¿En dónde estoy?

Un aroma muy agradable se deslizó dulce, entre mis fosas nasales. Tras parpadear un par de veces, noté que el humificador de mi velador estaba encendido. Aún me sentía bastante lánguida producto de la asquerosa regurgitación que sufrí en el baño. Me removí con lentitud. Alguien inspiraba y exhalaba muy cerca de mi oído. Era Adrien Agreste, el cual permanecía abrazado a mí con mucha autoridad. Sin duda estaba durmiendo, pero con la expresión facial bastante compungida. Como si algo le molestara.

Es cierto. Me desmayé en el baño. Apenas me levanté un poco más, un paño húmedo cayó desde mi frente hasta el pecho. ¿Y esto? ¿Me lo habría puesto él? Me toqué el rostro, percibiendo cierto grado de estado febril en él.

—Mi lady —murmuró preocupado el ojiverde. Posiblemente los meneos le habrían estimulado a despertar— ¿Te encuentras bien? Te desmayaste en la ducha.

—Yo…eso creo —Marinette se tomó la sien, aflojando un suspiro frágil— Tengo algo de fiebre. Ah…—y estornudó— ¡Achu!

—Noté que tu ropa estaba húmeda —explicó el rubio, acomodándola con ternura contra la almohada— Creo que has pescado una gripe. Google dice que eso sucede si hay cambios bruscos de temperatura. Luego de estar bajo la lluvia, seguramente transpiraste mucho.

Claro…que sudé un poco…—despistó los ojos, urdiendo una mirada desentendida— Debe de haber sido eso. Se me secó en la piel y me resfrié.

—Lo mejor es que vaya por algo de medicina a la farmacia —comentó Adrien, levantándose de la cama— Debes reposar en cama hoy.

—No. Espera —le detuvo de un manotazo en el brazo— Hoy quedé de ir a casa de mis padres. ¿Lo recuerdas?

—Es cierto, mi lady —manifestó con voz comprimida— Pero no te veo en buenas condiciones. Eh…tus padres se preocuparán.

—Tranquilo, se manejar a mis papás —aclaró con actitud cariñosa— Ven aquí, gatito —le llamó, atrapándolo entre sus brazos— Gracias por cuidarme. Eres la única medicina que necesito para sentirme mejor. ¿Lo sabías?

—Si fuera por mí, me meto en tu torrente sanguíneo y ataco al virus de una patada —bromeó el mecánico, desencajando una sonrisa jovial— Solo quero que te sientas mejor.

—Y lo haré —musitó, besando su frente con sinceridad— Si estás a mi lado, todo estará bien.

—Te prepararé una sopa de pollo —alardeó animado el muchacho, arrimándose de un tranco a la puerta— ¡Y té con limón y miel! ¡Ya vengo!

Sé que en el fondo no fue esta mi decisión. Pero si no fuese por Félix, jamás me hubiera dado cuenta de lo estúpida que soy. Mírenlo. Si es perfecto. ¿Para que voy a pedir más? No sé si es porque estoy agripada o realmente me siento muy obnubilada con sus atenciones, pero tengo unas ganas horribles de aferrarme a el y no soltarlo más. Ojalá pudiera cargarme en su espalda como a un bebé.

Me levanté a duras penas. Advertí que mis piernas estaban algo fútiles. Me costó un tanto caminar, pero quería estar con el a donde fuese. Incluso si tenia que acompañarlo a cagar. Me valía madres. Me acerqué por detrás y rodeé su cintura con mis dos brazos, juntando mi mejilla frente a la tibieza de su espalda. El no chistó. Solo se limitó a sonreírme y a continuar haciendo el desayuno que me prometió. La verdad es que, si me siento un poco enferma, pero no puedo defraudar a mis padres ni mucho menos a mi compañero de piso. Me puse un objetivo entre ceja y ceja. Y ese era, devolverle los años perdidos que no pudo aprovechar con el entusiasmo de una familia vehemente y unida.

El aroma que desprende Adrien durante las mañanas me gusta mucho. Pero hoy en particular, huele al humificador y eso me agradaba mucho. Tenía todo lo necesario sobre la cocina. El agua hervía dentro de una olla y las verduras estaban esparcidas en el mesón. Noté que estaba desplumando una zanahoria con el pelador y solo atiné a darle un agarrón en la entrepierna. Sentí como se tensó de los pies a la cabeza. No dijo nada. Tan solo continuó con su cometida. Tengo fiebre ¿Ok? No es mi culpa querer juguetear un poco con el chef. Es la gripa que te hace hacer estas cochinadas. Jejeje…

Introduje en completo silencio la diestra dentro de su ropa interior, escondiendo mi rostro contra su columna vertebral. La envolví con la palma, frotando de arriba hacia abajo. Adrien emitió un gruñido muy varonil, que sin duda me dejó con 40°grados arriba.

—Ma-Marinette…—jadeó, con el cuchillo vibrante sobre su mano— ¿No crees que es un poco peligroso? Podría cortarme…

No te cortes entonces —siseó.

— N-no puedo concentrarme así…—murmuró el rubio, entrecerrando los parpados de vez en cuando mientras desmenuzaba una pechuga de pollo— No me la pones fácil.

—No estoy buscando ponértela fácil, si no dura —bufó con diversión la ojiazul, mordisqueándole la playera por detrás.

—Yo la bastante lista ya…—se estremeció con vergüenza, mirándose hacia abajo— Mi lady…no me-…—se cubrió la boca— Ngn.

Soy mala, lo sé. Pobrecito, apenas podía mover las manos. En algún punto, solo dejó el objeto filoso sobre el mesón y se dedicó a sentir con placer el trabajo manual que le estaba brindando. Me buscó con las manos hacia atrás, sujetándome los brazos entre queriendo que me detuviera y que siguiera. Aceleré aún más, escuchando con atención como mi compañero emitía un ultimo gimoteo asfixiante.

—¡Es-espera…! ¡Falta el huevo! —estiró la mano, para tomar uno desde el canasto— ¡Ah!

Instintivamente lo dejó caer, estrellándose contra el suelo. La yema se esparció por la baldosa, seguido de un liquido blanquecino. No olviden nunca comer huevos de gallina. Son muy proteicos. Sobre todo, si los prepara este muchachito. Me eché a reír por unos segundos, retirando la mano para examinármela. Separé los dedos, jugueteando con su semilla en mi mano como una cría.

—¡Marinette! —farfulló enrojecido hasta las orejas.

Me reprendió. Pero bueno, él se lo buscó. Tomó un poco de toalla desechable y limpió automáticamente el desmadre que había tanto en el suelo como en mi mano. Me encogí de hombros, mostrándole la lengua. Me tenté feo.

—Ve a vestirte por favor —rezongó el rubio, suspirando derrotado— Vamos a desayunar en diez minutos.

—Si, papá —se mofó, con carita juguetona.

—Y tu —se regañó la entrepierna también— De paso te digo, que dejes de ser tan facilón. Me dejas mal parado. ¡Compórtate!

Ok. Alcancé a escuchar eso detrás de la puerta. Me cagué riendo por dentro.

De camino a casa de mis padres, pasamos a comprar a un Carrefour cercano. Sé que no era necesario llevar tantas cosas, pero una demostración de cortesía no estaba mal. Además de que…era la primera vez que Adrien me acompañaba al supermercado. Se ofreció a llevar el carrito mientras yo echaba algunas cosas de la lista y tan pronto pasamos por afuera de un espejo, me ruboricé a mas no poder. Nos veíamos tan lindos juntos. Era mi principito. Me sentí como una recién casada, haciendo las compras del mes.

No sé cuanto tiempo me habré quedado pegada imaginándome cosas cursis en mi cabeza, que por pelotuda se me perdió de vista.

¡¿Dónde está mi príncipe en decadencia y su carro de supermercados?!

[…]

El joven mecánico no se había perdido sin querer. Fue literalmente a propósito. Tras ver a una joven y bella modelo ofreciendo muestras en una bandeja, se embelesó. Pronto se acercarían las festividades navideñas. Por lo que su traje de viejo pascuero le dejó boquiabierto. Para el, no había mucha diferencia entre las chicas de la internet de adultos y esa corta minifalda. Sin contar, que su gorrito rojo era muy llamativo.

Bonjour —le saludó con gracia— ¿Desea probar una muestra de nuestra nueva selección de crema de Whisky?

—¿Cre-Crema de Whisky…? —parpadeó, alucinado— ¿Se puede hacer crema del whisky?

—Es usted muy chistoso —se rio la muchacha, ofreciéndole un vaso pequeño— Adelante, pruébelo. Está en oferta.

—Wow…—asintió, tomando un sorbo. Era un shock de dulzor en su paladar. Nunca había probado algo tan rico, que le quemara por dentro— ¡ESTÁ EXQUISITO!

—¡Hey! ¡Jovencito! —le llamó otra muchacha mas allá— Pruebe mi tablita de quesos.

—¿Eh? ¿Qué?

—No, no —vociferó una mas allá— Por favor, deléitese con nuestra marca de canapés de atún.

—¿Todo esto es gratis…?

—Todo es gratis —le concedió otra fémina, guiñándole el ojo— Aproveche los descuentos de temporada.

[…]

Por la mierda, Adrien. ¿Dónde te metiste? Ya era la quinta góndola que recorría y aún no aparecía. Mi paciencia comenzaba a agotarse. De pronto, muy a lo lejos, divisé una cabellera amarilla, que comía, tomaba y carcajeaba idiotizado con las promotoras. ¿Es una broma? Te voy a castrar con las llaves del auto Adrien Agreste.

—¡Mi lady! —berreó el ojiverde, con los pomulos teñidos de un colorcillo carmesí— Tenemos que llevar esto. Está increíble.

—¿Qué crees que haces? —Marinette hizo un mohín, jalándole de la oreja— ¡No aceptes cosas de estas chicas!

—¡Eh! ¡Pero son gratis! —se quejó con dolor— Ouch…es-espera.

Sin si quiera preguntármelo, ya había echado mas de cinco productos al carro. Por supuesto que las quité de plano. Supe que no las quería llevar porque fueran ricas. Esas malditas engreídas habían hechizado a mi chico, con sus servicios en liquidación, tan solo mostrando las piernas de manera solapada.

Las fulminé a todas con la mirada, marcando por supuesto mi territorio. ¿Qué se creen? Tch. Encima este tonto cae tan fácil. ¡No puedo creerlo! Lo arrastré hacia el pasillo de los congelados y ahí, le interpelé con dureza.

—¿Me quieres explicar que fue eso? —Dupain-Cheng se cruzó de brazos, esperando una explicación convincente— ¿Por qué aceptaste esas cosas, eh? ¿Es porque te parecieron atractivas esas mujeres?

—Claro —admitió sin atisbos de apocamiento— Son muy lindas. Y además tenían cosas en oferta.

Mírenlo al muy sinvergüenza.

