DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: Skip Beat! no es mío. Estas letras que vas a leer, sí.

Dedicado con cariño —siempre— a kikitapatia, por su paciencia, su amistad y su alma generosa. Feliz cumpleaños, querida mía, que el sol y la luna alumbren tus pasos y tu sonrisa. Gracias por estar ahí.


UNA PREGUNTA (IN)CONVENIENTE

—¿Todos los hombres te ponen nerviosa o soy solo yo? —preguntó Ren, los ojos velados por aquellas larguísimas pestañas, apoyado con indolencia contra la pared del ascensor. Y luego suspiró, con algo parecido al cansancio. O a la decepción consigo mismo, quizás…

Kyoko, sin embargo, se encontraba en el extremo diametralmente opuesto, poniendo entre ambos toda la distancia que pudiera darle el estrecho cubículo. Como si eso pudiera protegerla de sus seductoras artes de playboy, ¡JA! Es que ella ya no era capaz de entrar en un ascensor con la misma indiferencia de antes, desde que ocurriera aquella…, aquella declaración de amor tan recíproca y tan aceptada.

La pregunta de él habría resultado…, digamos sensual, o como mínimo sugerente, en cualquier otro contexto, o mejor dicho, para cualquier otra persona. ¡Era Tsuruga Ren, por todos los dioses! Pero fue Kyoko y no otra la destinataria de tal pregunta. Así que era posible —más que posible— que, aunque la pregunta sí que sonara inevitablemente sensual, ella sentía —de alguna manera— que no estaba destinada a serlo.

No es que Kyoko estuviera preparada para darle una respuesta. Al menos, no todavía, cuando su mente aún lidiaba con la idea de que este hombre realmente la amaba y que las cosas que ella sentía, también debía sentirlas él… Y que ella, la niña abandonada, la criada, la sombra insignificante…, había sido escogida por el corazón de este hombre…

—No creas que no te he observado, Mogami Kyoko —continuó él ante su silencio, utilizando su nombre completo, hecho que hizo que Kyoko no pudiera seguir ignorándolo más y enarcara una ceja con extrañeza—. Y no alcanzo aún a tener una respuesta clara. No es muy agradable verte huyendo de mí cada vez que estamos a solas, ¿sabías? —le reprochó él, y de nuevo alcanzó a Kyoko aquella sensación de tristeza y decepción—. Por nada del mundo querría que las cosas se pusieran incómodas entre nosotros dos… —añadió, bajando la voz y la mirada, haciéndole parecer un niño compungido—. No huyas de mí, por favor…

Las puertas se abrieron, salvándola de más explicaciones y ella se dio prisa por salir y poner los pies fuera, echando a andar lo más rápido posible sin rozar la descortesía y con el corazón enloquecido —huyendo, efectivamente—, aunque al otro, gracias a sus largas piernas, no le costó nada alcanzarla y seguirle el paso.

—¿Soy solo yo? —insistió él. Ella entornó los ojos y apresuró incluso más el paso, queriendo evitar que sus mejillas estallaran en llamas. «¿Pero este hombre no tenía ningún recato al preguntarme algo tan íntimo?», se dijo—. Ya te dije que no tengo intención de hacer que esta…—vaciló un tanto—, esta relación nuestra —acabó diciendo— cambie en lo más mínimo. Y sabes bien que jamás te forzaría a hacer nada que no quisieras.

Ella entonces frenó en seco, casi clavando los pies en el suelo. Él aún la adelantó unos tres pasos antes de que su cerebro registrara el hecho, pero luego retrocedió hasta ponerse de nuevo a su lado y se la quedó mirando, ladeando la cabeza intrigado por cuál sería la razón que la había hecho detenerse tan repentinamente.

—¿Y eso me lo dice la misma persona que me amenazó con veinte pisos de escaleras y cargarme al estilo princesa si no le contaba lo que él quería saber? —le espetó ella sin reparo alguno, alzando el dedo índice y agitándolo severamente delante de su cara. Un par de técnicos que estaban trabajando en la iluminación del pasillo se les quedaron mirando—. ¿El mismo maestro de la manipulación que Japón ignora que realmente eres?

