Es nuevo! —berreó— ¡Dile que soy su amiga! ¡O me dejas pasar ahora mismo o de verdad traeré a los del sindicato! —amenazó.

No quiero ni saber que problemas legales tiene este lugar, pero sé que Adrien no tiene identidad civil ni visa. O me dejan pasar ahora, o los cago a demandas.

—Puedes pasar, niña —sopló Chloé— Dios…que carácter tan ridículo. Totalmente ridículo.

¡Me vale pito!

De nada —chistó, entrando de lleno al recinto.

¿Qué pasa en este sitio? Me encaminé muy empoderada hacia la parte trasera. Los mecánicos eran todos varones. Me miraban como un pescador sacando un atún del mar. ¡¿Pero que les pasa?! De pronto, un muchacho a medio traer brotó desde el interior de un auto.

—¿Mi lady? —expresó con alboroza voz, el rubio— ¿Qué haces aquí?

¿Ese es mi Adrien? A la mierda. Por dios que se ve…exquisito. Nunca pensé que un mecánico me haría sentir como una quinceañera hormonal. Es cierto que tenía algo de aceite en las mejillas. Pero ese overol. Uff…me mojó por completo. Ni si quiera olía a gasolina como dijo mi papá. Estaba medio sucio, sí. Pero cuando me abrazó, percibí su perfume a jabón y pulcritud a mas no poder. Unas ganas de besuquearlo hasta que sintiera mi lengua en su estómago…

—Adrien…olvidaste tu almuerzo hoy —enunció, indiscutiblemente ruborizada.

—¡Ah! ¿De verdad? —soltó una risita inocente, removiéndose la gorra— Que despistado. No me di cuenta. ¿En serio viniste hasta aquí para dejármelo?

—Si…

Nos miramos por unos instantes, como dos recién casados plenamente enamorados. El siempre me toma de las manos. Y eso me da una seguridad que no se imaginan. Lo hizo esta vez, apegándose a mi cuerpo. Me abrazó. Me agradeció repetidas veces, con toda la intención de besarme. Lamentablemente le tuve que detener, aplicando presión contra su pecho hasta apartarle. Si fuese por mí, me lo cogía ahí mismo. Pero…no era decente de mi parte. No corresponde. No quería causarle problemas ni mucho menos confusión en su nuevo empleo. Estaba tan lindo y tan feliz…lo hubieran visto. Me sentía una jalea blandita entre sus brazos.

—Debo prepararme para ir a trabajar. Por favor…come bien y vuelve a casa temprano ¿Sí?

—Queda claro, mi lady —aceptó sin tapujos.

Queda claro. ¿Dónde oí algo similar? Despabilé, negando con la cabeza.

—Nos vemos…Adrien.

—Nos vemos…Marinette.

Me fui en llamas. Apenas me subí a mi auto, sentí como mi entrepierna se apretaba con fuerza, pujando hacia adentro. Una sensación curiosa, nueva, pero placentera. Me equivoqué con él. Lo admito. Mi error no fue juzgarle del todo. Si no…haberme ido a la cafetería, sin saciarme primero. Quizás si hubiera sido más atrevida, más incisiva, lo pesco de un ala y me lo llevo al baño. Ahí mismo lo hago mío. Pero no fue el caso. Y eso…me jugó una muy mala pasada. Solo dios sabe que ocurriría después.

[…]

—¿Quién podría suicidarse por amor? Que ridículo —expresó Félix con burla. Leía "Romeo y Julieta". Cerró la tapa del libro y se sonrió de manera solapada— Es divino...jeje. Me agrada.

Alguien tocó a su puerta.

—Adelante —escondió el texto, dentro de los cajones de su escritorio. Era Luka Couffaine— Ah. Mira nada más lo que nos trajo. Mi trabajador estrella.

Cafetería Le Miraculous. 18:00PM.

—Señor Graham —musitó el peliazul— Vengo a presentar mi renuncia formal.

—Oh, vaya —farfulló, con una sonrisa maquiavélica dibujada en los labios— ¿Y eso? Muy raro ¿Eh?

