Es el mismo sueño recurrente de siempre. A raíz de él, ya no logro distinguir que es real o que, no lo es.
—¿Qué ves?
Es un hombre. Un muchacho, para ser más específica. Viste un traje de gato negro. Me invita a tomar de su mano y me lleva al lado de la luz. Puedo tocarla…
—¿Y que sientes al tocar esa luz?
Es como…un ataque de epilepsia. Y me está llevando. Creo que me está dando ahora mismo. Ah. Adiós a todos.
—¡Regresa a mí! —chasqueó los dedos.
—¡AH! —despabiló violentamente la mujer.
En alguna isla remota del golfo Tailandés. Día y horario desconocido.
Un trueno se deja escuchar a lo lejos, dejando caer un aguacero tropical en medio de una ventisca caliente y húmeda. Dos mujeres se reencuentran en una sala con paredes y piso de madera. La choza da hacia un patio trasero selvático, rodeado de ruidos animales y aves silvestres. Una mujer de aspecto chamánico y ojos rasgados le invita a aspirar de una pipa con aroma extravagante.
—Has hecho un excelente trabajo el día de hoy, Emilie —murmuró la anciana, esbozando una sonrisa sincera— Estás cada día más cerca de tu sanación.
—¿Es droga? —consultó la rubia, tomándose la cabeza con molestia— Porque si no lo es, no la quiero.
—Pruébala y lo sabrás —le sugirió.
—Definitivamente lo es —inhaló y exhaló el humo, entrecerrando los parpados con expresión placentera— Esto es mejor que el Valium.
—¿Puedes sentirlo? —le incitó la sacerdotisa, lanzando polvos de colores a su alrededor— Como te conectas con tu ser interior. Él te está diciendo algo. Debes escucharlo.
—Duusu —balbuceó la señora Agreste, tambaleando la cabeza de un lado a otro con la mirada enrojecida por el efecto del narcótico— Si. Lo escucho…es un pavo real. Dice que todos somos una pluma.
—Continua.
—Y que desapareceremos si chasqueamos los dedos —añadió la ojiverde.
—Eso suena macabro —expresó con nostalgia la especialista— No te alejes mucho de ti misma. Intenta comunicarte con el hombre gato.
—Es…difuso todo —masculló la muchacha— Este muchacho se ha dividido en tres personas. No logro distinguir cual, de todas, me está buscando.
—Señora Agreste —le interceptó alguien— Su esposo ha venido a visitarla.
Nathalie Sancoeur le interrumpía en medio de aquella sesión espiritual. Emilie frunció el ceño con desazón, levantándose del suelo para darse media vuelta. Claramente, no estaba contenta con su presencia.
—Dile que estoy ocupada —rezongó la francesa, limitándose a beber un vaso de té verde— Que vuelva el siguiente mes.
—Es lo mismo que le dijo el mes anterior —murmuró Nathalie con voz templada— Y el ante pasado. Y el ante, ante, pasado.
—Pues entonces dile que vuelva el próximo año —protestó— No tengo ganas de verlo. ¿Queda claro?
—Con todo respeto, Emilie —espetó Sancoeur— Y por el cariño que te tengo, deberías verlo. Gabriel tiene algo muy importante que decirte.
—Jm…
Allí estaba. De pie frente a ella. Vestía un pantalón y una polera de color blanca, a pies descalzos. Era un atuendo veraniego, bastante hippie. Pero Gabriel sabía que era la única forma de poder acercarse a su esposa, tras varios meses de separación. Supuso que, si se interiorizaba en su mundo, ella le daría la chance de al menos poder platicar un momento a solas. Pero la joven hermana de Vanily, no parecía complacida con sus insistentes impertinencias. No era la primera ni la última que se tentaba visitarla en su casa de reposo; a pesar de los constantes rechazos que ella le daba. Era un hombre terco y bastante decidido.
Se reunieron en un pequeño balcón, que exponía exuberante flora endémica de la isla. La tensión entre ambos se meció en el aire, tentándoles a guardar silencio hasta que solo alguno de los dos, se atreviera a romper el hielo.
—¿Qué le pasó a tu cabello? —consultó Emilie, sin molestarse a verle a los ojos— Estas canoso.
—Créeme que lo he notado —expresó Gabriel, acomodándose los anteojos por el puente de su nariz— Supongo que los años no son indulgentes conmigo.
—Eso ya no es relevante.
—¿Qué estás haciendo, cariño? —el hombre le observó con preocupación— El doctor Sanouk dijo que abandonaste tu tratamiento con los medicamentos que te recetó.
—No los necesito, Gabriel —protestó con voz apática— No estoy loca.
—Nadie ha dicho que lo estes —explicó— Fue una decisión que ambos tomamos en su momento. ¿Lo olvidas? No estabas bien de los nervios.
—Me pregunto por qué será ¿No? —ironizó la ojiverde, devolviéndole la vista con atisbos de desagrado— Esto también es tu culpa. Jamás te perdonaré que abandonaras a Adrien.
—Yo no lo abandoné —proveyó con voz ajada— Emilie, tú sabes que hicimos todo lo que estaba en nuestras manos. Pero el…
—No está muerto ¿Ok? —refunfuñó de vuelta la rubia, soltando un gruñido en el transcurso de la conversación— Mi hijo sigue con vida.
—Nuestro hijo, querrás decir —le corrigió, intentando tomar su mano para calmarle. Pero esta, le rechazó instintivamente, corriéndola hacia el otro lado— Yo sé que estas dolida conmigo, porque el viaje al Tíbet fue mi idea. Pero ya han pasado 21 años…
—Y aún lo veo en mis sueños, como si hubiese ocurrido ayer —sentenció.
—Por lo mismo acepté que te vinieras a este lugar —reveló el Agreste, gesticulando un tímido mohín— Creí que por lo menos aquí, encontrarías algo de claridad en tus pensamientos.
—No son mis pensamientos los que me atormentan, Gabriel —manifestó Emilie, esta vez observándole con dolor— Son mis sentimientos. Soy una madre ¿Te das cuenta? Yo no soy como tú. Tú no sabes lo que es, llevar dentro de ti a una vida. El vínculo es indestructible.
—Tienes razón, amor mío —balbuceó en respuesta, agarrando su mano con la fuerza necesaria para que no pudiera rehuir de el— No soy como tú. Por lo mismo, jamás te abandoné. Te he apoyado en todo. Mi lazo con Adrien es a través de ti. No tengo ni que recordártelo.
—Nuestro hijo está con vida y se ha convertido en un hombre —dictó sin más preámbulos— Sueño con él. En alguna parte está —añadió— Y ni tu ni las malditas drogas me harán creer lo contrario.
—Ok. Te creo —asintió el peliblanco, bosquejando un suspiro rendido para finalmente, sacar del interior de su bolsillo un documento pequeño— Este es un correo que me envió la hija de Tsurugi —y se lo extendió— Creí que querrías leerlo.
—¿Qué es? —parpadeó, extrañada con la noticia.
—Tu sobrino ha estado manipulando los fondos de la familia, que dejamos en la línea de Suiza —explicó Gabriel, juntando el entrecejo— Los ha depositado a una cuenta nueva, en Francia.
—Quedamos en que no meteríamos en esto ni a mi familia ni a la tuya —Emilie inició una lectura rápida del email impreso— No me voy a contactar con él, ni con mi hermana. Tú lo sabes.
—Me tiene sin cuidado lo que haga ese mocoso con mi patrimonio —se quejó el hombre— Lo que me molesta, es que use los fondos que dejamos para Adrien.
—Félix es un buen niño, Gabriel. Prácticamente lo crie yo —la rubia apretujó el papel entre sus dedos, haciendo una bola con él para lanzarlo a un basurero— El jamás haría mal uso de ese capital. Seguro tuvo una buena razón.
—Es por eso que he venido hasta aquí —Gabriel Agreste le dio una mirada penetrante a su cónyuge, dejando entrever algo más en sus ojos— Hay una improbable, pero basta y acotada posibilidad de que efectivamente haya usado ese dinero para lo que fue destinado.
—¿Qué insinúas? —la señora Agreste abrió los ojos como dos focos en medio de la noche— ¿Adrien…? No. No es posible. ¿O sí?
—No insinúo nada. Solo quiero asegurarme de que sea verídica la información —determinó el varón de anteojos— He decidido que Nathalie viaje de regreso a Francia para averiguar qué está pasando. Ella misma se ha ofrecido para dicha tarea.
—Es verdad, Emilie —dijo la asistente, asintiendo con responsabilidad— Soy la persona perfecta para este tema. Nadie me conoce. Ni si quiera Félix Graham de Vanily —determinó— Hablaré con Kagami.
—Vale…—balbuceó la rubia— Acepto.
[…]
De vuelta a Paris, 22:10PM. Pent-house del matrimonio arreglado.
—Ya te lo dije, idiota —rezongó Félix al teléfono, mientras se cepillaba los dientes— No voy a vender mi casa en la playa para complacer a unos estúpidos ecologistas. Que se busquen otro árbol sagrado.
—No se trata de un árbol sagrado, señor Graham. Y tampoco son ecologistas —le advertía su contador— Se trata del lugar. Su casa está construida sobre un templo de indígenas coloniales. Y los lugareños están molestos con usted.
—Exacto. Por lo mismo elegí el lugar —gruñó el rubio, escupiendo la espuma para enjuagarse la boca en el proceso— Necesito un lugar sagrado para mí.
—¿Y qué hay de los nativos? —consultó inquieto.
—¡Yo qué sé! —berreó el ojiverde, apagando la luz del baño para encaminarse hacia su cuarto— ¿No aceptan sobornos acaso? ¿Qué quieren? ¿Canal Cinemax?
—Quieren echarle una maldición. Eso quieren —aclaró.