—¿Sabes si quiera lo que significa oferta?

—Por supuesto —asintió con una sonrisa jovial en los labios— Hasta me dieron su numero para que las llamara y comprara más.

No. Al diablo. Este chico no entiende nada. A la próxima, tendré que traerlo con una correa. ¡De mi lado no se mueve más! Le quité los números de todas y los arrojé a un basurero, aún mas ofuscada que antes.

Al lado mío, Adrien —demandó con potestad— De lo contrario, me esperarás en el auto. ¿Queda claro?

—Queda…claro —murmuró cabizbajo, sin entender un carajo de lo que le decían.

Definitivamente tengo que advertirle de algunos peligros de andar solo en lugares tan transcurridos como este. Pasados unos minutos, logré tranquilizarme. Me aseguré eso sí, de sujetar de una esquina el carrito. Era la única forma de mantenerle a raya.

Cuando nos acercamos a la caja para pagar, la cajera nos preguntó si deseábamos llevar algo más. Adrien estaba ansioso por probar unos chicles del estante. De mala gana los agregué, nuevamente señalándole que esas cosas se masticaban, pero por nada del mundo se las tragara. Era como un niño a veces ¿Saben? No sé si realmente me gustaba su faceta de adulto, de gato o de un mocoso de kínder. Adrien no era como Félix. El era como tener a tres individuos en su interior. Y con el tiempo, acabaría por darme cuenta de quien era realmente el muchacho del cual me había enamorado.

—¿Algo más? —Marinette arqueó una ceja.

—Si —murmuró, sacando un par de billetes del interior de su bolsillo— Voy a comprar esto —le mostró una caja de chocolates con forma de corazón.

—No me apetece comer chocolates ahora —se negó.

—No son para ti —explicó, gesticulando una mueca jovial— Son para la señora madre.

Ah. ¿Estaba pensando en mi madre? Vale. Eso no me lo esperaba. Básicamente, nadie le había enseñado modales a mi amante. Pero supuse que, si se había criado de pequeño en una familia acomodada, los traería arraigados en su ADN ¿No? Me pareció un gesto muy honorable de su parte. Nuevamente me había desarmado. Adrien y sus tres personalidades…

[…]

Mientras manejaba por la gran avenida en dirección a casa de mis padres, aproveché la oportunidad para interrogarle sobre su escapada la noche anterior. El se mostró bastante abierto a confesar sus hazañas. Sé que no me mentiría si le preguntaba. ¿Pero realmente quería saber la verdad? Profesé cierto resquemor sobre lo que me diría.

—¿Y luego que hicieron? —consultó, bajándole el volumen a la radio.

—No mucho —proveyó el copiloto, masticando una goma de mascar— Félix me llevó a su disco favorita.

—¿Él va a discos? —Ok…eso sería lo ultimo que pudiera imaginarme de el— ¿Félix tiene vida social?

Se que sonó muy maldito de mi parte, pero vamos, es natural dudarlo conociendo su perfil. La imagen que yo tenía de mi jefe era de un hombre monotemático, denso, trabajólico y de nada de amigos.

—No me digas que bailaron con otras mujeres —gruñó Marinette, frunciendo el ceño— Me voy a molestar si es así.

—No, para nada —Adrien soltó una risotada— Bailamos entre nosotros.

—¿Y eso?

—No lo sé —se rascó la nuca con timidez— Félix dijo que era maricón.

—¿Qué dijo, que? —se detuvo en una luz roja, tomándole del mentón para observarlo— No repitas las cosas que el dice. ¿Entiendes? Esa es una palabra muy fea.

¿Por qué no me extraña que sea una mala palabra? Viniendo de el —se disculpó el ojiverde, expresando nostalgia en sus palabras— Perdón, mi lady. No lo diré más.

Ok. Entonces Félix se zafó de las mujeres diciendo que eran homosexuales. Grandiosa idea, pedazo de estúpido. Definitivamente es una pésima influencia. No me gusta.

Casa del matrimonio Dupain-Cheng. 13:50PM.

Tras estacionarme a las afueras de la casa donde me críe y crecí, un sentimiento de melancolía me asaltó. Hacía tanto que no venía. Se me apretó el pecho, amenazándome con hacerme llorar. No sé que clase de cara habré puesto, que mi compañero de piso me tomó la mano con suavidad, incitándome a bajarme con él. Estoy bien. Todo está bien, si estoy contigo. Me armé de valor, inhalando profundo y exhalando para tocar el timbre. Cuando la puerta se abrió ante nosotros, papá saltó a recibirme con un abrazo de oso apretado. Seguido de mi mamá, quien no dudó en llenarme de besos embarazosos delante de mi invitado sorpresa.

Ah. Si. Mi invitado secreto. Ahora ya no era secreto. Mis progenitores se miraron entre si y se rieron con actitud morbosa. Ay, no. Conozco esa cara…

—¡Bienvenido! —Tom se abalanzó hacia el ojiverde, levantándolo por los aires como si fuese un paquete de palomitas— ¡Que felicidad! ¡Al fin conocer al novio de Marinette!

¿Ven? Por algo se los dije.

—Oh por dios, pero que chico tan guapo —halagó Sabine más atrás, esbozando una mueca de felicidad— Y tan limpio.

Si. Se ve limpio porque se bañó, mamá. Ni modo lo trajera todo cochino. Me di un palmetazo en la cara. Presiento que este día no será fácil de sobrellevar. Adrien me miró abochornado, sin entender mucho lo que pasaba. Pero no se quejó en lo absoluto. Ya que era la primera vez que sentía el abrazo de un padre y el saludo de una madre cariñosa.

—Mucho gusto, señor y señora Dupain-Cheng —dijo el menor— Mi nombre es Adrien Agreste. Un placer conocerlos al fin. Marinette me ha hablado mucho de ustedes —extrajo desde el interior de una bolsa de papel, la caja de chocolates con forma de corazón— Le he traído un presente.

—¿Son chocolates? —la madre se tomó las mejillas, asombrada por tal gesto— Santo cielo…que chico tan detallista. Muchas gracias, Adrien.

—No tantas formalidades por favor jeje —espetó el señor Dupain, empujándolos hacia el interior de la casa, mientras reía como idiota— Dinos Tom y Sabine jeje. Con eso es suficiente jeje… ¡Por favor pasen!

Los escuché balbucearse entre ambos. Yo sé lo que traman, demonios. ¡Adrien no es mi novio! No aún…creo. Porque no me lo ha pedido. ¿O sí? No. No lo somos. Subimos al segundo piso de la panadería, en donde mi papá había hecho un banquete de aquellos. Nunca vi tanta comida en la mesa. Ni para cuando me gradué del colegio. Me dio algo de celos, eh. Seguro esto lo hicieron para mi "sorpresa". Y ya a partir de ese momento, nada me podría sorprender viniendo de ellos.

Al principio nos sentamos en el living. Adrien estaba bastante nervioso. Se frotaba las manos contra los muslos, gesticulando sonrisitas ladinas dotadas de mucha timidez. Yo por mi parte, traté de disimular mi inquietante falta de autoestima, ya que sabía de plano que lo interrogarían de pies a cabeza. Comencé a rezar para que no se pasaran de la línea. Nos sirvieron jugo de naranja y chouquettes.

—¿Te gustan? —consultó Tom, con ansiedad.

—Eh…nunca los he probado —contestó el ojiverde, llevándose uno a la boca para degustarlo— Oh…esto es…delicioso —se derritió su asiento.

—¿Eres francés, Adrien? —examinó Sabine, con un vaso entre sus manos— Todos en Francia conocen los Chouquettes.

—Lo soy —explicó— Es solo que nací en Londres y pasé toda mi infancia lejos de estos platillos.

—Tu apellido me es conocido —musitó la señora Cheng, llevando una mano a su mentón con duda— Agreste… ¿Dónde lo he oído antes? —hizo una pausa prolongada— ¡Ah! No me digas que eres hijo del matrimonio Agreste.

—¿Eh? ¿Usted conoció a mis padres? —se le cayó el chouquette de la mano, de la impresión.

—Por supuesto ¿Verdad cariño? —dijo la señora del hogar, mirando a su cónyuge— La familia Agreste era muy conocida en parís hace años. Ellos solían comprarnos los pasteles de los domingos.

Vaya sorpresa y rueda del destino. Así que mis papás también conocieron a los padres de Adrien. ¿Entonces era un secreto a voces?

—Fue una lástima lo que oímos ese día —comentó Tom, cruzándose de brazos mientras cerraba los parpados— Estaba en todos los noticieros. Tu te habías perdido en el Tibet. Y tus padres te estuvieron buscando.

Percibí como la angustia entre mezclada de ansiedad se apoderaba del semblante de mi compañero. Se estremeció, algo atragantado con la comida. Acabó desviando la mirada, rehuyendo de todos para meterse en sus propios pensamientos. No supe que hacer por él. Sentí que debía darle su espacio para asimilar y procesar la información.

—Me alegra que hayas vuelto —acotó Sabine, con una sonrisa afable en los labios— Tu mamá debe de estar muy contenta.

—Mis padres desaparecieron…—manifestó con voz hosca.

Todos callaron de golpe. Mierda. Sabía que algo así pasaría. Mis papás me miraron con cara de: Avísame si las cago. Pero ya era demasiado tarde para advertirles, porque ya la cagaron. Buscando una forma hábil de cortar el incomodo mutis, mi mamá se levantó de su sofá y se sentó a su lado, arrimándolo a ella con afecto.

—Tengo fe en que los encontrarás —determinó con determinación en su mirada— No debes perder las esperanzas. El hecho de que estén desaparecidos, no quiere decir que ya no estén —añadió, depositando un beso en su mejilla— Las cosas perdidas se encuentran, no se esfuman. ¿Entiendes?

Ay…mamá. ¿Por qué eres tan buena? Te acabas de ganar 7 estrellas con mi chico. Adrien se limpió los parpados, evitando así un sollozo innecesario. Asintió, correspondiendo su toque gentil en un abrazo. Me relajé, suspirando con fuerza. Demonios, por unos instantes creí que lo había arruinado todo. Pero ahora mismo, estaba yendo tal y como lo planee en mi cabeza.

—¡El almuerzo está listo! —aulló el panadero, sacando del honor una humeante y muy olorosa tarta de atún— ¡A comer, niños!

Nos sentamos todos a probar las delicias de mis progenitores. Nunca vi a Adrien comer con tantas ganas. Ni si quiera cuando mas hambre tenía. Esta vez, soltaba carcajadas en cada bocado que daba y eso, inundó mi corazón de un regocijo increíble. Aproveché el impulso de acariciar su nuca por detrás, cuando ninguno observaba. Mis padres se mostraron satisfechos con su presencia. Les expliqué que el era mi compañero de piso. Si. Vivíamos juntos. Habíamos construido una muy bonita amistad juntos, sin llegar a ahondar en detalles. Mamá me miró de reojo. Como dice el dicho: Mas sabe el diablo por viejo, que por diablo. Por supuesto que ella sabía de mi relación con él. Se hizo la loca, pero creo haber sentido como me leía la mente.

