Disclamer: Dragon Ball Z no es mío.

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Lado A, lado B

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El príncipe de los saiyajin fue confinado a entrenar desde temprana edad para, un día no muy lejano, asumir el lugar de su padre, el rey Vegeta.

Pero jamás pudo gozar de su título, pues la amenaza de un alienígena con poderes sin límites y de espíritu cruel, se apoderaron de sus ideales y su planeta.

La raza saiyajin no tuvo otro camino que asumir su papel servil frente al tirano extraterrestre.

Tomó soldados del imperio de su padre el rey y los usó para sus propios fines. Viajes y matanzas iniciaron su paso por diversos planetas, dejando a su paso vestigios de sangre, miedo y sometimiento al que sería pronto, nuevo soberano del universo 7.

El padre de Vegeta fue otra víctima secuestrada sin armas a la voluntad del intruso que se apoderó de sus recursos humanos, tecnológicos y materiales. La amenaza latente de muerte se cernía sobre su corona como buitres sobre un cadáver, recordándole que debía ser obediente.

Y el joven príncipe no conoció otra vida que esa. Su destino estaba trazado por la esclavitud. Una que no conocía armas ni amenazas directas, pero que, implícitamente, se entendía con la muerte.

Desde temprana edad se internó en habitaciones de entrenamiento y viajes acompañado de Nappa, su escolta y amigo. Y, en ocasiones, un niño; futuro soldado de clase baja llamado Raditz.

Eran sus primeros pasos para convertirse en el sanguinario hombre que sería en el futuro.

Pero jamás dejaba de ser llamado "príncipe" por sus pares coterráneos. Mas no por los soldados de Freezer, que siempre lo observaban por encima del hombro; sabiéndose protegidos por su malvado líder.

Sus sangrientas misiones le enseñaron el camino que recorrería años más tarde. El del asesinato y la sumisión.

Cuando llegó a la adolescencia, sentía que sus misiones y entrenamientos eran insuficientes, así que pidió seguir viajando cada vez más lejanos y sangrientos.

Vio a Freezer extender sus tentáculos. Sometió infinidad de razas y planetas. Una de ellas fue la humana.

Mató a casi todos los habitantes del planeta Tierra, saqueó sus recursos naturales y tecnológicos. Se quedó con los hombres más fuertes y los mejores científicos del mundo.

Pero también trajo "mano de obra" al planeta al planeta Vegita.

Cientos de humanos fueron obligados a obedecer a cambio de vivir, aunque fuese bajo el mando saiyajin.

Todo funcionaba bien así a los ojos del tirano.

Las mujeres hacían labores de servicio al igual que los hombres más fuertes, a quienes enviaba en misiones de saqueo de recursos a planetas con guerreros de nivel bajo.

Porque los humanos que eran enviados eran fuertes, pero sabía que jamás igualarían el poder de los saiyajin, así que no significaban peligro alguno para el imperio. El botín perfecto.

Pero hizo salvedad con algunas mujeres.

La mente más inteligente de la Tierra era el doctor Briefs. Un hombre de estatura baja y entrado en años, pero cuya capacidad impresionó al mismo Freezer. Un ingeniero y científico capaz de reparar e inventar objetos que llegaron a revolucionar Vegita y la vida de Freezer. Podía estudiar los poderes de cada uno de sus soldados y aliados para establecer quienes tenían la capacidad de superar sus propios poderes y quienes no. Ello le permitió clasificar a sus aliados en escalas que le permitía agruparlos en misiones de alto riesgo y bajo riesgo. Gracias a estos estudios sus misiones e invasiones resultaban más efectivas.

Era una maravilla sin limite

Sus inventos no eran menos impresionantes.

Todo ello le permitió a esa familia, conformada por dos hijas y una esposa, pedir privilegios que nadie más obtuvo en ese planeta, salvo los saiyajin.

Freezer estableció una ley de antifraternidad entre humanos y saiyajin. Ninguna raza que estuviera bajo el mando del imperio podía involucrarse físicamente con los humanos.

Y esto se debía, en parte, al pedido del humano Briefs. Pero también obedecía a contrarrestar la posibilidad de que la unión saiyajin-humano pudiera crear una clase de guerrero que el tirano no pudiera controlar.