—Por si no lo sabías, estoy casado con Kagami —musitó Félix muy bajito— Así que con eso ya es desgracia suficiente. Hablamos en la mañana —y le cortó.
Al entrar a la habitación que ambos compartían, su esposa yacía sentada en la cama, mientras que en sus piernas descansaba un ordenador portátil en donde continuaba trabajando sin muchas intenciones de darle bola a su compañero. Félix se quitó la chaqueta y los zapatos, sentándose al borde de esta, solo que del otro lado.
—Estoy estresado —masculló el inglés— Necesito desestresarme.
—Así veo —respondió con voz metálica la japonesa, concentrada en lo suyo. No, ni si quiera lo había visto realmente— Desahógate entonces.
—¿Te puedo coger?
—Estoy ocupada —espetó Tsurugi.
—¿Ni si quiera de perrito? —sugirió.
—No tengo ganas de esa posición.
—¿Y si me dejas chuparte la entrepierna? —insistió— Por favor, solo será un rato.
—Tengo el periodo —mintió.
—Eso mismo dijiste la semana pasada —resopló frustrado, levantándose del lecho para darse un par de vueltas por el cuarto, cual león enjaulado. Sus excusas le ponían de muy mal humor— Es viernes por la noche. ¿Podemos al menos ir a cenar a alguna parte o hacer algo que no sea estar trabajando?
Kagami se quitó los anteojos, solo para fulminarle con la mirada.
—Vale…al diablo —refunfuñó el británico, vistiéndose nuevamente— Entonces saldré solo.
—Como te pille engañándome con otra, Félix —advirtió su compañera en tono hosco— Te mato. ¿Me escuchaste?
—¿Por quién me tomas, mujer? Que quiera salir, no significa que sea para ir a buscar chicas —exhaló rendido, en lo que se acomodaba la corbata— Dije que quiero hacerlo contigo.
—Si no te conociera como lo hago, diría que eres un marido fiel —rezongó con el ceño fruncido la fémina— Pero sé que solo eres un idiota con una extraña alergia al látex y en el fondo, te da pánico pegarte alguna enfermedad. Lo cual es muy bueno para mí, porque me da exclusividad sobre tu cuerpo —se encogió de hombros— No llegues ebrio o dormirás en el sofá. Odio cuanto te apesta la boca.
Bueno. ¿Para qué leerse las cartas entre gitanos? El también subió y bajó los hombros, satisfecho con su respuesta. Félix no era alguien muy creyente que digamos, pero ahora mismo estaba rogándole al universo que solo un milagro le salvara la noche. En ese preciso instante, su teléfono móvil repicó vibrante; mostrando un mensaje de Whatsapp en la pantalla bloqueada. Era de su primo Adrien. ¡Alabado sean los Sumerios! O la deidad pagana que sea.
≪ A: ¿Estás durmiendo primo? Por favor dime que no *emoji llorando*
≪ F: Acabas de interrumpir un ritual de magia negra que estaba haciendo en el living. Pero te lo perdono por esta vez. ¿Qué pasó?
≪ A: Necesito de tu ayuda. Marinette salió con unas amigas y yo me quedé cuidando a la bebé. Pero…Emma se ha mandado una cagada y no sé qué hacer.
≪ F: ¡¿Emma está en problemas?! Voy de inmediato *carita molesta*
Apartamento de los Agreste Dupain-Cheng, 22:50PM.
La pequeña se encontraba recostada sobre la mesa de centro del apartamento, jugueteando con sus manitos al aire. Ambos familiares se observaron entre sí con expresión nauseabunda.
—Ok —se quejó Félix, con los brazos cruzados— Cuando mencionaste que Emma se había mandado una cagada, creí que te referías a otra cosa.
—¿Cómo que, otra cosa?
—Como un accidente o algo así —chistó el inglés.
—Claro que no —le rebatió Adrien, cubriéndose la boca— Una cagada, es una cagada, Félix. Aquí y en el Tíbet.
—Si…ahora lo veo —Graham de Vanily olisqueó sobre su pañal— Es literal.
—¡Es lo que te dije, tarado! —berreó el Agreste, zarandeándolo— ¡Se cagó!
—¡¿Y cuál es tu problema, idiota?! —le regañó molesto— ¡¿No sabes cambiar un puto pañal?!
—¡Pues no! —se defendió como pudo— Por lo regular, es Marinette quien lo hace. A mi…me da vergüenza.
—¿Cómo mierda te limpias el culo? —el británico arqueó una ceja.
—¡Con la mano! —expresó.
—¿La mano sola? ¿No usas papel higiénico? —se espantó.
—¡Félix esto es serio! —le interpeló con angustia el francés— ¡Ayúdame! Lleva mucho rato oliendo así. Y me ha matado hasta las plantas.
—¡Pero si es lo mismo! —vociferó abochornado su primo— Así como te limpias el trasero, se lo limpias a ella. Demonios…—exhaló derrotado— De acuerdo, esto será como una cirugía. Yo Seré el doctor y tu mi asistente. ¿Queda claro?
—¡Queda claro!
Al cabo de unos minutos, Félix había armado sobre el mudador de la pequeña un verdadero pabellón quirúrgico. Se puso guantes de hilo, porque es alérgico al látex y acomodó una mascarilla en su cara para evitar que la emanación de gases tóxicos le hiciera vomitar. Lo primero que hizo fue retirar el pañal, tirándolo a un basurero.
—Muy bien —el inglés estiró la mano— Toallas húmedas.
—Toallas húmedas.
—Papel seco.
—Papel seco —se lo entregó.
—Talco.
—Talco —se lo entregó.
—Pañal nuevo.
—Pañal nuevo—se lo entregó.
—Pezoneras de acero.
—Pezoneras…—despabiló Adrien— ¿Qué?
—Casi caes —bufó Graham de Vanily, bosquejado una sonrisa morbosa— Hubieras visto tu cara.
—¡No es gracioso, idiota! —le dio un zape en la cabeza— Ah… ¿Ya está lista?
—No —gruñó molesto el gerente de Le Miraculous— Por tu ineptitud y negligencia, a mi ahijada se le acaba de irritar sus partes —le apuntó— Ahí.
—¿Como? —Adrien desvió la mirada, sumamente abochornado— Fé-Félix…no puedo verle. Es una niña solamente.
—Tendrás que hacerlo. Es tu hija bebé —le tomó del mentón y le giró la cabeza— Si Marinette la revisa y se entera, estás muerto. Tráeme la pomada para las coceduras.
—Eh…dios —el Agreste hurgueteó dentro de un botiquín con desenfreno, mientras una gota de sudor rodaba por su sien— Cielos… ¿Será esta?
—¿Vaselina anal? —Félix alzó ambas cejas con recelo— ¿Se puede saber que mierda haces con esto, maldito enfermo?
—A Marinette le gusta el…—parpadeó, rojo como un tomate— ¡No te hablaré de mi intimidad, chismoso! —reanudó dentro de un cajón ahora, mostrándole un tubo blanco— ¿Será esto?
—Esa es —acotó el ojiverde, terminando de curarla para ahora sí, acomodarle el pañal— Listo. Todo en orden, puerco de mierda —chasqueó la lengua.
—Fiuf…—Adrien soltó un suspiro exhausto, limpiándose la frente con el dorso de su mano— Gracias, Padrino. Me has salvado la vida.
—Te salvé de la ONU —barbulló el rubio, quitándose los guantes y la mascarilla; hasta relajar el cuerpo— Me debes una.
—Lo sé. Eres lo máximo —le abrazó con cariño— Dime como puedo agradecerte.
—Podría pedirte que me dieras la mitad de tu herencia —se mofó el gerente, bosquejando una mueca febril— Pero ahora mismo, no estoy con ganas de estafar a nadie. En realidad…no quiero volver a casa aún. Kagami es un dolor de bolas.
—Puedes acompañarnos si quieres —musitó Adrien, tomando a Emma entre sus brazos para meterla en su "mochila" porta bebés, de regreso— De igual forma no suelo dormirme temprano si Marinette sale.
—Pareces un canguro —carcajeó Graham de Vanily.
—Le ayuda a dormir —explicó el mecánico, acariciando la nuca de su retoño— Y a Emma le gusta estar en mi pecho. Además, es practico. La llevo a todos lados.
—¿Crees que le moleste si jugamos Nintendo un rato? —examinó el inglés, mostrándole su control.
—¡¿Lo trajiste?! —se animó el primo— No lo creo. Es una buena niña ¡Vamos! Iré por el mío.
—Yo necesito un vaso de Whisky —suspiró de vuelta, su camarada.
Esa noche, ambos jóvenes comieron pizza, bebieron algo de Whisky con energética y se instalaron en el living a jugar Mario Kart 8 Deluxe; como dos críos chicos. Tal vez Félix no lo llegó a notar del todo, pero aquel momento que compartían juntos, era lo mas similar a una verdadera familia consolidada. Logró remembrar algunas cosas de infantes que, solían disfrutar.
—¡Arg! ¡No puede ser! —se quejó Adrien, tomándose la cabeza— ¡No es justo! Siempre me tiras el caparazón rojo al final.
—Eres un mal perdedor —se burló Félix, bebiendo un sorbo de su trago— Yo no me quejo cuando me lanzas la maldita planta piraña.
—Déjame usar a Peach esta vez —protestó— No seas tacaño.
—Ni de ensueños, la princesa soy yo —le rebatió con actitud altiva— Tengo unas caderas envidiables, te diré.
