Un viejo accidente lo había dejado como una momia, y no era broma.

Después de un inesperado suceso, la piel de Miguel quedó en un estado muy delicado. A tal punto que la continua exposición al sol causaba terribles irritaciones junto a comezón. Un diagnóstico que un doctor intentó controlar con el uso continuo de vendas en su rostro, guantes para sus manos y la más mínima exposición a los rayos solares.

Tuvo que cambiarse al turno de noche en el viejo bar donde laburaba, tuvo que hacer viajes continuos a lugares con climas húmedos y sobre todo aumentar su consumo de lluvias.

Por muy raro que sonara, eran las órdenes del doctor.

Por todo eso es que, cuando Miguel despertó de su corto letargo, recordó cuan necesaria era la lluvia para él…

—¿A-aún no llegamos?—preguntó con una clara sensación de mareo impresa en su voz—creí que no tardaríamos tanto.

…pero también recordó su anciano disgusto por el mar.

—Oh, despertaste—comentó con sorpresa una de las figuras en impermeable amarillo, una mujer.

—Bueno, *uff* era obvio que despertaría *uff* en algún momento—respondió la segunda persona con impermeable, un hombre. Y por el tono ahogado y falto de aire, parecía que no estaba particularmente acostumbrado al trabajo de remar.

—Yo nunca lo dije lo contrario—contestó la mujer con un ligero fastidio.

—Pero estoy seguro que lo *uff* pensaste—le replicó mordazmente el hombre.

—¿Y tú no lo hiciste?

—Nop, *uff* no lo hice.

—Extraño, teniendo en cuenta lo lento que estamos yendo.

—¿Tienes algún problema con mi remado?

—Sí, es muy lento…

—Quizá si despegaras *uff* tus posaderas de allí, llegaríamos más *uff* rápido.

—¿Acaso quieres que me caiga del bote?

—Mientras vuelvas a subir para que me ayudes a remar…

Miguel se hubiera reído por el jadeo de indignación que la dama soltó (¿a su esposo?), pero el constante bamboleo de la balsa lo estaba volviendo loco. Estaba seguro que, a menos que se volviera a dormir, vomitaría.

Trató de enfocarse en la distante luz del faro a la que se acercaban, pero no era suficiente distracción.

—P-por favor…—habló entrecortadamente mientras inhalaba bastante aire para despejarse un poco—…solo díganme cuanto falta.

La misteriosa mujer frente a él chasqueó la lengua antes de responderle.

—Llegaremos en unos minutos—le dijo simplemente.

—2 minutos con 35 segundos, siendo más específicos—precisó el remador en turno.

—Tal vez sería un minuto con 35, si alguien remara mejor~—agregó una voz femenina y cantarina.

Esta vez fue turno del hombre de amarillo para chasquear la lengua.

—Solo dale su caja y déjame hacer mi trabajo—dijo con tono plano.

Y mientras la mujer le respondía a su congénere, Miguel fue consciente del objeto de madera bajo el asiento de la dama misteriosa. Un objeto que esta tomó y le pasó sin siquiera voltearse.

La caja era un poco más grande que un joyero, de forma rectangular; y como ya había notado, hecha de madera. Esta poseía un pequeño gancho sujeto a un anillo para mantenerse cerrada, pero la parte que más llamaba su atención fue la pequeña placa pulida en la cara superior. Esta dictaba:

"Miguel V. – Apostador imprudente"

Esta vez fue turno de chasquear la lengua con fastidio. Incluso pudo sentir que su mareo se disipaba producto de la confusión y la molestia.

—Ejem, disculpen… ¿qué se supone que es esto?

—Deberíamos implementar una regla cada vez que hacemos esto.

— ¿A sí? ¿Cuál?

—Que cada dos turnos, te toque a ti remar un poco.

—No digas tonterías.

—¡No son tonterías!—exclamó con indignación el hombre de amarillo.

Parecía que ese par estaba demasiado metido en su propia discusión como para contestarle. Él solo pudo suspirar con cansancio.

—No se peleen, yo ahora lo descubro—comentó sarcásticamente, para luego quitar el seguro de la caja.

Se veía un poco polvorienta y estaba llena con algunas cosas. En la tapa interior habían pegado el dibujo en vertical de un pergamino, una llave y un estoque, los tres acompañados respectivamente por los números 1, 2 y 2; al lado de este había un pequeño folleto de una bella estatua dorada de un ángel con las palabras "Souvenir de Monument Island" escritas en la cima.

Ya en el interior de la caja, lo primero que vio fue un montoncito de monedas plateadas que se guardó en el abrigo y junto a ellas estaban dos fotografías.

La primera tenía escritas las palabras "Booker – Ayudar" y la imagen (que por cierto parecía la que uno usaría en un archivo médico o militar) era de un hombre ya bastante entrado en su 30, con el pelo ligeramente arreglado, y vestido con un saco, lo que parecía ser una camisa y una corbata roja. Esta última fue la que le encendió el foco a Miguel.

¿La Agencia Nacional de Detectives Pinkerton…?—pensó confusamente para sí mismo. Después de todo, ¿qué ayuda podría brindar a un sujeto que muy posiblemente tenía las manos manchadas con más sangre que él?

Al final, no tuvo tiempo para darle sentido al pensamiento que se creó en su mente, porque le echó un vistazo a la siguiente foto.