—No se haga el desentendido —exhaló, frustrado el ojiazul— Ya no…puedo seguir mas con esto. Usted no me deja trabajar en paz. Y Kagami está molesta con mi desempeño. Lo mejor es…irme.

—Descuida, Luka —se levantó de su asiento, encaminándose hacia el para darle unas palmadas en su espalda— Tal y como le prometo a mis trabajadores. Haré una carta de recomendación. Conseguirás empleo en otro lado.

—¿En-En serio haría eso por mí? —examinó, asombrado.

—Claro —añadió, con cinismo— Conseguirás empleo en otro lado —le cerró el parpado derecho, susurrando en su oído— En la Antártida, pedazo de imbécil.

—¡¿Qué?!

[…]

Comencé mi jornada laboral como de costumbre. Era casi un ritual cotidiano. Saludaba a mis compadres, me ponía el mandil y atendía a la alzaprima de la cafetería. Con Félix habíamos creado ya, dos conceptos nuevos de los que le hice voto. El primero, era la noción del café Trixx. El segundo, el café Sass. Uno, atiborrado de ilusión en tu paladar. Y el otro, repleto de segundas oportunidades. ¿Tenías un amor platónico sin cumplir? Ven a probar al Kwami de la Ilusión. Soñar es gratis. Eres libre de idealizar lo que gustes. Bébelo y añora para alcanzar tus sueños más íntimos. ¿Te patearon por infiel y quieres una segunda chance sin humillaciones? Ven a deleitarte con Sass. Tendrás tu segunda oportunidad en la palma de la mano. Te aseguro, que, si invitas a tu novia, te perdonará. Así de plano lo digo. Estaba feliz con los resultados. Las ganancias comenzaron a notarse en números verdes y tanto yo como mi jefe, nos mostramos complacidos. Todo iba de lujo en mi vida, hasta que vi a Luka Couffaine abandonar la oficina del gerente. Traía una expresión abatida y de mucha angustia. Solo podía significar dos cosas: O lo despidieron. O renunció finalmente. La primera era muy poco probable.

Hipócritamente me aproximé a él, dándole un par de palabras de aliento casi rayando en un pésame de muerte.

—Escucha —manifestó Luka, sin dejo de culpa en sus palabras— Se que tuviste algo que ver en esto. Pero…no me siento en el derecho de juzgarte.

—¿Cómo…? —parpadeó, atónita.

—No nos leemos la suerte entre gitanos, Marinette —reveló el muchacho de orbes color cielo— Sé que te gusta Félix. Cada vez que hablábamos de él, buscabas de alguna forma u otra de defenderlo. Y eso…no es algo que haría alguien solo para conservar su empleo.

—¿Qué está-…?

—No te preocupes —expresó con dejo de sumisión— No le diré nada a Kagami. Quizás tu puedas sanarlo de su amargura. Pero te daré una ultima advertencia. Como amigos…si es que alguna vez lo fuimos —agregó, con mucha seriedad— No confíes nunca en un hombre como él. No seas tonta, Marinette. Eres una chica inteligente. Tú sabes quién es en el fondo. Lo conoces. Aprendiste a estudiar a tu cazador —insinuó— Quizás te reniegues a ti misma de aceptarlo, pero el no busca en ti, lo que tú crees —finalizó— Es un chico que busca placer en sus acciones. En sí mismo. Y ten cuidado…porque dañará a los que se atraviesen en su camino. Con tal de obtenerlo.

¿Qué me cuenta? Es como si me hubiera leído la mente. ¿Ustedes creen que no lo sé? Me congelé. No. Félix era resentido porque sí. No había quien le usurpara su posición de amargura. Pero sus ultimas palabras, me dieron un atisbo claro de lo que yo ya sabía. Ya lo sé…señores. Ya lo sé. Lo vi tomar sus cosas, llamando al ascensor. Me miró de reojo, por sobre el hombro. Era la primera vez, que un hombre que no fuera Adrien se preocupaba por mí. ¿Cómo debía tomarme esto?

