DE CUANDO KUROKO DEJÓ EL BALONCESTO

Por Cris Snape


Disclaimer: El universo de Kuroko no Basuke fue creado por Tadatoshi Fujimaki.

Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras.

Advertencia: Universo Alternativo.


Tabla 4: Musical. Prompt: Voz.

Tabla 7: Personajes. Prompt: OC.

Tabla 8: Técnica. Prompt: K+.


1

Un día de primavera

La falta de presencia puede ser muy beneficiosa para un jugador de baloncesto especializado en pases, pero cuando tienes cinco años y tu madre se olvida de ti en el centro comercial, es una auténtica putada. Si encima te pasa más veces de las que puedes recordar, se convierte en un claro obstáculo para desarrollar con normalidad tu vida diaria. Pese a ello, Tetsuya Kuroko ha terminado por acostumbrarse. Cuando sus progenitores lo ignoran de forma involuntaria, acaba por recibir un obsequio de lo más impresionante. El hecho de que nadie en el instituto se dé cuenta de que está ahí, le viene fenomenal habida cuenta de su estado anímico actual. No es que pretenda regocijarse en su desgracia, pero está un poco deprimido y no puede hacer nada por remediarlo.

El motivo está claro. En un parpadeo, ha perdido un amigo de la infancia y su amor por el baloncesto. Estaba en quinto de primaria cuando vio su primer partido por la televisión. Quedó tan fascinado que enseguida se hizo con una pelota y comenzó a practicar. Gracias a Ogiwara aprendió los fundamentos más importantes de ese deporte. En Teikō los pulió y se llevó una hostia de proporciones cósmicas. Aunque han pasado los meses, todavía duele. Al menos procura iniciar esa nueva etapa en su vida con cierta energía positiva.

El instituto Seirin es un centro educativo de reciente construcción. De hecho, tan sólo llevan dos años impartiendo clase. Kuroko lo escogió en primera instancia por una razón relacionada con el baloncesto. Había visto a su equipo jugar un campeonato y creyó que allí estaba la esencia del deporte. El compañerismo, la pasión y la diversión que destilaban cada uno de sus miembros. Se dijo a sí mismo que hubiera estado genial compartir la pista con esos chicos y, aunque tiene la oportunidad de hacerlo, no piensa apuntarse al equipo. Hizo una promesa y no se traicionará a sí mismo. Ha terminado con el baloncesto.

El destino no se lo pone demasiado fácil. Lo primero que se encuentra al llegar al instituto es a un chico entregando folletos para adherirse al club. Casi puede sentir una fuerza sobrenatural instándole a rendirse ante lo evidente. Le encanta jugar. Es un deporte genial y tiene un estilo propio y bien definido. Podría ser de ayuda a sus compañeros. El chaval en cuestión parece majo. Siente una descarga eléctrica en los dedos y se contiene. Tiene que esforzarse muchísimo para hacerlo, pero pasa de largo. Acaba de empezar esa nueva andadura escolar. Dedicará todo su tiempo a prepararse para entrar en una buena universidad. Pensar en el futuro es muy importante. Ni siquiera está interesado en apuntarse a ningún otro club. Le apetece vivir tranquilo y solo. Aunque suene un poco triste. Después de todas las decepciones que se ha llevado, después de ver cómo sus compañeros se alejaban de su lado uno tras otro, no le apetece volver a arriesgarse. Al menos, la soledad no le hará sufrir.

Va directo a su nueva aula. Está en la primera planta y, cuando llega, descubre que algunos alumnos ya se han instalado. Su pupitre está en la última fila, al lado de la ventana. Kuroko maldice su suerte. Justo delante, un chaval altísimo está despatarrado, con la cabeza echada hacia atrás y unos auriculares cubriéndole las orejas. Tiene toda la pinta de jugar al baloncesto. Parece atlético y, al pasar por su lado, lo observa con interés. Por supuesto, el otro no se percata de su presencia. De pequeño, a Kuroko le encantaba jugar a los espías. Tiene una gran facilidad para observar a la gente. Analizarla, encontrar sus puntos fuertes y sus puntos débiles y actuar en consecuencia. Es útil y divertido. No sabe a qué quiere dedicarse cuando sea un adulto, pero no descarta del todo esa posibilidad. Por más absurdo e infantil que suene.

—¡Ey, colega! Soy Keishi Minami.

Al principio no cree que le estén hablando a él. Nunca lo hacen. Es tan invisible que la gente sólo se da cuenta de que está ahí cuando se hace notar. Sin embargo, al girar la cabeza hacia la derecha, comprende que ese estudiante le mira. Tiene el pelo y los ojos oscuros y le sonríe. Su uniforme no presenta un aspecto nada impecable, con media chaquetilla metida por dentro del pantalón y la otra media fuera. Y lleva un piercing en la oreja izquierda. ¿Acaso no estaban prohibidos? Además, le ofrece una mano para que se la estreche. No le apetece nada tocarla, pero no pierde nada por ser amable. Por más confundido y sorprendido que se encuentre, no está bien ignorar a los demás. Lo sabe mejor que nadie.

—Tetsuya Kuroko.

—Me siento en el pupitre de al lado. Estás de suerte. Si tenemos que hacer algún trabajo juntos, siempre saco unas notas cojonudas. De hecho, no tuve ningún problema para entrar en este instituto. Me encanta. Todo está tan nuevo. Mi escuela secundaria se caía a pedazos. Literalmente. Una vez, se me cayó una lámpara en la cabeza. Justo aquí.

Se señala la cicatriz que tiene en medio de la frente. Kuroko abre la boca para decir algo, pero no encuentra el momento. Minami sigue hablando mientras toma asiento. Resulta un poco difícil seguir el hilo de sus pensamientos.

—No dolió tanto como parece, aunque hubo mucha sangre y drama. Mamá incluso quiso denunciar a la escuela, pero me negué. No necesitaba convertirme en el repelente de turno. Así que fui a la enfermería y aguanté todo el rollo de los puntos. Aunque te pongan anestesia, es una sensación rarísima. ¿Sabes cuándo se te duerme un brazo y parece de cartón? Pues se sentía igual. Ahora se me ha quedado la marca. Creo que tendré que buscar una historia más chula que la realidad. Algo que me ayude a ligar con las chicas. ¿Se te ocurre algo?

Se calla. Kuroko parpadea. ¿Está esperando una respuesta? El silencio no dura demasiado. En fin.

—Podría decir que me asaltó una banda de delincuentes callejeros y que sobreviví gracias a mis excepcionales capacidades para el karate.

Traga saliva. Ahora sí, logra intervenir.

—¿Haces karate?

—No, pero tampoco me asaltaron en la calle.

Amplía su sonrisa. Acaban de conocerse y Kuroko ya tiene la sensación de que ese chaval se va a convertir en un auténtico grano en el culo. Para empezar, no le gusta que la gente hable tanto. Una cosa es que seas extrovertido y otra que tengas diarrea verbal. Tampoco es que sea capaz de acordarse de todas las cosas que le ha dicho hasta ahora, que no han sido pocas. Y lo peor es que tiene toda la intención de volver a la carga.

—O puedo decir que fui el único superviviente de un naufragio en el que perdí a toda mi familia. Aunque no sé si es buena idea. Si más tarde me vieran hablando con mis padres, ¿qué podría decir? No. Seguro que se me ocurre algo mejor. ¿Qué hay de ti? ¿Tienes alguna historia interesante que contar?

Soy un mito. El sexto jugador fantasma de Teikō. No añadiré más.

—Creo que no.

—¡Pues no te preocupes! Para eso está el instituto. Yo no pienso conformarme con ser un alumno del montón, así que he decidido apuntarme al Consejo Estudiantil. Es una oportunidad única para cambiar las cosas y destacar entre los demás. Que no digo que me guste llamar la atención, pero tampoco está mal que la gente se aprenda tu nombre. Seguro que tú destacas un montón, con ese pelo.

Puede que la impertinencia deba molestarle, pero lo que ha dicho es tan irónico que no logra contener una risita. Por primera vez, Minami cierra la boca. Es tan jodidamente molesto.

—En realidad, tiendo a pasar desapercibido.

—¡No me jodas!

Está claro que su compañero carece por completo de esa capacidad. Varios alumnos se han girado para mirarle, tal vez molestos por el exabrupto. Minami se sienta y comienza a sacar los libros y el material escolar.

—La vida no dejará de sorprenderme. Como aquella vez que vi dos patos follando en un parque. Yo tenía como siete años y no entendía un carajo. Creía que se estaban pegando. Aunque sean patos, el acto es bastante violento. No me gustaría estar en el lugar de la pobre pata.

Kuroko se dice a sí mismo que debería desconectar antes de que la charla se vuelva demasiado surrealista, pero no puede hacerlo. Es presa de un morbo de difícil explicación. Mira a Minami y se queda medio hipnotizado por el movimiento de sus labios. Al menos no tiene una voz aguda y molesta.

—Claro que lo de los leones es mucho peor. ¿Sabes lo que pasa con la pol…?

Vale. Suficiente. Kuroko logra hacerse oír por encima del otro.

—¿Te interesa la biología?

A Minami no le importa lo más mínimo la interrupción. Extiende los brazos hacia arriba y suspira al tiempo que observa los halógenos del techo.

—¡Ah! No sé. Hay muchas cosas que me gustan. Lo que pasa es que no me puedo decidir por una de ellas. Claro que quiero ir a una buena universidad, pero, ¿qué estudiar? Se supone que aquí encontraremos nuestro camino. No debería decir esto, pero estoy muy emocionado. Tengo ganas de empezar. Dicen que pronto harán un examen para comprobar el nivel de los alumnos de primero. ¡Cómo si hiciera falta! ¿No hicimos ya uno para entrar aquí? Te confieso que Seirin no era mi primera opción, pero pilla bastante cerca de casa y es nuevo. Creo que ya he dicho eso, pero es que es una ventaja enorme. Estoy harto de los edificios viejos. Huelen raro y están llenos de polvo.