Sabía que no podría controlar todo. Así que busco investigar la compatibilidad entre ambas razas, además, para establecer que tan compatibles eran. Los resultados, hechos por sus medidos fueron reveladores: las razas eran compatibles. Perfectamente esa mezcla podía concebir un híbrido que no tenía idea de que tan fuerte sería.

Los Briefs ganaron muchas batallas con Freezer. Batallas que eran libradas con sus grandes hallazgos y contribuciones al poderío alienígena. Gracias a ello lograron casa, comida, espacio independiente para trabajar y recursos ilimitados.

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Era extraño para el joven príncipe ver tantos humanos en su planeta, pero debía soportar.

Siendo un joven adulto y con su padre muerto en extrañas circunstancias años atrás, Vegeta continuó bajo las órdenes del tirano y ya casi no lo llamaban "príncipe Vegeta". Honores que le fueron retirados de improviso.

Sus misiones y entrenamientos se hicieron cada vez más monótonos. Iba perdiendo fuera su figura y presencia en los viajes. Su paciencia se acababa.

Su cuerpo y alma le pedían estar en el lugar de Freezer. Tomar lo que por derecho y linaje era suyo.

Debía revelarse pronto, pero no podía hacer planes con un estilo de vida que no le permitía superar sus poderes saiyajin.

Sabía que el temor más grande de Freezer era encontrarse cara a cara con el super saiyajin y ser vencido por él. Si la leyenda era cierta, este debía aparecer pronto.

Y él, príncipe de los saiyajin, tenía que ser ese super saiyajin.

Un día, a sus 24 años, fue enviado a un planeta llamado Namek, con guerreros de niveles vergonzosos.

Otra misión insulsa para su historial. ¡No podía ser posible que el maldito siguiera negándole la posibilidad de pelear con los más fuertes!

Una vez más, tuvo que guardar su cólera y obedecer.

Ningún guerrero le dio mayor trabajo. Todos fueron eliminados. Y los más fuertes fueron asesinados en cuestión de horas o días.

Pero un hallazgo le hizo sonreír como no lo hacía hace años.

¿Unas esferas que cumplen deseos?

Eso es lo que oyó de una conversación entre dos Namek que custodiaban a su Patriarca. Buscaban hacer inmortal a su soberano y sus guerreros. Incluso llevaban consigo una esfera de con 4 estrellas rojas en su interior, tan grande como la cabeza del Patriarca namek.

Después de asesinarlo y quitarle la esfera, amenazó al enorme alienígena verde para que le dijera cómo usarlas.

Lo único que obtuvo fue la revelación: muerto Patriarca, estas dejarían de existir con él. Sin otro camino posible, decidió dejarlo con vida y ocultar la única esfera con la que contaba en donde nadie pudiese encontrarla.

La inmortalidad era el único camino para acabar con Freezer. Su gran anhelo se haría realidad.

Pero él era un guerrero poderoso, el más poderoso de todo el universo; no un científico ni ingeniero.

Debía buscar un aliado al cual forzar a ayudarlo y que guardará silencio a la vez.

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De regreso en su planeta, buscó estar presente en las reuniones de los lacayos de Freezer con los humanos científicos para saber a quién debía "visitar".

Cada mes, las distintas áreas del imperio debían rendir cuenta al Consejo. Resultados era prioridad, sus vidas dependían de ello.

Los científicos tenían como representante al doctor Briefs, quien debía dirigirse a un grupo de científicos que están en un "nivel superior" a él, según ellos mismos. Lo cierto es que sólo eran receptores de resultados que luego entregaban a Freezer.

Allí vio al anciano. Instruido y brillante como había oído que era. Pero no tenía idea de cómo se veía, porque nunca le importó conocer a una raza tan inferior como la humana.

Le repugnaba que vivieran junto a él y su raza. Repugnantes e inútiles para cualquier combate.

Busco al humano en su casa, donde sabía que vivía con su familia.

No lo encontró, pero sí a una de sus hijas, que sabía eran brillantes como él. Científicas y renombradas en su planeta.

No importaba quien hiciera sus encargos, solo importaba que se hicieran.