—Tienes mi número. Márcame cuando quieras —decretó Couffaine, subiéndose al elevador, segundos antes de dejar que cerrara— Félix no es hijo del diablo. Discúlpame por pensar aquello. Él es el diablo.

Y se marchó.

¿Por qué mierda…no me intimidé con eso? ¿Por qué sigo en esto? ¿Será que logré amar a una persona, como era? ¿Con sus defectos y virtudes? ¿Por qué, demonios no me molesta?

Continue mi turno, haciéndome la desentendida de todo. A eso de las 20:20PM. Comencé a ordenar mis cosas para marcharme. Prometo por lo mas sagrado, que solo pensaba en Adrien. En su primer día trabajando. Sus añoranzas, sus logros. Me cuestioné todo el día como lo estaría pasando. ¿Estará bien? ¿Se sentirá cómodo? ¿Logró sus objetivos? Cuando miré la hora, sabía que estaría esperándome en casa. Tengo a un chico divino esperándome. Sabiendo todo esto. ¿Por qué acepté que Félix me llamara a su despacho tan tarde? Yo había terminado mi turno. ¿Habrá sido la curiosidad? ¿La maldad que mi jefe me pegó? Mi judas…

Accedí.

Por esas horas, los últimos mozos se habían retirado. A nadie le parecía extraño que me quedara hasta mas tarde, atendiendo unos quehaceres. Cuando ingresé a su oficina, Félix se había acabado la mitad de una botella de Whisky el solo. Yo estaba en mis cabales. El no. Estaba ebrio. Lo supe, en cuanto noté sus mejillas carmesíes. Su nariz, sus orejas y sus pómulos, enrojecidos. ¿Qué quieres de mí, traidor pecaminoso y ateo?

En su radio sonaba otra canción de los 90. Su música favorita. Depeche Mode – Enjoy The Silence. Cuando me vio entrar, disminuyó el volumen. Pero yo aún lo seguía escuchándola en mis oídos. Se había tomado la molestia de apagar las luces del techo. Solo dejó la pequeña lampara de su escritorio. Mi comía con la mirada, sentado, recio, estoico, en su silla detrás del mesón.

—¿Qué sucede, Félix? —consultó Marinette.

—Es día de pago —reveló el rubio, desplazando una carpeta por la mesa— No has firmado tu nuevo contrato como Sub Gerente. Y no quiero tener problemas con los abogados.

¿Una formalidad? Pero tenía razón. Yo nunca hice legal mi nuevo puesto. Era natural que quisiera formalizar nuestra alianza contractual. Me arrimé a su pupitre, abriendo la carpeta de papeleta marrón. Era un nuevo contrato. Doce malditas hojas. Doce. ¿Qué necesidad?

—Félix no hacía falta hacerme un contrato nuevo —balbuceó Marinette con desconfianza— Con un anexo de una página es suficiente.

—No. Un anexo, no es suficiente —murmuró. Félix cargaba consigo otro vaso de alcohol con hielo en su derecha. Se paró, caminando hacia ella— Son nuevas condiciones. Debes aceptarlas por un tema legal.

—Si, pero…—cuestionó la ojiazul, ligeramente ansiosa— ¿Es necesario doce hojas…?

—¿Cual es la prisa, Marinette? Léelo con calma —siseó, dando un trago extenso de su vaso— Tenemos tiempo.

Félix se había posicionado detrás de mí. No soy tan estúpida como para no notarlo.

—Hoy debo pagarte mucho más dinero, legalmente —musitó, en un jadeo caliente— Pero no lo haré si no firmas.

El me conocía como la palma de su mano derecha. Yo jamás hice nada, sin leer las condiciones antes. El cabrón lo sabía. Me sentí atrapada. Tenía dos opciones. O firmaba a ciegas y fin del asunto. Me voy a casa feliz, o me tomaba mi tiempo leyendo, aclarando todo, dándole chances de quizás que cosas. Conociéndolo, el sabía que no lo firmaría sin antes leer. Porque no es estúpido, joder. Mi jefe sabe que no confío 100% en el.