Me abochorné un poco, admitiendo para mis adentros que me había acostado con él y profesaba sentimientos amorosos. Para mi papá, ya éramos novios. Bueno, en general, quien nos viera, nos percibía como una pareja consolidada. Verán, es que hay algo que nadie puede evitar. Leí en mi primer año de universidad, en un texto de química lo siguiente.

Cuando dos personas se gustan, se forma una especie de energía química en el hipotálamo, que envía señales tanto a la tiroides como la corteza cerebral. Estas en respuesta, segregan unas esporas hormonales con aroma, llamadas Feromonas. Literal, el amor se puede olfatear. No estaba exagerando. Porque sé que mis padres nos olisquearon. En el aire, germinaba esta burbuja que solo nos encerraba a ambos. Confieso que era muy placentero. Era una sensación exquisita. Como si estuvieras cometiendo un delito, delante de todos y nadie mas pudiera intervenir en él.

Y mientras todos charlábamos amenamente, yo me daba el permiso delictual de tomar la mano de mi amante por debajo de la mesa, con total impunidad e hipocresía. Adrien estaba en mi territorio ahora. Este era mi mundo. Todo lo que veías a tu alrededor, tenía mi olor. El gato en su interior lo percibió visceralmente. Me gusta esa parte de él. Es salvaje, osada y muy palpable.

Nos estábamos cortejando delante de mis progenitores, como un juego peligroso de navajas. Lo gocé a rabiar. Papá hacía reír a mi compañero. Y mientras yo me mofaba de sus bromas, le apreté el bulto en mas de una ocasión. Ver su cara compungida, era placer excelso para mí. El en cambio, solo se deleitaba con sobarme el muslo, masajeándolo con intención reproductiva, sin llegar a nada. Nunca había hecho esto delante de otros. Mucho menos delante de mi familia, la cual era sagrada para mí. Pero este felino interior, me invita a sacar las garras. Caigo rendida ante sus pies, como la esclava que siempre me juzgué.

Luego de comer el postre, nos dedicamos a jugar videojuegos en la sala. Definitivamente les volé el orto a todos. Siempre fui muy buena para los de pelea, por ejemplo. Aunque mi mamá no se quedaba atrás. Ella también era una experta. Hicimos grupos de a dos. Hombres versus mujeres. Por supuesto que ganamos nosotros. A pesar de que papá es muy diestro con los juegos, pero en esta ocasión me tocó a mí. Quería lucirse delante de Adrien, enseñándole su: Golpe triple mortal volador nivel Tom. Pero no le salió.

Nos reímos a lágrimas.

—¡TA-DA! —aulló el mayor de la familia, abriendo un álbum de fotos sobre la mesa de centro— ¡Esta es Marinette con tan solo 2 añitos!

Dios…como odio que hagan esto. ¡¿Era necesario mostrarles el álbum familiar?! Adrien estaba salivando de la emoción. ¿Qué necesidad hay de humillarme delante del chico que me gusta?

—¿Esta eres tú, mi lady? —bufó el rubio, apuntando a una fotografía— Jajaja ¿Qué hacías arriba de la mesa?

—Yo no lo sé —soltó una risita nerviosa, asesinando a su papá con la mirada— Te pasas.

—Y esta es Marinette con 3 años, dándose un baño jejeje…—esbozó el señor Dupain.

—¡Tom! —berreó Sabine, dándole con un baguette otra vez.

—¡Ups! ¡No! ¡Esto no es apto para el público! —le puso un macarrón en sus partes íntimas— ¡Censurado!

Un macarrón. Genial. Tengo un macarrón metido en la ¡ $%#.

—Marinette siempre fue tan torpe —murmuró Sabine sin muchos miramientos, mientras bebía un tazón de té— Aquí estaba intentando subirse a un columpio. Pero se enredó y quedó boca abajo.

—¡Y aquí escalando un resbalín! —agregó Tom— Aunque luego se partió la madre y lloró por tres días. Pero fue divertido.

GRACIAS PAPÁS LOS AMO. No sabía donde meterme. Me subí el cuello del polerón hasta la nariz, intentando ocultarme de todos. ¿Y Adrien Agreste? Divertidísimo, riendo sin ánimos de burla de mí. Por el contrario, le vi tan feliz que…solo quería agarrarlo a besos. No. ¿Cómo puedo pensar que hay maldad en él? Es un chico tan bueno. Se tomaba el vientre a carcajadas, soltando un par de lagrimones a mas no poder. Lo estaba gozando con creces. No quiero robarle su momento familiar.

—Marinette —sugirió Tom— ¿Por qué no le muestras tu pieza a tu nov-…? —negó con la cabeza— Digo…a tu amigo jeje.

—Es cierto. No hemos tocado nada desde que te fuiste, hija —sonrió Sabine con ternura— Todo sigue igual.

Ya te vi, papá. Grrr…

—No es mala idea —exhaló la ojiazul, jalándolo de la mano— Ven, subamos.

Era la primera vez que un hombre entraba a mi cuarto, después de mi progenitor, claro. Ya les había comentado que lo mío no eran los chicos. Mi cuarto aun conservaba esa fragancia a colonia de bebé. Ugh…que desagradable. Me sentí infértil de solo ver la decoración. Me costaba trabajo creer que era tan rosada y cursi. Pero mi camarada estaba fascinado mirando todo. Examinó el lugar, como si visitara un museo de arte milenario. Todo para él, era como una reliquia sagrada. Le vi pasearse por la habitación, tentado a tocar algunas cosas. Pero como en toda exposición de arte, no puedes tocarlo todo.

Me miró, solicitando mi permiso para hacerlo. Asentí. Me pareció muy tierno de su parte ¿Qué creen? ¿Qué le diría que no? Si ya me tocó y me probó entera. Que toque mis cosas, no es nada. Hurgueteó con mucho respeto mi diario mural, mis juguetes, el baúl de recuerdos, uno que otro peluche. Y en el proceso de su expedición, me fue haciendo preguntas sobrias, sin llegar a faltarme el respeto. No. Para Adrien no era un museo. Era una iglesia. Un templo. Así lo percibí.

—Tu cama era muy pequeña —comentó con dejo de simpatía— ¿Cabías ahí?

—No te hagas, sabes que no soy muy alta —se defendió Dupain-Cheng, gesticulando una mueca juguetona— Este cuarto me trae muchos buenos y malos recuerdos.

—¿Se pueden tener malos recuerdos en tu propio cuarto? —examinó, curioso.

Oh sí. Claro que sí, mi querido Adrien. No todo siempre fue color de rosa como el papel tapiz. Me sentía en plena confianza de confesarle mis altercados durante mi época escolar. El bullyng que sufrí en la preparatoria. Y parte de la secundaria. Yo no era una chica popular ni mucho menos sociable. No pretendía que lo entendiera. Porque…vamos, mírenlo. Este chico fue esculpido por los dioses del olimpo. Apolo sentiría celos de él, joder. Zeus lo parió de su cabeza. Dudaba mucho que hubiese experimentado rechazo de la sociedad como yo lo viví. Era guapo, multimillonario e inteligente como el solo. Posiblemente un modelo de revista. Rostro icónico de la belleza masculina. Cara y cuerpo hegemónico. Adrien es-…

—¿Marinette?

Despabilé. ¿En que momento me metí tanto en mis pensamientos? Mi camarada me observaba preocupado. Creo que me callé por unos minutos, sin darme cuenta de que seguía ahí conmigo. Exhalé, regalándole un beso sutil en los labios.

—No pasa nada…eso ya es parte del pasado —murmuró nostálgica.

—Tengo algo de envidia —confesó.

¿Qué me está contando? ¿Cómo podría sentir envidia de mi fracaso como estudiante escolar? ¿Se golpeó la cabeza?

—Tu pudiste vivir ese proceso como una chica normal. Como todos —admitió, desviando la mirada, acongojado— Yo no tuve esa oportunidad. No pude asistir al colegio. No sé nada de esos años o momentos. Fueron arrebatados de mí.

A la mierda. Tenía razón. Se sentó sobre la silla de mi escritorio.

—Sé que quizás lo encuentras muy raro —musitó— Pero créeme que no lo es. Entiendo que haya sido una experiencia dolorosa para ti. Pero fue una experiencia, finalmente. Buena o mala, te hizo la mujer que eres ahora —añadió, con una sonrisa endeble en sus labios— Yo no puedo decir lo mismo. Soy lo que soy ahora, saltándome todas esas vivencias. Ser joven…debe de haberse sentido muy cool.

—¿De que hablas, Adrien? —Marinette se arrodillo frente a él, acariciando sus piernas— Si aún eres joven.

—Lo soy —expresó el rubio, sujetando con cariño su mentón— Pero no fui adolescente como tú. Y no tengo nada que compartir de esa etapa.

Me sentí mal. No por él ni por mí. Si no, por las circunstancias que envolvían nuestro encuentro. Otra nueva lección que este hombre me enseñaba con mucha humildad. Nunca debes renegar tu pasado. No existen los errores. Todas son vivencias y experiencias buenas. Porque sin ellas, no maduras. No creces. ¿Tienes un amor doloroso? Acéptalo y abrázalo, para luego dejarlo ir. ¿Te equivocaste? No. No lo hiciste. Estabas aprendiendo. ¿Te dolió? Si. Pero aprendí de ello. En esos momentos, la imagen de Félix Graham de Vanily me vino a la mente. Era un pésimo momento para recordarlo, pero debía hacerlo. Yo, que siempre lo consideré hijo del diablo. Hice una reflexión muy mierda y fuera de contexto, pero que quisiera compartir con ustedes.

Yo no era creyente de ningún credo ni mucho menos religión. Si quisiera ponerlo en ese contexto, me profesaba atea total. O al menos fan de lo sensual. Pero se me vino a la cabeza mi judas. Mi verdugo. El que me traicionó. ¿Cómo podría yo haber llegado a estar con este hombre? Me repetí una y otra vez. ¿Cómo sé yo, que amo a Adrien con el alma? Porque conocí el desamor. Félix y Adrien, me enseñaron dos cosas importantes.

Graham de Vanily me enseñó lo que no era el amor. Y gracias a él, ahora sé lo que si es el amor. Con él, comprendí finalmente lo que quería, necesitaba y merecía para mí. Bajo esa primicia, me permití llevarlo al ámbito religioso. Si Félix era el diablo y Adrien dios, no debes jamás renegar al satanás en tu interior. Porque sin él, no eres nada. El bien y el mal, conjugaban dentro de mi como una materia superada. No eres nada sin el desamor y el odio. El es quien te hace corregirte y tomar el camino del bien. Es un mal necesario. Félix, fue un mal necesario. Y no puedo arrepentirme de él. Lo envolví y lo asumí, como parte de mi crecimiento.