Le ordenó hacer un radar capaz de buscar objetos a cambio de no atentar contra su familia. No le importó su mirada de odio y negativa a llamarlo "príncipe Vegeta", como se supone debían llamarlo todos, especialmente los humanos.

−¡Y ni se te ocurra cometer la estupidez de hablar con Freezer!

Fue suficiente amenaza para cerrarle la boca. Una boca que proferida insolencia, prepotencia y egocentrismo. Una vulgar y arrebatada mujer que seguramente se sentía protegida por Freezer, como sus lacayos más fieles.

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Solo unas horas más tardes, estaba tomando el radar de la mesa de esa mujer a la que todos llamaban Bulma.

Trabajo rápido y eficiente, no podía negarlo.

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Se estaba colocando la armadura para ir a Namek, pero Nappa, que casi siempre sabía de sus planes y sus pensamientos, le comento algunos asuntos de cuidado.

−¿Crees que con solo la inmortalidad podrás vencer al Gran Freezer?

−¿De qué hablas? Soy el saiyajin más fuerte del universo, ¿crees que no puedo ganar?

−Tus misiones han sido cada vez más escasa y en los entrenamientos, sólo peleas con los saibaimen, que no son más fuerte que una lagartija escuálida, Vegeta.

−¡¿Qué dijiste insolente?!

−Solo digo que necesitas entrenar para superar a Freezer. Entrenar de verdad.

El maldito tenía razón. Enfrentarse a Freezer y no ganarle siendo inmortal, sería vergonzoso para él. Tendría que pelear las veces que fueran necesarias hasta vencerlo.

¡Qué humillante! Alguien de su linaje quedaría como un inútil por no tener el poder suficiente para vencerlo. ¡No! ¡No podía permitirse eso!

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Luego de meditar una y otra vez, llegó a la conclusión de que debía conseguir un medio fuera del alcance del tirano para entrenar. Uno que pudiera guardar en algún lugar o de alguna forma y, a la vez, usar cada vez que se le antoje.

Buscó a la muchacha y le pidió una nave que le sirviera como espacio para entrenar. Una nave para escapar en caso fuese necesario y un lugar de entrenamiento equipado con aumento de gravedad y robots.

Los planetas con una gravedad superior a la suya eran planetas que disfrutaba visitar. Luego podía sentir en su cuerpo el aumento de poder. Pero no era posible desde que Freezer cambió sus objetivos de colonización.

Y en las salas de entrenamiento que había en el palacio saiyajin estaban repletas de robots y saibaimen. No sería difícil para estos humanos replicar todo eso en un solo espacio. Presumían ser genios, pues estaban obligados a demostrárselo.

La mujer se resistió a hacer otro "favor". Pero él estaba acostumbrado a obtener lo que quería por la fuerza; y lo que podía, con amenazas.

−Jamás dije que el radar sería lo único que quería de ustedes.

−Una nave tardará más tiempo.

−Lo sé, terrícola, no te dije que tenía que estar listo mañana −repuso mientras le arrojaba un rastreador suyo sobre la mesa donde ella trabajaba, en un pequeño robot de combate−. Deberás informarme los avances y decir cuándo estará listo.

Y sin esperar respuesta, abandono el lugar de trabajo de los Briefs.

La mujer tuvo que tragarse su cólera en la punta de la lengua.

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Cuando el príncipe Vegeta obtuvo su nave espacial, no imagino cuanto disfrutaría saber que había algo que era solo suyo en ese planeta, además de su habitación real, su rastreador y sus armaduras.

La primera nave espacial de los Briefs de un tamaño menor al requerido por el imperio, fue diseñada por el Dr. Brief a base de los restos de otras naves espaciales que eran obsoletas para Freezer. Brief hizo la nave espacial con un dormitorio, un baño y una sala de entrenamiento que incluyó una máquina de simulación de gravedad 100 veces superior a la gravedad del planeta Vegita.

Fue emocionante para el ingresar en ella. Volvía ser niño. Un niño saiyajin que era capaz de aprender una nueva técnica.

La mujer se limitó a observar al impresionado hombre.

Le llamaba la atención su insistencia en obtener esa máquina de entrenamiento. ¿Quería volverse más fuerte por amor propio o buscaba algo más? Con un saiyajin no podía saberse a ciencia cierta.