—Si no estás segura…no lo firmes —musitó, escabullendo sus manos debajo del mandil, hasta agarrar sus pechos— Léelo…

Sentí como me susurraba en el oído. Sentí como me apretaba los pechos, estrujando mis pezones encima de la tela. Sin mostrar ni un ápice de vergüenza, se arrimó a mí, recargando su pecho contra mi espalda; al mismo tiempo que percibí como una prominencia vigorosa se clavaba en mi trasero. Me aprisionó contra su escritorio. No había forma de zafarse.

Oh por Dios… ¿Que está haciendo? ¿Esto no es acoso sexual del tipo laboral o sí?

—Félix… ¿No teníamos un trato? —masculló Marinette, con la respiración agitada— Quedamos en que no tocarías mi trasero si no te daba permiso.

—No lo estoy tocando, señorita Dupain-Cheng —Graham de Vanily levantó las manos— No dijiste nada de tus senos.

Ya. Maldito perro. ¡Maldito perro! Te las sabes por libro, ¿No? No eran sus manos. Pero su duro miembro, apretándose contra mis nalgas me hizo temblar. Pensé: ¿Qué demonios hago? Y luego…la imagen de Adrien se me vino a la mente, como un destello fugaz de lujuria incontrolable. ¿No les dije que no debí haberme ido en llamas? Esto es lo que pasa, joder. Yo tenía conocimiento pleno que, a ciencia ciega, jamás relataría lo que hacía con mi chico. Adrien era mi hombre. Piensen lo que piensen. Pero Félix…es…el azúcar de un diabético. Y con él, no siento vergüenza pecaminosa de relatar lo que vivo.

Este chico…virgen y todo, no es humano. De plano lo digo.

—¿Qué vas a hacer…? —jadeó, en un suspiro caliente.

Shhh…

Félix tiene una fijación con meterse cosas a la boca. Lo sospeché desde hace un tiempo. Pero ¿Esto? No lo vi venir. Sin ninguna pregunta de por medio, me bajó el pantalón y las bragas. ¿Me preguntó si podía? Al diablo. Me abrió las piernas y sentí su lengua hasta el intestino delgado. No se comparaba a nada. NADA. De lo que Adrien me hizo sentir. ¿Esto es el sexo oral? Les digo desde ya, que mi jefe es adicto a esto. Traté de aferrarme a la madera, pero en el intento tiré todo a la mierda. Sus papeles volaron por los aires. El ordenador, el pisapapeles, el abrecartas, el sello, los timbres, todo. Instintivamente, me abrí como una flor en loto. En plena primavera. ¡Dios!

Ahh…—gimoteó Marinette contra el mueble, estremeciéndose de golpe— ¡Fé-Félix! ¡N-No…

Es fanático con locura. No miento. ¡¿Qué hace?! Yo. Yo…yo-…dios…

Me volteó, como un jamón dentro de un sándwich. Me sentó frente a él y continuó. En mis oídos, era escuchar un maldito perro tomar agua. Sediento. Catastrófico. ¡¿Alguien sabe el sonido que hace un perro tomando agua?! No tenía de que agarrarme, la puta madre. Solo vi sus cabellos amarillos y los tironeé con fuerza. Miré el techo, adormeciéndome por completo. No pude. Grité. Grité muy fuerte. Y en algún punto, tuve que ahogar esos quejidos en el antebrazo. Me lo mordí hasta sacarme sangre. Todo era nebuloso. ¿Qué tiene su lengua? ¿Morfina? Ya sé. ¿Cocaína? Para. Para, por favor. Cabecee contra el escritorio una y otra vez.

—Félix…me voy a ir —se retorció sobre la mesa— No puedo.

Este sabor —jadeó el ojiverde, apretando con fuerza sus muslos— Me gusta. Me gusta mucho…

Ya fue, amiguitos.