Sigue hablando. Y hablando. Y hablando. Kuroko deja de escuchar y simplemente lo mira, aún con esa sensación extraña en el pecho. Es tan raro que alguien le haya visto así, de buenas a primeras. ¿Debería consultar con algún experto en el tema? ¿Tanto le ha cambiado la pubertad? Minami sólo cierra la boca cuando llega la tutora de su curso. Parece ser que hay dos cosas que le gustan en este mundo: hablar y atender en clase.

A Kuroko no le sorprende que Minami se ofrezca voluntario para ser el delegado. Alza la mano con entusiasmo y, puesto que no hay más candidatos, queda seleccionado junto a una chica de pelo cortísimo cuyo nombre no alcanza a escuchar. El resto de lecciones se suceden sin más incidentes y, cuando llega la hora del almuerzo, Minami se para frente a su mesa. Por lo visto, ha decidido que se va a convertir en su amigo. O algo parecido.

—¿Traes tu propia comida o comprarás algo en la cafetería?

Apenas tiene tiempo para pronunciar una palabra.

—Cafetería.

—¡Genial! Vamos.

Hace un gesto bastante efusivo. Kuroko prácticamente se siente obligado a levantarse y camina a su lado a través de los pasillos. El tipo alto pasa a su lado como una exhalación, rumbo a la segunda planta. Minami habla, habla y habla.

—Tengo que aprender a cocinar. Mis padres viven en Kagoshima y yo me he mudado a Tokio con mi hermano. No sé cómo se las arregla para que todo le salga tan malo. Es que te dan ganas de llorar. No me extraña que coma siempre fuera de casa. Pero no es plan. Creo que empezaré por el curri. Es algo sencillo y nutritivo. ¿Tú cocinas?

—Hago los peores huevos cocidos del mundo.

Minami se ríe y le da un codazo en las costillas. Duele. Kuroko ni siquiera puede quejarse.

—Dices eso porque no has probado los de Haru. Haru es mi hermano. Es policía. Lo trasladaron a Tokio hace un par de años. A mí me hubiera encantado mudarme aquí entonces, pero mis viejos no me dejaron. Decían que era muy pequeño y que no tengo ningún instinto de supervivencia. ¡Qué bobada! Y todo porque me atropelló un autobús. Tres veces.

Eso le hace gracia.

—¿El mismo autobús tres veces o tres autobuses distintos?

Minami alza las dejas, da una carcajada y se atreve a pasarle un brazo por los hombros. Kuroko tiene la sensación de haber firmado su sentencia de muerte. Acaba de darle coba a ese parlanchín. Está perdido.

—Tres autobuses distintos. Podría decirse que no entiendo el mecanismo de los semáforos para peatones.

Sigue riéndose. Kuroko esboza una sonrisita y, casi sin darse cuenta, descubre que han llegado a su destino. Muchos estudiantes se agolpan frente al mostrador, ansiosos por comprarse un bocadillo. Minami pone los brazos en jarra y suspira, preparado para afrontar un auténtico reto.

—¡Joder! Vaya marabunta.

Kuroko tiene una idea. Sabe a ciencia cierta que está capacitado para deslizarse entre toda esa gente y obtener su comida. Extiende una mano hacia Minami.

—Tu dinero. Traeré el almuerzo.

Él le mira con desconcierto. Bien. Ya va siendo hora de que se ponga en su lugar. Cinco minutos después, ese desconcierto es absolutamente épico.

—¿Cómo lo has hecho?

—Como te dije antes, suelo pasar desapercibido.

—¡Puta madre!

Se comen el bocata sentados en la hierba porque, se supone, así se está más fresco. A Kuroko se le queda el culo medio congelado y Minami habla, habla y habla. Le cuenta cosas sobre su infancia en Kagoshima, aunque no se centra demasiado en nada. Cuando regresan a clase, se queda callado durante diez segundos. Segundo arriba, segundo abajo. Kuroko piensa que, tal vez, esté agotado. Pero no. Vuelve a la carga enseguida. Y la cosa no mejora cuando llega el momento de ir a clase.

—El Consejo Estudiantil se reúne mañana por primera vez. Espero que necesiten gente. Se formó el año pasado y solo tiene alumnos de segundo. No creo que puedan rechazarme con todas las ideas que tengo. ¿Quieres escucharlas?

—En realidad, debería ir a coger el autobús.

—Es verdad. Yo también. ¿Hacia dónde vas?

Espera que en dirección contraria a la suya. Señala la calle arriba.

—Hacia allá.

La cara de Minami es todo un poema.

—¡Puñetas! Yo voy hacia allí. ¡Qué fastidio! Podríamos haber charlado otro rato, pero no pasa nada. ¡Nos vemos mañana!

Su voz apenas es un susurro.

—Sí. Nos vemos.

Mientras ve a Keishi Minami alejándose, se da cuenta de que su primer día en el Instituto Seirin no ha sido como se esperaba. Creyó que se sentiría melancólico, que se pasaría el rato pensando en el baloncesto y en todo el sufrimiento del pasado, pero no ha tenido oportunidad de hacerlo. Literalmente. Está un poco mareado y definitivamente no sabe si será capaz de soportar otro día tan fatigoso, pero al mismo tiempo se siente contento. Es verdad que, mientras el cerebro se mantiene ocupado, no hay lugar para entristecerse.

De todas formas, aún tiene un largo camino por delante. Tal vez sienta el impulso de retomar su deporte favorito. Tal vez Keishi Minami sea atropellado por un autobús por cuarta vez y no regrese a clase. ¿Quién sabe? La cuestión es que tiene buenas razones para querer volver al instituto. Se siente mejor de lo que se ha sentido en mucho tiempo. Que no es la gran cosa, pero algo es algo.


2

Ryōta Kise

—La moto de mi hermano es alucinante. Una Honda Rebel CMX 1100. Me ha dicho que como se me ocurra tocarla, me mata. A mí no me parece del todo adecuada para un poli, pero a él se la suda por completo. En realidad, se la suda todo el mundo en general. Creo que te caerá bien. Es tan callado como tú.

Han pasado quince desde el inicio del curso y Minami se ha convertido en su único amigo. Kuroko sabe cómo ha pasado. Le ha hablado tanto que simplemente se ha rendido ante la evidencia. Es imposible librarse de él. Incluso se ha acostumbrado a escuchar su voz todo el rato. En cierta forma, se complementan. Keishi (porque ahora tiene que llamarlo Keishi) habla y él escucha. Claro que de vez en cuando hace algún comentario. De lo contrario, su amistad sería demasiado rara.

—¿Seguro que le dejas hablar?

Keishi se lleva una mano al pecho y finge estar muy ofendido. Se está bebiendo un bote de refresco con sabor a café. Una cosa amarga y espantosa que Kuroko odia. Prefiere el batido de vainilla. Con mucha diferencia.

—La duda ofende, Kuroko.

Quiso llamarle Tetsu o Tetsuya, pero no se lo permitió. Esos nombres le traen unos recuerdos poco agradables. Además, aún no está preparado para tanta informalidad. Keishi tiene muchos menos problemas en ese sentido.

—No sólo soy un excelente orador. También sé escuchar a las personas. Te lo demostraré.

—¿Cómo?

—Cuéntame cosas.

Le mira fijamente. Parpadea. Kuroko siente el impulso de estamparle el bote de refresco en la cara. En líneas generales, el chico no le cae mal, pero a veces le despierta cierto instinto asesino. Es que es tan intenso para todo, que le pone de los nervios.

—¿Qué clase de cosas?

—No sé. Lo que tú prefieras. Puedes hablarme de lo que hacías en la escuela secundaria. ¿Por qué nunca hablas de eso? ¿Estabas en una pandilla de delincuentes? No tienes mucha pinta, aunque nunca se sabe. Mírame a mí. Parezco atlético, pero ya has visto cómo me las gasto en clase de educación física.

Kuroko sonríe, recordando cómo ese idiota se cayó de bruces durante la primera carrera por el campo de fútbol. De alguna manera se las apañó para tropezarse con sus propios pies y se raspó las rodillas como un niño pequeño. Y mejor no hablar de su poca destreza con el balón medicinal.

—O a lo mejor eras el líder de una secta religiosa y te dedicabas a hacer milagros y cosas así.

—¿Qué?

—¡Vamos! Si no me vas a contar la verdad, invéntate algo emocionante.

La cháchara de Keishi siempre se vuelve absurda y confusa. A saber con qué idea disparatada le saldrá ahora.

Con ninguna, puesto que una de las numerosas alarmas que tiene en su móvil comienza a sonar.

—¡Joder! Tengo reunión con el Consejo Estudiantil. ¿Estás seguro de que no quieres apuntarte? Tener otro chico nos vendría fenomenal. Bueno. Me vendría fenomenal a mí. Que no me quejo de las chicas, que conste, pero a veces dan un poco de miedo. Sobre todo, Aida. ¿Te he dicho ya que es la entrenadora del equipo de baloncesto? Pues a nosotros intenta tenernos igual de firmes. Es una pesadilla. Si te apuntas, podrías asustarla con tu falta de presencia y dejarla muda.

Kuroko sonríe. Agita una mano y se dispone a seguir con su camino.

—Adiós, Keishi. Mucha suerte.

—¡Apúntate, Kuroko! ¿Qué te cuesta?