—No es lo mismo, Kyoko-chan —replicó él, agitando las manos con aire inocente y una sonrisa divertida en el rostro. Los técnicos se encogieron de hombros y siguieron con su trabajo.

—¡Es lo mismo! —exclamó Kyoko, sintiendo crecer las iras de la frustración—. ¡Y no me llames así!

—¿Por qué no? —preguntó él, con una inocencia tan evidentemente fingida que le dieron ganas a Kyoko de borrársela de un sopapo.

—¡Lo sabes bien! —volvió a exclamar Kyoko. Y una vez más, echó a andar sin dignarse a esperarlo, yendo contra todo lo que le inculcaron sobre el respeto a su sempai.

Claro que Ren lo sabía. Solo Corn la llamaba así, a pesar de sus protestas. Además, ella había insistido tanto en que solo su futuro esposo podría llamarla de esa manera que había acabado dándole a Tsuruga Ren toda la cuerda para ahorcarse ella solita… Las implicaciones del uso del "Kyoko-chan" estaban bien claras: si existía alguien que pudiera llegar a ser algún día su esposo, ese era un novio. Y él era lo más parecido a un novio no-novio que Kyoko había tenido nunca. Y el muy rufián lo sabía bien, porque sonreía con esa sonrisa suya matademonios, tan resplandeciente que los rencores kyokanos eran incapaces de resistir y caían abatidos uno tras otro bajo su fulgor.

Cuando llegaron por fin al camerino de Kyoko de TBM, él se detuvo junto a la puerta y regresó a ser el gentil caballero que habitualmente era:

—Esperaré fuera —le dijo, con una leve reverencia. Kyoko se aferró a la correa de su bolso y tomó aire antes de hablar. Aún no se podía creer lo que estaba a punto de decir…

—No hace falta, Ren-san —declaró, exhalando un suspiro de resignación. A él las mariposas le volaban enloquecidas en la boca del estómago cada vez que ella lo llamaba así. Era un pequeño triunfo reciente del que se sentía tremendamente orgulloso, casi como si hubiera derribado los muros de Jericó él solito…—. Llamarás aún más la atención si te quedas afuera —añadió, haciéndose a un lado y ofreciéndole a pasar primero—. Entra y luego te acompañaré a la sala de espera de los invitados.

Él la observaba en silencio, sin apenas moverse, y sus ojos no la perdían de vista mientras Kyoko preparaba el plumífero traje, sacaba de su bolso su cinta para el pelo y ponía junto al biombo los accesorios con los que vestirían hoy a Bo.

—¿No vas a responderme? —preguntó Ren al cabo, preguntándose si sus silencios antes eran tan tensos y expectantes como el de ahora.

—¿Vas a seguir con eso? —le protestó ella, sin mirarlo siquiera, concentrada como estaba en colocarle bien al pollo el velcro de la gigantesca pajarita roja de lunares blancos que luciría hoy.

—¡Es que de veras eres indescifrable! —se quejó él, alzando las manos al cielo en un gesto deliberadamente exagerado. Ella se detuvo en sus quehaceres y se dio la vuelta para mirarlo, con los ojos abiertos de par en par.

—¿Indescifrable yo? —preguntó ella, incrédula ante tal afirmación sobre su persona—. Pero si soy transparente… —le dijo. Él negó repetidamente con la cabeza, y soltó un chasquido de frustración mientras buscaba las palabras adecuadas.

—No me refiero a tu expresividad habitual —le explicó él—, sino a los sentimientos importantes —Kyoko ladeó la cabeza con extrañeza pero no le interrumpió—. Has sabido antes ocultar de mí tus miedos y lo que sentías… —bajó entonces la voz, miró a un lado y a otro e incluso se tapó la boca, a pesar de que nadie podía verlos ni escucharlos. A Kyoko el gesto considerado le provocó una ternura tremenda— por mí…

—No era más que tu kohai… —le dijo ella con una naturalidad tal que a él le dolió un poco el corazón—. No podía, ni debía, contártelo todo…

—Sí, lo entiendo —replicó él, cansado, aceptando que la realidad de Kyoko era diferente de la suya—. Pero incluso ahora, después de aquel día, sigues siendo un enigma para mí… —declaró, dejando caer los brazos a sus costados.