Las conté. Fueron tres veces. Tres maldita veces, que me hizo llegar. Y no se iba a disculpar por eso, el muy bribón. Se levantó como si se hubiera merendado un postre o algo así. Todo fino y elegante, tomó un pañuelo desechable y se limpió la boca. Acto seguido, se paseó por la oficina recogiendo las cosas. Incluso si yo seguía toda temblorosa ahí, no le importó en lo mas mínimo. Cuando mis pies tocaron el suelo, me fui de bruces sobre mis rodillas. No podía pararme. No me respondían las caderas. Tragué saliva con fuerza, sumamente avergonzada. Mi respiración aún era errática. Me subí la ropa interior como pude y a gatas, logré hacer lo mismo con mi pantalón. No sé que mierda hizo…pero se me desconectaron las piernas del cuerpo.

—Se me antoja un expreso doble —enunció Graham de Vanily con naturalidad— Tráeme uno.

Ah. Ahora quieres una taza de café, ¿no? ¿Y encima quieres que yo te la traiga? Tu puta madre te la va a preparar. Apenas podía pararme. Me observó tras un silencio incomodo que se formó, porque no me digné si quiera a responderle. Me sentía demasiado débil para pelear con él. Mi jefe no era el diablo, señores. Era un vampiro. Y me chupó toda la…energía. Si. Eso. Se llevó mi energía capital. Succionador de fuerzas vitales. Eso eres, Félix Graham de Vanily. Noté como sus pulcros zapatos lustrados se pararon frente a mi y me estiró la mano. La tomé. Me auxilió, llevándome hasta el sofá para sentarme sobre él y descansar un poco. Soltó un suspiro violento, un tanto indignado porque no obedecí sus demandas. Se arregló el cuello de la camisa y se dio media vuelta.

No se hizo mas problemas. El mismo, personalmente fue hasta la barra para traerlo. Yo me sentí un paño estrujado, tirado en el suelo. Aún podía percibir en aquella zona, la sensación húmeda de su boca. No voy a lograr relajarme hasta que no termine el trabajo. Cuando lo vi entrar, me ofreció un vaso de agua. Como no lo tomé, me lo dejó sobre la mesa de centro. No voló ni una mosca.

Bebió un sorbo de su café y se tocó los labios, con mucho placer. ¿Acaso soy una tabla de moluscos para ti? ¿Es eso? ¿Solo querías degustarme? Imbécil…

—Cuando te sientas mejor, puedes retirarte —dijo sin más, desplazando la carpeta por el escritorio— Pero no olvides leer tu contrato, Dupain-Cheng.

¿Y encima ahora me quieres echar como una basura? Yo aún te veo duro.

—¿Eso fue todo? —protestó Marinette, en un jadeo furioso— ¿No vas a terminar el trabajo?

—El trabajo ya está hecho —arqueó una ceja, aproximándose a ella con la taza en sus dedos— No sé de qué hablas.

—¿De verdad? —gruñó la ojiazul, denostando altivez en su mirada— Pues fue lo mas aburrido del mundo.

—No te voy a coger si es lo que quieres —espetó el rubio con templanza— No es correcto.

—¿No es correcto? —masculló, esta vez mucho más hastiada— ¿Y qué te parece el comerme la entrepierna? ¿Ah?

—Me parece gastronómico —bufó.

Se mamó.

¿Ah, sí, cabrón? ¡Yo te voy a dar tu buffet gourmet hasta que te rompa el pito!

Me arrojé a él con violencia. Lo agarré de la corbata y lo tiré contra el sofá. No me pregunten de donde saqué fuerzas. Pero mágicamente las piernas me respondieron, lo suficiente como para hacerlo pagar. El café que traía en la mano, se volteó sobre su camisa, derramándose caliente sobre esta.

—¡Arg! ¡¿Pero que haces?! —se quejó el inglés, tras sentir como se chorreaba el liquido por su pecho— ¡Genial! Ahora necesitaré una camisa nueva.

Todo fue muy rápido. Quise hacerlo así, para evitar que se resistiera. Me despojé primero de mis prendas de vestir y me senté sobre sus muslos, tironeando bruscamente del cinturón.

—Señorita Dupain-Cheng —tembló, batallando con sus manos— ¡Civilícese por favor!

—Cállate, pedazo de idiota —le amenazó.

—Por favor…no. Marinette —tragó saliva.