Emma dejó escapar un bostezo sonoro. Lo que instintivamente alertó a Adrien. Era hora de llevarla a su cuna. Le señaló a su primo que, a partir de ahora, no podría meter mucho ruido. Necesitaba que al menos Marinette la pillara durmiendo sin problemas. Tras acostarla y arroparla con un beso cariñoso en su frente, regresó al living. Graham de Vanily había puesto en pausa el videojuego, con expresión melancólica. Optó por poner algo de música en la misma TV, modificando los ánimos y el ambiente.
—¿En verdad te quedas en vela esperándola?
—Claro —expresó Adrien, cogiendo un trozo de pizza para degustarlo a gusto— Debo darle mi reporte. Pero sé que ella no llega muy tarde —divisó la hora— Debe de estar por llegar. Me costó convencerla que saliera. No quería al principio. Se preocupa demasiado por Emma.
—Me da algo de envidia ¿Sabes? —murmuró Félix, observando con detenimiento las burbujas en su vaso de alcohol— A Kagami ni le concierne que salga. A ella solo le importa que no me bese con otra chica y ya.
—¿Qué quieres decir con eso? —examinó curioso.
—Que, si me llegan a matar en medio de la noche, le daría igual —se encogió de hombros, masticando un hielo— De igual forma ya tiene mi franquicia en Francia.
—¿En serio crees que Kagami sea así? —parpadeó, atónito.
—No lo creo. Sé, que es así —balbuceó, mostrándole una sonrisa sínica— Pero es mi culpa. Yo acepté esto, porque soy un bastardo.
—Félix…—el hijo del matrimonio Agreste hizo una pausa prolongada, tomándole del hombro con mirada comprensiva— Yo no sé quién te habrá convencido a ti, que eres un bastardo que no puede amar a ninguna chica. Pero…creo que se equivocó mucho.
—¿De qué hablas…? —Félix le observó anonadado con sus palabras.
—¿No has pensado en que quizás, Kagami también está convencida de lo mismo? —murmuró, desviando la mirada a la fotografía familiar que se habían hecho de pequeños. Esta misma, yacía sobre un mueble— Yo nunca he creído que eres un bastardo. Pienso que eres una buena persona, que actúa de mala forma porque teme que lo hagan mierda. ¿No es eso lo que me dijiste en el auto esa noche? —expresó con voz serena— Estabas dolido porque Marinette me iba a elegir a mí y no a ti. Cuando hablé de tus sentimientos, te enojaste.
—No bromees con esto, Adrien —masculló Graham de Vanily, tirando dos cubos de hielo a su vaso, para rellenarlo de whisky— No seas tan ingenuo. Yo de verdad soy incapaz de-…
—No. Nadie es incapaz de nada —le interrumpió de sopetón, observándole con decisión— Chat Noir me enseñó, que los humanos no tienen límites. Somos los únicos que determinamos, si podemos alcanzar algo o no —cogió la mano que tomaba el alcohol, apartándola suavemente— ¿Qué sucedió Félix? ¿En qué momento te volviste invalido de ahí dentro?
—Es una tontería…—farfulló el inglés. Se vio en la imperiosa obligación de beberse casi la mitad de la botella en el proceso, solo para poder recordar cosas de su pasado. Era la única forma insana de no sentirse destruido por lo que remembraría— En realidad, no siempre fui así. Cuando tenía 15 años, conocí a una chica durante mi internado en Londres. Su nombre era Bridgette. Me acosaba día y noche ¿Sabes? Era una cagada con patas —bufó, con actitud acabada— No sé cuántas veces debe de haber intentado que yo saliera con ella. Pero le funcionó. Porque para ese verano, ella y yo comenzamos una relación muy indiscreta.
—¿Fueron pareja? —exploró incauto, Adrien Agreste.
—No realmente —explicó— Solo compartíamos una complicidad oculta. Ya sabes, como vernos luego de clases o estudiar juntos en la biblioteca. Nos intercambiábamos cartas —y en ello, hizo una pausa antes de reanudar sus hazañas de antaño— Era chistoso ahora que lo pienso. Su letra era horrible. Pero a mí me gustaba. Dibujaba corazones que parecían más bien riñones.
—La forma en la que hablas de Bridgette…—balbuceó el rubio, esbozando una sonrisa afable— se ve que la querías de verdad. ¿Te enamoraste de ella acaso?
—Si, Adrien —reveló el gerente, gesticulando un mohín adormecido— En algún punto, me enamoré de esa niña. Y puedo decirlo, porque fue la única mujer a la cual he tratado con tanto respeto, como a mi propia madre. De hecho…—soltó una risa endeble— en verdad creí que me casaría con ella y tendríamos hijos; con todas esas cursilerías de Disney.
—¿Y qué pasó con ella entonces? —inquirió aún más incisivo en su curiosidad— ¿Dónde está ahora?
—Ella ahora está en la calle Swain's Ln Numero 6, pasaje 2, del cementerio Highgate —sentenció sin más— Es una tumba muy bonita, por lo demás. Tiene un unicornio afuera.
—¿Está…muerta…? —Adrien tragó saliva, de la conmoción. Mas bien, le impresionaba que lo relatara con tanto sosiego. No, más bien, estaba reventado en alcohol. Quizás para adormecerse por dentro— Lo lamento mucho, Félix. ¿Puedo saber que le ocurrió?
—Se atragantó con un hueso de pollo y se ahogó —proveyó el británico, sin ningún atisbo de intranquilidad en sus labios— Era fanática del pollo frito. Bueno, a las chicas de verdad les gusta el pollo frito.
—Madre mía…—el joven Agreste se cubrió los labios, de la impresión— que manera tan horrible de morir.
—No fue tan horrible. Murió feliz —se mofó de vuelta— Comiendo lo que le gustaba, la muy golosa.
—¿Es por eso que te consideras incapacitado? —regresando al tema que los compete a ambos. Necesitaba salir de la duda o al menos, llegar al meollo de su trauma— ¿Crees que después de Bridgette no vendrá nadie más?
—Al contrario. Luego de lo de Bridgette, mi anatomía modificó su estructura molecular y me volví un enfermo que solo podía ver a las mujeres como muebles de cocina —carcajeó Graham de Vanily con picardía— Pero…digamos que por alguna razón que desconozco, mi corazón no se quiere sincronizar con mi verga. Ya sabes, como a ti te pasa con Marinette.
—¿Ves a Kagami de esa forma?
—Curiosamente, me pasa algo raro con ella —dictó, frunciendo el ceño con desazón— Lleva dos semanas rechazándome. No quiere acostarse conmigo. Y…aunque no quiera admitirlo, esa mierda me tiene deprimido.
—¿Deprimido? —pestañeó confundido— ¿Cómo es eso?
—No lo sé, Adrien —protestó el rubio— ¿Cómo voy a saberlo? Jamás me sentí triste en mi vida. Simplemente…estoy como cuando falleció Bridgette.
—¿Traumado?
—Estreñido —Félix rodó los ojos con sarcasmo— No cago hace dos días.
—Quizás tu método para acercarte a Kagami está fallando —Adrien le regaló un guiño, dándole una palmada en la espalda— Tranquilo, te ayudaré. Primero que todo, deberías comenzar a contarle más sobre tus sentimientos. Las mujeres aprecian muchísimo la sinceridad y el sentimentalismo. Eso les da confianza.
—Pero si he sido sincero con ella —se encogió de hombros con normalidad— Le he dicho que quiero cogérmela.
—No es lo que dices, Félix. Es la forma en que lo dices —aclaró el Agreste, mostrándole el dedo índice como un profesor en clases— Marinette me enseñó a usar palabras correctas al hablar. Evita usar palabras tan directas.
—¿Y qué quieres que le diga, a ver? —refunfuñó— Nada funciona con ella.
—No seas tonto. Vamos a practicar. Haz de cuenta que yo soy Kagami ¿Ok? —Adrien se acomodó en el sofá, de tal forma que pudieran conectar una mirada mucho más penetrante— Se amable conmigo. Le vas a tomar la mano y le dirás lo más profundo que sientas por ella.
—Arg…demonios. Eres terco —Graham de Vanily resopló hastiado. De muy mala gana, le tomó de las manos. Pensó y pensó y pensó y nada insondable se le venía a la mente. Él no era un chico que explotara su lado romántico. Lo que no quería decir que no lo tuviera. Se armó de valor y finalmente dijo— Quisiera que me la chupes.
—¡No! —le dio un golpe a su primo— Mas romántico.
—Eh…—tragó saliva— Quisiera que me la chupes, a la luz de la luna.
—¡Así no, joder! —el Agreste nuevamente chilló— ¡Se más intenso!
—¡Bueno, ya! —bramó con actitud viril— Quisiera ser tu dueño, para que nuestros cuerpos desnudos se fundan en un mar de deseo y sexo desenfrenado, mientras gimes mi nombre a la luz de la luna y yo te como la entrepierna.
Alguien yacía parado detrás de ambos. Mierda. Nadie la vio ni escuchó entrar. ¡¿En qué momento?!
—Ah…—Adrien se paralizó de golpe, soltando inconscientemente las manos de su camarada— ¿Ma-Marinette?
—Félix…—protestó la ojiazul— Pedazo de engendro depravado. ¿Qué crees que haces con tu primo?
—¡Mi-Mi lady! —se defendió Adrien, sumamente ruborizado— ¡No es lo que piensas!
—¡Esto se llama incesto! —chilló.
—Por si no lo sabías, Dupain-Cheng —explicó el inglés, levantándose del sofá con actitud soberbia— Se llama Endogamia. Y estaba muy de moda en el siglo XII.
—Muy bonito. Pero estamos en el siglo XXI —gruñó con el ceño fruncido— ¡Y no! Se llama enfermedad mental.
—¡Félix! —le regañó el mecánico.
—Solo estaba aclarando el punto —masculló en tono áspero el gerente— Al menos que me juzguen con fundamentos, joder.
