"Señores pasajeros, les habla su Capitán. En estos momentos experimentaremos una pequeña turbulencia debido a una tormenta tropical que azota las costas asiáticas. Les pedimos mantener la calma sobre sus asientos y no levantarse en el proceso. Gracias por preferir Aerolíneas Air France"

—Me…voy a mear.

La expresión facial de Adrien era de ultratumba. Sudaba como los mil demonios y mantenía ambos brazos fundidos contra el pasamanos. Escuchar eso de los labios de mi esposo, provocó en mí, dos sensaciones muy bizarras. La primera, era que Adrien necesitaba si o si contención emocional para sobrellevar el vuelo. Y la segunda, que de verdad se orinaría en los pantalones. Y solo para descartar lo último, le toqué entre medio de las piernas, notando que su pantalón seguía seco. Fue lo mas maternal que se me vino a la mente.

Vale. Al menos no se meó —suspiró— Tranquilo, Adrien. Todo estará bien. Solo es algo de movimiento —Marinette cogió a Emma entre sus brazos para pasársela a su cónyuge— Toma. Abrázala. Te hará sentir mejor.

—¿Qué es esto? —balbuceó, completamente en shock mientras sujetaba con fuerza a su hija— Es suave…

—Un peluche —bufó con sarcasmo la ojiazul— Respira hondo. No nos vamos a caer.

Pero en cuanto dije lo último, el avión volvió a dar un vació hacia abajo, inclinándose tras perder algo de altura. Esos vaivenes de un lado a otro, le sacaron el alma del cuerpo. Sentí mucha impotencia y al mismo tiempo pena por él. No sabía que mas hacer para calmarlo. Emma era literalmente su mascara de oxigeno en esos momentos. Su primer vuelo…y le toca algo de turbulencia. Que lio.

Observé a Félix del otro lado del pasillo, justo en frente de ambos. El maldito estaba como si nada, escuchando música con sus audífonos. A este no le importa morir, estamos claros. Kagami, dormía. Supongo que a ella mucho menos. Nathalie, quien iba sentada dos asientos mas adelante también se mostraba calmada. Cogí la almohada que nos habían dado para dormir y se la lancé al padrino para que reaccionara. Este me miró como si hubiese visto un espectro.

—¿Cuál es tu problema? —farfulló Félix con disgusto— Iba en la mejor parte del coro, con un demonio.

—Tu primo se siente mal, idiota —gruñó Dupain-Cheng— Haz algo al respecto.

—¿Qué? —Graham de Vanily inclinó la cabeza hacia adelante, percatándose de que el rubio permanecía abrazado a Emma como si el mundo se fuese a acabar— Se está cagando del susto jajaja. Mírenlo —bufó.

—¡¿Te parece que sea el momento para burlarte?! —aulló colérica Marinette, amenazando con tirarle la sillita de su hija por la cabeza— ¡Haz algo! ¡Tu eres el de la experiencia aquí!

—Ya, ya, ya —expresó entre risas febriles— Demonios, que genio —Pero si es gracioso jeje…

Unas ganas de tirarlo por la ventanilla, joder. Se paró del asiento y buscó entre una maleta de mano una tira de pastillas verdes de procedencia tan dudosa como su nacimiento. ¿Es una broma? ¿En serio pretende que confié en él?

—¿Vas a querer que te ayude si o no? —Félix alzó una ceja con incredulidad. En realidad, le importaba una mierda. Solo estaba intentando compartir algo de sus conocimientos medicinales— Que se tome una. Estará mejor.

—¿Y como se yo que no es droga? —le interpeló.

—¿Bromeas? —el rubio se echó a reír como si nada— Por supuesto que son drogas, Dupain-Cheng.

—¡¿Cómo dices?! —Si. Definitivamente lo lanzaré.

—Aish…eres tan pueblerina para tus cosas —Félix giró los ojos de un lado a otro, partiendo el sobre para darle una de ellas— Todos los medicamentos son drogas, no seas infantil y dásela. Hazme caso. Te aseguro que se le olvidará el miedo en menos de lo que imaginas —añadió, gesticulando una mueca morbosa.

¿Por qué demonios, justo cuando quiero comenzar a creer en él, me hace esto? No puedo simplemente reconocer que este chico tiene una sola personalidad. Hay todo un mundo ahí dentro y nunca sabes con cual te toparás. Le vi tan inequívoco de lo que me describía, que instintivamente tomé la bendita pastilla y se la di con un vaso de agua. Al diablo. Dudo mucho que quiera matarlo ¿O sí? Al menos se que no es un asesino. Al cabo de unos minutos de haberle suministrado el remedio a mi compañero, este cayó en un sueño profundo que indiscutiblemente le relajó. Tal y como yo deseaba. No saben lo aliviada que me sentí con ello. Iba a agradecerle al retrasado de Félix, pero el cabrón se estaba besuqueando con descaro con Kagami. No es que tenga algo de malo, porque son un matrimonio. Pero siento…que en verdad este tipo no viajó por Adrien. Si no por el mismo.

No me extrañaría.

Le quité suavemente a Emma de los brazos y la recosté en su asiento de bebé, acomodándole el cinturón de seguridad nuevamente. Ella también permanecía dormida. Se ven tan lindos cuando hacían la siesta juntos. Me aferré a Adrien, asentando mi cabeza sobre su hombro y en algún punto, también caí en un letargo placentero; contra la calidez de su anatomía. Menos mal que el avión dejó de moverse tanto.

Cuando desperté, no supe a ciencia cierta diferenciar que hora era. La pantalla sobre el asiento delantero, informaba que eran las 22:30 de la noche, mostrando detalladamente el trayecto del avión en dirección hacia Tailandia. Por esas horas, solo podías escuchar los ronquidos de algunas personas y respiraciones apacibles. La azafata nos había puesto una manta sobre nuestros cuerpos, arropando a mi hija también. Debo admitir que era la primera vez que veía a Félix dormir. Sobre todo, con una mujer a su lado. Se veían muy tiernos…

Y es raro que yo lo diga. Por lo regular solo me dan ganas de abrazarlo con un cable de púas eléctrico. Adrien se removió debajo de mí. Percibí un quejido incomodo, acompañado de un suspiro violento. ¿Estaría sufriendo de alguna pesadilla? Sus mejillas estaban cobrizas y su pecho subía y bajaba bastante errático.

—Cariño…—consultó Marinette con voz tenue— ¿Te encuentras bien? Te noto febril.

—Marinette…—musitó en un jadeo— ¿Cuánto falta para llegar?

Mi esposo parecía un borracho saliendo de una cantina. ¿Qué mierda tenía esa pastilla…? Por la chucha. Lo sabía.

—No me siento bien…—siseó el joven Agreste, tragando saliva con dificultad— Necesito mojarme la cara.

—Tranquilo, es tu primer vuelo. Te ayudaré —argumentó la señora Agreste.

Me levanté como pude, jalando a mi marido hasta el baño. Aunque no sin antes, darle una patada en las canillas al tarado de Félix, despertándolo de sopetón. "Vigila a mi hija. Si algo le llega a pasar, te bajarás del avión en un ataúd". Le advertí. El asintió, como si se sintiera muy orgulloso de su maliciosa ayuda. Y me respondió con un "No tardes mucho, pillina". Mierda. ¿Qué quiso decir con eso?

Le dejé dentro del baño de varones, con la esperanza de que se sintiera mejor si se despabilaba con agua. En el intertanto, me metí al de mujeres para hacer lo mismo y de paso, lavarme las manos. Había averiguado bastante sobre el clima de nuestro destino. Tailandia se componía de muchas islas, archipiélagos y arrecifes marítimos, por lo que la combinación entre la humedad y el sol, lo volvían un inhóspito ambiente tropical. ¿Pero podría sentirse ese calor a tal altura? Aún ni llegábamos. De pronto, alguien tocó mi puerta.

—Lo siento, está ocupado —advirtió Marinette desde el interior.

—Soy yo —balbuceó Adrien.

Uy. No sonaba para nada bien. ¿Habrá vomitado? Me inquieté muchísimo. Cerré el paso de la llave y le abrí el pestillo, percatándome que yacía parado cual estatua delante de mí.

—¿Te sigues sintiendo mal, cari-…?

¿Pero que diablos? No alcancé ni a terminar la frase, que se me vino encima como un león en plena cacería. Cerró la puerta con llave en un destello, comprimiéndome contra el lavamanos para comerme los labios en el proceso. ¿Qué le pasa? Claramente no le preocupaba que estuviéramos a mil pies de altura. Por arte de magia, Adrien se había olvidado del vuelo y buscaba con desesperación, quitarme la ropa.

Lo único que se me vino a la mente por esos momentos, porque realmente no estaba pensando en nada del bochorno; ¡Fue la bendita pastilla de Félix! ¡¿Qué demonios le dio?!

—A-Adrien…aquí no…—intentó detenerle, sin éxito alguno— Podrían escucharnos.

Ni si quiera me estaba oyendo. Todo pasó tan rápido delante de mí, que apenas si pude soltar un quejido. Me elevó contra la pared y me hizo suya, casi con la misma rapidez que logré parpadear. Está bien. No me quejo. Admito que fue algo así como una fantasía muy película ochentera haberlo hecho en el cuarto de baño de un avión. Pero ¿Era el momento adecuado para ello? ¡¿Y si alguien viene?! Era la primera vez que hacíamos el amor en un lugar público. Fue tan intenso. Quise gritar en algún punto. Pero mi amante me cubrió la boca con una toalla, la cual terminé mordisqueando y llenando de babas solo para contenerme.

¡Maldito seas, Félix!

Quiero…

Quiero…

Darte las gracias.

[…]

—No se preocupen, señores Agreste —exclamó Félix, dándole un cariño sincero en la mejilla de la menor— Emma duerme como un angelito mientras ustedes no estaban. Soy un buen padrino ¿No creen? Jeje…

—Con permiso…—musitó Adrien, sumamente avergonzado y sin poder mirarle a los ojos— Debo volver…a mi asiento…

—¿Qué pasó, primo? —bufó Graham de Vanily con maquiavélica actitud— ¿No te gustó mojarte la cara?