Me percaté de que, en algún punto, su tono de voz era temeroso y mucho más reacio. Pero no le di bola alguna. Intentó retenerme, sujetándome de los brazos. Se removió con ímpetu bajo mis piernas. Me rogó que me detuviera. Me rehusé. El no hubiera hecho eso conmigo. Quería vengarme. Y satisfacerme. Así de simple. Le había ganado en su propio juego.

—¡Gnh! —protestó, con terror en los ojos— ¡Esto es acoso sexual del tipo laboral!

¿Ah sí? ¿No me digas? Metí la mano en la ropa interior. Lo agarré con fuerza.

—Para, Marinette —suplicó Félix, completamente en shock— ¡Detente! ¡Yo nunc-…! —se estremeció por completo— Ngnh…

A partir de ese momento, ya nada me importó. Me batí sobre el hasta sentirme complacida conmigo misma. Mi amante no hizo absolutamente nada. Estaba medio inmóvil. Me abrazó, escondiendo su rostro en mí. Lo último que escuché fue un reproche por su parte. Luego, ya nada mas que su respiración salvaje, contra mi pecho. Se rindió al cabo de unos minutos, sin dar muestras de desagrado.

Al termino, Félix emitió un sonoro quejido masculino. Y concluí el acto, solo cuando sentí que se estremecía forzosamente, mientras sus manos tironearon de mi ropa.

Ya fue suficiente de mi venganza.

—Oye, Félix —murmuró Marinette, con la respiración más calmada.

Me preocupé bastante, les diré. Porque no me respondió. Traté de levantarle la cara para mirarlo al menos, pero se negó. Seguía aferrado a mi como un koala a un árbol. ¿O era mas bien un monito recién nacido a mamá gorila? Porque esa fue la sensación que me dio. Estaba temblando. Oh dios… ¿Maté a mi jefe?

—Félix… ¿Estás bien?

¿Por qué no me mira? Madre mía. Me intenté zafar de su agarre. No quería soltarme. Tuve que forcejear un poco para finalmente poder pararme. Lo primero que noté era un par de gotas cayendo a la alfombra. Era sangre. Indiscutiblemente sangre, diluida con un liquido blanquecino. Me aterré. ¿Me llegó el periodo?

—Mierda…—exclamó, cogiendo rápidamente algo de papel para limpiarse— ¿Y esto que es? ¿De quien es esta sangre?

—Es mía.

¡No estaba muerto! Revivió. Pero tenía las manos cubriéndose sus partes íntimas, aún cabizbajo. ¿Qué demonios pasó aquí? Necesitaba respuestas. Me vestí rápidamente y corrí a ayudarle, tratando de que me dejase auxiliarle al menos. ¿Recuerdan cuando dije que le daría un buffet gourmet hasta romperle el pito? Pues si era verdad… ¡Le rompí el pito a mi jefe!

—¿Me quieres explicar que pasa? —examinó, sumamente preocupada— Por favor…

Cuando tomé su mentón, su expresión facial me dejó embelesada. Era…bellísimo. Hermoso. Nunca lo vi tan vulnerable. Sus mejillas teñidas de un rubor ligero, sus orbes esmeraldas humedecidos con el brillo excelso de un ángel caído del cielo. Sus labios, rosados y expuestos. Este no es el señor Graham que todos conocemos. Sentí que, si le decía algo feo, rompería en llanto. A duras penas, pude usar un tono de voz sumiso y amable.

—Perdóname…esto es mi culpa —se disculpó con dolor la barista.

—No. No es tu culpa —balbuceó, desviando la mirada con vergüenza— Es la mía.

—Solo si quieres, claro —murmuró Marinette, acariciando su mejilla derecha con cariño— Te agradecería muchísimo que me contaras que pasó.

Me pidió permiso para usar su propio baño. Una actitud muy rara en él. Me estaba comiendo las uñas de la ansiedad. Sabía que el rubio era virgen. Pero no tenía idea que los hombres también sangraban con su primera vez. ¿O yo soy la ignorante? Cuando le vi salir, caminaba ligeramente arrastrando la pierna derecha. Estaba algo encorvado. Se sentó en su asiento, tras el escritorio y se sirvió un vaso de Whisky. Algo le dolía y sabía que era mi culpa.