Kyoko volvió a ladear la cabeza y se abstuvo de replicarle que él también era un enigma para ella. Llevaba con él el suficiente tiempo como para advertir las pequeñas pistas e indicios de los secretos que arrastraba consigo. En ocasiones Kyoko se preguntaba si él iba a dejar que fuera ella quien los resolviera por su cuenta en vez de confiarle y contarle su verdad… Pero cada quien tiene derecho a sus propios secretos y a sus propios tiempos, ¿no es cierto?

Ella exhaló un suspiro y sin más palabras, llevó al inerte Bo tras el biombo y allí se quedó, dándole vueltas a la conversación mientras se quitaba primero las sandalias para empezar a ponerse el disfraz. Y si se sentían un tanto perturbados por el hecho de que ella se estuviera desnudando con solo una pantalla de tela de por medio, ambos lo disimularon y decidieron tácitamente no mencionarlo. Aunque tampoco es que ella fuera desnuda dentro del pollo, claro está. El pudor de Kyoko no le permitiría estar a menos de diez metros de él si así fuera. Pero dentro del disfraz —eso sí lo sabía—, usaba esos pantaloncitos tan ridículamente cortos que disparaban las fantasías más primarias de Ren.

Al poco, de detrás del biombo salió Kyoko vestida de Bo, a falta aún de la cabeza emplumada. Llevaba también su acostumbrada diadema de tela, que evitaba que el cabello húmedo de sudor se le pegara en la frente. Y Ren, siendo el pervertido no practicante que era, imaginó otras formas y razones de sudor en la piel de Kyoko. Se preguntó a qué sabría. ¿A sal? ¿A inocencia y a deseo…?

Ella le echó una mirada, y lo vio sumido en tales ensoñaciones que apenas se dio cuenta cuando ella se acercó a él hasta que su barriga plumífera casi le hizo sombra en los pies.

—Ren-san… —susurró ella, y Ren alzó el rostro para mirarla—, he estado pensando y… —Aquí exhaló un suspiro, entremezclado de enojo y de anticipado arrepentimiento. Él callaba mientras, expectante—. Se supone que esta cosa de la proximidad…, de los nervios, como tú lo llamas —precisó ella, poniendo los ojos en blanco—, debería funcionar en las dos direcciones entre dos personas que se g-gustan —Era inevitable que vacilara al pronunciarlo en voz alta…, pero esa muestra de debilidad fue superada pronto—, ¿no es cierto, Ren-san? —añadió, recalcando ahora su nombre con marcado sarcasmo, sin la intimidad de un momento antes—. Tú eres el que tiene un montón de experiencia, has tenido novias antes, en cambio yo nunca he salido con nadie… Ni mucho menos sé cómo es gustarle a alguien… Jamás me he sentido así, ¿¡y te atreves a hacerme esa pregunta!? —Los ojos de Ren se abrieron de espanto—. Es tremendamente injusto por tu parte, ¿lo sabías? ¿Te has parado siquiera a pensar en lo insegura que me haría sentir?

—No, no… —se apresuró a decir Ren, alzando la mano al frente, tratando de explicarse, pero ella dio un paso atrás. Él dejó caer el brazo—. Discúlpame por incomodarte. Es solo que yo nunca…, yo tampoco… —Pero Kyoko lo ignoró, lo interrumpió a su vez y siguió hablando.

—¿No debería ser yo quién te la haga? Vamos, dime, ¿te ponen nervioso todas las mujeres?, lo cual es evidente que no —apostilló ella poniendo los ojos en blanco otra vez—, ¿o soy solo yo? ¡Pero qué tonterías digo! —exclamó, alzando las alas al cielo—. ¡A Tsuruga-san nadie puede ponerlo nervioso! ¡Y mucho menos alguien como yo!