Largo —demandó Marinette, aún mas abochornada que su compañero. En cuanto le vio pasar por su lado, le gruñó en el oído— No vuelvas a darle Viagra a mi marido sin mi consentimiento ¿Me oyes? El no tiene problemas con eso.

Te hice un favor, mujer. Adrien necesita sacar su lado salvaje de vez en cuando —masculló de vuelta, chasqueando la lengua con altivez— Disfruta el viaje o morirás toda amargada —y regresó a su asiento.

Linda la cosa. Si tuviera que pedirle ayuda a alguien sobre mi relación con Adrien, definitivamente no sería el. Que lo haya gozado no quiere decir que le vaya a reconocer en su cara lo que hizo. Tsk, mi orgullo estaba primero. Regresé a mi asiento ignorando por completo que me dieron como cajón que no cierra y me aferré a mi hija disimuladamente para evitar cualquier mal entendido. El olor a bebé de Emma le calma las feromonas a cualquiera.

Noté que los primeros rayos del sol se asomaron por la ventanilla semi abierta de mi cónyuge. ¿En qué momento había amanecido? Debo de haber pasado mas de 12 horas arriba de esta cosa. A lo lejos, divisé una serie de islas pasando bajo las nubes, rodeadas de cimientos y muchísima vegetación.

"Estimados pasajeros, en 10 minutos más, aterrizaremos en el aeropuerto internacional Don Mueang de Bangkok. Favor abrocharse cinturones"

Debo admitir que me sentí mucho mas tranquila pisando tierra bajo mis pies. Mi pobre marido estaba un tanto acalorado aún por la bendita "pastilla" que le dio su primo. Pero afortunadamente, no era nada que él no pudiera controlar. En cuanto salimos del Aeropuerto, un vehículo muy lujoso de ventanas polarizadas nos esperaba.

—Aún nos queda mucho por recorrer —explicó Nathalie, invitándoles a ingresar al auto— Por favor, suban.

—Yo necesito una ducha con urgencia —gruñó Kagami con potestad, caminando hacia el interior del carro— Marido, carga mis maletas. No tardes.

La puta madre…—musitó Félix con molestia.

—¿Dijiste algo? —espetó Tsurugi.

—No mi amor. Dije: La astuta madre —aclaró el rubio, esbozando una sonrisa sínica— Que es la señora Tsurugi por haber parido semejante deidad, hija de la diosa del sol Amaterasu.

—Mas te vale —farfulló de vuelta.

Ok. ¿Alguien mas escuchó eso? Porque yo en serio quiero cagarme de la risa. Vean, como carga las maletas. ¡JAJAJA! ¿Qué demonios está pasando aquí? ¿De que me perdí? Uff…alguien le puso al fin el bozal al perro. Nos embarcamos en otro viaje un poco menos extenso de al menos 20 minutos en dirección al muelle principal de Bangkok. En él, abordamos un ferri que curiosamente, nos alejó bastante de la isla principal. ¿Nuestro destino? Incierto. Esa mujer llamada Nathalie, era muy intrigante. Hablaba poco y miraba mucho. Y en mi experiencia trabajando con el paranoico de Félix, eso no era para nada bueno. Lo mejor que podía hacer por mi seguridad y la de mi familia, era hacerme aliada de ella.

—¿A dónde vamos? —consultó Marinette con curiosidad— He de admitir que es la primera vez que viajo fuera de mi país y estoy algo preocupada.

—No debes temer, Marinette —afirmó Sancoeur con una sonrisa jovial dibujada en los labios— No corren peligro. Pero por la seguridad de la familia Agreste, comprenderás que debo mantener la dirección en secreto. ¿Si me entiendes? Ahora que eres parte de ella.

Creo…aunque no del todo —la ojiazul desvió la mirada un tanto confundida— Perdóname, soy nueva en esto. Te agradecería que me actualizaras un poco sobre la situación actual. Mi esposo…—observó a Adrien un poco mas atrás, jugueteando con su hija— lleva toda una vida, alejado de sus padres. Tampoco está al tanto. ¿Hay algo de lo cual preocuparme? ¿Los Agreste están metidos en alguna especie de cosa turbia? —siseó.

—Para nada —bufó la mayor, restándole importancia al asunto— Solo son ordenes de Gabriel para alejar a los paparazis.

—¿A los chismosos de la prensa les importan los Agreste?

—Por supuesto —le endosó la pelinegra, acomodándose los anteojos mientras le contaba— En su tiempo eran portada de revistas. El mundo de la moda es una jungla si así se quiere expresar.

—Pues…si es así, mantendré alejada a mi familia de eso problemas —sentenció Marinette, divisando a su esposo un poco mas allá— Mi esposo no sabe nada de eso.

—Tienen una hija maravillosa, ustedes dos —halagó Nathalie, brindándole seguridad en su sonrisa— Se ve que Adrien se esfuerza mucho por ser un buen padre.

—¿Verdad que sí? —admitió Dupain-Cheng, con un rubor notorio en las mejillas— Y el padrino no se queda atrás…—gotita cayendo por su sien.

—¡My name is Chicky! —canturreó Félix, aleteando con los brazos— ¡Chicky, Chicky, Chicky!

—¿Por qué yo tengo que ser Cha-cha? —se quejó Adrien, notando como Emma pataleaban soltando risotadas de bebé— Oh…bueno, creo que si le gustó.

—Puedes ser Lya-Lya si quieres, idiota —Graham de Vanily le dio un golpazo en la nuca— ¡Pone la canción de nuevo!

—Aish…—refunfuñó el Agreste, sacudiendo la cadera y aplaudiendo— ¡My name is Cha-Cha. ¡Clap, Clap, Cha-Cha-Cha!

—¿Qué creen que hacen, par de simios? —espetó Kagami. bajándose los anteojos de sol con amargura— Parecen payasos.

—De hecho, sí. Es lo que somos, Kagami —el inglés le mostró el video en su celular— No quiero que Emma se maree y vomite. Así que pensé en que deberíamos distraerla.

—A ti no te da miedo hacer el ridículo —se mofó Tsurugi— ¿Verdad?

—Jamás —se defendió con orgullo el británico, sacando pecho— Emma es como mi hija. ¿Verdad que sí, pequeña roedora? —le pellizcó las rosadas mejillas a la menor sobre su cochecito— ¿Ves como se ríe? Me ama.

—Pero no lo es —suspiró la nipona, llevando ambas manos a sus caderas— ¿No crees que sería mejor tener la tuya propia?

—No digas mamadas, Mary Jane —carcajeó.

Ouch. Una patada certera en las canillas por parte de Kagami, se dejó oír en toda la embarcación. Adrien tragó saliva, dando un paso hacia atrás bastante intimidado. En cuanto al gerente de Le Miraculous…bueno. En el suelo, sobándose como puede.

—¿Qué dije…? —parpadeó, aturdido el ojiverde— ¡Cariño! ¡Solo estaba bromeando!

—Te mamaste —el francés negó con la cabeza, chasqueando la lengua en negación— Kagami te lo estaba sugiriendo de verdad.

—Pe-Pero… ¿Qué mierda quieres que haga, tonto? —protestó adolorido, levantándose del suelo, acomodando su camisa— Yo…no me siento listo para algo como eso. Ni si quiera me gustan los mocosos.

—Pues entonces deberías convérsalo con ella y explicárselo —sugirió su familiar en tono abstracto, en lo que tomaba en brazos a su pequeña para acercarle un chupete a la boca— ¿En que quedamos con ser sincero con las mujeres, primo?

—Arg…—Félix se tomó la cabeza con la diestra, notando como su cónyuge se alejaba enfadada con su poca delicadeza para expresarse. Como de costumbre, arruinando su relación que a duras penas lograba mantener— Está bien. Lo siento. Ya buscaré un momento a solas…

—Jóvenes —Nathalie Sancoeur les advertía un poco más allá— Hemos llegado. Tomen sus cosas, que vamos a desembarcar.

No fui la única que quedó boquiabierta con lo que veía delante de sí. ¿Qué clase de lugar era este? El paisaje parecía una postal digital, diseñada por ordenador. Era increíblemente paradisiaco. Los colores del cielo, las nubes reflejándose cual espejo en el agua cristalina, la ligera bruma tropical alzándose por el horizonte. Comencé a entender el por qué el matrimonio Agreste había escogido un lugar como este para esconderse. Estaban literalmente perdidos en medio de la nada, en una selvática islita que ni los GPS captaban. ¿Era si quiera real o solo un holograma conspiranoico de la matrix? Me costaba trabajo digerir la idea de que viviera gente aquí. Pero sin duda que estaba habitada. Apenas descendimos del ferri, una muchacha de estatura sobresaliente y tes trigueña nos recibió. Su rostro se me hizo demasiado conocido. Estaba segura de haberla visto en alguna parte. ¿Pero en dónde? El viejazo no me dejó pensar correctamente.

—Bienvenidos, exploradores franceses —exclamó la mujer, esbozando una sonrisa de mejilla a mejilla— Yo soy la guía de la isla.

—Oh…su francés es perfecto —comentó Marinette, asombrada.

—Eso es porque soy francesa de nacimiento, chica lista —explicó jovial la fémina, estrechándole la mano a cada uno de ellos con fuerza desmedida— Me llamo Nora Césaire. Un placer.

—¿Nora? —la señora Agreste cayó en cuenta— ¡Eres Nora! ¡La hermana de Alya!

—¡Wow! ¡Hey! —Césaire arqueó ambas cejas, impresionada con su declaración— ¿Tu conoces a mi hermanita menor?

—¡Por supuesto! —berreó alegre la ojiazul— ¡Somos amigas! ¿No me reconoces? Soy yo, Marinette. ¡Sabia que te había visto en alguna parte!

—¡Oh! ¡Dios! ¡Marinette Dupain-Cheng! —aulló Nora, con voz exaltada— Discúlpame, es que hace mil años que no sabía nada de ti. La ultima vez que te vi, aún ibas a la primaria. ¡Por todos los tótems! ¡Mírate nada más! —la removió de los hombros— Cuanto has crecido, mujer. Y vienes con un bebé ahora. Fiuf…eres toda una señora.

—S-si…eso soy —la pelinegra dejó escapar una risita febril, con tantos halagos— Ah. No entiendo. Alya dijo que te habías perdido en la selva hace años.