—No deberías renegar tus experiencias pasadas en compañía de la tribu de los gatos —murmuró la sub gerente de Le Miraculous— Si no hubiera sido por ellos, no serías Chat Noir. Y el…es parte de ti ahora.

Ahora, me permito abrazar al amor. Me aferré a él, como un bebé a la teta de su madre. He aprendido mi lección. Deseo compartir esto con el hombre que amo.

—No importa ahora, Adrien —murmuró Marinette, entre lágrimas— Aprendemos del pasado. Y mejoramos nuestro presente y futuro. ¿No? Es por eso que hablaste con Félix y lo convenciste de que me dejara —confesó.

—¿Cómo sabes…que yo hablé con él? —parpadeó, estupefacto. El también sollozaba en el proceso.

Ay dios. ¿Por quién me tomas?

—No hace falta que me lo corrobores —aclaró Dupain-Cheng, acariciando su mejilla derecha— Se de lo que eres capaz. Literal, lo evangelizaste —bufó— No te arrepientas de ello. Nunca sientas culpa, como lo hice yo. La culpa…lleva al miedo —reveló con sinceridad— Y el miedo no lleva a nada bueno. Siente responsabilidad.

—Yo fui muy responsable —acotó el rubio, limpiándose los ojos con el dorso de su mano— Sobre todo mi presencia en tu vida.

—Lo sé, mi gatito —murmuró, apegando su frente a la suya— Y estoy orgullosa de ti. Tanto como lo estaría tu madre ahora mismo.

—Marinette…—balbuceó con padecimiento— Mis padres siguen ahí afuera en alguna parte. Lo siento muy dentro…

—¿En tu punto G? —se mofó la pelinegra.

—En mi punto G, como dice mi primo —se rio el menor de los Agreste con inocencia— ¿Me ayudarías a buscarlos?

—Sabes que cuentas conmigo para lo que quieras, mi vida —admitió la estudiante de arte, apretujándolo en un ósculo sincero— Te ayudaré.

Nuestra visita a casa de mis padres, fue mucho mas nutritiva de lo que pensé. No solo había reforzado nuestra relación si no también nuestra confianza. Adrien Agreste, eres un buen chico y un buen gato. Nunca cambies. Estoy dispuesta a asumir nuestras diferencias, para compenetrarnos como una pareja real…si tan solo me lo pidieras.

—¡Marinette! —aulló Tom, desde el primer piso— ¡Vengan a jugar cartas!

Aún hay mucho que hacer aquí. Le tomé de las manos para levantarlo de la silla. Increíblemente, me tomó de la cintura y me atrajo hacia el con dominio. ¿Esta es la parte en donde conozco la tercera personalidad de mi chico?

—¡Ya vamos, papá! —berreó Marinette.

Adrien me arrastró hasta mi cama de quinceañera y ahí, dentro del templo sagrado, me hizo el suya furtivamente. Lo disfruté muchísimo. El peligro de ser descubiertos, aumentó aún mas el acto. Eres un profanador de tumbas egipcias. ¿Sabes? Pero no te detengas ahora.

[…]

Bajamos las escaleras, ligeramente post-orgasmicos. Lo tuve que peinar en el camino, ya que el pobre estaba medio destartalado. "Disimula" le dije en el oído. Pero el aún insistía con cojear como si le hubiera pasado un camión por encima. Posiblemente trataba de apaciguar a la bestia que aún le delataba.

Le palmee la mano. No toques ahí, joder. "Me aprieta, mi lady" me respondió acongojado. Me importa una mierda. Te dije que disimularas y es lo que harás. Yo creo que estaba intentando acomodárselo. De cualquier forma, no quería que hiciera nada estúpido que nos delatara. Yo sé que para Adrien una sola vez, no es suficiente. Por lo regular somos más intensos. Si no es que yo quiero más y la repetimos. Por el momento…solo pórtate bien. Acabamos la tarde jugando UNO. Cenamos a eso de las 19:30PM y regresamos a casa con normalidad. Aprovechamos nuestro momento a solas, para darnos un baño de espuma los dos. Solo ahí, acabamos lo que habíamos empezado en casa de mis padres. No me quejo. El es insaciable. Y yo también. Solo el universo sabe hasta cuando vamos a seguir apeteciéndonos con tanta intensidad. Rogaba que los años fueran indulgentes con nosotros. Porque en verdad…anhelaba pasar el resto de mi vida con este chico.

A la mañana siguiente, como todo lunes, amanecí sin el a mi lado. El se había marchado para ir a trabajar al taller. Y yo…debía arreglar mi mochila para mi última clase del año. Luego de ello, a preparar mi tesis y graduarme. ¿Cómo es que casi acababa mi ultimo momento?

Biblioteca de la Universidad, 10:20AM.

—¿Qué ocurre, Alya? ¿Por qué tanta urgencia? —exclamó Marinette, un tanto aturdida por ver a su amiga jalándole de esa forma tan violenta— ¡Hey!

—Marinette —rezongó en voz baja la morena, con aires de temor— Félix Graham de Vanily sabe lo del Ladyblog.

—¡¿Cómo?! —parpadeó, atónita.

—Esta mañana, recibí una carta de un abogado que jamás en mi vida vi —aclaró, temerosa— El maldito me demandó por difamación.

¿Era joda? Por la chucha. ¿Por qué no me extraña? Era natural que se vengaría de alguna manera. Estaba dolido conmigo. Sé que el sabía que yo sabía, que Alya sabía y que todo el mundo sabía. Si. Todos estamos metidos hasta el cuello en esto. Se los dije.

—Vale…yo hablaré con él —argumentó Dupain-Cheng.

—Marinette…el quiere que baje el blog —le advirtió— No le sirve que borre la columna. Si no logras convencerlo de lo contrario, esto se acabó. Nos veremos en la corte. Y dudo…—desvió la mirada con temor— ganarle en un juicio. Félix es un chacal en estas cosas.

—No. No es un chacal —aclaró— Es un lobo. Y sé como manejar al alfa de la manada. Déjamelo a mí.

Ok. Otro drama mas en mi vida. Sé que terminé mi relación amorosa con el primo hermano de mi compañero de piso. Pero este tema escalaba a otros ámbitos. Remembré lo que le había confesado sin premuras en su apartamento. Y para cuando llegué a cumplir mi turno en la cafetería de Le Miraculous, debía zanjar el tema a otros niveles. Niveles estratosféricos señores.

Lo primero que hice al entrar a turno, fue encaminarme con mucho desplante de sub gerente que era hacia su despacho. Ni si quiera me di la molestia de tocar la puerta. Nuevamente lo pillé charlando por teléfono con su madre.

—Mamá, tengo que cortarte —confesó el ojiverde— Vino la poli a llevarme preso. Me acusan de ser muy irresistible —bufó— Y soy culpable, obvio. Te llamo en un rato —cortó— Marinette Dupain-Cheng. Tu presencia me caga el día. ¿Qué quieres?

—Mira, ahora somos dos —refutó Marinette, frunciendo el ceño— Tú me cagaste varios de los míos, ahora no te quejes.

—Respeto —masculló con altivez.

—Respeto mi útero —gruñó la ojiazul, dando un puñetazo contra su escritorio— ¡Escúchame bien, Félix! —era hora de ponerse los pantalones y que él, vistiera la jodida falda ahora— No te atrevas a demandar a Alya. Retira los cargos.

—¡JAJAJA!

Carcajeó de manera enfermiza, mientras aspiraba su maldito cigarrillo electrónico. Se paró y me tiró el vapor en toda la cara. Le tiré un graznido eufórico.

Basta.

—Basta ¿Qué? —expresó Félix, con soberbia— Bájame el tono, Dupain-Cheng. Soy tu jefe aún. Que hayas decidido coger con mi primo por el resto de tus días, no te desliga de tus obligaciones.

—No, es verdad que no lo hace —amenazó, depositando una carta sobre su escritorio— A menos que leas esto.

—¿Qué carajos me traes? ¿Un test de VIH? —lo tomó entre sus dedos, leyéndolo. Acabó desfigurándose— ¿Qué es esta mierda, Marinette?

Es mi renuncia.

—¿Adrien te secó las neuronas de tanta cursilería? —masculló entre dientes el rubio, estrujando el papel como si fuese una mugre— No me toques las pelotas por favor —lo tiró al basurero.

—Úsalo de papel higiénico si quieres —refunfuñó la estudiante de arte— Límpiate el culo con él. Pero si no retiras la demanda contra Alya, renuncio.

—No haré eso —protestó— A menos claro, que quieras que volvamos a lo nuestro.

—Chistosito —soltó un bufido irónico la fémina— Lo nuestro se acabó. Ahora lo disfruto con tu primo. ¿Queda claro?

Craso error provocarlo de esa forma. Me fustigó contra la pared, como el mismísimo diablo. De un momento a otro, sentí sus manos envolviéndome del cuello, apremiado con estrangularme. Estaba furioso, le hubieran visto. Huevón mas malo que este, no verán ni en sus pesadillas. ¿Qué pasó con el muchacho que solía decir, que jamás se iría a los golpes? Vaya, vaya…acaba de mostrar los colmillos.

Le di un rodillazo en la entrepierna, soltándome broncamente de sus garras.

—Eres una salvaje…—farfulló con dolor, cayendo sobre sus rodillas— Mujer mala.

—Tu eres el malo aquí —aclaró la pelinegra, esbozando una sonrisa endeble— Lo tengo claro. Pero me da lo mismo. Retira la demanda. O te haré la vida imposible.

—Arg…—se quejó, tocándose el pantalón con padecimiento— Podría despedirte por esto. ¿Sabías?

—No puedes despedirme. Porque como dije, voy a renunciar —aclaró.

— Yo creo que me dejaste infértil. —sentenció el ojiverde, a duras penas levantándose de la alfombra— Uf…—se masajeó la ingle— Deja de joder, Marinette. Tu no vas a renunciar. Anda, vete a casa. Mañana nos vemos aquí.

—No entiendes ¿Verdad? —carcajeó Marinette, llevando ambas manos a su cintura— Cuando tu llegues al trabajo mañana, yo no voy a estar. Porque yo te voy a dejar. ¿Entiendes? —añadió— Vengo a terminar contigo.

Ok. Trató de poner paños fríos al asunto. Lo vi decidido a doblegarse a mis peticiones. Admito que nunca lo vi tan dispuesto a ello. Pero vamos, no tenía nada que perder. A la mierda este trabajo. Ya me las arreglaría en otro lado. No estaba pensando para nada en que este tipo de mierda, era el primo hermano de mi hombre. Me valía madres. Y el mejor que nadie entendía mi mensaje. Se hizo el loco, intentando cortarme el hilo.

—Seguramente estás cansada —bufó, restándole importancia al asunto— Vamos…Marinette, no hagas esto. Yo te di empleo. Eres mi mano derecha.