Decidió alejarse de él en ese instante y esperaba no volver a verlo.

Pero eso no pasó.

Constantemente, Vegeta le pedía aumentar la gravedad o letalidad de los robots de combate.

Ella no se opuso al principio. Pero luego notó que para el saiyajin era cada vez más complicado seguir el ritmo de las mejoras.

Eso no debía importarle. Es más, inicialmente deseaba que alguna de las mejoras lo mataste de una vez, así se libraba de su insana presencia.

Pero su inquebrantable voluntad de ser más fuerte la llevó a una conclusión: buscaba ser más fuerte para enfrentarse a alguien más fuerte que él.

Un día, luego de recibir su llamado a través de un rastreador, lo supo.

−Vas a morir si continuamos aumentado la gravedad. ¡No te das cuenta! −le grito mientras lo tomaba del hombro y lo ayudaba a ponerse en pie, casi sin aliento y lleno de cortes y sangre en el cuerpo.

−D-Debo s-seer más fueerte −replicó con dificultad−.N-No podré g-ganarle si no lo ha-hago.

−¿Ganarle? ¿A quién?

−A-A Freezer −suspiro antes de caer desmayado sobre el charco que su sangre formó.

Ganarle a Freezer.

Supo que buscaba acabar con el tirano. No podía creerlo, uno de sus aliados estaba a punto de revelarse al imperio.

Esa información sería de suma importancia para el imperio. Pero, por otro lado, era importante para sus propios planes saber de la posibilidad de que un saiyajin lo derrote. Su padre le contó muchas veces que el poder de los saiyajin era ilimitado. Podía hacerse más fuertes después de una pelea intensa.

Si el descubrimiento de su padre era cierto −lo cual era así siempre− Vegeta podía vencer a Freezer después de entrenar tan arduamente.

¡Qué encrucijada! Servir a Vegeta o a Freezer; debía pensar rápido o el mono gritón moriría en su regazo.

No, no había nada más qué pensar. Prefería que el universo sea gobernado por un chiquillo presumido y tonto como Vegeta, que serlo de un ser tan sádico como lo era Freezer.

Con el saiyajin había dudas, con el alienígena tenía certezas.

Tomó el rastreador y llamó a su padre. Juntos llevaron a príncipe a la casa Briefs y lo internaron en una cama para curar sus heridas.

Ayudaría a Vegeta a ser más fuerte que el alienígena y cuando estén en batalla, ella escaparía con su familia y amigos, lejos de los tentáculos de ambos.

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Fueron meses de entrenamiento continuo y ayuda de los humanos, a pesar de las exigencias del joven saiyajin de dejarlo recuperarse sólo.

Vegeta siempre estuvo solo en su lucha de llegar a ser más fuerte que nadie en ese planeta; pero se dio cuenta que ahora era distinto.

La humana había cambiado su actitud hacia él. Ya no se oponía a sus mejoras a la máquina y sus descabelladas ideas. Solo replicaba cuando era imposible alguno de sus deseos, pero no más en la mayoría de pedidos.

Extraño, pero no le importaba.

Incluso había una cámara de regeneración en casa de ellos que le ayudó a ocultar sus heridas.

Aprovechaba los viajes de conquista. Terminaba sus misiones antes de lo previsto y regresaba sigilosamente a entrenar sin ser detectado por los radares del palacio. Cortesía de los Briefs, por supuesto.

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Cada vez le era menos repulsivo convivir con esos humanos.

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Y la humana era cada vez más indulgente con sus antojos respecto a su nave, pero insolente con él. Siempre que podía, le gritaba que "un día iba a matarse" y así, siendo un cadáver, no iba a lograr ganarle a nadie.

Pero también notó el esmero con que le curaba las heridas y permanecía al pie de la cámara de recuperación cuando él estaba dentro.

Y eso empezó a incomodarlo.

Le exigió más de una vez que se aleje, que no la necesitaba. Había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho. Pero a pesar de los reclamos, la terrícola no lo dejaba solo.

Su incomodidad aumentaba cada vez que estaban cerca el uno al otro. Su tacto empezó a provocarle calor en las mejillas.

Nunca había tenido una reacción así con ninguna mujer.