—¡Jaja! ¡Normal! —carcajeó con tranquilidad— Todos los días se pierde alguien en la selva. Que no te sorprenda.

Definitivamente me trolearon.

—Pero basta de platicas —Nora cargó sus maletas con la fuerza de un toro, una en cada hombro— Vamos, los llevaré a su lugar de residencia. ¡Les va a encantar este lugar!

¿No nos iba a preguntar si quiera el motivo de nuestra visita? ¿Sería posible que no supiera nada sobre los Agreste? Lo dudaba mucho. Nos montamos sobre un jeep bastante rudimentario, que nos condujo por un camino de tierra en mal estado. No paraba de cacarear. Nos contó el cómo había decidido hace años estudiar turismo aventura. Y el como acabó en Tailandia, siendo guía de los europeos entrometidos que deseaban investigar un poco mas sobre la cultura autóctona de la zona. Tanta información, me dejó un tanto aturdida. Me habló de las maravillas del lugar y también, como cosa no menor, los peligros.

—Aquí es muy tranquilo todo, muchachos —manifestó la morena, conduciendo con serenidad por la jungla— No deben temer. Solo deben cuidarse de las pirañas salvajes y los hombres caníbales.

—¿L-Los hombres…caníbales? —Adrien se minimizó en su asiento.

—Claro —insinuó con malevolencia— ¿Y que crees? Les encanta comer niños rubios de ojos verdes.

—¿Aun estoy a tiempo de volver al barco? —musitó, pálido como un papel.

—¡Jajaja! ¡Estoy bromeando, tonto! —bramó la guía, girando bruscamente hacia la derecha— ¡Ups! ¡Cuidado, no vayan a caerse! Hay tigres que huelen la sangre de blancos como ustedes.

—¿Marinette…? —el joven Agreste tragó saliva, buscando respuestas en la mirada de su esposa.

—Tranquilo, cariño. Solo está gastándote una broma —bufó, restándole importancia al asunto— Espero que sea una broma…porque si no, te mato.

—Yo solo espero que haya Wifi en la cabaña —masculló Kagami, mientras se limaba las uñas como si nada pasara— Tengo una video conferencia a las 16:00 con los colombianos, por el tema del café.

—¡Tu amiga china es chistosa! —vociferó divertida la trigueña, esta vez girando violentamente hacia la izquierda— ¡Epa!

—Soy japonesa —aclaró, asesinándola con la mirada.

—Puta madre. ¿Podrías dejar de conducir así? —protestó Félix, con expresión nauseabunda— Siento mis pelotas en la garganta.

—¡Será mejor que te las amarres, niño! —Nora aceleró bruscamente, bajando por una cresta— ¡Porque ahora se viene lo bueno!

—¡¿ME PUEDO BAJAR?! —chilló, Adrien.

La única que parecía divertirse con este jodido viaje, era mi hija Emma. No paraba de reír. ¡Si tan solo supiera que no está en un parque de diversiones!

—¡Ahora te puedes bajar! —advirtió Césaire, frenando de golpe.

Sip. Definitivamente, todos vimos como mi marido salió volando por los cielos, cayendo de lleno sobre unos arbustos. Con el impulso, su billetera cayó justamente en mis manos. Bueno, al menos si se muere, quedamos todos cubiertos.

—Las maletas, Félix —ordenó Kagami.

Acomodé a Emma en mi canguro, abriendo la puerta para bajarme. Félix cayó de hocico al suelo.

—Ah, que bien. Una alfombra —bufó Marinette, pisoteándolo— Permiso.

—Uhg…la concha de tu madre —berreó frustrado el inglés, levantando el cuerpo con ambas manos en un intento por pararse— Las maletas…

—¿Qué no escuchaste? —demandó nuevamente Tsurugi, atropellándolo— Ahora, Félix.

Nunca se casen…—siseó con ironía, plantando cara contra el suelo.

Nos instalamos con mi marido en la Suite 2-B. Y por una razón que aseguro, no fue coincidencia, Félix y Kagami en la 3-B, justo al lado de nosotros. En realidad, era una cabaña bastante humilde por fuera. Con tan solo cuatro habitaciones dentro, un salón de estar con bar de barra libre y una sala de recreación. Mi habitación estaba muy bien decorada por dentro eso sí, con sabanas limpias, un amplio walking closet, baño en suite con bañera, aire acondicionado y una estupenda TV Led de 50 pulgadas. Nada mal. Por algo dicen que nunca hay que juzgar un libro por su portada. Me llamó la atención eso sí, el tema de las paredes. Me percaté que eran de madera y no de concreto. Incluso el techo, estaba diseñado de arenisca con paja. ¿Si llueve…no nos vamos a hundir o sí?

El modelo era rustico, inspirado en la cultura Tailandesa por supuesto. Nuestro cuarto tenía un estupendo balcón exterior con vista a un acantilado que daba directo hacia el océano. "Qué lugar tan bonito", pensé. Era el sitio perfecto sin duda para una cariñosa luna de miel con mi marido y mi hijita. Además, era silencioso. Demasiado silencioso…para ser cierto. Nora nos comentó que, por el día, solo apreciabas el sonido del mar a lo lejos, el cantar de las aves silvestres y la brisa cálida; removiendo las copas de los árboles. Durante la noche, solo el zumbido de las luciérnagas y uno que otro pájaro nocturno. Me agrada la idea. ¿Qué tan malo puede ser, tener algo de paz? Alejados del mundanal ruido de Paris.

—Por hoy, los dejaré descansar —reveló Nathalie, entregándoles un folleto de la isla— Acomódense a gusto. Este es el mapa, por si desean saber dónde están parados. El poblado más cercano está bajando la colina, a unos 3 kilómetros, no muy lejos de aquí —explicó— Nora tomará la habitación del fondo. Ella será su cuidadora, ya que es la que mas sabe de la zona.

—¿Y tú, Nathalie? —consultó Adrien— ¿Dónde dormirás?

—No te preocupes, Adrien. Yo tengo un lugar donde dormir —expresó con templanza la mayor— Vendré por ustedes por la mañana. Si necesitas cualquier cosa, tienen el teléfono de la recepción para contactarme.

Lo chistoso es que no había nadie en la recepción. Prácticamente éramos amos y señores de la casona. De igual forma, eso no me preocupó del todo. Luego de darme unas vueltas por el recinto, noté que estaba super equipada. Hasta teníamos nuestra propia antena satelital, en el patio trasero; acompañada de una terraza bastante elegante, con antorchas de fuego, hamacas para reposar, un quincho de asados y un jacuzzi de lujo. No había que ser adivinos para saber, que esta propiedad era de los Agreste. La cuenta de la luz y del agua, venían a nombre de Gabriel Agreste. Hasta los tragos y la comida, eran de propiedad de él.

—Tranquilos, blanquitos —aclaró Nora, golpeándose el pecho— Están a salvo conmigo. Soy una guía de tiempo completo. No solo seré su cocinera personal. También soy quien sirve los tragos —les guiñó el ojo.

Me pregunto si Alya sabrá de esto.

Creo que no.

[…]

—Estamos tan lejos de casa, que incluso las constelaciones no son las mismas.

Le comenté a mi esposo, mientras nos metíamos en el jacuzzi. Por supuesto que vinimos preparados para ello. Trajimos nuestros bañadores. Nos servimos dos copas de champaña y brindamos a gusto, los dos solitos. Me profesé mucho mas enamorada de lo que me sentí antes, en casa. He de confesar que era lo más similar a la luna de miel que me proyecté en la cabeza. Emma dormía plácidamente en nuestro cuarto. Y si llegaba a despertar, la escucharía llorar desde el ventanal abierto de nuestro balcón. Después de todo, el silencio aquí es sumamente placentero.

Adrien nadó hasta mí, arrimándose contra mi cuerpo para besarme con intención. Se sintió muy bien. En algún punto, jalé sus cabellos hacia mi para compenetrar aún mas nuestro beso, cuando la tos masculina de un inesperado invitado nos separó de golpe. ¿Quién mas podía ser? El mismísimo, vistiendo solo un batín blanco invierno.

—Perdón, primo…no te vimos —se excusó Adrien, abochornado. Era la primera vez que se besaba con su mujer delante de el— ¿También quieres venir al jacuzzi?

—Por mí no se detengan. Son los más cercano a una porno que tendré —murmuró Graham de Vanily, con dejo de rijosa voz— Es el único jacuzzi que hay. Digamos que…—añadió, despojándose de la bata para meterse al agua— habrá que aprender a compartir las cosas entre nosotros.

Ah. Genial. Encima trae una zunga de leopardo. ¿Es en serio?

—¿Qué traes puesto? Por todos los cielos…—Marinette desvió la mirada, con vergüenza— ¿No podías escoger algo mas decente?

—¿Cuál es tu problema, Dupain-Cheng? —Félix arqueó una ceja, con malicia— Este es un traje de baño decente. De lo contrario, no los venderían.

—Es ridículo, Félix —se quejó la ojiazul, sumamente ruborizada— ¿Qué necesidad tienes de mostrarle al mundo la entrepierna?

—Si tanto te molesta, no la mires entonces —bebió del trago que mecía en su diestra.

¡Es imposible no mirarlo, tonto! ¿Y que quieren que haga, joder? No soy de fierro.

—Bueno, tienes razón —se encogió de hombros, afirmando la espalda contra la pared del jacuzzi— ¿Qué puedo hacer? A diferencia de Adrien, no me avergüenzo de mi tamaño —dijo con orgullo.

—Adrien tiene el tamaño perfecto —aclaró Marinette, bastante febril— Que tu seas un cachalote es otra cosa.

—Escucha, no seas tan egocéntrica ¿Sí? —espetó Graham de Vanily, gesticulando un mohín— No lo uso por ti, precisamente. Tu ya no me gustas.

—¿Quieres llamar la atención de Kagami, acaso? —sugirió la señora Agreste, arqueando una ceja con picardía.

—¿Y si así fuese, que? —chistó el rubio, tomando otro sorbo— Bah, ella está trabajando ahora mismo. De todas formas, no me da bola.