—Era tu mano derecha para hacerte pajas —protestó la ojiazul con prepotencia— Pero conmigo ya estás curado, Félix. Ya no sufres de fimosis. Y eso paga la camisa nueva. Ahora, decide.

Silencio sepulcral entre ambos. Maldita sea. Decide tu alguna vez, sin que intervenga tu primo. Jodido hipócrita, cobarde. ¿No puedes? Obvio que no. Desvió la mirada, rehuyendo de la mía. ¿No les dije que este tipo no podía solo? A menos que lo convenzan.

—Tienes hasta mañana para retirar la demanda —sentenció Marinette— Si de aquí a mañana no ha sido eliminada, esto se acabó.

—Ok —se excusó Graham de Vanily, esbozando una expresión altanera— Estoy ocupado ahora mismo, Marinette. Lo hablamos por la tarde. ¿Sí? Piénsalo.

No. Por supuesto que no lo hizo. Y el juraba de estómago que yo estaba jodiendo. Pero no lo hice. Iba muy en serio. Me llegó un correo a mi casilla de email informándome de la noticia. Y me tiré a huelga. Literal, no fui a trabajar al otro día. Hubiera pagado millones por ver su cara. Pero no crean que no me contaron. Yo tenía a mis propios palos blancos dentro de la cafetería. Una de las chicas me mandó un video de lo que pudo captar de Félix al no verme llegar. Fue un bálsamo de miel para mis oídos.

—Buenos días señor Graham, soy el representante del cementerio Sendero En Paz —le comentaba un pobre vendedor, que lo atajó en el ascensor— ¿Desea cotizar algún hoyo? No descuide su muerte.

—El único hoyo que voy a cotizar, es el tuyo, pedazo de besugo —bramó— ¡Señorita Dupain-Cheng! ¡A mi oficina por favor!

Nadie respondió. Los meceros y mozos de la cafetería se miraron entre sí, anonadados con su petición. Una de las chicas de la barra, se le acercó con timidez.

—Señor Graham…la señorita Dupain-Cheng —acotó— presentó su renuncia hoy.

—¿De que hablas? —farfulló colérico el rubio— Es una estupidez. ¡¿Se volvió loca?!

—Es que usted no entiende, señor Graham —añadió la muchacha de forma inocente— La señorita Dupain-Cheng renunció hoy.

Vi ese video y me cagué de la risa en mi casa. Lo admito. Pero era la única forma de presionarlo. Félix enloqueció. Esa misma tarde, me llenó de mensajes el buzón de voz, whatsapp y texto. Abrí el móvil y leí sus mensajes, solo para contestarle:

≪ F: ¿Qué quieres, Marinette? ¿Me quieres volver loco? *emoji tocándose la cabeza*

≪ M: No pretendo nada. Solo que retires la demanda contra Alya.

≪ F: Eso nunca. Ella me ridiculizó delante de todos.

≪ M: Eres un egocéntrico, Félix. Nadie sabe que hablaba de ti. Solo tu.

≪ F: ¿Te parece gracioso burlarte de mí enfermedad? *carita furiosa* ¿Qué tal si yo dijera que gimes como una tortuga apareándose?

≪ M: Cállate, estúpido. Yo no gimo así *dedo de en medio*

≪ F: Por supuesto que sí. ¿Quieres que te mande un audio? *le manda un audio de tortuga gimiendo*

≪ M: No voy a escuchar esa mierda *ojos hacia arriba* Vale. No pensé que se publicaría así. Te debo una disculpa. Retira la demanda. Y hablemos como personas civilizadas. Prometo arreglarlo.

≪ F: Basta, no puedes renunciar. Ni mucho menos compensarlo. Tienes un contrato conmigo.

≪ M: Me da igual. Quítame todo. Descárgate conmigo. No con mi mejor amiga.

≪ F: ¿Quieres que le cuente a todo el mundo que tu me curaste a sentones de mi enfermedad?

≪ M: Cuenta lo que quieras. Es mi ultima chance *carita sonriente*

≪ F: *escribiendo*

≪ F: *escribiendo*

≪ F: *escribiendo*

≪ F: *escribiendo*

≪ F: Ok.

Me fui de culo. Pero vamos, lo conozco. Félix jamás pierde. JAMÁS. Algo estaba tramando con todo esto.

Llamé a Alya para informarle que mi jefe retiraría la demanda. Pero solo con la condición de que, por favor, ya no subiera más cosas de él. No quería mas problemas en mi vida. Ahora mismo, solo necesitaba concentrarme en mi tesis y en mi relación con Adrien. Ella aceptó. Algo frustrada, pero lo hizo. Dios…esta gente.

A la tarde siguiente, me presenté como de costumbre a trabajar. Esta vez, recovando mi dimisión por supuesto. Le vi pasearse como si nada hubiera pasado entre ambos. Esta tensión del orto no me gusta para nada.

Eran las 19:16PM, cuando del ascensor apareció Adrien Agreste. ¿Qué mierda? Nunca le había visto visitar la cafetería. Mucho menos en pleno horario laboral. No, no y ¡No! ¡No debe venir! Me abalancé fuera de la barra para detenerle, pero el maldito inglés se me adelanto, recibiéndole con total impunidad. ¡¿Qué está tramando?!

—¡Félix! —berreó Marinette, con el rostro enrojecido en colera.

—¡Primo! Me alegra tanto que hayas aceptado mi invitación —Graham de Vanily hizo una pausa, abrazándole con júbilo, mientras fulminaba con la mirada a la muchacha tras la alzaprima— Estoy agradecido con que aceptes mi propuesta.

¿Propuesta? ¿De que demonios habla? De pronto, dos muchachos de overol, se arrimaron hasta la pared de la cafetería, cargando consigo un cuadro. No me digan que…

Si. Es lo que temía. Me quise morir. Ah no. Eso sí que no. No iba a quedarme callada.

—¿Se puede saber que mierda haces? —refunfuñó Dupain-Cheng, encabronada— ¿Qué haces con el cuadro de Adrien?

—¡Hey! Hola mi lady —El francés le saludo con naturalidad— ¿Puedes creerlo? Félix me ofreció ser el rostro de su cafetería.

—¡¿Qué?! —chilló.

—Tremendo pedazo de obra artística no puede quedar en el olvido —rezongó Graham de Vanily, bosquejando una sonrisa maquiavélica— He decidido que todos vean al bello modelo que tengo de mi lado. ¿No crees que se ve increíble? Esto atraerá a mucha más gente.

—¡No! —espetó la estudiante de arte, completamente exacerbada— ¡Por supuesto que no! — ¡Maldita sea, Félix! ¡Esto no era parte del trato! ¡Se supone que te di el cuadro para que nadie mas lo viera!

—Oh, la la —una de las comensales, se acercó al cuadro, examinándolo de pies a cabeza— ¡Pero si es el modelo en persona!

En poco menos de 10 segundos, un centenar de chicas se abalanzaron hacia el dibujo, como abejas a la miel. Comenzaron a emitir comentarios morbosos, bastante subidos de tono. Entre tanto, un par de hombres de orientación sexual dudosa también se sumaron al baile. Algunos le pedían autógrafos, incluso su numero telefónico. ¡Pero por la chuchaaaaa! Jalé a Félix de la ropa hacia un rincón, solo para increparle.

—Hey, cuidado con la camisa —protestó el rubio, soltándose de su agarre— Me la arrugas.

—Me importa una mierda tu camisa ¿Se puede saber que pretendes? —le regañó con molestia— Tú y yo teníamos un trato. ¡No te di el cuadro para esto, joder!

—Nada personal, Dupain-Cheng —se encogió de hombros el rubio— Se llama estrategias de mercado.

—¿Te parece bien usar a tu primo para tus juegos sucios? —gruñó, furiosa.

—Solo son negocios —acotó Félix, con altivez— Adrien está siendo un chico muy inteligente. El me comentó que necesita ganar mas dinero del que tiene —explicó sin premuras— Así que firmamos un contrato.

—¡¿Un qué?!

—Hemos llegado a un acuerdo de caballeros honorables —se acomodó la corbata sobre el cuello, con soberbia— Me ha dado el permiso legal para usar su imagen —extrajo un papel desde su bolsillo, mostrándole la firma— Por cada persona que venga a mi establecimiento solo para ver su perfección humana, se llevará el 10% de comisión de mis ganancias.

—¡¿Estas demente?! —Marinette le zarandeó con violencia— ¡No puedes hacer esto!

—Claro que no puedo. Pero el si —bufó con malicia— No tienes poder sobre las decisiones de un ciudadano francés. El es libre de hacer lo que se le plazca con su cuerpo.

—¡Pero si la autora soy yo, maldito enfermo! —bramó, aún más furibunda.

—¿Quieres demandarlo? Hazlo —carcajeó el britanico— Te puedo presentar un muy buen abogado.

—¡No voy a demandar a Adrien, infeliz! —le soltó de golpe— ¡Arg! —se dio cabezazos contra la pared— ¿Es esta tu forma de vengarte?

—¿Que sucede? —Adrien les interrumpió, bastante intimidado con la actitud violenta de su compañera de piso— ¿Pasa algo malo, mi lady?

—Tranquilo, primo. Todo está bien —Félix le dio unas palmadas sínicas en la espalda— Marinette está ovulando, es todo.

—¿Ovu…que? —parpadeó el Agreste, estupefacto.

—¡No estoy-…! —Dupain-Cheng apretó los labios, callándose de sopetón. Había notado como el amor de su vida se encogía temeroso por su reacción. Se mordisqueó la mano a mas no poder— Lo voy a terminar matando. ¡Les juro que el homicidio es lo mínimo que quiero hacer!

—Le estaba contando a la señorita Dupain-Cheng, que a partir de ahora tu serás mi socio en las ganancias —agregó Félix, con dejo de perversidad en su tono de voz— Naciste para ser un modelo innato, primo. Los dioses están envidiosos de ti. Es natural que quieras explotar tus atributos de esa forma.

Maldito depravado —chistó la ojiazul, desviando la mirada con desacierto.

—Ya te oí —le advirtió el gerente— Cuida tus palabras delante de Adrien. No quieras pervertirlo con tu vocabulario —le guiñó el ojo.

—El único que lo está usando, eres tú —le acribilló con la mirada, dándose media vuelta para irse— Haz lo que quieras.

—¡Espera!

Adrien me atajó en mi intento suicida por huir de la escena. No supe protestar adecuadamente. Estaba tan ardida en esos momentos, que le quité la mano de encima con hervor. Sin percatarme realmente, que le había estremecido con temor. Mi amante me observaba con desasosiego. Era normal, el jamás entendería como me sentía por mucho que se lo explicara. Celos…los malditos e infames celos me corroían por dentro. ¿Cómo iba a explicarle que no deseaba que nadie mas lo viera, si yo misma lo pinté para una exposición del Louvre? No saben lo arrepentida que estaba. No creí que llegaría a amarlo de tal forma cuando hice aquella pintura. Mi propia avaricia me sentenció.