Su voz se desvanece en el pasillo. Kuroko aún no ha perdido la sonrisa cuando sale al exterior. Puesto que no tiene nada más que hacer en el instituto, se prepara para volver a casa. Otras tardes, cuando Keishi no tiene reunión con el consejo, han ido a tomar algo por ahí. Helados, batidos, alguna hamburguesa. Es agradable sentarse con él en cualquier sitio y hablar sobre las clases. Aunque pudiera parecer lo contrario, Keishi Minami es un excelente estudiante. Obtuvo la mejor nota en el examen de ingreso (y no se lo confesó. Kuroko se enteró por su cuenta) y su labor como delegado de clase no podría ser mejor. En ocasiones, parece demasiado bueno para su propio bien, ofreciendo ayuda a los demás y hablando. Sobre todo, hablando. En cierta forma, es un consuelo para Kuroko no ser la única víctima de sus discursos interminables.

Está a punto de abandonar el recinto cuando nota un pequeño alboroto a su derecha. Un grupo de chicas saltan y gritan presas de la emoción. Kuroko frunce el ceño al descubrir que todo el escándalo es motivado por una persona en concreto: Ryōta Kise.

No ha cambiado nada en los últimos meses. Sigue teniendo el pelo rubio y los ojos dorados y es más guapo que la mayoría de chicos de su edad. No en vano trabaja como modelo. Si acaso, está un poco más alto que en la escuela secundarias. Su sonrisa es cínica y seductora y, aunque finge estar abochornado, se le nota a leguas que disfruta como un niño.

Kuroko se plantea la posibilidad de ignorarle y seguir con su camino, pero Kise sólo puede tener un motivo para estar allí y sería demasiado grosero hacer tal cosa. Así pues, aguarda pacientemente hasta que su viejo compañero se libra del club de fans y se percata de su presencia. Por la expresión de su rostro, se alegra sinceramente de verlo.

—¡Kurokocchi! ¡Al fin te encuentro!

—Hola, Kise.

Camina con decisión hacia él, deteniéndose a un par de pasos de distancia. Por un instante parece que va a darle un abrazo, pero sólo se pasa la mano por el pelo y le explica su periplo por el instituto.

—Llevo un buen rato buscándote. He ido al gimnasio y he hablado con los chicos del equipo de baloncesto. Me ha sorprendido mucho no encontrarte allí.

—Porque no me he apuntado al club.

—¿No?

Es como si Kise no diera crédito a lo que acaba de escuchar. Kuroko se siente un poco molesto. En realidad, Kise nunca le ha resultado demasiado simpático. Cuando jugaron en Teikō sintió que era su principal rival, que estaba destinado a quitarle su lugar natural dentro del equipo. Después, hizo todas esas tonterías con el resto de chicos de la Generación de los Milagros. Tonterías que, en última instancia, le llevaron a aborrecer el antes amado deporte.

—¿Por qué tendría que hacerlo? Al dejar el equipo en secundaria, prometí que no volvería a jugar. Soy fiel a mi palabra.

Se ha generado cierta aura hostil a su alrededor. Kise la nota de inmediato y afloja un poco con sus reproches. Lo que hace es sonreír y agitar la cabeza en un gesto despreocupado.

—¿Tienes algo que hacer? Te invito a un batido.

No tiene razones para negarse, aunque no le apetezca mucho. Por un instante, echa de menos a Keishi. Si no hubiera tenido esa estúpida reunión con el Consejo Estudiantil, ahora mismo podría estar avasallando a Kise con sus argumentaciones. Desgraciadamente, le queda un buen rato para ser libre y Kuroko no puede esperarlo.

Pese a que ninguno de los dos los sugiere, encaminan sus pasos hacia el Maji Burger más cercano. En Teikō, pasaron algunos momentos inolvidables en aquel lugar, mientras Aomine devoraba hamburguesas y Akashi planificaba el futuro. Pese a que Kuroko se ve ahogado por la melancolía cada vez que pone un pie dentro, no es capaz de dejar de ir. Todo sea por el batido. Es inigualable.

—Seirin parece un buen sitio. Todo está muy nuevo.

Kise habla. Se le ve reflexivo, como si estuviera midiendo muy bien sus palabras.

—Se inauguró el año pasado. Es normal.

—Sí. Algo he oído. El equipo de baloncesto sólo tiene alumnos de primer y segundo año.

Kuroko no dice nada. Kise no cambia de tema, seguro que porque es lo único que le interesa.

—La semana que viene jugaremos un partido de entrenamiento contra ellos. Te lo digo en serio, Kurokocchi. Se me ha hecho muy raro no verte allí.

—¿Me estás pidiendo explicaciones, Kise?

Más que hostil, ha sido frío. Si lo piensa un poco, es normal que Kise tenga dudas. Después de todo, vio cómo disfrutaba del baloncesto, cómo se esforzaba por entrenar y mejorar. No pierde nada por tener un poco de paciencia.

—No te reprocho nada. Es que me extraña mucho. ¿Por qué no quieres jugar? ¿Es por lo que pasó en el último partido?

Bingo. Kuroko aprieta los dientes y no mueve un músculo. Es un tipo bastante inexpresivo, lo cual suele ser ventajoso. Kise intenta leer las emociones en su rostro. Sin éxito.

—Lo he pensado y creo que no estuvo bien. Pero, la filosofía de Teikō. No me parece que estuviese equivocada. No hay nada de malo en que la victoria prevalezca sobre lo demás. Es algo que no entiendo. ¿Por qué te molestaba tanto?

Kuroko suspira. Quince días y apenas ha pensado en ello. Sí se ha descubierto a sí mismo recordando las bobadas que dice Keishi o repasando mentalmente la lección o leyendo novelas ligeras y viendo la tele. Ha sido un alivio para él no pensar en el baloncesto casi nunca. Espera que la visita de Kise no le traiga cosas negativas. Para ello, necesita zanjar el tema cuanto antes.

—No quiero hablar sobre eso.

—Pero…

—Si has venido hasta aquí por ese motivo, me iré a casa sin tomar el batido.

No cederá ni un ápice. Están a menos de diez metros del Maji Burger y realmente le encanta esa bebida, pero se mantiene firme en sus intenciones. Kise le mira con sorpresa un instante y opta por hacerle caso. Diez minutos después, disfrutan de sus bebidas sentados en el banco de un parque cercano.

—Entonces, si no juegas al baloncesto. ¿Te has apuntado a algún club?

—No, aunque me estoy planteando la posibilidad de entrar al Consejo Estudiantil. Necesitan gente.

—¡Vaya! Te has vuelto un empollón.

—Sólo así podré ayudar a mis compañeros. No puedes hacer que las cosas cambien si te quedas de brazos cruzados.

Es lo que Keishi dice siempre. De hecho, lo dice tanto que está empezando a hacer mella en él.

Kise sigue hablando.

—Kaijō tiene un buen equipo de básquet. Supongo que por eso quisieron ficharme, para reforzar un poco la plantilla. Me lo paso bien, aunque el capitán es un poco exigente. No se parece en nada a Akashicchi.

El gran Seijūrō Akashi, que dejaba que sus prodigios hicieran lo que les saliera de los huevos. Kuroko resopla, notando cierto resquemor en el pecho.

—Hay poca gente que se parezca a Akashi.

Kise se ríe. Está a punto de caerse del banco cuando se balancea hacia atrás.

—Debe estar cabreado contigo. Nos ordenó a todos que fuésemos a distintos institutos para enfrentarnos este año en la Interescolar y tú ni siquiera estás en el equipo del Seirin. Al principio pensé que te habías apuntado a un equipo de mierda y quería ofrecerte la oportunidad de venir conmigo, pero pareces decidido. ¿Ni siquiera te lo vas a pensar?

—Ya me lo he pensado mucho. Estoy haciendo justo lo que quiero.

Esa mirada tan extraña e intensa. ¿Acaso intentará convencerle otra vez? Tarda unos segundos en encogerse de hombros.

—¡En fin! Veo que no hay nada que hacer, aunque me pregunto cómo reaccionarán los demás cuando se enteren. ¿Estás en contacto con ellos?

A Kuroko le duele un poquito el corazón. Logra evadirse enseguida.

—No.

—Midorimacchi y Aominecchi están en Tokio, pero los otros estudian fuera de la ciudad.

—Ya.

Kise se da cuenta de que tampoco quiere hablar de eso. Le observa con el gesto torcido y apura su bebida, dando por terminado el breve reencuentro.

—Aunque ya no juegues al baloncesto, no me importaría charlar contigo de vez en cuando. Te enviaré un mensaje de texto.

Kuroko da un respingo.

—No hace ninguna falta.

—Lo haré, aunque protestes. Hasta pronto, Kuroko. Mucha suerte con lo del Consejo Estudiantil.

Se aleja agitando una mano. Kuroko aún tarda un poco en ponerse en marcha. De momento, se siente desgraciado. No quería tener que pensar en la Generación de los Milagros. Estaba feliz y despreocupado sin plantearse esas cuestiones y, ahora, teme encontrarse con cualquiera de los dos. En realidad, teme más a Aomine. Después de todo, con Midorima no se llevó demasiado bien. Pero Aomine es diferente. Aún extraña esa amistad que surgió entre ellos al principio, pese a sus evidentes diferencias. ¿Será capaz de enfrentarlo llegado el momento?

Un rato después, recibe el mensaje prometido. Kise utiliza muchos emoticones al escribir y casi puede escucharse una risa alegre. Kuroko no le responde. Se pensará lo de mantener el contacto. Tiene cosas mejores que hacer.


3

Plan de entrenamiento

El chico pelirrojo y alto que juega al baloncesto se llama Taiga Kagami y está de buen humor. A los profesores no les hace mucha gracia que lleve la pelota al aula, pero esa mañana no hace más que girarla en sus manos. Kuroko le observa desde atrás, con la mente en blanco y el impulso de ceder a la tentación. Menos mal que Keishi llega justo cuando su mente comienza a jugarle una mala pasada.