—¿Se puede saber qué haces aquí? —Marinette llevó ambas manos a sus caderas, pidiendo claras explicaciones del asunto— ¿Viniste a fastidiarnos?
—Por el contrario —el rubio se acomodó la chaqueta, encaminándose hacia la salida— Soy el padrino de Emma. Solo vine a echarle una mano a mi primo con su cuidado nocturno, mientras tú te ibas de farra. Dos hombres sanos y responsables son mejor que uno.
—Tú no eres sano —le apeló con locución indignada— Ni mucho menos responsable.
—Marinette, no seas así con Félix —le interceptó con ojos melancólicos— Él fue de mucha ayuda hoy. Hay algunas cosas que no manejo bien con los bebés y el me las enseña. Créeme, se ha portado como un muy buen padrino.
—Aish…—resopló la sub gerente de Le Miraculous, rendida ante su miradita de gato tristón— Está bien. No diré nada más. ¿Emma está dormida?
—En su cuarto —apuntó hacia el segundo piso.
—Con permiso, iré a verla —remedió, alejándose de ambos muchachos en el proceso— Espero esté bien.
—Perdónala —el ojiverde se rascó la nuca, apenado con la situación— Aún se pone algo nerviosa con tu presencia. Pero lo importante es que todo salió bien —le brindó un abrazo cariñoso en agradecimiento— Muchas gracias por todo, primo. No olvides nuestra platica de hoy. Sé que te irá bien.
—Gracias por la compañía —le retribuyó Félix, reconociendo con humildad sus recomendaciones— Y tu ayuda con el tema. Buenas noches.
A pesar del incomodo momento que tuvo que soportar con la novia de su primo, esa noche Graham de Vanily regresó a casa con un dejo de seguridad en sí mismo, que no poseía hace unas horas atrás. Adrien tenía razón de cierta forma. Kagami era una mujer formada con tratos e incuestionables costumbres asiáticas que él no había reparado en su importancia. Desde un tiempo a esta parte, sus métodos poco convencionales le habían dado frutos. Sin embargo, los rechazos hacia su persona, se habían transformado en una dinámica casi habitual para el joven matrimonio. Era irónico y bastante contradictorio. Desde un principio la más entusiasmada con la idea de formar una familia real había sido la heredera de la familia Tsurugi y no precisamente el. Supuso que tal vez solo se había cabreado de sus actitudes vulgares.
Él iba a cambiar eso.
Tras llegar a la residencia que ambos compartían, Félix se percató de que la luz de la habitación matrimonial aún permanecía encendida. Eran las 1:50 de la madrugada. ¿Aún seguía trabajando? Cuanto fanatismo.
Su sorpresa fue mayúscula, en el instante que hizo ingreso al cuarto. Solo estaba leyendo un manga, en la exacta misma posición que la dejó cuando se fue.
—No creí pillarte despierta —acotó Félix, mientras se deshacía de sus zapatos y su corbata— Tu nunca te duermes más allá de las 11.
—Tienes razón. Ahora me iré a dormir —reveló con intención serena. Se quitó los anteojos, cerró el manga y se acomodó contra su almohada, apagando la luz de su velador— Buenas noches, marido.
Silencio incomodo entre ambos. Un momento. ¿Podría ser posible?
—¿Estabas esperándome? —consultó Graham de Vanily, aturdido con su actitud. Su compañera no respondió. En vez de ello, solo se limitó a removerse entre las sábanas, dándole la espalda— Vaya…realmente lo hizo. Creí que no le importaba una mierda mi persona—Bien. Era hora de poner el plan de su primo hermano. "Se sincero, Félix. A las mujeres les gusta la sinceridad. Les da seguridad y confianza" —Tranquila, pase lo que pase, siempre llegaré a casa para dormir contigo.
Increíblemente, aquellas palabras llamaron la atención irrefutable de Kagami, lo que provocó que se volteara a verle. El rubio terminó de desvestirse, metiéndose bajo las colchas para acompañarla también.
—Buenas noches, Kagami —Félix apagó la luz de su lampara y se cubrió hasta los pectorales.
—¿Saliste con otras chicas? —le interrogó en la oscuridad.
—Fui a casa de Adrien y Marinette —confesó con sinceridad a flor de piel, mientras observaba el techo del cuarto— Mi primo necesitaba ayuda para cuidar a su bebé. Así que estuve ahí hasta que llegó su madre. Solo jugamos consola, comimos algo y bebimos.
—Lo sé —murmuró— Siento tu aroma a alcohol desde aquí.
—Lo siento, sé que no te gusta —reveló, esbozando una sonrisa afable— Ya mañana se quitará.
—Ya…no es problema —murmuró endeble la japonesa, tapándose hasta la nariz con las sábanas, en una actitud infantil— Te creo.
Ok. Era ahora o nunca. Al menos si lo intentaba y salía trasquilado de nuevo, por lo menos se iría a dormir satisfecho con haber dado el todo por el todo con sus intenciones. El mutis en el aire era propicio. Sintió como su compañera se doblegaba a sus palabras, como nunca antes lo hizo.
—Solo quiero que sepas —murmuró Félix, desviando la mirada con timidez en total penumbra— que para mí sería un honor, si aceptaras intimar conmigo esta noche —y añadió con voz varonil— Hace mucho tiempo que lo deseo. Si accedes, te prometo que te haré sentir como la esposa digna que eres.
Listo. Lo dijo. No encontró otras palabras que considerara más adecuadas. Bueno, si le rechazaba de igual forma ¿Qué diablos? Lo intentaría todos los días hasta que le resultara. Aguardó en completo silencio un par de segundos más, con los labios apretados del nerviosismo. De pronto, una mano cálida se posó sobre su ropa interior, acariciando la zona con suavidad de arriba hacia abajo hasta que un bulto prominente se formó bajo la tela. Tsurugi no emitió sonido alguno. Pero tampoco había necesidad de pronunciar palabra alguna.
Con aquel toque era más que suficiente para él. Se abalanzó sobre ella, repartiendo besos aterciopelados por su cuello y raudamente, se metió debajo de las sábanas como un delfín sumergiéndose en el océano.
Se moría de ganas por hacerlo. Degustarla era su fetiche favorito, como si de una droga se tratase. Su paladar lo exigía. Y mientras la saboreaba, gozaba estimular su hombría en el proceso. Era todo lo que necesitaba, para dar preámbulo a lo que haría a continuación; durante lo que quedaba de noche.
Grandes formas de quitarse el estrés.
[…]
Es la primera vez que vengo a este lugar con mi hija. Lo primero que se me vino a la mente fue una banda de narcotraficantes de poca monta queriendo mis órganos para comercializarlos en la web oscura. Mas allá de ello, el lugar era completamente diferente. Adrien había logrado de alguna forma convencerme de venir a uno de los tantos eventos benéficos de los cuales, su club de motos era miembro. He de admitir que me excita mucho lo que hace. Pero al mismo tiempo, me causa temor. Me gusta, pero me asusta.
Observé como un par de hombres y mujeres, paseaban a niños con discapacidades reducidas, montados en sus motocicletas. No noté nada sospechoso. No había presencia de alcohol, drogas ni mucho menos violencia desmedida. A pesar de que muchos eran rudos, otros simplemente se limitaban a pintarse la cara de payasos y pasear con los pequeños.
—¡Mira mamá! ¡Estoy montando una moto! ¡Y sin manos! —chilló.
Por esas horas, mi novio le daba una vuelta a un crío de tan solo 8 años, al cual le faltaban sus extremidades superiores. Maldito mocoso, no paraba de gritar. Hilarante que diga que lo hace sin manos, si ni tiene.
Sujeté a Emma con mas fuerza sobre mi canguro, con un sentimiento de angustia muy novedoso. ¿Qué hubiera pasado si nuestra hija nacía así? ¿Podría haber sido capaz de sobrellevarlo de forma madura? Me percaté de algunos padres, bastante felices con sus retoños, aunque algunos fueran victima de deficiencias mentales o les faltara alguna parte de su anatomía. Agradecí al universo que, por esta vez, nuestra prueba de fuego no haya sido a través de la pequeña. Le acaricie la nuca con suavidad. Amo el olor que desprende su champú sobre sus hebras doradas. Es tan linda…
—Mi lady —le interceptó Adrien, quitándose el casco en el proceso— Quiero presentarte a la presidente del club. Ella es Alix.
—Alix Kubdel —se presentó la pelirroja, quitándose la gorra de la cabeza— Un placer conocerte, Marinette. Adrien me ha hablado mucho de ti.
—¿El presidente es mujer? Vaya…—Marinette esbozó una sonrisa afable— El placer es mío, Alix. No sabía que mi novio te hablara de esas cosas.
—Por supuesto —la bermeja le dio una palmada en la espalda— Es de lo único que habla cuando no está montado en su bebé —bufó— Cuando me dijo que salía con un Dupain-Cheng me emocioné. Conozco la panadería de tus padres.
—¡¿En serio?! —exclamó emocionada.
—Si. Claro —comentó jovial— Adoro lo que preparan. Yo creo que es sin duda la mejor panadería de Paris. Pero ¿Te digo algo? Aquí entre nos —Alix le susurró en el oído— Yo creo que mereces mucho más que solo eso.
—¿A que te refieres? —la ojiazul se ruborizó de golpe, con tal cercanía.
—Adrien me comentó que eres la sub gerente de la cafetería Le Miraculous —expresó Alix, cerrándole el ojo derecho con picardía— Y creo que tienes todo lo necesario para ser una CEO. Entre los conceptos da café que haces y las preparaciones exquisitas de tu negocio familiar —insinuó— ¿No has pensado en independizarte?
—¿Independizarme…? —parpadeó, atónita con su idea— ¿Te refieres a que…yo abra mi propia cafetería?