Silencio incomodo entre todos. Ok. Eso me dio algo de penita. ¿A ustedes no? Aunque si debo admitir que me sorprendió muchísimo su comentario. ¿Realmente le importaba su matrimonio? ¿Félix se tomaba las cosas en serio al fin? Ahora entendí mejor, lo que sucedió en el puerto. Le di un codazo a Adrien bajo el agua, incitándolo a inspirar a su primo, que ahora mismo parecía querer romper en llanto como una niña. Menos mal que despabiló a tiempo.

—Eh…Félix —murmuró Adrien, con mirada templada y voz apacible— ¿Sabes? A las chicas no les importa mucho eso. Si buscas llamar la atención de tu mujer, hay otros métodos.

—Uhg…que incomoda se volvió la conversación —Félix rodó los ojos, tratando de restarle importancia al asunto— ¿Qué me vas a decir ahora, romeo?

—Quizás deberías aclarar de una vez por todas lo que ocurrió en el ferri —sugirió su familiar, expresándole confianza con la mirada— ¿No crees?

—En realidad…—confesó finalmente— acepté venir aquí porque deseaba darle una luna de miel a mi esposa —tragó saliva, rehuyendo de la mirada curiosa de ambos— entre otras cosas, claro. Creí que sería bueno para ambos. ¿No es una buena idea?

Adrien y Marinette se miraron entre sí. Y automáticamente, asintieron repetidas veces, muy comprometidos con su revelación. Buscaban por todos lados, apoyarle de corazón.

—Si, sí, sí. Totalmente —comentaron al unísono.

—Me parece una excelente idea, Félix —indicó Marinette, brindándole una sonrisa amistosa— Y es muy dulce de tu parte, querer aprovechar el tiempo así. Les ayudará a conocerse mejor. Pasar tiempo a solas, lejos de los problemas y eso.

—Vale, yo no sé mucho de estas cosas —admitió el inglés, ruborizándose a mas no poder— Tal vez…pueda aprender algo de ustedes, si los veo un rato.

Ay…por dios. ¿Quién lo diría? Se ve tan tierno abriéndose así —pensó Dupain-Cheng, despabilando— Yo…yo creo que sí, Félix. Y me alegra mucho que quieras tomar a tu primo de ejemplo a seguir. Adrien tiene mucho que enseñarte. ¿Verdad, mi amor? —miró a su cónyuge.

—Por supuesto, primo —Adrien se arrimó hasta el, tomándole de las manos como si fuese su pareja— Te ayudaremos. Cuenta conmigo para lo que quieras.

—Gracias…Adrien —musitó— Pero deja de agarrarme tanto las manos. Soy algo sensible y me caliento.

—Es el agua —aclaró el rubio— Está hirviendo.

Ya. Pero ¿Por qué eres tan payaso para tus huevadas? Suspiré. Este chico ha madurado muchísimo desde que lo conocí. De hecho, ahora mismo, casi no lo reconozco. Ni en mis pesadillas lo hubiera visto desahogarse con tanta soltura y sensibilidad con nosotros. Siempre pensé que su matrimonio arreglado era una farsa para la tele. Y ahora mismo…se ve tan comprometido con la causa, tan compenetrado…que la ternura me invadió por completo. Deseaba de todo corazón, que alcanzara la felicidad tanto como yo, la alcancé con mi gatito.

—¿Sabes? —acotó Marinette, riendo bajito— Adrien y yo también estamos de luna de miel. Así que… ¿Qué crees? Es una luna de miel doble.

—Me agrada como suena eso —argumentó Graham de Vanily, levantando su vaso— Un brindis entonces, por ambos matrimonios. Y que todo salga bien mañana.

—Un brindis —contestaron unánime, chocando sus copas.

Por unos segundos olvidé, que esta es mi familia ahora. ¿Pueden imaginar algo así? Que estúpida soy. Este es el padrino de mi hija y está, tan ansioso como Adrien de por fin ver a los Agreste, mañana. Necesito enfocarme más. Charlamos hasta muy entrada la madrugada. Acá no corre ni una brisa de frio, así que era imposible congelarse hasta el amanecer. Bebimos, degustamos algo de comida y nos fuimos cada quien a sus cuartos.

Con mi esposo nos despedimos de nuestra bebé y nos metimos a la cama. Aunque yo, dentro de mi infinito desvelo, capté que este no lograba pegar pestaña alguna. Seguramente la angustia se lo estaba comiendo por dentro. Se removía de derecha a izquierda, de arriba abajo, sin encontrar un lugar de punto medio para conciliar el sueño. No es para menos. Mas de 21 años sin ver a tus papás. ¿Cómo reaccionarías tu?

—Mi vida…—musitó la señora Agreste, en medio de la penumbra— Tranquilo…todo estará bien. Se que no puedes dormir porque te sientes intranquilo. ¿Quieres hablar de ello?

—No. Realmente…no quiero hablar de ello —confesó Adrien, volteándose para mirarle a los ojos— Por el simple hecho de no saber, que decirte. Es que no sé qué sentir.

—No pasa nada, Adrien —susurró con calidez la fémina, acariciando su mejilla con ternura— No tiene nada de malo no saber que sentir, ante una situación así. Por favor no te encasilles en nada. Solo…déjate llevar por el momento ¿Sí? Se tu mismo. Ya verás que todo saldrá bien.

—Gracias, cariño —aceptó de vuelta, con la misma ternura que le brindaba su amante. Acto seguido, besó sus labios, envolviéndola entre sus brazos— No estoy solo en esto. Eres la mejor esposa que un hombre puede pedir. Tu cariño me hace querer dormir.

—Si…—balbució, aferrándose a su pecho con dulzura— Vamos a dormir…

Bueno…era lo que ambos pretendíamos hacer. En realidad, yo estaba tan cagada como él. Pero no precisamente por la ansiedad. Si no mas bien, por el miedo. Miedo a sentirme rechazada. Con todos los antecedentes que manejaba de la familia Agreste, lo importante que eran, la razón por la cual se escondieron, lo que estaba en juego. Yo…soy solo Marinette Dupain-Cheng. ¿Saben? No soy nadie realmente. No soy una mujer de la aristocracia o de una familia adinerada, refinada y con mucho estatus social. Solo soy una mujer común y corriente, una estudiante ordinaria de bellas artes que aun no se titula, profesionalizada en barista. Me casé con Adrien porque me enamoré de él, aunque viniera con un bonus track de por medio. Y me embaracé de él. Tuve una hija de un Agreste.

¿Sería nuestra historia suficiente para sus padres? ¿Eran ellos exigentes? ¿Me aceptarían o me rechazarían? ¿Cómo era realmente Emilie? ¿Sería una buena mujer? ¿Su padre resultaría ser un déspota? De verdad, no puedo con tantas preguntas. Miré el reloj de mi celular, eran las 4:10 de la madrugada. Nathalie pasaría por nosotros a las 9:50 de la mañana. Si no dormía ahora, estaba frita.

Cerré los parpados, en un intento por alcanzar un sueño reparador. Cuando de pronto, un golpeteo insistente contra la pared, del respaldo de mi cama me robó el ensueño. ¿Qué pasa? ¿Un terremoto?

Apreté los labios, aguantando la respiración. No les miento cuando les digo, que el silencio era tal, que si volaba una mosca se escucharía en toda la habitación. Estas paredes de madera, resultaron ser mi condena. Pues los residentes del cuarto contiguo al nuestro, no parecían estar haciendo yoga precisamente.

¿Qué es eso…?

¿Son los gemidos de…?

No puede ser cierto…

Que bien. Solo para rematar la noche, a Félix y Kagami no se les ocurrió nada más lindo que hacer el amor a esta hora. ¡¿Qué no ven que estoy intentando dormir?! Madre mía…que escándalo. De un momento a otro, juraría que mi presión arterial subió de 100 a 400. Era la primera vez que experimentaba una sensación así. Y no lo digo porque no sepa lo que se siente follar con el primo de mi marido, si no mas bien…por todo el ruido que eso implicaba. Apreté los ojos, rogándole a los dioses de que por favor pararan. Pero se escuchaban bastante entusiasmados. No les percibí para nada con ánimos de parar.

Cuando finalmente los abrí, Adrien estaba observándome con una mirada penetrante de la cual no pude escapar. Al igual que yo, sus pómulos se ceñían teñidos de un color carmesí muy atractivo. Pude sentir como tragó saliva con dificultad, sin emitir ni una sola palabra en el proceso. Cuanta…tensión. Si no la rompía ahora, la vergüenza me desayunaría por dentro. ¿Pero que le digo? Joder, no sé que hacer. ¿Qué se dice en un momento así?

Félix es algo brusco con Kagami… ¿No crees? —musitó, casi inaudible.

¿Qué? ¿Pero que mierda dije? Ni si quiera estaba pensando con claridad. ¡¿Qué carajos me pasa?! Estoy segura…de que Adrien se siente tan estimulado como yo. Me da risa, porque recordé cuando Félix dijo que nosotros seríamos los mas cercano a una porno. ¿No resultó ser al revés? Ahora que lo pienso, nunca vi una porno con mi esposo. ¿Sería buena idea intentarlo un día de estos? ¡Marinette, esto no es momento para eso!

¡Ah!

Me paralicé. Sentí la mano de Adrien sobre mi pecho izquierdo y a juzgar por la forma en que lo masajeaba, si que se había exaltado. Comenzó a respirarme ferviente en el oído, con toda la intención de replicar lo que su primo le hacía a su mujer. Vale…que diablos. Llevé mi mano hasta su bóxer, sobando por encima de la tela de arriba hacia abajo. No me costó mucho trabajo notar lo duro que estaba. ¿Tengo que agradecerle otra vez? Maldito pervertido…ni un respeto tiene por el prójimo.

Fé-Félix…—advirtió Kagami, entre jadeos— Marinette y Adrien…

Shhh…—se detuvo el inglés, haciendo una pausa en lo que cubría sus labios— ¿Escuchas eso…?

No me importa —imploró, aferrándose a el— No te detengas, estúpido.

Ohh si…—gimoteó contra sus labios, mordisqueándolos en el proceso— Es música para mis oídos…—y le dio otra embestida.

Tremenda sinfonía orquestal dimos esa noche. Recé para que Nora estuviera raja soñando con diosito. Afortunadamente, dormía con tapones en los oídos. Pero he de confesar, que fue el momento mas erótico de toda mi vida. Nunca me sentí mas conectada a alguien, que esa noche. Solo espero que me perdone mi hija, por cometer semejante acto en presencia de ella.