—Sufro de Fimosis ligera —reveló, con actitud debilitada— Bueno…sufría. Porque ahora mismo, me acabas de curar a sentones.

¿Y que demonios es la Fimosis? En mi vida había oído de esa enfermedad. Cuando me explicó, casi me fui de culo. ¿Y como rayos yo iba a saber que padecía de algo así? Es básicamente algo que les da a los niños.

—Durante años traté de solucionarlo por mi cuenta. No quería aplicar cirugía —expresó el ojiverde— Además no soy judío. La circuncisión no es lo mío.

—¿Eso quiere decir? —parpadeó, percatándose de como la temperatura corporal se le subía por las mejillas— ¿Qué fui tu primera mujer? Ya sabes…en tocarte ahí.

—No seas tan egocéntrica —espetó Graham de Vanily, soltando una sonrisa altanera— La primera mujer en mi vida, fue mi tía Emilie ¿Ok?

—¿Te acostaste con tu tía? —se asustó.

—No —rodó los ojos, exhalando con aires de sinsabor— Yo era un niño. No seas tan enferma —añadió— Nací con esto. Y fue ella quien trató de ayudarme. A los bebés les hacen trabajos de masajes con los dedos. Adrien era el único que gozaba con el cambio de pañal. Para mi…era una tortura. Dolía como el diablo —y bebió un sorbo de su vaso— Pero bueno, supongo que ya no hay mucho por hacer. Me acabas de romper el pito.

Si le rompí el pito. ¿Genial, no? Lo tendré en cuenta para mis amigos, como la anécdota del año.

—Con algo de tiempo y trabajo, correrá solo.

—Bueno…—Marinette se rascó la nuca, sofocada— Al menos pude curarte.

—¿Tu crees que ahora mismo me importa el estado anímico de mi verga? —farfulló, golpeando el vaso contra el escritorio con fuerza— ¡El mío, está en llamas, señorita! ¡Mira lo que le hiciste a mi camisa! Encima era mi favorita.

—Yo creo que estás…exagerando un poco —Dupain-Cheng se encogió de hombros— Todas tus camisas son tus favoritas.

—¿Te estás oyendo? —berreó, apuntándole con el dedo en tono amenazante— No es una camisa ordinaria. Es de la colección Otoño 2005 de Versace. Jamás podrías pagar por algo como esto, Dupain-Cheng.

—Ok, ok. Ya entendí —exhaló frustrada— Necesitas una camisa nueva.

—Necesito una camisa nueva, sí —se alzó en su lugar, quedando a escasos centímetros de su rostro— Pero ninguna reemplazará a esta. ¿Queda claro?

No. No me queda claro. ¿En verdad me está haciendo berrinche por eso y no…por lo otro? No entiendo los valores de mi jefe.

—¿Y que quieres que haga al respecto? —la subgerente se cruzó de brazos, arqueando una ceja con sátira— No puedo pagarla, según tu.

—Es verdad. Cuesta cuatro veces tu sueldo —siseó, observándose las uñas con soberbia— Pero el tratamiento para la Fimosis es más costoso.

—¿Qué estás insinuando…?

—¿Qué pasa? —carcajeó Félix— ¿Creíste que solo vendrías aquí, me cogerías y luego te saldrías con la tuya? Pero si ya me conoces, Marinette —tomó la carpeta entre sus dedos y se la alcanzó a su compañera— Yo nunca pierdo. Tu y yo tenemos un contrato aquí. Tienes que aprender a hacerte cargo de las decisiones que tomas —concluyó— Ahora firma esto. Y regresa a tus labores.

No otra vez…

Cada vez que me veo victoriosa con este chico, saliéndome de un lio, caigo en otro automáticamente. ¿Qué demonios estoy firmando aquí? ¿Es un contrato de trabajo como sub gerente o es una carta magna del pacto con Belcebú?

Y todo…por una jodida camisa nueva.