Igual que la anterior, había un par de palabras escritas en ella y estas eran: "Elizabeth – Cuidar". La foto en cuestión fue tomada enfocando el perfil de una joven mujer, con el cabello atado en una coleta y vestida con una camisa blanca y una falda.

Es bonita…—pensó distraídamente mientras le daba la vuelta a la foto.

Tres palabras lo recibieron.

"OLVIDAR TUS APUESTAS"

Casi como hubiera tenido una epifanía, volteó la foto del tal Booker y no se sorprendió de encontrar palabras allí.

"SALVALOS PARA"

Un escalofrío se filtró por su espalda, no por la brisa marina, sino por la extraña sensación de miedo que decidió aparecer. Y conforme repetía la oración en su cabeza, Miguel no pudo evitar soltar una risa aguda y nerviosa.

Una voz resonó en su cabeza.

Apuestas, la vida siempre está llena de apuestas…—le susurró la voz.

Y luego de tomar las dos fotos y cerrar la caja, Miguel tomó un respiro profundo y agregó.

—…pero nunca hay suficientes.

—Oye chico, ya llegamos.

—Sí, ¿qué pasa?—preguntó levantado la mirada.

—¿Eh?

Ya no hubo tiempo para que se formara ningún chiste, lamento o pensamiento deprimente en su cabeza, el joven levantó la mirada y se encontró con la sorpresa de que estaban junto a un muelle de madera algo destartalado, pero cuyo camino llevaba a una isla rodeada de rocas marinas que eran azotadas por el mar. Y en medio de estas, se alzaba un gran faro blanco con una luz que brillaba y alertaba en medio de la llovizna.

Y en cuanto al pequeño y tambaleante bote, este había sido estacionado precisamente junto a unas escaleras de madera clavadas al muelle.

—Les pido disculpas no lo había notado—dijo tratando de mantener abajo su incredulidad.

—Llegamos 10 segundos más rápido—comentó animadamente la dama de amarillo—y todo gracias a que alguien decidió dejar de llorar y ponerse a remar.

—Aún no oigo el gracias~

—De nada~

—Tch, muy graciosa…

—Gracias—respondió sinceramente Miguel, para sorpresa de la pareja. Y sin mucho preámbulo, subió por la pequeña escalera de madera junto al muelle.

—¿Lo ves?, así es como se hace.

—Sí, sí, lo que tú digas…

—¿Crees que deberíamos decirle algo antes de irnos?

—¿Unas palabras de ánimo? ¿Eso hará algún cambio?

—Bueno, al último no le dijimos ni cuando volveríamos. Quizá esto provoque alguna diferencia.

—Lo dudo con creces.

El dúo amarillento volvió a entrar en una extraña conversación, mientras se alejaban lentamente del destartalado lugar. Algo preocupado, Miguel decidió preguntar una última cosa.

—¡¿Alguien me recibirá?!—inquirió con intranquilidad.

—Eso quisiera, sí—fue la respuesta del hombre.

—Sin duda es un mal lugar para quedarse solo—dijo, en cambio, la mujer.

No es…la respuesta que esperaba—pensó el joven descorazonado—pero, ¿supongo que no hay de otra?

Se encargó de darse respuesta con una risa nerviosa.

—Voy a morir…

Una última respiración lo ayudó a calmar su acelerado corazón.

—…pero no será hoy.

Ignorando la vieja caseta de pesca junto al muelle, avanzó. El sonido de sus pasos contra la mojada madera apenas se podían oír por sobre el resuello de la tormenta y la furia de las olas. Pero al final, solo fue cuestión de segundos para que cruzara el muelle, subiera por unos resbaladizos escalones de metal y se encontrara con la entrada al faro.

Y pegada a esta vieja puerta de madera, había una nota.

"Dewitt, tráenos a la chica y limpiaremos tu deuda…"

Y en la parte final de la nota, se encontraban unas cuantas manchas de sangre.

"ES TU ÚLTIMA OPORTUNIDAD"

—Carajo…—soltó mientras volvía a sentir el escalofrío.

Sin entender mucho el contexto de la nota, pero comprendiendo la amenaza, Miguel se la guardó en su abrigo.

Sigue adelante…sigue adelante…sigue adelante…

Con una temblorosa mano enguantada, golpeó tres veces la puerta.

TOC TOC TOC

—¡¿H-hola?!—gritó con cuanta voz pudo reunir—¡¿Hay alguien ahí?!

TOC TOC TOC

—¡¿Hola?!—entonó de nuevo—¡S-soy Miguel y vine por el asunto de la apuesta!

Apuesta y deuda. Su tren de pensamiento regresó a la nota en su bolsillo y se preguntó si, de la misma forma que ese tal Dewitt, su sangre acabaría en la nota de advertencia para el siguiente idiota que tuviera problemas para controlar su gustó por el juego.

Ese pensamiento casi lo hizo vomitar.

TOC TOC TOC

—¡Y-yo...!— volvió a tomar aire y se envalentonó mientras cruzaba el umbral—¡…voy a entrar!

Así comenzó todo. Con la débil luz de un bote de remo alejándose hacia las costas de Maine y la violenta sinfonía de la lluvia y el oleaje impactando contra el faro, casi como un presagio, una advertencia o la nota ensangrentada.

Un claro indicio de que las cosas irían muy mal…


Solo algo pequeño y corto, para tratar de agarrarle otra vez la manía a esto de escribir.