—¡Ah, qué mierda! La presi se ha enterado de que el profe de educación física quiere suspenderme y me ha dicho que no puede aceptar a nadie así en el Consejo Estudiantil. Es una jodida exageración. Además, ¿de qué me servirá en el futuro practicar el salto de altura? ¡Qué chorrada! Le he recordado lo de mis notas en todo lo demás y dice que le da lo mismo, que quiere estar rodeada de gente perfecta. ¡Perfecta! ¡Vaya puto aburrimiento! ¿Quién es perfecto hoy en día? ¿Un robot?

Kuroko escucha sus quejas con atención. Incluso Kagami ha dejado de mover el balón y le mira de reojo. Keishi ni siquiera se percata de ese detalle. Sigue a lo suyo.

—Menos mal que Aida me va a echar una mano. Fíjate.

Coloca sobre su pupitre una hoja con lo que parece ser un plan de entrenamiento. Keishi sonríe.

—Me ha dicho que estoy en muy baja forma. Por lo visto, te puede escanear el cuerpo entero con solo mirarte. ¿A qué sí, Kagami?

Que recuerde, es la primera vez que se dirige a su compañero de clase. A lo mejor no está tan en la inopia como parece. El pelirrojo da un respingo y pone cara de espanto, como un niño pequeño al que su abuelo ha pillado robando chucherías. Lo que no sabe es que Keishi nunca espera que los demás contesten cuando les interpela. Sólo habla y habla.

—Como súper poder es cojonudo, aunque yo preferiría la invisibilidad. ¿Te imaginas? Podrías colarte en las casas de la gente y robarles las claves de sus cuentas bancarias. Pero esa no es la cuestión. El padre de Aida tiene un centro deportivo de alto rendimiento. Me ha dicho que si hago ejercicio cuatro veces por semana, mejoraré mi estado físico y lograré aprobar la asignatura. No me querrá para el equipo de baloncesto, pero al menos mantendré la dignidad del Consejo Estudiantil intacta. ¿Qué dices? ¿Te apuntas?

Un vistazo rápido hace que Kuroko se dé cuenta de que todo está bien planeado. Hay un poco de todo. Con algo de disciplina, cualquiera podría ponerse en forma y no le parece nada difícil. Lo que no sabe es si está preparado para pasar aún más tiempo junto a ese chico.

—¿Por qué te ayuda Riko?

Kagami le ha interrumpido. Eso sí que es tener un talento especial. Keishi apenas le da importancia a su intervención.

—Supongo que porque no quiere que me echen del Consejo Estudiantil. La presi es muy severa y nos sigue faltando un miembro. Ejem, Kuroko.

Intenta seducirlo tres o cuatro veces al día.

—Ya sabes que me lo estoy pensando.

Keishi se le acerca y pone su mejor cara de gatito encantador.

—¡Venga! ¿Qué tienes que pensar? Te dejaremos el puesto que quieras. Pero no quieras organizar el festival escolar. He pensado en fuegos artificiales y una hoguera enorme, aunque a los profes no les hace demasiada gracia el asunto del fuego. No sé por qué. Ni que fuéramos a incendiar el instituto. Además, es nuevo, ¿no? El sistema anti incendios debe funcionar de puta madre. Podríamos probarlo. Acercamos un mechero al detector de humos y… ¡Boom!

Kagami está espantado. Kuroko sólo compone una mirada de condescendencia y no dice nada. Ha escuchado ideas más peregrinas que esa.

—Podrías ser el tesorero. Ya sabes. Mangonear con el dinero, vigilar a los clubes, negarles sus peticiones y reírte como el villano de un manga. ¡MUAJAJA! Aunque no puedes putear a Aida. Si puteas a Aida, eres hombre muerto. Que te lo diga Kagami.

Al aludido no le hace gracia ser el centro de atención. Keishi apenas le dedica un segundo de su atención.

—Deberías conocer a los del béisbol. Son idiotas. ¿No van y me amenazan con meterme el bate por el culo? Y todo porque he interrumpido un entrenamiento. O dos. Es una lástima que no vaya a ver a los del básquet. Aida se encarga de todo, pero te darías cuenta de lo cabrones que son los del béisbol.

Está mirando a Kagami, que asiente y toma una férrea determinación: huir. Kuroko ha visto escapadas más rápidas. A Keishi no le importa en lo más mínimo. Extiende los brazos hacia arriba y retoma el hilo de la conversación. De una de ellas, al menos.

—Entonces, ¿entrenamos juntos? Tampoco es que lo lleves bien en educación física.

—Tengo que ajustar mi agenda.

Necesita tiempo para pensar. Analizar los pros y los contras y todo eso.

—Claro, claro. Lo entiendo. Mientras te decides, empezaré por venir al instituto en bici. Si convenzo a Haru, claro.

—¿Le parece mal?

Pese a no conocer personalmente al mayor de los hermanos Minami, Kuroko puede imaginarse que se trata de una persona no demasiado estricta con casi nada. En esencia, Keishi hace lo que le da la gana y cuando le da la gana. El hecho de que quiera prohibirle algo, más allá de tocar su moto, es un poco increíble.

—Dice que soy muy despistado, que me saldré del carril bici y me matará un camión gigante. Se piensa que vivo en el mundo de la piruleta. Yo que sé.

Un poco sí. Obviamente, Kuroko no le dice eso. Suaviza la realidad.

—Es verdad que deberías prestar más atención antes de cruzar la calle o terminará por atropellarte el cuarto autobús.

Keishi se hace el despistado.

—¿Qué es esto? ¿Una conspiración?

Un día más, su compañero se queda callado cuando llega el profesor. El día transcurre como siempre. Clases, almuerzo en la cafetería (Keishi aún no ha aprendido a cocinar) y una reunión del Consejo Estudiantil.

—¿Por qué no vienes y echas un vistazo? Puede que te guste el ambiente y te animes a apuntarte.

—Tengo que hacer un montón de tareas. Otro día.

—Como quieras.

Keishi se aleja agitando la mano. Kuroko no sabe muy bien cómo ha llegado a esa parte del centro. Y aunque quiere irse a casa cuanto antes, comienza a vagar de un lado para otro. No tiene ninguna intención de llegar hasta el gimnasio, así que son sus pies los que le traicionan.

Los chicos del equipo de baloncesto entrenan. La ausencia de Aida es más que evidente. La presencia de Taiga Kagami resulta abrumadora. Kuroko puede apreciar su talento con solo echarle un vistazo. No tendría que haber ido. Tiene envidia y le embarga la melancolía. No es una sensación agradable porque, aunque haya renunciado al deporte, en el fondo sabe que le sigue gustando. Pero no puede traicionarse. Ni a sí mismo ni a Ogiwara. Su expresión devastada aún le atormenta en sueños. Al principio pensó en ir a visitarlo a su escuela, pero después del partido estaba demasiado avergonzado. Ha dejado pasar tantos meses que ya no le parece adecuado ponerse en contacto con él para disculparse. Sólo espera que esté bien y que algún día pueda perdonarle.

Se sobresalta cuando la pelota rueda hasta sus pies.

—¡Ey! ¿La pasas?

Le habla un tipo con gafas que suda profusamente. Su primer impulso es el de salir corriendo. No ha tocado un balón desde aquel aciago día. Ni siquiera piensa en que le han visto a la primera. O tal vez no. Ha estado tan inmerso en sus pensamientos que no sabe cuándo los demás se han percatado de su presencia. La cuestión es que no puede quedarse ahí parado y con cara de tonto. Se agacha despacio y siente un escalofrío cuando nota el tacto del cuero en la yema de los dedos. Sus emociones y pensamientos amenazan con desbordarse. Los relega a un rincón siniestro de su mente. Devuelve la pelota y sale del gimnasio, decidido a no volver allí nunca más.


4

En el Maji Burger

—Es que es una bobada. Si te está persiguiendo un chiflado con un cuchillo, no vayas hacia arriba. Y no te metas en el puto sótano, imbécil.

¿Cómo puede correr y hablar al mismo tiempo?

Pues con mucha dificultad.

Keishi tiene la cara muy roja y jadea de manera escandalosa. Kuroko quiere decirle que se calle, de verdad que sí, pero también lucha contra su propia respiración. Ha estado demasiado tiempo inactivo y, aunque no vuelva a jugar al baloncesto, no dejará que su estado físico decaiga tanto nunca más.

El plan de Riko Aida incluye cuarenta minutos de carrera a buen ritmo. Keishi no es el más rápido de Japón, pero se está esforzando. Eso sí, no concede al ejercicio ni un segundo de cortesía. En cuanto la alarma de su móvil comienza a sonar, se detiene y apoya las manos en las rodillas.

—¡Maldita sea! Y pensar que hay gente que hace esto por placer. Yo lo siento mucho, pero creo que correr es de cobardes. Y nadie quiere ser un cobarde.

No puede añadir ni una palabra más. Resopla varias veces, bebe agua, se deja caer al suelo. Es casi como si se abandonara a sí mismo. Kuroko no lo ha pasado bien en su primer día de entrenamiento, pero está más entero. Aun así, se sienta a su lado.

—Creo que me estoy muriendo. No es como cuando me atropellaron. Es mucho peor. Me arde el pecho y me duelen las piernas. ¡Puto infierno!

—¿Por qué no pruebas a callarte mientras te recuperas?

No le pide silencio demasiado a menudo. Keishi comienza a reírse, lo cual sólo empeora su situación. Cuando se calma, le hace caso. Kuroko no controla el tiempo que permanece con la boca cerrada, pero siente como si le rodeara una atmósfera tétrica e irreal. No. Keishi Minami no ha nacido para estar callado.