[…]

—¿Se quedaron de fiesta los cuatro, hasta tarde anoche? —insinuó Nathalie, cerrando la puerta del coche— Espero lo hayan pasado bien. A la finca, Nora —ordenó la mayor.

No sé si reír o llorar. Tanto Adrien como Félix tienen una sonrisa idiotizada en los labios, que no se la borra ni la caída de un meteorito para el fin del mundo. Les faltó hacer una orgía al par de huevones, con tal de satisfacer sus fantasías.

—¿Qué pasó, primo? —murmuró Félix, al oído de su primo— No sé tú, pero yo hago gemir mucho mas a mi esposa. Ella grita mi nombre, jeje —se burló.

—Tsk…eso no es cierto —siseó Adrien, indiscutiblemente sonrojado— Marinette disfruta mucho la intimidad conmigo —desvió la mirada con timidez— Es solo que nuestra hija estaba en el cuarto. No podemos ser tan irrespetuosos.

—Excusas. Por eso prefiero las japonesas —espetó, con soberbia— Ellas saben lo que es un hombre de verdad.

Los estoy escuchando, par de enfermos —rezongó Dupain-Cheng, encolerizada— Una palabra más y los mato.

—Si, señora —respondieron ambos, al mismo tiempo.

—Gracias, Marinette —masculló Tsurugi, mas atrás— Si no lo hacías tú, lo hacía yo.

Que par de imbéciles. Quise de verdad matarlos, pero ahora mismo solo tenía en mente una cosa: Caerle bien a mis suegros. La hermana mayor de mi mejor amiga, condujo por lo menos unos 10 kilómetros en lo profundo de la floresta, divisando a lo lejos como una casa en monolitos de piedra se alzaba en medio del boscaje. ¿Era este el lugar en donde se anidaban todos los secretos de la familia Agreste? Apreté el esfínter. Instintivamente, tomé la mano de mi esposo y caminamos juntos hasta el interior. No era una casa realmente, si no un templo. Algo así como un retiro espiritual. El olor a incienso me laceró la nariz. Un par de mujeres con túnicas moradas y tonalidades amarillas nos recibieron en la entrada. Nos ordenaron quitarnos los zapatos y guardar silencio hasta que una anciana de apariencia respetable nos dio la bienvenida; posiblemente en un idioma nativo del país.

Por su parte Nathalie, ingresó primero. Ya que detrás de un velo de cortinas traslucidas, nos aguardaban dos siluetas. La asistente platicó con ellos, siendo una de estas figuras la mas austera en alzar la mano, ordenando que entráramos. Entonces…todo se aclaró para nosotros.

Conocí a los padres de Adrien por fotografías que el mismo me mostró. Se notaba a leguas que eran personas honorables. Pero verlos en persona…era harina de otro costal. Dios santo. Una mujer de cabellera dorada y un varón de blanca nuca nos recibieron. Inconscientemente, Adrien y Félix dejaron escapar un quejido endeble. Seguramente, ambos habían reconocido a los adultos de enfrente. Si. Eran ellos.

Emilie y Gabriel Agreste.

—¿Mamá…? —musitó Adrien, completamente en shock.

—¿Tía…? —agregó su primo.

—Por todos los dioses…—Emilie se levantó de golpe del suelo, llevando ambas manos a su boca. Estaba pasmada de la emoción— ¿Adrien?

Fue el momento mas conmovedor que experimenté en mi vida. Emilie corrió hacia mi esposo, abrazándolo como si el mundo se fuese a acabar esa misma noche. Por supuesto que Adrien correspondió el gesto, aunque no le hubiera visto la cara en años o si quiera le reconociera. No hizo falta. Una madre y un hijo, siempre lograrán reconocerse, aunque pasen décadas.

Percibí como ambos rompieron en un llanto ahogado, mientras un poco mas atrás, Gabriel agreste se incorporaba a la reunión. Los tres, se abrazaron con fuerza; en lo que yo soltaba lagrimones de felicidad. Que escena tan hermosa…señores.

—Oh por dios…mi hijo…—balbuceó la ojiverde, repartiendo besos reiterativos por todo su rostro— ¡Oh dios! No puedo creerlo. Siempre lo supe…estabas vivo. ¡Mi niño! ¡Mi bebé! ¡Adrien! No sabes cuanto te extrañé.

Mamá…—siseó Adrien, lloriqueando contra su pecho— Tenía tantas ganas de verte…

—Y has venido con tu primo —agregó la caucásica, observando a su sobrino con melancolía— Ven a darle un abrazo a tu tía, Graham de Vanily.

—Tía Emilie…

Félix se derritió en los brazos de mi suegra, como un chocolate en pleno sol de verano. Nunca lo había visto tan conmovido en mi vida. Si tuviera que describir este momento, sin duda sería un mar de mocos y lágrimas. Hasta Nora lloró, aunque no entendiera ni mierdas. Nathalie también soltó un par de lagrimones. Esto es mejor que una telenovela venezolana. Se abrazaron, se besaron y se toquetearon por al menos 10 minutos, ignorando a todos los presentes. Hasta que finalmente, la progenitora del amor de mi vida, volteó su atención a mí.

Apenas la vi acercarse, me endurecí como una estatua. ¿Qué iba a decirme? ¿Me regañaría por haberme casado con su hijo? Un momento. ¿Al menos sabe quien soy? Podría solo tratarme como una amiga de su hijo o una intrusa. Me aferré a Emma como pude, muy cautelosa de su reacción. Mi bebita se removió incomoda en el canguro. No pensaba por nada del mundo soltarla, hasta que la mujer me brindó una sonrisa cálida, de esas que solo una madre te da.

—Así que tu eres Marinette Dupain-Cheng —murmuró la señora Agreste, depositando un toque tierno en su nuca— La esposa de mi pequeño Adrien.

—¿Nos…conocemos? —parpadeó Marinette, atónita.

—Nathalie nos contó todo —comentó Gabriel, mas atrás— Tu fuiste quien recibió a Adrien en su casa.

Me tenían estudiada de los pies a la cabeza, estos cabrones. Pero vamos, que no me sorprenda. Es natural que una familia adinerada haga esto con sus prospectos. Miré a Adrien, quien aun no paraba de hipar y luego a Emilie, mi nueva suegra. Asentí, dándoles la razón.

—Así es, señora. Yo soy Marinette —aclaró la ojiazul con cordialidad— La mujer de Adrien, su hijo.

—Y esta…—agregó Adrien, tomando a la pequeña Emma entre sus brazos— esta es mi hija, madre. Su nombre es Emma. Mia y de mi esposa. Porque nos amamos demasiado y la hicimos juntos, con mucho amor ¿Verdad, Marinette? —explicó, con el rostro febril mientras observaba a su pareja.

—Es verdad, cariño mío —aceptó Marinette totalmente ruborizada, complacida con sus palabras— Fue concebida con mucho amor.

—Tiene tus ojos, mamá —reveló— ¿Puedes creerlo?

—Que bebés mas lindos haces, Marinette —halagó la mayor, sujetando a la bebé entre sus brazos con cariño— No puedo creerlo. ¿Te das cuenta, cariño? —le habló a Gabriel— Nuestro hijo se casó. Y somos abuelos ahora. Adrien tuvo una bebita preciosa…

Es la segunda vez que me dicen esto. ¿Por qué todos asumen que la de la belleza soy yo? Es cosa de mirar a Emma. Es un papel calcado de Adrien. ¿A que se refieren exactamente con la belleza? ¿Es interior? Porque si es así, estoy de acuerdo. Definitivamente tengo el don de la perfección.

—No me cabe duda alguna que es tuya y de tu esposa, hijo mío —aclaró Emilie, abrazando con amor a su retoño— Huele tan rico…como tú, cuando eras un bebé.

—Me siento bendecido, madre —sollozó Adrien, trémulo y endeble con sus palabras. Pidió encarecidamente a su bebé de vuelta, abrazándola con fuerza— No sabes cuanto te necesitaba en mi vida…

—Yo también me siento bendecida, hijo —aclaró Emilie, abrazando a su hijo y a su nieta en el proceso— Ya no llores más. Pase lo que pase…estaremos juntos a partir de ahora.

—Madre…—farfulló el joven Agreste, limpiándose las lagrimas de los ojos— ¿Me quieres contar que sucedió durante todos estos años? ¿Por qué no fuiste por mí?

—Ay…mi adorado Adrien —la señora Agreste posó ambas manos en sus mejillas, esbozando una mueca de amor— Les contaré todo ahora. Quédense un poco más. Y sabrán la verdad…

[…]

Emilie y Gabriel nos ofrecieron alojamiento esa noche, pues sería un día muy largo para remembrar. El astro rey se escondió por el horizonte a eso de las 17:50PM. Lo cual, nos reunió a todos en medio de una fogata dentro del templo-casa, acompañados de una cena abúndate y mucho té de Sri Lanka. Si tuviera que definir a los padres de Adrien, siendo muy chismosa, diría que son Hippies. Pero en cuanto supe la verdad de su estadía aquí, todo ápice de mala onda me abandonó. Incluso Kagami quien se mostró en un principio atea a acercarse, se arrimó a su esposo, aferrándose a su brazo derecho para escuchar lo que Emili Graham de Vanily tenía que relatar.

—Puede que les parezca chistoso lo que les contaré —proveyó— Pero Gabriel y yo teníamos exactamente la misma edad que ustedes, cuando nos casamos —la rubia tomó un sorbo de su infusión de hierbas y comenzó el relato.

Cuenta Emilie—

Esa tarde y contra todo pronóstico, acepté la idea de irnos de viaje por ultima vez. Llevábamos meses recorriendo el mundo y nuestro destino principal siempre fue acabar nuestra travesía en Groenlandia; una tierra de nadie, inhóspita y fuera de serie para un matrimonio como nosotros. Sin embargo, no contábamos con que me embarazaría de Adrien. Admito que estaba feliz al principio, pero aquel sentimiento de jolgorio no duro mucho, al enterarme de que la responsabilidad de ser madre era mucho mas grande que mis ganas de aventurarme por el planeta. Un sentimiento de amor profundo creció en mí, junto con el bebé que se desarrollaba rápido en mi vientre. Y, en conclusión, decidí volver a Francia.