—¿Alguien como tú? —repitió él, sin saber si dejarse llevar por caminos inexplorados o enojarse por quienes hicieron que Kyoko tuviera tan pobre imagen de sí misma. «Ambas», se dijo, «Haré las dos cosas». La idea de jugar con fuego le resultaba tremendamente atractiva, sin recordar, eso sí, que normalmente alguien acaba quemado…—. ¿De veras vas a ir por ahí? —preguntó él, enarcando una ceja—. ¿Y cómo piensas comprobarlo? —agregó él, con la garganta repentinamente seca—. Si afirmas algo así a viva voz, lo mínimo que deberías hacer es asegurarte de ello.

—¿Q-qué? ¿C-cómo? ¿Ase…gurarm–? —balbuceaba Kyoko, sin entender ni papa. O quizás sí que lo entendía demasiado bien… La cabeza le daba vueltas y sus mejillas volvieron a encenderse en llamas. Su cerebro estaba a punto de cortocircuitarse, para variar, pero las implicaciones que intuía desde el principio (y que su parte racional se negaba a aceptar) alcanzaron por fin un par de neuronas aún por fortuna sanas e intactas. ¡Dioses! ¿Esto iba en serio? ¡Increíble! Y sí que estaba en lo correcto, a juzgar por la sonrisa torcida del hombre, apenas ocultando al Rey de la Noche. Ah, tremendo manipulador… Y lo más triste es que ella veía con meridiana claridad la trampa que él le tendía y se iba a meter dentro de cabeza y por propia voluntad. Pero no, no… Ella también sabía jugar…—. ¿¡Me estás desafiando!? —casi le gritó, poniendo los brazos en jarra y frunciendo el ceño, para después acabar soltando una carcajada maníaca—. ¡Sí, lo haces!—. Ren decidió ignorar el escalofrío que le recorrió la espalda. ¿Qué acababa de pasar? ¿Seguro que aún controlaba esta situación?

—Nada más lejos de mi intención —le respondió él, más o menos conciliador. «Mentiroso», se dijo. Kyoko lo miró con desconfianza. Y hacía bien…

—Ya —acabó diciendo ella, cruzándose los brazos, bueno, las alas, frente al pecho—. Y yo voy y me lo creo, Maquiavelo-san… —soltó con un sonsonete, casi silabeando su nuevo apodo para él.

Él enarcó una ceja ante la baja opinión que ella tenía de él sobre estos temas. Hecho este que lo tenía aplaudiendo con las orejas —permítasele tan coloquial expresión—, porque eso significaba una cosa: que Kyoko lo estaba bajando del dichoso pedestal en que lo tenía. Y eso era maravilloso. Qué más le daba que lo considerara un manipulador —aunque tampoco podía negarlo del todo—, si con eso ella empezaba por fin a verlo a él, al hombre de verdad que había tras el personaje de Tsuruga Ren y que se moría de amor por sus deliciosos huesos…

—Ciertamente un traje de pollo no es mi idea de algo sexy —continuó ella—, ni tampoco me hace sentir especialmente poderosa, ni mucho menos en control de este…, de este experimento tuyo, pero imagino que habrá de bastar —añadió ella, exhalando un suspiro—. Jamás he rehuido un desafío y no voy a empezar ahora, Ren-san… —declaró, extendiendo el brazo-ala y apuntándolo con el dedo índice, para después volver a soltar una carcajada más propia de villana de película que de una chica LoveMe.

Mientras, Ren pasaba por un proceso cerebral bastante similar al de Kyoko un minuto antes. ¿Sexy? ¿Kyoko acababa de decir la palabra 'sexy'? ¡Por todos los dioses! ¿Kyoko acaso conocía siquiera la palabra 'sexy'? Ni en sus sueños más salvajes Kyoko —«No, hombre. En tus sueños más salvajes sí. Corrígete»—. Ni en sus más descabellados pensamientos —«Tampoco»—. ¡Ah! ¡Que no! Que Kyoko no parecía la clase de chica que conociera de temas mundanos y prosaicos. «¡Pero espera! ¿¡Qué diantres acababa de decir de experimento!?».