—¿Se supone que ahora tenemos que volver a casa? Porque no puedo moverme. Si llamo a Haru, a lo mejor lo convenzo para que venga a buscarme con la moto y así lo conocerás. No sé por qué no te lo he presentado todavía. Ya le caes bien. Con su simpatía habitual, me ha dicho que existen pocas personas en este mundo capaces de soportarme. ¿Es para tanto? Porque si crees que soy un pesado, tú dímelo y yo haré mi mejor esfuerzo por callarme. No te prometo que vaya a conseguirlo, pero lo intentaré.

Keishi no sólo es alguien muy hablador. También acostumbra a sonreír casi todo el tiempo, como si creyera que el mundo es un lugar maravilloso y no tuviera motivos para quejarse de nada. A Kuroko le intriga. Nunca ha conocido a nadie tan optimista y, aunque tiene un montón de dudas, no sabe cómo ponerlas sobre la mesa.

—Me apetece un batido. ¿Quieres algo?

—¡Sí, joder!

El Maji Burger no está demasiado lejos. Para no variar, Keishi habla sobre su hamburguesa favorita mientras caminan hacia allí. De pollo, con guacamole y sin queso. No se considera raro por lo del queso. Kuroko se siente bastante bien, como renovado. La actividad física ha aligerado su cuerpo (aunque seguro que al día siguiente tendrá agujetas) y empieza a encontrar a Keishi divertido. Está claro que con él cerca, nunca vas a aburrirte.

En cuanto ponen un pie en el local, comprende que eso tenía que pasar en algún momento. Aunque hay más hamburgueserías en la ciudad, de una manera o de otra solían terminar en esa. Keishi entra primero, planteándose qué pedir, y no se da cuenta de que hay dos personas haciendo cola. Kuroko los reconoce de inmediato. Su voz resuena en las paredes en menos de una milésima de segundo.

—¡Tetsu!

Fiel a su costumbre, Satsuki Momoi le da un abrazo. Si Kise pareció genuinamente sincero tras reencontrarse con él, la alegría de Momoi es desbordante. Demonios. Su cuerpo se pone tenso y no es capaz de reaccionar. No ha hablado con ella desde ese día. No ha respondido a sus numerosas llamadas. No ha tenido el valor de enfrentar su pasado y no está listo para hacerlo. Puede que se entienda con Momoi, puesto que ella siempre ha sentido cierta devoción por su persona, pero Aomine.

Daiki Aomine es otro cantar.

Al igual que Kise, ha crecido. Tiene la misma pinta de siempre. Bueno, no. El Aomine que conoció sonreía, como Keishi, pero luego se transformó en alguien taciturno y arrogante. Puede verlo en sus ojos. Ahí está el Daiki de su último año en Teikō, el que parecía al borde del colapso y rechazó su ayuda de una forma tan despectiva que aún duele.

—¡Cuánto tiempo sin vernos! —Momoi le ha dado un beso en la mejilla y no aparta la mano de su brazo. ¿Por qué tiene que estar tan contenta? Preferiría mil veces un reproche. Al menos sabría cómo reaccionar—. ¿Cómo estás, Tetsu?

No le queda más remedio que llenarse de valor y responder. Están en un lugar público. Espera cautela por parte de todos y que el asunto no se desmadre.

—Bien. ¿Y vosotros?

—Genial. Me alegra mucho de verte.

Ha llegado la hora. Aomine sigue ahí. No se ha ido a ningún sitio y no va a ocurrir ningún milagro. No se desvanecerá en el aire para facilitarle las cosas.

—Hola.

—Hola, Tetsu.

No se dicen nada más. A Kuroko no se le ocurre nada medianamente coherente y Aomine está mirando para otro lado, más cortado que un café. Y entonces, Keishi hace lo que mejor se le da.

—¿Son tus amigos, Kuroko? Keishi Minami. Un placer.

Se inclina con bastante formalidad. Es Momoi la encargada de las presentaciones. Entre sus brazos, sostiene una carpeta de tapas negras. Es una imagen tan natural que a Kuroko se le pone un nudo en la garganta. El objeto no pasa desapercibido para Keishi, que es capaz de sacar un tema de conversación de cualquier cosa.

—Qué carpeta tan chula. Siempre he querido tener una así. ¿Dónde la has comprado?

Momoi sólo duda un instante.

—¡Eh! En el centro.

—Genial. Luego me pasaré por allí. Te da un aspecto muy profesional. ¿Para qué la utilizas?

—Soy mánager del equipo de baloncesto de mi instituto.

Keishi asiente. Tiene esa expresión que pone cuando pretende hacerse el interesante, pero en realidad no tiene ni idea de nada.

—Ya veo. ¿Y qué es lo que haces?

Se ha cruzado de brazos para demostrar un interés que parece genuino. Kuroko no le quita ojo a Aomine, que no se ha movido y sigue con la misma expresión de antes, como si el mundo que le rodea no fuera con él.

—Estudio a los rivales y hago estadísticas de su juego.

Keishi da un respingo.

Y allá va.

—¡Estadística! ¡Me flipa totalmente! ¿Sabes quién es Pierre de Fermat? Un tipo europeo con una mente privilegiada. No sólo se le daba bien la estadística. Hay un principio relacionado con la óptica que me encanta. ¡Y los números primos! ¡Qué maravilla!

Habla sobre matemáticas. Se lleva a Momoi con bastante disimulo. Kuroko no duda de que su intención ha sido precisamente la de dejarlo a solas con Aomine, aunque no es seguro que el esfuerzo merezca la pena. Su antiguo compañero se ha metido las manos en los bolsillos y tiene los labios apretados, como si se hubiera enfadado de repente.

No se anda por las ramas.

—Kise dice que has dejado el baloncesto.

—Sí.

—¿Por qué?

Porque me ha salido de los huevos. Porque sois gilipollas. Porque estoy harto de ver caras largas en gente que debería divertirse al jugar.

Podría decirle un montón de cosas. Tiene muchísimas evasivas pensadas para utilizar contra cualquier miembro de la Generación de los Milagros, incluido el mismísimo Akashi. Sin embargo, opta por la opción más complicada: ser honesto. Se trata de Aomine, después de todo.

—Porque me hacía infeliz.

Aomine alza la cabeza y le mira de verdad, como cuando se conocieron. Durante un instante, Kuroko vislumbra en él al chico que un día fue. No dura casi nada. Es como un espejismo y, al final, duda de que haya pasado de verdad, más aún cuando el otro se muestra despectivo.

—Eso es una gilipollez.

—Puede que a ti te lo parezca, pero no estaba dispuesto a seguir flagelándome. No soy tú.

Sabe que le ha ofendido y le importa un comino.

—¿Qué dices?

—Que ni siquiera tú estás obligado a seguir con el baloncesto si tanto te aburre. Ya está bien de "El único que puede vencerme soy yo" y de mostrar a todo el mundo que no estás nada motivado. Si de verdad quieres jugar, juega, pero no me vengas con reproches porque no tengo por qué escucharte.

No sabe de dónde han salido tantas palabras, pero se siente vacío. Desbocado. Daiki le está mirando fijamente, con los puños apretados y un brillo extraño en los ojos. En una mesa más o menos cercana, Keishi habla y Momoi sonríe. Piensa, no sin motivo, que la pobrecita ya ha caído bajo su influjo. Pasan unos segundos y Aomine se inclina para hablarle cerca del oído.

—Eres un mierda y un cobarde. Te asusta tanto perder contra nosotros, descubrir que tu forma de jugar no sirve para nada, que ni siquiera has tenido el valor de luchar para defender tus ideas.

Vale. Está claro que no ha sido el mejor reencuentro del mundo. Como abra la boca, terminará por decir alguna burrada y no necesitan hacerse más daño. No es lo que quiere. Busca a su compañero y alza la voz.

—Keishi. Vámonos.

Ni siquiera compran el batido. Keishi se pone en pie y le acompaña al exterior con cara de circunstancias, sintiéndose un fracasado total. Se alejan del Maji Burger a buen paso y sólo le habla cuando están bastante lejos.

—¿Qué ha pasado, Kuroko?

—Nada.

—Pensé que eran amigos tuyos.

—Es complicado.

—Si me lo quieres contar, prometo tener la boca cerrada.

Es una oferta tentadora. Un desahogo. Kuroko no ha hablado con nadie sobre lo que sintió durante aquel aciago tercer año, sobre lo echo polvo que quedó después de la derrota de Ogiwara. Nunca ha expresado con palabras el odio que llegó a sentir por aquellos que fueron sus amigos. Sabe que confesar le ayudará a sentirse mejor, que descargar su alma sólo le traerá beneficios, pero no se cree digno de ese alivio. Aún no. Por eso aprieta los labios.

—No es nada. Estoy bien.

Quiere convencerse a sí mismo. Keishi le observa durante unos segundos. Aunque pueda parecerlo, no es idiota. Tampoco es la clase de chico que obliga a los demás a hacer cosas que no quieren. Está claro que le preocupa lo que acaba de pasar y opta por lo único saludable para Kuroko: distraerle. Con un gesto un tanto teatral, se lleva la mano a la pantorrilla.

—¡Ay, mierda! Creo que se me acaba de montar el gemelo. Así que el deporte es bueno para la salud. ¡Un carajo! Piénsalo. Podríamos haber pasado la tarde jugando a Pokemon y no haciendo el payaso por ahí. Ahora es cuando me dices que te gusta hacer ejercicio porque tener el pelo azul no es lo único un poco extraño que tienes. Y no te lo tomes a mal, pero me tienes que reconocer que lo del pelo no es normal. Y hablando de pelos, esa amiga tuya es muy guapa. Momoi. Me ha caído genial. Si se le da bien la estadística, tiene que ser una tía cojonuda. A ti nunca te he hablado de mi gusto por las matemáticas, ¿verdad? Cuando era pequeño, le robé los deberes a mi hermano y conseguí despejar las incógnitas de un par de ecuaciones. Se quedaron un poco flipados y dijeron que mi destino es trabajar en la Agencia Espacial. Ser astronauta tiene que ser cojonudo. ¿Se te montarán los gemelos en el espacio?