—Por supuesto —Kubdel se arrimó a la fémina, dándole toques sinceros en los hombros— Si necesitas un inversionista, yo con gusto te ayudaré. Estaba pensando en invertir algo de mi capital en una idea genial. Sin duda serías mucho mas famosa que Le Miraculous. ¿Qué dices?
A la madre.
Es una idea muy tentadora. Del año que llevo trabajando con Félix, nunca se me pasó por la mente algo tan revolucionario. Mi sueldo mas el capital que podría aportar esta chica, era suficiente como para iniciar mi propio emprendimiento. Una cafetería solo para mí. ¿Por qué no? Aunque, claro. ¿Eso no sería mas bien traición? Yo había firmado un contrato con mi jefe en donde juraba fidelidad a su franquicia. Pero ahora…Graham de Vanily le había entregado en bandeja la marca parisina a su esposa en papel. Técnicamente y si lo miramos desde un punto frio y calculador, el me traicionó primero, al venderle mis preparaciones a la codiciosa de Kagami. Al diablo con todos. Yo también tenía derecho a hacerme merecedora de mis habilidades. Nadie mejor que yo, podría apreciar mas mi talento.
—Suena bien, Alix —confesó Marinette, estirándole la mano— Es un trato. ¿Te animas?
—Me animo completamente —sentenció la pelirroja, estrechando su diestra— Tu solo dime cuando comenzamos. Tengo una contadora amiga que nos podrá ayudar. La contactaré de inmediato.
—Hecho —asintió Dupain-Cheng.
Sería mi cafetería. Mi propia gerencia. Mis reglas. Mis decisiones. Mis jodidas creaciones, sin ningún idiota que interviniera. Esa misma semana y sin apremios, nos reunimos con Alix Kubdel frente a un abogado de confianza. Firmamos un contrato suculento dejando a Adrien Agreste como aval en caso de cualquier emergencia legal. Él estaba de acuerdo. Confiaba en mi novio tanto como en mi sombra, jamás me traicionaría. Si alguien debía hacerse cargo de la inversión de mi vida, sería el.
Solo para asegurarme de consolidar aún mas mi negocio, le confesé a mi chico la idea de contraer matrimonio civil con él. Solo quiero aclarar, que desde que me convertí en madre, algo en mi mutó. Puede que quizás nadie lo llegue a comprender del todo y me juzgue de muy mala forma. Algunos me tacharan de aprovechada y oportunista, pero no se imaginan lo importante que es el matrimonio en tiempos como estos. Y no hablo por temas amorosos. Casarse por amor, es hermoso y lo aprecio muchísimo. Pero si a eso le sumas tu estabilidad financiera y asegurarles el futuro a tus hijos, bienvenido sea. Después de todo, ya no estaba trabajando solo para mí. Lo hacía por un bien común. Mi responsabilidad maternal había escalado niveles estratosféricos. Fue entonces que comprendí con humildad, las intenciones de Adrien al momento de haberse enterado de mi embarazo. Al darle el apellido de su familia no solo estaba aseverando su porvenir, sino que también zanjaba sus sentimientos por mi y mi hija.
Ahora mismo, no saben cuanto aprecio todo lo que ha hecho por mí. Los dos somos adultos funcionales. Trabajamos y aportamos al hogar por igual. Nos repartimos los quehaceres y los adeudos mutuos. Estoy contenta por la decisión equilibrada que tomé, entre mi mente y mi corazón. Y mi bolsillo…
Increíblemente…Félix acabó enterándose de esta idea.
No sé cómo, ni cuándo ni donde, pero las noticias como estas se esparcen como una enfermedad venérea por el aire. Tarde o temprano, lo que al principio era solo un banal rumor, se transformó en una realidad. Estaba furioso. No por el hecho vanidoso de hacerle competencia o algo así, porque el ya se había desprendido de su prerrogativa francesa. Mas bien, lo tomó de un lado sentimental. Tal y como pensé que ocurriría, Félix se ofendió muchísimo, porque lo dejaría solo en esto.
—No estoy de acuerdo —gruñó el rubio, bebiendo un vaso de whisky— No puedes hacerme esto, Dupain-Cheng. Se llama traición.
—No es personal, Félix —suspiró nostálgica la pelinegra— ¿Podemos-…?
—¿Te estás vengando? —le interrumpió, frunciendo el ceño mientras se paraba de su escritorio— ¿Es eso? Vamos, dime la verdad. ¿Estás molesta porque le entregué la cafetería a Kagami? Ahora te revelas.
—¿Me creerías si te dijera que no siento nada malo por ti? —confesó Marinette Dupain-Cheng, como quien busca la redención de sus actos. Dando pasos certeros hacia su contrincante, se arrodillo frente a el como una madre a un hijo— Escuchame con atención. Hemos pasado por tantas cosas juntos que no podría si quiera lastimarte mas de lo que ya lo hice.
—¿Qué estás…? —Félix se encogió en su silla, sonrojándose con fuerza.
—Quizás para ti quizás sea una porquería lo que diré, pero yo si le tomo el peso a las cosas que hago —murmuró con voz serena, tomando sus manos entre las suyas con cariño— Nosotros dos, no solo llegamos a compartir nuestro amor por esta cafetería. En su momento…compartimos mucho más y lo sabes. No quiero recordarte las veces que eso implica, porque no corresponde ni viene al caso —aclaró— Solo quiero que entiendas, que ya no soy la mujer que era antes.
—¿Es por Emma? —cuestionó, pasmado.
—Es por todo, jefe —sonrió jubilosa— Sé lo que me dirás, Félix. Te conozco tanto…—bufó con inocencia— Sé que me dirás que gracias a ti conseguí el empleo. Que tu me descubriste de en medio de miles mierdas más. Que, si no fuera por ti, yo no estaría aquí. Y bla bla bla. Conozco tu discurso al pie de la letra, casi como si yo lo hubiera redactado. Pero es tu sensibilidad humillada la que habla. No tú, realmente. Se un buen niño ¿Sí?
—¿Bri-Bridgette…? —tembló, con la mirada aterrada.
—¿Quién…? —parpadeó, estupefacta.
Lo vi pararse de golpe de la silla, alejándose de mi como si hubiese visto un fantasma. Se cubrió la boca con la mano derecha, mientras se paseaba por la oficina como si buscara algo en el suelo. ¿Qué fue eso? Es la primera vez que lo veo actuar tan erráticamente delante de mí. ¿Y quién es Bridgette? ¿Le habré dicho algo que le recordó a alguien? Me miró como si quisiera romper en llanto. Algo no está bien aquí. ¿Cómo puede quebrarse tan rápido solo con un par de palabras comprensivas? ¿Acaso no le abrazaron lo suficiente de niño? Algo se apretó en mi pecho, estrujándome la garganta con fuerza. Este chico…está traumado con algo.
—¿Félix? —examinó temerosa Marinette, levantándose del suelo— ¿Pasa algo?
—Tu también vas a dejarme —confesó Graham de Vanily, le plantó una mirada penetrante— Todas lo hacen. Primero mi tía. Luego ella y ahora tu. ¿Por qué hacen esto?
—No te estoy dejando, tonto —refutó, poniendo paños fríos a la situación— Tu eres el padrino de mi hija y el primo hermano de mi novio. ¿Acaso olvidas tu posición en mi familia?
—Déjame ir contigo —pidió el ojiverde, tomándole de los brazos— Quiero acompañarte.
—Félix, este es un trabajo que haré por mi cuenta —le aclaró sin llegar a sonar hosca en sus intenciones.
—Marinette, por favor —le rogó el rubio, mostrando debilidad en sus palabras— Invertiré en lo que quieras.
—Ya tengo inversiones —le apartó las manos con mirada templada— Lo siento…pero en serio, debo tomar mi camino sola, ahora.
Un silencio lúgubre y profundo, se apoderó del aire volviéndolo nocivo incluso para los dos. Era irrespirable. Como si hubieran soltado gas metano entre ambos. No quería lastimarlo, pero no había de otra. La decisión ya estaba tomada. Dejé mi renuncia sobre su escritorio con total destemple de seguridad, tomando la manilla de la puerta hasta que escuché que musitaba algo de manera ahogada.
—Estoy solo…
—Félix —se detuvo la joven barista, girándose a verle con serenidad— Una cosa es estar solo y otra muy distinta es que te sientas así. ¿Sabes? La soledad…va dentro de nuestros corazones, solo cuando no tenemos amor propio por nuestra existencia.
—¿Qué insinúas, Dupain-Cheng? —protestó Graham de Vanily con malestar— ¿Qué no me amo? Que insolencia —gruñó— A parte del golpe de estado que me das, te burlas de mí.
—No. No lo haces —confesó— Pero ahora déjame ser yo quien te de un consejo, así como tu lo hiciste con Adrien —y añadió— No pasa nada si no lo haces. No te sientas mal por eso. Si no logras amarte a ti mismo, no te cierres a que otros lo hagan por ti —le sonrió— Hazte el favor, de permitirte dejarte querer en vez de que te odien. Porque si no lo haces, estás en problemas.
Nunca lo vi derramar n una jodida lagrima delante de mi o de otros. Pero esta vez, fue distinto. Mis palabras le habían calado en lo mas profundo del corazón, que sé con certeza que aún tenía por ahí, oculto y muy temeroso de resguardar. Noté tan claro como el día, como una infame lagrima rodaba lacerante por su mejilla. Hice abandono de la cafetería, despidiéndome de mis compañeros y del cuadro que, de forma madura solté para uso propio. Adrien es hermoso, nadie lo puede negar. El mundo merece conocerlo y saber, que ahora mismo es mío. Ya fue el tema. Ya nada me puede hacer daño.