En su planeta, las hembras tenían dos funciones claras: pelear y procrear. Las parejas saiyajin solo se formaban para conseguir lo segundo. No había espacio para los sentimientos de ningún tipo en Vegita. Eso lo sabía bien el príncipe de esa raza.

Pero ese pudor era mutuo. Ella también parecía sentirse incomoda cuando estaba cerca de él. ¿Porqué? No lo sabía y tampoco está interesado en descubrirlo.

Solo quería entrenar y mandar lo demás al diablo.

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Casi un año después, sentía que había adquirido su máximo nivel y estaba cerca de convertirse en el super saiyajin que el imperio temía.

Nuevos aires invadían su cuerpo. Una nueva armadura le vestía, una ligera, hecha por aquella mujer que no dejaba de asediarlo.

Simplemente, ese día había de decidido desafiar las órdenes de Freezer y viajar a otro planeta, más lejano y con sujetos fuertes.

Su plan inicial de no levantar sospechas en Freezer, consistía en seguir sus órdenes, pero sin dejar su actitud desafiante con sus lacayos: Zarbon y Dodoría.

Siempre que le era posible, discutía con alguno de ellos. Así esperaba mantenerse libre de cualquier sospecha de rebeldía. No cambiar su actitud súbitamente.

Huir a otro planeta no era nuevo en él, así que seguramente no despertaría cuestiones tampoco.

Decidió viajar en su nave de entrenamiento.

Se acercó al centro de la nave y no pudo evitar evocar su último encuentro con la humana.

Discutieron como de costumbre y ella lo ayudó a ponerse en pie. Pero algo distinto sucedió cuando estuvieron cerca. No sabe cómo rayos pasó, pero ella acercó sus labios a los de suyos y lo besó. Una unión simple que luego se tornó intensa.

Alguna vez vio a humanos tener ese tipo de contacto que no entendió a qué obedecía. Le pareció repulsivo. Pero ahora que sabía cómo sabían sus besos, lo disfrutó.

De no haber sido por la presencia del padre de Bulma, que decidió acercarse a la nave, no habría interrumpido el contacto y ese acercamiento hubiese culminado en sexo.

¡Qué estúpido! Cada vez que tenía deseos de descargar su ímpetu masculino, buscaba a alguna hembra saiyajin en algún bar que visitaba con Nappa, la tomaba y no volvían a saber de ella. Su atención volvía a fijarse en sus misiones y entrenamientos.

¿Cuánto tiempo había pasa desde la última vez? No lo recordaba, sinceramente. Pues sus ideales consumían todo su tiempo y pensamientos.

No tenía deseos de involucrarse con nadie y menos con una humana. Seres tan inferiores que ni para aquello las buscaría.

Precisamente esa era otra buena razón para ausentarse unos días de Vegita.

Estaba decidido a olvidar aquel contacto y continuar con sus planes.

Pero como ocurrió con el primer beso entre ambos, tampoco pudo evitar nuevos acercamientos con la humana luego de regresar de su viaje.

Un nuevo beso que, esta vez, no fue interrumpido por ninguna presencia inoportuna.

Para evitar que nadie volviese a interrumpirlo, Bulma se encargó de situar su nave en una cueva alejada del planeta.

Él no pudo evitar que ella se le acercara, con la excusa de explicarle las nuevas mejoras de su sala de entrenamiento... se acercara cada vez más...

Lo próximo que supo es que la tenía encima suyo besándola como si no lo hubiese hecho antes con nadie.

Caricias y besos que su cuerpo había decido no rechazar, yendo contra los reclamos de su cordura. Contra todas las razones que en su viaje previo meditó y su firme decisión de no volver a tocar a esa mujer de carácter indomable e impulsivo.

Como continuar sus decisiones respecto a ella cuando la veía entrar vestida con una camiseta sin mangas y el pantalón de su tradicional mameluco de trabajo ceñido a su delgado cuerpo. Resaltado sus formas. Y su sedoso cabello lila, que tocaba, a duras penas, sus hombros.

Ver esa rudeza tan característica de su raza y su inteligencia superior demostrarle que era una especie única de la raza humana. Jamás había conocido a nadie así.

Sus coqueteos, su sonrisa y sus ojos azules y su guiño antes de marcharse cada día.