No quería hablar con él. No tenía culpa. Pero dentro de su infinita bondad, me siguió con terquedad hasta el mesón. Lejos, apartados de todos, me obstruyó el camino solo para pedir explicaciones. Yo no distinguí de que forma reaccionar. Y dentro del abanico de infinitas posibilidades, supongo que elegí la peor.

—¿Qué quieres? —rezongó Marinette, con el entrecejo arrugado— ¿Me dirás por qué haces esto?

—No entiendo por qué estás tan molesta, mi lady —expresó preocupado el rubio— Solo estoy busca-…

—Que —espetó la pelinegra, empujándole hacia la pared con ímpetu— ¡¿Qué?! ¿Buscas fama? ¿Mujeres? ¿Sexo?

—¿Pero de que estás hablando? —se defendió Adrien, esta vez apretando sus brazos para detenerle— Ninguna de las tres. Solo quiero ganar algo más de dinero.

—¡¿Y para que mierda quieres dinero?! ¡¿Ah?! —berreó colérica— ¡Si ya tienes suficiente de el! ¡Eres un Agreste!

—Que sea hijo de padres ricos no quiere decir que yo lo sea —expresó el ojiverde, frunciendo el ceño con desagrado— Y no me agrada como me estás hablando.

—¡Yo te hablo como se me da la gana! —protestó Marinette, alzando el tono de voz con mayor impulso. Estaba en llamas— ¡Me parece una falta de criterio tremenda de tu parte, querer usarte a ti mismo para fines tan miserables!

—¿Miserables? —rezongó, apretando los puños con disgusto— Ya basta. No tiene nada de malo que quiera ganar dinero por mi cuenta. Tengo mis razones.

—¡¿Y qué razones podrías tener tu?! ¡Si te criaste con gatos! —chilló.

—¡Marinette! —vociferó con furia, esta vez, siendo el quien le respondería con mucha rudeza— ¡Te estás pasando! Que me haya criado con gatos, no quiere decir que quiera ser un gato por siempre. ¡Tengo ambiciones también!

—¡Tu única ambición debería ser estar conmigo! —discutió.

—¡Ya basta, maldita sea! —Ok. Era la primera vez que utilizaba un vocabulario tan bélico— ¡Deja ya de tratarme como un niño, Marinette! —agregó— ¡No soy un crio! ¡Soy un hombre! ¡Un adulto! Tengo derecho a querer trabajar para ganar mi propio dinero. Y elegir que ropa quiero vestir y a donde quiero estar, con quienes me quiero juntar. ¡Tú no eres mi mamá! —sentenció finalmente, desviando la mirada con dolor— Y al parecer…tampoco eras mi mujer. Eras la mujer de Félix.

Vale. Hasta ahí no mas llegó la discusión. Nuestra primera pelea…dios. ¿Cómo debía tomarme esto? Creo que la he cagado con creces. De un momento a otro, sus palabras se me clavaron en el pecho, como una estaca imposible de arrancarme. De pronto, percibí que deseaba marcharse. ¿Iba a dejarme? Me espanté a mas no poder. No…no te vayas. ¡Espera!

—No. No, no —negó repetidas veces, aferrándose a su pecho en con la mirada suplicante— Te equivocas. Yo soy tu mujer. Yo quiero ser, tu mujer. De nadie más. Créeme…es la verdad —rogó— Espera…

—¿La verdad? —bufó, apartándola de su anatomía— Desde que llegué a parís solo me has hablado con esa palabra en la boca. Yo te creí y seguí fielmente tus consejos, tus reglas y tus enseñanzas —le rechazó— Pero tu verdad, no es mi verdad. Y tampoco es absoluta.

—Adrien…—siseó Marinette, con la mirada humedecida— ¿Te das cuenta de que tú y yo, nunca fuimos novios?

—¿Es en serio, Marinette? —le endosó con abatimiento— ¿En serio necesitabas darle un título formal para sentirte mi pareja?

—Búrlate si quieres —masculló, mientras trataba de no sollozar con tormento— Trátame de banal incluso. Pero sí. Me hubiera gustado…que me lo hubieras preguntado. Al menos pedírmelo.

—¿Y para que te lo preguntaría? —Adrien Agreste frunció el ceño con abnegación— ¿Para qué me rechazaras, diciéndome que estabas confundida entre él y yo? Es ridículo.

Esto se salió de las manos. Y no me haré la tonta como quien omite las razones. Estaba mas que claro. Adrien estaba muy resentido conmigo y no había sido capaz de reconocerlo, confesándome el daño que le hice, al no poder decidirme entre el y su primo hermano. Incluso luego de descubrir displicentemente que me acostaba con Félix, nunca me reprendió por ello. Siguió adelante, apoyándome, situándose en mi lugar, tratando de consolarme. Cuando en el proceso…el se hacía mierda por dentro. Le había dejado de lado en un momento crucial para ambos. Está bien que se haya criado con gatos salvajes en los Himalayas, pero este chico también tenía sentimientos. El primogénito de los Agreste, era muy sensible. ¿Cómo pude ser tan estúpida de no darme cuenta?

Mi ceguera me llevó a la tumba. Nunca lo vi apuntarme de esta forma. Me dejó helada. No era odio. Era mas bien…resentimiento hacia mi persona. ¿Le doy asco acaso? Percibí eso en sus ojos, irrigados de frustración y oscuridad. ¿Adrien también tiene un lado lóbrego? Él no era un ser perfecto, por supuesto que no. Todos tenemos penumbra en nuestro ser. No sé en qué momento paradójico, lo endiosé tanto. El tenía todo el derecho de sentirse así. No puedo juzgarle.

Se dio media vuelta, fulminándome con la mirada. Me sentí desfallecer. El pánico se apoderó de mí. Lo detuve, apretando con fuerza su brazo.

—¡Adrien! —berreó Marinette, entre lágrimas— ¿A dónde vas…?

—A hacer algo mucho más importante que discutir contigo —reveló— Encontrar a mis padres.

—¿Me vas a dejar…?

No me respondió. Con un demonio. ¿Por qué no me dijo nada? ¿Por qué no se dignó a contestarme? Me estremecí con terror. Vi pasar toda mi vida delante de mis ojos. No. Si este chico me deja, yo…me muero. De plano lo digo. No caí en cuenta de que mi estabilidad emocional dependiera tanto de él. Esperaría que Félix fuese malo conmigo. ¿Pero él? ¿Adrien, quieres ser malo conmigo? No me hagas esto…

—Tengo que irme —murmuró con voz masculina, apartando el brazo— Debo hacer algunas cosas.

—¡Adrien…!

No pude detenerlo…

Simplemente, me quedé de piedra viendo como se esfumaba por el ascensor con expresión abatida. Un escalofrío inhumano me recorrió la columna. Me dejé caer sobre mis rodillas, tomándome el rostro mientras lloraba de forma desconsolada. ¿Por qué le dije cosas tan hirientes? ¿Por qué tuve que ser así con él? No debí. No tengo derecho. Yo no quería esto. Lo amo…lo amo tanto. Puta madre. Me duele muchísimo. Siento como mis entrañas se retuercen en mi interior. Es un dolor que no puedo soportar. Me quiero morir, señores.

Escuché pasos a mi lado. Eran los zapatos de mi jefe.

—Adrien Agreste es un hombre hecho y derecho. Quiere ganar dinero para comprarse una motocicleta —comentó Félix, con voz templada y mirada endurecida— Me ha dicho que le gustan. Y le ofrecí hacer un trato para darle lo que necesita. Pero supongo que tu ya lo sabías ¿No? Entre ustedes no hay secretos —ironizó.

—¿Estás feliz ahora, maldito? —balbuceó, limpiándose las lagrimas de los parpados.

—¿Maldito? —Graham de Vanily arrugó el sobrecejo— Eres una egoísta, Dupain-Cheng. Eso no te sienta bien. Se supone que el papel del desalmado es mío. ¿Por qué te esfuerzas en robarme el antagonismo de la historia?

—Cállate…infeliz —barbulló, mostrando los colmillos.

—Yo soy muy feliz. No sé por qué me llamas así —sentenció con normalidad— Marinette, esto no es muy propio de ti —comentó, abotonándose la chaqueta sobre el pecho; mientras carraspeaba— Yo que tu me levanto del suelo y arreglo las cosas. Aún estás a tiempo —le estiró la mano, ofreciéndole apoyo. Acto seguido, la fémina palmoteó el gesto, rechazándolo en un arrebato. Aun así, Félix insistió— Párate, niña.

Tomé su mano.

—Mi primo me contó todo —confesó Graham de Vanily— Dijo que no estás de acuerdo en sus gustos. Pero te daré un consejo.

—No quiero tus putos consejos, Félix —hipó, desviando la mirada con abatimiento.

—Pues tendrás que tomarlos. Porque ahora mismo, soy tu único aliado te guste o no —decretó, con actitud gallarda— Adrien es un Agreste Graham de Vanily. Para una persona ordinaria como tú, sé que es imposible de concebirlo. Sé que creíste conocerlo, porque te familiarizaste hasta los pliegues de su verga. Pero estás cometiendo un error —sentenció— No lo conoces tanto como yo.

—No quieras hacerme creer que tu y el son lo mismo —gruñó la mujer.

—No somos lo mismo —delimitó Félix, apretándole las mejillas con fuerza— Mírame —demandó— Adrien y yo nos parecemos en algunas cosas. Niégalo si quieres, me importa una hectárea de verga. Pero si no lo asumes ahora, mejor retírate.

Me calló de una. No proyecté si quiera que argumento expresarle.

—Madura, Marinette —proveyó el inglés— Date cuenta de las cosas. El mundo es mucho mas complejo de lo que imaginas. Todo pasa mas allá de tu metro cuadrado —dicho ello, se acercó a su rostro, quedando solo a escasos centímetros de el— Adrien tiene ambiciones. Y si no confluyes con ellas, no estas a la altura. Solo vete y ya.

—¿Y qué sugieres que haga?

—Sugiero que dejes de idolatrarlo y lo ames como es —espetó sin ningún atisbo de culpa— Si no eres capaz de aceptarlo con sus defectos y virtudes, no pierdas tu tiempo. Ve y búscate un gato para adoptar.

—¿Y por qué haría eso?

—Lo hiciste conmigo —declaró Graham de Vanily, esbozando una sonrisa morbosa— ¿Por qué no hacerlo con él? ¿Por qué aceptaste mis demonios y no aceptas los suyos? No seas estúpida.

Ok. Lo admito. Con mucha vergüenza, lo hago. El tenía razón.

—La semana pasada abrimos juntos una cuenta bancaria —reveló— Le he transferido el dinero suficiente para que te deje.

—¡¿Qué hiciste, que?! —se estremeció.