—¿Q-qué haces? —preguntó él cuando Kyoko se acercó y se colocó entre sus piernas, obligándolo a abrirlas más para dar cabida al aparatoso traje. La barriga de Bo rebotó contra su torso y él sintió cómo las mejillas empezaban a arderle en llamas (para ir a juego con las de Kyoko, claro está). Trató de levantarse, pero las manos sorprendente fuertes de ella lo clavaron en la silla que ocupaba—. ¿Kyokoooo? —Y su voz salió demasiado aguda al final, como un gallo desafinado. Y justo cuando ella posó su mano en su mejilla, su cerebro finalmente colapsó y Tsuruga Ren ya no tuvo ningún control sobre las reacciones traidoras de su cuerpo, rindiéndose a las sensaciones que Kyoko suscitaba en él.

Y sí, ella vio la absoluta entrega en sus ojos cerrados, en la respiración somera y contenida, entrecortada y vacilante, en la piel que se estremecía con la caricia leve, en el suspiro trémulo que escapó de sus labios, y en esos labios entreabiertos, invitadores e incitantes.

Ella nunca tuvo la intención ir más allá de una caricia, pero… No se sentía verdadero, ni real del todo, si no lo tocaba ella directamente, así que sacó las manos por las aberturas de las alas y detuvo su palma a un suspiro de su piel. Y para cuando al fin repitió la caricia, piel contra piel, Ren volvió a suspirar, y ella sintió el estremecimiento bajo su mano, viéndose desbordada por las sensaciones compartidas a tal punto de hacer eco de su suspiro con uno propio.

Luego, deslizó los finos dedos por su pómulo, dibujando lentamente patrones de rectas y curvas en su piel, y él se apoyó en su caricia, buscando su contacto, prologándolo, anhelándolo, acunándolo. Él suspiró una vez más y Kyoko no podía apartar la vista de sus labios entreabiertos, quizás esperándola. No, definitivamente esperándola. Ella vaciló, en conflicto consigo misma. Iba a ir al infierno de aquellas que renegaban de su pureza, seguro. Y se descubrió decidiendo le importaba un pimiento, justo antes de cerrar la distancia que los separaba.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero este beso, uno libremente otorgado y no robado, era incomparable. Los sentidos de Kyoko explotaron, llenándose de su olor, de su sabor, sintiéndolo bajo sus manos y sus labios, respirando el mismo aire entre besos, incapaz de escuchar nada más que la respiración del otro bajo su boca… En algún momento, los brazos de Ren se movieron a su cintura (bueno, la oronda cintura del pollo) atrayéndola hacia sí todo lo que el voluminoso disfraz le permitía, y las manos de Kyoko erraron a su cuero cabelludo, enredándose en su pelo.

Al tiempo y saciados, terminaron apoyados frente a frente, recobrándose los alientos, los ojos cerrados y los corazones latiendo enloquecidos, aún abrazados.

—Repito, querida mía —dijo él, con la voz enronquecida, incapaz de deshacerse de la gloriosa sensación de tenerla entre sus brazos y de haberla besado así. Ella, por su parte, revoloteó los ojos, despertando de su estado de ensoñación besatoria—: ¿todos los hombres te ponen nerviosa o soy solo yo?

—¡Playboy! —acabó exclamando inevitablemente ella, zafándose bruscamente de sus brazos con las mejillas encendidas y aleteando profusa y exageradamente, para luego tomar su cabeza (la del pollo, of course) y salir del camerino sin mirar atrás.

Oh, bueno, sí que miró atrás. Se detuvo y exhaló un suspiro, a medias exasperado, a medias resignado, para luego voltear los ojos y tenderle la mano, ejem, el ala.

Él soltó una carcajada y se apresuró a tomarla, con el corazón henchido de alegría.

Al margen de preguntas tontas y respuestas obvias, Bo era, es y sería, definitivamente, el único pollo que lo ponía nervioso a él. Comprobado.