Al menos la cháchara sirve para olvidarse de Aomine durante un buen rato. Por desgracia, Keishi no le acompaña a casa. Una vez en su habitación, vuelve a recordar el pasado y siente ganas de vomitar. No sabe qué hacer, pero una cosa está clara: no puede seguir atascado.


5

In love

Hay algo distinto en Keishi. Lo viene notando desde hace un par de días. No es que se haya vuelto más callado o que se comporte de una forma más taciturna. Es su forma de mirarle. Kuroko no sabe por qué lo sabe, pero está seguro de que Keishi lo sabe. Lo de la Generación de los Milagros. También es consciente de que Keishi no lo confrontará directamente, tal es el nivel de discreción que, por lo general, exhibe. Así pues, aprovecha la hora del almuerzo para aclarar las cosas. Puede que tenga un montón de asuntos pendientes con su pasado, pero no añadirá uno más.

Keishi ha traído el curri prometido. Por lo visto, ha estado practicando todos los días y ahora le sale aceptable, aunque el arroz tiende a pasarse y la carne se le queda demasiado sosa. A Kuroko no le sorprende que traiga dos raciones y le entregue una con toda la naturalidad del mundo.

—¿Qué? —Aguarda con ansias su veredicto—. Está bueno. Estoy seguro que no te sentará mal ni nada. Haru tuvo diarrea durante dos días cuando le di a probar uno de mis experimentos. Es que hay que ser ingenuo para caer en la trampa, con lo bien que me conoce. Y se supone que los policías son perspicaces. Me pregunto qué clase de excusa pondría para faltar al trabajo. ¿Me abdujeron los extraterrestres? ¿Encontré un búnker de los años cuarenta y me zampé toda la comida enlatada?

Kuroko hace el gesto. Ha aprendido que si alza la mano como si quisiera pedir el turno de palabra en mitad de una clase, Keishi se calla y toma aire durante un par de segundos. Tiempo más que suficiente para formular la pregunta.

—¿Me has buscado en Internet?

Sabe que lo sabe. Ha tenido que hacerlo.

—No.

¡Y un cuerno!

—He buscado a Daiki Aomine.

Bien. Sospechas confirmadas. Es un alivio, por más que no le apetezca revolver el pasado. Está convencido de que Keishi se pondrá a desvariar de un momento a otro, así que le sorprende mucho que se limite a comer. Odia esos silencios entre ambos. Son extraños e incómodos.

—¿No dirás nada?

—¿Quieres que lo haga?

¿Quiere?

De perdidos al río.

—Por favor.

Keishi traga la comida que tiene en la boca, le da un trago a su botella de agua, carraspea y arranca. Kuroko casi se arrepiente de haberle dado permiso y se prepara para prestar atención. Entre todos sus desvaríos, en algún momento dirá algo coherente que podría servirle de ayuda.

—En primer lugar, debo decirte que no tenía ni idea. Ya sabes que no soy un experto practicando deportes y el baloncesto nunca me ha interesado mucho. Me suena que en mi escuela secundaria había un equipo, pero no creo que llegaran a jugar en los campeonatos nacionales. Posiblemente ni siquiera se clasificaron para el de nuestra prefectura. Si lo hubieran hecho, me habría enterado. Como aquella vez que las chicas del equipo de kyūdō quedaron terceras en la competencia por equipos. Fíjate, la arquería sí que me parece una pasada. No tienes que ir corriendo de un lado para otro como un idiota.

Kuroko carraspea. Keishi sonríe.

—Está bien. Me centro. Hasta hace dos días, no tenía ni idea de lo que era la Generación de los Milagros. Tiene nombre de misión religiosa cristiana o algo parecido. Ya sabes, sacerdotes que van por el mundo predicando la palabra de Dios y resucitando a la gente. Pero no. Es baloncesto. Cuando googleé a Aomine, me salieron mogollón de artículos y fotografías de la Generación de los Milagros. Un equipo de básquet cojonudo que nunca conoció la derrota. No creo que haga falta que te explique esa parte. Estuviste ahí, aunque cualquiera lo diría. ¿Por qué puñetas no apareces en casi ninguna imagen?

—Ya te lo he dicho muchas veces. Tiendo a pasar desapercibido.

Está boquiabierto, como si no fuera capaz de dar crédito a esa afirmación. En ocasiones, a Kuroko le calienta el corazón que ese chico se indigne cuando los demás no lo tienen en cuenta. Si alza la mano en clase y el profesor no le ve, si alguien trae bebidas para todos los miembros de un grupo de estudio y le ignoran. Keishi es, casi con total seguridad, la única persona del mundo que puede verle. Aún no entiende por qué, pero, en lugar de darle vueltas y ceder ante la intriga, ha aprendido a vivir con ello.

—Pero tanto… Me costó mucho encontrar un artículo en el que te mencionaban. Tetsuya Kuroko, el sexto jugador fantasma. Experto en pases.

—Ése era yo.

—No entiendo muy bien qué significa. ¿Experto en pases?

—Era mi única misión durante los partidos. Dirigir la trayectoria de la pelota hacia el compañero mejor posicionado. Ni siquiera tenía que lanzar o esquivar rivales. La principal ventaja de mi juego consistía en ser rápido y volverme invisible ante los demás.

—¿Cómo si fueras un mago?

Es curioso que haya dado en el clavo con tanta exactitud. Keishi come un poco más y no dice nada mientras tanto. Menea su cabeza muy despacio, como si estuviera reflexionando.

—Después de lo que pasó el otro día, he deducido un par de cosas que no aparecen en la prensa. Por ejemplo, que tus compañeros debieron convertirse en unos chulos de mierda y te hartaste de ellos. ¿Por eso has dejado el baloncesto?

Ha llegado el momento. Días atrás, no quiso dar las explicaciones pertinentes. Ahora, siente que no le queda más remedio. Keishi ha hecho el esfuerzo de comprenderle, aunque haya estado husmeando en su pasado. Y es su amigo, joder. El primero que tiene lejos del mundillo del baloncesto. ¿Para qué negarlo durante más tiempo? Con toda su intensidad exasperante y su optimismo exagerado, le cae bien. Le gusta. Es divertido pasar tiempo con él. Sólo por eso traga aire y relata la parte de la historia que nunca podría haber averiguado. Le habla de Ogiwara, de los juegos crueles de los chicos del Teikō y de la cabronada que preparó Akashi. No es necesario explicarle que se sintió fatal cuando vio aquel fatídico marcador. Keishi analiza la información durante un instante y le hace una pregunta inesperada. Kuroko estaba convencido de que se interesaría por Aomine o por alguno de los otros, pero no.

—¿Has hablado con Ogiwara de lo que pasó?

Una palabra para describir un tormento que llena sus sueños de pesadillas.

—No.

—¿Por qué no?

—No creo que quiera hablar conmigo.

Keishi frunce el ceño y extiende una mano en su dirección.

—Déjame tu teléfono.

—¿Para qué?

—Quiero comprobar si aún guardas su número. Si es así, significa que aún te queda esperanza.

Es verdad. Si hubiera dado por perdido a Ogiwara, se habría asegurado de eliminar toda tentación. Saca el móvil, pero no se lo entrega a Keishi. En vez de eso, busca el número de su antiguo amigo y le muestra la pantalla. Ahí está, como el primer día. No cree conveniente decir nada. En determinadas circunstancias, sobran las palabras.

No consigue reaccionar a tiempo. Antes de darse cuenta, Keishi se ha abalanzado sobre él y, con un movimiento maestro, le arrebata el terminal, pulsa la tecla de llamada y se lo planta en la oreja. Se las apaña bastante bien esquivando los intentos de Kuroko de recuperar lo que es suyo.

—¡Ey! ¿Qué haces?

Se queda paralizado cuando escucha a Keishi.

—¿Ogiwara? No, soy un amigo suyo. ¿Todo bien? ¡Qué guay! Espera, que te paso a Kuroko.

Y así es como termina manteniendo una conversación con su amigo perdido. No se dicen demasiadas cosas, pero sí quedan para verse durante ese mismo fin de semana. Cuando se despide de él, no oculta el considerable cabreo que siente. Cabreo y gratitud. Es una mezcla exótica, extraña, exuberante. Se le va a freír el cerebro.

—¿Por qué has hecho eso?

—Para ayudarte, obviamente.

—Pero no tenías ningún derecho.

Quiere hablarle sobre los límites del espacio personal y la intimidad individual. Quiere gritarle que debe respetar más las decisiones que toman los demás, que una cosa es hablar sin parar y otra muy distinta entrometerse hasta ese extremo, pero Keishi no le permite escupir los reproches.

—¿Ha funcionado?

—¿Cómo?

—¿Has arreglado las cosas con Ogiwara?

No hace falta ser muy listo para saber a dónde quiere llegar.

—Yo… Sí.

—Entonces, ¿cuál es el problema? Sólo te he dado el empujón que necesitabas para decidirte. De nada.

Podría pegarle. También podría darle un abrazo. Gruñe y se guarda el teléfono en el bolsillo. Keishi, que hasta ese momento ha mantenido una pose cautelosa, se atreve a aproximarse a él. Incluso coloca un brazo sobre sus hombros.

—Sólo lamento que hayáis quedado este finde. No podré acompañarte.

—¿Quién ha dicho que quiero que vengas?

Le ignora por completo. Está claro que quiere contarle algo.

—He quedado con una chica. Vamos a ir al cine y a tomar helado. Y puede que hasta a un karaoke, aunque canto fatal. Pero bueno, haré un esfuerzo por contener mi vergüenza.