Mis intenciones eran tener a mi hijo en nuestra casa, en la comodidad y compañía de la familia. Pero todos mis planes se fueron por la borda, tras recibir una inesperada llamada, una mañana de primavera. Era mi hermana Amelie, quien había parido a su bebé. Era mi sobrino Félix. ¿Cómo no ir a conocerlo? Los tiempos apremiaban. Calzaban, como para darnos el lujo de ir y volver. No obstante, a ello, no contábamos con que nuestro pequeño retoño estaría tan ansioso por llegar al mundo. Adrien se nos adelantó.

Rompí bolsa sobre el avión que nos llevaba a Londres, esa tarde. Y no tuve mas remedio ni opción, que tenerlo ahí, en medio del océano. Cuando aterrizamos, los doctores me confirmaron dos noticias ese día. Nunca olvidaré sus palabras. Eran mi felicidad y mi condena mas plena. Adrien había nacido sano y salvo, como un niño normal. Pero yo ya no podría tener mas hijos. Mi útero, tras el parto se dañó severamente. No supieron explicarme si fue por la altura, el estrés o algo más bien genético. Los médicos dijeron que se había atrofiado como el de una anciana de 90 años. Por lo cual, el estaría destinado a ser mi único hijo, por el resto de mis días.

Fue frustrante, la verdad. Si no hubiese sido por mi hermana y sus designios, tal vez...nada de esto hubiera pasado.

Durante nuestra estadía en Inglaterra, Amelie y yo averiguamos sobre una tribu mística en los Himalayas, en donde concedían la fertilidad si alcanzabas ciertos rezos. En el fondo, solo estaba tratando de encontrar una cura a mi mal. Entonces, fue cuando a mi esposo Gabriel se le ocurrió la brillante idea de irnos al Tibet y acabar ahí nuestra aventura. No le vi lo malo en ello, ya que como dije, Adrien era mas mayor y pudimos solventarnos muy bien. Así que por supuesto que acepté de inmediato. El problema radicaba en mí. Yo, desde pequeña fui fanática del misticismo. Yo y mi hermana. ¿Si entienden lo que es eso? El arte de la magia y lo que ello implicaba. Por esos años, no pareció descabellado viajar a los himalayas, porque dentro de mi ingenuidad estaba buscando algo de aquello en mi vida.

Gabriel nunca se mostró reacio a la idea. Por el contrario, el me apoyó en todo. Tanto financieramente como espiritualmente.

Cuando llegamos al lugar, uno de los residentes de la zona nos informó que existía aquella aldea de gatos Pallas mágicos que concedían el éxito en la fertilidad. Eran Manuls, viviendo en un clan escondido en medio de la nada. Entusiasmada con la idea, nos adentramos con un guía en las montañas, esperando con ansias poder verlos.

Recé por encontrarme con su líder, una hembra que todos los lugareños adoraban. Por las noches le prendían velas, inciensos y oraciones. Incluso las mismas mujeres con problemas similares a los míos, decían haber sido curadas por esas plegarias. ¡¿Cómo no iba a creerles?! Si hasta las más ancianas lo profesaban.

Todo iba de acuerdo al plan…hasta que una noche, Adrien simplemente desapareció de nuestra tienda.

No. Realmente, todo salió fatal. Terrible y abominable para mí. En un comienzo, no comprendí el por qué había pasado todo eso. ¿Por qué a nosotros? Pensé. Me cuestionaba día y noche las razones. ¿Cuáles eran mis pecados? Solo quería…sanar mi interior. No dormí, noche tras noche, buscándolo por todas las montañas. Incluso si las mismas autoridades se rendían. No paré.

Estaba agotada, exhausta, frustrada, muy lastimada por dentro. Mi alma atormentada, me afligía, quemando como el fuego por dentro. Vagué solitariamente por varios días, hasta que una de las chamanas de la aldea me confesó, que la gran Manul confería la fecundidad solo a las mujeres sin hijos. Pero yo ya tenía uno. ¿Cómo iba a saberlo? Se me concedería el deseo de engendrar otro, solo si daba a cambio el que ya tenía.

Fue cuando acabé perdiendo la razón por completo. Literal, me volví loca. No pude soportarlo. Intenté quitarme la vida en mas de una ocasión, rogándole al cielo que me llevara una ventisca o que algún acantilado me tragase.

De no haber sido por Gabriel, que me rescató a tiempo, yo no estaría aquí ahora con ustedes. Decidimos que lo mejor sería desaparecer del mapa por un tiempo. Al menos para así, poder sanarme de la culpa que me comía por dentro. Pero siempre, con la esperanza palpitante en mi pecho, de que mi hijo seguía con vida en alguna parte. Nunca creí esa historia de que había fallecido. Un Manul no se comería a mi Adrien. No tenía pies ni cabezas. Era absolutamente, inaudito de creer…

Fin del relato de Emilie—

Si bien me sentí tan estupefacta como mis colegas, por tremenda historia narrativa, casi salida de un cuento de terror, el único que parecía un volcán a punto de estallar era Félix Graham de Vanily. Vi como apretó iracundo el vaso de plástico en su mano, arrugándolo por completo.

—¿Qué me estás contando, tía? —farfulló Félix, con la mirada encendida en furia— ¿Dices que ofreciste a Adrien como un trozo de sacrificio a un dios pagano?

Emilie desvió la mirada, cubriéndose la mitad del rostro con una pañoleta gris y comenzó a sollozar. No es que esté justificando el enojo del padrino de mi hija, pero de cierta forma lo percibí igual que él. ¿Qué mierda de relato era ese? ¿Así que todo este sufrimiento, fue culpa de su madre? Que porquería.

—Tiene que ser una broma —el inglés se levantó del suelo, azotando el objeto contra el suelo, mientras aullaba— ¡¿Estás jodiendome, Emilie?!

—¡Félix! —berreó Gabriel, frunciendo el ceño— ¡Ten más respeto!

—¡Tu no te metas, Gabriel! —rezongó de vuelta, mostrando los colmillos cual perro furioso— ¡Tu fuiste cómplice de esta mujer! —le apuntó— ¡Siempre supiste que fue su culpa y aún así no hiciste nada! ¡¿Acaso no se dan cuenta del daño que causaron?! ¡Destruyeron a la familia completa!

—¡¿Y qué querías que hiciera, eh?! —aulló colérico el mayor— ¡De nada sirve ya, culparla! ¡Han pasado 21 años, joder!

—¿No te das cuenta de que ya ha pagado suficiente? —murmuró Nathalie, con voz templada y mirada penetrante— Mira donde estamos. Ya nadie en su sano juicio podría soportarlo.

—¡Y a mí que me importa! —vociferó el rubio— ¡¿Acaso no se dan cuenta del daño que causaron?! ¡Destruyeron a la familia completa!

Félix, contrólate de una puta vez —masculló Kagami, jalándole del brazo para sentarlo violentamente a su lado— Comprendo tu ira. Pero creo que lo mas sensato, es que dejes que tu primo la expulse por ti. Mas que mal…—divisó a Adrien— el fue la carne al matadero.

—¡Adrien! —el ojiverde le interpeló— ¡Diles algo!

Para serles bien franca en cuanto a la descripción que podría darles de su expresión facial, diría que lo mas cercano es la nada. Un poker face. Mi marido ni si quiera se mostró impactado, triste, adolorido, molesto o retraído. Estaba ahí. Delante de todos. Mirada apática, manos reposando sobre sus muslos, cabizbajo. Solo los dioses saben que pasaba por su mente en esos momentos. ¿Odiaría a su madre ahora por saber la verdad?

—¡¿Primo?! —insistió Félix, completamente abrumado— ¡Despabila, tonto!

—¿Cariño…? —consultó preocupada, Marinette. Tras ver que su marido no reaccionaba, acarició su nuca con suavidad— ¿Te encuentras bien? Si quieres decir algo…

—Toda mi vida…—musitó Adrien, utilizando un tono de voz robótico y sin sabor— y desde que recuperé mi "humanidad", lo único que anhelaba mi corazón con la fuerza de mil caballos…era encontrar a mis padres y tener una vida normal. Ser un chico normal, como todos —expresó, esta vez depositando sobre el suelo, aquel anillo del gato negro que guardó durante meses sin llegar a usar— Pero no fue así. Y acabé convirtiéndome en Chat Noir, el niño que fue adoptado por una tribu de gatos Pallas en los Himalayas. Criado por el maestro Su Han, bajo una religión pagana. Esa era mi vida. Antes de conocer a Marinette y…cambiarla por completo a lo que es ahora —reveló, gesticulando al fin una mueca de satisfacción en los labios— Me siento supremamente completo, madre. Gracias a ti, puedo cerrar finalmente el ciclo que me ataba a ese ser salvaje del cual, me vi victima de sus arrebatos y dualidades. Viajé desde lo más alto de las montañas, en un barco carguero de la india solo para encontrar mi destino. Pero el…acabó hallándome a mi primero —observó a su mujer y su hija— Me siento bendecido.

Adrien Agreste se levantó del piso. Dio cuatro pasos hasta su s progenitores y les rodeó a ambos entre sus brazos en un cariñoso gesto de amor.

—Gracias…mamá, papá —murmuró con orgullo el rubio— Muchas gracias, por sanar mi corazón. La verdad, es que no siento nada malo por lo ocurrido. Y solo quiero que sepan, que no hace falta que yo los perdone. Porque eso ya lo hice hace mucho tiempo. Ahora necesite que ustedes lo hagan por si mismos —pidió, entre lagrimas joviales— Estamos juntos ahora, como una familia. No quiero nada más, que la felicidad de todos. ¿Entiendes, Félix? —citó a su primo, mirándole de reojo por sobre el hombro.

Esas palabras, se clavaron con firmeza en el pecho del inglés, quien, de mala gana, soltó un gruñido; rehuyendo de su mirada con dolor. Tampoco era correcto que los odiara por algo así, cuando ni si quiera el estaba en condiciones de hacerlo. Félix entendía el mensaje.