Cuando bajé al estacionamiento de la torre Eiffel, me dirigí normalmente hasta mi vehículo, sintiendo sobre mi nuca un escalofrío indiscreto. Era una sensación lúgubre de que alguien me observaba. ¿Quién? Miré a mis alrededores, percatándome que una silueta oscura se escondía en la cabina de un auto de coloración azabache. ¿Alguien me estaba espiando? ¿Con qué motivo? Me metí al carro con recelo, sin quitarle la vista a través del espejo retrovisor. En cuanto encendí el motor, aquel coche también lo hizo. Me siguió por al menos 18 cuadras, sin mentirles. Solapadamente, escondido detrás de otros. Si yo doblaba a la derecha, el también. Si tomaba la autopista, el también. Vale. No es solo una paranoia. Trabajando con Félix, aprendí a cuidarme la espalda como lo haría el mismísimo Padrino.
Le marqué a Graham de Vanily en el intertanto, advirtiéndole que estaba siendo observado por alguien que desconocía y que tuviera precauciones al salir. No era Kagami ni nadie conocido por los dos. Si bien hice mi trabajo en el proceso, seguí carcomiéndome la cabeza de quien podría ser. En algún punto, logré perderle de vista tras acelerar abruptamente por un túnel con mucha afluencia vehicular. Fue lo mas raro que me ha pasado hasta el momento. Sin contar mi embarazo, claro. Lol.
¿Qué fue eso…?
[…]
Cafetería Le Miraculous, 18:30PM.
Una mujer de actitud reservada y anteojos rectangulares toma asiento en una de las mesas esquinales de la sala. Ordena a uno de los mozos un café concepto "Plagg". Simula beber complacida, en lo que lee un periódico del día anterior, echando una ojeada indiscreta por el lugar. Divisa a lo lejos a Félix Graham de Vanily y Marinette Dupain-Cheng, charlando tras salir de la oficina principal. Kagami Tsurugi se junta con ellos. Discuten algún asunto y los tres se separan. Todos sus pasos han sido analizados, estudiados y capturados. La fémina presiona el lado derecho de sus lentes, sacando fotografías intrusas.
—Su nombre es Marinette Dupain-Cheng —murmura, con los labios pegados al borde de su taza— Es la sub gerente de la cafetería de Le Miraculous —examina— Estudiante de Bellas Artes. Barista aficionada. Hija de panaderos de nombre Sabine Cheng y Tom Dupain. Gente del proletariado. Clase media parisina. Patrimonio en la banca, mediocre —añadió Nathalie— Todo indica que eran amantes en el pasado. La forma en la que el muchacho la mira, demuestra interés reproductivo. Hasta que Félix y Kagami se casaron. Ya no hay indicios de que mantengan una relación tan intima.
—Sigue al mocoso primero.
La mujer de cabellera negra pide la cuenta, cubriendo sus huellas hasta su apartamento. Es una rutina que hace a menudo. Encubierta, vigila día y noche la morada que el inglés y la japonesa comparten. Se percata que a veces asisten a reuniones aburridas, salen a comer a restaurantes de lujo y trabajan juntos en el restaurante. Nada atípico.
Una noche, sigue a Félix hasta una dirección.
—Su sobrino entra a un Loft a las 22:50PM. Coordenadas -23. Calle Saint Martin numero 269, apartamento 612 —revela la chica, observando con binoculares— Hace abandono a las 1:30AM en evidente estado de ebriedad. Se dirige directo a su apartamento, conduciendo un Mini Cooper S de dos puertas, descapotable. Casi atropella a un perro en la calle. Se detiene de golpe. Se baja. Le pide perdón al can, dándole la patita y se sube de nuevo, marchándose. Regresa a su apartamento. Nada más que reportar hoy.
—No la pierdas de vista.
Hizo exactamente lo mismo, no percatándose de nada extraño. Hasta que una motocicleta de apariencia tosca hizo ingreso al estacionamiento subterráneo.
—Señor, la mujer comparte morada con un hombre —expresó Sancoeur— No puedo distinguir quien es. El sujeto porta un casco negro y conduce una motocicleta modelo Suzuki GSXR750 del mismo color. Es un pedazo de máquina, déjeme decirle.
—No te distraigas, joder.
—Perdón, señor. Pero es que…esa moto es increíble —farfulló Nathalie, anonadada— Este chico sabe lo que es bueno. ¿Ha visto las fotos? Es alucinante.
—¿Es Adrien?
—No lo sé, señor —espetó— Aún no puedo saberlo con seguridad. He mandado a examinar el cuadro de la cafetería. Pero me darán el resultado en dos días.
—¡Nathalie! —chilló Emilie desde la línea— ¡¿Es mi hijo si o no?! ¡Contesta, demonios! —sonido de cosas lanzándose lejos con histeria.
—¡Cariño! ¡Contrólate! —se quejó el peliblanco— ¡Estás vibrando muy bajo!
—¡Quiero saberlo!
—¡Prendan un sahumerio por favor! —vociferó Gabriel— Arg. Tengo que cortarte. Ve al banco. Te acabo de mandar las contraseñas de la bóveda. Hazlo ya.
—A la orden, señor Agreste —asintió decidida.
15:30PM. Banco central de Francia.
—No sabe cuanto tiempo esperamos ver algún representante de la familia Agreste en nuestro recinto —musitó un hombre de estatura mediaba y edad avanzada— Últimamente solo vemos a los Graham de Vanily por aquí. Y déjeme decirle que sus negocios no nos complacen para nada.
—Le daré el código ahora —rezongó Nathalie, mostrándole en su tableta la orden directa del progenitor— Bóveda 69. Contraseña: 1313.
Lindas combinaciones para quienes entienden esos números. El hombre abrió la caja fuerte, como si de Harry Potter se tratase.
—Adelante —le permitió el s sujeto, invitándole a pasar.
No solo había lingotes de oro en el lugar. Si no que también diamantes, joyas, dinero en efectivo y cajas fuertes repletas de cheques. La asistente especializada en veterinaria hurgueteó cada rincón del recinto, sacando fotos y documentando con detalle el patrimonio de la familia. Una vez enviado el reporte, Gabriel Agreste respondió en una videollamada desde la mierda del mundo.
—Félix solo ha sacado el 1% del capital, Gabriel —esbozó con altivez la mujer— Está claro que solo se quedó con las ganancias en suiza.
—Es un imbécil —determinó el peliblanco, al otro lado del teléfono— Los Vanily jamás podrán tocar la fortuna de los Graham. Mi esposa tiene arte y parte en esto.
—¿No le parece un insulto que las hermanas gemelas se hayan vendido así? —protestó Nathalie, acomodándose el anteojo.
—Me da lo mismo. Los Agreste somos mejores. Emilie tomo el apellido que correspondía por una cosa machista de los Britanicos de mierda. Félix y Amelie no saben donde están parados —rezongó— ¿A dónde se fueron los fondos?
—Señor banquero —Sancoeur observó al encargado de la bóveda con seriedad— ¿Qué hizo Félix con el dinero?
—Eh… ¿Por qué me lo pregunta, señorita? —examinó con timidez el varón— Tal y como nos ordenó el señor Agreste, este dinero es de su hijo y solo ha sido destinado a él.
—¿A que te refieres? Especifica.
—Que los fondos han sido usados por él. Adrien Agreste es el titular de la cuenta —reveló sin más— Este es su DNI y su huella dactilar —le expuso sobre una tableta— Incluso ha adquirido bienes inmuebles como un apartamento en la calle Saint Martin número 269. Y una motocicleta. También abrió una tarjeta de crédito.
—Adrien Agreste…está vivo —expresó jovial la asistente— ¿Escuchó eso, señor? ¡Adrien está con vida!
—Tal y como lo dijo Emilie —pensó Gabriel, quien se cubrió la boca con la diestra, estupefacto con la noticia. Aún le costaba trabajo creerlo. ¿Y si era un impostor? No. ¿Qué probabilidades habían de que eso fuera real? Se supone que su hijo se había perdido en el Tíbet con tan solo 3 años. ¿Qué demonios hacía en parís? ¿Cómo llegó hasta ahí? — Nathalie.
—Emilie se pondrá muy contenta cuando lo sepa —murmuró con jubilo la pelinegra.
—Nathalie —repitió con voz áspera— Emilie no tiene que enterarse de esto. ¿Me oyes?
—¿Qué…? —parpadeó, atónita con su decisión— Pe-pero…señor.
—Ella no está bien de los nervios. Ahora mismo, la entubaron de Cannabis para poder calmarla —advirtió el hombre de anteojos— Conociéndola como es, es capaz de dejar todo botado e ir hasta parís por él.
—¿Y que pretende que haga? —masculló en desacuerdo la fémina— ¿Qué mienta?
—Emilie no puede dejar su tratamiento hasta que esté mejor —proveyó el mayor de los Agreste, soltando un suspiro acabado en el proceso— Nathalie. Te pido que omitas información. Si mi hijo está vivo realmente, asegúrate de que sea el quien venga por nosotros y no al revés. Posiblemente el también nos esté buscando.
—¿Y como voy a lograr eso? —debatió la veterinaria— Ni si quiera me conoce.
—No te va a costar trabajo —determinó el diseñador— Kagami ya está al tanto de todo. Lo dejo en tus manos.
[…]
—¿Qué demonios es esto? —farfulló colérica Chloé— ¡¿Cómo que Adrikins te ha invitado a su matrimonio y no a mí?! ¡Esto es ridículo!
Tal y como lo leen. Por supuesto que incité a la jefa de mi futuro esposo, obviando el hecho de que esa odiosa niña de goma sin cerebro existía. Espero le haya ardido el culo hasta mas no poder.