—Lo que escuchas —agregó— Hace dos meses, que mi primo tiene el poder económico de dejarte e independizarse —franqueó el rubio— Mis tíos tenían una cuenta de ahorro en suiza. Adrien es millonario y ni el lo sabe.

¿Qué me está contando? ¿Y por qué no me sorprende?

—Pero eso ya lo sabías —murmuró Félix, con dejo de vanidad— Tu sabes que Adrien es hijo de gente acomodada. A el no le importa mucho eso. Solo busca una cosa.

—¿Comprarse una moto?

—No —gruñó, clavándole una mirada decisiva— El quiere encontrar a sus padres. Tanto como yo, lo quiero. Hace mas de 15 años que los busco. ¿Te vas a sumar o solo vas a estorbar? Decídete.

Vale. Acepté. Mi jefe tenía razón. Se que me dio como un chile en el culo, pero tenía que asumirlo por única vez. El gerente no estaba tan loco como pensé. Ahora mismo, mi compañero de piso era como un volcán en erupción. Si no me fiaba de la única persona que aseguraba controlarle, no saldría bien parada de esto. Félix y yo nos miramos con decisión. De mala gana, nos uniríamos para encontrar a los padres de mi chico.

A partir de ese día, viví cosas con el rubio que no podría describir de otra forma. Sentí que Adrien estaba pasando por la edad del "pavo", como dicen algunos. Esa corta transición en donde los adolescentes de 15 años se vuelven rebeldes con sus padres. Desobedecen, son tercos, con la energía suficiente de querer devorarse al mundo a sus pies. No tenía idea de que guardaba secretamente una cuenta bancaria con suficiente dinero como para largarse de mi vida. Se que al principio me espantó. ¿Pero realmente me dejaría?

No debí confiarme.

Adrien Agreste, estaba comportándose como el malo de la película. Cuando llegué a casa esa noche, me percaté que sus cosas no estaban en el closet. El había empacado su ropa y se había mudado, sin si quiera decírmelo. Tenía dos opciones. O tirarme al suelo a llorar, hasta rajarme el vientre a lo japonés y suicidarme, o comportarme como Félix esperaba que lo hiciera. Una mujer madura. Decidida. Y empoderada.

Vale…lo tomé con calma.

Era 5 de diciembre. Evoco con reminiscencia ese día como si se hubiera tatuado en mí corazón. Recuerdo haber estado trabajando en mis cosas como de costumbre en la cafetería, sopesando el hecho de que la independencia de mi hombre no me afectaba del todo. Hace un par de días atrás, le había escrito mensajes. Pero el me dejaba en visto. Sé que estaba dolido conmigo. Pero Félix me advirtió muchas veces, que lo dejara en paz. Necesitaba tiempo a solas para aclararse. ¿Quién soy para presionarlo? El no lo hizo conmigo. ¿Por qué pagarle así?

Esa tarde, le vi entrar a la cafetería con un atuendo que te mueres de las ganas. Traía consigo un casco carmesí bajo la axila. Pantalones rasgados, ajustados a la cintura, trasero y bulto remarcado, chaqueta de cuero, pañoleta en cuello, ojos radiantes de lujuria. Me moría por tirarme a sus brazos para abrazarle. Pero me aguanté, hidalgamente, como prometí que lo haría. Adrien estaba haciendo uso de su parte del contrato. Iba, se sacaba fotos con algunas personas, bebía una taza de café y se encerraba por horas y horas en el despacho de mi jefe.

En cuanto el se iba, yo lograba entrar para estar al corriente de sus movimientos. Félix me mostró que se había comprado un celular nuevo. Incluso abrió un Instagram. Adrien había adquirido al fin su jodida moto modelo Suzuki GSXR750. Se arrendó un apartamento en el mismo edificio que su primo, solo un piso mas abajo. Seguramente se sentía todo un muchacho independiente. Pero entre nos, divisé en su mirada que algo el faltaba. Sabía que ese "algo" era yo. Así como a mí, me carecía. Fueron días mortuorios para ambos. Lo seguí indiscretamente, como una maldita psicópata sin importarme las consecuencias. Sagradamente, me estacionaba a escasos metros de su taller. Saqué por conclusión que Zoé Lee le había contratado de planta. Ya no estaba a prueba. Eso conllevó que aumentaran su sueldo y los sábados, no le vi más. Posiblemente ahora trabajaba de lunes a viernes. Nino le visitaba muchísimo. Se iban en sus motos a eso de las 16:30PM y se juntaban en un club de elite a las afueras de parís. Usé cuanto atuendo encontré, como una detective en una redada. Alya y Félix me mantenían al margen de todo. Ambos, con consejos de mierda que lamentablemente y contra mi voluntad, seguí.

"Déjale ser"

"Permite que se tome su tiempo"

"No te apresures, el volverá a ti"

"Solo está buscando su identidad. No lo presiones"

Me decían. Pero instintivamente dentro de mi corazón, lo llamaba con angustia en cada momento e instante. Me profesé solitaria en mi apartamento. Había días en los que ni si quiera me molestaba en comer. El solía prepararme el desayuno…pero ya no tengo ganas de degustar nada. Graham de Vanily me presionaba para seguir creando conceptos de cafés. ¿Pero quieren que les sea sincera? Ni si quiera deseaba seguir trabajando. Había dejado de lado mi tesis. Incluso mis padres, me llamaban preocupados días tras día preguntando por mi salud. Enfermé. Llegó un punto, en donde incluso me dejó de llegar el periodo. Estaba anémica y muy pálida. Ya no necesito morirme, señores. Porque ya…estoy muerta en vida. No soy nada sin este hombre…sépanlo desde ya.

[…]

20 de diciembre. Cafetería Le Miraculous, 18:50PM.

No supe desde cuando me estaban hablando. Alguien me zarandeó en mi puesto. Estaba ensimismada mirando la carta de cafés, pensando en gatos negros. Chat Noir. Ya no quiero beber una infusión de granos arábicos. Solo denme arsénico por favor.

—Marinette Dupain-Cheng.

Una voz femenina me alcanzó. Era Kagami.

—Ah —despabiló— Señorita Tsurugi.

—Dime Kagami, por favor —espetó, con voz serena— Acabo de salir de una reunión con Félix.

Ah. Que bien. Me encogí de hombros. No tenía ánimos ni ganas de seguirle la conversación. Al diablo mi empleo. En verdad creo que necesito terapia. Ella insistió en platicarme, chasqueando los dedos para llamar mi atención.

—Eres débil —se retractó— Digo, sensible. Y se nota en tu táctica de combate con la vida —agregó— Pero déjame decirte, que, si cambias la estrategia, saldrás victoriosa.

¿Otra vez hablándome de esgrima? Vete a Okinawa, Kagami. No estoy de humor.

—No me gusta el sushi —masculló Marinette, sin ánimos de seguirle el juego.

—El sushi es chino —aclaró la pelinegra, frunciendo los labios— No te dejes llevar por las apariencias.

—¿Qué quieres? —farfulló sin ánimos, la ojiazul— ¿Ya vas a absorber la franquicia?

—Al contrario —reveló Tsurugi con humildad— He decidido dársela al señor Graham —sentenció— A cambio de información.

—¿Información? —bufó sin aspavientos de anhelo— Bien por ustedes.

—¿No estás interesada en saber donde están los padres de Adrien Agreste?

Ok. Paren todo. ¿Qué dijo? ¿Escuché bien? ¿Kagami tiene información sobre el paradero del matrimonio Agreste? Me desperté del ensoñamiento de golpe.

—¿Qué dices? —manifestó Dupain-Cheng con estupefacción— ¿Sabes algo de ellos?

—Se todo de ellos —admitió— Pero no le costó barato.

—¿Qué…hiciste?

—Hemos llegado a un contrato los dos —explicó la japonesa, llevando el puño a sus labios— Félix a acordado dos puntos en nuestra relación. Vamos a adstringir casamiento como corresponde, a cambio de que le diga donde están.

¿Es…joda? ¿Mi jefe se va a casar? No…imposible. Me costaba trabajo creerlo. ¿En serio estaba dispuesto a sacrificar su soltería, su libertinaje y su búsqueda de placer por su primo?

—No te confundas —aclaró la nipona— Conozco a Graham de Vanily. Esto es solo negocios. Y créeme, que para mí igual.

—Kagami —la francesa le tomó de los hombros, buscando respuestas en su mirada— Por favor…dime que estás hablando en serio.

—Muy en serio —decretó— Nuestra sangre es incompatible. Pero el a profesado por ti, un cariño especial al igual que por su primo hermano —añadió— Desea que su familia se consolide. Al igual que yo. Por lo que he accedido a colaborar, siempre y cuando sus ganancias vengan a mi honor.

Que chica tan cerebral. Es justo lo que Félix necesita en todo caso. Ok. Mente fría y templada en este tema. Esta chica espera muchísimo de mí. Mucho mas que del bastardo de mi jefe.

—¿Qué quieres de mí?

—Tu fidelidad —confesó Kagami con severidad— A cambio de tus ganancias.

¿Qué me cuenta?

—El 50% de los dividendos de Le Miraculous irán a las arcas de Restaurantes Longg —reveló sin atisbos de vergüenza. Acto seguido, sacó una hoja desde una carpeta marrón, depositándola en la barra— Este es el trato. Yo me casaré con Félix Graham de Vanily, siempre y cuando tú, contraigas nupcias con Adrien Agreste. Hijo único y primogénito de la marca Agreste.

¡¿Qué?!

—Un momento —Marinette le detuvo de golpe, ruborizándose a mas no poder— ¿Quién fijó este contrato?

—Félix, por supuesto.

¡¿Qué pretende este estúpido?! ¡¿Acaso no se da cuenta de la situación?!

—No. Stop —la sub gerente le estancó en su actuar, trazando una monería febril— El ni si quiera lo consultó conmigo. ¡Tampoco lo analizó con su primo!

—Son negocios, Marinette Dupain-Cheng —franqueó Kagami, curvando una ceja con dubitación— Y si que lo consultó con Adrien Agreste.

¡¿Cómo?! ¡¿Félix y Adrien están de acuerdo?!

—¿Me estás diciendo…que Adrien aceptó esto? —pestañeó, estupefacta con la noticia— ¿De qué me perdí?

—Claro —le señaló con el dedo índice, debajo de la firma de Félix— Él ha estampado su sello, de hecho.

¿Adrien…quiere casarse conmigo? Me sentí una payasa. ¿Qué diablos? Ni si quiera me ha pedido noviazgo al menos. ¿Y ya quiere casarse? No…no estoy de acuerdo. Las cosas por parte. Eso o nada.

—No. No me parece correcto.

—Lo sé —farfulló la dueña de Longg, guardando el texto entre sus manos— Félix dijo que no aceptarías. Por eso vine a hablar contigo en persona. Supuse que aquí había algo raro.

—¿Qué está pasando, Kagami? —consultó con timidez y muy aturdida, la menor— ¿Me quieres explicar? Adrien ni si quiera sabe lo que es el matrimonio —bueno, y ella mucho menos— ¿Al menos entiende esto?