—¡Ah! ¿Acaso tienes?

Keishi le da un empujón, pero no niega la mayor. No puede. Kuroko suspira y le sigue el rollo. Se supone que es lo que hacen los amigos.

—No irás a salir con la presidenta del Consejo Estudiantil.

—¡Uhm! Podría si quisiera, pero es demasiada mujer para mí. Y, por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender, no le caigo del todo bien. No. He quedado con Satsuki.

Lo dice sin pensar.

—¿Como Satsuki Momoi?

—En persona.

La sangre se le hiela en las venas. ¿Es posible?

—No puede ser.

—¿Por qué?

Porque Momoi está enamorada de mí. Creo.

—¡Sólo os habéis visto una vez!

Keishi resopla de la risa.

—¡Qué va! Aquel día, en la hamburguesería, intercambiamos los teléfonos y hemos quedado en un par de ocasiones.

—¿Cuándo?

—Después de mis reuniones y sus entrenamientos. Es una chica muy simpática. Tiene una mente privilegiada para los números y siempre se ríe de mis chistes. Eso es un alivio, aunque a veces me pregunto si lo hace sólo para que me sienta bien. Que tampoco es mala opción, que alguien se sacrifique así por tu bien.

—¿Sacri…ficio?

No se ha repuesto. Es demasiado pronto. Es demasiado increíble, joder.

—Kuroko, amigo. Creo que estoy In Love.

Repite sus palabras como un loro.

—Nunca antes he sentido algo como esto. Hasta estoy pensando en confesarme. Igual es un poco pronto, pero tengo la sensación de que no le soy indiferente. Si me rechaza, será duro. Si no lo intento, será peor. ¿Qué me dices?

Nada. Ni una palabra.

—Vaya.

—Tan elocuente como siempre. —Keishi le da unas palmaditas en la espalda—. Deja que te cuente qué peli veremos. Va de un chico que pierde el tren y llega tarde al trabajo y por eso le despiden y…

Bla, bla, bla.

El cerebro de Tetsuya Kuroko se desconecta. Lo único en lo que puede pensar es en Momoi y en el escandaloso futuro que le espera si lo suyo con Keishi prospera.


6

Amigos

No lo negará. Está nervioso.

Ha quedado con Shigehiro Ogiwara en un parque ubicado en un punto intermedio entre sus domicilios. El día es agradable y hay mucha gente disfrutándolo en el exterior. Kuroko llega con diez minutos de antelación, toma asiento y comienza a golpear el suelo con el talón, impaciente. Cuando su amigo se retrasa un minuto, teme que no vaya a acudir a la cita. No le extrañaría. Le hicieron mucho daño. Kuroko se incluye porque Akashi tuvo razón en una cosa. Cuando se trataba de chicos desconocidos, no se preocupó por ellos. Por supuesto que no le parecía bien lo que estaban haciendo sus compañeros, pero jamás alzó la voz con seriedad. Si lo hubiera hecho, quizá se hubieran tomado el baloncesto con más respeto y Ogiwara no hubiera terminado pagando por la dejadez de todos. Del entrenador, de los jugadores y del propio Kuroko.

Se levanta cuando lo ve aparecer. Viene ataviado con ropa deportiva, sostiene un bolsón enorme y, a su espalda, lleva lo que parece ser una espada. Es sorprendente, más aún cuando le sonríe con esa naturalidad, como si el pasado no hubiera tenido lugar.

—¡Kuroko! ¡Cuánto tiempo! Me alegra un montón que me llamaras el otro día.

Se estrechan las manos. Ogiwara deja la bolsa en el suelo y se descuelga la espada.

—¿Estás bien?

Es lo primero que le pregunta porque es lo que más le ha preocupado en los últimos meses. Se sientan al mismo tiempo. Ogiwara suspira y se soba el costado derecho.

—Más o menos, aunque me acaban de dar una auténtica paliza. Vengo directo desde el dōjō y no he tenido mi mejor entrenamiento. Creo que me saldrá un moratón.

Kuroko aprieta los dientes. Es un tonto por sentirse tan mal. Hay algo amargo en su garganta y comienza a ver un poco borroso. Debe contenerse. No es momento para llantos inútiles. Se ha pasado los últimos días ensayando un discurso para disculparse y no puede fallar. No ahora. Sin embargo, sus planes cambian cuando ve la necesidad de seguirle el rollo a su acompañante. Menos mal que el tamaño de la espada es inconfundible.

—¿Estás practicando kendo?

—Lo hacía de pequeño y me ha apetecido retomarlo ahora. Mi maestra es bastante estricta, pero creo que voy bien. Al principio cuesta un poco acostumbrarse al peso de la armadura, pero es como montar en bicicleta. Los movimientos y las técnicas no se olvidan nunca.

Coloca las manos en el banco y extiende los codos. Parece ser capaz de sostenerse en el aire. Kuroko no entiende nada. No estaba preparado para algo así. Sabe que será doloroso y es posible que a Ogiwara no le apetezca nada hablar sobre el tema, pero no puede quedarse callado. Necesita aclarar las cosas, cerrar una etapa de su vida para poder seguir adelante.

—Entonces, ¿ya no juegas al baloncesto?

Espera ver más dolor en sus ojos. Sin embargo, se mantiene extrañamente calmado. Su sonrisa sí es un poco triste. Y su voz se llena de melancolía cuando habla.

—Después de aquella final, decidí dejarlo. Me sentí bastante desgraciado, aunque lo veo por el lado positivo. Gracias a lo ocurrido, ahora puedo hacer algo que me gusta muchísimo más.

Se pone en pie, agarra su espada y comienza a hacer unos movimientos que son más complicados de lo que parece a simple vista. Le habla a Kuroko sobre ese arte marcial, la disciplina que imparten en su dōjō y la fuerza que necesitas para equilibrar cuerpo y mente. Le explica todo el bien que le ha hecho desde que retomó el camino del sable y, poco a poco, consigue que Kuroko se sienta más tranquilo. En cierta forma, le fastidia un poco. Ha estado atormentándose todo ese tiempo mientras Ogiwara continuaba con su vida sin más problemas. Si hubiera tenido el valor de llamarlo un poco antes, podría haber superado ese pequeño trauma y ahora se sentiría mejor. Maldita sea.

—¿Y tú, Kuroko? ¿Sigues con el básquet?

Le plantea la cuestión un rato después, cuando ya ha guardado la espada y recuperado su sitio en el banco. Kuroko siente que puede ser honesto con él. Abrirse en canal.

—Dejó de gustarme después de lo que hicieron mis amigos. No he pisado una cancha de baloncesto desde entonces.

Ogiwara se ve extrañado. Entrelaza sus dedos, se inclina hacia delante y observa a unos niños que juegan al fútbol un poco más allá.

—¿De verdad dejó de gustarte?

—Se convirtió en algo demasiado doloroso para mí. Además, no pienso hacer lo que Akashi pretende que hagamos.

—¿Akashi? ¡Oh! Ese hijo de puta.

La forma que tiene que decirlo le hace sonreír. No hay acritud en sus palabras, sino un genuino interés por ayudarle a sentirse mejor. En cualquier caso, no ha podido definirlo con más exactitud. Incluso con todas sus peculiaridades y graves problemas, Akashi no deja de ser un cabrón.

—Se aseguró de que todos los miembros de la Generación de los Milagros acabaran en distintos institutos, todos ellos con equipos de básquet bastante fuertes, para así poder enfrentarse en los campeonatos nacionales.

—¿Qué crees que pretende con eso?

—Supongo que espera ganarles a todos y así demostrar que es el mejor.

—Así que no puede vivir sin parar de mirarse el ombligo.

Otra sonrisa. Es curioso como su alma se está limpiando. Poquito a poquito, a un ritmo endiabladamente lento pero imparable.

—Me niego a seguirle el juego. Es una estupidez.

Ogiwara guarda silencio durante unos segundos.

—Podría no serlo. Tal vez, si participaras en el campeonato y ganaras a los equipos de tus antiguos compañeros, podrías demostrar lo equivocado que está Akashi en todos los sentidos. Esa manía que tiene de manipular a la gente y, sobre todo, su visión egoísta del baloncesto. Si alguien capacitado para darles una lección, eres tú.

Puede que tenga razón. El demonio de la tentación le acaricia la nuca, seductor. Lo que pasa es que él ya no necesita darle una lección a nadie. Sólo quiere superar lo que pasó y seguir con su vida. Descubrir cosas nuevas, disfrutar de aquello que de verdad le gusta. No quiere volver a sentir como se sintió durante aquel aciago año en Teikō. Agradece los ánimos de Ogiwara, pero no se deja convencer.

—A estas alturas me da igual lo que piensen y lo que hagan. No puedo dejar que el pasado marque cómo debe ser mi futuro. Decidí empezar de nuevo y seré fiel a mí mismo.

Ogiwara sonríe.

—No puedo culparte por querer algo así. Yo estoy haciendo lo mismo.

Acaricia cariñosamente su espada de kendo. A continuación, se inclina sobre su bolsa de deportes y extrae algo de su interior. Kuroko da un respingo. Un balón de baloncesto.

—Aunque me pregunto una cosa. ¿Ni siquiera te apetece jugar conmigo? En plan amigos, sin competiciones de por medio.

En ningún momento se le pasa por la cabeza la posibilidad de negarse. Se descubre a sí mismo riéndose y preparándose para un partidillo amistoso. El parque es grande, así que cuenta con su propia pista de baloncesto. Dejan sus cosas a buen recaudo y comienzan a jugar. Es muy agradable recuperar esa pasión. Ogiwara lleva las de ganar en el uno contra uno porque siempre ha sido mejor lanzando, pero no importa. No llevan la cuenta de los puntos que meten (Kuroko es incapaz de encestar) y sí terminan riéndose y bastante cansados. Al final, se tiran contra el suelo y rememoran los viejos tiempos. Cuando llega la hora de marcharse, no existe ninguna brecha entre ellos.