Los primeros en responder a mi invitación fueron mis padres. Mamá y papá estaban muy contentos con la idea. Y como al parecer era tradición en la familia, decidieron hacerse cargo del banquete dulce de la velada. Fue algo pequeño, hermético, privado y muy acotado. Solo estaban las personas más influyentes en mi vida.
Como ni Adrien ni yo profesábamos alguna religión o credo en particular, decidimos convocar una ceremonia espiritual, en medio de un bosque bien galán y tranquilo. Decidimos que nos casaríamos de noche, cuando la luna llena estuviera en lo alto, solo para darle un toque de simbolismo a nuestra unión. Tal cual como nos conocimos y él llegó a mi vida, haciéndose llamar el señor del anillo; protector de las palabras del gran profeta gatuno: Gatatustra. Ahora que lo recordaba, era demasiado chistoso. Debería escribir un libro con las estupideces que viví. Fue lo mas freak que me ha pasado en la vida y al mismo tiempo, lo máximo.
¿Quién hubiera pensado si quiera que terminaríamos así?
Me sorprendió muchísimo que Kagami nos felicitaran con tanta "sinceridad" en sus palabras. Ha decir verdad, fue bastante honorable de su parte. Hasta ese día, creí que nos odiaba. Pero de alguna forma, comprendí que este sería el ultimo acto de valentía por mi parte, dándole paso a la derrota de Tsurugi y su acaudillado plan de formar parte de la herencia de los Agreste.
Nos tomamos una foto con mis amigos. Y permití que Félix como el padrino de bodas y de mi hija, tomara a Emma entre sus brazos. Fue un momento muy agradable para todos. Sentí que había cerrado un ciclo y abierto otro nuevo para mi nueva familia. Adrien no paraba de sonreír. En algún punto sintió adormecida las mejillas de tanto reír de la felicidad. Yo creo que a él sí le duele la cara de ser tan lindo, insisto. No quise nada despampanante como el matrimonio de mi ex jefe. Por el contrario, consentí que colocaran música de Queen en honor a mi esposo y para la cena, solo música clásica para salir un poco del mundanal ruido de la ciudad. Estábamos satisfechos con el resultado.
Ver aquel anillo dorado en mi dedo anular me removió las entrañas. Me mantuve embelesada por la sensación de sentirme enamorada y unida en matrimonio al amor de mi vida. Mi marido se veía tan guapo con su traje blanco. Me aferré a el como un koala a un árbol durante casi toda la velada.
La ceremonia transcurría con demasiada perfección. Hasta que…un invitado sorpresa brotó de entre la multitud. Definitivamente, no estaba incluida en la lista. Era una mujer de vestimenta sobria, anteojos rectangulares y cabellera azabache, con un viso carmesí. Noté como Kagami, alertada por su presencia se aproximó a ella y charlaron un momento. ¿Quién era esa persona tan misteriosa? Intercambié un par de miradas solapadas con Félix. El tampoco parecía conocerle. Pero un dejo de recelo se apoderó de su expresión facial.
No pasó mucho rato, para divisar el vehículo aparcado a las afueras del estacionamiento. Era el mismo carro que días antes me siguió indiscretamente por la ciudad. ¿Quién demonios es y que hace en mi matrimonio? No me agrada su presencia. La esposa de Graham de Vanily la incitó a poder acercarse con mucho respeto. Me enganché al brazo de mi cónyuge, un tanto desconfiada. Jamás la había visto en mi vida.
—Adrien Agreste. Marinette Dupain-Cheng —expresó la japonesa con normalidad— Quiero presentarles a una amiga de mi familia. Nathalie Sancoeur.
—¿Una amiga? —espetó Marinette, con mucha curiosidad.
—¿Tu eres…? —el inglés hizo una pausa, apretando los labios como si hubiese visto un fantasma. Si. Definitivamente si le conocía de algún lado— Eres la asistente de mis tíos.
—¿Co-Como? —parpadeó la ahora, señora Agreste— ¿Asistente?
—¿Eh? —Adrien hizo amago de un mohín, ligeramente confundido.
—Lamento mucho haberme aparecido así, sin avisar —se disculpó Nathalie, regalándoles una reverencia afable— Me hubiera encantado agendar una cita con ambos, pero me temo que el tiempo apremia y no me fue posible contactarlos. Kagami es mi único puente hacia ustedes.
—Si has venido a reclamar la herencia de los Agreste —rezongó Félix con altivez, mientras cargaba a Emma entre sus brazos— Llegas un poco tarde. Marinette ahora es la heredera legitima de la mitad de ella.
—Te equivocas, Félix —aclaró Sancoeur— No he venido por dinero. He venido…porque una vieja amiga mía, me lo encargó.
La mujer observaba a mi esposo de pies a cabeza, como si estuviera comiéndoselo con la mirada. No era morbosidad, si no mas bien un miramiento cariñoso, similar al de una madre con su hijo. Se aproximó al rubio sin premuras, brindándole un gesto cálido con los labios. ¿Qué pretende hacerle?
—Ahora puedo comprobarlo con mis propios ojos —musitó la mayor— Adrien Agreste sobrevivió al accidente en los Himalayas. Mírate nada más…estas tan grande y varonil. Eres tan hermoso como Emilie. Tienes sus ojos. La viva imagen de ella.
—¿Tu conociste a mi mamá? —analizó Adrien, absorto.
—Conozco a tu mamá —esclareció en tiempo presente— Y déjame decirte, que ella te extraña muchísimo.
Madre mía…esta mujer, sabe donde están los padres de Adrien. Me quise morir de la sorpresa.
—¿T-tu…? ¿Acaso? —tartamudeó el ojiverde, tomándola de los hombros con ansiedad— ¡¿Tu sabes donde están mis padres?!
—Así es —dilucidó Nathalie— Y he venido hasta aquí, para llevarte con ellos. ¿No te gustaría conocerlos en persona?
Vi como el poco color que le quedaba en el rostro le abandonaba, empalideciendo. Mi pobre muchacho estaba en shock. No podía creerlo. Era todo lo que anhelaba para sentirse una persona completa. Sentí que se iba a desmayar de la emoción, al notar como sus piernas temblaron trémulas y sus ojitos esmeralda titilaron a mas no poder.
Ok. Vamos a relajarnos. Me miré con Kagami por unos momentos, con tal de cerciorarme que lo que contaba la mujer era real y no fuese una especie de estafa para robarnos a mi hija. Nathalie se unió a la celebración, solo para poder charlar mas a gusto con nosotros. No era el momento mas indicado para ello. Se lo comenté a mi esposo. Pero estaba tan exasperado por conocer el paradero de sus queridos progenitores, que no pude negarme. Me fue imposible…
Ella nos explicó todo lo ocurrido luego del accidente, con lujo y detalle. Y el como la salud de Emilie había empeorado con el paso de los años. Por esa misma razón, no había logrado viajar nuevamente.
—¿Tailandia? Quiero ir —sentenció Adrien, frunciendo el ceño con certeza— No me importa si debo cruzar el planeta entero.
—Espera un momento —le detuvo Marinette, sujetándole el brazo con potestad— No estarás pensando en ir solo ¿O sí? Tu ni si quiera sabes volar en avión.
—Aprenderá —espetó Nathalie con seriedad— Adrien es un Agreste. No es estúpido.
—No estoy de acuerdo —rezongó Dupain-Cheng, imponiendo con intención su rechazo— Me parece de muy mal gusto que aparezcas en medio de nuestra boda, para llevarte a mi esposo al otro lado del continente a quien sabe qué y sin si quiera conversarlo conmigo —esta vez, fulminó a su cónyuge— Y tú, Adrien. Tu ya no estás solo en esto. Que no se te olvide.
—La chica tiene agallas —redundó para sus adentros Sancoeur, notando como el rubio se empequeñecía en su asiento al no saber que rebatirle— La invitación es para todos —aclaró, observando a Marinette— Después de todo, ustedes son una familia ahora. Tienen hasta mañana para responderme. Los pasajes corren por gasto de los Agreste —se levantó, dando una última reverencia sutil. Acto seguido, le entregó una tarjeta al rubio— llámame cuando te decidas, Adrien.
Arg…pero que idiota. Obvio que estaba decidido. Incluso mucho antes de que le diera su jodido número. ¿Qué pretendía? ¿Y que esa esa mierda de que los pasajes corren por ellos? No necesito su maldito dinero. Yo puedo costeármelos sola. Además, yo también soy un Agreste ahora. Tch…que engreída. No permitiré que me arruinen la celebración de igual forma. Le quité la tarjeta a mi compañero, solo con la excusa de que continuaríamos hablando esto en casa. Pero en cuanto hice aquello, Félix me apuñaló con la mirada. Ah. Genial…
—Yo creo que ya es hora de que me devuelvas a mi hija —ordenó la señora Agreste, estirando los brazos. Graham de Vanily no movió ni un musculo— ¿Y ahora qué?
—Emma es muy pequeña para viajar en avión aún —farfulló el inglés, aferrándose con fuerza a la menor— Ni lo pienses.
—Te recuerdo que esa decisión no te corresponde, Félix —comentó.
—Y yo te recuerdo que me vale mierda lo que pienses, Dupain-Cheng —masculló enfadado el ojiverde.
—Félix, dámela —demandó.
—No —se echó a correr.
¡¿Qué está haciendo?! ¡Pero que payaso! ¡Te voy a matar!
—¡Sullivan, dame a la niña! —chilló Marinette, persiguiéndole por la fiesta.