—Es simple —proveyó la ojinegra— Mi madre, Tome Tsurugi y el padre de Adrien, Gabriel Agreste; eran amigos de antaño. Los progenitores de Adrien dejaron una fortuna incalculable en una cuenta en suiza, con una liberación en precinto por parte de los Tsurugi y los Graham de Vanily —afirmó, rectificando sus sospechas— Eso es porque, Emilie y Gabriel determinaron que si el día de mañana, algo malo les podría pasar, alguien debía encargarse de su capital. Y que mejor, que designar un mecenas en el intento. Un patrocinador. Aunque claro…—añadió finalmente— con una clausula irrefutable.

—¿Y esa cláusula es…?

—El matrimonio —zanjó, arbitrariamente dejándole la decisión a ella— Si Adrien Agreste se casa, todo el poder monetario y el libre albedrío del patrimonio Agreste, la hereda él. El…y su esposa, por supuesto.

No…me…jodan…

—Aquí hay dos opciones —aclaró Kagami— O te casas con el y le das el poder de administrar sus fondos. O dejas que su primo y yo, hagamos lo que queramos con la riqueza de su familia. Es simple.

Con esos amigos… ¿Para qué quiero enemigos? ¿En serio Adrien había aceptado formar parte de esto para beneficio propio? No…no me quieran ver la cara de estúpida. Se que Félix no deseaba apoderarse de la fortuna de los Agreste. El amaba a su primo. Ni mucho menos Kagami. Quien solo deseaba amarrar a Félix, como quien le busca un bozal a su perro. Era solo egolatría. Concluí con creces, que solo estaban presionándonos para reconciliarnos. ¿Me equivoco? Ella me miró con soberbia, pero dejó un atisbo muy sutil de suspicacia. "Toma la decisión mas sabia, Marinette". Eso entendí de sus ojos. Kagami confiaba más en mí que en su propia sombra. Así de plano lo digo.

No puedo fiarme de nadie. Le exigí tener potestad sobre el documento, expresándole sin tapujos que lo conversaría con mi almohada. "Tomaré una decisión en un plazo de 7 días" le confirmé. Ella aceptó, entregándome el texto. Ni un día más. Ni un día menos.

¿Qué iba a hacer?

Esa noche, nevó muchísimo.

[…]

Eran pasadas las 23:50 de la noche. Estaba yo, cabeceando contra el teclado de mi computador, tratando de creanear alguna idea para hacer mi tesis y los jodidos conceptos de cafés que mi jefe me pedía. De mi lado derecho se encontraba un bloc de notas, para garabatear. Y del lado izquierdo el contrato que Kagami me había ofrecido. Era una copia legitima de un acuerdo del cual ni yo me salvaba. Mi nombre en él, con la firma del amor de mi vida…

—¿Qué se supone que debo hacer…?

No estaba concentrada en ninguna de las dos mierdas. Lo admito. Solo tenía cabeza para pensar en Adrien Agreste. Como todas las noches, lo extrañaba a mares. Pero mis ojos se habían agotado de tanto llorarle. Por lo que solo me limité a soñarle y pensar en él, como el hombre perfecto que aún era para mí. Con su lado gatuno, su lado bueno y malo. No iba renegar de ninguna de sus partes, aceptándole como era. Llevaba noches de ensueño masturbándome con su anatomía bien formada. Me hice mierda con los dedos, pensando en que era el quien me hacía suya. Soñando con su aroma. Anhelando que me diera un abrazo. Que me recibiera con un cálido beso por las noches. "Bienvenida, mi lady" pensé. Sus desayunos, sus cenas, sus almuerzos. Sus masajes. Sus dotes de cariño. Sus palabras de aliento. En algún punto, enloquecí.

Por esas horas, me había rendido. Miré mi móvil insistentemente por un mensaje suyo. Nada. Todo en silencio. Resignada como era habitual, apagué las luces y me fui a la cama. Instintivamente puse el maldito Disney+. Vi la dama y el vagabundo y lloré como una cría. Ya no quiero ver nada sin él. Me dije a mi misma: Voy a des contratar toda esta mierda si el no está conmigo. Apagué la luz del velador y abracé mi almohada, ensimismada en mi dolor. Era otra noche más sin el…

Hasta que el sonido estruendoso de un motor llamó mi atención. ¿Podría ser? Este es un barrio tranquilo. Y ninguno de mis vecinos tiene un auto similar. Conocía mi barrio.

Corrí hacia el balcón. La nieve caía incesante en medio de una ventisca gélida sobre la calzada. Pero lo vi. Supe que era él. Percibí la marca de su motocicleta. Reconocería ese trasero en donde me lo pusieran, joder. Se quitó el casco e inmediatamente una cabellera amarilla resaltó sobre el cumulo blanquecino. Era él. Era Adrien Agreste. Salven a los dioses por traérmelo de vuelta. Me puse lo que encontré a mano y bajé corriendo a recibirle.

Me observó en medio de la tormenta, con expresión sensitiva y consumada. ¿Me extrañaba tanto como él?

Marinette…

Escuché como me llamaba en medio de la adversidad y solo me jacté de sentirme la mujer mas afortunada del mundo. Se veía elegante y sumamente exquisito. Me abalancé a él, en un abrazo febril. No pude contener mis ansias de tenerlo conmigo. Lo amo. Lo amo muchísimo. No saben cuánto…

Dios sabe que sí. Sin ser creyente, todos lo saben. Me agarró de la cintura, besándome por las escaleras hasta entrar de lleno a mi apartamento. Azotó la puerta detrás de si, con una fuerza masculina que apetecía, fuera real. Salvaje, imponente, imperioso, me empujó hacia la habitación, tirando su casco en el living. En el proceso, se quitó la ropa, despojándome también de mis prendas. Era la primera vez que lo sentía tan agresivo, tan dominante.

Félix dijo que gemía como una tortuga apareándose, burlándose de mí. Pero se equivoca. ¿Cómo tan huevón? Por supuesto que no me quejo así.

¡Me quejo peor! ¡Jajaja!

Si mis vecinos no escucharon el escandalo que hicimos esa noche, nada lo haría. Fue un cataclismo de grado catorce. Espero que los pocos animales que quedan en extensión, se hayan extinto. Porque me partieron en seis partes. No les miento. Una falta de respeto a la biodiversidad del ecosistema. Agradezco haber comprado un catre de muy buena calidad, porque con todo el remezón que le dimos, se hubiera hecho mierda. ¿Y en que afecta esto al calentamiento global? En nada. Solo quería lucirme.

Vale. Se que fue todo muy loco. Pero en algún momento, los humos se nos bajaron y debíamos volver a la realidad. Compensábamos el tiempo perdido con hablar sobre lo que estaban planeando el par de enfermos esos. Y para cuando finalmente nos detuvimos a, Adrien no escatimó en darme sus razones. Lo primero que me confesó, fue que estaba muy tranquilo viviendo solo. Me extrañaba muchísimo, de eso no había duda alguna. No obstante, agradecía demasiado que yo le hubiese dado su espacio como para aclararse. Ja…si supiera que lo seguí hasta el baño. Ser un hombre independiente le había dado cierto grado de autoridad en su vida. Tenía su propia cama de soltero, una cuenta bancaria y una motocicleta con carnet legal. Me comentó que le gustaba mucho pasearse sin ropa. Nadie le controlaba los horarios de llegada o de salida. Para el, no había mejor vida que esa. Sus únicas responsabilidades eran trabajar y encontrar a sus padres.

Con toda la información que me dio, me costaba trabajo comprender que quisiera casarse conmigo. Si amaba tanto estar a solas ¿Cómo va a pretender amarrarse a mí? Además, yo por esas horas lo único que pedía era un noviazgo primero ¿No? Es como si nos hubiéramos saltado los primeros escalones para llegar al ultimo piso. Llevábamos casi un año juntos y aún no se dignaba a hacerlo. Ya sé que nos tratábamos como unos. Pero…aish. Está bien. Supongo que hay que dejar de ser clichés en algunas cosas. ¿Por qué no puede una chica pedírselo a un chico? Siempre esperan que sea al revés. Me armé de valor y se lo pregunté yo. En el fondo…ya no daba mas con esta distancia del carajo que me hacía sentir prisionera de Alcatraz.

—Adrien. ¿Quieres ser mi novio?

A que no adivinan que paso después de eso.

Me rechazó.

Mentira. Me dijo que si, obvio. Solo estaba buscando hacer drama. Me tiré a sus brazos con júbilo. Y mientras lo llenaba de besos cariñosos como una metralleta en acción, algo se estrujó en mi vientre. Tuve que hacer una pausa, percibiendo un mareo violento otra vez. Demonios ¿En serio esta gripe no se va? ¡Déjenme ser feliz! Yo solo quiero quedarme con él un poco más. ¿Puede ser? No. No puede ser. Otra vez estas ganas de…

Nuevamente acabé vomitando en el baño, con esas ganas de que el alma me abandonó del cuerpo. ¡Pero si ya dejé de jugarle al vergas! ¿Por qué…?

Me levanté con mirada repulsiva, percatándome en el espejo que mis pupilas estaban mucho mas dilatadas de lo normal. Me enjuagué la boca lo más rápido que pude, reanudando el auto examen médico en mi reflejo. Hay cierto dejo de atractivo en mi rostro ahora mismo. Mis mejillas se encontraban rosadas y mi respiración mucho más agitada. Era una especie de cierto brillo, que no puedo explicar con palabras. ¿Me habré enfermado? ¿Félix me pegó el sida? Oh no. Me espanté. Sería lo mas nefasto que me pudo haber pasado.

—¿Marinette?

Adrien estaba parado en el marco de la puerta con actitud preocupada. Nos miramos entre si y de un momento a otro, volví a tambalearme. Si no me afirmaba contra el lava manos, me desmayaba. El corrió a mí, para socorrerme. Estaba tan asustado como yo.

—Necesito…que me prometas algo, Adrien —jadeó febril la ojiazul.

—Pídeme lo que quieras —le sujetó con suavidad, de los brazos.

—Prométeme… —dramatizó, con una sonrisa débil— que jamás dejarás que Félix toque un peso del dinero de tu familia.

—Pero…

—¡Promételo! —aulló Marinette.

—Está bien. Lo prometo —aceptó confundido, abrazándole en el instante que acabó la frase— Eres mi novia ahora. Cumpliré mi promesa.

No me importa lo que pase de ahora en adelante. Haré todo lo que esté a mi alcance, para quitar sus sucias garras de la vida de ambos. Y eso incluye, nuestro matrimonio. No había forma de que Félix pudiera quitarle todo a su primo. Yo me había leído las clausulas del contrato y eso solo contemplaba la unión civil entre las partes. Sé que no había nada mas oculto. ¿O sí?

Pero todo contrato…tiene letras chicas. ¿Sabían?