No hay…ni una pisca de maldad en Adrien. De eso estoy segura —pensó Marinette, frotándose los parpados para evitar llorar mas de la cuenta. Ella también comprendió con creces sus intenciones, asintiendo de vuelta— Mi marido es feliz al fin. Con eso es suficiente para mí.

Fue la reconciliación mas bonita que he visto en mi vida. Los vi llorar y abrazarse como si nada del pasado hubiese importado. Vislumbré una idea revolucionaria en mí, en cuanto a lo que significaba la palabra "perdón". Adrien me había dado una ultima lección. Y es que el perdón, no existe como tal. No es algo que debas darles a las personas, para conseguirlo. Es algo que simplemente llega por añadidura, cuando alcanzas un estado de paz contigo mismo. Muchos dicen que cuando perdonas a alguien, te estas sanando tú mismo. Pero no es así ¿Saben? No hace falta perdonar a las personas, si no lo sientes. Nadie está obligado a hacerlo, para cerrar ciclos o círculos. Porque en el fondo, es algo que el universo te da, si crees merecerlo conforme actúes o mejores tus actitudes.

Conocer a este hombre, me abrió un camino nuevo en la vida. Cuando comprendes que no existen los errores, ni las equivocaciones, sino que son experiencias necesarias que nos hacen mejor persona, entiendes que el perdón no existe. Solo estabas aprendiendo y ya. Adrien no sacaba nada con juzgar a sus padres. Era lo mismo que clavarse un puñal en el pecho.

Emilie me llamó con la mano, pidiéndome con la mirada que por favor los acompañara en su apretón. Me aproximé a ellos, cargando a Emma entre mis brazos. También exigió que Félix se acercara. Al principio percibí que no estaba de humor para ello. Pero el silencio le otorgó la razón. Y acabó al igual que yo, abrazándolos.

Gracias, por tanto, amigos. Perdón por tan poco. Este viaje, es lo mejor que nos pudo haber pasado a todos.

[…]

—¿Te sientes bien, Adrien? —preguntó Dupain-Cheng, sobándole el hombro con suavidad.

—Me siento de maravillas, Marinette —musitó el joven Agreste, depositando un beso casto en su frente— Me siento…ah. ¿Cómo explicarlo? —suspiró con regocijo— Es el mismo sentimiento que tuve cuando hicimos el amor por primera vez. Como cuando recibí mi primer sueldo. O cuando nació Emma. Y la vez que nos casamos. ¿Cómo poder describirlo? Me late el corazón a mil por horas —carcajeó jubiloso— ¡Tengo muchas ganas de reír y de bailar!

—¿Te gustaría hacer una fiesta? —sugirió su cónyuge, apretándole los cachetes con fuerza— Yo me animo. Después de todo, estamos en nuestra luna de miel ¿Recuerdas?

—¡Quiero hacer una fiesta! —chilló, apretujando a su esposa y a su hija en el proceso— ¡Todos juntos!

—Me parece una estupenda idea —proveyó la señora Agreste, besuqueándolo con ganas sobre sus labios— Hasta tus besos saben mas ricos, cuando estas feliz. ¿Sabias?

—Solo espera a ver qué otra cosa sabe más rico, mi lady —insinuó con picardía el ojiverde, tomándola de la cintura— Este gato quiere darte mucho amor esta noche.

—Pillín —le mordisqueó la mejilla, en tono infantil.

Nos quedamos un par de días mas en la isla, solo para afiatar la confianza con mis suegros y aprovechando, de organizar la anhelada fiesta. Emilie y Gabriel también me pidieron disculpas a mí. Y de paso, agradecieron enormemente la contribución que hice con la causa. No era para menos. Después de todo, yo fui la única que acogió a ese gatito en un día de lluvia, aquella noche en parís. Jamás dudé ni un segundo en ayudar a mi prójimo. Ni mucho menos lo dejaría solo en su búsqueda. Me sentí tranquila al saber que no resultaron ser los adultos de mierda que creí. Por el contrario, eran muy bondadosos los dos. Sin duda son los papás de mi esposo.

Descubrí un par de cosas luego de que nos reunimos esa tarde. La primera, es que la Isla era propiedad de los Agreste. ¿Pueden creerlo? ¡Cuánto dinero tenía esta gente, como para comprar un pedazo de tierra como este! Así que no fue mucho problema en organizar una velada en la playa. Incluso invitaron a algunos lugareños que, con el tiempo, les agarraron mucho cariño. Pues Gabriel invirtió mucho de su patrimonio en arreglar las vías del poblado. Instaló luz, wifi y agua potable. Es verdad que habían cerrado sus cuentas en Europa. Pero en Asia, jamás dejaron de invertir en mejoras para la humanidad. No creí que fuesen tan caritativos. Pero vamos, ya nada me sorprende.

Hubo alcohol, música suave y muchísima comida. Sobre todo, fruta. No recuerdo cuando fue la ultima vez que comí tanta fruta. ¡Y de tantos sabores! Creo que me voy a enfermar del estomago por mezclar piña con mangos. Todos parecían felices con el resultado de nuestra visita, excepto uno en particular. Félix Graham de Vanily.

Creo ser la única que se percató de su agria actitud. Le vi alejado de todos, muy silencioso. ¿Qué estará pensando? Tenía en la mano una botella de alcohol a medio beber. Observaba la puesta de sol, muy ensimismado en el mismo, con el pantalón subido y parado en el borde de la playa, dejando que las olas le mojaran los pies. Me preocupé. A diferencia de mi esposo quien es un libro abierto, mi ex jefe no era para nada muy comunicador. Y no es que estuviera juzgándole. El…es así. Quise pedirle a Adrien que hablara con él, pero para mi sorpresa no fue necesario. Cuando fui a buscarle, el ya estaba parado a su lado. Solo espero que solucionen sus asperezas, si es que las hay.

—¿Qué bebes? —examinó el Agreste, contemplando el sol esconderse contra las olas— Se ve que te gusta.

—Ron —reveló Félix, bebiendo un sorbo desde la boquilla de esta— Es dulce. Sabe bien.

—¿No me quieres convidar un poco? —propuso con ternura.

—Adelante —Graham de Vanily le ofreció la botella, sin ningún otro particular. Llevó ambas manos a sus bolsillos— Solo procura comer algo salado o te dejará una resaca mañana. Es fuerte.

—Si que lo es ¡Cof! ¡Cof! —carraspeó el francés, tras haberle dado una bocanada a la bebida. Se la devolvió— Siempre he admirado tu capacidad para consumir alcohol. ¿Sabes? Tienes hígado y riñones de acero. Bebes unas cantidades exorbitantes de el y jamás te he visto ni por un segundo, ebrio. Quiero decir, si te has emborrachado —rió— Pero no se te nota. Siempre te comportas como una persona estoica, sin perder la cordura. Eres sereno y diría que incluso hasta te vuelves mas sensible —halagó, esbozando una sonrisita jovial— Te admiro mucho, primo. Eres un hombre responsable para beber.

—¿Qué quieres, Adrien? —espetó, desviando la mirada con melancolía.

—Saber el por qué, te gusta tanto la bebida ¿Quizás? —el mecánico se echó a reír.

—Soy británico —se encogió de hombros.

—¿Todos los británicos son así? —siseó— ¿Alcohólicos?

—La mayoría —comentó con sarcasmo.

—Es como decir que los franceses no se bañan —bromeó Adrien.

—Pero si es verdad. No se bañan —bufó Félix, empinando el codo para darse otro trago de lleno. Ya se sentía borracho— No finjas. De aquí huelo el pescado.

—Eso es porque estamos en el mar, tonto —se mofó Adrien, un tanto borrachito también— Aquí todo huele a pescado.

—Sé lo que quieres —el gerente de Le Miraculous había cambiado de golpe el tema de conversación. Exhaló con frustración, ante sus claras intenciones— Pero te daré un consejo que te ayudará en la vida. ¿Ok? Nunca esperes nada de la gente. Ni mucho menos las idealices, porque saldrás decepcionado. Y las decepciones lastiman.

—Félix…—Adrien cerró los parpados, bosquejando una sonrisa jovial— No espero que perdones a mi madre.

—No iba a hacerlo tampoco —sentenció, añadiendo un trago a sus palabras. Arrugó la nariz en el intertanto— No hace falta.

—¿No acabas de decirme que no debería esperar nada de la gente? —murmuró Adrien, girando el cuerpo para quedar de frente a él. Tomó la botella que sujetaba su compañero, solo para que le escuchara con atención. Su familiar estaba realmente ebrio, como nunca antes. Y por lo mismo, le conocía mejor que nadie en momentos así— Eres un hombre que da muy buenos consejos. Pero veo que no los sigues. Estás así, porque te has decepcionado de tu tía. ¿Crees que no me doy cuenta del como la miras, Félix? —reveló— La amas tanto, pero tanto…que llegaste a idealizarla a tal punto, de no darte cuenta de que era una humana como todos, capaz de cometer semejante error.

—¿Qué estás…? —el inglés tragó saliva, completamente boquiabierto— Cállate, Adrien. Yo, no…

—No te pido que la perdones ¿Ok? —Adrien le abrazó con fuerza, musitando en su oído con nostalgia— solo quiero que entiendas. No somos perfectos. Tu mejor que nadie lo sabe.

—¿Por qué mierda me pides algo como esto a mí? —le regañó, sin llegar a luchar por soltarse de su agarre— Suéltame. No es a mi a quien deberías pedirle esto. Es a ella.

—Te lo pido a ti, porque te amo, primo —siseó Adrien, con total sinceridad en sus palabras— Eres como mi hermano ¿Sabías? Y aunque no te guste, te admiro mucho. Si he de esperar algo de alguien, siempre será de ti. Si bien me dices que no debo hacerlo, lo hago…—confesó— porque sé que puedes dar eso y mucho más. Eres un buen niño, Félix. Estoy orgulloso de que seas el padrino de mi hija. Gracias por haberme buscado durante tantos años y jamás rendirte. Es algo…que nunca olvidaré.

—…

Quiso con todas sus fuerzas, intentar no llorar. Pero le fue imposible. De sus ojos, brotaron lagrimas anidadas en añoranza desde hace tantos años, que infames rodaron solas por sus mejillas. Vamos a culpar al alcohol ¿Ok? Es lo mejor. Pues para alguien tan sensible como Félix, era imposible admitir semejante debilidad. Y mucho menos en medio de una fiesta.