[…]
Estaba fuera de discusión el tema. Con o sin mi aprobación, Adrien viajaría al fin del mundo con tal de ver a sus padres. ¿Y quien era yo para negárselo? Estar casados no me daba el derecho de retenerlo. Él no era de mi propiedad…por mas que me molestara el hecho. Durante esa noche, lo conversamos con mucha templanza y seriedad. Le confesé mi preocupación sobre las implicancias de que Emma aún era muy pequeña para viajar. No es que no pudiera hacerlo, simplemente…no estaba segura del todo, si era molesto para un bebé subir las alturas o cosas por el estilo. Vamos, yo era muy inexperta en algunas cosas. Él me explicó que, si lo consideraba arriesgado, le permitiera ir solo. Después de todo, eran sus padres. Pero algo dentro de mí, tiraba con fuerza a no abandonarlo bajo ninguna circunstancia. Tal vez porque no confiaba en Nathalie. O por el simple hecho de que ahora era su esposa; lo que me daba un ligero sentimiento de responsabilidad sobre él.
—No debes temer, esposa —musitó el señor Agreste, sujetando su mentón con dulzura— Tu y Emma son mi mundo. Jamás permitiría que algo malo les sucediera. Siempre las protegeré.
—Siempre que trato de hacerme la dura contigo, tu logras desarmarme —Marinette se abrazó a su pecho, como quien busca protección bajo la lluvia— Adrien, yo te prometí que te ayudaría a encontrar a tus padres. No voy a dejarte solo. Mucho menos ahora que estas a un paso de estar con ellos.
—Lo sé, amor mío —murmuró el rubio, a escasos centímetros de sus labios— Y no sabes cuanto te agradezco que quieras venir conmigo.
—Además…estaba pensándolo mejor —la señora Agreste se rascó la mejilla, sutilmente abochornada— Y no estaría mal irnos de viaje por unos días. Quiero decir…nos acabamos de casar y podríamos tomarlo como nuestra luna de miel.
—¿Mh? —parpadeó, ligeramente confundido— ¿Qué es eso? ¿La luna puede comerse?
—No, tontito —bufó con cariño la pelinegra, peinándolo con las manos en el proceso— Se le dice "luna de miel" porque es un momento dulce para los recién casados. Por lo regular las parejas se van de viaje y disfrutan muchos momentos agradables juntos.
—Ya veo —aceptó con seguridad el mecánico— Pues si es así, tu y yo estamos de luna de miel todos los días. ¿No te parece?
—Bueno…si lo pinta de esa forma, desde que vivo con este chico, mis días son muy amenos —Marinette soltó un suspiro sincero, depositando un beso en sus labios— Si. Tienes razón. Pero no es lo mismo estar juntos en casa que en Tailandia.
—Será una luna de miel con Emma —asintió decidido el rubio— ¡Nos vamos de luna de miel entonces! ¡A hacer las mismas cosas que hacemos acá, pero en otro país!
Vale…no voy a negarlo ni tampoco desmentirlo. En el fondo, es básicamente eso. Comprendí que debía quitarme los miedos de antaño que me rodeaban sobre la inesperada perdida de mi esposo en los himalayas. Mas de alguno se burlará de mí, pero me daba un poco de miedo que se repitiera la historia. ¿Y si se me perdía en la jungla? Ahora si sería la mona chita. Negué con la cabeza repetidas veces. Era la oportunidad perfecta para quitarme de encima los fantasmas que me atormentaban.
Adrien le marcó a la asistente a la mañana siguiente, dándole el sí, definitivo de su decisión. Solo espero no arrepentirme de esto.
[…]
—¿Qué se supone que estás haciendo, Félix Graham de Vanily? —Kagami Tsurugi yacía parada en el marco de la puerta de su habitación, de brazos cruzados y expresión arisca.
—No lo sé, Kagami ¿Tu que crees? —refutó con ironía el rubio, mientras acomodaba algunas prendas dentro de una valija— ¿Será que estoy ordenando una maleta de viaje?
—Ni pienses que me vas a dejar sola con los proveedores rusos —le reclamó con el cejo arrugado— Esta semana tenemos tratos importantes que cerrar y eres el único que puede hacerlo.
—No seas exagerada, por favor —espetó con seriedad— No me necesitas para cerrar ningún trato. Eres una economista muy hábil. Confío en tus habilidades para los negocios —agregó— Además, tienes a Rolling Stone contigo. Seguro el te da una mano.
—No es lo mismo —masculló— Ellos esperaban verte a ti para el presupuesto de entrada. Eres el representante legal de la franquicia en parís.
—Tu también lo eres —se mofó de vuelta.
—Y eres mi esposo, por lo demás —aclaró la japonesa, sin tapujo alguno. Acto seguido, le cerró la maleta de golpe, fulminándole con la mirada— Tu deber es permanecer a mi lado.
—Tu esposo —redundó con hastió el ojiverde, exhalando rendido ante su negativa. Lo que menos deseaba, era discutir con ella. Como odiaba llevarle la contra— Escucha, esposa. No sé tú, pero no dejaré que mi primo viaje solo. Adrien no sabe nada del mundo exterior.
—El no irá solo. Tiene a su mujer —recalcó la pelinegra— Ella le ayudará.
—Marinette es lo mismo que nada —rodó los ojos— Con suerte conoce la plaza de la esquina. Y además irán con Emma. Ella me preocupa mas que esos dos.
—Aún así, es algo que no te corresponde —protestó, sujetándole de los hombros con fiereza— No deberías involucrarte en cosas que no te incumben.
—En eso te equivocas —explicó Félix, sujetando las manos de su compañera solo para brindarle una caricia aterciopelada— Por supuesto que me incumbe. Y mucho. Emilie es mi tía. Ella me crio de pequeño, prácticamente. No me pasé mas de 10 años de mi vida buscándolos, para quedarme sentado jalándome el ganso. Yo iré, a donde Adrien vaya —y finalizó— Es mi familia. Fin del asunto.
Kagami se vislumbró así misma, atrapada entre la espada y la pared. Su técnica no había dado frutos. Y la estocada de su cónyuge no era esquivable. Le dio directo en el pecho, dejándole fuera de la contienda en cuestión de segundo. Sintiéndose desarmada, intentó modificar su táctica, reemplazando el dominio por el sentimentalismo. Pero tampoco funcionó.
—Es muy peligroso —murmuró con dejo de desazón— ¿Qué tal si el avión falla en el vuelo y se cae?
—Pues me muero y ya —suspiró con voz jovial— ¿Qué diablos, Kagami? ¿Por qué tanto…? —se calló de golpe, completamente pasmado— ¿Qué haces?
—Bueno…—murmuró la nipona, acomodando una maleta sobre la cama también— Moriremos juntos entonces. No creas que te vas a salvar de mí, solo porque viajas.
—Que…—Graham de Vanily gesticuló una mueca picaresca— ¿Vienes conmigo solo para vigilarme?
—Si quisiera vigilarte, Félix —aclaró, soltando una risita infantil— Te hubiera metido un chip GPS en el culo hace tiempo. No me costaría nada rastrearte.
—¿Ah, sí? —le siguió la broma, arqueando una ceja para increparla— Pues fíjate que si tuviera un chip ahí, ya lo hubiera cagado hace días. Tu idea no funciona.
—No, porque lo tendrías pegado en tu punto G —carcajeó— Y no podrías diferenciar entre el y una corazonada.
—Puede ser —rio el rubio de vuelta— Pero si así fuese, me andaría viniendo cada dos pasos.
—Eres un idiota —le dio un golpe en el pecho, a modo de juego.
—Pero soy tu idiota —siseó Graham de Vanily con un gesto morboso en los labios.
Silencio sepulcral entre ambos.
—En realidad, sería una buena idea para ambos —murmuró Tsurugi, posando ambas manos sobre el pecho de su compañero de manera dócil y calmada— Ya que nos estamos tomando un poco más enserio nuestra relación…
—Es cierto —acotó Félix, robándole la palabra de los labios. La cogió de la cintura, empujándola hacia el con fuerza— No tuvimos una luna de miel. ¿Quieres tener una?
[…]
Aeropuerto de Paris, 13:23PM.
—Ah…genial —esbozó Marinette— ¿Qué haces aquí, Félix?
Increíble, pero cierto. Ahí estaban los dos, Félix y Kagami. Ambos portaban maletas de viaje, justo en la entrada del Check In. ¿En serio viajarían con nosotros? Solo podía traer problemas.
—No tengo por qué darte explicaciones, Dupain-Cheng —farfulló el británico, haciéndose el desentendido— No hablo con traidoras.
—Soy Agreste ahora —le aclaró, con hastío— Así que te recomiendo que me trates con mas respeto a partir de ahora.
—Primo, me alegra tanto que hayas aceptado venir —halagó Adrien con júbilo, dándole un abrazo apretado a su camarada— No podría hacer esto sin ti. Tu me has ayudado muchísimo. Mamá estará feliz de verte.
—No me lo perdería por nada del mundo —Félix respondió con alegría su demostración de afecto— ¿Nervioso?
—Solo un poco —sonrió el joven Agreste, sobándose la nuca en el intento— Pero teniendo a mi familia conmigo, me siento mucho mas tranquilo para afrontar un viaje. Nunca me he subido a un avión.
—Siempre hay una primera vez para todo —Graham de Vanily le dio una palmada sincera en la espalda— ¿Y bien? ¿Qué estamos esperando? Muevan esas caderas, señores. Nos espera un largo viaje.
Tener a Kagami y Félix cerca no me daba mucha tranquilidad que digamos. Pero ¿Qué podía hacer? Era demasiado tarde para bajarse, cuando incluso ellos mismos se habían embarcado primero en el avión. Minutos más tarde, Nathalie Sancoeur, la asistente de la familia Agreste se aproximó a nosotros, mostrándose muy satisfecha con la decisión tomada.
A partir de este momento, iniciaría un éxodo de redención hacia el destino que entrelacé con mi esposo y mi hija. Solo el universo sabría lo que nos esperaba allá. La siguiente parada…Tailandia.
Nos veremos pronto.