Con destreza se deshizo de sus guantes y su armadura. E hizo lo mismo con ella, sin perder una sola oportunidad de prolongar el contacto de sus dígitos con la piel blanca de ella.

Piel con piel, unidos en un solo acto.

La comprensión de sus cuerpos fue tan natural, que ninguno supo exactamente en qué momento Vegeta logró posicionarse sobre ella, en el piso de la cámara de entrenamiento.

Sin pudor, invadió su ser una y otra vez, sin perderse el más mínimo sonido que emitían sus labios entreabiertos. Su rostro abochornado, y sintiendo la presión de sus dígitos en su amplia espalda morena.

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Recordó cada escena de su noche de sexo con Bulma como si hubiese sido ayer.

Pero era hora de concentrarse en sus planes.

−¿Crees que acostándote con la humana aseguras más robots y mejoras en tu nave?

−¿Qué? −miró reojo a Nappa, ignorando que estaba en evidencia su nueva aventura amatoria.

−Hueles a ella, Vegeta.

Carraspeo, restándole importancia a esta revelación.

−Solo espero que, si Freezer se entera de eso, deje de lado esa estúpida ley de antifraternización.

−No digas estupideces, los humanos son nauseabundos. Rebajan nuestro nivel.

−También quiero rebajarme a ese nivel, como tú −replicó mientras ambos observaban la oscuridad del universo dentro la nave en la que viajaban a su próxima misión de conquista.

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No pudo evitar rebajarse al nivel de los humanos varias noches y días más con la hembra humana.

Eran encuentros dentro de su nave, y con la mayor discreción, porque estaban yendo contra el imperio. Y romper reglas para los humanos, significaba la muerte.

Y Bulma no dejaba de trabajar para el imperio cada vez que Freezer lo requería. Sin replicar y cumpliendo a cabalidad sus funciones, como siempre.

Se sentían tan seguros dentro de ese espacio, que a veces podían almorzar o cenar después de una enérgica sesión de sexo.

O una ducha si era necesario, en la que disfrutaban los dos de la compañía del otro.

Eso lo sabía ella. Que iba a disfrutar aquella extraña relación que los unía, hasta que se diera la batalla entre los saiyajin y Freezer.

Porque sabía que estallara la rebelión de esa raza. Podía palpar el odio que algunos había empezado a desarrollar hacia las tiranías del alienígena. Sobre todo, cuando algunos de ellos no regresaban a sus casas, con sus familias luego de viajar en Misiones suicidas.

Casi sospechaba que era apropósito, para iniciar el exterminio progresivo de ese planeta.

A veces se encontraba a sí misma meditando, preocupada, por la próxima misión de Vegeta y la posibilidad de que no regresará más. Y con ello, su última esperanza de escapar se esfumaría sin remedio.

Y la imagen de un príncipe siendo asesinado por algún guerrero más poderoso, le aterraba tanto como saber que no podría ayudarlo si eso pasaba.

No tenía claros sus sentimientos por él, pero sabía que no quería verlo muerto.

Cómo tampoco estaba preparada para verlo pelear contra Freezer si no se volvía inmortal.

No quería verlo morir.

−¿Cuándo viajará a Namek, Vegeta?

−¿Qué, ahora tienes prisa de que me vaya?... −dijo mientras tomaba una pieza de pollo de su plato, que compartía con Bulma sobre el suelo de la nave−. Hace un momento me pedías que no me aleje de ti y...

−Me dijiste que planeabas reunir esas esferas que cumplen deseos y volverte inmortal.

−Eso lo puedo hacer cuando yo quiera. Es fácil, mujer, lo realmente difícil es ser digno rival de Freezer −continuó comiendo, restándole importancia al asunto.

−Eres lo suficientemente fuerte ahora, ¿por qué no vas?

−¿Por qué tanto interés en eso?

−Sabes que en cualquier momento estallará una rebelión saiyajin. Mi hermana dice que hay muchas personas inconformes con las nuevas misiones que Freezer encomienda.

−No habrá nada aún. Exageras.

−¡Exageraciones o no, deberías pensarlo mejor, mono tonto!

−¡Qué dijiste, terrícola!

La mujer se puso en pie y camino hasta la salida de la nave. No pensaba seguir discutiendo con sujeto tan testarudo.