A lo lejos, sin ser testigo de lo que ambos llegaron a platicar, asentí contenta por el solo hecho de verlos abrazados. Me di por pagada, pues presentí que ese sería otro ciclo más, cerrado para los Agreste Graham de Vanily.

Alguien tocó mi hombro. Eran Emilie y Gabriel. La primera, cargaba a mi hija con mucho cariño entre sus brazos.

—Señores Agreste —murmuró la ojiazul, con sumo respeto.

—Marinette —expresó la rubia, frotando cariñosamente su nariz contra Emma— Has traído la alegría a nuestra familia, devolviéndonos el amor que nos hacía falta. Y solo quería decirte que…con mi marido y yo, hemos decidido volver a Francia.

—¿Qué? —exclamó entusiasmada— ¡¿De verdad?!

—Pero…—acotó Gabriel, acariciando la mejilla derecha de la menor— solo si nos permites estar cerca de nuestra nieta. Y nuestro hijo, claro.

—¿Pero que cosas dicen? —Marinette se rascó la nuca, muy nerviosa— No tienen que pedirme permiso para eso, señores Agreste. Adrien es su hijo y Emma su nieta, jeje…

—Tu también eres un Agreste ahora —declaró Emilie, sujetando con firmeza el mentón de la menor— Nunca lo olvides.

Es cierto…que estúpida soy, casi lo olvido —Dupain-Cheng asintió, con las mejillas coloradas de alegría— Toda la razón, suegra. Ah. ¿Si puedo llamarla así?

—Llámame Emilie, cariño —la fémina depositó un beso en su frente— No hace falta tantas formalidades.

—Eh…—el peliblanco soltó una tos bastante recelosa— Ejem…yo prefiero que me llames monsieur Agreste, si no fuera mucha la molestia.

—Está bien, señor Agreste —aceptó, relativamente incomoda.

—Ay, cielos —la ojiverde rodó los ojos con sarcasmo— Mi marido es tan anticuado. Se quedó pegado en los años 20. Perdónalo, no sabe lo que dice.

—Para mi sería un honor que regresaran con nosotros —esclareció Marinette— No saben lo feliz que harán a mi marido. ¡Eh! —despabiló— Quiero decir, Adrien.

—Tranquila —Emilie le cerró un ojo con picardía— Es tu esposo. Dile como quieras. Además, haces bebés tan lindos que si quieres…nos puedes sorprender con mas, jeje…

—¿Eh…?

Vale. ¿Qué quiso decir con eso?

[…]

¿Qué puedo decirles? Fue una luna de miel y unas merecidas vacaciones de lujo. Todo salió como lo planeado. Regresamos a Francia con el corazón mas que llenito. Hubieran visto como Adrien no paraba de sonreír con sus padres. Al punto, de que no pude evitar plasmar nuestras aventuras en papel, porque por supuesto que sacamos muchísimas fotos juntos. Me di el tiempo de llenar nuestro living con fotos familiares. ¡Y de todo tipo! Me confieso fans de mi marido y de mi hija, como una loca psicópata de los paparazis. Además, todos son tan guapos…uff. ¿Habían visto una familia tan linda? Obvio que no. Mueran de envidia, porque es mía todita de mí.

Finalmente logré cerrar el trato con Alix y fundé mi propia cafetería. Y a que no adivinan como la llamé. Sip. Cafetería, Le Chat Noir. ¿Qué original, no? Si me quieren demandar por copyright, hablen con mi abogado, putitos.

¡Fue un completo éxito! Todo el mundo vino a la inauguración. Mis amigos, mis conocidos, mamá, papá, mis suegros, mi marido. ¡Hasta Félix y Kagami asistieron! Aunque claro, estos dos, solo buscaban criticarme por cualquier cosa. No me molestó. Se que son agrios, el parcito. Pero aprendí a llevarme bien con ellos, ya que después de todo yo me convertí en su mayor competencia en Francia. De todas partes del mundo, viajaban para probar mis infusiones de café. ¿Recuerdan que quería ser barista profesional? Pues ahora lo soy, señores. 12 tipos de cafés, cada uno con un concepto original y propios de mí. Adiós a Le Miraculous. Esas preparaciones eran mías. Y aunque parezca increíblemente sorprendente, Félix accedió a darme los créditos por mi trabajo. ¿No es genial? Me alegra que ya no me trate como una traidora. En algún momento le tocaba madurar al muy soberbio.

Sin contar el hecho, de que papá se ofreció a ser mi proveedor principal de la pastelería. Si vienes a Paris, por favor visita el Chat Noir, no te arrepentirás. Aquí encontrarás toda una variedad de cafés de todo tipo. Y dulces por doquier. Los mejores Chouquettes del país. Eclaires, Volován de manzana, Baguettes recién horneados, Croissant de vainilla, etc.

Ese año, acabé graduándome de la facultad de bellas artes con honores. Mi profesor estaba orgullos de mí. Me otorgó mi titulo en una ceremonia solemne, en donde pedí explícitamente que mi esposo y mi hija participaran en ella. Nos tomamos una fotografía sobre el podio muy bonita. Y la enmarcamos, junto a mi titulo en medio del comedor, solo para poder contemplar mi éxito profesional con inmodestia.

Adrien confesó sus ganas de estudiar también por fin. Se decidió por el modelaje. Sus padres eran los mas felices, ya que siempre soñaron con que su hijo sería el rostro de su marca de moda. Re abrieron su tienda en Paris y también, las que tenían alrededor del mundo, retomando así sus cuentas en el extranjero y en bancos nacionales. ¿Lo pueden creer? Mi marido ahora es rostro de revistas. Admito que aún me da algo de celos, pero vamos…no so y quien para opacar su belleza. Que el mundo sepa que el hombre mas guapo de toda Francia es mi esposo. El tiene dueña ¿Ok? Y esa soy yo. Confío plenamente en la fidelidad de Adrien. Es mi hombre, mi chico. No conozco a nadie mas dedicado a la familia que él.

Los años pasaron volando para nosotros. Ya que yo tenía mis dotes de artista, me dediqué al máximo a explotarlos, pintando y creando retratos para mi propia cafetería. Siendo mi propio esposo, el modelo de portadas de revistas para mi emprendimiento.

No supe nada mas de Félix y Kagami, he de admitir. Me llegó el rumor de que ambos vendieron la franquicia en Paris y se fueron a vivir a Japón. Un día, Adrien me llegó con la noticia de que ambos habían fundado una organización sin fines de lucro para los niños enfermos en África. Nos mandaron fotos, de hecho. Al parecer, Félix conversó finalmente con su esposa y decidieron no tener hijos. No me extrañó la noticia. Mi ex jefe nunca se profesó amante de tener su propia prole. Pero a cambio, dedicarían todo su tiempo, vida y dinero en cuidar huérfanos alrededor del mundo. Cada quien invierte su vida en lo que gusta ¿No les parece? Vi como Félix gozaba en ser el padrino de todos. Vaya egocentrismo. Incluso le pagó la universidad a mas de alguna persona. Apadrinaba asilos de ancianos, orfanatos y también casas de rescate animal. Al parecer, amaba a los perros.

Adoptaron cuatro perros Akita en japón, creando así la mayor reserva de conservación Shiba Inu del país. Se compraron una casa en Okinawa y Kagami, se pasó el resto de sus días invirtiendo en el proyecto.

A pesar de vivir lejos, todos los años, nos llegaba un regalo de ellos para navidad. Y, de hecho, no estuvieron ausentes para los cumpleaños de Emma. Cuando mi pequeña cumplió 6 años, Félix se dignó a visitarnos.

Se había dejado una barba muy masculina y profesaba la religión del budismo. ¿Quién lo hubiera imaginado? Fue muy chistoso. Hasta dejó la bebida. Solo pidió leche de cabra, porque decía que las vacas eran sagradas y toda esa madre.

Emma adoraba a su padrino. Félix tenía un sinfín de historias que contar. Era un libro de aventuras, por su paso en el mundo. Ya que viajó muchísimo ayudando al prójimo.

Mi amor por Adrien jamás declinó. El acabó sus estudios de modelaje en un instituto privado y decidimos tomarnos unas vacaciones bien merecidas, mientras mis suegros cuidaban a nuestra hija.

¿Saben a dónde nos fuimos? Así es…

Al Tíbet.

Pasamos tres meses ahí, caminando las mismas laderas y montañas que Adrien recorrió de pequeño. Fue una experiencia increíble y muy espiritual por lo demás. Me llevó a conocer la tribu de Manul y rastreando su paso, dimos por fin con la aldea de Su Han. No fue un sueño, señores. El tipo era real. Un pelado de poca monta, con harapos de vestimenta, que nos presentó a la gata líder de la aldea. Con la edad, ya era la hija de la felina que adoptó a mi esposo. Pero fuimos muy respetuosos con ella y le dimos las gracias por tantas bendiciones.

Adrien dejó el anillo de Chat Noir en su templo, deshaciéndose al fin de la profecía.

Era tal…y como confesó Emilie. ¿Saben? Los rumores sobre la fertilidad de los gatos Pallas, siempre fueron ciertos. Fue casi como magia. Algo había en esas montañas…que el solo hecho de respirar su aire, nos enloqueció. Algo brotó en nuestra anatomía, removiendo nuestras feromonas. Nos quedamos ocho días en el poblado. Pero durante esos cuatro días y cuatro noches, hicimos el amor como unos salvajes, sin parar. No les miento. Dia y noche, no paramos. Era como si una fuerza sobrenatural se apoderara de nosotros. Fue tan intenso todo…con tanta pasión, que, al volver a Francia, acabé embarazada.

No me importa el sexo del bebé. No me importa si era uno, o dos o cinco. El amor que siento por Adrien no me da chances de pensar en nada. Hicimos un muñeco juntos. ¿Qué mas quiero? Y si este era mi destino al final, lo abrazaría con gusto.

He fundado mi cafetería con aroma a gato. El perfume de Chat Noir, me ha dado todo lo que siempre quise en la vida.

Insisto. Vengan a tomar algo. ¿De que sabor lo quieres? Te recomiendo la especialidad de la casa. Se llama:

Amor eterno.