—Te llamaré, Kuroko. No quiero que pase tanto tiempo sin que nos veamos.

—Tienes razón. Quedemos de vez en cuando.

Con esa promesa en el aire, Shigehiro Ogiwara regresa a casa. Kuroko permanece un rato más allí, reflexionando sobre lo que acaba de pasar y sin poder creerse que todo haya salido tan bien. Está tumbado en el suelo, listo para quedarse allí unos cuantos minutos, cuando alguien le hace sombra. Se deslumbra al intentar identificar al recién llegado debido a la posición del sol. La voz de Aomine es inconfundible.

—¿No decías que no querías jugar al baloncesto?

No está siendo burlón. Por primera vez en mucho tiempo, parece que se toma esa futura conversación en serio. Kuroko se levanta. Aunque ha curado algunas de sus heridas, no está listo para la arrogancia de Aomine. Es una de las cosas que más duelen de aquella época, que un chico extrovertido y amable, apasionado y leal, se haya convertido en alguien así.

—¿Qué quieres, Aomine?

—Satsuki me ha dicho dónde podía encontrarte. Por lo visto, ese amigo raro tuyo ha dejado caer que estabas por aquí. Los dos me han mirado como si fuera mi obligación venir.

Está disgustado por ello. Kuroko aprieta los labios.

—Perdona a Keishi. Es un entrometido.

—¿Keishi? No recuerdo que hayas llamado a alguien por su nombre de pila jamás.

—Digamos que es muy insistente.

Si no se hubiera dejado convencer, aún estaría recitando los motivos por los que es mejor ser más informal entre amigos. Le desconcierta que Aomine sonría. Y no es una de esas sonrisas de capullo que componía en la pista para burlarse del rival. Es una sonrisa genuina y sin malicia.

—Ya me he dado cuenta.

Está harto de subterfugios. Kuroko se encara con él.

—¿Por qué has venido?

—¿No es evidente? No dejo de pensar en lo que me dijiste el otro día.

Aomine se sienta. Kuroko hace lo propio. Hace demasiado tiempo desde que estuvieron así por última vez, hombro con hombro y conversando con calma. De verdad que lo había extrañado.

—No es que esté pensando en dejar el baloncesto. Pese a todo, aún me gusta. Además, este año me enfrentaré a los otros prodigios. Al menos, esos partidos tendrán un mínimo de interés para mí.

—Ya.

—La cuestión es que entiendo por qué los has dejado. Me sigues pareciendo un cobarde porque, si piensas que estamos equivocado, ¿por qué no intentas hacer valer tu punto de vista?

Kuroko libera una risita. Es tan irónico lo que acaba de pasar que no tiene palabras. Aomine está desconcertado.

—¿Qué?

—Ogiwara acaba de decirme algo parecido. El chico al que humillasteis esa vez.

Tiene la decencia de verse un poco incómodo. Incluso se pasa la mano por el pelo.

—Pero te diré lo mismo que a él. Ya no tengo ninguna necesidad de demostrar nada. Sois libres de pensar y de jugar como queráis. Yo intentaré encontrar mi propio camino. No puedo seguir siendo el sexto jugador fantasma toda mi vida.

—Hablas en serio.

—Ya sabes que no tengo sentido del humor.

Aomine le mira un poco más. Al final, estira las piernas y emite una especie de gruñido.

—Si es lo que quieres, no me queda más remedio que aceptarlo. Pero te advierto que a Akashi no le sentará nada bien.

—Kise ya me lo advirtió. Me da igual. ¿Qué puede hacer contra mí?

—No sé. Clavarte unas tijeras en los ojos. Tiene mucho temperamento.

Kuroko sonríe. No se le antoja nada difícil imaginarse al antiguo capitán del Teikō en esa tesitura. Mira de reojo a Aomine. No va a negarlo. Le gusta estar así. Por un instante, tiene la sensación de haber recuperado todo lo perdido.

—Ese amigo tuyo, ¿es de fiar?

Cambia de tema. Lo del baloncesto ya está zanjado.

—Yo diría que sí. Aunque es un poco agotador.

—Nunca me imaginé que terminaras yendo con alguien así. ¿Por qué?

No necesita pensarlo mucho.

—Porque me dio motivos para no seguir pensando en Teikō. Un montón de motivos.

Aomine resopla. Echa un vistazo a su alrededor.

—¿Jugarías conmigo?

Es una pregunta tan sencilla como difícil de contestar. ¿Quieren hacerlo? ¿Están preparados para arriesgarse?

Por el momento, es preferible ganar algo de tiempo. Necesita reflexionar, asimilar lo que acaba de pasar.

—Estoy cansado. Ogiwara y yo hemos jugado un montón de rato y ya sabes que no aguanto un partido completo.

Aomine capta sus intenciones. Se levanta. Parece bastante relajado.

—Tendremos que dejarlo para otro día, entonces. Lo que no me puedes rechazar es un batido.

No, no puede. Juntos comienzan a caminar hacia la salida del parque. Se siente bien. Correcto. Adecuado.

—¿Te has enterado? Voy a jugar un partido contra los chicos de tu instituto. Hay un tipo, Kagami, que tiene un aura bastante peculiar.

Kagami. Es innegable que desprende vibraciones muy poderosas.

—¿Crees que pueda ganarte?

Aomine le pasa un brazo por los hombros. No hay nada hostil en él.

—Ya lo sabes, Tetsu. El único que puede vencerme, soy yo.


7

Conflicto de intereses

Keishi se ha comprado un refresco y una bolsa de palomitas de maíz. Se supone que no le apetece lo más mínimo pasar hambre. El pabellón deportivo está bastante repleto de gente, lo cual no deja de ser bastante sorprendente puesto que sólo se trata de un partido entre estudiantes. Claro que el equipo del Instituto Tōō es bastante famoso. Quedó muy bien posicionado el año pasado y ahora cuenta entre sus filas con Daiki Aomine, el as de la Generación de los Milagros.

Si alguien le hubiera dicho quince días antes que iba a terminar allí sentado, Kuroko no lo hubiera creído. Lo único que le apetecía en aquel entonces era permanecer lejos del baloncesto, pero ha podido recuperar algunas cosas del pasado (las mejores) y se siente con confianza suficiente como para estar allí. Cuando Keishi se sienta a su lado, está a punto de tirar las palomitas. No le da la más mínima importancia. Está demasiado ocupado haciendo lo que mejor se le da. Hablar.

—¡Qué jodido dilema, Kuroko! ¿A quién debo apoyar esta noche? Porque Seirin es mi instituto y se supone que entre nosotros debe existir ese comadreo, pero la mánager del equipo rival es mi novia. Y que conste que Satsuki me ha dicho que no necesita que la anime, que puedo ir con Seirin si quiero, pero es que no puedo. Es superior a mí. No quiero Satsuki termine el día estando triste, aunque ya tengo planes para consolarla. Por otro lado, algo me dice que, si pierde Seirin, la reunión de mañana del Consejo Estudiantil será un infierno. ¿Por qué no te apuntas? Aprovecha ahora. Es el momento adecuado.

Está claro que no pierde ocasión para insistir con el tema.

—Que no, Keishi. Que no quiero.

—¡Bah! Qué mal amigo eres. No tienes en cuenta mi sufrimiento entre tantas chicas. La presi no deja de presionarme para que mejores en educación física. ¡Si estoy superando todas las pruebas! Ni puedo ni quiero ser el mejor. Y eso que Satsuki me está ayudando un montón. Me ha dado un par de consejos para hacer que el plan de entrenamiento de Riko sea más efectivo. Mira. Tengo músculos y todo.

Flexiona el brazo frente a sus narices. Kuroko se contiene para no poner los ojos en blanco.

—Casi tantos como yo. Sí.

—¡En fin! ¿Qué hacemos? ¿Seirin o Tōō?

—¿No prefieres la neutralidad?

—¡Uhm! Es una idea interesante. La neutralidad ni mata ni sana. A Suiza no le fue nada mal durante la Segunda Guerra Mundial. Claro que cualquiera puede serlo si en tus fronteras no hay más que montañas. Así no puede pasar ni un solo tanque para invadirte. Tal vez con el armamento moderno sea más fácil. Tiras unas bombas y te haces con Suiza en un par de días.

—¿Por qué querrías invadir Suiza?

—Para quedarme con todo lo que tienen guardado en las cajas de seguridad de los bancos. ¡Qué pasada!

Niega con la cabeza. Keishi no sigue hablando porque los equipos acaban de saltar a la pista. Kuroko los observa a todos con curiosidad y siente un escalofrío cuando descubre en Aomine esa mirada que tan poco le gusta. Toma su decisión en ese preciso instante. Keishi, que está admirando la belleza de Satsuki (se le nota por la cara de idiota que ha puesto), hace lo propio.

—Kuroko. Animaré a Tōō.

—Pues yo voy con Seirin a tope.

¿Quién sabe? A lo mejor del resultado de ese partido le convence para volver a jugar al baloncesto. Tampoco hay mucho tiempo para la reflexión. Keishi saluda a voces a su novia y Kuroko centra su atención en Taiga Kagami. Ya se dio cuenta cuando lo vio en clase, pero no lo ha reconocido hasta ahora. Su luz es tan fuerte que podría hacer una sombra cojonuda. Sólo necesita tiempo y mucho entrenamiento.

Sonríe. Es bueno darse cuenta de que ya no siente ningún rencor por el baloncesto. No sabe si jugará o no en el futuro, pero no le importa. Por el momento, disfrutará del espectáculo y animará a su equipo. Se ha quitado un peso de encima.

FIN