Aunque dentro de su corazón latía el miedo de verlo muerto en batalla, no podía ir contra la confianza ciega que Vegeta tenía en sus poderes.

Aunque su padre les había dicho a ambos que nadie sabía cuán poderoso era realmente Freezer, pues nunca tuvo contrincante en el universo.

Decidió emprender la retirada antes de que la sangre llegase al río. Por experiencia sabía que sus discusiones con el príncipe podían acabar muy bien... O muy mal si ambos no daban su brazo a torcer.

Vegeta estaba seguro de conseguir sus objetivos. Era cada vez más fuerte, sentía que nadie podría igualar su nivel.

Porque él era el príncipe de los saiyajin, no podía ser de otra forma.

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Era hora de poner fin a las distracciones y entrenar unos días más antes de emprender viaje a Namek.

Una y otra esfera de luz era lanzada por el saiyajin hacia los robots. Esquivando, a su vez, los rayos de energía de ataque que estos emitían.

Uno a uno los robots que usaba para entrenar caían hechos amasijos de cables y metal al suelo.

No era posible que Bulma no recordará aumentar la cantidad de rivales robóticas a su cámara de entrenamiento. Lo discutieron el día anterior, luego de otra sesión de sexo, mientras descansaban de tan agotador y excitante ejerció.

Pero también recordó la discusión previa.

No podía ser posible que su enfado de esa mujer afectará de ese modo su entrenamiento.

Iba a oír lo que tenía que decirle ahora mismo. Ninguna mujer se saldría con la suya.

Siempre cauteloso de la mirada indiscreta del imperio sobre sus pasos, entró al taller de los Briefs.

No pudo continuar su paso, porque vio a la mujer que le proveía comida, tecnología y sexo, siendo asediada por aquel humano que había visto viajar en misiones de ínfima categoría.

Un pobre diablo comparado con lo que era él. Un príncipe. El saiyajin más poderoso de todo el universo.

−Escucha, no debes dudar de mí, sé qué no me porté bien contigo, pero...

La presencia de Vegeta no fue notada por los jóvenes.

Bulma tenía toda su atención en una capsula brillante, que suponía era un cartucho de combustible para alguna nave.

−¿No crees que merezco una oportunidad?

−Oportunidad ¿de qué? −interino finalmente el recién llegado.

Ambos miraron en dirección a la puerta de entrada al taller.

−Vegeta.

−¿Vegeta? Desde cuándo tutelas al príncipe...

−Eso no es algo que te importe, Yamcha. Será mejor que te vayas. −dejó la cápsula de combustible que reparaba.

¿No oíste, humano? ¿O prefieres que te saque de aquí?

Yamcha observó a su ex novia no quitarle la vista de encima al saiyajin, notablemente molesta. El saiyajin no lo perdía de vista a él.

Su presencia parecía interrumpir una conversación pendiente.

No tuvo más remedio que retirarse.

−Avísame si alguien te molesta, Bulma −soltó antes de cruzar el umbral de la puerta.

−¡Cuánta insolencia! ¿No tenía idea de quien era él acaso? Aunque no lo menciono, era claro que se refería a su presencia ahí. Debía recordar hacerle una visita para dejárselo en claro.

−¿Qué hacía ese idiota clase baja aquí?

−¿Qué haces tú aquí? −dijo volviendo a su trabajo de reparar la capsula de combustible−. Él es mi amigo.

−¿Amigo?

−Me quedó claro ayer que tu único interés es entrenar, entonces, ¿qué haces aquí?

¿No iba a responder a su pregunta? Era evidente que era amigos, pero aquél terrícola no parecía tan seguro de su "amistad".

No tenía claras la relación que ellos compartían ahora que Vegeta había aparecido en la vida de ella.

Un día Bulma le comentó, para alivio suyo, que había terminado su relación amorosa con el humano inútil.

Relación amorosa que evidentemente implicaba contacto carnal. Pero prefirió no entrar en detalles preguntando. No quería saber en ese instante nada más.

Pero ahora, después de tantos encuentros, ¿continuaba viéndose con ese ser inferior cuyo nombre le sabía a estiércol?

Esa duda le retorcido las entrañas y le hizo apretar los dientes. Un sabor agrio que odiaba sentir en ese momento.

Le había demostrado que estaba fidelidad hasta antes de entrar en el taller.

− ¿Qué hacía él aquí? −la tomó de la muñeca y la obligó, sin lastimarla, a ponerse de pie y encararlo−. Será mejor que contestes.

−¡Hey que te pasa! ¡Acaso no he sido suficientemente sincera contigo respecto a Yamcha! ¡No te atrevas a insinuar lo que creo que insinúas! −gritó retirando su mano de la de él de un tirón.

−¡Te he hecho una pregunta que te niegas a responder! ¡¿Qué debo pensar?!

−¡Eres tú quien se ha negado a hablarme de su pasado, más allá de los combates! Además, desapareces durante semanas en tus misiones. Yo debería ser la que esté enfada todo el tiempo.

−¡No digas tonterías!

Un estruendo se hizo oír a lo lejos, cortando completamente la discusión.

Se miraron asustados de que se tratara de un ataque al planeta Vegita. Corrieron hacia la salida del taller, luego fuera de la casa Briefs.

El cielo estaba cubierto de destellos que sucedían una tras otra, y una nave se encontraba suspendida sobre el cielo oscuro del planeta. Era la nave de Freezer.

−¡Qué es todo eso!

−¡Es probable que sea un ataque!

−¿De quién?... ¡Espera, no te vayas aún, dame tu rastreador, debo hablar con mi hermana y averiguar qué sucede!

−¡Que estupidez dices, debo ir a pelear!

−¡Solo hazlo, maldita sea!

Indignado y sin querer realmente hacerlo, se quitó el rastreador y lo puso sobre las manos de Bulma.

Ella hizo inicio la comunicación.

¿Quién podría ser el atacante? ¿Algún alienígena sediento de venganza? Odiaba no estar en el terreno de combate.

−Son saiyajin −reveló atónita.

El momento que tanto temía había llegado.

−¿Un ataque saiyajin? Eso no es posible...

−Te advertí que sucedería.

−Debo ir.

Se miraron se conectaron al instante después de haber dicho esas simples palabras que pesaban en el alma.

Bulma quería decirle tantas cosas, pero temía que le faltarían palabras para expresar todo lo que sentía.

Dejó que su cuerpo hablase por ella. Corrió hacía él y, para su sorpresa, lo besó en los labios mientras estrecha a su cuerpo contra el suyo. En un abrazo final.

Él aspiro el aroma de sus cabellos aleteando cerca de su mandíbula. Aroma que comprobó, no estaba mezclado con el de nadie más. Y eso tranquilizó su alma.

Un mercenario como él no conocía sentimientos, pero su cuerpo no pudo evitar recibirla y estrecharla en sus brazos.

Un estruendo se oyó a lo lejos. Era el llamado a combate que no pudieron ignorar.

−Toma a tu familia y vete −le exigió en tono suave, antes de emprender vuelo.

Ella lo vio irse, mientras su corazón se inundaba de tristeza, y sus ojos azules de lágrimas.

Tenía que escapar antes de que Freezer destruya el planeta, así que, con el corazón hecho trizas, corrió hacia su casa a buscar la nave que sabía usaría alguna vez.

Irónicamente, el día más esperado por ambos, era el más gris que habían visto jamás en el cielo saiyajin.

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Notas de autor: ¡Hola! Perdón por la demora. Hay días que son los mejores, otros no tanto y, otros pocos, los peores.

Bueno, contra viento y marea vengo a terminar mi historia y decirles que, en cuanto me sea posible, publicarme un epílogo que dará fin a este fic. Sabrán qué pasó con Bulma y Vegeta luego de su despedida.

Con esta segunda parte culmino con las perspectivas de Vegeta y Bulma sobre su vida en Vegita, como esclavos del imperio de Freezer. Pero en ninguno de los dos capítulos hay un final cerrado.

Y bueno, publiqué una continuación de este fic, pero opté por eliminarla por que sentía pocos deseos de desarrollar esa historia. Espero me disculpen las pocas personas que lo leyeron.

En fin.

Gracias a las pocas personas que me leyeron y, todavía más, a quienes me dejaron un review, animándome a continuar con algo que casi dejo sin finalizar.

Nos leemos.

Tati.